N O T A S: En memoria de Fernando Hinestrosa; Simbólica aérea y acuática (Reseña de poemario de CER); Patronato histórico de la Revista
Hasta pronto, maestro (En memoria de Fernando Hinestrosa-Forero; Para: Doña Consuelo, Martha, Roberto y Fernando. Por: Miguel Méndez-Camacho). Hay personas cuya vida se reduce a un nombre entre dos fechas. Otras, menos grises, dejan una familia, un modesto patrimonio, las huellas de unos pasos. Y hay seres excepcionales que se despiden, pero no se van, y siguen vivos en la memoria de los otros, en los árboles que sembraron, los jardines que hicieron, los libros que escribieron, los edificios que fueron construyendo, casi a mano, ladrillo por ladrillo, con un sudor de obrero. Seres únicos que repartieron sus ideas con generosidad y están regados por el mundo sin haber perdido el eco de su voz. Miles y miles de mujeres y hombres que trabajan de jueces, financistas, investigadores, reporteros, abogados de pueblo, ministros, magistrados o humildes litigantes de comisaría. Economistas, hoteleros, restauradores, profesores, maestros y doctores. Gerentes, administradores, comerciantes, políticos, contadores, sociólogos. Gente importante o anónima que llevan el sello de su mejor lección: Somos libres e iguales y tenemos que luchar, para defender ese derecho que nadie nos puede arrebatar.
Él educó y formó a varias generaciones de colombianos que con él aprendimos a desconfiar de las versiones oficiales, a dudar de las verdades reveladas, a creer en el prójimo y a respetarle su libertad de ser distinto. Estoy hablando, por supuesto, de Fernando Hinestrosa, mi maestro, mi guía y mi hermano mayor, que en los últimos años, la enfermedad lo fue apagando como un pabilo contra el viento, lentamente extinguiéndose, sin quejarse, sin protestar ni maldecir. Estoico y digno, como mueren los árboles, de pie.
Yo estudié en una pequeña casa de dos pisos, de la 16 con 24, donde su padre, don Ricardo, dirigía su prestigiosa “escuelita de derecho”, en la ruidosa vecindad de muchachas de la vida alegre, en el celestino Barrio Santafé; y tuve el privilegio de ser discípulo de ambos. Obligaciones de tercero y Sucesiones en quinto año. De manos de Fernando Hinestrosa, que estrenaba la dignidad de ser Rector, recibí mi pomposo diploma de doctor en Derecho y otras arandelas de Ciencias Sociales y Políticas. En esa época yo tuve destellos de niño prodigio, pero me avané y envejecí siendo solamente niño.
En 1993, le hice el primer reportaje, que Emilssen González de Cancino incluyó en Liber Amicorum, el libro de los amigos, un homenaje por sus treinta años de rectorado. Fue una breve entrevista de tres horas y pico que escribí de inmediato, casi de memoria, porque no llevé grabadora y me costó trabajo descifrar los apresurados apuntes que tomé. Lo titulé Fernando Hinestrosa: tímido, solitario, memorioso, en recuerdo de Funes, el de Borges y desde entonces me nombré su reportero de entrecasa. En esa condición hicimos El último caballero radical, en edición conmemorativa del cuadragésimo aniversario de su rectoría. Un reportaje más extenso y lento, en las tardes de 6 ó 7 sábados. Habíamos acordado reunirnos para celebrar los 50 años de estar al frente de esta monarquía constitucional, como dijo Eduardo Umaña Luna, pero la muerte no lo dejó cumplir el compromiso.
La última entrevista me la concedió, a regañadientes, este frío diciembre, en cuatro sesiones, y la final, la primera semana de enero, porque los médicos no le permitieron viajar de vacaciones a Miami, en la inevitable compañía de doña Consuelo y de su hija Martha, las muletas que lo sostenían sin que se diera cuenta. “No me dejaron ir”, me dijo, levantando los hombros, como regañado. De esa ocasión, guardo la imagen de su mano acariciando el lomo de los nueve tomos de la Colección Un libro por centavos, encuadernada en cuero verde-externado que le llevé de Navidad. Él respaldó con entusiasmo esa colección de poesía, sin hacer cuentas ni calcular distancias. Por eso, vamos a llegar al número 80, después de casi nueve años y 700.000 libritos obsequiados, con la colaboración de El Malpensante. Esa aventura fue una de las muchas que disfrutó viendo crecer.
Tengo su firme voz, que ni titubea ni se desvanece, hablándome 7 horas, del pasado y el futuro de la Universidad, de su alegría por la expectativa de la nueva construcción en el cerro, con dos bloques de 4 y 7 pisos, de 48.000 metros cuadrados, próxima a comenzar; de sus dificultades como Embajador de Virgilio Barco ante el Vaticano. Y del gran honor de recibir en París, en la Sorbona, el doctorado Honoris Causa, siendo el primer latinoamericano señalado para esta distinción. Cuando tenga por escrito esta conversación, que sin quererlo tiene un tono triste de última vez, de despedida, decidiré si lo publico como anexo de El último Caballero Radical, o amerita otro libro. No lo sé.
