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Jorge Arias de Greiff: librepensador en la ciencia y en la vida / Reportajes de Aleph

Personalidad académica y científica, formada en la música desde la cuna, y en el modelo de la “escuela activa” en años gratos para su recuerdo, con apego a la investigación de archivos (en Madrid, Quito, Berlín, U. de Harvard, La Habana…), lo que le ha permitido reinterpretar la historia y valorar de nuevo a hombres de ciencia como Julio Garavito y Francisco José de Caldas, entre otros. Ingeniero Civil de la Universidad Nacional de Colombia, docente-investigador de la misma, aplicado al principio a temas de la matemática y física celestes, devenido astrónomo e historiador de la ciencia. Conocedor de trenes y locomotoras, con acendro histórico. Por cerca de 25 años fue director del Observatorio Astronómico Nacional, y tuvo desempeños en el decanato de la facultad de Ciencias y en rectorado en la misma institución universitaria. Miembro de las academias de Ciencias y de Historia, aplicado en la actualidad también en la comisión de léxico técnico de la Academia de la Lengua. Ha tenido programas de radio sobre “Teatro en la música”, en la emisora de la UN, y por años sigue con programa semanal sobre Ópera en la emisora cultural de la Universidad Jorge Tadeo-Lozano. Nació en Bogotá el 4 de septiembre de 1922. Caminante-excursionista, costumbre que también le adjudica a sus años del Gimnasio Moderno, todavía hoy, en los 92, ejerce moviéndose por Bogotá a pie y en el transporte público, incluido Transmilenio.


Jorge Arias de Greiff y CER, en entrevista (Bogotá 2014)

En buena crónica de Marcela Giraldo en “El Espectador” (22.IX.1991;  p. 4-C), se califica a Jorge Arias de Greiff  “de tener vena de genio loco, melómano frenético y escudriñador de astros”, a la vez que recoge la razón de su éxito, en palabras de la eminente personalidad: “haber hecho las cosas con el máximo de seriedad, con gusto y por gusto, pero sin que se note”. Olga Restrepo-Forero identificó en él una “manera única de presentar y analizar los problemas más relevantes” (Revista “Nómandas” No. 22, abril 2005).

Jorge es persona accesible, sin complicaciones para la amistad y los diálogos, de temperamento reflexivo, con aguzado sentido del humor y la ironía. Conferencista ameno, de una memoria desconcertante. Por años lo hemos tenido en cercanía, en esas lides de la vida universitaria, pero no lo veía hace algún tiempo, y ahora tuve la oportunidad de visitarlo en su bella y singular casa, rodeada de árboles, en esquina de la calle 39 con carrera 15 de Bogotá, que habita con su bella esposa Inés Villa. Grabo una entrevista-diálogo, la cual fue primero aprovechada para pasarla en varios programas en la radio de la UN, y que ahora comparto de esta manera.


Jorge Arias de Greiff en espacio de su biblioteca personal

– En las semblanzas que se hacen de ti hay énfasis en la dinastía De Greiff. Podrías contarnos un poco acerca de la estirpe de tu padre…

Sí, es una estirpe de cepa antioqueña. Mi padre, José Vicente Arias-Correa nació en El Retiro. Mi abuelo Arias vivió siempre allí, en una finca cercana que era de ellos hasta la edad de casi 101 años. Por el lado de mi abuela paterna, ella era doña Elisa Correa-Mejía, hermana de un historiador que hubo en Antioquia, llamado don Ramón Correa, el primero, porque ahora hay otro. Era una familia que vivía en tierra fría, muy sana, de gente muy longeva. Uno de los hermanos mayores de mi padre murió de 90 años, y de igual edad mi padre. Él se dedicó toda su vida a los negocios, muy negociante. Recuerdo que una vez, ya con casa propia, compró otra casa y contó en el almuerzo. Al día siguiente mi mamá le preguntó que cuándo la llevaba a conocerla, y le contestó que ya la vendió. Gran parte de su vida fue representante de productos farmacéuticos de empresa norteamericana.

De mi padre heredé nada de negociante, pero sí dichos como: “más quebrao que un costalao de canela”; “ese negocio está más enredado que una libra de anzuelos”… Tenía muchos dichos y exageraciones del antioqueñismo.

El bisabuelo, Eduardo Arias-Benjumea, tengo entendido que fue uno de los fundadores de Manizales, o de sus primeros habitantes. El hermano mayor de mi padre se llamó Eduardo Arias-Correa, periodista que vivió mucho tiempo en Bogotá, que tuvo hijo de igual nombre: Eduardo Arias-Ruiz, también dedicado al periodismo. Y uno de mis dos hijos es Eduardo.

– ¿Cuáles fueron tus juegos en la infancia?

Recuerdo que gastábamos mucho tiempo haciendo construcciones, porque a mi papá le mandaban unas cajas de jaboncitos de Ross, chiquitos, rosaditos, para promoción, y antes de él repartirlos las usábamos en la casa para construir edificios y castillos. En general siempre andaba en el plan de hacer algo. Los deportes no me entusiasmaron, aparte de las excursiones, de las que me beneficié en el Gimnasio Moderno. Excursiones por los cerros del oriente de Bogotá y acabé yendo hasta el cráter de la Olleta, del volcán-nevado del Ruiz.

– ¿Cómo fue tu incorporación al Colegio?

