Gabriela Mistral y la identidad indoespañola
Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, más conocida como Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura 1945 y primera americana en recibir este galardón, ejerció gran influencia cultural en la primera mitad del siglo XX; al igual que otros humanistas de su tiempo, defendió la democracia, los derechos humanos, la libertad, la igualdad y la justicia social.
La crítica ha sido injusta con esta chilena cuando trata de hacerla ver como la maestra “rural”, autora de versos infantiles o canciones de cuna, desconociendo que su sencillez de estilo irradiaba belleza y profundidad y traspasaba los límites de su querencia; no en vano, se constituyó en punto de referencia al asumir la defensa de los valores propios y auténticos de la cultura latinoamericana. Desafortunadamente, algunos autores, tratando de buscar a la “verdadera” Gabriela, a través de su obra, dispersan el objetivo primordial de la pesquisa y se quedan en la simple anécdota cargada de un tufillo morboso y aberrante, haciendo caso omiso del contexto personal (lleno de pérdidas desde la infancia) y social de su época, como también, del gran aporte de la autora como “símbolo del idealismo del mundo latinoamericano”.
En 1922, Gabriela Mistral se exilió para evitar las presiones de algunos políticos, como también de gobernantes autoritarios (Carlos Ibáñez del Campo y Gabriel González Videla), intelectuales y miembros de su propio gremio, quienes rechazaban su “modernismo”, “barroquismo”, “apasionamiento”, “rareza” y “exageración” . En el mes de junio, partió a México acompañada de Laura Rodig como secretaria. Fue invitada por el Gobierno de ese país, por iniciativa del Ministro de Educación, José Vasconcelos, con el fin de colaborar en los planes de la Reforma Educacional que iniciaba el Gobierno de México y en la organización y fundación de bibliotecas populares; como suele ocurrir, su extensa obra fue reconocida primero en el extranjero y luego de varios años Chile reconoció su legado; paradójicamente, sus primeros momentos de publicación y sus últimos de vida se dieron en Estados Unidos.
Como lo expresa Morales Benítez (2002:86), “ella tuvo la certidumbre de que en Chile no tenían aceptación su acción y su obra. Siempre manifestó sus reclamos, sin amenguar sus dolores interiores”. Para controvertir a quienes la injurian, ella misma declara: “Yo soy una chilena ausente, no ausentista…contra mí se ha estrellado la oposición chilena frente a una campesina, que de maestra salta a poeta. Fue tan burda, tan vehemente y tan sádica, que la maltratada quedó resentida para siempre, prefiriendo vivir lejos de tales agresiones…”.
Sin olvidar los méritos intrínsecos de sus versos y “el lirismo inspirado por un vigoroso sentimiento» (Bates, 1970: X), el presente trabajo centra la atención en sus ideas relativas a la identidad indoespañola, conseguida gracias a “la gesta de unificación de tres sangres y de tres almas que sirven de manera diversa al Bien como al Mal y la de tres conciencias que se afilaron como ritmos tan contradictorios que no parecen salir de la misma ley natural”. Se trata de indagar los planteamientos de Gabriela Mistral sobre la identidad latinoamericana (indoespañola), a través de su magistral prosa, “muchas veces su más penetrante poesía” (Neruda), muy desconocida por el público.
Es importante anotar que la Mistral publicó, desde 1921, artículos en revistas, como en El Repertorio Americano (Costa Rica) y en La Nueva Democracia (Nueva York); posteriormente le abrieron las páginas del diario El Mercurio (Santiago de Chile), El Universal (México), La Estrella (Panamá), El Universal (Caracas), La Nación (Buenos Aires), El Tiempo y El Espectador (Bogotá), El Sol y ABC (Madrid).
