Lucrecia de León, el sueño
El presente ensayo se divide en dos momentos. Primero aborda la reflexión de las mujeres en la obra de María Zambrano, de modo que podamos contextualizar la reflexión sobre Lucrecia de León en su pensamiento filosófico; en un segundo momento, expondremos el sueño de Lucrecia de León desde la lectura de María Zambrano.
El tema de la mujer
Una de las reflexiones constantes a lo largo de la obra de María Zambrano, nos atrevemos a señalar, corresponde al tema de la Mujer. Podemos rastrear en sus diversas etapas de formación y madurez intelectual un estudio sobre el papel que han tenido las mujeres en la historia de occidente y nos parece que no ha sido casual.
En septiembre de 1945, la filósofa vive exiliada en La Habana, Cuba, y escribe, a propósito de la distancia y dolor del desterrado de su patria, una carta a su hermana Araceli, quien vive con su madre en París, asediada por los nazis; en esa epístola, María Zambrano, se confiesa y le cuenta que América no es aquel sueño del que todos participan en felicidad y abundancia, muy por el contrario, América es una tierra que reproduce los mismos vicios de Europa ancestral y contemporánea. Y sinembargo, le otorgaba algo que España no logró darle del todo: crecer intelectualmente. No por vivir en América, sino por la experiencia del destierro.
En el exilio padeció grandes necesidades económicas, a las que tuvo que hacer frente desde su pluma con entrega y creatividad. Ser mujer y dedicarse al quehacer filosófico para aquellos tiempos debió ser tarea dolorosa y vivida en la soledad más profunda. La carta que podemos leer en los archivos de la fundación que lleva su nombre, nos describe a una mujer que intenta abrirse camino en los espacios académicos universitarios, a la par que vive el desprecio y la envidia de su propios colegas y paisanos españoles. Para ella, la envidia es la enfermedad española por excelencia. Pero no es la misma chica que dejó España, ha madurado intelectualmente, al grado, de no reconocerse ni ella misma.
No nos olvidemos que fue una de las primeras mujeres en ingresar al Instituto Nacional de Segovia, después entre 1921 y 1926 cursó por libre el Programa de Teoría de la Literatura y de las Artes, cuando todavía estaba vedado a las mujeres el ingreso a una carrera en filosofía en la Universidad Central de Madrid y, también, una de las tres primeras mujeres que cursó un doctorado en filosofía a finales de la década de los veinte, diríamos del florecimiento madrileño.
Quizá su particular situación por haber crecido en un ambiente magisterial crítico, intelectual, político y cultural en la ciudad de Segovia, además de la particular experiencia de la maternidad (falleció casi recién nacido su hijo, en las cartas que dirigió a Gregorio del Campo se habla del evento), le condujo a cuestionar el orden social del momento y, sobre todo, a preguntarse sobre la situación y condición de la mujer en la historia, de modo que esa experiencia del desgarro le condujo a tomarla decisión entre quedarse llorando y esperando el amor caballeresco tras la puerta o luchar por una transformación radical de la sociedad, donde las mujeres no fueran juzgadas por códigos masculinos y construyeran otro modo de ser mujer. Y no nos extrañe entonces por qué jamás se asumió feminista. Para ella se trató siempre de ejercer y no de pedir derechos, fue eso sí, una mujer moderna ejemplar.
Vemos en sus obras que la mujer en la historia de occidente aparece constantemente bajo rostros y temas femeninos riquísimos. Y fue La Habana un tiempo de profunda reflexión sobre el devenir histórico y filosófico de la mujer. Trabajó impartiendo cursos, conferencias, clases privadas y en la publicación de un sin número de artículos en revistas culturales y educativas, pese a las difíciles condiciones laborales de La Habana. Aunque corresponderá este tiempo a la etapa académica estrictamente hablando, único periodo en que veremos a nuestra filósofa impartir cátedras sobre la temática, no será únicamente en Cuba, pues la isla de Puerto Rico representará otro espacio fructífero para su desarrollo intelectual.