Uno aprendía prácticamente a leer en la casa. En el Gimnasio desde el comienzo se hacía mucha práctica de lectura. Yo no era muy bueno para la lectura y la escritura; me iba mejor en la clase de Aritmética. En aquella época con menos Ministerio de Educación el Gimnasio Moderno tenía lo que luego se llamó Kínder y Primaria, en el estilo original de la “escuela activa”, con el cual se aprendía porque se hacían las cosas.

– Quizá el gran impacto con esa institución y el método fue provocado por la “Generación del Centenario”…

Más que la generación mencionada, el impacto estuvo dado por el primer rector y los primeros profesores que eran catalanes. El primer rector fue Don Pablo Mira, que volvió en 1939 con motivo de la guerra de España. Recuerdo que cuando uno llegaba lo primero que había era una revisión de aseo, y si uno estaba enfermo lo devolvían a la casa, y a cada uno lo clasificaban de acuerdo con el estado de salud. Había unos globos pintados en unos cartones con unas canasticas que llevaban el nombre del alumno: los más saludables estaban en un globo amarillo, los intermedios en un globo azul y los flacuchentos y langarutos en un globo rojo. Eran los globos de la salud. Pero lo importante era el tipo de cursos que había en esa Primaria. Recuerdo que el primer curso que se tenía, al llegar por la mañana, se llamaba “Observación”. El profesor catalán, que era Don Manuel Piquero, nos llevaba por los cerros a caminar y mirar todo: plantas, rocas, deslizamientos, animalitos…, un contacto directo con la naturaleza. Lo más interesante es que la clase siguiente, con el mismo profesor, se llamaba “Asociación”. El alumno tenía que hacer una redacción o un dibujo sobre lo observado, en especie de reflexión. Eso era lo más importante: análisis sobre lo observado. Otro curso era el de “Trabajos manuales”; se aprendía a encuadernar un libro o hacer trabajos en madera. Recuerdo haberle hecho a mi papá unos marcos en cuero repujado, para retratos; a mi mamá le hice una bandejita de madera para el té, que la usó toda la vida.

Tuve especial capacidad para hacer cosas, a tal grado que los libros que León de Greiff le había dedicado a mi mamá, me los entregó para que se los encuadernara, lo cual hice y todavía se conservan en la casa de mi hermano. Lo importante, entonces, de esa educación, además de reflexionar sobre lo observado, era hacer cosas con las manos, lo cual fue muy decisivo en mi formación, por cuanto yo me mantengo de manera permanente haciendo cosas; si algo se daña en la casa lo primero que hago es intentar arreglarlo. Una vez se rompió una manija de la nevera y fabriqué una, con pedazos de aluminio, alambre, un taladro y remaches, sin necesidad de llamar a nadie en nuestro auxilio.

– ¿Qué otros profesores recuerdas que te hayan marcado en el Gimnasio Moderno, Tomás Rueda quizá y otros?

Tomás Rueda no mucho; él nos dio una clase de historia. Los kioskos del Gimnasio, que todavía existen, estaban en el solar de la casa de Don Tomás Rueda, en la carrera 10 entre calles 72 y 73, con entrada principal por la 73, y la otra entrada que se llamaba “cochera” era por la 72. De ese modo se ingresaba al predio donde estaban los kioskos, instalaciones iniciales. El colegio también utilizaba algunas dependencias de la casa de Don Tomás. Después esos cursos infantiles se trasladaron al local que tiene ahora el Gimnasio.

– …¿Y Don Agustín Nieto-Caballero?

En mi tiempo, él no actuaba mucho en el Gimnasio porque se la pasaba entre Ginebra y Bogotá, como representante de Colombia en las Naciones Unidas, igual un tiempo fue ministro de Educación, también rector de la Universidad Nacional.

– … Pero a él se le debe mucho en la educación en Colombia…

Sí, claro.

– … Él introdujo a Latinoamérica por Colombia el modelo de “escuela activa”, reconocida también como “escuela nueva”…

Los profesores catalanes no duraron mucho, aunque algunos regresaron. Otro profesor que recuerdo fue Don Miguel Fornaguera, quien organizaba de manera permanente excursiones. También tuvimos algunos profesores antioqueños, recuerdo uno de apellido Duque y otro de apellido Giraldo.

– … Y en matemáticas, física, biología…

En física y matemáticas tuve en el Gimnasio un gran profesor franco-suizo, Henry Yerly, que luego fue profesor de la Nacional y de los Andes. En Química me tocó un profesor francés, Leo Lanau-Vergne que también fue profesor en la Nacional. De manera que los profesores que tuvimos en el Gimnasio eran de nivel universitario, de ahí su paso a la Nacional. Con Yerly llegaron otros dos suizos que poco duraron en el Gimnasio porque fueron incorporados a la Nacional, para Farmacia y para Química.

– Cuando terminas el bachillerato en el Gimnasio Moderno vas a la Universidad Nacional a estudiar ingeniería civil, ¿cómo recuerdas a la UN en esa época?

Era un ambiente muy tranquilo. En cierto modo hice la carrera, digamos “sobrao”, por los magníficos profesores que tuve en el Gimnasio Moderno, lo cual también le ocurrió a muchos condiscípulos. Cuando entré a la facultad de Ingeniería la segunda guerra mundial había comenzado cinco meses antes, y cuando terminé Ingeniería hacía cinco meses que había reventado la bomba atómica. Entonces mi paso por aquella facultad coincidió prácticamente con la segunda guerra mundial.

