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«Orillas de México», ensayo de Jorge Zalamea, editado por Daniela Cortés-Medina

Periodista, diplomático, crítico de arte y escritor colombiano, Jorge Zalamea es catalogado como un maestro y uno de los grandes precursores de la cultura y la tradición literaria en el país. Nació en Bogotá en 1905. Se graduó del Gimnasio Moderno de Bogotá y completó sus estudios en la Escuela Militar. Desde joven escribió sobre temas culturales para importantes publicaciones como el periódico El Espectador y la revista Cromos. Entre sus numerosas publicaciones figuran textos propios, traducciones y antologías como Minerva en la rueca y otros ensayos (1949), El gran Burundún-Burundá ha muerto (1966), Elogios y otros poemas de Saint-John Perse (1964), La metamorfosis de su Excelencia (1966), El sueño de las escalinatas (1972), Cantos: del alma, del combate y del atardecer (1975), y La poesía ignorada y olvidada (1988).

Zalamea ocupó varios cargos públicos y fue nombrado embajador de Colombia en México durante la administración del presidente Alfonso López Pumarejo. Esta experiencia le permitió un conocimiento profundo sobre la cultura, la historia, la tradición y el arte mexicano. En el ensayo titulado “Orillas de México”, publicado en 1949 en Minerva en la rueca y otros ensayos, Zalamea escribió: “Dieciocho años es corto tiempo para conocer a México, para comprenderlo y amarlo. Tan variado es su paisaje, tan fabulosa su historia, tan profusa su expresión artística, tan esquiva y honda el alma que se fraguó en los siglos para recibir la herencia de cien encontradas castas”.

 “Orillas de México” es un ensayo escrito por Jorge Zalamea y publicado por la editorial espiral de Colombia en el año de 1949. Esta es la única edición que se conoce del texto además del manuscrito original que se conserva en el Archivo Zalamea conservado por Patricia Zalamea. El texto se empezó a escribir en Cuernavaca, en enero 7 de 1944 en un cuaderno de 400 páginas, el cual también contiene un ensayo incompleto sobre su recorrido por Colombia y otros textos sin terminar en los que habla de sus distintos viajes (similar a un diario de viaje). El manuscrito original donde se encuentra este ensayo trata mayoritariamente de sus experiencias en varias partes del mundo. El único que está terminado y publicado es “Orillas de México”.

 

En la primera parte de este ensayo y como preámbulo a sus observaciones sobre México, Zalamea habla del amor y se refiere al camino que debe recorrer el amado para llegar hasta el objeto de su adoración. El autor explica que el amor es como un viaje o como una conquista, y dice que “Muchos pueblos creyeron, o dijeron creer, que el amor era ciego […] Nuestro amor anda, pues, con los ojos bien abiertos. De ahí su lucha y su agonía. Lucha contra la duda y el temor; agonía por la mancha y la falta […] Esta clase de amor ni es fácil ni es fatal; como que es un amor antirromántico. Pero su calidad es más pura, su imperio más duradero, más extremada y gozosa su consumación. Con ese amor he procurado acercarme a México desde hace dieciocho años. Y aun sigue su lucha y su agonía”.
 

Nota filológica

Para la presente publicación, transcribí el manuscrito original del ensayo “Orillas de México”. Sí cotejé la edición publicada por Espiral en el libro Minerva en la rueca y otros ensayos (1949), pero he retirado las notas de cotejo en esta ocasión para facilitar la lectura del texto. Con este artículo pretendo que el lector de Zalamea pueda contrastar el trabajo editorial de 1949 con el del manuscrito, para que así pueda advertir los cambios que hicieron los editores de Espiral, a nivel de estilo (ortografía, puntuación y mayúsculas). En esta revisión pude notar que en algunos fragmentos se agregan párrafos enteros que complementan el contenido originario. Quien realice este cotejo, seguramente se preguntará  ¿cuáles fueron los límites de los editores en la transcripción y la edición del texto? En principio, no fueron completamente fieles al manuscrito y —por el contrario— intervinieron de forma activa en la estructuración del texto impreso. Esta intervención muestra su colaboración en la construcción del escrito.

 

La simbología usada para la transcripción y el cotejo fue la siguiente:

 

↑ Agregado arriba en el manuscrito.

↓ Agregado abajo en el manuscrito.

<> Tachado en el manuscrito.

