Jean-Jacques Rousseau: la modernidad cuestionada

El tema propuesto por la academia de Dijon era consecuente con el espíritu ilustrado de la época que mantenía viva muy a propósito la leyenda de que la época medieval fue un período de oscuridad, durante el cual la ciencia, las artes y en general el conocimiento racional, no avanzaron y en su lugar se impuso la moral y se prefirió el cultivo de las virtudes cristianas. El Medioevo fue, según tal imagen, una larga noche de oscuridad porque durante él se impuso el espíritu dogmático del cristianismo sobre las ciencias y las artes, noche de la que se salió gracias a que el Renacimiento logró restaurarlas. Ahora, en el siglo XVIII el de la ilustración o de las luces, cabe preguntar si, desde entonces, tal restauración ha servido para depurar las costumbres. Vale decir, si ella ha propiciado el progreso en el ámbito de las virtudes y la moral, de manera semejante a como ocurrió con el progreso en los avances de la ciencia, y del confort y bienestar de la vida cotidiana al que se asiste en las ciudades que ofrecen esplendor y comodidad a la vida burguesa. O si, como se supuso en el Medioevo, las ciencias y las artes siguen corrompiendo las costumbres. En síntesis ¿cuál ha sido en verdad su papel en el mejoramiento o en la degradación de las costumbres?
El diagnóstico de Rousseau en sus dos discursos: Sobre las ciencias y las artes de 1750 y el Sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755), no podía ser más provocador y afrentoso para el siglo de las luces: la restauración de las ciencias y las artes no sólo no ha servido, sino que alienó la vida de los hombres. La crítica a la cultura moderna que emprende Rousseau tiene su fundamento en lo que vio desde la iluminación que tuvo en Vincennes cuando leyó la retadora pregunta formulada por la academia de Dijon, en aquel verano de 1749. Que el hombre nace bueno y que solo las instituciones lo vuelven malo. Lo que ha hecho la cultura con el hombre ha sido desnaturalizarlo, afectarlo en su condición natural y convertirlo en un esclavo del lujo, de la pompa y de la apariencia y el prestigio de un conocimiento que ha «usurpado el nombre del saber». Un esclavo quien, además, aprende a amar su esclavitud.
Rousseau fue el primero entre los ilustrados que tuvo el valor de afirmar, contra lo aceptado sin ninguna discusión por sus contemporáneos, que las ciencias y las artes no mejoran las costumbres. Sinembargo, desde el comienzo mismo del discurso él advierte que no busca agradar a nadie con sus palabras, ni se opone a la ciencia, «es la virtud lo que defiendo ante hombres virtuosos». La vieja discusión entre la ciencia y la virtud se reaviva a instancias de la academia de Dijon, pero esta vez a Rousseau no le interesa tanto otorgarle nueva vigencia a viejos dogmas escolásticos, como recuperar la espontaneidad de los sentimientos y pasiones humanas. Su crítica en realidad se enfoca en el antinaturalismo como categoría moderna. En opinión de Hans Robert Jauss (Las transformaciones de lo moderno, Visor, 1989) Rousseau anticipa admirablemente, desde el propio corazón de su época, los motivos que en nuestros días alimentan las más radicales críticas a la modernidad y, de manera muy particular, por ejemplo, las posiciones de Adorno y Horkheimer en la escuela de Frankfurt.
Cuando Rousseau, en su segundo discurso, defiende la hipótesis del Etat de Nature libera al hombre de las cargas que hasta entonces lo hacía culpable del mal en el mundo y se las traslada a las instituciones sociales: la propiedad privada, el dominio, la división del trabajo, la tradición. Son las instituciones las que traen el mal entre los hombres y así, paradójicamente, el hombre se enfrenta a sus propios productos. Así como, según la famosa expresión de Adorno y Horkheimer, la razón instrumental muestra que el dominio de la naturaleza extrahumana se paga con la pérdida de la naturaleza humana. La cultura en su conjunto es una serie de artificios que el hombre ha creado y de los que él termina esclavo, porque crea la ilusión de una sociedad digna de él y, al mismo tiempo, oculta las duras condiciones de existencia material que la mayoría de los hombres deben sobrellevar. Robert Jauss insiste por ello en señalar que Rousseau anticipó la visión crítica sobre la cultura moderna que entre nosotros presentó la escuela de Frankfurt, en especial Adorno. Él, tanto como ésta, establece que el problema fundamental de la modernidad es la alienación de la vida social en la que acaba transformada la confianza optimista en el progreso incesable y en el triunfo de la razón ilustrada.
