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María Zambrano: la calidad de un espíritu independiente en un ambiente socavado

María Zambrano dijo algunas veces que ella decidió estudiar filosofía para salvar a su padre.  Esta necesidad de salvación pudo ser, en  un  sentido, la de comprender el motivo  de  la   figura humana que su padre representaba un tipo de hombre y de persona dispersa, personaje de novela de Benito Pérez Galdós («razón esta  última», como  observó Concha Meléndez, «del interés amoroso con que estudiara María Zambrano la obra galdosiana»)[1], que  encarna ejemplarmente la dispersión esencial del hombre español. Pero junto a este aspecto histórico y literario que don Blas pudo significar, la necesidad de salvación del padre apareció en su hija devotísima como reacción ante  una situación particular, que sin dejar de formar parte de aquel arquetipo cultural del hombre español,  tuvo que ser vivida y afrontada por  ella en los términos, menos abstractos, de la convivencia cotidiana. 



[1] Concha Meléndez, Antología y Carta de sus amigos, Editorial Cordillera, San Juan Puerto Rico, 1995, p. 173

No se sabe a cabalidad si la impresión que tuvo María Zambrano de que su padre quería suicidarse procedía de algún determinado suceso, o si era más bien una sensación  formada en  conjunto por diferentes detalles. De los escritos de don Blas Zambrano se pueden extraer algunas de las notas  más  destacadas de su personalidad siempre conteniendo contradicciones: desde un escrupuloso puritanismo, no carente empero de liberalidad, hasta un modo de tolerancia ideológica que, a la vez, y por la retórica y el tono que emplean en su expresión, también se ve marcado por un cariz rígido, casi agresivo.  El pesimismo aparece en sus escritos como una traba inevitablemente presente, pese a que muchos de estos, sobre todo los que mayor relación guardan con temas y problemas pedagógicos, lleguen más que al optimismo, a la exaltación febril de los valores positivos del ser humano y la esperanza en ellos.  Sus columnas intituladas Diálogo[1] son una buena muestra de esta íntima contradicción.  Dos personajes dialogan: un pesimista, que solo ve la degeneración en la vida de los hombres, y para quien el espíritu humano  está  preso en una antinomia irresoluble –conformarse con la realidad, la bajeza; o  intentar transformarla, la locura–; y un optimista, que  cree en el poder consolador de la ciencia y del progreso. No hay vencedor ni vencido en esta   dialéctica, aunque sabemos, por declaración de su discípulo y amigo  Pablo A. Cobos, que el pesimista expresaba la postura de  don Blas en una polémica mantenida con uno de sus contertulios que era médico. «A su escepticismo» manifiesto, no obstante, sobrepone don Blas, en la opinión de Pablo A. Cobos: «su  ética, la  adhesión de su vida  integral a la verdad, el bien y la   justicia»; y en el ser así, tanto en su persona como en su filosofía de la vida, en manifestarse  y hacer que  los demás fueran también de esta manera, estaba para el discípulo la gran dimensión del magisterio de Zambrano. Todas  estas   contradicciones, con esta voluntaria superación de carácter ético incluida, tenían también una versión sentimental y familiar. Hay en don Blas un espíritu sentimental poético decimonónico, romántico a la española, de cuya expresión más claramente amorosa –de los «juegos de amor a que don Blas era aficionado»,  según recuerda Cobos–, no le faltaron las siempre amistosas burlas del poeta Antonio Machado. Un día, en el café de la Unión, donde solían encontrarse los componentes de su famosa tertulia, sosteniendo en la mano el periódico, le dijo Machado «con su característico tono zumbón»: «Mala noticia, don Blas; ha surgido un don Juan en Cuenca. Le queda a usted una provincia menos».[2]