Debe advertirse que la temática de esa prosa no es homogénea, pues se escribió para diversos fines y en distintos géneros; tres grandes temas fueron de su interés como periodista o ensayista: su preocupación americanista, pedagógica y estética; infortunadamente, la excesiva modestia de la autora impidió su publicación compilada como libro; fue sólo en forma póstuma que su prosa se editó en formato de libros ontológicos, excepto, “Desolación”, “Tala” y “Lecturas para mujeres”; de todas maneras, “la obra en prosa de Gabriela Mistral tiene una altísima categoría.. y su riqueza de enfoques nos facilita acercarnos a temas de intensa irradiación literaria, y a otros, que circundaban la historia, la política, los problemas de la guerra, la identidad de nuestro ser, las angustias y esperanzas que golpean en la puerta de la justicia social” (Morales, 2002: 15); aunque, en palabras de la escritora, “estaba obligada a escribir una barbaridad de artículos gacetilla para poder mantenerme”, esto no la llevaba a descuidar su expresividad y su calidad literaria.
Gabriela Mistral es una de las escritoras de esta área que ha tenido más conciencia de cuál era y es el destino de Indoamérica; para ella, las fuerzas ancestrales e impulsadoras nos dan un carácter y una conducta individualísima frente a los otros continentes. “Ese liderazgo no fue fácil en el sur del continente, donde hubo varios orientadores del destino de esos pueblos que consideraron dos deberes capitales: uno, exterminar a los indios que habían dejado los españoles; dos, proclamar una identidad blanca, heredera de Europa. Por fortuna, lentamente, se han ido relegando estas tesis, que no armonizan con lo que somos en la comarca. Pero ha sido intrincado superar estos resabios y desvíos mentales” (Morales, 2002: 49).
“El Grito”, texto que consideran algunos críticos como el credo americanista de Lucila Godoy, apareció publicado en El Heraldo de la Raza de México, en 1922; para deleite del lector se transcriben algunas líneas:
¡América, América! Todo por ella; porque nos vendrá de ella desdicha o bien!
Somos aún México, Venezuela, Chile, el azteca-español, el quechua-español, el araucano-español; pero seremos mañana, cuando la desgracia nos haga crujir entre su dura quijada, un solo dolor y no más que un anhelo.
Maestro: enseña en tu clase el sueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de convencimiento. Divulga la América, su Bello, su Sarmiento, su Lastarria, su Martí. No seas un ebrio de Europa, un embriagado de lo lejano, por lejano extraño, y además caduco, de hermosa caduquez fatal.
Describe tu América. Haz amar la luminosa meseta mexicana, la verde estepa de Venezuela, la negra selva austral. Dilo todo de tu América; di cómo se canta en la pampa argentina, cómo se arranca la perla en el Caribe, cómo se puebla de blancos la Patagonia…
En él, la articulista chilena invita a los pueblos latinoamericanos a declarar la unidad de América a través de la lengua y exhorta a los maestros, a los artistas, a los periodistas y a los industriales para que se enseñe la unidad bolivariana; para que se haga justicia en toda América; para que se demuestre la capacidad creativa, tan grande como la europea; para que se controlen los productos que invaden el mercado y para que se dé adecuada instrucción a todos los desfavorecidos. Para rematar su credo, confiesa los defectos del criollo que hacen las virtudes del otro e invita a la unidad como manera de evitar el aumento del poder extranjero. Es ésta una justa y magnífica invocación a la confraternidad hispanoamericana.
