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El bazar interminable: crónicas parisinas

Mi obsceno París literario

Trabajo en la Plaza de la Bolsa, a pocos metros de donde vivió Simón Bolívar en dos ocasiones en 1804 y 1806, en tiempos de Napoleón. Por ahí, a dos cuadras, Stendhal escribió Rojo y Negro y sufrió un desmayo que lo dejó tirado en la calle. Esa era la zona financiera y el sector de la poderosa prensa coludida con la plutocracia descrita por Balzac, Zola y Maupassant. 

 A dos cuadras mataron al socialista Jean Jaurès y al lado publicó Emile Zola su famoso Yo acuso en protesta por la condena al militar judío Dreyfus en el diario La Aurora. Uno puede caminar ahora por los mismos lugares por los que ellos paseaban y la diferencia es poca. Por esta zona, orilla derecha del Sena, están los famosos pasajes del siglo XIX, sobre los que escribió el autor judío-alemán Walter Benjamin. Los grandes multicentros de tiendas y cafés lujosos de la época eran pasajes que cruzaban de una calle a otra y en el interior había cafés, almacenes, sitios de encuentro, cortesanas, y eso está detallado en la obra de todos los escritores del XIX.

Es delicioso caminar por París y poder leer esas obras y encontrar que las mismas calles están como si no hubiera pasado el tiempo. Encontrarse con la placa de Molière, que vivió y murió aquí cerca, o con las dedicadas a César Vallejo y al gran viajero Bougainville es lo más natural del mundo. Es una ciudad literaria y lo literario es aquí hibernal. En París la obra literaria de todos los autores ha estado marcada por el invierno, el hielo, la tuberculosis, la mugre de Los Miserables de Víctor Hugo o Jules Vallès. Gérard de Nerval, el autor de “Aurelia” y otros decadentes como Maupassant fueron prácticamente aniquilados por el invierno, el frío y la tuberculosis, la sífilis y la depresión neurasténica reinante a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En las habitaciones y oficinas la calefacción era precaria en ese entonces, mientras hoy se vive en casas con clima equilibrado y en los cafés se instalan aparatos que posibilitan estar afuera, sentado, tomando vino o cerveza sin tener frío, pero los autores del XIX y otras épocas sí sufrían de una forma terrible el invierno y de ello morían.

Me agrada andar por las calles de Saint Germain-des-Prés, epicentro de la vida literaria donde estuvieron presentes Joyce, Beckett, Camus, Hemingway, Sartre, Simone de Beauvoir y Roland Barthes y sobre todo los escritores latinoamericanos. En los años 20 y 30 París era el centro de la literatura latinoamericana, con autores tan importantes como los peruanos César Vallejo y los hermanos García Calderón, el guatemalteco Miguel-Ángel Asturias y el mexicano Alfonso Reyes. Hay placas que ellos colocaban con ceremonias para celebrar a los latinoamericanos que los antecedieron como el gran nicaragüense Rubén Darío, el colombiano Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que vivieron en París en la transición del siglo XIX al XX, en tiempos del viejo Paul Verlaine.

París hoy es mucho más cosmopolita que antes. Hay barrios paquistaníes, indios, chinos, rusos, árabes, africanos, judíos, de modo que también me encanta caminar por el mundo popular que nos transporta hacia el Extremo Oriente, Oriente Medio, África y la Europa Oriental como si uno hubiera tomado un avión hacia esos lugares. Hacia el norte de la ciudad, cerca de las estaciones ferroviarias del Norte y del Este, por Belleville o Montmartre, donde viven árabes, tailandeses, sirlankeses, japoneses, judíos, africanos, la ciudad es una urbe semiproletaria donde se hablan todas las lenguas y se lucen las más extrañas prendas, lo que contrasta con los barrios de la perfumada burguesía mundial, situados por Madeleine, Place Vendôme, Trocadero, Passy, Monceau, Saint-Cloud, Boulogne y otros sectores.

Hay cuatro épocas fundamentales de la literatura latinoamericana parisina. Primero el modernismo con Rubén Darío, Gómez Carrillo, José María Vargas Vila y otros latinoamericanos que vivieron intensamente cuando estaban vivos Verlaine y Mallarmé. Luego viene la generación de entreguerras en los años 20 y 30, cuando todos los escritores latinoamericanos venían a estudiar como el joven Asturias o a hacer diplomacia como Alfonso Reyes. Más tarde viene el “boom” latinoamericano en el que estuvieron presentes García-Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Severo Sarduy, Julio-Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce-Echenique, Mario Vargas-Llosa, y como diplomáticos y vedettes activas Octavio Paz y Carlos Fuentes. Y en la actualidad vive una vasta generación de autores latinoamericanos de todas las nacionalidades.

 Los escritores latinoamericanos malditos no vivieron tan mal como dice la leyenda. César Vallejo no vivió tan triste y pobre como se cuenta bajo el frío y la lluvia de París “con aguacero”. Su tumba está en el cementerio de Montparnasse, rumbo de fiesta en tiempos de entreguerras. Todos vivieron momentos muy felices porque había vino y fiesta y eso en todos los casos, desde la generación de Rubén Darío, a la de Asturias, y a la de García-Márquez, que se queja de su etapa parisina, pero se la pasaba de rumba tocando y cantando en los bares de Odeon al lado del artista venezolano Soto.

Los que vivimos ahora en esta primera década del siglo XXI somos los escritores más felices de todas las generaciones, a salvo de la tuberculosis y la sífilis y la soledad. Vivimos en una jaula de oro y con la alegría de que la literatura latinoamericana ha pasado de moda. Ya no somos los exitosos personajes folclóricos de antes, sino que entramos a la era cosmopolita donde cada esquina del mundo es el mundo mismo y París un obsceno lugar literario cargado de fantasmas del pasado que chillan desde sus frías mazmorras de gloria.

Vivir en París en el siglo XXI

Aquí vivo y he vivido. París para mí es el centro, la matriz, el lugar amniótico donde me siento a salvo. Porque soy extranjero, que es el estatuto que más amo, me diluyo en esa increíble variedad de habitantes de todos los orígenes, de todos los rincones del planeta, de todos los mestizajes, pobres, ricos, miserables. Aquí llegué de 20 años, aquí estudié, aquí aprendí a vivir, a conocer el mundo, a relacionarme con gente de todos los colores y tendencias y aquí he vivido los momentos más felices y los más terribles de mi vida. París está marcada en mi piel. Es mi hábitat animal en el más profundo sentido de la palabra, es mi zoológico personal, mi jaula propia. No porque sea bella y esté llena de historia, sino porque en ella he vivido la mayor parte de mi vida para bien o para mal.

Llegué a París en abril en 1974 porque la Universidad Nacional de Colombia, donde estudiaba sociología, siempre estaba cerrada por huelgas y disturbios y me sentía asfixiado en ese país arcaico, cerrado y cruel. Además quería conocer el mundo. El primer día decidí guardar las maletas en un locker y caminé todo el día solo. A mediodía me bajé del bus Air France en la explanada de Invalides y vi por primera vez el Sena, el Grand Palais con sus cúpulas verdes de hierro, el Louvre, la emblemática Torre Eiffel, imágenes tan familiares de tanto haberlas visitado en los libros.

Comenzaba la primavera. Acababa de morir el presidente Georges Pompidou. Compré Le Monde y le Nouvel Observateur y empecé a caminar, aunque los amigos franceses que me esperaban estaban preocupados por mi “desaparición”, según me dijeron después. Era un grupo de espléndidos maestros trotskistas, encabezados por Madame Raganaud y su madre, una resistente antinazi comunista, que desde entonces fueron los mejores amigos, a quienes he visto envejecer y morir como una familia. Esa misma semana me mostraron los tugurios donde vivían hacinados como bestias los árabes que llegaron después de terminar la guerra de Argelia. Ahí descubrí el lado oculto de este país racista y que los negros y los árabes eran humillados y discriminados. Y las terribles heridas que habían dejado en los franceses tantas guerras perdidas.

 Pero uno de los años más felices de mi vida los pasé en California, en 1980. Primero en Los Ángeles, donde viví con unas amigas en una casa en Loma Drive, cerca de downtown, el San Bonaventure Hotel y la vieja bliblioteca municipal. En esta última leí por primera vez en inglés Lolita de Nabokov. También estuve en un festival de cine en Century City y ahí vi al gran Joseph Losey. Asistíamos a maratones nocturnos de cine, por ejemplo series de películas de gladiadores o de guerras bíblicas y debates con jóvenes y viejos cineastas. De hecho ahí escribí una crónica para la revista Café Literario que se publicaba entonces en Colombia.  

En la UCLA asistí a una conferencia de Octavio Paz y tuve una primera visión de la cultura sincrética mexicana, pero lo más importante fue descubrir la soledad de los mexicanos y los chicanos, la miseria de los trabajadores inmigrantes. Había playa y rock and roll, pero esa tristeza de los trabajadores, ese culto al trabajo, los salarios de miseria, el dominio del dios automóvil en las autopistas, me impresionaron. Por eso me fui de ahí a San Francisco, donde primero viví en el Hotel Western de la calle Leavenworth, cerca de Market street, con sus chicanos y low riders.

Era un mundo de película, marginal, terrible y maravilloso a la vez. Inmigrantes chinos, camboyanos, filipinos. Droga y miseria en las calles, pero también mucha cultura alternativa. Después viví en una casa en Berkeley, en Virginia Street con unos estudiantes y con amigos entrañables como Arturo Escobar, Susana Cabrales y Margarita Restrepo, viví una vida de balneario bronceándonos en Lake Anza y montando en bicicleta por la Bay Area, junto al Golden Gate. Berkeley todavía vivía las remanencias del hippismo y en los bares uno podía de repente ver a Carlos Santana o a su hermano haciendo solos de guitarra o grupos punk como Dead Kennedys. Además trabajé para el censo de Estados Unidos todo el año y ahí tuve oportunidad de conocer a mucha gente de los exilios y las diásporas. Era cerca del puerto, por Van Ness street, junto a esas calles hermosas por donde cruzaban los tranvías. San Francisco es inolvidable, el París del Pacífico. Una ciudad sísmica que fue destruida en 1906, anclada en una arquitectura victoriana y en la modernidad de los rascacielos junto al mar.

Hubo un momento en que a pesar de vivir en ese extraño paraíso que era San Francisco, sentí la necesidad de volver a un país hispánico que no fuera Colombia y donde pudiera escribir y publicar en revistas y periódicos y emprender la escritura de unos libros. Estados Unidos es muy pragmático, todo el mundo habla de dinero, ahorrar, trabajar, acumular y ese no era mi objetivo. Tenía hasta dos cuentas de banco, una en California Savings y otra en Bank of America. Entonces de un día para otro compré el boleto barato en el vuelo de Mexicana llamado Tecolote o La Lechuza, avión nocturno donde regresan los inmigrantes y me fui a México Distrito Federal. La primera semana me presenté en Excélsior con don Edmundo Valadés, el amigo de Juan Rulfo y director de la revista El Cuento, y le dije que quería escribir allí. Me pidió dos artículos de muestra. Desde entonces he sido columnista de Excélsior y de otros medios mexicanos. Pero después de mucho tiempo de vivir en México, era necesario volver a cambiar y regresar a una Europa que de nuevo es una incógnita, después de la caída del Muro de Berlín.