Pareciera que la dispersión de su padre fue observada por María Zambrano también en un plano vocacional: indecisión y alternancia entre su actividad docente –la única constante- y el activismo cultural, la política, el periodismo, el ensayismo, la escritura literaria, y sobre todo, la conversación generosa con sus discípulos o amigos, a través de la cual «se le fue la vida». Esta vacilación en el reconocimiento de la propia vocación, aunque con claras diferencias, no será ajena a la que sentiría la hija durante muchos años, en los que  sinembargo no dejó de hacer aquello que por algún motivo creía que tenía que hacer: He tenido desde siempre una vocación arraigada, honda, respondió María Zambrano cuando se le hizo recordar esta situación experimentada en sus años de juventud en Madrid (cuando era profesora universitaria y de  bachillerato, activista cultural y política, y escritora de ensayos y de algún texto literario y periodístico), “pero ¿de qué?, eso era otro asunto.  La filosofía le era irrenunciable, pero más irrenunciable por lo que se percibe en sus escritos, y entrevistas, era la vida.[3]

Después de varios textos publicados referentes a la ambigüedad o imprecisión del género  literario al que pertenecían, la autora no tuvo reparo en declarar, en el último de todos ellos (aparecido en la primavera del año 1936), que se trata de un «fragmento de novela». Por este fragmento, titulado «Desde entonces«, y por la serie de escritos semejantes que lo rodean, es posible reconocer que la novela que María Zambrano pudo estar escribiendo en ese momento respondía al mismo problema filosófico y humano que a ella le preocupaba:el mundo, o el «aquí», como conflicto entre la vida y la conciencia. La experiencia del «no», que la filosofía –la impenetrabilidad del filosofar de sus maestros Xavier Zubiri y José Ortega y Gasset—y la vida –sus         enfermedades, el rechazo recibido del ser amado– le habían impuesto a ella, se traduce ahora en un conflicto imaginario que aparece como tal en los dos últimos fragmentos literarios: Limite  de la nada y Desde entonces. Conflicto entre los pensamientos y los sentidos –«fatigados», estos, «de tan cruda realidad»–, por el que se establece un «límite» desolador e insuperable entre el ser y la nada irracional, y que es el que provoca en la conciencia el doloroso descubrimiento de algo a lo que está ineludiblemente destinada, «el sino trágico de la vida»: «Crear a mi enemigo,            sostener a mi enemigo… empleada desgastada en elevar hasta el ser lo que una vez   llegado a él  va   a   aplastarme«.  Esto   por lo  que la conciencia se siente amenazada, la «nada» exterior  que imprevisiblemente la asalta –la «oscura  fiereza» que huye de «la luz de mi conciencia despierta»–, aparece identificado en el último fragmento   como las pasiones comunes del ser humano. La imposibilidad de «ver», a pesar de la luz de la             conciencia empeñada en  iluminarlas, el rostro impreciso  de estas pasiones  se  revela por medio  de  una contradicción  final que tiene algo de paradoja: «El encuentro de las fieras pasiones con la conciencia potente, iluminada, no que hay luz, ellas, vencedoras de  mi sombra, no acuden».[4]

La conciencia que actúa únicamente como lámpara o faro encendido, pero que no llega a participar de la naturaleza de eso que pretende alumbrar, ve fallida inevitablemente su «doble esperanza»: vencer las pasiones y verles -monstruos de sombra- la cara. Sorprende la versión dramática con que María Zambrano ha conseguido tratar, en sus escritos, el reto que tiene planteada la tesis de la «razón vital» de sus maestros Ortega y Gasset, y la que luego llegó a formular Zubiri con su teoría de una «inteligencia sentiente». Solo una razón que «sienta» el mundo, no solo que lo «mire», diría Zambrano, será capaz de lograr de reconciliar esas dos esferas –la conciencia histórica y la vitalidad– entre las que discurre, siguiendo el modelo de sus maestros, el pensamiento propio. El «alma» surge de repente como el término clave de esta síntesis antropológica y ética, y metafísica que la pensadora se ha propuesto realizar. Un ensayo de Ortega y Gasset, «Vitalidad, alma, espíritu» (1925), le ofrece los instrumentos teóricos y la exigencia de escribir «Hacia un saber sobre el alma» (1950), donde por primera vez va a plantear una manera de superar –«pasión y razón unidas»-­ el conflicto anteriormente descrito: «La pasión sola ahuyenta la verdad, que es susceptible y ágil para evadirse de sus zarpas; la sola razón no acierta a sorprender la caza». (Hacia un saber…, pág.13)