Según Luis de Arrigoitia (1989: 100), “su labor periodística podría ponerse íntegramente bajo el acápite de ´La palabra creadora al servicio de la América´. Su fe en el futuro unido de la América del Sur gobierna toda su obra en prosa y aparece resumida en toda su conmovedora fuerza en su testimonio al llegar a Puerto Rico en 1931:
Ya sabe Ud. cómo me importa la raza indo-española de punta a cabo. Ya sabe cómo el mapa de nuestra América es para mí una cosa de carne, y no un cartón ni una geología. Hay muchas flaquezas, muchas confusiones y muchas miserias en nuestra sangre tendida a lo largo de un Continente; pero ¿quién dice todo el bien latente, la sensibilidad maravillosa que Dios nos dio, las posibilidades inmensas de nuestro mestizaje cuando se discipline y se oriente la generosidad de una parte, la inteligencia, de otra, que hasta el extraño nos nota? Siento un orgullo vivo e intenso de ser de donde soy, de hablar español, de cargar con mi raza mestiza a cuestas, y de saber que el éxito definitivo de nuestra América es cosa de un siglo más, tan seguro como nuestro sol y nuestras estaciones
Aquí la Mistral no se muestra como chilena, sino como americana; expresa su orgullo y amor por ese terruño mestizo; enuncia dificultades y tropiezos, pero deja entrever su optimismo ante un futuro a largo plazo. Gabriela tenía conciencia sobre el destino de Indoamérica y creía firmemente en las fuerzas ancestrales e impulsadoras que nos dan un carácter y una conducta particular frente a los otros continentes en un momento en que era extremadamente difícil sustentar la tesis de que éramos mestizos en el continente, pues había un desprecio total a esa categoría, la cual fue calificada por España como bastardía.
Morales-Benítez (2002: 53) señala que “el mestizaje no es sólo un fenómeno de unión de tres sangres – indio, negro y blanco- ni tampoco, un enfoque cultural. Es más amplia su concepción, que nos roza a todos. Es algo determinado por el contorno. Mestizo es, también, quien llegó de tierras extrañas y se quedó compartiendo el destino, pues tiene que principiar a compartir los signos y afanes nuestros. El mestizaje se manifiesta en la escritura: ni en el lado español la que escribimos es subsidiaria o parecida a la española, lo mismo que en Brasil, la autonomía de su creación literaria es independiente de la portuguesa. También se expresa en la religión, en lo santoral, en el lenguaje, en la comida, en el fútbol y en los otros deportes; en la manera de concebir y ejercer el amor y la ternura; en los principios políticos; en demasiadas instituciones jurídicas; en la organización familiar. No hay materia de la vida exterior e interior que no roce”
Al referirse a la diferencia entre la conformación de Norteamérica, esa América rica que trabajó en mejores condiciones y con mayor suerte, y nuestra Indoamérica, Mistral expresa:
Hay otra (América) que ha penado para unir tres sangres opuestas realizando una delicadísima operación de injerto vital o mortal…Mientras tanto, nosotros indoespañoles, seguíamos en el sur una gesta a la vez violenta y remolona: la de construir a base de encomendero una democracia, y la de remplazar el caciquismo con la civilidad. Esto cuesta y esto vale por un trueque de las entrañas y tenía que durar cuatro siglos. Nadie ha dicho bien la gesta de la unificación de tres sangres y de tres almas que sirven de manera diversa al Bien como al Mal y la de tres conciencias que se afilaron con ritmos tan contradictorios que no parecen salir de la misma ley natural” (Morales, 2002: 53).
Es claro que para la chilena el mestizaje también supera la unión de sangres; lleva implícita una lucha física y brutal, un encuentro- desencuentro, una construcción de caminos y de sueños, una transformación y de alguna manera un cambio respetuoso y, a la vez, retador., que contribuye a la cimentación de la identidad indoamericana, entendiéndose por indoamericano a la persona descendiente de los pueblos originarios de América.
A quienes no la querían comprender o la enjuiciaban como funcionaria de su gobierno y a aquellos escritores sin conciencia social y que no se habían preocupado de su identidad, les dice: “Desconocemos por completo el ‘tronco de nuestro injerto´, el indígena que nos ha dado los dos tercios de nuestra sangre” (Mistral, 1931). Para Gastón von dem Bussche (1957: 176) “hay que ponerle el énfasis que merecen sus reflexiones. Ella no juega ni se presta a simples elucubraciones; la causa del americanismo de Gabriela Mistral es más honda. Hay que medirla por su amor a los temas americanos. Hay que buscarla en la tragedia religiosa que es de índole primitiva, mágica e idolátrica”. De igual manera, Dolores Pincheira (1989: 75), siguiendo la prosa americanista de la Mistral, concluye: “hemos renegado de las primitivas culturas del continente, hemos despreciado sus tradiciones y su gente, porque adoptamos para nuestra formación los moldes trazados desde afuera y las normas que nos impusieron los conquistadores. Morales (2002) resume todos estos planteamientos en unos renglones significativos: “Lo que ella busca es que tengamos una conducta mental que conduzca a encontrar lo autóctono. Que escuchemos las voces originarias”. Así lo expresa Gabriela en su prosa, como en su poesía.