† Palabra ilegible

* Palabra sugerida

 

Orillas de México[1] /  por: Jorge Zalamea

I.-  Calidad del Amor

No hay mayor empresa, ni lucha más árdua ni agonía más prolongada para el corazón del hombre que el amor. Hay quienes creen que el amor es un natural impulso, una fluencia que escapa a la vigilante voluntad y brota, como las aguas vivas, de la entraña más honda y más oscura, sin que nadie ni nada pueda luego marcarle cauces ni aumentar o disminuir su caudal. Hay quienes creen que el amor nace del pecho del amante de una vez, estremecido y cabal, <radiante>[↑ avasallador] y radiante como Minerva de la jupiterina cabeza. Hay quienes creen que el amor es un don o una pena [↑ ineludibles e] irrenunciables, como si fuesen el señalamiento del dedo de un altísimo señor o el producto de una confabulación de estrellas. Hay quienes, creyendo todo esto, entienden que el amor participa a la vez de lo fácil y lo fatal.

[2]Pero hay tambien[2] quienes crean lo contrario: que el amor es un acto deliberado y, sobre todo, un acto de conocimiento. Para esos tales, el amor es la mayor empresa, la lucha más ardua, la agonía más prolongada; empero, así mismo, el deliquio más fino, la embriaguez más excelsa. Porque cuando llegan a la consumación del acto amoroso, a la posesión del objeto amado, el conocimiento cabal de éste <,> trueca la oscura fiesta de los sentidos en un radiante mediodía de la voluntad, en un alto vuelo de la inteligencia. Cuán  terrible es el camino que lleva a semejante eminencia, lo supieron los místicos, esos inflexibles estrategas que para llegar a aquel “un no sé qué que quedan balbuciendo” las criaturas, <tienen>[↑ tenían,] <antes> que librar [↑ antes] una guerra con crujir de huesos, roznar de dientes y derramamiento de sal y sangre. Lo supo Dante cuando, para alcanzar el conocimiento último de Beatriz, hubo de sumirse en <su propia>[↑ los hondones de su] alma para <mirar>[↑ ver multiplicarse] en ella, como en un negro espejo, su propia debilidad y miseria en millares [3] de condenados.

              Cuando al amor se llega por la vía del conocimiento y en andas de la voluntad, el amante tiene que hacer un largo viaje, primero en torno del ser amado, luego por su interior. No parará hasta que la yema de sus dedos sepa en qué oculto pliegue o en qué llena comba es más suave la piel y más tibia; velará hasta que sus ojos cerrados <sepa> hayan aprendido uno a uno los matices del rosa que se enciende<n> en las mejillas hasta convertirse en rubor; con pertinaz minucia hará en su corazón el inventario de los tonos de la voz y las medidas de los ademanes, para que con sólo ellos pueda cantar y danzar en sus sueños la adorada fantasma. Y cuando haya conocido todo esto con ese conocimiento sosegado y caliente que tienen las madres jóvenes del cuerpecillo de su primer hijo, todavía tendrá el amante que penetrar en el amado, y escudriñarle el corazón, saquearle el alma, explorarle el entendimiento, bucear en la caverna [4] de los sentidos y en el golfo de la memoria, navegar por el rio de la sangre ajena <†>[↑y] aceptar el clima de su amoroso territorio, antes de que pueda decirse que su bandera fué[3] amor sobre su conquista.

            ¡Viaje, empresa, investigación, conquista maravillosas, si en ellas sólo encontrase el amante nuevos motivos de adoración y deliquio!

Muchos pueblos creyeron, o dijeron creer, que el amor era ciego. Pero nosotros no podemos olvidar que el primer idilio de que fué15 testigo la patria tierra, se consumó a la sombra del árbol de la ciencia por ser su fruto codiciable para alcanzar la sabiduría. Nuestro amor anda, pues, con los ojos bien abiertos. De ahí su lucha y su agonía. Lucha contra la duda y el temor; agonía por la mancha y la falta. Lucha contra el error y la debilidad; agonía por lo perecedero y lo incierto. Lucha por conocer mejor al amado; agonía por sentirse ignorado de él. Lucha contra el tiempo y la memoria; contra la ambición y el futuro; agonía por las mordeduras que el hastio [5] hinca aún en el más fervoroso de los enamorados.

            Esta clase de amor ni es fácil ni es fatal; como que es un amor antirromántico. Pero su calidad es más pura, su imperio más duradero, más extremada y gozosa su consumación.

            Con ese amor he procurado acercarme a México desde hace dieciocho años. Y aun sigue su lucha y su agonía.