            En María Zambrano encontramos fidelidad a temas y conceptos; así los de “Hacia un saber sobre el alma” permanecen –ampliados y profundizados- en “De la Aurora. Y no es por un intento reiterativo, poco imaginativo, sino al contrario, porque desde muy joven tuvo la perspicacia de reflexionar sobre variados temas y conceptos, y durante toda su existencia estuvo extrayendo las riquezas que encerraban y se fueron revelando cada vez de modo más fehaciente.  Dicha fidelidad también la guarda con los autores de los que se nutrió.  Por ejemplo, sorprende leer en su ensayo sobre “San Juan de la Cruz” los temas de la palabra, soledad, aurora, corazón…, y ver cómo reaparecen ya desgajados de su origen sanjuanista, en su obra “De la Aurora”, a veces como alusiones semicultas sólo para iniciados.  San Juan de la Cruz la impactó en tal forma que pudiéramos decir que buen parte de su obra gira en un acto reflexivo al pensamiento místico de San Juan de la Cruz.

La intimidad que en estas circunstancias fue tomando María Zambrano  con la  figura de un santo como  San Juan de la Cruz, y con el más  acendrado sentir de lo histórico -«La intimidad   con el santo», había observado  Concha Meléndez, «va acompañada de la intimidad  con la historia»,[5] se verá reflejada en sus primeros ensayos de escritura.  María Zambrano empieza a escribir con el propósito de aclararse a sí  misma aquello que siente. A partir de las conversaciones que podía mantener con sus padres, sobre los temas de actualidad o las materias de estudio que más le interesaban, se empiezan a estructurar sus primeras opiniones y juicios de valor: los principios morales, las normas de conducta, el heroísmo, la solidaridad humana, la política  nacional e internacional, además de otras cuestiones y sentimientos de tipo personal, serán algunos de los temas sobre los que la incipiente escritora, en su etapa escolar, se arrancara a emborronar cuadernos y papeles  curiosamente, de todos estos escritos, que ella misma se encargaba de ir quemando en la medida en que consideraba que habían cumplido con su cometido -descifrar, o plantear, alguno de los enigmas que ponían asedio a su sensibilidad-, hubo dos de los que la escritora adulta ha guardado mejor recuerdo: uno acerca de la diferencia entre la figura del héroe y la del santo; y el otro sobre los acontecimientos de las guerras europeas, el  único que llegó a verse publicado.

La  “salvación del  individuo” es  aquello  por  lo  que María Zambrano estaba  intelectualmente  empeñada  desde  su primer libro Horizonte del liberalismo (1930). La  «rebelión de  las  masas» en   contra  de   las  «elites»  era ya un hecho histórico inevitable. La única alternativa  que ella  había podido concebir, y  por la que trabajó duramente en sus actividades pedagógicas y periodísticas,  era la de una  doble  conversión: de las «élites» en «servidores», y de la «masa» en «pueblo». Un  «pueblo» no necesita  rebelarse contra aquellos que se han puesto a  su servicio, sino que, al contrario, los sostiene y los acompaña. Esta  era la diferencia entre la generación de los «maduros» y la «nueva generación», que quiso ella explicarle a su maestro Ortega en una de sus cartas privadas: «No se puede crear historia sintiéndose por encima de ella, desde el mirador de la razón; solo quien está por debajo de la historia puede ser un día su agente creador. Y en ello -creo yo- nos diferenciamos los de esta generación de los de la usted -si es que vamos a ser algo, que a veces lo dudo-, en que nuestra alegría está en sentirnos instrumento y solo aspiramos a tener una misión dentro de algo que nos envuelve: el momento histórico».[6]