Defendió a brazo partido el valor cultural que la casta india representa para América Latina:
Cuando el fresco de las culturas mayas y quechuas aparezca completo, llegará el momento de que el hombre latinoamericano confiese plenamente a su progenitor, cosa que, hasta hoy, hace a regañadientes. El completará la confesión que a pesar suyo siempre ha hecho su semblante de su Mongolia en el pómulo implacable y en la bella mirada que de las Mongolias le vino, pero él confesará a su indio sin reticencias sesgadas, al fin, al fin (Figueroa, 1933: 240) .
Aquí se ve consciente de su matriz étnica, de su mezcla racial, hecho que le permitió comprender, en términos identitarios, la presencia india en su persona, circunstancia de la cual se enorgulleció hasta la muerte; pocas personas sienten orgullo de reconocer rasgos indígenas en su composición física; a pocos les resulta grato reconocer el pasado ancestral de los chibchas o los quechuas que se refleja en sus rostros, en su cabello, en su boca o en su manera de ser; en pocas palabras, muy pocos confiesan el indio que nada en su sangre o habita en sus cuerpos y almas.
Una gran página de Gabriela Mistral, publicada en Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 24 de agosto de 1924 y titulada Lo que debe unir y lo que debe separar a las dos Américas, corresponde al discurso pronunciado por ella en la Unión Panamericana para agradecer los homenajes de que fue objeto. Parece escrita hoy y con una vigencia imperecedera; interpreta el sentimiento de nuestra América y sus deberes, como también el sueño panamericano, motivo de preocupación de grandes intelectuales y de políticos de oficio; insiste en su gran sentido de raza y en el valor de la diferencia como característica que puede catalizar la solución de dificultades que pueden presentarse entre los pueblos: “No creo que la diferenciación de los pueblos signifique una fatalidad sobre la tierra. Pienso que ella, en la humanidad como en la naturaleza, es una forma de enriquecimiento. De este modo, lo latino, hasta en sus aspectos de contraste más agudo es, frente a lo anglosajón, uno como erguimiento de distintas virtudes, de otras modalidades de vida, pero no un destino de discordia”
Está en contra de aquéllos que piensan que la paz se consigue mediante la unificación de las costumbres, de las formas de vida económica y de los criterios de verdad y en medio del discurso asevera: “Otros sentimos que cada grupo humano puede progresar, llegando hasta el suave ápice de las perfecciones, dentro de su modalidad. Los que esto pensamos, al hacer la exaltación de nuestros valores étnicos, no ponemos ni soberbia ni odio, hablando de fidelidad hacia nosotros mismos”.
Cree en los caminos del espíritu hacia la perfección al comparar estos países indoamericanos de vida económica desgraciada, de acción social convulsa con los Estados Unidos y nuestras ciudades que apenas son un radio de las del Norte e insiste en las infinitas expresiones de lo divino, de la voluntad y la gran energía que hay en nuestros corazones en el momento de enfrentar la adversidad
En el Suplemento Literario del Espectador (enero 22 de 1925) publicó un artículo titulado “Salve, América”, bella prosa relativa a su América Latina en la cual lamenta la pérdida del canal de Panamá y de algunas riquezas que emprenden viaje hacia otros lares ante nuestra indiferente mirada; pero algo en lo cual insiste es en la manera como enajenamos la alegría de crear y renunciamos a la plenitud de poseer lo nuestro. Clama por la unidad indoamericana y denuncia una situación que persiste a través de los años; todos los días más unidos en el papel y en los discursos, pero infinitamente distanciados en la realidad. No en vano, nos agrupamos por intereses políticos o económicos subregionales y hacemos caso omiso del verdadero sueño bolivariano: “Desde el Bravo hasta las nieves del sur somos bastantes para nuestra dicha, suficientes para el honor radioso. Pero del Bravo al estrecho ni nos conocemos ni nos amamos. Nos dimos a nosotros mismos nombres distintos para creer en la mentira de la diferencia, y hemos puesto después toda ciencia en el odio, todo refinamiento en el recelo.”