Como viví mis años universitarios en París en una década espléndida de cambios y revoluciones, quería volver a vivirlo ya “grande”, adulto, con un trabajo fijo y ver las transformaciones de la ciudad y su gente. Ha sido una experiencia comparativa muy interesante. De hecho tengo un libro inédito de crónicas sobre París en esta primera década del siglo XXI, que no tiene nada que ver con el París de los años 70.

Ahora es otra cosa. Antes los edificios estaban cayéndose y no los habían limpiado desde el siglo XIX. Ahora es un museo, todo lo limpian y lo renuevan cada año, cada esquina, monumento, estatua, gárgola, lo pulen día a día. Es un inmenso museo o un escenario para los 60 millones de turistas que vienen cada año. Y además volví porque amo la literatura francesa de todos los tiempos y los libros de ocasión son baratos y hay miles de actividades culturales fascinantes. Frecuento los barrios de extranjeros, negros, paquistaníes, chinos, indios y asisto a sus fiestas multitudinarias como la que se hace en honor del dios elefante Ganesha o las fiestas anuales de los chinos.

Trabajo en la Agence France Presse, a donde entré en la oficina de México en 1986. Ahora estoy en la sede, a una cuadra de donde vivió Bolívar en la rue Vivienne en 1804 y 1806 y al lado de donde Stendhal escribió El rojo y el negro, mataron a Jean Jaurès y donde estaban los periódicos históricos del siglo XIX, en ese ambiente periodístico tan bien descrito por Maupassant en Bel Ami o por Balzac en Esplendor y miseria de cortesanas.

Aquí a dos cuadras estaba el diario La Aurora donde Zola escribió el famoso Yo acuso. Para mi ha sido una gran experiencia haber trabajado gran parte de mi vida en esta agencia que es una de las tres más importantes del mundo al lado de Reuters y AP. Aquí he aprendido y sigo aprendiendo mucho. En este momento estamos todos trabajando con la revolución en los países árabes. Es un trabajo agitado y emocionante, colectivo, que mantiene en circulación el cerebro. El resto es literatura y arte. Caminar y tomar vino con los amigos en las barras de los bistrots. Y deprimirse y sufrir terribles gripes y otitis en invierno.

París es una ciudad muy cara, especialmente después de la llegada del euro. Para vivir correctamente aquí hay que tener un trabajo estable y cuidarse mucho de no derrochar el dinero en los bares y restaurantes, que son inmensamente costosos. Hay que ser administrador de sí mismo, siempre pendiente de pagos de facturas, impuestos, y requerimientos de todos los tipos.

Francia es un país muy burocrático, lleno de papeleos, hay que estar siempre con carpetas a la mano y no descuidarse un instante porque si se olvida uno de enviar un correo, puede entrar en una verdadera dinámica kafkiana. Cada día aumenta la precariedad, hay mucha pobreza oculta y una soledad impresionante, hay miles de indigentes, personas que pierden el empleo o se divorcian o enviudan y entran en una espiral implacable de marginación, pierden todo, el sistema los tritura, los vuelve marginales.

A esos cientos de miles que caen en esa espiral los ayudan muchas instituciones caritativas como los Restaurantes del corazón o Emmaús, que sirven millones de comidas diarias para dar de comer a pobres, ancianos, jóvenes, niños, inmigrantes que medran en todo el país escondidos en sus precarios alojamientos o en la calle y debajo de los puentes, entre el frío y la soledad. Pero hay mercados y lugares donde se consiguen cosas muy baratas y supermercados como Leader price, donde compran los pobres, los desempleados y la clase media a bajos precios.

Hay temporadas en que voy mucho a cine. No a ver novedades de Hollywood, que me interesan poco, sino cine de arte asiático, europeo o latinoamericano y en especial a ver películas con temas parisinos, filmes que desde los tiempos de la nouvelle vague son íntimos y trabajan el laberinto del deseo, la asfixia y el hastío. También desde que tenía 20 años voy a los cines de la rue des Ecoles, en el barrio latino, cerca de la Sorbona, que se dedican sólo a los clásicos de la cinematografia. Ciclos de los años 30, 40, 50 y 60. Ciclos de los grandes directores.

La esquina del cine Champolion es una delicia. Ahí una noche se me sentó en la butaca de al lado Claude Chabrol durante la proyección de una película de Hitchkock. Siempre hay alguna sorpresa que uno no ha visto hace tiempo o nunca ha visto. En lo que respecta a conciertos de rock, voy poco, pero en cambio voy a jams de jazz en la rue des Lombards, en el bar Baiser Salé, o al Caveau de la Huchette, que existe desde los tiempos de Miles Davis y a escuchar música popular francesa en Pigalle en Les Noctambules. Y voy a conciertos de mitos o leyendas como la gran Juliette Greco, la existencialista, que todavía está viva y bella. Ahora hay conciertos de rockeras de los viejos tiempos, como Mariane Faithfull o Pat Smith, por ejemplo. Pero se necesita mucha plata y mucho tiempo para ir a todo eso.

De famosos, lo increíble es que uno se los cruza por la calle a todos. Por ejemplo, me he encontrado con Catherine Deneuve en alguna barra en la rue Saint Honoré, donde toma un café con su novio, cubierta por gran abrigo de piel. Otra vez me crucé con Denis Hopper, al lado de una modelo que doblaba su estatura por Palais Royal. En mis tiempos de estudiante vi una vez en Saint Sulpice al mítico Papillon y en un café de Saint Michel vi como nos miraba con lascivia a mi y a mi amiguita de entonces el poeta Louis Aragon, cuando ya anciano y viudo, tras la muerte de Elsa Triolet, tenía el pelo largo y estaba a la deriva desatado en sus años finales. Decían incluso que se había vuelto homosexual. Por supuesto en 1979 vi babeante a Jean Paul Sartre llevado del brazo por Simone de Beauvoir en el cementerio Père Lachaise, en el entierro de Pierre Goldmann, mientras tocaba congas Azuquita. Y era fácil ir a cursos y ver por ahí a Roland Barthes, Louis Althusser, Jacques Lacan, Michel Foucault, en esos inolvidables años 70.

 También cuando trabajaba en L’Express en 1975, entregando las prendas a las modelos para las sesiones fotográficas, en la sección Madame Express, vi llegar a Alain Delon joven, en pleno apogeo, ante la histeria de todas las empleadas de esa revista que casi se desmayaban a su paso. También tuve la fortuna en 1978 de conocer y hablar con Julio Cortázar en Toulouse y perseguirlo y escrutarlo durante tres días, cuando sólo salía con la cantante de protesta y novelista colombiana Alba Lucía Angel. Y recientemente estuve en casa de Edgar Morin, que es el lúcido patriarca nacional de la filosofía y el pensamiento en estos momentos en Francia. Me llevó en su carro por Normandía. Me ofreció tequila. Nos tomamos fotos. Me contó su vida y su amistad con Breton. Tiene 87 años y parece de 30. Es un tipo espléndido.

Los domingos, cuando no trabajo, porque la France Presse nunca para, mi mayor placer en la mañana es ir a un típico mercado sobre ruedas donde hay productos y cosas traídas de todas las regiones del campo y la gente se agita para comprar quesos, productos marinos, verduras, carnes, platillos y objetos domésticos, flores, especias, pan y ropa barata de muy buena calidad. Es el campo que se desborda en todas las ciudades y pueblos los domingos, un campo que tiende a desaparecer por la industrialización agraria en el marco de la Comunidad Europea. Ahí uno se libera del odioso supermercado. Es una feria, una alegría, hay música, militantes que reparten hojas, vendedores de periódicos, loquitos, humoristas, todo puede ocurrir ahí. En la tarde me gusta ir a un mercado de pulgas, llamado Brocante, donde chécheres viejos, ropa, objetos, muebles, libros, se extienden por cuadras y cuadras, y donde uno puede encontrar cualquier sorpresa, incluso, por qué no, un Rembrandt por un euro. Cartas viejas, postales, bibelots, libros. Eso es lo que más me gusta. A veces sueño que en uno de esos mercados de chucherías encuentro todas mis cosas personales y objetos que tenía en mi estudio de Buttes Chaumont, cuando era un muchacho en mis 20 años. Es un sueño cíclico. Por fortuna guardo muchas cosas de esa casa como una máquina Underwood de 1909.

Vivo en la Place d’Italie. Cuando empecé el curso de francés de la Alianza Francesa, a los 15 años, lo primero que aprendí era que Monsieur Thibault vivía en el número 13 de la Place d‘Italie. Y bueno, aquí estoy en la Place d’Italie, cerrando el ciclo de lo que aprendí en el primer curso de francés. Me gusta mucho el lugar porque está muy cerca de la calle más bella de París, que es la medieval rue Moufettard y del barrio latino, a donde voy caminando. También está cerca de un nuevo polo moderno y universitario creado alrededor de la Biblioteca Nacional de Francia.

Bajando por un lado, a cinco cuadras, están el río, los muelles, los barcos-peniches donde hay espectáculos, bares y conciertos. Por el otro lado está el maravilloso Jardin de Plantes, donde se sitúa el cuento Axolotl de Julio Cortázar. Y al frente está la entrada al gran hospital La Salpetrière, donde trabajó Charcot y murió Lady Di. Por ahí transcurre gran parte de Los Miserables de Víctor Hugo. También por aquí está el barrio chino. A tres cuadras vivieron Chou En Lai y Ho Chi Minh, más abajo, en Avenue d’Italie, Günter Grass escribió el Tambor de hojalata, y  a dos cuadras murió Jean Genet. Es mi barrio. En todos lo cafés y bistrots me conocen. Desde las ventanas veo toda la ciudad en panorámica, porque vivo en un piso 12 de un sólido edificio moderno construido en 1969. A veces regreso al pie del trabajo: cruzo el Palais Royal y Pont des Arts, tomo la vieja rue de Seine, llego a Odeon, subo por Saint Michel hasta Panteón y de ahí bajo luego por Moufettard hasta llegar a la Place d’Italie.

Del lado del glamour, París es una ciudad cosmopolita. Entonces los parisienses y las parisienses son de todos los orígenes, etnias y clases y se dan unas bellezas escalofriantes, desde blancuras prerafaelitas hasta mestizajes exóticos de todos los matices. Se es parisiense cuando poco a poco la gente va adquiriendo ese glamour tan especial, que hace que con un simple jean y una camiseta, un foulard y una chaqueta de cuero, o un saco simple, la persona se ve espléndida. Hay un arte en la mezcla de los colores, que es muy especial, además del perfume, que también es muy preciso y tiene significados profundamente eróticos.