Sinembargo, Cuba, Puerto Rico y también Estados Unidos le cerraran las puertas al profesorado universitario, y ella, será consciente, supo que su condición de exiliada y republicana era peligrosa para mentes conservadoras; no obstante, jamás claudicará de su filiación a la República Española perdida, ni mucho menos de un quehacer intelectual independiente. Su entrega y entereza a un proyecto de transformación social democrático fue el sostén de sí misma en sus más de cuarenta años de exilio. Sus escritos nos muestran el difícil camino de ser mujer y filósofa pese a su sólido compromiso intelectual y universitario.
Las primeras indagaciones sobre la mujer se efectuaron en sus años de militancia juvenil universitaria en España, siendo miembro de la Federación Universitaria Escolar, y aparecerán publicadas en la columna Mujeres del diario el Liberal de Madrid. Son escritos cortos, inteligentes, rebeldes y muy atrevidos para sus tiempos, que nos muestran una sensibilidad profunda ante las problemáticas que todavía la teoría feminista no vislumbraría; nos habla de temas como violencia intrafamiliar, el feminicidio, los derechos políticos de las mujeres, la exigencia de un trabajo digno y el derecho a educarse en una universidad.
Otros estudios sobre la problemática de la mujer y lo que denominó como la guerra feminista, se da en el marco de conferencias que impartió en diversos espacios políticos obreros y culturales de Madrid y de algunas provincias españolas, además de sus clases en la Residencia de Señoritas, el Ministerio de Cultura y el Instituto Escuela; a este periodo corresponde en particular una preocupación por el papel de las mujeres en los Estados Modernos, y tenemos noticias de sus cursos y conferencias por notas periodísticas y cartas que envió a amigos; los artículos no se conservan porque durante la guerra civil española, en septiembre de 1936, particularmente, se quemó su casa de Madrid.
Un tercer bloque de reflexiones cobra vida durante su estancia en Cuba y Puerto Rico, a través de una serie de conferencias impartidas como profesora invitada en la Universidad de La Habana y el Instituto de Altos Estudios e Investigaciones Científicas en aquella década de los cuarenta y cincuenta. Lo mismo en Puerto Rico, en San Juan y otras ciudades de la isla impartió cursos y conferencias como profesora invitada en la Asociación de Graduadas de la Universidad de Puerto Rico; algunos de los textos fueron publicados por la autora en la revista Asómate y Ultra de San Juan de Puerto Rico, en particular, los estudios dedicados al estudio de la mujer en occidente. Otros tantos, aparecerán publicados en las revistas Sur de Buenos Aires y en la revista Rueca de México entre 1940 y 1955. Sin contar las posteriores reflexiones europeas, en las que estudia diversas figuras femeninas como Eloísa del Paracleto, las mujeres en la obra de Benito Pérez Galdós, Diótima de Mantinea, Antígona y Lucrecia de León, por mencionar aquellos ensayos largos, pues tenemos una serie de estudios cortos dedicados a los mitos griegos y que fueron escritos pensados para jóvenes estudiantes de enseñanza secundaria.
Sobra señalar la autenticidad de su pensar, puesto que todavía no se publicaba el imprescindible libro de Simone de Beauvoir titulado El segundo sexo, en el que encontramos en su introducción grandes coincidencias con un texto de 1945 que María Zambrano escribió para presentar el libro Grandeza y servidumbre de la mujer de Gustavo Pittaluga, bajo el nombre de A propósito de “Grandeza y servidumbre de la mujer”, publicado en ese año en La Habana y desde el que dirige una dura crítica al tratado, estando únicamente de acuerdo en las servidumbres de la mujer pero no en las grandezas que ensalzó el autor.
