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Leonor -cuento-

Avanzó con lentitud, con la mano apartaba las ramas cargadas de fruta que le rozaban el pelo. Más allá, la pradera desnuda por la luz del sol no ofrecía reparo. Pensó que era mejor así, eso la obligaría a no detenerse hasta llegar al seto de árboles que había descubierto el día anterior, desde allí podría ver el río. Adelantó la caricia mansa del agua a la que su cuerpo daría forma y sintió placer, pero sabía que eso era tan imposible como tratar de recordar las constelaciones. ¿Dónde las había visto por última vez? Quizá en un libro de la biblioteca de su padre o en el cuarto que estaba en la terraza de la escuela. Allí, en medio de planisferios, globos terráqueos y compases, se erguían, sostenidos por una vara de metal, un montón de huesos que desde entonces le gritaban en cada uno de sus sueños que eran la eternidad porque vencían a la vida.

Sintió la frente y las manos húmedas, supo que había sido arrojada del paraíso porque otra vez el miedo la inundaba. Empezó a decir en voz muy baja las palabras que se repetía todo el día, ella era Leonor, tenía once años, no podrían dañarla ni dañar mientras sus brazos no se extendieran buscando amparo, mientras no sintiera amor, ni traicionara, ni odiara. Debía estar quieta y callada para que nadie se fijara en ella, así cada atardecer podría proyectar su mundo, al que tendría acceso definitivamente, sólo cuando recordara las constelaciones, porque ellas le indicarían el recto rumbo de su vida.

Le costaba reconocer su voz en ese grito que iba creciendo en su interior hasta desbordarla. Igual a la primera vez, no recordaba cuándo, en una fiesta, quizá Navidad. Había muchos regalos, todo el mundo estaba alegre. Desde lo alto de la escalera los veía sonreír y bailar, saludarse y brindar en un torbellino que no entendía muy bien. El mundo de los grandes, en el que ella entraría alguna vez.

Su abuela la había alzado para llevarla a su cuarto y acostarla como cuando era muy chica. Se fue de su lado cuando la creyó dormida, abrazada a Miki, su gato de trapo.

Entonces ella, como tantas veces lo había hecho, se levantó, corrió hasta la ventana y apoyó la punta de los dedos en el cristal para ver el jardín y jugar a descubrir elfos entre los árboles o príncipes que bajaban cabalgando en los rayos de la Luna. Pero esa noche no irían, la música y el ruido no eran sus aliados. Súbitamente sintió frío. Supo que el cristal, única protección a su temor, no sería su escudo esa noche, porque algo insidioso se filtraría a través de él, contaminándola. Iba a apartarse cuando distinguió sombras que se movían. Se pegó aún más a la ventana y vio a su padre abrazando a otra mujer y recordó los ojos de su madre fijos en los de su tío Daniel, aquella mañana, en ese mismo jardín, mientras los dedos de sus manos se entrelazaban. Comprendió por qué sentía frío cuando (su padre y su madre) se miraban sobre su cabeza, hieráticos como dos imágenes de cera. Todo eso que sentía en cada latido de su corazón, en su sangre, creció ahogándola. Sólo pudo abrir la boca y dejar escapar aquello que era como el grito de agonía de un animal herido. Un instante después, caras pintadas, trajes oscuros y copas todavía llenas se asomaron a la puerta de su cuarto, detenidos por ese sonido que no terminaba y que se imponía al desorden de la música.

No oyó el ruido de la puerta al cerrarse, ni vio a su abuela que avanzaba. Miki, su gato de trapo tirado en el suelo, le reveló que demarcaba una frontera entre el horror y ella. Aquél que comprendiera esto tendría su interior, sería su amigo. Miki se lo indicaría.

Desde muy lejos, oía la voz de su abuela que le decía: Leonor, silencio, no grites, no ves que los ángeles van a asustarse. Leonor, los ángeles están con Dios y Dios es el silencio.

Comprendió que la había perdido cuando un instante antes de sentir sus brazos que la rodeaban, Miki desapareció entre los pliegues de su vestido, ignorado, pisoteado por ella. Se dejó abrazar y la miró por última vez agradecida por la clave que le había entregado, el silencio. El silencio era Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Desde el silencio Dios impuso orden al caos, separó las aguas de la tierra firme. Si ella pudiera…

No cerró los ojos esa noche, ni la otra, ni la otra, hasta que cada uno de los objetos de su cuarto se perdió en una niebla de la que ya no volvería sino como un destello luminoso, como un fuego fatuo. Primero fueron los objetos, luego, más lentamente las personas. Ya no sentía rechazo por ellas. Iba dejándose llevar por lo que para los grandes era una enfermedad o deseos de morir. Para ella en cambio, la mágica transformación de seres en haces luminosos que a veces herían sus ojos, otras la rodeaban con una luz suave, tamizada. Supo que los primeros correspondían a los que no la querían, los otros a los que la querían o a quienes les era indiferente. Al principio le inquietaba no poder distinguir entre los dos últimos, después, tampoco esto le importó.