II.- Presencia de México

Dieciocho años es corto tiempo para conocer a México, para comprenderlo y amarlo. Tan variado es su paisaje, tan fabulosa su historia, tan profusa su expresión artística, tan esquiva y honda el alma que se fraguó en los siglos para recibir la herencia de cien encontradas castas. Para el corazón precipitado y el ávido entendimiento, llegar a México es como penetrar en una intrincada selva, resonante de muchas voces, insinuantes unas, amenazadoras otras, capciosas tiernas, brutales, [↑ melancólicas], especiosas, altaneras,  [↑ maliciosas,] enamoradas las que van alzándose [6] a cada paso del forastero para disputarse su atención y atraerlo al <rincón> [↑ recodo] más placentero, o más oscuro y escondido.

La sola presencia física de México, de la tierra mexicana, es ya una sucesión de contrastes. Puede en su raudo [↑ vuelo] el divino Quetzal-coatl pasar de las llanuras desérticas a los valles feraces, de las arenas sitibundas a las selvas henchidas de agua tibia, de las sierras calcinadas a los montes nevados, de las tierras del agua escondida a las comarcas de los lagos, de los llanos en que sólo prosperan el cacto y el esparto a las hondonadas de la cordillera en que se multiplican los frutos y una suave brisa menea la hojarasca de árboles que compiten en utilidad y belleza.

            Por pasar de las tierras ingratas al hombre a las comarcas en que <mejor grana> [↑ más cunde] el elote y <más> [↑ mejor] crece el maguey, se produce esa marea humana que convertirá a México durante siglos en el escenario de uno de los dramas históricos más intrincados, intrigantes y feroces de que fuera protagonista nuestra especie. [7] Desde los valles de los grandes ríos norteamericanos hasta las selvas guatemaltecas, un afanoso ir y venir de pueblos urdirá la trama del gigantesco sarape en que se bordará la historia de la conquista española. Otomíes, <y>mayas  [↑ y olmecas,] chichimecas y nahoas, toltecas y tlascaltecas, aztecas y tarascos, zapotecas y mixtecas, por cuenta propia o transitoriamente federados, luchan entre sí, se destruyen unos a otros y, en los intervalos de la guerra, organizan sus imperios perecederos y dejan memoria de ellos en majestuosos monumentos, en pavorosos ídolos de piedra, en jeroglíficos multicoloros, en preciosos utensilios, en alucinantes máscaras, en esculturas soberbias.Uxmal, alunada; Chichén-Itzá, levítica; Palenke, heróica; Tula, <*funeraria>[↑ profética]; Teotihuacán, hieropolitana; Cholula, venusina; Tenochtitlán, guerrera, aún guardan los ecos del teponaztle que congregaba a los pueblos en torno de los santuarios en que competían Huitzilipochtli, el de la espada devoradora, con Quetzal-coatl, el hombre del mañana.

            Con una imaginación deslumbradora, <y> [8] un violento sentido poético y una trágica predisposición a la muerte, crean estos pueblos una minuciosa mitología que encadena con misteriosos eslabones el hombre a las <estre-> <bestias, la tierra a las estrellas> estrellas, la tierra al cielo, los dioses a las bestias. Una espiritual geometría une con lineas de luz el cono humeante de los volcanes a las puntas diamantinas de los astros, o en subterráneas espirales busca el punto de confluencia en que la sangre divina se <vierte en> [↑ mezcla a] la savia de la tierra. En un patético esfuerzo por superar la antropofagia primitiva y como si el soplo espiritualista de Quetzal-coatl les inspirase, los conquistadores del Anahuac comienzan a dar a los sacrificios humanos un sentido doblemente trascendental: el de creación de un nuevo dios con cada hombre sacrificado, y el de comunión con la divinidad. Una vuelta más de la rueda del tiempo y acaso se hubiese disipado el vaho de sangre y el olor de cadaverina que rodeaba a aquellos imperios. Acaso el lucero de la [9] mañana, limpiase el corazón de los mayas de aquel tedio vital o aquella curiosidad ultraterrena que tan fácilmente los inducía al suicidio; acaso su rutilante brillo <†> borrase de la frente de los toltecas el amarillo beso mortal de Tetzcathlipoca; acaso su <tibieza> [↑ frescor] matutin<a>/o\  pusiese paz en el corazón de los aztecas, movido[4] a guerra por el insaciable Huizilipochtli.

            Pero he aquí que sobrevienen los conquistadores españoles.