Tuve un profesor muy simpático en “Aritmética analítica” y luego en “Pavimentos” que fue Guillermo Charry-Lara. En aquella asignatura, que se veía en el primer año, ponía siempre problemas que tenían que ver con la guerra, por ejemplo: un convoy sale de Norfolk, Virginia, y con un número exacto de barcos y sus nombres precisos, encuentra en mitad del Atlántico unos submarinos que le hunden la tercera parte, después acercándose a Liverpool unos aviones hunden tantos barcos, y llegan tantos a su destino, entonces preguntaba cuántos barcos salieron.

– Tu tiempo de estudiante universitario transcurrió en el período de la República Liberal, con realizaciones de tanta significación como la Escuela Normal Superior que tuvo selecta nómina de profesores, migrantes europeos…

Hay que tener en cuenta que en la “República Liberal” hubo un formidable Presidente, Alfonso López-Pumarejo. Ahora que realizo unos trabajos sobre la historia de la facultad de Ingeniería me he encontrado las frases más lúcidas que se puedan imaginar, sobre educación y universidad, en su mensaje al Congreso en el año 1935, donde anuncia la reforma completa que se hará en la Universidad Nacional, pide los dineros para comprar el terreno, pero es increíble lo que dice: concibe un campus con edificios integrados, que le permitan a los estudiantes estar juntos y participar de actividades como conferencias y conciertos, incluso disponiendo de residencias estudiantiles; dice que al reunir las facultades se pueden crear departamentos de ciencias que atiendan las necesidades de todas las facultades, con los mejores profesores nacionales o extranjeros. Departamentos donde los estudiantes puedan estudiar lo que le exige su carrera profesional o alcanzar el nivel que él quiera. Es decir, departamentos abiertos, sin tapa de la profesión, donde el estudiante pueda dedicarse a formar a lo largo de todo el saber de esas ciencias, con los profesores necesarios. Lo que es decisivo y fundamental para la Universidad. La universidad conservadora, en cambio, buscaba producir únicamente los profesionales del caso, con mucho interés de Laureano Gómez en el nivel de entrada de los alumnos: mejorar el bachillerato para que entren mejores estudiantes a la Universidad, pero sin mejorar la Universidad para que salgan profesionales mejores que necesitan las profesiones. El interés del partido conservador era mejorar el nivel de entrada, pero no el nivel de salida. Con López-Pumarejo el panorama cambia por completo.

Con el desarrollo de los postgrados, en los departamentos, la Universidad ha alcanzado nivel muy alto. Pero hay que tener cuidado de no ser eso lo único que debe hacer, porque la Universidad tiene que atender de manera simultánea los pregrados. El nivel principal de la Universidad es el pregrado, y eso se olvida, y ahora con el auge de los doctorados se habla es de “papers”. La Universidad tiene la responsabilidad de producir profesionales idóneos, capaces y honrados.

La universidad se está “apendejando” con los doctorados, un apendejamiento de excelencia. No faltó rector que planteara que la universidad tendría que ser de doctorados.

– Interesante que recuerdes esos momentos en los cuales la Universidad Nacional tuvo profesores extranjeros de la talla de Federici, Takeuchi, Herkrath, Zaranka, Guhl, etc., y también la creación del programa de Filosofía…

Eso ocurrió con un gran rector, nada menos que con Gerardo Molina. Crea la facultad de Filosofía y Letras. Ahí llegan personajes de dos fuentes: los que se salen de la España franquista, como los casos de José Prat, de García-Reyes (mi profesor de resistencia de materiales, de concreto y estructuras), Ots Capdequi,… los republicanos españoles. Carlo Federici creo recordar que fue traído en el 48 por Gustavo Santos que era embajador en Italia; Takeuchi hizo parte de un grupo como de cinco japoneses que vinieron para matemáticas, pero Takeuchi fue el que permaneció. Ernesto Guhl no supe por qué motivo llegó a Colombia. Juan Herkrath llegó traído por el Ministerio de Educación. El presidente, antiguo embajador en Berlín, hizo traer personajes para las universidades que fueran católicos, y algunos de ellos resultaron ser furibundos izquierdistas en la Universidad Nacional, el mismo capellán (el padre Mora, me parece que se llamaba), en general profesores de avanzada para Colombia. Fue un proceso curioso. Una persona conservadora en España podía ser aquí de avanzada.

– ¿Cómo recuerdas y valoras la reforma Patiño?

Esa reforma correspondió a directriz para Latinoamérica impartida por Estados Unidos, con el famoso “Plan Atcon”, que determinó que las carreras fueran profesionales y no políticas… Como era eso que Alfonso López-Pumarejo daba conferencias en la facultad de Derecho, en una cátedra libre que le abrieron cuando era candidato a la Presidencia.

En ese marco de la reforma se consideraba que la Universidad debía tener, al igual que la universidad en Estados Unidos, unos estudios generales, es decir, que el estudiante conociera algo de filosofía, de historia, de sociología, etc. Esos estudios generales se entendían de nivel bajo, especie de estudios pre-profesionales.

Se produjo con el Acuerdo académico 59, de la departamentalización, elaborado por Thomas Ducay, un médico Sánchez-Gil y Polidoro Pinto. Ese Acuerdo tiene un mico sensacional, al establecer que una de las funciones del director del departamento es llevar el conocimiento a los más altos niveles de la ciencia, por fuera de las directrices del “Plan Atcon”. Y creo que de eso no se dio cuenta Patiño. De esa manera se comenzaron a desarrollar en la facultad de Ciencias unos departamentos que atendían los servicios, pero que al mismo tiempo fueron surgiendo las maestrías y los doctorados, con egresados de alto nivel en las matemáticas, contraviniendo los deseos del Banco Mundial. Eso es lo que le ha dado el nivel que ahora tiene la Universidad Nacional, con cerca de cincuenta años en ese proceso.

