Rousseau: intempestivo y actual

Los aportes y límites de la teoría política rousseauniana
A pesar de encontrar en sus libros mucha quimera, ilusiones que a lo mejor habría deseado alcanzar para sí, de realidades que nunca tuvo, a pesar de las paradojas existentes entre su vida y su obra, no hay duda de que abrió horizontes visionarios de acción política que aún hoy mantienen vigencia. Un tema clave es la injusticia de la sociedad, causada por razones políticas y sociales. Pretende que ella sea superada mediante una «utopía racional», como la ha llamado Jean Touchard, para que sea, así, alcanzada la máxima felicidad que es la libertad moral, fin imperativo de toda ley, más allá del estado social o civil, etapa final en el gradual ascenso del hombre hacia su perfección. Expresa el tránsito del régimen monárquico al régimen republicano al poner en tela de juicio el principio de la soberanía del monarca. Para Rousseau el verdadero poder soberano está en el pueblo y todo gobierno legítimo supone un pacto, que es social, por cuanto crea primeramente una comunidad de la que emana y en la cual reside el origen y fin de todo gobierno. Por tanto, cualquier posibilidad de pacto entre gobernante y gobernados queda claramente excluida, es decir, no se trata nunca de un pacto político. La soberanía reside en el pueblo y no en el Estado; es absoluta y no admite limitaciones sino las que ella misma se impone. Hay dos ramas del poder, el del gobierno, que es el poder ejecutivo y el poder legislativo, que es el del pueblo. Los fines de la legislación son la libertad y la igualdad pero ésta última es más bien legal que material. La fuerza no hace el derecho y no se está obligado a obedecer sino a los poderes legítimos. La libertad civil es la sujeción de la voluntad a la ley. Al sostener un sistema político de gobierno directo, de democracia sin representantes, anticipa la concreción de la llamada «democracia tumultuaria» o «democracia plebiscitaria» a la manera de Carl Schmitt, pues ataca el principio representativo en la que se funda una democracia moderna; de allí fácilmente se puede desembocar en un régimen de terror, o francamente totalitario.
Para Rousseau, el pueblo que tiene representantes renuncia a su soberanía. De este modo, paradójicamente se convierte en defensor del despotismo de las mayorías, pervierte uno de los pilares de una democracia genuina que consiste en el respeto de las minorías y favorece los regímenes autocráticos a nombre del pueblo que el gobernante pretende encarnar. Tras la fachada de un supuesto «poder popular» se esconde, pues, una tiranía real, disfrazada de democracia directa, protagónica y participativa. Tal es una de las secuelas de la denominada «voluntad general».
Sinembargo, como señala Raúl Cardiel Reyes al finalizar la «Introducción» publicada en la UNAM en 1969, con la traducción de E. Velarde, «este libro breve y genial, El Contrato Social, ha sacudido dos siglos y ha dejado su huella profunda en Europa y América. Pertenece a las raíces ideológicas más hondas de la conciencia política occidental». Sin duda, en esta medida, una propuesta como la del ginebrino resulta a la vez inoportuna, porque va en detrimento de las tendencias crecientes en las democracias actuales de protección a los derechos individuales, de estímulo al pluralismo y a la diversidad, ya que, según Rousseau, el verdadero interés es señalado por la voluntad general, que no tolera divisiones, ni partidismo, sino que funde en una sola y monolítica unidad todo el cuerpo político, sin aceptar las diferencias ni respetar los disensos; resulta también intempestiva, por cuanto la propuesta del ginebrino, en aras de un orden social universal, limita los derechos humanos inalienables y los subyuga a un interés colectivo; mas, igualmente, también aparece muy actual, porque establece una teoría política que desenmascara las bases de la anarquía, el origen del despotismo y la causa de los regímenes tiránicos. Así, como aparece en forma reiterada en el horizonte intelectual y existencial de Juan Jacobo Rousseau, sus logros constituyen paradojas: a la vez, en sus planteamientos siembra las semillas de la tentación totalitaria, pero riega igualmente fundamentos para una defensa de la libertad, una aspiración a la igualdad y una inspiración para la democracia.
En este último sentido, quisiéramos transcribir a continuación uno de los pasajes de nuestra autoría, de un texto aún inédito que escribimos en colaboración con Caroline De Oteyza, titulado «Radiografía del proyecto bolivariano del socialismo del siglo XXI como variante del totalitarismo en Venezuela hoy», que formará parte de la segunda edición del libro Totalitarismo del siglo XXI.
Allí apreciamos de qué modo las ideas de Rousseau constituyen un sustento para revisar de manera crítica la actual gestión del gobierno presidido por Hugo Chávez en Venezuela, y así podremos mostrar ahora en qué forma, este primer mandatario, que se proclama como revolucionario y demócrata, que se ha autodefinido como «redentor» de los pobres y marginados, se ha convertido en realidad en un verdadero «depredador» de la paz de la república, del aparato productivo tanto público como privado y en un instigador de la injusticia, de la violencia, del odio y de la exclusión.