De la misma manera que el mundo visible desaparecía para ella, Miki, su frontera, era invisible para todos los que iban a verla. Se acercaban, trataban de comunicarle algo. Sentía en su brazo una presión, un dolor débil como un pinchazo, luego una sensación fresca la invadía, corría por las venas hacia todos los rincones de su cuerpo, hacia su cabeza. Después se iban. Entonces ella flotaba en el silencio, muy cerca de los ángeles, casi Dios.

Se sentaba, la espalda contra el cristal. Esperando. No sabía con exactitud qué. Sólo algo que llegaría o que sucedería. No importaba cuánto durara la espera mientras la rodeara esa eternidad de silencio.

Gradualmente se le revelaron pequeños brotes verdes cerca de Miki que crecieron y se extendieron hasta convertirse en una pradera. Después fueron los árboles. Mucho después su seguridad sobre la existencia del río que estaría detrás del seto. Al principio no se animó a caminar por la pradera. Sólo la miraba. Hasta que un día entró. Apoyaba apenas sus pies en la hierba que sentía húmeda. Sus pulmones se colmaron con el aroma de la tierra hasta herirla. Cerró los ojos para sentir que ella no aspiraba el aroma sino que era el aroma llevado por el viento. Y fue el aroma.

El ruido de la puerta hizo que abriera los ojos, entonces nuevamente los haces luminosos que giraban a su alrededor, que la obnubilaban separándola del mundo. Luego recomenzar… pequeños brotes verdes, frutas, tratar de llegar hasta el seto de árboles bajo el sol del mediodía. Sentir el cansancio. De pronto la frente y las manos húmedas, el miedo. Ser arrojada una y otra vez del paraíso. Tenía que recordar las constelaciones. Verlas. Entonces estaría a salvo. Nada ni nadie podría arrancarla de la pradera, vería el río, animales abrevando en él. Para eso era necesario un sacrificio, no, una ofrenda, eso era mejor. Ofrecería sus manos, no apartarían más las ramas cargadas de fruta, ni acariciarían a Miki. Las ataría simbólicamente, así tendrían la fuerza que sólo los hilos mágicos poseen para formar nudos indestructibles. El precio de desatarlos es la vida, se dijo. No dudó. Levantó el brazo hasta que el puso y la palma de su mano abierta quedaron frente a sus ojos. Vio la trama azulada de las venas, el dibujo de su vida física; miró luego con atención las tenues líneas de la palma, horizontales, verticales, unas encadenadas, ramificándose otras. Sintió vértigo y desde ese centro recordó que su tío Daniel le había dicho que tenían nombres y que eran muy importantes porque ellas encerraban el futuro. Tío Daniel le había dicho que ella era el futuro. Como cumpliendo un rito levantó el brazo derecho hasta que el pulso y la palma abierta de su mano quedaron frente a sus ojos.  Las cruzó y miró absorta esa filigrana duplicada y tan distinta. Se dijo que en ese instante con solo cerrar las manos borraría el pasado y el  futuro. Suavemente los dedos fueron doblándose sobre las palmas abiertas. Vio sus muñecas en cruz, atadas. La ofrenda estaba hecha. En ese instante los haces luminosos la invadieron. Se dobló sobre sí. El pelo cayó en desorden sobre su cara. Lo sentía húmedo, pegado a su frente. Algo no cotidiano estaba por suceder, lo supo antes que sus ojos vieran la sombra que se recortaba nítida entre los haces luminosos. La sombra que avanzaba hacia ella y que vio a Miki en el suelo y que lo levantó.

El doctor Pablo Quiroga alzó suavemente al gato de trapo sin dejar de mirar a la niña, su primer paciente. Hizo señas a los padres de Leonor para que lo dejaran con ella. Cuando oyó el ruido de la puerta al cerrarse comprendió la enorme responsabilidad que había aceptado. ¿Por qué podría triunfar él, ahí donde otros con años de experiencia habían fracasado?

