Esa pérdida de la inocencia
Sinembargo, Elipsio, el personaje principal, doble del autor, por uno de esos extraños juegos del destino, llegó a amar ese lugar y el paisaje impresionante que lo circunda, incluso la ciudad misma, altiva e indiferente, imagen emblemática de sus desesperanzas. La amó y quería quedarse a vivir allí porque en su interior sentía que era el sitio ideal para dedicarse a lo que más deseaba ardientemente: escribir, hacer su obra. De ahí que porfiara en el intento de encontrar un empleo estable en la universidad, centro del movimiento cultural, económico y político de la ciudad, con un sueldo quizá no muy elevado -sus aspiraciones son modestas- pero que le permitiera sobrevivir y tener tiempo de ocio para llevar a cabo su sueño que era, a la vez, el sueño de arraigarse, al fin, en el mundo.
La novela centra su acción en el contrapunto entre los anhelos y esfuerzos del protagonista, luchando siempre contra su pobreza, por «engancharse en la gran urbe», exorcizar los fantasmas que lo acosaban en ese libro que estaba en trance de escribir, con título que hubiera envidiado su maestro Breton, El Oboe Solista, y sus relaciones con sus amigos, cambiantes y contradictorias, algunos de ellos integrantes de facciones políticas que buscaban hacerse del poder en el manejo de los recursos de la universidad, del cual, como extranjero, se sentía excluido. Todo ello entrelazado con el sentido más prosaico de la irresponsabilidad moral, las orgías continuas y el alcohol.
Pero esa misma tensión se desplaza hacia otros dos polos que resumen, a mi juicio, el valor estético de la novela: el contenido dramático de la historia, representado por los intentos desesperados del protagonista por salir de la miseria y obtener al fin ese cargo utópico y elusivo que tanto desea, y el tono irónico, a veces sarcástico en que está narrada. Lo que cuenta entonces es la maestría con que Armando Romero enlaza estos aspectos fundamentales y la fluidez con que va tejiendo su narración nutriéndola realmente con sus recuerdos, sus sentimientos, sus visiones hasta hacerla por completo verosímil.
Pero la verosimilitud, que ya de por si sola es un logro formidable y le otorga relieve y poder a este relato, se apoya, justamente, en la perfecta orquestación de las situaciones y el desarrollo persuasivo y punzante de los diálogos que crean, a su vez, la estructura verbal justa, y nos induce a leerlo como si se tratara de un vasto poema, un poema bastante peculiar, por lo demás, escrito con humor, con desenfado, tal vez como un acto de absoluta audacia para desmitificar el predominio del ego y la veneración de la memoria. No es por pura casualidad que los personajes, seres reales, de carne y hueso, en una novela autobiográfica escrita convenientemente en tercera persona, estén enmascarados con nombres absurdos, como en un roman a clef, que se hace necesario identificar -el propio autor o su doble escondido bajo el nombre improbable de Elipsio, y los otros apodados Basso Aufidio, Epulón Benítez, Yassir Ossa, etc…, que configuran la extensión del mismo sarcasmo.
Sarcasmo e ironía, pero no en su desmesura, le imprimen una especial significación a La piel por la piel, subrayando de este modo la delicadeza de su titulo, y a pesar del giro subversivo que el autor le impone a su libro, el lector no puede pasar por alto el espesor dramático que lo sustenta. Ambas instancias se entretejen, construyendo a la vez, como en un juego dialéctico, una síntesis: la veracidad de la experiencia del autor y su capacidad para expresarla, experiencia que ha intentado presentar sin atenuantes, incluso con absoluta impiedad no sólo hacia sí mismo sino también hacia los otros, como si se tratara de evocar un conjuro, un ritual destinado a mitigar la incomodidad psicológica de los recuerdos.
Esta doble lectura, por decirlo así, que ofrece la novela sólo habla en favor de las habilidades narrativas del autor de La piel por la piel. lr hacia esas vivencias, remover las cenizas de ese pasado álgido no era tarea fácil. El autor tuvo que esperar muchos años antes de intentar siquiera dar voz a sus visiones. Armando, estoy segura, no se sentó jamás a escribir un relato cómico o una novela trascendental o seria. Sólo quería, supongo, reconstruir con la mayor exactitud, lo más cercanamente posible a los hechos, a la manera de gran artesano, del virtuoso que es, ese momento crucial de su vida, asumiendo, por supuesto, las implicaciones morales o intelectuales que ese simple acto podría encerrar, tanto para sí como para sus amigos retratados en el libro. Que se los haya dedicado se puede interpretar como gesto de generosidad o como homenaje a la amistad y a la fidelidad a esos recuerdos por todos ellos compartidos. En este punto cabría preguntarse de muy buena fé: ¿habrán leído su libro? ¿Qué reacción les habrá provocado su lectura?
Al final, cuando Elipsio se marchó, obedeciendo a un impulso del momento, dejaba tras de sí no sólo sus vivencias, los años que pasó en ese lugar idílico, donde deseó asentar su vida, dejaba, además, su ira, su frustración, su dolor, los trozos despedazados de su sueño utópico y, naturalmente, los fragmentos también rotos de sus amores, tan reacios y duros como la ciudad que abandonaba para siempre.