Hoy, 2013, seguimos igual; América Latina no ha logrado consolidar la integración de sus países de acuerdo con sus similitudes sociales, políticas, culturales, religiosas, lingüísticas, ideológicas o geográficas en busca de un desarrollo sostenido; muchos organismos regionales y subregionales se han creado para este fin: Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), Comunidad Andina de Naciones (CAN), Mercado Común del Sur (MERCOSUR), Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA), Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), Unión de Naciones Latinoamericanas que tienen costas en el Océano Pacífico (ALIANZA DEL PACIFICO); cada uno de ellas se ha esforzado por tener el protagonismo necesario que haga posible el sueño de muchos, incluyendo a Bolívar, pero se han quedado atascadas en sus sueños e intereses particulares, ha primado el bien subregional sobre el regional; sus integrantes, en muchas ocasiones, se han polarizado, como bien lo demuestra la pugna entre los seguidores del ALCA y del ALBA, gracias a la guerra ideológica entre el Norte y el Sur; en palabras de Mistral (1945), “el choque de la diferencia todos lo sentimos: a unos les duele y a otros los desalienta. Pero si en vez de buscar con ojo de entomólogo los focos de las disidencias, buscásemos los núcleos de las semejanzas mejor nos iría, pues hay sorpresas”
Bien merece tenerse en cuenta, además, la agitación política surgida en la mayoría de los países que han virado hacia la izquierda, siempre bajo la tutela de caudillos que desean llevar su revolución populista al resto de América Latina y el Caribe; con ideales como los señalados, se hace imposible un compromiso serio para cumplir metas comunes o pactos que rompan el desequilibrio social y económico del hemisferio.
Regresando al tema central, Gabriela Mistral y la identidad indoespañola, es importante recalcar que ella “supo interpretar la marginación que el modelo occidental destinó a América y a nuestra identidad. Buscó los sentimientos que unían al continente y los convirtió en palabras, haciendo suyas las voces de unos pueblos que empezaban a reconocerse como tales”. (Figueroa, 2000: 121)
Siguen pasando los años y la agenda sigue inconclusa a la espera de nuestra lucha por una América Latina, unida y respetada.
Bibliografía
Arrigoitia, Luis. Pensamiento y forma en la prosa de Gabriela Mistral. Editorial de la Universidad de Puerto Rico: Puerto Rico, 1984.
Bates, Margaret. Gabriela Mistral. Poesías Completas. Aguilar: Madrid, 1970
Figueroa, Lorena. Tierra, Indio, Mujer: Pensamiento Social de Gabriela Mistral. Ediciones LOM: Santiago, 2000.
Mistral, G. Ternura. Espasa Calpe: Buenos Aires, 1945
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Mistral, G. El grito. Revista El Heraldo de la raza. Universidad de México: México.
Mistral, G. (1924, agosto 24). Lo que debe unir y lo que debe separar a las dos Américas. El Tiempo, Lecturas Dominicales: Bogotá.
Mistral, G. (1925, Enero 22). Salve, América. El Espectador. Suplemento Literario: Bogotá.
Morales B., Otto. Gabriela Mistral. Su prosa y poesía en Colombia. Tomo I. Convenio Andrés Bello: Bogotá, 2002.
Pincheira, Dolores. Gabriela Mistral, guardiana de la vida. Editorial Andrés Bello: Santiago de Chile, 1989.
Von dem Bussche, Gastón. Visión de una poesía. Anales de la Universidad de Chile. Pp. 176 – 194. Santiago, Chile: 1957