Trató de relajarse. Para ganar tiempo acariciaba al gato de trapo y hablaba con una voz lenta y grave. Le decía lo lindo que era y jugaba a darle nombres mientras trataba de adivinar las reacciones de Leonor. Había notado que las manos, que mantenía cruzadas como si estuvieran atadas temblaron cuando levantó ese objeto que al principio le costó distinguir. ¿Lo habrían visto sus colegas? En todo caso no recordaba que lo hubieran mencionado como algo importante. Sentía que ahí estaba la clave.

No se dirigió a ella, ni trató de acercarse. Cada atardecer al volver de la clínica reiniciaba ese tratamiento que con el tiempo, insensiblemente, iba alejándose de la medicina para convertirse en un rito. Cada atardecer encontraba al gato en el mismo lugar. Se sentaba en el suelo, un poco detrás de él. Lo tomaba en sus manos y le hablaba formulando las preguntas que en realidad iban dirigidas a Leonor. Intuía que ese era el límite de algo que no podía admitir su presencia sin sentirla como una profanación.

Leonor sentada de espaldas a la ventana flotaba ajena a cuanto la rodeaba. A veces una sonrisa levantaba la comisura de sus labios, otras cerraba los ojos y respiraba hondo. Las manos siempre en la misma posición, descansando sobre la falda. ¿Qué había desatado en ella su enfermedad? Quizá buscar una causa fuera solo un error de la lógica. Le tocaba a él desbrozar el terreno, llegar a la raíz, rescatar la verdad. ¡Dios! ¿Qué verdad, la de la cordura o la que regía el otro lado de la frontera?, esa tierra que imaginaba a veces habitada desde el principio del mundo por una raza de seres poseedores de otra realidad más compleja y perfecta.

Una voz lo arrancó de sus pensamientos. El doctor Quiroga contuvo la respiración. Pensó por un instante que la voz era sólo parte de su esperanza de oírla. Miró a Leonor. Desde la penumbra del cuarto, entrecortada y suavemente repetía: Miki, es mi gato. Se llama Miki.

Comprendió que más allá de lo que la ciencia pudiera lograr tenía un delicado hilo de palabras en las que le entregaban el camino hacia un alma. Con una voz que casi no reconocía como suya se oyó decir: gracias. Mi nombre es Pablo. Quiero ser tu amigo. Contuvo el impulso de tender sus manos. Las cruzó sobre Miki imitando, sin darse cuenta, el gesto de Leonor.

Ella desde la luz sin tiempo de su pradera había distinguido una sombra. Una forma que permanecía a su lado compartiendo el silencio y la creación. Casi enseguida había surgido la ardilla en la pradera, pequeña como las que la miraban desde un tapiz en la casa de su tía, lejos, en la ciudad, luego el zorro de ojos rasgados y el ciervo de mirada mansa. Desde ese cielo infinito de un día sin poniente tambien llegaron la paloma y el halcón y fueron un solo temblor sobre la hierba. Entonces con una sabiduría anterior a los sentidos, a la inteligencia, supo que debía marchar con ellos hacia el río. Deslizándose en su silencio llegaría a las constelaciones.

Pensó que no lo lograría nunca. El cansancio iba ganándola y el seto de árboles parecía cada vez más lejano. Los animales a veces la precedían, otras desaparecían de su vista. Ella los ojos fijos, doloridos por la reverberación del sol, avanzaba. Suspiró cuando las primeras ramas azotaron su cara. Sentía dolor en sus muñecas atadas. Ni siquiera intentaba levantarlas hasta el pecho para aminorarlo. Las alzó cuando, separado sólo por la filigrana de hojas de los árboles, divisó el río y vio a todos sus amigos, los animales, húmedas de ternura las miradas dirigidas a ese ser hecho de luz y de sombra, el tigre, que abrevaba junto a una gacela. Sintió en su pecho, algo semejante a lo que Dios debió sentir cuando vio a su criatura dormida por primera vez y supo que no le bastarían árboles y animales, ríos y estrellas y la inmutabilidad de la inocencia para vivir eternamente. Desde su ubicuidad que es el Vacío, desde su Nada que Todo lo contiene y todo lo puede, creó del sueño del hombre a la mujer y con ella un verbo: compartir.  Entonces, los labios de Leonor se movieron formando un nombre en el silencio, Pablo… Pablo… Pablo, lo repitió hasta que creció y la desbordó en un río de palabras que hilvanaban la antigua historia en la que la soledad es magia y creación y el dolor fuerza y esta fuerza llegaba a Pablo que se sentía embargado por ese mundo entrevisto, no conocido aún y al que anhelaba pertenecer. También para él fluyó el tiempo de otro modo. El vértigo del presente sin antes ni después. Se sintió libre flotando en la eternidad, sin apoyos, sin los engaños del cuerpo.