Hacia la anarquía…y el despotismo
En uno de los apartados del Contrato Social, del libro III, cap. X, Juan Jacobo Rousseau escribió: «La disolución del Estado puede sobrevenir de dos maneras: cuando el príncipe no administra el Estado según las leyes y usurpa el poder soberano» o también, cuando los miembros del gobierno usurpan las estructuras del Estado, «el cual ya no es para el resto del pueblo, desde este instante, sino el amo y el tirano». Y agrega el pensador suizo: «De suerte que en el momento en que el gobierno usurpa la soberanía, el pacto social se rompe, y todos los ciudadanos, al recobrar de derecho su libertad natural, se ven forzados, pero no obligados, a obedecer». Ahora es la fuerza, la coacción, la criminalización, la represión las que imponen la norma. El riesgo mayor, cuando no hay Estado de derecho, es la desintegración y la atomización de la sociedad. Por ello, «Cuando el Estado se disuelve, el abuso del gobierno, cualquiera que sea, toma el nombre común de anarquía».
En la Venezuela actual, estamos viviendo una situación crítica para la democracia. Son mantenidas sus estructuras formales, pero negados totalmente en la práctica sus principios fundamentales, como la igualdad ante la ley, la separación y autonomía de los Poderes Públicos; como el diálogo, el respeto a las diferencias sin discriminaciones, la tolerancia, la seguridad de la convivencia ciudadana, de las personas y los bienes, y una visión plural y consensuada de los principales retos que el país afronta. En el desempeño de la dirigencia política dominante, en especial, del Presidente de la República, por el carácter carismático y personalista del primer mandatario nacional, se acentúan las conductas autocráticas, las decisiones arbitrarias, el abuso como herramienta de su acción política y la subordinación a su voluntad de los otros órganos del Poder Público. El Presidente olvidó que es un servidor público, un funcionario para todos los ciudadanos de la República y se comporta, excluyente y sectariamente, sólo como defensor de su propio proyecto.
Agrega Rousseau: «En el sentido vulgar, un tirano es un rey que gobierna con violencia y sin tener en cuenta la justicia ni las leyes. En el sentido exacto, un tirano es un particular que se arroga la autoridad real sin tener derecho a ella. Así es como entendían los griegos la palabra tirano: la aplicaban indistintamente a los buenos y a los malos príncipes, cuya autoridad no era legítima. Así, tirano y usurpador son dos voces perfectamente sinónimas». La situación venezolana no nos resulta ajena a esta caracterización de Rousseau acerca de un gobernante tirano, no sólo por la violencia que ejerce el primer mandatario nacional desde el poder, que no se le otorgó para impulsar un proyecto ajeno a la Constitución de 1999 sobre la cual reposa el ordenamiento jurídico venezolano, ni por ignorar la justicia y las leyes. Es sobre todo porque, en contra del mandato que el pueblo le otorgó al elegirlo como presidente de la República, bajo su gobierno la justicia ha perdido dos de sus principios rectores, la imparcialidad para actuar sin presiones ni sesgos subjetivistas o políticos, y la proporcionalidad entre el delito y la pena. El Estado de Derecho es mera mascarada. Por ello, tampoco existe la universalidad de la ley, entendida como la igualdad de su aplicación entre todos los individuos de una sociedad regida por normas resultantes del consenso a favor de una convivencia civilizada. La ley se convierte en un mecanismo de control, de coacción y de venganza políticas, en lugar de ser un instrumento para erradicar la violencia. Ésta se transforma en norma.
Pero, además, porque el Presidente ha impuesto leyes que, lejos de ser respuesta a las necesidades de regulación de las conductas externas que garanticen una vida social pacífica y armoniosa, responden a su arbitrio personal y a los intereses inherentes a su proyecto político, y somete las leyes a su voluntad convertida en ley. La más elocuente demostración de esto es el conjunto de leyes inconstitucionales elaboradas por la anterior Asamblea Nacional, o las que continúan aprobando hoy en 2012, cuyos integrantes, en su mayoría oficialistas, electos con argucias jurídicas de último momento que favorecieron una cantidad mayor de diputados que de votos obtenidos por éstos, no garantizan la independencia sino, al contrario, la sumisión del Poder Legislativo a quien preside el Poder Ejecutivo Nacional. O las leyes que esa misma Asamblea Nacional renunció a diseñar por un lapso de 18 meses a favor del Presidente de la República, a quien habilitó para legislar desde diciembre de 2010. Bajo la figura de habilitantes, dichas leyes son elaboradas sin consulta ni participación de los involucrados, desde el Palacio de Miraflores, en secretos comités. Estas leyes retoman los aspectos esenciales de la reforma constitucional que fue rechazada por la mayoría de los electores venezolanos el dos de diciembre de 2007, y van en contra y por encima del principio de soberanía popular, clave en toda democracia. Igualmente, nuevas leyes son promulgadas sin las debidas discusiones ni debates y sin participación de la opinión pública, que pretenden construir una estructura jurídica paralela a la de la Constitución vigente que tuerza la legalidad en detrimento de la constitucionalidad para favorecer el viraje socialista y someter buena parte del ordenamiento actual a mandatos inconstitucionales.