De manera que las facultades de Ciencias y de Ciencias Humanas avanzaron de manera significativa, sin dejar de atender los servicios.

– También es digno de recordar la creación, por los años 40, del primer programa de Economía en Colombia, en la Universidad Nacional, por obra de Carlos Lleras-Restrepo y Francisco de Abrisqueta…

Abrisqueta fue profesor mío de Estadística en la carrera de Ingeniería Civil. Lleras-Restrepo es el caso típico del político que es profesor, igual que ocurrió con Abadía-Méndez. Hay la anécdota de en ocasiones Abadía anunciar que “hoy sí habrá Consejo de Ministros”, y con tiza en un tablero de Medicina, en otro momento, se puso de parte de Lleras: “Hoy sí habrá clase”.

– Hay que recordar también la creación y la obra cumplida por la Escuela Normal Superior… Cerrada por Laureano Gómez al considerarla que era un nicho de comunistas…

El espanto de los comunistas suele ser un recurso de los gobiernos. Cuando yo entré como rector de la Universidad Nacional me correspondió reintegrar a un grupo de profesores que habían sido destituidos por Fonseca, el rector anterior; entre ellos Rubén Sierra, Salamón Kalmanovitz. Cuando me remplazó Luis Duque-Gómez en el rectorado, lo primero que hizo fue volver a sacarlos.

Hubo asimismo otro fenómeno. Había mucha agitación política estudiantil, que no se resuelve con resoluciones del Consejo Superior o del Consejo Académico; debe tener soluciones políticas. Luis Duque-Gómez expulsó aquellos profesores y a los dirigentes estudiantiles. Pero qué ocurría con estos dirigentes; unos eran de la “Jupa”, maoístas, y los otros eran de la “Juco”, estalinistas que eran abstemios y no dejaban entrar ni una gota de trago a las residencias, especie de monjes. Los eran tan disciplinados como Stalin. Al retirar a esos dirigentes las residencias quedan en manos de un grupo llamado “la plaga” y fue el desastre. Fue un resultado de ese pavor por las ideas de izquierda.

La revuelta estudiantil de París, en 1968, fue algo que se regó por todas partes del mundo.  Yo era estudiante en Berkeley y fue tremendo el bochinche, igual en todos los Estados Unidos. Estaba en el ambiente. Fueron reflejos tardíos del mayo francés del 68.

Pero hubo otro problema que ha pasado desapercibido. ¿Por qué hubo ese rechazo tremendo a una reforma universitaria, entre nosotros? Por dos razones, la primera: el doctor Luis-Carlos Galán, ministro de Educación, entregó un folleto titulado “De la crisis a la reforma”. Yo le dije al doctor Galán que el título era equivocado, debió ser: “De la reforma a la crisis”. Esa reforma acabaría por completo con la gran reforma de López-Pumarejo. Los autores de ese proyecto eran personas ajenas a la Universidad Nacional, motivo suficiente para que el profesorado se opusiera. Por otro lado ocurría otro fenómeno. A raíz del chambuco que ocurrió en la noche de la pérdida de las elecciones presidenciales por Rojas-Pinilla, hubo un manipuleo por parte del Presidente Lleras-Restrepo y del Ministro de Gobierno, y me enteré que tuvieron un asesor que lo llamaron tarde en la noche, y les ayudó a encontrar la salida. Si se toma la definición de “trujamán” del diccionario de la Real Academia, se ve que en realidad se trató de un trujamán. Yo se quién es y dónde vive en este momento… Vive en Europa. Le digo el nombre si apaga la grabadora… 

La Anapo le hizo una gran oposición al gobierno de Pastrana, resultado de esa noche con el “trujamán”. De recordar que la Anapo surgió de esa crisis, como también el M-19. Ahora, ¿qué conexión había entre los estudiantes y la Anapo? Podía haberla, porque la Anapo ayudaba al movimiento estudiantil por oposición a Pastrana y para impedir la reforma educativa. De la reforma a la crisis, es el sentido directo. La reforma es la que produce la crisis. La Universidad nunca puede tener una reforma, debe tener ajustes locales donde falte concordancia.

– Y la reforma académica de Antanas…

Esa reforma, con el profesor Guillermo Páramo, no me convence mucho. No fue necesaria. Tuvo un problema: demasiada influencia de la facultad de Ciencias en la Universidad. En la actualidad la facultad de Ciencias de la UN sería la segunda universidad del país, por el número de profesores y de estudiantes que tiene, lo que hace que tenga una gran fuerza en la propia Universidad… Aquella reforma le ayudó al “atontamiento” de la Universidad.