Ahora, el parisino o la parisina, negro, asiático, árabe, eslavo, es discreto, no es bullicioso, la gente deja la efusividad para la intimidad. Hay un gran sentido de la individualidad y la discreción. Un temor de invadir y violentar al otro. No es bien visto abordar o dejarse abordar por desconocidos como sí ocurre en otros lugares el mundo. Los parisinos son depresivos en invierno y hedonistas en verano. La gente suele vivir sola y muchas parejas viven cada quien respectivamente en sus lugares. Como en todas partes del mundo viven aventuras secretas en hoteles anónimos. Pero el parisino también es el clochard, que ahora se llama SDF (Sin domicilio fijo), los marginales, los ancianos solitarios, la gente abandonada que duerme en la calle, huele mal y está cubierta de llagas. Muchos están deprimidos y no pueden amar ni besar. La soledad es la reina. El amor, el deseo, milagros súbitos. Las parisienses son bellas y terribles.

Hasta ahora París es una de las ciudades más conservadas y cuidadas del mundo y pese a todo una ciudad fascinante y múltiple. Pero como toda ciudad está llamada a desaparecer y ser una ruina hundida en un desierto como Nínive y Babilonia, Atenas, Troya, Karnak o Tebas. Por eso no me arrepiento de este largo periplo, pese a las incógnitas que genera el viaje permanente. Y este es un testimonio parcial de lo visto y lo vivido en esta primera década larga del siglo XXI, de 1999 a 2015.

La invasión de los turistas

No hay nada igual a los atardeceres en Pont des Arts para los suicidas y los turistas. A principios de julio las calles comienzan a llenarse de viajeros y todas las lenguas se escuchan en las esquinas de los bulevares, el metro, los cafés. La ciudad se vuelve una infernal Torre de Babel. Y París, la noble, la inevitable, la cursi, la profunda, la obscena, la triste, empieza a decir con altavoces: « Dejad que los turistas vengan a mí ». En invierno, por el contrario, podría decir « dejad que los depresivos y los suicidas vengan a mí ».

París alterna sus canículas fugaces con días de lluvia y fríos súbitos. Y al final de la tarde cae de repente un sorpresivo aguacero torrencial y todos se quedan con las ropas ligeras de verano tiritando de frío, debajo de las carpas de los bistrós, en los umbrales de las puertas de las tiendas, tosiendo sin sombrillas, en ridículos pants, sandalias y T-shirt.

Los viejos habituados saben que ese sol maravilloso que hace desempolvar las vestimentas ligeras de algodón y los lentes oscuros, e incita a muchos fanáticos a tirarse a lo largo de la ribera del Sena en traje de baño, es un amigo caprichoso y huidizo incluso en el clímax veraniego de agosto. Y a medida que huyen de la capital sus habitantes de todas las nacionalidades y razas, los alegres turistas lo invaden todo. Vienen de todas partes del mundo, muchos en nueva romería, otros por primera y tal vez última ocasión, como lo expresa su entusiasmo en devorarse cada una de las calles, plazas y monumentos.

Los inefables japoneses tomarán fotos de todo lo que encuentren a su paso, los latinoamericanos adinerados con sus familias en pleno rondarán por los grandes almacenes, siempre cargados de bolsas, los estadounidenses vestidos de safari trotarán sin descanso, grupos de familias de India o Indonesia harán bullicio en torno a las puertas de los hoteles, mientras ancianos jubilados europeos traídos en autobuses descapotables observarán con mansedumbre y tal vez por última vez la ciudad de sus sueños. Gordos, calvos y panzones alemanes o gringos tratarán de ponerle conversación a jóvenes y bellas españolas provincianas que brincotean por las aceras y huyen de su tufo a cerveza y salchicha. En Lido, Crazy Horse y Folies Bergeres el mal champán, a precios astronómicos, recibe a los incautos turistas.

París parece adaptarse con paciencia a la obligación de cumplir la función fundamental de su existencia: ser un museo viviente, lugar de clichés, escenario de símbolos, mitos y leyendas fraguados a lo largo de siglos de historia y que ahora ha sido devorado por la industria turística. La ciudad sabe que en julio, antes de las fiestas nacionales, todos sus habitantes se prepararán a dejarla en manos de la horda turística mundial, pero que para la primera semana de septiembre habrán regresado llenos de energía para la movida “rentrée”. Y que a lo largo del invierno reinará en todos ellos la depresión y la nostalgia de los amores de verano y los recuerdos de playas y selvas lejanas.

Pero el fenómeno esperado y más significativo, antes de que la ciudad quede vacía en agosto y se cierren cafeterías, tiendas, panaderías, restaurantes, pescaderías, peluquerías y otros sitios públicos, es la temporada de las “soldes”, la fiesta de las rebajas anuales. Señoras y señores, compren, todo es barato cada verano. Los habitantes que se quedan o los que están listos a partir a sus destinos turísticos de ultramar se precipitan a la feria de las “soldes”, la subasta a precio regalado de los últimos “stocks” en “destockage”. Los muy pobres irán a Tati, But, Ikea, Monoprix, los un poquito menos pobres a Printemps, Kookai, Zara, Pimky, Etam, Gap, Celio, Camaieu, C&A, Bazar Hotel de Ville y Samaritaine, los adinerados a las boutiques de marcas de las calles Saint Germain, Champs Elysées y rue Saint-Honoré. La ciudad se  llena de avisos de esa índole por todas partes. En rue de Rennes, calles y avenidas aledañas a Montparnasse, rue de Rivoli, Grandes Bulevares, Champs Elysées, Saint-Germain-des-Prés, Opera, Bastille y Republique las tiendas botan todo por la ventana a precios regalados.

Y mientras los parisinos huyen, llegan los turistas, las estanterías quedan vacías y cierran las puertas de casi todo negocio menor, la ciudad se entrega a sus habitantes temporales con la obscenidad de una cabaretera barata y la inercia de un gigantesco y burdo pastel de ilusiones perdidas.

Reminiscencias de un caminante solitario

Sólo basta caminar por cualquier calle de la ciudad para encontrarse con los rastros fantasmales de los más grandes artistas o personajes de los últimos siglos. De repente, cuando se camina una tarde por la ribera izquierda del Sena, hacia la Gare d’Austerlitz, una placa sorpresiva se atraviesa para decir que ahí, al frente, vivieron Abelardo y Heloísa.

Por supuesto, ya no queda nada de aquel tiempo y el edificio que vemos tal vez tiene sólo 200 años, pero no se puede evitar por un instante reconstruir la vida de hace siglos, cuando el pantano y el bullicio de los vendedores de pescado reinaban en estas riberas sucias untadas de sangre.

Abelardo y Heloísa son personajes míticos, impalpables, pero saltan de repente frente al caminante para recordarle que está en un mausoleo. Que sus pasos suenan en el mausoleo. Y que en el mausoleo conviven Colbert y Henry Miller, Richelieu y Kiki de Montparnasse, el reverendo Bossuet y Mata Hari, Descartes y Louis de Funés, Pascal y Brigitte Bardot.

Si está algo subido de tragos y camina con un amigo, de madrugada, rumbo a la librería Shakespeare and Company, será asustado de repente por la estatua ecuestre de Carlomagno, cubierta por la pátina verdusca del bronce. Espectro temible en la noche, el héroe surgirá con su carga milenaria y espantará con máscara, escudo y espada sobre un enorme caballo del que penden enormes y broncíneos testículos de altiva obscenidad. Y eso junto a Notre Dame, que más parece hoy un enorme pastel tieso que una catedral untada de fieles, tiempo, sangre y muerte. Por ironías de la historia, el último heredero de ese nombre magno es Carlomagno Bokassa, uno de los 29 hijos desperdigados del dictador centroafricano, convertido hoy en un triste clochard que recuerda a sus 29 años, entre la suciedad y el tufo de alguna estación del metro, los fastos de la imperial coronación de su emperador padre, los castillos y los hoteles de cinco estrellas.

El mausoleo nos recuerda a cada instante que por aquí vivieron con siglos de diferencia, y en la misma calle, Giacomo Casanova o Philip Roth, o, al otro lado de la ciudad, dos personajes tan distintos como Simón Bolívar o Colette, Balzac o Flaubert. Y que Pablo Picasso, Ernest Hemingway y Henry Miller recorrieron los mismos rumbos que muchos cardenales o conmovedores artistas del sermón como Bossuet. Libertinos y cardenales, asesinos y santos, poetas y espías, pintores o soldados, músicos de gloria o intérpretes andinos de quena, Danton y Robespierre, Edith Piaf y Jim Morrison.

Al lado de una brasserie de Gobelins la gente hace cola para ver el filme Venus Beauté, y uno se pregunta qué mano anónima habrá construido a fines del siglo XIX aquella curiosa fachada que ahora adorna una estrecha sala cinematográfica de la cadena Gaumont. Tome un pastís de más, afine la mirada, y descubrirá que el autor fue Auguste Rodin, quien habitaba no lejos de ahí y seguía cursos en una de las escuelas artísticas de esa periferia aplicada al arte de los gobelinos y a la artesanía en serie: ángeles, mujeres desnudas entrelazadas, leones, hidras, sepientes, hércules, aquiles, gárgolas de pacotilla, héroes griegos o romanos, sílfides, musas, ninfas para adornar las fachadas de los miles de nuevos edificios construidos durante el auge urbano del siglo XIX.

Camine por la típica calle Mouffetard una tarde cualquiera de abril y ya cerca de llegar al Panteón y a la Iglesia Saint Etienne du Mont, encontrará en el mismo edificio varias placas en francés e inglés donde se dice que allí vivió Ernest Hemingway durante tres años y, escondida, relegada, otra placa dirá que el residente fue, por supuesto, el olvidado Paul Verlaine. Cruce la esquina, pase por el Liceo Henri IV y llegue a la iglesia Saint Etienne du Mont: allí encontrará la adorada piedra de Santa Genoveva, quien según la leyenda acompañó y reconfortó a su pueblo cuando se rumoraba la llegada del temible Atila, hace ya casi 1,500 años. Al frente de esta extraña iglesia podrá internarse en el Panteón para convocar a Víctor Hugo o a Voltaire, o a alguna de las glorias nacionales que duermen en la oscura humedad del sótano. Y si quiere aún más grandeza y más gloria mire a lo lejos y a lo alto la cúpula dorada de los Invalides, donde reposa Napoleón Bonaparte.

Todo en la ciudad está marcado por la pompa de la historia, los himnos y las trompetas del juicio final… pero sólo hasta cuando se nos cruce un excremento de perro y caigamos de bruces envueltos en el ridículo. Entonces el clochard de nariz roja, a carcajadas y con la botella de vino al aire, te recordará que no eres nadie y que ni Pascal ni Bonaparte ni Brigitte Bardot igualan todos ellos juntos la sabia genialidad de uno solo de los millones de perros parisinos.