Cuando cerró la puerta, al bajar la escalera, el ruido de la música que venía del cuarto de Berta, la enfermera de Leonor, lo golpeó devolviéndolo a su realidad, el era el doctor Pablo Quiroga, estaba ahí para recuperar a una criatura para la normalidad, para la cordura. Tenía que sujetar una mente a un cuerpo que a su vez estaba sujeto a un aquí, ahora, antes, después… y todo eso sujeto a la vez, a una abstracción primera en la que paradójicamente esa realidad ya no contaba porque se volvía al punto de partida o a su reflejo: un poder sin tiempo ni espacio, eterno, creador del mundo. Todas estas ideas se agolpaban en su cabeza, no lograban borrar la fascinación del tiempo fuera del tiempo que Leonor le había develado. Comprendió que no estaba maduro para resolver el caso.                                                                                                                                      

Al llegar frente al cuarto de Berta llamó una, dos, tres veces hasta que ella se asomó como empujada por el desorden de la música que a él le hacía daño. Oyó su voz que era casi un grito, mientras le daba las instrucciones para el fin de semana. Le dijo que no volvería. Hablaría con los padres de Leonor cuando éstos regresaran de su viaje. Hasta entonces el doctor Martínez iría  para los reconocimientos diarios.

Salió. A medida que se acercaba al auto la desazón fue transformándose en otra cosa, en una palabra nueva para definir su ser más íntimo, cobarde. Esa palabra lo separaba del paraíso y lo dejaba solo para siempre frente a la ardua tarea de tallar la máscara hecha de gestos, palabras, actos precisos que lo ayudarían a olvidar ese sentimiento que crecía. La soledad sin fuerza, sin pasión. El infierno con la obsesiva repetición del acto que nos perdió. El coche lentamente buscó el portón a través del parque y salió. No miró atrás.

Leonor se estremeció. Pablo había comprendido. Las palabras, cáscaras sin fruto, cayeron entre ellos para despojarlos aún más. Eran el tributo que él esperaba, su milagro. Ahora podría entrar a la pradera de su mano. Le presentaría a sus amigos, los animales. Juntos encontrarían las constelaciones. ¿Dónde las había visto? Eso no importaba ahora. Pablo la guiaría.

Otra vez la espera, pero distinta. El silencio no era la eternidad en la que podía hundirse para emerger libre. Todos los sentidos estaban vivos, detenidos en esa tensión que le hacía daño. No durmió esa noche, ni la otra, ni la otra, hasta que comprendió que esperaba en vano. No gritó. Se concentró en un deseo, la muerte de Pablo. Entonces lentamente cerró los ojos y fue la muerte con su impasible intensidad. Cuando los abrió, apenas pudo distinguir la pradera a través de la luz que la separaba de ella, que la obnubilaba. Sintió la frente y las manos húmedas, supo que había sido arrojada del paraíso porque otra vez el miedo la inundaba. Como antes, empezó a decir en voz muy baja las palabras que se había repetido durante tanto tiempo, ella era Leonor, tenía once años, no podrían dañarla ni dañar mientras sus brazos no se extendieran buscando amparo, mientras no sintiera amor, ni traicionara, ni odiara.

La luz fue desvaneciéndose. Vio nítido el río y a los animales. Corrió. Con ellos estaría a salvo y llegaría a las constelaciones. Todo se ordenaría.

Acosándola desde todos los rincones de su cuerpo, cercándola, oía el latido del corazón. Ese sonido podría devastar el paraíso, a los árboles a ella misma. Se detuvo. Curiosamente no la inquietó ver la luz crepuscular que invadía la pradera. Tampoco la inmovilidad de los animales, en fila delante del río que arrastraba ahora algunos helechos secos y a un pájaro muerto. Fue la sensación de ser observada de un modo distinto lo que la hizo estremecer y buscar la mirada de sus amigos. Entonces vio los ojos como piedras duras en las cuencas redondas o rasgadas, en sus miradas sentía algo perverso y corrupto que se adhería a su piel. Retrocedió. Sus pies desnudos pisaron a Miki. Se apoyó contra algo que cedía y sin saber cómo, se encontró en un pasillo que la conducía a una escalera altísima, casi recta. No supo en qué momento de su ascenso comprendió el significado de haber sido la muerte, esa cosa blanca y luminosa, helada, que podía destruir, con la minuciosidad de la indiferencia, instante por instante la suma de los instantes que habían sido Pablo. Había perdido su mundo. Ahora, sola, tendría que hallar las constelaciones.