– Tú sueles hablar de “historia boba de la patria”, en vez de la “patria boba”…

Exacto. Creo que lo que hay es “historia boba de la patria”. La “patria boba” se entiende que son unas personas locas que hacen unos tipos por bobalicones. En realidad no. Son  unas personas que se quieren aprovechar de la situación en la que se encuentra España con la invasión napoleónica. Por ejemplo, en el Observatorio Astronómico se hizo una reunión en la que estuvo Camilo Torres, donde se planeó el truco y la trampa que se iba a hacer; él dijo: tenemos que hacer un motín en el que parezca culpable un español. Es un engaño, no bobadas. Una persona que estaba presente dijo que ella se encargaba del asunto, porque tenía rivalidades con Llorente. Y acordaron hacer un bochinche incitando a Llorente. Entonces desde temprano se concentró mucha gente en la plaza de Bolívar y en la plaza San Victorino. Y este señor que pasa por prócer se paró con dos de sus hijos frente al almacén de Llorente, y uno de los hijos armado con un garrote. De pronto pasó por ahí Caldas, pero ¿por qué pasó?; la historia boba de la patria dice que pasó ocasionalmente, de manera desprevenida. No, él pasó en forma premeditada. Cuando Caldas pasó frente a la pared, el otro prócer le dijo que no fuera a saludar a Llorente que insulta a los criollos, lo que fue motivo para que los hijos del prócer cogieran a palos a Llorente. Ya había circulado por las calles de Bogotá la mentira que Llorente estaba insultando a los criollos; una calumnia que se había regado con premeditación. ¿Eso lo hacen los bobos? No. La que es boba es la historia. Fue un acto premeditado para crear un disturbio. Con los bochinches la oligarquía se le presentó al Virrey pidiéndole que renunciara, pero no les hizo caso. Y se volvieron para sus casas. Pero apareció otra persona que venía de la Pola o de las Aguas, un barrio popular, no de las Nieves ni de la Candelaria e incitó al populacho a exigirle una Junta al Virrey, y fue tal la agresividad de José-María Cabonell y su gente que el Virrey cedió, y al ceder aparecen los próceres para hacer parte de la Junta, naturalmente sin Carbonell. ¿Son bobos, o demasiado avispados? Lo que me permite concluir es que lo que hay es “historia boba de la patria”.

– Volviendo a tu formación,  cuando te graduaste de ingeniero civil fuiste como ingeniero de campo a trabajar en Tierradentro, en el departamento del Cauca, donde tienes contacto con los indígenas. Después, pasado el tiempo, tú, ya dedicado a la Astronomía, te ocupas de la Etnoastronomía…

Mi relación con Tierradentro salió de lo siguiente. En esa época el trabajo que se conseguía con facilidad era levantar el plano de una población y hacer el trazado de la conducción de aguas a partir del sitio de donde se pudieran tomar. Eran como mil poblaciones donde se necesitaba hacer ese trabajo; es decir, había más poblaciones que ingenieros. Al pasar por el Ministerio me indicaron dos opciones, por Silvia y por Tierradentro, y escogí ésta, pero no porque tuviera interés en la etnia sino por interés geográfico, por arrimarme un poco al nevado del Huila. Tenía mucho interés en la orografía y en los nevados.

El tema de la Etnoastronomía llegó de otra manera. Con Elizabeth de Reichel-Dolmatoff se nos ocurrió presentar propuesta para el congreso de iberoamericanistas de 1985 que se iba a realizar en la Universidad de los Andes. Proyecto que fue aprobado con algo de financiación. Y buscamos a antropólogos de los Andes y de la Nacional. En esa época cada antropólogo era especialista en una etnia, con vínculos muy directos con ella. Vinieron antropólogos de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. Y se hizo un simposio con los resultados de esos trabajos. Yo participé en dos de las visitas realizadas. Una con Gloria Triana al grupo indígena Puinave, en Inírida, para entrevistar a los mamos sobre asuntos de Astronomía. Y con Juan Mayr estuve en la Sierra Nevada, con una caminada tremenda hasta la parte alta donde están los Kogui; unos días allá, primero en Don Diego, luego en Palomino y bajar a Santa Marta.

Allá me ocurrió una cosa muy interesante. Yo llevé mi colección de cartas del cielo que en la concepción europea se entiende que van en el orden en que van pasando los astros, es decir aumentando la ascensión recta, una después de la otra. Cuando yo le mostré  una de esas cartas al mama con las constelaciones que salían por esos días al caer de la tarde, y se las fui pasando de manera consecutiva, me dijo, no, ponga esta, la otra y la otra. Es decir, que a ellos no les interesa la secuencia temporal de estrellas, sino como están en un momento dado respecto al horizonte. Es una Astronomía de referencia con el horizonte, que les permite identificar las estrellas que están saliendo o poniéndose, lo que les indica las épocas del año. Si sale tal estrella a tal hora, es que van a comenzar las lluvias, o es la época de comenzar las siembras. Les interesa saber qué estrellas se están poniendo por occidente y cuáles están saliendo por oriente. No les interesan los linderos de las constelaciones. Y les interesa los pequeños grupos reconocibles de estrellas, las Pléyades, no la constelación, y otro grupito en la Cruz del Sur; también “las tres marías”. Les interesa porque ellos tienen referencia de sus actividades con la salida o puesta en los amaneceres y atardeceres de esos grupitos de estrellas.

– En tu formación está la música desde la infancia…

Antes de encontrarme con Mahler me encontré con Beethoven. Pero hay un antes de todo eso: yo no entré en la música, la música me entró a mi con el tetero. Cuando mi mamá [Leticia de Greiff] me quería dormir me cantaba la Plegaria de Elizabeth, del Tannhäuser de Richard Wagner. Después los discos que ella tenía, que de seguro los adquiría por recomendaciones de Otto y de León. Fueron los primeros discos que escuchaba dándole yo manivela a la victrola. Se trataba de dos cuartetos de Beethoven, el 11 y el 16; la sinfonía inconclusa de Schubert; unos arreglos que se me hacían lo más hermoso del mundo: uno de Parsifal del segundo acto que dirigía Bruno Walter, el de las doncellas flores, pero sin voces, y un arreglo del final de La Valkiria que dirigía Sigfrid Wagner, y las sinfonías 5ª, 6ª y 7ª de Beethoven. Así entré a la música. Años más tarde, el Bolero de Ravel, Scherazada…


Detalle de la sección de música en la biblioteca de Jorge Arias de Greiff

– Con ese temprano comienzo, ¿cómo accediste a las partituras?