Y no será entonces casual el comentario señalado a su hermana sobre su crecimiento intelectual y los primeros frutos de una intelectual libre, quién al perder toda esperanza de ingreso al espacio universitario, desarrollará sin trabas y con la independencia que la necesidad económica le permitiría, una creación filosófica tan original que superará al propio maestro, es decir, a su querido filósofo José Ortega y Gasset. Y esa misma necesidad, paradójicamente, gestará su razón creadora, la que le llevará a mirar y comprender a la humanidad, impulsada por el conocerse primero a sí misma, desde una ética del otro y de la otra, intentando tratar al prójimo sin temor ni vanidad, puesto que reconoció en el prójimo al hermano y a la hermana, al diferente.
En su pensamiento de madurez encontraremos el estudio de sus Antígona(s), de Lucrecia de León, Atenea, Eloísa, Afrodita, Juana de Arco, Juana Inés de la Cruz, Nina y una serie de figuras ficticias, literarias, poetas y pensadoras dignas de ser estudiadas y visibilizadas por el quehacer filosófico contemporáneo.
Pertenece a la etapa intelectual el interés por el estudio de los sueños, de ahí que decida prologar el libro Los sueños y procesos de Lucrecia de León, estudiando la forma sueño y las nociones del sujeto soñante, el sujeto soñado y la finalidad destino como temas en los que nuestra filósofa centra su atención para intentar comprender a la doncella castellana.
Los sueños de Lucrecia de León
La doncella y el hombre. La pérdida de España fue el título dedicado al estudio del sueño de la joven Lucrecia de León, quien fuera oriunda de La villa de Madrid y tan castellana como la reina Isabel la católica, pero a diferencia de ésta Lucrecia de León se negó a soñar.
España surgió como imperio bajo el reinado de Isabel y Fernando, los reyes católicos, el Santo Oficio había iniciado sus obsesivas persecuciones dirigidas a todo aquel que fuera considerado peligroso para el reino católico recién instaurado, la inquisición tenía por tarea acabar todas las herejías y las falsas religiones, fueran judía, musulmana, maya, inca, azteca o yaqui; se trató de someter a su ortodoxia a todo habitante de su imperio, a través del tormento y la conversión, en gran número de casos. Había caído el mundo del Al Ándalus, vencida Granada quedaban apenas unos cuantos bastiones en el naciente Estado Español, que fueron disminuidos por Felipe II; a este periodo particular pertenece nuestra doncella.
Lucrecia de León sería requerida para proceso y tormento por atreverse a soñar, martirio que se prolongaría por cuatro años, tiempo en que daría a luz a una niña. En 1594 sería condenada a abjurar de levi, a cien azotes, a dos años de reclusión y a destierro perpetuo de Madrid. Un castigo ejemplar sin duda alguna; al menos, así lo muestran los datos históricos que se ofrecen en la transcripción del proceso y que pueden leerse en Sueños y procesos de Lucrecia de León del historiador Juan Blázquez y, como hemos señalado, prologado por María Zambrano.
Del dato de condena podemos aventurar como año aproximado del nacimiento de Lucrecia de León, hacía fines de 1560, en 1568. Y también decir con certeza que fue detenida por el vicario de Madrid, un 4 de junio de 1590 en la casa de Alonso Franco de León, negociante de genoveses, y de Ana Ordóñez, quien tenía por entonces según la propia Lucrecia, veintidós años y vivía en la casa paterna. Su delito, soñar que los herejes protestantes, los turcos, los ingleses y los moriscos se sublevarían y llevarían a ruinas al rey español, luego de varias batallas.
Los intérpretes y transcriptores. Lucrecia de León tuvo como intérprete de sus sueños a Alonso de Mendoza, hombre universitario y de familia noble y antigua, alquimista y profundo conocedor de los estudiosos principales de los sueños, hasta su tiempo. Éste solicitaría los servicios de fray Lucas de Allende, comisario general de la Orden de San Francisco y guardián del convento en Madrid; Diego de Victores, criado de Antonio de Toledo, de la Cámara de su majestad. Éste último transcribió en mandato de su amor por Lucrecia, y fue también el padre de la hija de la doncella durante su proceso inquisitorial.