Lo que vive hoy el país nos parece aún más difícil que las farsas de una democracia sólo formal: no solamente estamos al borde de una explícita tiranía, puesto que se cumplen en la conducta del Presidente las palabras del ginebrino. Sino peor: nos hallamos en el límite hacia el despotismo sin camuflajes. No tenemos que decirlo nosotros sino el propio Rousseau, quien afirma: «para dar diferentes nombres a diferentes cosas», (…) «llamo tirano al usurpador de la autoridad real y déspota al usurpador del poder soberano». En el caso de la Venezuela de hoy, no sólo podemos hablar de la instauración del mandato de un tirano, puesto que en nombre de un presunto socialismo el Presidente y sus acólitos de gobierno han usurpado la autoridad real, que es la de la ley suprema y cada una de las partes contenida en la Constitución a través de sus articulados. También se ha constituido en déspota el Presidente, al usurpar, en nombre del pueblo con el cual se identifica como una sola voluntad, el verdadero poder soberano, puesto que no se consulta la voluntad popular o peor, cuando ésta contradice al tirano, el déspota en el que se ha convertido el autócrata Presidente, la desconoce y actúa por encima y en detrimento del poder soberano.
El legado de Rousseau en tiempos de crisis: a manera de conclusión
Uno de los aspectos actuales de la propuesta teórica de Rousseau es el rescate de la armoniosa relación de los individuos con el entorno de la naturaleza, ya que sólo nos distingue de ella la conciencia que tenemos de la «común conservación y del bien general», como necesidad de preservar sus recursos en una forma que pareciera prefigurar las preocupaciones ecológicas contemporáneas. También es interesante destacar que en la educación de Emilio, protagonista de su obra con el mismo título, aunque éste vive en el aislamiento, sólo con su mentor, para evitar la corrupción que pudiera provenir de las normas sociales y preservar su bondad natural en el proceso educativo, lo cual no es sólo irreal sino desafortunado y contrario a la esencia social del ser humano, el mandato ético consiste en que nada se le prohíbe sino hacerse daño a sí mismo y no causar daño a los demás. De este modo no se estimularía el egocentrismo sino el desarrollo de razonamientos morales. Con una visión, en cambio, muy avanzada acerca de la forma óptima de crianza de un niño y en contra de la triste tradición punitiva todavía hoy en boga, son descartados por completo los castigos corporales como instrumentos idóneos de la estrategia pedagógica.
El espíritu crítico de la época en que transcurrió su existencia insuflaba vientos de cambio respecto del Antiguo Régimen y no hay duda de que Rousseau fue sensible a las nuevas exigencias y demandas sociales mayoritarias, así como al pensamiento de la Ilustración. No fue ajeno a los principios liberales ni a los planteamientos de Montesquieu, quien a su vez había tenido un contacto decisivo con la nueva constitución política inglesa y con el pensamiento liberal de la isla. No fue tampoco ajeno a las transformaciones en la concepción del poder que estimularían los ideales de la Revolución Francesa, tal como había ocurrido un siglo antes, con la Revolución Inglesa y pensadores republicanos como el célebre literato Juan Milton y Jacobo Harrington, quien fue el primero en establecer una correlación clara entre el sistema económico y la estructura política, según destaca Salvador Giner en su Historia del Pensamiento Social. Gracias en especial a los dos filósofos del liberalismo anglosajón que, desde perspectivas antagónicas en cuanto a la comprensión del poder, instauraron como postulados fundamentales en su construcción teórica el reconocimiento de la igualdad y libertad de todos los individuos, también Rousseau recibió en herencia de tales antecesores la necesidad de estos dos principios como punto de partida para establecer un pacto social en el terreno político y económico.
Esta convicción sirve como perspectiva teórica a Rousseau para iniciar sus reflexiones. El Discurso sobre la desigualdad entre los hombres y El Contrato Social fueron sin duda contribuciones importantes que nutrieron a los impulsores de la Revolución Francesa, la cual Rousseau no alcanzó a presenciar, pero a la cual estimuló con sus escritos, que han repercutido hasta el presente, como la misma revolución, fenómeno de alcance mundial cuyas consecuencias aún no terminan.