Aquí es importante señalar, el cuestionamiento de la naturaleza temporal de la modernidad histórica española y, relacionado a esto, la búsqueda de Ortega por esa conexión entre  el pasado nacional y el futuro supra-nacional, historia y razón,  razón y vida,  que son huellas necesarias e indicadoras de cuál es el camino en la transición de la práctica filosófica del profesor a la original intensidad del pensamiento de su femenina discípula, María Zambrano.  Esta no es sólo una pregunta de semejanza o diferencia en cuanto a un aspecto particular o a posturas filosóficas (por ejemplo el tratamiento de la nación o el liberalismo), pero, cómo se interrelacionaron y difirieron, y quizás esta sea la mejor forma de llamarla asimétrica –visiones de filosofía que intersectan con el contexto histórico (la guerra civil española de 1936 o el exilio)  y los ritmos temporales  (la sucesión o discontinuidad generacional) que interna y externamente moldearon la relación pedagógica.  En este sentido, la relación no se percibe como materia prima bibliográfica para ser evaluada con métodos de la historia intelectual, pero como un fragmento de una imagen o mosaico amplios de una reforma filosófica incompleta en la modernización de España.  Es esta falta de acercamiento inevitable, en la que recae la motivación de las diferentes partes de la división simétrica entre los seguidores de Franco y los oponentes, el exilio interno y externo, el pensador masculino oficialmente reconocido y la pensadora marginal – la relación entre Ortega y Zambrano simbolizan lo incompleto, pero también en un sentido más profundo inconcluso, naturaleza del proyecto filosófico nacional de reformar a España, en el cual los dos participaron y dedicaron sus vidas.

Dos proposiciones fundamentales relacionadas a la postura de María Zambrano en la historia intelectual española, y su relación con el pensamiento de Ortega y Gasset y la tradición filosófica en general, determinan virtualmente lo que señalaremos a renglón seguido.  Una: el hecho de que Zambrano se considere discípula de Ortega no debe entenderse simplemente como una afirmación decisiva, y definitiva, de influencia de ideas sobre su trabajo, o como prueba de que pertenece a una “generación”, escuela o movimiento formado alrededor de su legado (o la llamada escuela de Madrid).  Y otra, que sería posible la relación de Zambrano con el pensamiento y la figura del maestro si aceptamos que la reforma filosófica nacional de Ortega estuviera basada en una concepción de la historia implícita y a la vez explícitamente pedagógica.

La importancia decisiva que, para la biografía intelectual de María Zambrano, atribuida por Aquilino Duque a este hecho entre discípula y maestro, su «mayoría de edad intelectual», consiste en algo que se debe entender también desde las diferencias que esta relación mostró desde un principio: «Puede decirse», y creemos que en este sentido –la culminación evidente de un sutil, y hasta inconsciente, proceso de «diferencias»- asevera Aquilino Duque, «que es a partir de este momento cuando María Zambrano empieza a elaborar, a gestar, un pensamiento propio, un pensamiento que ni se opone al de su maestro ni se aleja de él, sino que discurre por unos rumbos y unos cauces totalmente distintos».[7] Pero ella no va a referirse nunca a esta «intemperie», ni a la decepción en la que Ortega, como la mayoría de los «maduros», la van a dejar ante los nuevos sucesos. Las dos generaciones quedaron, desde esos momentos cruciales previos a la guerra civil y para siempre, disociadas. Únicamente en la figura del doctor Gregorio Marañón, unos meses después, va a expresar María Zambrano su “protesta irreconciliable”.

Desde esta perspectiva, se puede apreciar el carácter histórico y filosófico que María Zambrano postuló en los años de la guerra civil española al demandar una «reforma del entendimiento». Una vez realizada la “critica del entendimiento” vuelto hacia sí mismo, en su estructura y funcionamiento «puro», y dadas las manifestaciones de la sensibilidad y la realidad histórica contemporánea, se hace necesario formular una nueva «critica» de la razón y su funcionamiento. Capaz de hacer de ésta un instrumento válido para que los seres humanos de ese tiempo, y el futuro, puedan superar el momento de «crisis histórica” por el que atraviesan:

 