Por eso, además, no es tan evidente que la ciencia sea compatible con la libertad y la democracia, ni lo bello con la bondad. Lo cierto es que ni lo uno ni lo otro inmunizan contra la violencia y contra la maldad de los individuos; la ciencia y el arte por sí mismos no producen hombres mejores. Rousseau entonces cuestionó como nadie en su época, la neutralidad del saber racional, en que se fundamenta la ciencia moderna y mostró, antes que Habermas lo hiciera en nuestro tiempo, que ella responde a intereses. Pero, quizás más radical que éste, para Rousseau el interés no es solo una propiedad y una energía que la ciencia pretende ocultar, sino una fuerza indomable que rebosa toda conformación natural, por lo que es preciso acudir a las instituciones sociales para mantenerlo bajo control. Sinembargo, las instituciones a cambio de cumplir esa función se convirtieron en aliadas e instrumento del interés lo que fue el comienzo de la corrupción de los hombres. La esperanza puesta desde Platón en que el saber era la salvación se transformó en ciencia puesta al servicio del poder, la seguridad y la protección de los individuos, no del libre despliegue de las potencias humanas. El arte sirvió para el brillo y lucimiento personal del hombre y la filosofía para alimentar su voluntad de dominio sobre el mundo.
Frente a la ciencia Rousseau muestra dos posiciones contradictorias: ella disuelve la comunidad, pero al mismo tiempo es cultivada por espíritus superiores. De acuerdo con una tesis de Leo Strauss en su texto La intención de Rousseau (En: Pensée de Rousseau. Editions du Seuil, oct de 1984) tanto el punto de vista hostil a la ciencia, como el favorable a ella, conviven en Rousseau sin contradecirse, en virtud de que en el Discurso sobre las ciencias y las artes se entrega a un juego que le permite desdoblarse en dos personas diferentes, cada una defendiendo el punto de vista opuesto. Recordemos que su discurso comienza por advertir que está dirigido a quienes no se dejan subyugar por las opiniones; prosigue con su ataque frontal a las ciencias y las artes, por ser incompatibles con la bondad, ingenuidad y espontaneidad del hombre natural, y culmina presentándose como uno de los «hombres vulgares» que se dirigen a quienes, si bien no merecen la gloria de los letrados, saben obrar bien. Estos hombres, sinembargo, ven la ciencia como perjudicial e inútil para la vida práctica y sobrevaloran la sabiduría que otorga la experiencia. En realidad Rousseau consigue señalar los límites tanto de la ciencia académica, como del simple conocimiento empírico para formar a un hombre y un ciudadano libre.
Pero aunque Rousseau pretenda presentarse como un hombre vulgar, no lo es; es un filósofo que, como afirma Strauss, posa de ser un hombre vulgar para hacerle ver a los hombres comunes los peligros y la superficialidad de la ciencia en lo que tiene que ver con la vida; pero es un filósofo que habla a los filósofos y aquí se muestra amigo de la ciencia. En alguna parte de su Discurso sobre las ciencias y las artes ha señalado que «tenemos músicos, químicos, astrónomos, poetas, músicos, pintores» pero «no tenemos ya ciudadanos». Algo no muy diferente a la preocupación que hoy tenemos con la formación de nuestros jóvenes profesionales a quienes adiestramos en las técnicas, oficios y artes, seguramente con gran competencia, pero se nos olvida la formación de la persona y del ciudadano que encarna a ese profesional. Rousseau no se opone a la ciencia, él defiende la benevolencia, por eso lamenta que ya no se pregunte si un hombre «tiene probidad, sino si tiene talento»; de que se prefiere al hombre inteligente, que al que es sabio y prudente para enfrentar la vida en comunidad y de que haya «miles de premios para los discursos bellos, y ninguno para las buenas acciones».
Dado que el cultivo de la ciencia y las artes es propio de seres privilegiados, que gozan de una consideración especial en relación con el común de los hombres y no son, por lo tanto, ocupaciones para todos, ellas destruyen la comunidad humana. Esta cultura de talentos superiores tampoco corresponde estrictamente a una necesidad apremiante como son, por ejemplo, las de cuerpo, por ello resulta inútil para la democracia. Pero el núcleo de la crítica a la ciencia parece encontrarse en la naturaleza de sus verdades respecto del saber en que se apoya la vida social. La vida en común se construye con base en creencias fundamentales, como en la rectitud, en las buenas intenciones del otro, en su disposición a actuar como es debido, etc. En lo que Strauss identifica como la tesis central del Discurso sobre las ciencias y las artes, se plantea que el elemento vital de la sociedad es la opinión, y como la ciencia persigue remplazar la opinión por el saber, ella constituye un serio peligro para la sociedad dado que disuelve ese su elemento vital. Al remplazar la opinión por un saber cierto, destruye con ello la confianza en el otro y de esta manera arrastra la espontánea y amistosa relación entre los hombres. Es preciso tener presente que Rousseau no defiende la opinión fundada en el mero prejuicio, sino que se trata de la opinión que Platón llamó verdadera; un tipo de creencia sobre el mundo del devenir sobre el que cabe suponer como ciertos algunos presupuestos necesarios para actuar y vivir en comunidad.