Lucrecia de León perteneció a una muy modesta y honesta familia; según el proceso tenía sueños con visiones extrañas que despertaron la curiosidad del investigador Alonso de Mendoza y fray Lucas, de modo que estos se interesaron en descifrar o interpretar sus misterios, atraídos como estaban, sobre todo, por el contenido de guerras y destrucciones de ciudades; pero sus interpretaciones fueron orientadas hacia fines personales.
La doncella Lucrecia fue un chica como cualquier otra, sencilla y pura, al mismo tiempo potencia creadora para María Zambrano; aceptó que sus sueños fueran estudiados; era en realidad una doncella ignorante, no sabía leer ni escribir; no tenía contacto ni conocimiento de don Alonso hasta que éste se interesará por sus sueños; sinembargo, se sabía una mujer integra, entendía que no estaba loca, ni alucinaba. De hecho entendía la causa por la que había sido puesta presa, suponía que eran los sueños transcritos e interpretados por Alonso y Lucas. En su interrogatorio insistió en decir que no mentía, que decía la verdad; pues estaba convencida de que no había hecho nada por lo que pudieran someterla a proceso. Sabía que no había ofendido a Dios ni a nadie por el hecho de soñar. Expresó que desde pequeña soñaba e incluso que había sido azotada por sus padres por contar los sueños. Estando presa, en esos cuatro años, únicamente soñó cuatro veces, sueños en los que se encontraron tres formas de hombres.
En sus sueños es llevada por un hombre desconocido, al que no le da importancia. Actúa de un modo pasivo, guiada por el soñar, y sin embargo, nos dirá Zambrano, insiste en señalar que no hace hincapié en sus sueños, puesto que aflora un temor no menor, al tormento. Rechaza durante todo el proceso la interpretación de los sueños que hicieran Alfonso y Lucas. Acepta su propio sueño sin mediación alguna, en la que se presentan sus tres personajes: el Viejo que pesca en la mar de Inglaterra, el hombre que trae un León atado a una cinta, y el hombre denominado como Ordinario, quien le lleva a Francia, Turquía, Inglaterra y Polonia y le muestra los muertos, las destrucciones y las batallas, así como aquellos animales nunca vistos por ella que son llamados búfalos. Reconoce que Alonso y Fray Lucas, sus intérpretes, glosaron, añadieron e interpretaron los sueños a su antojo, para provecho de la República y el servicio del Rey, pero en beneficio propio siempre. En la transcripción se habla del luto en el Palacio y en las Iglesias, hay también una palma que indica al Ordinario que haga de cuenta que es su Rey, el hombre viejo, a quien ella nombra en el sueño, Padre Adán, y va vestido de negro, además del hombre que lleva un León muerto.
Nos dice en su estudio María Zambrano que lo mismo que Juana de Arco, Lucrecia de León fue castigada por soñar, aunque en sus confesiones negó ver visiones de la virgen y escuchar las palabras de Dios, de modo que no alcanzaría el castigo de la joven guerrera francesa. Lucrecia de León no se pierde en los sueños, de hecho Zambrano encuentra que no le gusta soñar y el sueño no presenta atemporalidad alguna, revelándose como un sueño de obstáculo; no hay una correspondencia entre imagen-realidad, mucho menos un enseñorearse del sueño, sintiéndose sujeto soñada; tampoco hay germen creador.
Para nuestra filósofa el sueño fluye sin problema alguno, como la narrativa de una historia, que incluso vuelve a tomarse donde quedó; únicamente presenta el sueño de Lucrecia un momento donde se da una inversión en lo que denominó prólogo del sueño y final del sueño. Se da una descripción de un momento que es entendido por Lucrecia, adivina en el sueño lo que significa el luto y la palma, también sabe quiénes son los personajes misteriosos pero no lo revela a sus inquisidores; bien sabe las consecuencias que pueda tener el sueño y que, sin duda, hubieran sido peores de no haberse interpretado a antojo de sus transcriptores.