Al haber crisis en la historia, quiere decir que una nueva realidad aparece ante el hombre, y una realidad para el hombre es siempre y en primer término un problema a resolver, algo que le exige ser descifrado y en lo que tiene que desarrollar una actividad. Y ocurre que ante esta nueva realidad, nueva trinchera que el hombre necesita conquistar, las ideas forjadas para anteriores conquistas llegan a ser un obstáculo; ocultan en vez de iluminar.[8]

 

Al establecer este símil entre «nueva realidad» y «nueva trinchera», María Zambrano daba a entender la relación intima que guarda la «crítica» que propone con las circunstancias de violencia irracional que en ese momento se vivía entre las naciones y los pueblos –de guerras y de ideologías que las fomentaban, o que no eran capaces de evitarlas. Del racionalismo idealista se había heredado un cierto  “absolutismo” de la razón, que en nada contribuía a templar el ánimo y la conciencia de las sociedades en aquél momento histórico. De ahí que, aportando con ello un nuevo tono al ensayo de su maestro Ortega «ni vitalismo ni racionalismo”, o llevándolo hasta sus últimas consecuencias, María Zambrano se decidió a plantear en el suyo el compromiso de la razón con «esas zonas insondables de lo irracional» -«La razón es una breve zona de claridad analítica», había definido Ortega y Gasset, «que se abre entre dos estratos insondables de irracionalidad»–, como una necesidad «que no brota de una ambici6n de conocer, de una soberbia del entendimiento, sino muy al contrario, de circunstancias pavorosas por las que pasa el hombre».

A manera de resumen, María  Zambrano abrió un espacio decididamente
fuera del alcance de las reformas propuestas por su maestro Ortega y Gasset. Ese «afuera» representaba, por un lado, el hecho de que la obra de Zambrano ubic
ó conscientemente su reforma filosófica en el futuro, un futuro que permaneció por definición desconocido e impredecible para Ortega, a pesar de que vio la predicción como un componente crucial de la razón histórica. Por otro lado, el intento no sólo para desarrollar sino aplicar, cumplir algunos aspectos de la reforma de Ortega en un contexto individual y social diferente como una mujer filósofa española, y miembro de una generación intelectual que encuentra su misión en el logro de una nueva era en la historia republicana española-, Zambrano levantó el velo no sólo a los límites internos, sino también externos, de la reforma de Ortega. Al articular la relación entre la historia y (individual, social) la vida por motivos diferentes a los de Ortega; esto era, una transformación de naturaleza predictiva (o carácter proyectivo) con un objetivo y una visión de un nuevo futuro personal y colectivo (para España y Europa). Zambrano destacó las dimensiones de la obra de su maestro que eran teóricamente inalcanzables en la práctica política para el propio Ortega: con lo cual subrayó sus limitaciones filosófico-históricas y a su vez perfiló un pensamiento independiente



[1] En José Luis Mora, Artículos, relatos y otros escritos de Blas Zambrano.  Edición de Diputación de Badajoz 1998.

[2] En Pablo de Andrés Cobos, De ley y de corazón. Historia Epistolar de una amistad. María Zambrano Alarcón – Pablo de Andrés Cobos. Cartas (1957-1976).  Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2011.

[3] María Zambrano, “Transcurren momentos densos de inquietud”… “El liberal”, 8 de noviembre 3, 1928.

[4]Desde EntoncesNoreste 15 (primavera) No. 2, 1936.

[5] Concha Meléndez, Antología y Carta de sus amigos, pág.152.

[6] Laureano Robles Carcedo, A propósito de tres cartas de María Zambrano a Ortega, Philosophica Malacitana, IV, 1991, págs. 231-248.

[7] Aquilino Duque, “Una generación a la intemperie”. El suicidio de la modernidad.  Barcelona: Bruguera, 1984, págs.161-187.

[8] María Zambrano,La reforma del entendimiento español” incluido en Los Intelectuales en el drama de España. Ensayos y Notas (1936-1939), 1977, págs.. 16-17.

 

 

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Edición No. 167