Su crítica a la cultura de su época fue la crítica a las ciencias y las artes que buscan dar razón de la naturaleza del hombre y del mundo, reemplazando sus características reales y empíricas por preconceptos, representaciones en imágenes o ideas como si fuesen los contenidos de las enseñanzas para los jóvenes y, de esta manera, sutil pero efectiva, transformar la experiencias con el mundo natural y social, en ideas que supuestamente dan mejor razón que la práctica, de esas experiencias no tenidas. Por ello los pedagogos que han basado sus propuestas en las reflexiones de Rousseau han entendido el valor formativo e irremplazable de la experiencia, de los sentimientos y los afectos en la educación de niños y jóvenes. Pero, de igual manera a como comprendió que ningún individuo aislado o conjunto de individualidades aisladas pueden conformar la sociedad, porque la vida inevitablemente se construye en confrontación con los otros, Rousseau no podía tampoco desarraigarse de su suelo ilustrado cuando al mismo tiempo defendía posiciones románticas. Esa tensión que lo impulsaba a sostener esas dos miradas es la misma que seguramente vislumbró como perteneciente a la propia condición humana cuando al hombre se le examina sin los acicalamientos artificiales de la cultura: que es pasión y razón; sentimiento y juicio, experiencia y conocimiento, individuo y ser social.
La supuesta superioridad del maestro sobre el alumno se da precisamente cuando la prefiguración del pensamiento se asume como el elemento primordial de la enseñanza. La cultura misma, el arte, las ciencias y el conocimiento en general fueron entendidos como si existiesen cual realidades eternas por encima del ajetreo de la vida y así le pareció a Rousseau que se sintieron los hombres que participaban de la cultura ilustrada de su época. Se sintieron superiores, partícipes de una «cultura superior» de la que el propio Rousseau se sintió excluido, y en más de una ocasión juzgado y condenado por ella. Ya habíamos señalado que la corrupción de los hombres y las costumbres comenzó cuando el interés fue desbordado y puso las instituciones a su servicio, hasta el punto de que quienes participaron de la cultura superior al mismo tiempo se sintieron dominadores y poderosos, lo cual ya iba contra la virtud política que le da sustento a la democracia.
De ahí también que el deseo natural de saber se transformó en el poder del saber. Por ello la responsabilidad del educador es muy grande, justamente porque al tener la ilusión de que domina el conocimiento del mundo, no se da cuenta de que lo que conoce son teorías que trata de imponer como el verdadero saber de lo real. El educador maneja principios que impone como realmente inmodificables y, de esta manera, manipula a sus discípulos que apenas intentan saber lo que ellos mismo son. Por ello Rousseau más que teorías y principios aconseja «hacer nacer en el niño el deseo de aprender» y, lo que se repite tanto pero nunca se atiende, la formación del hombre no es lo mismo que su adiestramiento. La crítica de Rousseau a la ciencia también confrontó el afán de reducir el hombre a una definición establecida, lo que no permitía ver que se trata de un ser en permanente tensión entre su tendencia a la libertad natural, a la plena eclosión de sus potencias constitutivas y la necesidad de estar con los otros; aunque sus instituciones lo corrompan tiene que contar con ellas porque sin sociedad donde vivir no puede aprender nada, ni mucho menos algo sobre sí mismo. El verdadero reto de la educación es cómo formar seres autónomos, seguros de sí mismos y capaces de conciliar las leyes establecidas con los deseos naturales; porque no se trata de acabar con ninguna de ambas dimensiones que, pese a su radical oposición, son constitutivas de la condición humana. Es, dicho en otros términos, la perpetua tragedia que enfrenta el hombre, igual a la que vivió Antígona quien se vio confrontada con la necesidad natural de responder al amor filial por su hermano muerto o atender a las leyes de la ciudad que prohibían sepultarlo. Prefirió seguir su impulso natural a cambio de la ley establecida, pero le costó la vida. Por eso Rousseau en otra de sus admirables anticipaciones mostró, y a ello se atuvo sin duda, lo que después expresó el poeta Hölderlin, que «el hombre es un signo indescifrado» y así ha de permanecer mientras viva.