De hecho nos indica Zambrano que si ella no hubiera adivinado en el sueño, estaríamos frente a un simple relato, pero la presencia de los hombres en los sueños de Lucrecia no es fortuita, ni que Lucrecia participe del sueño. Hay sin duda para la filósofa una conciencia despierta en la doncella, la cual sólo puede darse en los sueños del soñante, pues cuando hay algo que no puede decirse, algo que angustia y duele profundamente, se manifiesta precisamente en el sueño. A Zambrano le parece que Lucrecia está adormecida, callada en el sueño, incluso mira con atención, siente e interpreta el mundo de los sueños en el sueño, se mueve entre el dolor y el amor, está en el lugar deshabitado donde la verdad aflora, habla para ella y para sí misma, al tiempo que habla para todos los que son como ella, los de su pueblo dolido por la derrota y la muerte. Por eso es que no hace hincapié en sus sueños y no desea ni dormida ni despierta perderse en ellos. Le duele y se duelen con ellos quienes saben su significado como ella. Lo novelesco de un personaje es soñar y requerir que otros sueñen, que se creen una máscara y saber que otros le creen, señala Zambrano. Pero Lucrecia, en cambio, se sabe a sí misma, su actuar se dirige únicamente a no soñar, en su sueño no hay atemporalidad, no se pierde ni se deja sumergir perdiendo toda noción de sí misma; en el sueño se nos aparece lúcida y consciente; cuando se escapa, duerme mas no sueña, no pretende soñar con libertad, más bien rechaza la esclavitud del tormento, negándose a soñar, únicamente desea dormir.
Y es que no sólo es tormento el proceso, sino la idea del derrumbe de su pueblo. La fidelidad de sus memorias y de su pasado, por eso insiste en reforzar su ser, dice Zambrano: Virgo potens, Virgo fidelis, Virgo Clemens, Speculum Justitiae. Recogida en su ser, la doncella que acepta ser llevada por ese hombre. La fidelidad es el núcleo de este ser, su absoluto. Y es el mantenimiento de esa total fidelidad lo que mantiene a Lucrecia en su ser doncella, aunque llegará a ser madre, sin olvidar que la condición maternal se nutre, nos dice, de esa pureza. Speculum Justitiae, porque no tiene saber alguno acerca de ella, no es justicia para ella o para ella sola. De hecho sale dueña de sí.
Y no era finalidad-destino lo que buscaba en su sueño. Se negó a quedarse junto a la palma, su Rey, nos dice Zambrano. Palma del Al Ándalus, la palma del islam. La palma era el Rey, su rey moro, su servicio a Dios no era al cristiano, sino el Dios te salve padre Adán, el profeta primero del islam que buscaba Lucrecia en sus sueños.
Obviamente, esta doncella ignorante nada sabía de sí, y sinembargo, Zambrano ve que hay una búsqueda no de ella, sino de su salvar la historia, una historia en la que se siente incluida y prisionera. Hay un interés íntimo y profundo, la memoria de un pueblo, su pueblo, ese que le había sido negado; leyenda de una historia prohibida en castilla, memoria olvidada y fundante de su familia, de ahí que en sus sueños, irrumpa el dolor y el amor hacía un rey-Palma, un profeta-Adán, y el dolor de la terrible devastación que indica que se ha de perder España y ha de morir su rey: Speculum Justitiae, -contra la historia que no sirve a Dios.
El sueño de Lucrecia de León fue y es un intento por reivindicar las memorias perdidas, las memorias que el Santo Oficio y los reyes católicos no lograron derrotar. Rechazó durante todo el proceso la interpretación de los inquisidores y de los doctos transcriptores porque no era su mundo y, aunque no sabía bien cuál era su mundo, sí sabía que todos los intérpretes por doctos que fueran, eran incapaces de sentir su amor y el dolor de la caída del reino de su rey-Palma.