Cargando sitio

«El viaje triunfal»: los cruzados de la palabra

Eduardo García-Aguilar (Manizales, 1953) culmina su trilogía de novelas con El viaje triunfal (1), primer libro del caldense publicado por un sello colombiano: Tercer Mundo editores, 1993; pues, todas sus anteriores obras vieron la luz editorial en México, incluso las novelas Tierra de leones y Bulevar de los héroes, única novela latinoamericana finalista en el premio internacional Plaza y Janés en 1987. Las tres tienen preocupaciones formales similares y se inscriben en el particular escenario de una ciudad andina de principios de siglo, dominada en sus paisajes por la arquitectura republicana y en el lenguaje de la exacerbación modernista.

La ficción narrativa de García-Aguilar tiene, sinembargo, un breve esguince temático y estilístico, cuando en Cuaderno de sueños rinde culto a la herencia borgiana y le cede al lector relatos breves, de singular corte imaginado, donde sus personajes juegan su inmortalidad entre la ternura y el exotismo, como aquella Teresa von Hälfte que amamanta centauros con sus lágrimas, después de muerta,  o como la historia del último hippie, Glendenen, que renuncia a la escritura de su obra maestra para sumergirse en las heladas aguas del Pacífico, bajo uno de los puentes de San Francisco.

El viaje triunfal es una novela más madura que escoge como personaje a la misma literatura en una serie de facetas que se hacen patentes a lo largo y ancho de las páginas de esta obra, cuyo proyecto creativo obtuviera en 1989 el Pemio Ernesto Sábato de Proartes.

La literatura se convierte en sujeto y objeto del mundo imaginado del escritor manizalita, como vocación de su personaje principal, el sibarita y trotamundos poeta Arnaldo Faría Utrillo, quien desde adolescente acepta el grito de la sangre y sigue el mismo camino de su madre, la poetisa Ana Malo. Por eso, la voz del bardo no duda en declarar: “Yo también estudié en el San Bartolomé, pero fui expulsado por amar la literatura. Desde entonces, amigos, ejerzo el sacerdocio de la palabra y lo ejerceré hasta la muerte…” (45)

La resonancia del texto novelístico, además del juramento anterior que adopta los hábitos de la palabra, golpea contra hitos culturales y arquetipos del verbo como Rubén Darío, José Asunción Silva, D’Annunzio, Nietzsche, Leopardi, Huysmans, Vaconcelos, Díaz Mirón, Herrera y Reissig, Valencia y toda una estela de luminarias del verso y de la narración que cruzó el firmamento del agonizante siglo XIX y del balbuciente siglo XX.

Pero, el encandilamiento que sufre la generación de Faría Utrillo frente al esplendor de los clásicos modernistas y los pioneros de la vanguardia de entre guerras, no permanace en el simple discurso vano, especulativo, inspirado de íntimos goces estéticos. El impacto de la palabra va más allá y se entroniza en las Repúblicas Gramáticas, donde los presidenciables ascendían al solio del Libertador impulsados por el verbo encendido. Entonces, aparecen los símiles de los otrora gloriosos grecoquimabayas, personificados en los Aquilinos, Los Camélidos y Los Leopardos que conmovieron las columnas jónicas y dóricas del parlamento. Es, con toda contundencia de la voz tonante, el acto perlocutorio del lenguaje, según Austin, y que rescata el sutil medio que les sirvió a algunos intelectuales de la historia patria para hacerse a las riendas del poder, como sucedió con Marco Fidel Suárez, Miguel Antonio Caro, Rafael Núñez; circunstancia que parece en los textos oficiales de la historia una simple coincidencia, pero que requirió de la ficción para contarle al lector lo que en realidad ocurrió.

La novela propone, en medio de las ambigüedades, un homenaje a las generaciones del modernismo y de las vanguardias de postguerra. Los contemporáneos del poeta Faría Utrillo sienten el peso de la influencia y aceptan la deuda en letras de no cambio: “Muerto Silva, debemos buscar ahora a Rubén Darío” (64). Pero la disidencia fragua entre líneas el parricidio.