Au limonaire:  los músicos de la noche

Como es difícil conseguir a estas alturas boletos para asistir a los conciertos de la vieja diva existencialista Juliette Greco, quien a los 71 años regresa a los escenarios de Saint-Germain-des-Prés que la hicieron famosa en los años 50, es necesario, urgente, buscar los antros donde los nuevos cantantes, músicos y poetas jóvenes y pobres inician sus carreras, 40 años después.

Greco es encantadora: de una belleza muy francesa y muy nihilista, Juliette inició su carrera musical en las cavas del barrio latino ganando los aplausos de la misma juventud que ovacionaba a Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Jacques Prévert, Miles Davis y Boris Vian, y que más tarde habría de figurar para la leyenda en la legendaria película Au bout du soufle, con Jean Seberg y Jean Paul Belmondo. Ese era un París moderno por excelencia, en blanco y negro, marcado por la nueva ola, la nueva novela y la nueva canción, una ciudad que daba la espalda a los tiempos de la guerra al ritmo del jazz.

Greco se negó a cantar las canciones de moda cursis que le hubieran dado mucho dinero y contra la corriente prefirió cantar los versos de los poetas de su generación con gracia y sensualidad inigualables. Desde entonces todos los ídolos de los años 50 y 60 han muerto, y reposan en los cementerios Père Lachaise o Montparnasse, pero ella sigue ahí, igual de lúcida e irreverente, con sus faldas oscuras a media pierna cayendo por sus líneas deseables, sus cómodos zapatos bajos y los labios besadores que destrozaron el corazón de generaciones de varones. Al observar los álbumes de fotografía, los filmes en donde actuó, las semblanzas y las emisiones televisivas que reproducen en blanco y negro sus proezas, pocos dudan en reconocer que la de década de los 60, como la de los años 20 cuarenta años atrás, fueron las décadas modernas por excelencia de este siglo que termina.

Pero a falta de Greco y sus históricos conciertos de fines de mayo y comienzos de junio en el Teatro del Odeón, en la ciudad vibra la vieja canción francesa en antros diminutos, pobres, discretos, auténticos, donde pervive la energía y el aroma centenarios de París. Los antros donde se inició Charles Aznavour. Antros donde los jóvenes se reúnen para escuchar la tradicional música de su país, divertirse, comer y tomar vino sin tener que pagar mucho dinero o hacer largas colas, en ambientes carentes de solemnidad y caracterizados por la belleza de esta nueva generación neo-auténtica, neo-hippie, amante de la poesía, las buenas letras y las interpretaciones acústicas en bares cargados de historia.

Estoy ahora con Céline en “Au limonaire” y son las ocho de la noche. El bar queda cerca de los Grandes Bulevares al norte de París, en la Cité Bergère, en uno de los barrios más viejos de la ciudad, no lejos del teatro de las “Folies Bergere”, donde en los años 20 se conoció el esplendor de la negra Josephine Baker. El antro queda situado cerca del Museo Grévin, del viejísimo y popular restaurante Chartier y de los pasajes por donde anduvo Balzac tratando de escrutar la mirada de sus personajes a mediados del siglo XIX. Al bar se llega por un pasaje lleno de grandes hoteles ruinosos y abandonados como el Hotel d’Espagne o el Hotel du Bresil y otros muchos donde vivían seguramente las estrellas del cabaret y sus proxenetas y se hospedaban los turistas de la vida nocturna, y donde, tras la fiesta, la danza, los besos y los tragos, iban sin duda a parar finalmente las parejas para dedicarse al amor y a la pasión. Eso se siente aquí: al ingresar al diminuto espacio viejo los años 20 nos inundan. La barra de madera añeja, las paredes opacas, los espejos, el perfume de las mujeres jóvenes de 1999 con sus faldas largas de primavera, sus rostros, su sonrisa, su naturalidad, nos transportan a la fiesta de un París que se resiste a morir. Hoy el cantante Stéphane Cadet, un intérprete de canciones barrocas, ha invitado a sus amigos músicos: canta Sabine Drabowitch, una Piaf de fin de siglo, acompañada por un acordeonista que parece la caricatura de un marinero de película de Marcel Carné. Luego siguen Nicolas Patout, Arnaut, el explosivo Docteur Luc, réplica finisecular de la bohemia de los 20 con sus hallazgos originales, y Urbain Rinaldi, un sentido cantante de poemas de Víctor Hugo y pianista que hasta antes de pasar al diminuto escenario servía las copas y después el muy joven poeta Loic, compositor que ya comienza a ser conocido por su talento y que recita sus poemas sobre la ciudad y sus suburbios con una intensidad que ganó todos los aplausos. Se diría Baudelaire y Verlaine redivivos: es el París de la pobreza y el trabajo, de los barrios marginados y la muerte, del amor y la desesperanza, y de la crítica a la guerra.

Porque lo increíble es que todos ellos cantan y recitan hoy en honor al arte y a la canción, como ese provinciano de un puerto del norte, François Lemounier, que ha venido a cantar acompañado de su guitarra al aroma de los puertos y la actividad de los pescadores, al perfume del campo francés y de sus flores y sus árboles. Y todos ellos cantan y sirven. A la izquierda hay una negra antillesa más bella y espigada que Josephine Baker, atrás una negra africana cuyo padre es yugoslavo y su madre senegalesa y un poeta cuya madre es argentina y su padre catalán, y hay mujeres de hundidas ojeras, usadas por la felicidad de la vida, o ancianas que alzan el vino, y todos brindan por esa juventud que se va porque en sus rostros que se reflejan en los espejos se ve ya la vejez y la nostalgia y el recuerdo de aquellos lejanísimos años pasados del fin de siglo XX. Y yo estoy ahí ya, habitante del siglo pasado, fijado en un inquietante daguerrotipo. Entre cortinajes negros o violeta, con ventanas cubiertas de cortinitas bordadas por abuelitas, con las mismas sillas y butacones de cuero de hace 60 años, los espejos enormes en la pared, y sin Juliette Greco, que ya es una gloria pero comenzó en un bar como este antes de ser rica y famosa, uno se siente en el remolino de la vida, lejos de la apariencia, de los yuppies, del poder, de la guerra, en un rincón de verdad.

Hay decenas y decenas de bares de este tipo con nombres como Ailleurs, Peniche déclic, Si bemol, Couvent, Chez Adel, Magique, Nemours bock’s, Fleche d’or, Orient express, Coin de rue y Chabou. Y en esos antros uno sabe que París es una ciudad viva, y que detrás de los monumentos y las grandes avenidas, está la vida tan vistosa y rica como a fines del siglo XIX.

Si estuvieran vivos, los maestros estarían felices: Aristide Bruant, Frehel y Damia, Mistinguett, Maurice Chevalier, Tino Rosi, Charles Trenet, Edith Piaf, Boris Vian, Georges Brassens y Jacques Brel renacen cada noche aquí entre el talento generoso de los músicos locos de la noche que aman el arte, la autenticidad y la amistad sobre todas las cosas.

El Muro de Berlín y las tormentas políticas

Después de una semana de sismo político, Francia celebra también la caída del Muro de Berlín, ocurrida la noche del 9 de noviembre de 1989. La imagen del Muro derruido, la alegría de los estealemanes al cruzar la frontera en sus modestos autos, los discursos de personalidades políticas y gente de la calle inundan día a día las cadenas de televisión y las páginas editoriales de los diarios, borrando de súbito el malestar por la renuncia del superministro de Finanzas, Dominique Strauss-Kahn, supuesto implicado en un asunto de corrupción.

Mijail Gorbachov, George Bush y Helmut Kohl salen como fantasmas del pasado y en el centro de Berlín saludan a la muchedumbre, mientras Rostropovich se prepara para un concierto y los estealemanes se quejan del desempleo y expresan decepción por las soñadas bondades de Occidente. Al fondo se ve la puerta de Brandeburgo, donde Rostropovich tocó este martes con 166 violoncelistas de todo el mundo y el grupo de rock Scorpions. Una línea de luz, nos dicen, recorrerá desde el legendario Check Point Charlie hasta el puerto Humboldt en el Spree, tras los rastros del Muro: una celebración histórica para el fin de la partición de Europa tras la última guerra, con la esperanza de que no vengan otras y que la de Kosovo sea sólo un momentáneo mal recuerdo.   

 La tristeza gubernamental francesa es paliada también por la celebración en París del XXI Congreso Mundial de la Internacional Socialista, con representantes de todos los puntos cardinales que saludarán con bombos y platillos los logros del gobierno socialista en Francia y difundirán una Declaración de París para lustre del Primer ministro Jospin. Tony Blair lima asperezas con Jospin, el portugués Antonio Guterres se convierte en el nuevo presidente de la Internacional Socialista y al unísono reivindican las bondades de sus gobiernos, dominantes por el momento en Europa, bajo el lema de la solidaridad. 

 La caída de Strauss-Kahn y la memoria de la caída del Muro de Berlín quitaron protagonismo a la entrega de los premios literarios de otoño. Jean Echenoz ganó el Goncourt, Daniel Piccouly el Renaudot, pero Francia vive todavía bajo el trauma de la sorpresiva caída del idolatrado ministro. El muy inteligente y brillante orador, fumador de puros y gran amante de la mesa, aplaudido al unísono por todos, constituía para el gobierno socialista una figura clave que daba confianza a la comunidad internacional, a los empresarios locales y a la población en general, satisfecha por la próspera situación económica. Desempleo a la baja, facilidades de crédito, alto nivel de consumo, seguridad y buenas expectativas para la célula familiar, crecimiento sostenido, baja inflación, en fin, en casi todo las notas de este robusto hombre de cincuenta años eran satisfactorias, por lo que sonaba para alcalde de París, próximo primer ministro en caso de triunfo de Jospin en las presidenciales del 2002 y mucho después presidente de la República. La sola mención de su posible implicación en los malos manejos de la Mutual Nacional de Estudiantes de Francia (MNEF) por parte de una reducida guardia pretoriana de socialistas ascendentes, lo obligó a renunciar en una dramática declaración que sacudió las esferas políticas, por lo que durante la semana el debate fue en torno al supuesto poder incontrolable de los jueces y al fin de hecho de la presunción de inocencia. 

Francia vive desde la llegada al poder de Lionel Jospin, en 1997, un nuevo episodio de la cohabitación, por el cual un presidente solitario en la cúpula (Jacques Chirac) debe convivir con un gobierno de la mayoría opositora plural. El presidente, convertido en cortador de cintas de inauguración, y el primer ministro, ambos enemigos y futuros rivales en la presidencial de 2002, deben guardar las formas, amarrados por el ritual de la incómoda cortesía, agitada a veces por arañazos efímeros y violentos, antes de la batalla final. El éxito logrado hasta ahora por Jospin quita libertad de acción al mandatario, por lo que la caída del superministro trató de ser utilizada por los suyos para golpear al primer ministro, quien respondió como un tigre en la Asamblea Nacional. Y este fue el tema de todos los días hasta ser remplazado por las fiestas en torno al caído Muro de Berlín, los discursos en la Internacional Socialista y, con menos entusiasmo, por el ritual de los premios literarios. 