Tuve un tío que trabajaba de ingeniero en el ferrocarril del Pacífico y de pronto lo nombraron secretario en la Universidad Nacional. Y el número de discos de mi mamá se multiplicó por cincuenta con los de Otto de Greiff, colección fabulosa, de todos los géneros y épocas, quien también tenía colección de partituras que importaba, y escuchaba las obras con partitura en mano. Cuando cursaba el segundo año de Ingeniería entre los discos que yo tenía estaba la Walkiria completa, comprados por mi: el primer acto con la Filarmónica de Viena y Bruno Walter, el segundo con interpretación una parte por Walter y otra por una orquesta de Berlín, el tercer acto por la Filarmónica de Nueva York. Fueron oportunidades que tuve.

– ¿En qué momento accedes a interpretar un instrumento de viento?

Siempre tuve interés preferente por el sonido de las trompas, y unos amigos aquí, en Bogotá, de padre alemán, los Klein, tenían una trompa chiquita, llamada trompa de caza, de llaves; me la prestaron. Y la tocaba, con apoyo y partituras de Otto. Pasado un tiempo tuve que devolverla, pero en un viaje a Europa me encontré una trompa igual que no me atreví a comprar porque fue al comienzo del viaje, y no se sabe qué problemas se van a presentar, por lo cual no es posible gastar la reserva de dólares el primer día. Incluso participé en una orquesta de aficionados, “La sinfónica de Chapinero”, que dirigía el médico Bernardo Gaviria, que sabía mucho de música, con hermanos, uno que tocaba flauta, otro violonchelo, y unos primos los Villar-Gaviria, uno tocaba fagot, otro oboe, otro clarinete… Y se armó un grupo que actuó, pero la falta de algunos instrumentos tenía que suplirse con el piano, tocado por el director. La orquesta se acabó cuando Gaviria salió a radicarse en los Estados Unidos.


Detalle de la sección de música en la biblioteca de Jorge Arias de Greiff

– ¿Y cuándo comenzó el nexo tuyo con León de Greiff?

León tenía sus discos en Medellín, y los trajo cuando se vino a vivir a Bogotá. Otto me quedaba más cerca que León.

– Revisemos un poco el tema Mahler…

Antes de Mahler me ocupé de Beethoven y de Wagner, en simultaneidad. Conocí las sinfonías de Mahler por discos que me prestó Otto, y adquirí la primera sinfonía en un disco que grabó Dimitri Mitropoulos en Nueva York. Por esa época mi papá gerenciaba una emisora, creo que era la Continental, y me pidió que me encargara de un programa de música; acepté y presenté, por primera vez en Colombia, una sinfonía de Mahler, la primera, la consecuencia fue que mi papá nunca más volvió a invitarme para que participara en ese programa de radio.

– Conservarás curiosidad por algunas obras de Mahler, a las cuales acudas de vez en cuando para escucharlas…

Sí, suelo acudir a “La canción de la Tierra”, a las sinfonías 4ª, 5ª y 9ª. Tengo el libro con todas las partituras de las sinfonías de Mahler. Mi biblioteca de partituras está organizada de manera muy particular. Las hileras comienzan por la derecha, con Wagner, luego sigue Mahler, sigue Bruckner, sigue Beethoven, de ahí en adelante el resto de compositores en orden alfabético.

– En tu época de estudiante ya tenías una vocación muy marcada de librepensador, y tuviste lecturas de Marx, Gramsci,… Hobsbawm.

A esas lecturas llegué por la historia, con la cual me fui aficionando a los aspectos teóricos de la historia, con acceso, por ejemplo, a Eric Hobsbawm, y otros marxistas ingleses, libros digamos sobre la ciencia de la historia. Pierre Vilar fue uno de esos autores que estudié, quien dice que la historia como ciencia y Marx son la misma cosa, lo que me condujo a estudiar a Marx y libros sobre Marx. Pero he leído sobre todo a unos marxistas del siglo XX como Gramsci, llamados los “purificadores del marxismo”. Y he tenido la suerte de no encontrarme con Marta Harnecker, en uno de esos manualitos que son muy dañiños. Me interesé mucho en conocer a Marx a través de Hobsbawm y Gramsci, en especial.

Lo que pasa con Marx es que dedicó toda su vida a estudiar un solo tema, el desarrollo del capitalismo industrial en Inglaterra, de donde le salió su obra más conocida, “El Capital”. Marx le pidió a algunos de sus seguidores que estudiaran el caso de otros países para comparar, con el fin de comprobar si sus teorías estaban bien o no. Marx en su obra no afirma de continuo, sino que habla en términos condicionales. No dice categóricamente que la economía es la que mueve la historia, sino apelando al condicional, como si…  Hubo otro transformador de Marx que fue Vladimir Ilich Lenin, tan importante como aquel. Marx presenta las relaciones del capital con el trabajo obrero, no con el trabajo campesino, auncuando tiene un libro sobre los campesinos. En cambio Lenin toma el marxismo para adaptarlo a las necesidades de Rusia donde hay tantos campesinos como obreros. Por otro lado, Marx considera que los medios de producción deben ser comunitarios, y que no debe haber propiedad privada, sino propiedad comunal, sin mayores detalles, pero Lenin la asigna al Estado; el Estado como propietario de los medios de producción y del capital, entre otras, que es lo que aplica al pie de la letra Stalin.