El frío del picaporte que giraba bajo su palma humedecida por el miedo hizo que su agitación se calmara. Pensó que debía actuar con cuidado para que nadie la oyera. Se deslizó en el cuarto que la invitaba a pasar con su quietud. Poco a poco fue descubriendo cuadros dados vuelta contra la pared, libros, algunos juguetes que le habían pertenecido. Se detuvo ante un perchero del que colgaban sombreros, vestidos y una larga mantilla de encaje negro. La tomó y se envolvió con ella. Algo que se asociaba vagamente al llanto, pero que no podía recordar, le hizo sentir cierto malestar. Siguió avanzando sin ver ya los otros objetos a los que el tiempo había recubierto de silencio y de esa pátina perversa que logra mantener intacto el peor enemigo, el recuerdo. Ella sólo ve en el otro extremo del cuarto, junto a la ventana, el viejo arcón. Recuerda una historia que le habían contado, en la que hacía más de un siglo, un hombre perseguido por un tirano se había salvado ahí, escondido en el doble fondo. Todo lo demás se le confunde. ¿Lo buscaban para degollarlo… o había degollado a alguien…? No… un tirano lo perseguía. ¿Un tirano? Ella lo había estudiado pero no recordaba. Se preguntó qué habría sentido aquel hombre cuando oprimió el botón y vio cómo lentamente iba cubriéndolo esa chapa de metal de la que dependería su vida, como dependía de la fidelidad de sus criados que acomodaban apresurados los libros que justificarían el peso si alguien los detenía camino al puerto…

… y al tercer día resucitó de entre los muertos… no, esa era una oración que su abuela le había enseñado. Tío Daniel hablaba siempre sobre el tres, la magia del número tres… ¿Había estado tres minutos o tres horas? No importaba. Ahora trataba de imaginar al hombre en la cubierta de la chalupa, respirando con avidez, con gratitud, el aire húmedo de esa noche de verano que lo conduciría hacia la libertad y hacia la vida, mientras sus ojos, vueltos hacia el cielo, veían la cruz del sur y las constelaciones… Las constelaciones, ella tiene que encontrarlas, no, esconderse hasta que las recuerde y luego buscarlas.

Se acerca al arcón e intenta levantar la tapa. Fracasa una y otra vez. Sus ojos ansiosos ven, de pronto, en el suelo, esa cabeza de caballo unida a un palo. Recordó su desilusión cuando se la dieron. Ella había pedido un caballo vivo y cálido con quien jugar. Pero ahora estaba ahí, para ayudarla y eso disipaba toda pena. Lo apoyó contra la silla y el arcón y empujó hasta que la tapa, gracias a un mecanismo, se levantó lenta y dócilmente. Entonces ante su boca entreabierta por el asombro y sus ojos empañados por las lágrimas vio las constelaciones. Ya no pudo distinguir si las que ahora empezaban a brillar en el cielo sobre el jardín eran el reflejo de éstas, que corporizadas en colores al aceite, desvanecidas por el tiempo, marcaban su ciclo inexorable a fuerza de segura lentitud, o si era al revés.

Contuvo el llanto. Se dijo que era el tiempo de inaugurar nuevos ritos, los ritos del espacio. Giró lentamente, hasta que sintió su cuerpo ingrávido. Estiró sus brazos hacia arriba, como si se despedazara después de un prolongado sueño y cruzó aplicada y lentamente los dedos, las palmas hacia fuera, hasta que formó con ellos un enrejado sobre el que apoyó su frente. Después, sin dejar de girar, fue bajando las manos hasta que sintió los dedos cruzados sobre los párpados. Se detuvo. Contuvo la respiración. Se dijo que debía abrir lentamente su ojo izquierdo, la constelación que viera sería su guía cuando el tiempo se cumpliera. Tardó un poco en acostumbrarse a la doble dificultad de la penumbra y del reducido espacio entre sus dedos, hasta que distinguió con claridad la figura del arquero, mitad hombre, mitad caballo, concentrado en la tarea de lanzar la flecha más allá de las constelaciones, hacia un blanco inimaginable en ese vasto espacio. Se alegró de que ése fuera su guía. Él también buscaba algo más allá. Se entenderían.

De pié ahora sobre la silla, se estiró hasta que pudo empujar la bisagra que haría cerrar suavemente el arcón y que le daría tiempo para deslizarse en su interior, mientras en su cabeza giraban frases, ya sin sentido, para conjurar el miedo definitivamente desterrado. Su mano oprimió el botón que cerraría el doble fondo. Con una alegría que le hacía daño por lo desconocida e intensa se dijo que todo estaba bien, en tres minutos, a la grupa del Arquero recorrería las constelaciones y entonces la paz sería con ella.

 

 

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Edición No. 164