Todos estos temas son distintos pero siempre estuvieron unidos en Francia por la literatura: el recuerdo de una transformación geopolítica, la caída de un joven Rastignac, las intrigas de los medios judiciales, periodísticos y literarios fueron siempre la feliz materia prima de la ficción francesa. Lo que ocurrió en estos días puede encontrarse en novelas como Las ilusiones perdidas o Esplendor y miseria de cortesanas de Balzac, o en los libros de Flaubert, Maupassant y, a comienzos de este siglo, en los de Maurice Barrés. Muchas instituciones de la Francia actual siguen siendo las mismas surgidas de la época napoleónica y las modalidades del auge y la caída de los políticos, las campañas de prensa o los golpes justicieros parecen calcados de aquellos tiempos. 

 En este año final del siglo en que se celebró el bicentenario de Balzac con toda la pompa, incluso con una película televisiva donde su papel fue representado por Gerard Depardieu, la vida política se vive como una novela por entregas y los fantasmas del pasado conviven con los personajes de carne y hueso de la actualidad. 

  La digna caída de Strauss-Kahn tras una vendetta mediática nos recuerda otras caídas del siglo, pero también a los personajes literarios que ascendieron y cayeron en París por obra de sus demiurgos. La entrega de los premios literarios nos hace recordar que El viaje al fondo de la noche de Louis Ferdinand Céline fue derrotado en el Goncourt por un oscuro escritor. La celebración de la caída del muro de Berlín recuerda a su vez otras efemérides cruciales de una agitada Europa secular. Una Europa de esplendores y derrotas, imperios caídos y revoluciones ganadas, genocidios y tiempos de paz, de trincheras y muros, bunkers y líneas de combate que aparecen y desaparecen en el río del tiempo. 

Política, literatura e historia confundidas que permanecen en las paredes, esquinas, bulevares de una ciudad que es un gran mausoleo inundado por insignificantes hombres de hoy que hacen la memoria del mañana. Insignificantes hombres que ojalá no vuelvan a ser pronto carne de combate para futuras celebraciones.

2001: Francia lamenta con Brassens la grandeza perdida

Mientras se celebran los 20 años de la muerte de Georges Brassens y muchas emisoras de radio repiten sus barrocas canciones cargadas del más profundo espíritu francés, los políticos tratan desesperadamente de atraer a unos electores decepcionados por la pérdida de eso que Charles de Gaulle, en los buenos tiempos, llamaba “la grandeza de Francia”.

Brassens como De Gaulle, Edith Piaf, Jean Paul Sartre, André Malraux, François Mitterrand forman parte del inventario de grandezas de la segunda mitad del siglo XX, cuando tras la guerra, el hambre y la depresión, Francia vivió aquellos años de progreso y recuperación llamados “los treinta gloriosos”.

 Aún se tenía la esperanza de guardar algún hálito, por mínimo que fuera, de los grandes tiempos del Ancien Régime o de la era napoleónica. De Gaulle, el primero de todos –por su altura, su voz, el histrionismo de sus discursos, sus bravatas antiamericanas, o su trayectoria en la Segunda Guerra– era lo más parecido a esa grandeza militar de otros tiempos. La pequeña Piaf, frágil y triste, expresaba la nostalgia de un pueblo sufrido luego de guerras sin nombre, y con su voz ilimitada daba coherencia a una Francia todavía pueblerina y folclórica con sus concièrges, baguettes, overoles y boinas obreras.

El neurótico, megalómano e indiscutible escritor Malraux, al mismo tiempo que limpiaba los monumentos históricos y hablaba con la prosopopeya de los tribunos, salía a la calle a defender la “grandeur de la France” de los ataques de Dany el Rojo y los rebeldes del 68. Jean Paul Sartre, uno de cuyos ojos miraba al este del Edén y otro hacia el oeste del Paraíso, representaba los últimos estertores de esa filosofía tísica cargada de colillas de cigarrillos, suéteres negros de cuello tortuga, compromiso político y gran oficio literario, que pronto daría paso a una pléyade de yuppies mediáticos, no pocos de los cuales resultaron tan vacíos como sus vestimentas de marca compradas en Galeries Lafayette y su pose de intelectuales perfumados.

Mitterrand, el último gran político letrado, reinó 14 años y se convirtió en el remedo de esa grandeza, con el brillo de sus lecturas clásicas, el gusto por construir monumentos faraónicos, su cinismo político y el discurso alambicado aprendido en las escuelas de los tiempos de entreguerras. Luego de su muerte, el mito queda, pero muchos tratan de desmontar su estatua, incluso su hijo Jean Cristophe que, tras purgar un mes de cárcel hace poco por supuestos affaires en África, acaba de publicar un libro para mostrar cuán lejano era ese hombre vanidoso al que le temía y del que él no es ni la sombra más triste. Asimismo, sus discípulos del Partido Socialista, amansados por décadas de poder y prebendas, se han alejado del pueblo, enfundados en sus trajes de lujo y sus corbatas de centuriones de buró.

Ahora, en el 2001, una tras otra, todas esas figuras han sido desmontadas. Los discípulos de De Gaulle llevan años luchando contra los jueces que los persiguen culpándolos por toda una trama de actos de corrupción equiparable a la de cualquier república bananera. Y los que todavía quedan para esgrimir las banderas del gigante parecen enanos de jardín sin firmamento ni voz ni proyecto: simples personajes de una película de Luis de Funes.

 A Malraux, el gran escudero de De Gaulle, hay quien lo califica como uno de los grandes mentirosos del siglo pasado, y aunque descanse en el Panteón, al lado de Rousseau y Voltaire, se le acusa de haber sido un genial mitómano que se inventaba proezas militares y aventuras que nunca practicó,  incluso de encabezar ataques aéreos en España sin saber pilotear un avión. Lo que se dice de él, entre otras barbaridades, es que a lo máximo se disfrazó de piloto y se hizo fotografiar junto a la nave de guerra para que la posteridad lo reconociera como héroe. Sus documentados y fiables detractores han difundido un verdadero catálogo de mentiras y patrañas del que, según ellos, sólo fue  un gran manipulador mediático para alimentar su mitomanía.

Y mientras siguen escuchándose las pícaras canciones de Brassens, el derrumbe abarca también a los comunistas, en los que ya nadie cree, y a los verdes ecologistas, que riñen como políticos tradicionales, haciendo añicos el sueño de un partido dispuesto a cambiar las prácticas clientelistas de la política. El único que se salva entre los ecologistas es Dany el Rojo, que como un fantasma, vuelve ahora a tratar de pegar los platos rotos: curiosa ironía de la historia la de este revoltoso Cohn-Bendit, que fue expulsado por judío alemán hace más de 30 años por De Gaulle y Malraux, y ahora es el abuelo honesto de la política europea que aspira a ser el próximo presidente del Consejo Europeo. Los comunistas, por su parte, van en picada y tratan de hacer todo tipo de innovaciones para atraer a un electorado que fue seducido por los ultraizquierdistas de Arlette Lagullier. El PCF es el último dinosaurio enano del siglo pasado. Adiós para siempre a las banderas rojas, el Frente Popular, las Brigadas Internacionales, Papá Brezhnev y Louis Aragon. Su sitio está en el Museo de Cera.

¿Qué se hizo, pues, la grandeza de Francia?, preguntan incrédulos los que todavía aspiran a que está escondida en algún lado y pueda resucitar en estos tiempos de crisis mundial. Para endulzarles los oídos ha aparecido de ultratumba otro curioso personaje del serrallo mitterrandista, Jean Pierre Chévénement, algo locato él, sesentón, canoso, nacionalista, republicano, patriota al estilo de Maurice Barrès. Es el que crece en las encuestas como el tercer hombre del mínimo Partido Republicano hacia las elecciones presidenciales de 2002 y quien, aunque no tiene verdaderas posibilidades de disputar la grande a Jospin y Chirac, enarbola la bandera de una Francia unida tras el cassoulet, el buen vino, la baguette, la boina, Edith Piaf y la legendaria concièrge de otros tiempos, esa que duerme el sueño de los justos. Chévénement es enternecedor: habla como en los tiempos de Danton y Robespierre, pero sin la guillotina. Su diosa es la Razón y su mamá la República. Ha resucitado el gorro frigio para enfrentarse a Europa y la globalización.

Esta es la Francia política de 2001: las ruinas de un viejo campo de batalla sin grandes líderes, incapaz de tomar partido claro en el conflicto por temor de hacer estallar el polvorín que alberga en su seno. Una Francia detenida, tartamuda, impotente, sin el Gran Padre Heroico que siempre la guiaba (Carlomagno, Luis XIV, Napoleón, De Gaulle), pues el presidente es un elemento decorativo y el gobierno está maniatado. Una Francia que se diluye ineluctablemente en la necesaria Europa que otros estrategas, mucho más lúcidos y silenciosos, construyeron con paciencia desde hace medio siglo.

El franco francés desaparecerá definitivamente el próximo primero de enero de 2002 y Francia lo llorará escuchando a Georges Brassens y a Edith Piaf, mientras desde el horno se escapan los aromas de un delicioso pernil pimentado y suenan los corchos de la botella de Beaujolais.

2004: último jazz con Françoise Sagan

La muerte, en la ruina, de la novelista Françoise Sagan (1935-2004), a los 69 años de edad, después de medio siglo de fama, dejó un sabor de fin de época en Francia. Pertenecía al yacimiento de rebeldes que, como Rimbaud, Artaud y Genet, nunca fueron empresarios de sí mismos y vivieron la literatura como bólidos, contra su tiempo, divertidos y sin tomarse nunca en serio, hasta estrellarse con la nada.

 Con Bonjour tristesse  la flaca de 19 años, pelo corto y cigarrillo en la boca, saltó a la fama en 1954, al contar los avatares sexuales y existenciales de una joven y su padre durante unas vacaciones en la Costa Azul. El siguiente libro, Un certain sourire, nos lleva otra vez a la cama de una estudiante que se acuesta con el tío casado de su novio, besa a desconocidos en la oscuridad de las salas de cine, bebe, fuma y hace con su cuerpo lo que le viene en gana.

Pero detrás de las triviales historias de cama de Sagan, seudónimo que sacó de En busca del tiempo perdido de Proust, se escondía la incisiva prosa de una estilista, lectora de los clásicos y admiradora de Stendhal, a la que pronto saludó el Premio Nobel François Mauriac como el « adorable pequeño monstruo » de la literatura francesa. Después, uno tras otro, de Malraux a Sartre, todos cayeron a sus pies: no había nada que hacer, la nena era un clásico de la prosa francesa como George Sand y Colette.

Traducidos a múltiples lenguas y llevados al cine, sus libros la convirtieron, al lado de su amiga Brigitte Bardot y la cantante Juliette Gréco, en ícono del existencialismo francés que emanaba de los bares de jazz de Saint Germain des Prés, eso mucho antes de las jornadas de mayo de 1968, la píldora, el movimiento feminista, la liberación sexual y la autorización del aborto.