– ¿De qué manera miras tu las relaciones de Humboldt y Francisco José de Caldas, y en especial recuérdanos la manera como descubriste una carta original de Caldas a Humboldt?

Tuve que ver mucho con los dos, por una razón. Cuando hay centenarios hay celebraciones. Recién entré al Observatorio Astronómico hubo la conmemoración del centenario del nacimiento de Caldas, con sesión especial de la facultad de Ingeniería, con invitación que me hicieron para hacer conferencia sobre el personaje. Hice la conferencia en la Sociedad Colombiana de Ingenieros, con asistencia de personas de las diversas academias. Al terminar mi intervención, el académico Piñeros-Corpas me dijo que yo tenía madera de investigador en la historia. Después vino la celebración de los doscientos años del nacimiento de Humboldt, con sesión solemne en la Academia de Ciencias, y conferencia del director del Observatorio. Diez años después se celebró el aniversario de la muerte de Humboldt.

En algún momento supe que en Berlín oriental habían aparecido los diarios de Humboldt, que estaban originalmente en casa de la familia Humboldt en Tegel, pero cuando entraron los soviéticos se llevaron cuanta cosa pudieron, sinembargo no sabían para que servía un montón de cosas y comenzaron a devolverlas a la República Democrática Alemana. Un investigador ecuatoriano descubrió que ahí estaban, entre las cosas devueltas, los diarios de Humboldt, noticia que aparecía en artículo suyo en revista del Ecuador. Quedé con la inquietud y aprovechando un congreso en Praga de la sociedad astronómica internacional, pasé a Berlín oriental, previa comunicación que dirigí a la Academia de Ciencias solicitando autorización para consultar esos diarios.

Y me pasó una cosa increíble. Después de haber estado ya unos días en la biblioteca donde estaban los archivos de Humboldt, me encontré en el hotel una canasta de rosas rojas que me envió la Academia de Ciencias, por ser ese día mi cumpleaños. Eso no ocurre sino en un país socialista. Un país socialista es amigable, es amistoso, cordial. Detalles de esos órdenes jamás pasan en los Estados Unidos, ni en la Alemania Federal.

A ese respecto puedo referir otro caso que me ocurrió en Cuba. Se cumplía el primer congreso latinoamericano de historia de la ciencia, al cual estuve invitado. Me permitieron estar un día más en Cuba para pasarlo indagando en el Archivo General de Cuba; madrugué y estuve de seguido hasta las cuatro de la tarde que cerraban. Manifesté mi interés y me indicaron las carpetas que podía consultar, con plena dedicación. De pronto una llamada requiriéndome la directora en su despacho. Me asusté pensando que algo mal había hecho. Pero no, la directora me pidió disculpas porque se dio cuenta de que yo me había quedado a la hora del medio día en el Archivo, sin almorzar; de inmediato llama a una empleada y pide que me den algo de comer, quien expresó que apenas podían darme un jugo de mango, servido en abundancia. Repito, esos detalles no pasan sino en un país socialista.

Volviendo al tema de la pregunta, la relación Humboldt – Caldas tiene sus particularidades. No me cabe duda que Humboldt no había pensado en utilizar la temperatura de ebullición del agua como método para medir la presión barométrica. No había pensado en eso por dos razones: porque Humboldt era un europeo, no del Trópico sino de la zona templada, con régimen ciclónico del aire que da lugar a sitios de baja presión y a sitios de alta presión, lo que puede ocurrir a lo largo del año o en diversas horas del día. Aquí ocurre diferente: la presión atmosférica es muy estable; las oscilaciones son muy pequeñas por una marea diurna, con altibajos en las 24 horas, pero se conserva muy pareja. Caldas que disponía de un barómetro en la casa, tomó muchas medidas de la presión barométrica en Popayán y en unas montañas vecinas donde tomaba las alturas; también lo hizo en Quito, y había deducido una proporción que le permitía correlacionar la presión barométrica y la temperatura de ebullición, lo cual le pareció que era un invento importante, porque más fácil que transportar un barómetro a una montaña es transportar una olleta y un termómetro, con el complemento de ser menos grave la rotura de un termómetro que de un barómetro. Dedujo un coeficiente lineal que le pareció funcionar para la determinación de alturas entre Popayán y los cerros vecinos. Y descartó la medida del Patía, porque se le salía de la relación lineal. Nunca tomó temperatura de ebullición al nivel del mar, auncuando el termómetro está graduado a partir de ese dato. Si él hubiera tenido en comparación los datos de Popayán, la Herradura (en Quito) y a nivel del mar, y hubiera conocido un poco más de matemáticas, él hubiera obtenido una relación cuadrática, con ecuación de segundo grado, o logarítmica. Pero él sabe que la presión barométrica y las alturas tienen relación logarítmica que cita en sus libros, pero nunca la aplicó.

Si Caldas consigue la solución con una ecuación de segundo grado, se hubiera consagrado, porque no había posibilidades que en Europa la encontraran por las oscilaciones tan fuertes en las zonas templadas.

Caldas le mostró ese descubrimiento a Humboldt, quien trató de engañarlo diciéndole mentiras. Le dijo que ese problema lo había tratado Saussure en Suiza encontrando que ese coeficiente no era válido. Humboldt ve a Caldas unos días después y le dice que le mintió. Ferdinand de Saussure lo que planteó fue la relación entre la temperatura ambiental y la altura. Pero Humboldt le insistió que el coeficiente encontrado por Caldas estaba descartado. Caldas se confundió y desistió de seguir trabajando en el tema. Sinembargo le había enviado copia del trabajo a Mutis.