A Fernando Hinestrosa lo incomodaban los primeros planos, los protagonismos, por eso en los registros periodísticos no está posando, sino movido, saliéndose de la fotografía. Creo entonces que esos funerales tan solemnes, como de jefe de estado, con cámara ardiente, le hubieran parecido excesivos, innecesarios. Asistió el Señor Presidente, ministros, magistrados, directivas del congreso, los gremios y las asociaciones, políticos y dirigentes de todos los partidos; debió agradecerlo con la cortesía de una venia, pero le hubiera parecido suficiente la calle de honor de alumnos y exalumnos, profesores, estudiantes, empleados y jardineros, a quienes conocía por nombre y apellido y saludaba con cariño. Para agradecérselo, lo esperaron pasar con un globo y una rosa blanca en la mano. Lo despidieron en breves y sentidas palabras sus amigos: Juan Manuel, Emilssen y Dénis Mazeaud, importante académico francés que vino de París a traerle el presente de dos árboles, para sembrar en el jardín que era su paisaje cotidiano. Pero si le hubieran preguntado si quería acortar la ceremonia, de seguro, se hubiera quedado con los recuerdos de María, su nieta mayor, y las flautas del ritual indígena.
Fernando Hinestrosa era agnóstico, en lenguaje de creyentes, simplemente ateo. A sabiendas, se negó el paraíso celestial, pero también, la calurosa escala del purgatorio, camino al infierno. Debe estar girando en la galaxia, hasta encontrar qué hacer, como dictar clases, sembrar un bosque o construir alguna escuela.
Hasta pronto, Maestro.
Una simbólica aérea y acuática (Reseña del poemario “Media hora de lluvia en el jardín”, 2012; por: Graciela Maturo). Carlos–Enrique Ruiz ha puesto en circulación su libro Media hora de lluvia en el jardín, enriquecido con acuarelas de Pilar González-Gómez. Esta obra reúne casi un centenar de composiciones ligadas por un impulso poético unificante, que viene a sumarse a la valiosa labor del escritor colombiano, conocido por su entrega a la poesía, la proeza de su revista Aleph, sostenida a lo largo de algo más de nueve lustros, y su estimable tarea universitaria.
Ruiz, que es un ingeniero de caminos -como creo que lo fuera su compatriota Jorge Isaacs- siente la atracción del misterio real y lo traduce por una doble vía: la de una mirada sensible y receptiva, y la de una vigilia interrogante y lúcida. En otros momentos hemos visto imponerse la segunda modalidad, mientras en esta ocasión prevalece la primera.
Leves toques impresionistas, escuchas del sonido del mundo y anotaciones de sus formas plásticas se hilvanan en estos poemas atentos al don de cada día, recorridos por la subyacente interrogación sobre el sentido de la existencia. En ellos se impone una simbólica aérea y acuática, donde impera la fluidez, la permanente transformación del todo, la continuidad de los reinos.
El poeta hace gala de una serenidad casi oriental, emboza los sentimientos en un discurso ecuánime, de respiración amplia y ritmos irregulares, cuya ligera musicalidad otorga sentido a su decir y a su callar. Nos invita a compartir esta contemplación despierta, esta meditación sobre el tiempo y el espacio que nos constituyen, mostrando nuestra situación entre el naufragio y la espera, entre el errar y la esperanza.
La poesía surge sin desprenderse del todo del silencio grávido que la precede. Hace lugar a la reflexión que da cuenta de “la fe del carbonero” y “los arrebatos de la apostasía”. Poesía que se define a sí misma: “Divagación en notas de fermosura descompuesta/ con reto de infinito”. Buenos Aires, 9 de marzo de 2012
Patronato histórico de la Revista. Alfonso Carvajal-Escobar (א), Marta Traba (א), Bernardo Trejos-Arcila, Jorge Ramírez-Giraldo (א), Luciano Mora-Osejo, Valentina Marulanda, José-Fernando Isaza D., Rubén Sierra-Mejía, Jesús Mejía-Ossa, Guillermo Botero-Gutiérrez (א), Mirta Negreira-Lucas (א), Bernardo Ramírez (א), Livia González, Matilde Espinosa (א), Maruja Vieira, Hugo Marulanda-López (א), Antonio Gallego-Uribe (א), Santiago Moreno G., Eduardo López-Villegas, León Duque-Orrego, Pilar González-Gómez, Rodrigo Ramírez-Cardona (א), Norma Velásquez-Garcés, Luis-Eduardo Mora O. (א), Carmenza Isaza D., Antanas Mockus S., Guillermo Páramo-Rocha, Carlos Gaviria-Díaz, Humberto Mora O., Adela Londoño-Carvajal, Fernando Mejía-Fernández, Álvaro Gutiérrez A., Juan-Luis Mejía A., Marta-Elena Bravo de H., Ninfa Muñoz R., Amanda García M., Martha-Lucía Londoño de Maldonado, Jorge-Eduardo Salazar T., Ángela-María Botero, Jaime Pinzón A., Luz-Marina Amézquita, Guillermo Rendón G., Anielka Gelemur, Mario Spaggiari-Jaramillo (א), Jorge-Eduardo Hurtado G., Heriberto Santacruz-Ibarra, Mónica Jaramillo, Fabio Rincón C., Gonzalo Duque-Escobar, Alberto Marulanda L., Daniel-Alberto Arias T., José-Oscar Jaramillo J., Jorge Maldonado (א), Maria-Leonor Villada S., Maria-Elena Villegas L., Constanza Montoya R., Elsie Duque de Ramírez, Rafael Zambrano, José-Gregorio Rodríguez, Martha-Helena Barco V., Jesús Gómez L., Ángela García M., David Puerta Z., Ignacio Ramírez (א), Jorge Consuegra-Afanador, Consuelo Triviño-Anzola, Alba-Inés Arias F., Lino Jaramillo O., Alejandro Dávila A.