 Su obra incluye novelas, obras de teatro y colecciones de ensayos, libros todos ellos donde desplegó un gran talento narrativo, una escritura de seda, transparente y exacta, creadora de atmósferas e intensidades, retrato cruel del ser humano moderno de las grandes ciudades.

A la hora de su muerte este 24 de septiembre de 2004, la sociedad francesa de todos los espectros, expresó su simpatía con primeras planas y decenas de páginas en Libération, Le Monde, Le Figaro, Telerama, Nouvel Observateur, L’Express y Paris Match, entre otros medios, sin contar radio y televisión. En esas páginas se pasó revista a su obra, fiestas, chistes y ocurrencias, a su soledad, al terrible accidente automovilístico que casi le cuesta la vida, su ida a Cuba enviada por L’Express, donde auguró con ironía la dictadura venidera y su viaje en 1985 en el séquito del presidente Mitterand a Bogotá, de donde fue repatriada de urgencia en estado de coma.

 A Sagan la quiso el Premio Nobel François Mauriac, quien escribió décadas antes que ella novelas como El desierto del amor, sobre sobre el disolvente fuego del deseo en la católica Burdeos y la quiso también el otro Nobel francés, Jean Paul Sartre, de quien se hizo amiga, porque fue iniciada por Les mots (Las palabras), ese libro que todo precoz infectado por la literatura debería leer alguna vez.

Todo novelista es, querámoslo o no, un personaje en construcción, un proyecto de estrella y su  propia vida hace parte de la obra e influye en ella para siempre, la refleja, la enriquece en el triunfo, el fracaso o la desgracia. Por eso nos quedan las imágenes mundanas de la joven escritora flaca, en camiseta y jeans; o cubierta por un soberbio abrigo felino de piel en el nigth club El Unicornio, perfumada y llena de joyas; o la vieja pobre que se aferra a un perro cocker negro, vestida de overol rojo con la mirada perdida en la tristeza.

Y para el album sentimental, sobrevive la foto junto a Yves Montand, Anthony Perkins e Ingrid Bergman, que actuaron en cierta película basada en una de sus historias. O sea que nos lega la Sagan una leyenda literaria que fue el cine caprichoso de su propia escritura, antes que su escritura se volviera, como muchos creen sin justicia, el fruto de su leyenda.

Actualidad de Voltaire

Si Voltaire se despertara hoy, más de dos siglos después de su muerte en París a los 84 años de edad, en 1778, se sentiría profundamente impactado por el renacimiento en el mundo entero de los fanatismos religiosos, políticos e ideológicos. Al escribir el corto ensayo biográfico Voltaire, el festín de la inteligencia para la colección de personajes editada por la editorial colombiana Panamericana, rendía homenaje a ese viejo esquelético, mueco y socarrón que muchos consideraban un espantajo impresentable en el helado museo de las estatuas abandonadas. Aunque la bibliografía sobre su obra es tan abundante como los granos de arena de un desierto africano, su figura sigue confinada a las aburridas obligaciones escolares y por eso muchos franceses se extrañan de que un latinoamericano del siglo XXI se interese en seguir los pasos del autor de Cándido (1759) y el Tratado sobre la tolerancia (1763) y lo encuentre actual.

En todo el mundo los hombres son dominados en 2006 por ideologías y creencias beligerantes que los llevan a morir por causas oscuras, a suicidarse en aras de una deidad, a torturar por ideas, a matar o mandar matar por intolerancia. En las calles de las capitales europeas la mujeres islamistas vuelven  a cubrirse de pies a cabeza como hace mil años y en otras partes del mundo todo tipo de gurús, profetas, iluminados, mesías, incitan a la guerra, la destrucción, la inmolación y el crimen, con la esperanza de dominar el mundo y obligar a los hombres a seguirlos bajo el sonido amenazador de las ametralladoras. El horror de los conflictos regionales, la mortandad incesante en las guerras puntuales, la trivilización del secuestro, la celebraciones armadas de los triunfos electorales como vimos ayer con Hamas en los territorios palestinos, las amenazas nucleares de regímenes tan delirantes como el norcoreano y el iraní, la agresividad estadounidense, nos muestran que el mundo anda muy mal, como en las peores eras locas de Nerón o de Atila. Por eso, mientras me sumía en la lectura de algunas de las obras de Voltaire, de textos sobre su larga vida de exiliado incómodo y muestras de su correspondencia, no sólo me maravillaba la luz de la prosa llena de humor e ironía, sino también la energía de su lucha contra la intolerancia y las  “supersticiones” en la Europa del Siglo de las Luces. Sin duda hoy los fanáticos lo amenazarían con una fatwa y sus enemigos lo mandarían a matar con sicarios. Parado frente al pequeño pero famosísimo sillón Voltaire de color verde jaspeado, donde trabajó los últimos meses de vida, que está expuesto en el Museo Carnavalet, trataba de imaginarlo acosado por la tos, con su bonete, mientras llenaba hojas y hojas con la hiperactividad característica de su genio. Lo habían dejado regresar a la capital después de décadas de exilio, para que asistiera a la presentación de una de sus obras dramáticas y a un homenaje que le hacían sus admiradores en el Comedia Francesa. Vino enfermo desde Ferney, que era la residencia y la ciudadela donde vivía en tierras protestantes suizas, a resguardo de posibles detenciones. Allí recibía a la romería de discípulos y curiosos que venían de toda Europa, y que como el libertino Giacomo Casanova, relataron con detalle el ingenio admirable del viejo, sus rápidas respuestas de cascarrabias que siempre tenía razón y la agitación incesante de su vida dedicada a escribir, pensar y rabiar.

Fue el primer gran periodista de la era moderna, al escribir sin descanso todo tipo de obras de historia, libros de vulgarización científica y narraciones con  “mensaje” que se vendían como pan caliente en ediciones clandestinas, por lo que contribuyó a abrir los espíritus y a mostrar que era posible enfrentarse a la intolerancia del Antiguo Régimen. Pensó que iba  pasar a la historia como gran autor de tragedias y gran poeta, pero aunque escribió miles de versos y decenas de piezas que fueron presentadas en todas las capitales, éstas obras fueron olvidadas y se le recuerda más por sus panfletos y narraciones, que él consideraba sólo divertimentos para entretener a los amigos en las veladas palaciegas. Su obra abarca decenas y decenas de volúmenes, pero basta leer sus divertidas ficciones como Cándido o El ingenuo para reirnos con él de la estupidez bélica de la humanidad actual y entender que en vez de avanzar retrocedemos a los peores tiempos de la barbarie y que incluso estamos a punto de superarlos. Un día de estos terminaremos todos en “átomos volando” como dice el himno, mientras Voltaire, con su larga peluca empolvada, se carcajeará de nosotros los herederos de un futuro radiante sin luces ni risa.

La primavera permanente de Julio Cortázar 

En la casa de América Latina de París se presenta una exposición de fotografías, documentos y videos de Julio Cortázar, muchos de los cuales desconocidos, que se muestran auspiciados por su primera esposa Aurora Bernárdez, albacea suya al lado del recién fallecido crítico Saúl Yurkievich. Fotos de infancia, documentos de viajero, objetos personales como una clepsidra o la pipa, fotografías de la vida íntima en todas las etapas de su vida adulta comparten el escenario con videos tomados por él, cuadros, música, cartas y libros protagonizados por París, ciudad que lo albergó gran parte de su vida. Nació en Bruselas (Bélgica) en 1914, creció desde 1918 en Argentina donde fue maestro en Chivilcoy, Cuyo y Buenos Aires y floreció en la capital francesa, a donde llegó en 1951 y falleció el 12 de febrero 1984.

La primera vez que vi a Julio Cortázar fue en la primavera de 1978, cuando asistimos un grupo de jóvenes estudiantes a un congreso sobre narrativa latinoamericana en Toulouse, en el que participaban Augusto Roa Bastos, Jorge Enrique Adoum, Jacques Gilard y Juan José Saer, entre otros. Lo que más me impresionó cuando lo vi de cerca y hablé un momento con él, era que su rostro estaba marcado por profundísimas arrugas. Desde lejos el monstruo de la literatura latinoamericana e ídolo nuestro por su maravillosa novela Rayuela y el misterio de sus cuentos, se veía mucho más joven, como un gran adolescente envejecido, alto y enjuto de cabellera y barba oscuras. Pero al estar junto a él saltaban de inmediato las huellas implacables del tiempo sobre el rostro inconfundible de quien en ese entonces debía estar un sus 63 años. Usaba pantalones informales, zapatos de gamuza, suéteres de cuello tortuga y amplias chaquetas impermeables  de paleontólogo en invierno.

Lo veíamos después de lejos caminar por el campus de Toulouse le Mirail, al lado de la novelista colombiana Alba Lucía Angel, que en el Congreso cantaba música rebelde para el público y además parecía tener las preferencias del maestro. Y en París uno podía jugar a encontrarlo en alguna librería,  en un mitin de izquierda o caminando por las calles elevado y desprevenido como uno de su personajes. París había quedado para siempre en Rayuela como la glauca ciudad fría y precaria de los años 50 que vio reinar a jazzistas y existencialistas en las cavas de Saint Germain des Pres y a los artistas latinoamericanos pobres que vivían a salto de mata en hoteles miserables o edificios semiderruidos que no habían sido renovados desde el siglo XIX, como fue el caso de Gabriel García-Márquez, Nicolás Guillén o el venzolano Soto y otros miles que desaparecieron para siempre.

Habría que haber vivido en ese tiempo para entender lo que significaba para la juventud urbana de América Latina la figura de Julio Cortázar. Con él quedaba atrás la entrañable narrativa telúrica de dictadores, señores presidentes y campesinos mitológicos y se abrían las calles y avenidas de las ciudades, con sus enamorados literarios que disertaban de filosofía, oían jazz y vivían pobres entre la humareda de los bares y la calurosa precariedad de las buhardillas del exilio. La famosa Maga, que fue su novia fugaz y hoy cuenta ya anciana desde Inglaterra su aventura con ese hombre raro y torpe, se convirtió en una especie de modelo de muchacha moderna, un poco loca, impredecible, tal vez mucho más sexy en la ficción cortazariana que en la realidad. En las buhardillas de los años 70 se daban cita los estudiantes o los vagos para leer párrafos o capítulos enteros de Rayuela con una devoción sólo comparable a la que debieron practicar los seguidores del surrealismo medio siglo antes, como si el arte y la ficción fueran la salvación. ¿Quien no se sintió Cronopio o Fama o soñó con los personajes ultramodernos que surgían en sus cuentos o en obras tan extrañas como los Autonautas de la Cosmopista, escrita con una de sus últimas amadas, Carole Dunlop? 

Además, el viejo Cortázar se había transmutado súbitamente al calor de las revoluciones en boga de un intelectual argentino tímido, erudito, exquisito y muy acicalado, en un verdadero hippie polígamo izquierdista que creía en la Revolución cubana y participaba en las fiestas militantes de protesta contra Estados Unidos, la guerra de Vietnam y las genocidas dictaduras militares latinoamericanas. Según Vargas-Llosa, la transmutación espectacular del exquisito se dio a fines de los años 60, cuando empezó a vivir con la editora nórdica Ugné Karvelis, en cuyos brazos la crisálida se habría metamorfoseado.