– ¿Qué relación conservas con la literatura, en especial te pregunto si pudiste concretar un vieja idea tuya de hacer antología de la poesía de León de Greiff para una distribución muy amplia?

Esa antología nunca se hizo. Y en Colombia nunca se hará. En la Cuba de Castro hicieron una antología de León, con un tiraje de diez mil ejemplares en la primera edición, tiraje que en Colombia jamás hemos visto.

Aquí vino un poeta ruso, de familia turca, Serguéi Goncharenko, que hizo traducciones al ruso de la poesía de León de Greiff, con publicación los domingos en un diario, en edición de millones de ejemplares. Y aquí se han publicado unas antologías de cinco mil ejemplares.

La Universidad Nacional en Bogotá publicó en tres tomos la obra poética de León de Greiff, con la dirección de su hijo Hjalmar, que es la mejor edición.

Esas ediciones masivas de Cuba y Rusia me han llevado a pensar que en Colombia deberá hacerse algo similar.

Otra cosa que yo me encontré aquí es que en la librería francesa, sucursal de Chapinero, había un señor de apellido Vélez, hijo de Martín Vélez. Y mi hermano Gustavo conoció a un ingeniero que era hijo de Toño Duque,… personajes del “Relato de Ramón Antigua”: “En el alto de Otramina/ ganando ya para el Cauca/ me topé con Martín Vélez/ en qué semejante rasca,/ me topé con Toño Duque/ montado en su mula blanca,/ me topé con Mister Grey/ el de la taheña barba:/…”

– Vuelvo al tema de tu relación con la literatura. ¿Qué autores y obras te han quedado en cercanía?

Nunca he sido adicto a la literatura. “La montaña mágica”, de Thomas Mann, la aprovechaba para leer capítulos en la noche hasta dormirme, sin conseguir leerla toda. “El otoño del patriarca”, de Gabriel García-Márquez, se me hizo tan complicado el primer párrafo que no seguí. Tuve mucha literatura española. Ahora me he metido mucho con el idioma español, porque hago parte, como delegado de la Academia de Ciencias, de la comisión que estudia el vocabulario técnico en la Academia de la Lengua, y estamos trabajando el vocabulario técnico ambiental, con revisión que va en la letra “c”. Se revisa una primera selección que había hecho el delegado anterior Santiago Díaz-Piedrahita, a quien remplacé por su muerte inesperada.

– ¿Cómo ves la situación de Colombia y del mundo en la actualidad?

Situación bastante precaria, porque Colombia es un país que no aprovecha las llamadas “ventajas comparativas” que son el Sol y el Agua. Deberían conservar la vegetación de territorios donde se da el agua. Es decir, el país debe “despotrerizarse”. El primer ministro de Agricultura del gobierno Santos, Juan-Camilo Restrepo, dijo que la tercera parte de los potreros debería dedicarse a la producción de alimentos, porque el país está consumiendo dulces mexicanos y frutas chilenas. Yo agregaría que otra tercera parte debería regenerarse con bosque de especies nativas, de maderas finas, con el fin de que en 30 o 50 años Colombia sea una potencia maderera, explotando racionalmente los árboles que se siembren en esos potreros. Y la tercera parte debe dedicarse a la ganadería forrajera, no de potrero; con el ganado en establos y mucha gente en la recolección del forraje. Por consiguiente, todos los potreros quedarían reforestados, menos los de la agricultura alimenticia. En 20 o 50 años va a haber una crisis fenomenal de agua en el mundo. Pero muchas vertientes hidrográficas en Colombia han sido compradas por multinacionales, y en ese tiempo el agua que uno consuma habrá que pagársela a una multinacional, cuestión absolutamente ridícula. Dicen que la mitad de la Sierra Nevada es italiana, y la otra mitad francesa.

El ideal entonces sería que desaparezcan del país las multinacionales, y que se reforeste de manera sistemática, bajo el criterio de la tierra ser para los campesinos, y no para los terratenientes.

La conversación con Arias de Greiff puede ser interminable. Su esposa Inés nos insiste y aguarda para que pasemos al comedor a compartir un Té. Yo le propongo a él que pongamos un punto y coma en el diálogo, a lo que responde: no, más bien pongamos un punto y Té. Y sentados a la mesa se sigue la conversación, con obsequio al final de separatas de publicaciones suyas, las cuales recogió de su biblioteca en el segundo piso, ubicadas en arrume en la parte inferior de uno de los estantes. Ágil para subir y bajar, con seguridad y cuidado.


Jorge Arias de Greiff, su esposa Inés Villa y CER (Bogotá 2014)

Repasando la entrevista, se comprende que no le faltó razón a su hijo Eduardo Arias (biólogo/músico: bajista/periodista), Jorge sigue siendo todavía hoy una caja de sorpresas. Y agrega que pasados los años, “el conocimiento por la historia política lo ha convertido en un librepensador muy radical y crítico del poder.” (“El Tiempo”, 18.VI.2014)

Nos despedimos con un “hasta luego” y cálido abrazo, ya entrada la noche, con la esperanza de volver pronto a encontrarnos para disfrutar de la vida en sabiduría y en el gozo de compartir, incluso críticas demoledoras, con ironía risueña, al modelo imperante en la economía, en la política y en la educación.


Residencia del científico/académico Jorge Arias de Greiff en Bogotá

 

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Edición No. 172