            Truncarase <aquí> [↑ en tal sazón y] para siempre la historia de México, que su pasado sería bastante para que un alma enamorada se hiciese perdediza en tal laberinto de sueño y muerte, de grandeza y misterio, de lujo y arte, de violencia y poesía.

            Tras unos pocos años de lucha, desaparecen los imperios mexicanos. Un gris crepúsculo desciende sobre <las> [↑ el] alma<s>de los pueblos reducidos a tutelaje. Pero apenas transcurridos cincuenta años desde la caída de Tenochtitlán, comienzan a brotar, como flores de una inesperada [10] primavera, nuevos templos. Docenas, centenares, millares de templos. De entre las plantaciones de maguey, en los repliegues de la sierra, a la orilla de los lagos, en cada repartimiento, en cada encomienda, en cada calle de los poblados se levanta una iglesia [↑ católica.] Parece como si durante los siglos XVI, XVII y XVIII, el pueblo mexicano no tuviese preocupación ni ejercicio que no fuesen edificar templos para la nueva divinidad, ya no aplacable con sangre, sino con sudor y miseria.

            Al hilo de una más resignada conciencia de la remisión de la vida, la belleza imperecedera de las esculturas totonacas, el vigor aplastante de las olmecas, la solemnidad del arte teotihuacano, el elegante barroquismo maya, el sentido fúnebre del arte azteca parecen disolverse en un callado furor ornamental, en una sorda embriaguez decorativa. Cuanto la tierra mexicana tiene de hermoso en flores, <y> frutos y pájaros sirve de trampolín al artesano indígena para tallar la piedra de las fachadas y las torres, la madera <y el oro> de los altares y los coros. La plata y el oro no tienen mejor empleo que el de dar suntuosidad al santua- [11] rio en cuyo fondo fulge, como un sol intocable e implacable, el nuevo Dios de los Ejércitos.

            En Oaxaca, en Puebla, en Cholula, en [↑ Zacatecas,] [←  en] Ozumba, en Salamanca, en Querétaro, en México, en Acolman, en Acatepec, en pueblos y ciudades, en desiertos y serranías, tiene ya la iglesia de Roma más y mejores templos que tuvieran las antiguas deidades de la gente mexicana. De la gente mexicana que, mientras los españoles y los criollos se disputan el gobierno de su imperio, se sumen cada vez más en un obstinado silencio sin orillas, en un silencio que vuela, como negra flecha, hacia el seno de la muerte.

            Mintieron las profecías. El hombre blanco no anunciaba el regreso de Quetzal-coatl. Todavía no se alzaba sobre el horizonte el sol de vida que hiciera la <vida> [↑ existencia] de los hombres tan sosegada como los lagos en la aurora, tan pura como el aire del Anáhuac, tan risueña como los valles de México. La indiada desposeída de su propio gobierno, despojada de su propia tierra, destituida de su <libre> propio albedrío, sólo podía tener por confidente al [12] varón de dolores, tan transido, engañado y abandonado como ella. O a la cándida guadalupana, carne morena de la indiada, tímida intercesora suya ante un tribunal colérico que avivaba los resplandores del infierno en una perpétua [↑ e inútil por improcedente] admonición contra los lujos y los ocios de la vida temporal.

            De un modo u otro, la gente mexicana seguía vocada a la muerte. Ya sin horror de hecatombe, ya sin el bárbaro aullido de los sacrificios, ya sin la trágica <conciencia> [↑ convicción] de que para no agotar las fuentes de la <vida> [↑ existencia] hay que regarlas con sangre. Pero con un nuevo pavor ultraterreno y con una desgana vital que se acendraba en <la> el despojo, en el exilio del gobierno propio.

            Rasga la grisallosa mudez de este crepúsculo el grito de Dolores. Nuevamente el indio está en pie de guerra por cosa propia, por cosa atañedera a su vida, a la vida. Tres siglos de servidumbre no le han hecho olvidar con qué paso decidido debe entrarse en el sendero de la guerra, ni le han entelerido el corazón, ni le han <hecho> [↑ vuelto] avaro de su sangre. Bajo la guía de criollos y mestizos, librará [13] las batallas de la emancipación política con un coraje y, también, con una crueldad <que recuerda el sitio de Tenochtitlán y> en40 que nuevamente se corrobora<n> su trágico fatalismo, su inenarrable indiferencia por la propia y41 la ajena vidas[5].