Era un nuevo modelo: no correspondía ya para nada al viejo arquetipo de escritor latinoamericano encorbatado, manso y lento que lagarteaba embajadas y puestos diplomáticos en las antesalas del poder. Y sin ser maldito, permanecía al margen fustigando las injusticias y defendiendo a capa y espada la poesía, los libros y la creación lejos del mercantilismo. Era a los ojos de toda una generación un artista auténtico y fue tal su cristalinidad que lo admiraron por igual sus copartidarios y adversarios políticos como Octavio Paz y Mario Vargas-Llosa, situados al otro extremo ideológico. Hasta ese entonces había vivido con su primera esposa Aurora Bernárdez, con quien se casó en 1953 y compartió esos primeros años de París y viajes tan importantes como el que realizó a la India.

El Cortázar de primavera permanente con el que nos quedamos fue ese hermano mayor que abría y abre todavía las puertas a la verdadera literatura que no es copia chata de la realidad, como ocurre hoy, sino que la transforma e ilumina. Ver sus cosas y su álbumes en la Casa de América Latina un febrero taciturno como el que lo vio morir hace 13 años, es un verdadero regalo para quienes lo vimos alguna vez en la vida y para los múltiples cómplices  e íntimos suyos que sobreviven en este siglo XXI de aburridos best-sellers, nuevas guerras horribles y escritores mercantiles que no tienen nada de Cronopios ni de Magas.
 

Lágrimas, prótesis y risas para  Edith Piaf

El mito de la cantante Edith Piaf fue exhumado de la cripta por el novel realizador Olivier Dahan y la joven actriz de talento Marion Cotillard, que sobrevivió de milagro a la atroz aplicación de las más dolorosas prótesis de silicona y látex para dar credibilidad al enjuto personaje de inolvidable voz. Aunque la película es una mezcla de lágrimas, dolor y comicidad excesivas, al estilo de las superproducciones biográficas de fácil comercialización, nos lleva con el pañuelo empapado en la mano a pasar revista entre sollozos e hipo a un siglo de historia caracterizado por guerras, masacres, ocupaciones, miseria, sexo, droga y cabaret.

Cuando se sube o baja por la calle Menilmontant, situada en el barrio popular de Belleville, al noreste de París, se ve una placa puesta donde la leyenda dice que la pobre niña Giovanna Gassion fue parida en 1915 en las escaleras de una casa por una madre borracha e infame. Uno puede imaginarse la precariedad de esos terribles años de guerra mundial, cuando millones de hombres iban al frente y morían ya fuera acribillados o asfixiados por el temible gas mostaza que inundaba las trincheras.

En esos barrios proletarios de gran tradición revolucionaria, puesto que fueron centro de muchas asonadas y rebeliones como la famosa Comuna de París, se concentraba entonces la pobreza francesa en medio de sarna, ratas y  cucarachas instaladas en edificaciones baratas, así como hoy se concentra la pobreza multiétnica nutrida por los emigrantes musulmanes, subsaharianos o de Europa del Este, al lado de los bares donde los jóvenes del siglo XXI hacen la fiesta observados desde lejos por los traficantes de cocaína y hachís.

Ahí en ese escenario entrañable de película comenzó la triste vida de Edith Piaf, seudónimo que le fue impuesto por quienes la descubrieron cantando y pidiendo monedas en las calles lujosas del lado opuesto de la ciudad, el de los barrios ricos, no lejos de Trocadero y de los Campos Elíseos. Mientras la sarna, la gonorrea, la sífilis y la tuberculosis reinaban en el Belleville de la Piaf, en el otro lado se veían mujeres y hombres enfundados en enormes abrigos de piel y prendas de lujo, paseando perros de raza ataviados con elegancia en medio del cruce incesante de carísimos vehículos, cosa que poco ha cambiado desde entonces: a un lado negros, árabes y franceses pobres que ganan el salario mínimo o una subvención por desempleo y al otro los potentados que votan por la extrema derecha, exigen la reducción de los impuestos, piden la expulsión de los extranjeros y el exterminio de la izquierda o los sindicatos, para ellos origen del mal francés.

 Pero el horror de Belleville no era suficiente. Era necesario el burdel. Arrancada a su abuela materna por su papá, un contorsionista de circo, la niña es conducida al burdel provinciano de la abuela paterna, donde las putas la bañan y la miman y la hacen feliz mientras se cura de una enfermedad infecciosa de la vista. Allí, una de las meretrices representada por la actriz Emmanuel Seigner, cubierta de prótesis de látex para hacer creíble el horror, hará el papel de la madre a la que Edith será arrancada después por el contorsionista. Luego regresará a Belleville para acompañar a su padre, que hace piruetas y pide limosna en la calle mientras ella canta La Marsellesa haciendo llorar a los pasantes. Y así de desgracia en desgracia, de separación en separación, de enfermedad en enfermedad, la niña crece cantando en las calles hasta volverse una luminosa flor de cabaret.

Marion Cotillard representa muy bien el papel de la joven arrabalera que canta en las calles con su boina típica y es descubierta por un cabaretero mafioso, representado en esta ocasión por el inefable y cada vez más gordo Gerard Depardieu. Comenzará pues la ascensión de esta talentosa mujer que sorprende en esos bares donde su voz fascina, mientras teje lazos con el hampa de la ciudad en tiempos de entreguerras y sobrevive pegada a la botella al lado de una amiga inseparable representada por la no menos buena actriz Sylvie Testud.

El triunfo no tardará en llegar. Un buen experto logra corregir su dicción argótica e incomprensible de proletaria, pule los gestos toscos y los remplaza por la serena expresividad histriónica. Cubierta de joyas y vestidos lujosos de marca que mejoran su diminuto y semijorobado cuerpo, la estrella nacional surge con canciones como La Java, La vida en rosa, Himno al amor, No me arrepiento de nada, Milord y otras muchas melodías que todavía se escuchan y se cantan como himnos nacionales. Vendrán luego las giras por el mundo, los grandes restaurantes en Nueva York, el encuentro con Marlene Dietrich, el champán a cántaros, los enormes apartamentos tapizados, la corte y la servidumbre, los accidentes automovilísticos, el amor con el boxeador Marcel Cerdan, que muere en un accidente aéreo, y sus aventuras con Charles Aznavour, Georges Moustaki, Yves Montand y decenas de amantes, porque era enamoradiza e infeliz como pocas mientras la minaba la morfina y la prematura vejez.

 La versión fílmica no oculta ciertas sombras. ¿Estuvo involucrada en el asesinato de su primer protector? ¿Tuvo participación activa en los medios del hampa de Pigalle? ¿Habrá tal vez colaborado con el invasor alemán? ¿Era autoritaria, irascible, histérica, e insoportable con sus subalternos? ¿Inventó muchas tragedias y desdichas biográficas para darle pimienta y salero a su vida? En fin, además de su enorme talento, su vida habrá sido una verdadera opereta de cinco centavos. Morirá en 1963 y desde entonces su leyenda crece como una de las figuras míticas más importantes del siglo XX, al lado de Proust, Jean Gabin, Picasso, Jean Paul Sartre y el general De Gaulle.

El libro en los tiempos carolingios

En los viejos tiempos de los reyes carolingios, que reinaron desde 750 de nuestra era hasta fines del siglo IX, conventos, abadías, catedrales y palacios reales en Europa se dedicaron a la transcripción minuciosa de miles de libros y documentos antiguos, gracias a lo cual hoy podemos gozar de las obras de filósofos, poetas, dramaturgos, científicos, historiadores y cronistas clásicos, que fueron luego redescubiertos por los humanistas del Renacimiento.

Todas esas joyas conservadas después de más un milenio y cuya calidad de factura es asombrosa, pueden observarse en la Biblioteca Nacional de Francia de la calle Richelieu, donde están expuestas por primera vez en mucho tiempo en la muestra denominada “Tesoros Carolingios”, un verdadero regalo para los maniáticos de la escritura y los bibliópatas.

Los libros de todos los tamaños fueron copiados en los scriptorium sobre pergaminos y traen al interior las más bellas estampas de artistas, pintadas con todos los matices de colores, incluso de oro auténtico. Están además empastados con metal, madera, marfil y joyas preciosas. Las letras traen ornamentaciones trenzadas exquisitas de tipo geométrico o con animales y lugares fantásticos y pájaros exóticos, que expresaban el delirio artístico de los calígrafos, mientras afuera reinaba el hambre, la guerra y la peste.

 Ahora que con la red internet y los blogs estamos viviendo otra revolución editorial y de comunicación tan importante como la realizada por Gutenberg con la creación de la imprenta, vale la pena recorrer estas vitrinas y ver de primera mano el trabajo de nuestros ancestros los monjes para darnos cuenta de que estamos a la vez muy cerca y muy lejos de aquellas proezas. Siempre es fascinante y saludable comprender que nuestros tiempos, tan bárbaros como aquellos, están asentados sobre siglos de actividad cultural de la humanidad. Que hace miles de años hubo ciudades enormes y bellas, ciencia, medicina, cultura y hombres sabios que reflexionaron e inventaron y se arriesgaron frente a los tiranos. Ahora que nuestros presidentes del siglo XXI son casi todos brutos, ignorantes, violentos y ladrones como George Bush y Osama Ben Laden y sus acólitos del mundo, da gusto recordar que hubo alguna vez reyes y cortesanos ilustrados.

El gran Carlomagno (747-814), que es para nosotros una figura de leyenda pero fue muy real, amplió y dio todas las facilidades a los centros educativos que formarían maestros, religiosos, funcionarios y copistas eclesiásticos y laicos encargados de plasmar para siempre los logros de ese lapso de extraño esplendor intelectual. Allí se enseñó la lectura y la escritura del latín, la teología y el cálculo y luego las artes liberales que debía conocer todo hombre libre, divididas en el trivium (gramática, retórica y la dialéctica) y el cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía).

Terencio, Cicerón, Virgilio, Séneca, Suetonio y otros más fueron redescubiertos y tomados como modelos de escritura latina, al mismo tiempo que se estudiaron todos los avances científicos en materia médica, arquitectónica, botánica y agrícola dejados en tratados y manuales por los antiguos y que poco a poco reaparecieron en los viejos rollos griegos y latinos perdidos. Esa actividad exige la uniformización de la escritura y el rigor en la corrección de los textos, lo que conduce a la creación de la letra carolina, mucho más clara y de fácil lectura, que deja atrás la retorcida caligrafía casi ilegible de los tiempos merovingios.