Y es así como se desliza en los pliegues de la ficción, la sombra del autor real, es decir Eduardo García-Aguilar, al legarle a Arnaldo Faría Utrillo, la autoría de uno de sus libros, aquel con el cual aspiraba romper las cadenas de sus antepasados. “Va a ser algo nuevo, algo así como una novela de fragmentos sin una historia tradicional al estilo naturalista; mi obra será el testimonio de ese desmoronamiento” (143).

La necesidad de atacar la efervescencia del pasado y construir mundos coherentes con el histórico que vive, funciona en el proyecto novelístico de Faría Utrillo como elemento cómplice de la propuesta de sus hermanos de herejías literarias. Los Fundidistas. Por eso, el desbordado cauce termina en “¡El rito sáfico! ¡El sacrificio del cisne! ¡Rubén Darío se hubiera enloquecido!” (312).

La hemofílica escena reproduce lo que Enrique González Martínez (1871-1952) hizo cuando remplazó la evasión que significaba la voluntad esteticista  del cisne, por la mirada escrutadora sobre las cosas del búho.

El grecoquimbayismo refleja esa forma de ser caldense de las primeras décadas del siglo XX, sobre todo la de los hijos de la burguesía cafetera que viajó por el Viejo Mundo y distrajo su ignorancia en los textos clásicos, latinos y griegos, que sus herederos devoraron y asimilaron como nutriente intelectual, a falta de una literatura nacional, y por qué no, debido al prurito extranjerizante de esta clase emergente. El verbo encarnó en las breñas cafeteras y hasta se abrió paso en la Atenas Suramericana, despreciada por el chileno Torres Rioseco.

Aun hay quien sostenga la vigencia del estilo florido del grecoquimbaya, y entonces, acomode la interpretación ideológica de esta novela al tributo de admiración que García-Aguilar sí le rinde al Modernismo y a la Vanguardia. Por supuesto que el grecoquimbayismo es, a largo y corto plazo, un Modernismo resucitado en la capital caldense, Manizales, o La Enea de la ficción en la trilogía del novelista. Sinembargo, la parodia no resiste tanta benevolencia y menos cuando hallamos alusiones como esta: “Los Aquilinos, como en realidad eran, seres cuadrados con gestos de una espantosa ridiculez que hacían fluctuar entre la raza de tapires y los macacos” (166).

En lo que sí existe coincidencia literaria, es en la solidaridad del narrador con todos estos grupos de políticos doblados de escritores que al final no sabían que amaban más, si la palabra que los hacía centro de atención social o la golosina del poder que podían saborear, gracias al talento de Demóstenes subdesarrollado que obnubilaba a los parroquianos de entonces.

De algo si no cabe duda: la novela De sobremesa de Silva es una presencia intertextual viva en el cuerpo de El Viaje triunfal. Ambas novelas finiseculares, que ofrendan en los altares del crepúsculo, serán comparadas sin remedio, aunque se distancian en algunos aspectos. En efecto, las dos ficciones son el resultado de sendos “literatos hasta la indecencia”, ambientadas en espacios cosmopolitas, exóticos; preñados de alusiones autorreferenciales, protagonizadas por poetas idealistas, románticos. Sinembargo, la obra póstuma de Silva es más arriesgada en la forma, aunque en el estilo, el barroquismo de los adjetivos y los camafeos sean más moderados en García, cuyo narrador se contamina, en veces, del mismo estilo que parodia.

 Finalmente, tanto Silva, como García-Aguilar, ratifican su fe en la literatura, al situarla como la rompiente de la angustia y de la incertidumbre que acosan al hombre al cierre de toda centuria.

___________________________________________

(1) García-Aguilar, Eduardo. El Viaje triunfal. Tercer Mundo Editores. Bogotá. 1993. 317 páginas.

 

Compartir:
 
Edición No. 173