            Durante setenta años, la tierra de México volverá a ser escenario de guerra, teatro de muerte. Cuando no se ven obligados los mexicanos a defender su soberanía contra poderes extranjeros, luchan entre sí por ver de[6] dar a la república recién nacida una amplitud institucional y una base económica en que puedan acomodarse los encontrados intereses de aristócratas, criollos, mestizos e indios. Hasta que la dictadura porfirista abre un nuevo paréntesis de paz y deja en suspenso por largos años la solución del problema fundamental de México: la emancipación económica e intelectual del indio, su reconciliación con la vida, su acceso al gobierno de <su>/la\<propia tierra> heredad mexicana.

            Como un toro [↑ que,] cegado por su propia  [14] <furor> fuerza y furor, se precipita del otero al valle, aventando cuanto le estorba en su embestida y llenando los campos con su cálido mugido, —así se desata la Revolución tras la tregua porfirista. En las haciendas y en los pueblos no se sabe bien lo que la Revolución quiere. Como parece tradicional en México, no hay unidad en el gran movimiento libertador: en consonancia con las luchas de los antiguos imperios, villistas y convencionistas, zapatistas y carranzistas combaten por cuenta propia o se ligan transitoriamente en una guerra a muerte en que se renuevan el furor ancestral, la trágica imaginación, la crueldad casi mística de los tiempos de Huizilipochtli.

            Cuando la paz vuelve a México, el pueblo parece haber ganado su más áspera y decisiva lucha. Los gobiernosrevolucionarios comienzan a restituir la tierra a sus dueños naturales, a abrir escuelas para los siervos de la gleba, a dispensar las libertades que antes se negaran. Y se ofre- [15] ce un ancho camino a los humildes para llegar a la preeminencia y al mando. Pero, y aquí reside para mi[7] el más hondo problema de México, el pueblo en trance de definitiva liberación, parece desinteresarse de su propia obra, de su propio destino para sumirse de nuevo en el silencio, en la desgana, en la despreocupación por las cosas de la vida.

En lo puramente aparencial, México progresa, se enriquece, aumenta su cultura, consolida su posición internacional. Pero en lo más hondo de sus entrañas, sigue llevando el peso tremendo de millones de seres que parecen haber dimitido de la vida y vagan, con una quieta desesperanza, por los campos que un risueño sol calienta y el más puro aire de la esfera baña.

Para quien ame a México con auténtico amor, nada será tan inquietante como este contraste entre la magnificencia de la patria mexicana y el desaliento de la mayoría de sus pobladores. No es tan fácil para el lenguaje encarecer la hermosura y riqueza de este suelo; ni alcanza [16] la memoria a dar albergue a la historia fabulosa de los cien imperios que l<a>/o\ hicieron ilustre con sus monumentos; ni puede tener la pretensión el entendimiento de hacer el inventario de las obras magníficas con que el poeta y el pintor, el orfebre y el arquitecto, el alfarero y el escritor dieron a México el primer lugar entre las naciones de América por razón de arte y de inteligencia.

Todo aquí se confabula para formar el hogar de la alegría, la casa de la belleza. El orgullo de lo nacional tiene, como en pocas naciones del mundo, ancha, solidísima base. Para el resto de América Latina, México fulge como un símbolo. En un mundo nuevo en que la justicia fue< ra>/se\ [↑ para] todos, en que se internacionalizase la democracia, en que el trabajo adquirie< ra>/se\ precio y tuviese el sentido de un noble juego, en que los valores espirituales se colocasen en el ápice de las jerarquías, México tendría el fulgor indeficiente del lucero de la mañana, de la clara estrella de Quetzal-coatl. Pero para que ese destino lumino-[17] so se cumpla, es menester reconciliar al hombre con la vida, <acostumbrado a> reeducarlo en el amor por la vida, encenderlo en las más altas esperanzas de la Tierra.

He ahí, a mi entender, a mi entender de enamorado, la noble tarea que estos tiempos traen para las nuevas generaciones mexicanas. A ellas la árdua empresa, y el galardón maravilloso.



[1] En esta revisión se remplazó el subrayado por la cursiva.

[2] “también”. Así estaba en el original.

[3] “Fue” tiene acento agudo en el original.

[4] Asumo que se refiere al corazón.

[5] La “s” del plural de “vidas” fue agregada posteriormente.

[6] “luchan entre sí por ver de dar a la república”. Así está en el original.

[7] “mi”. Así estaba en el original.

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Edición No. 171