Esos activos lugares en Aquisgrán, Corbie, Saint Denis, Reims, Metz, Saint Amand, se convirtieron en centros culturales, donde bajo la orden de las más altas autoridades desde Pipino III el Breve hasta Carlomagno, lo escrito adquirió una importancia central, en una especie de extraordinario renacimiento que hoy nos maravilla y que floreció después de siglos de oscuridad, ruina y decadencia tras el fin del esplendor greco-romano. Las artes del imperio oriental bizantino y de Irlanda fueron importadas por el soberano para mejorar la calidad de los manuscritos y desde todos los puntos cardinales llegaron expertos maestros encargados de formar la nueva élite artística.

 Esta dinastía casi logra la unidad total del Occidente con la aplicación de reformas religiosas, administrativas, legislativas y educativas en las que desempeñaron papel fundamental sabios y consejeros eruditos instalados en la corte. Pero después de Carlomagno, al dividirse el reino entre los celosos herederos, la decadencia y las invasiones normandas dieron la estocada final al auge de los copistas carolingios.

Tener casi en las manos esas joyas, verlas desde todos los ángulos, apreciar sus perlas y sus gemas, imaginar al calígrafo y al ilustrador inclinados sobre los pergaminos en los lejanos monasterios, es una sensación inolvidable y nos prueba que la humanidad no siempre fue violenta y estúpida como hoy.

La energía revolucionaria de mayo del 68

Cuarenta años después, la energía revolucionaria del movimiento de mayo del 1968 en el mundo sigue viva, pese a que las fuerzas tenebrosas y siniestras del gran capital y las mafias económicas que dominan la tierra quieran sepultarla para siempre entre los desechos radiactivos de su cruzada destructora de propaganda, bombardeos y tierra arrasada.

La rebelión de los jóvenes estadounidenses contra la atroz guerra de Vietnam en los campus californianos y de los franceses en las calles de París contra la sociedad cerrada, que luego se extendió al orbe, es una muestra de que de manera cíclica los jóvenes están a la vanguardia de los cambios frente a las petrificaciones de los viejos tiranuelos que siempre desearon y desean atornillarse de manera ilegítima y para siempre en el poder.

Las fotos de esa gente de pelo largo que caminaba descalza y escuchaba música, hacía el amor y buscaba la paz libremente, conmueven a quienes hoy las ven como una reacción natural del género humano frente a las fuerzas cancerígenas y depredadoras del egoísmo de los grandes capitales financieros mundiales y el poder que está a su servicio hoy para aplastar a la población en 132 países del mundo.

El gran concierto de Woodstock fue la joya simbólica de ese gran movimiento de rebelión. Centenares de miles de muchachos abandonaron sus casas y se fueron a pie o como pudieran para llegar al sitio del concierto y permanecieron allí días bajo la lluvia o el sol escuchando a las más extraordinarias leyendas del rock, que entonces apenas comenzaban a ser leyendas.

¿Quién no se conmueve al ver de nuevo a Bob Marley, Jimmy Hendrix Janis Joplin, Carlos Santana, Joe Cocker y otros muchos que sacudieron la música popular y hoy siguen vivos y son escuchados por los nuevos sin que tengan ese matiz pálido y desvaído del pasado?

Janis Joplin es una fuerza telúrica. Su voz sale desde lo más profundo de la especie, desde la matriz de la mamá grande, desde la profundidad de la hembra todopoderosa y atemporal y al vibrar nos comunica la entrega al arte y el brillo que expresa sin ser una beldad perfumada y maquillada. Tenía acné, estaba despeinada, pasada de peso y era y es una diosa aún más bella que Marilyn Monroe. Se fue antes de los 30 años porque no hubiera podido envejecer en este mundo en que vivimos hoy los 6.000 millones de borregos del mundo.

¿Y quién no se estremece con los sonidos metálicos, esenciales, geológicos, de la guitarra de Jimmy Hendrix, que parecen despertar la aventura de los primeros neardentales y homo sapiens cruzando desiertos y montañas bajo canícula, fuego, hielo, lluvia y rayos de una naturaleza viva y aún no aniquilada por el ácido del azul de metileno moderno?

Y al lado de esas dos fuerzas Bob Marley y Carlos Santana nos llevaron de su mano por un bosque de ritmos que en vez de adormecer conducían entre lianas y cascadas hacia un bosque paradisíaco en que el ser humano se comunicaba y se fundía con la naturaleza, con sus aguas, nubes, mares, ríos, precipicios, galaxias. Bob Marley llevaba la rebelión con sus aires caribeños hacia la comunión con el sol y la vibración de las venas y arterias como afluentes de la vida total, efímera, pero estremecedora. Santana gritaba con sus manos sobre las cuerdas para recordarnos de dónde veníamos: sus sonidos llegaban al fondo de lo que es sólo el vestigio del animal carnívoro que somos.

 Y con ellos estallaron la pintura, la literatura, el cine, las ciencias sociales, las ciencias naturales, el conocimiento, el saber, el sentir, el amar, el vestir. Los años 60 del siglo XX están vivos como en otro tiempo ocurrió con el Renacimiento, la Ilustración, el movimiento Romántico, el surrealismo y el dadaísmo. Diríase que la rebelión que salió de las calles de París y de los Campus de California destapó y dio a luz todas las rebeliones anteriores del siglo XX, como fueron el dadaísmo y el surrealismo de Breton, Buñuel y Dalí, que yacían ocultos bajo capas de convenciones y prejuicios.

 El mundo de hoy reclama una nueva rebelión cultural de todos contra la manipulación mediática que maneja a los seres como conejos de laboratorio frente a la televisión y la prensa mundiales, que están al servicio de intereses oscuros de guerra. Es un fenómeno que ocurre en todo el mundo: cada día las fuerzas del capital especulativo y devorador, que se reproduce y se acumula a sí mismo, se inventa una historia para aplastar la anterior y los seres humanos son controlados en sus emociones e ideas por esa tecnología perfeccionada de la manipulación mediática. Ideas, partidos, candidatos, libros, amor, muerte, todo se ha conventido en producto, en mercancía que nos vende el big brother de la televisión al servicio del Eje de la Ganancia a toda costa y no de la sociedad. Se nos vende la guerra y el militarismo como únicas soluciones mesiánicas y renace como en los tiempos de Hitler la palabra “exterminio” convertida en el destino que merece el opositor o el disidente.

 La gente de mayo de 1968 se rebeló contra la guerra de Vietnam y contra las bombas de Napalm y reclamó humanidad, serenidad, cuerpo, música, piel, en vez de ejércitos; globos de colores, dulces y música en vez de helicópteros y bombardeos. ¿Es el destino de los humanos de hoy avalar ese lenguaje repetitivo de odio guerrero, marcial, exterminador que nos quieren imponer esas fuerzas y los líderes del mundo? Pues No. No puede ser. No pasarán. Escuchemos otra vez a Janis Joplin y a Bob Marley para saber que se puede gritar. Leamos a Julio Cortázar y veamos Zabriskie Point y Blow Up para saber que se puede imaginar. Las consignas del 68 de “Paz y Amor” y “La Imaginación al Poder” no han pasado de moda. Por el contrario, son de total actualidad. Los atilas, los Pinochet, los Franco, los Bush y los Nerón de hoy, disfrazados de ovejas, están aquí y nos tienen en la mira. Cuidado, pueden disparar.

El retorno de  Albert Camus

   Los franceses se preparan para celebrar el 4 de enero de 2010 los 50 años de la muerte trágica del Premio Nobel Albert Camus (1913-1960), que después de varias décadas de ser considerado por la intelectualidad marxista y sartreana como un autor fácil para adolescentes, “filósofo incompetente” e ideólogo blando, ha terminado por convertirse en un gurú contemporáneo de la tolerancia y la no violencia.

Hijo de una sirvienta española analfabeta y un humilde agricultor que murió en la guerra, el autor de “El extranjero” y “La peste” creció en la miseria en la colonial Argelia francesa. Un maestro, Louis Germain, cambió su destino al sugerir a su familia que ingresara a los estudios secundarios en un liceo de Argel frecuentado por niños bien y allí se encontró después milagrosamente con la literatura a través de las orientaciones de su admirado maestro y mentor Jean Grenier.

 Empezó desde temprano su obra literaria y la actividad teatral y periodística en los diarios Alger Republicain y Soir Republicain, donde describió la miseria de su clase y mostró en contra de las autoridades el drama de los árabes humillados por el colonizador, así como el desprecio reinante por las costumbres musulmanas del amplio Magreb de parte del autoritario europeo: militares, funcionarios, comerciantes, industriales e incluso obreros y pobres de la metrópoli.

  Al estallar la guerra, el joven reportero de 27 años, nacido en Constantine bajo el sol mediterráneo y amante del fútbol, acepta la invitación de Pascal Pia a viajar al húmedo París para trabajar en el diario París Soir. Hace fila en el puerto, entre los árabes, antes de subir al barco y pasar el humillante proceso de desinfección y eliminación de piojos que le aplicaban a los colonizados, sin pensar un sólo instante que 17 años después sería Premio Nobel de Literatura. Gallimard le publica El extranjero, que tiene un éxito fulgurante y muy rápido su intensa actividad teatral, ensayística y novelística lo llevó a la fama y a la gloria en medio del violento conflicto por la independencia argelina. Se había convertido en un símbolo joven de los “condenados de la tierra” descritos por Frantz Fanon y en ejemplo coyuntural de la lucha pacífica contra la colonización del Tercer Mundo.

 Novelista y dramaturgo de éxito en el París de la post-guerra, Camus se destacó como periodista, reportero, articulista en el diario Combat, donde expresó la idea de que el conflicto concluyera con un país que admitiera, en concordia, la convivencia de los hermanos enfrentados: los nativos de siempre y los descendientes de los colonizadores franceses, o los mestizos que hicieron la vida allí y se sentían en casa tanto como los originarios de esa añeja tierra de dátiles que alguna vez fue colonizada por Roma.

Pero la guerra fue irreversible y la represión del ejército francés tan cruel y miserable con los árabes, que las heridas entre los bandos fueron de tal magnitud que al independizarse Argelia los franceses y los colaboradores de la metrópoli llamados pied noir (pies negros) tuvieron que abandonar en masa sus propiedades y tierras y viajar al exilio por millones a Francia, en la miseria, un país que muchos de ellos ni siquiera conocían. De ahí viene el problema de los suburbios y el conflicto que se vive en Francia, donde existe la mayor cantidad de población musulmana e islámica de Europa. Durante décadas los que llegaron del Magreb fueron considerados la escoria de Francia y sirvieron como humildes trabajadores aplicados a las tareas más sucias, mientras la potencia francesa vivía sus famosos Treinta años gloriosos de progreso y crecimiento, que garantizaron el pleno empleo.

Sólo ahora a comienzos del siglo XXI algunos miembros de esa población argelina inmigrante de tercera o cuarta generación comienzan a acceder poco a poco a algunos puestos importantes, pero el origen árabe sigue siendo una tara para quienes buscan trabajo o ingresar a las escuelas. Medio siglo después de la muerte de Camus, la discriminación sigue viva y la cicatriz de la guerra de independencia arde con fuerza, mientras perviven sectores racistas de ultraderecha listos a endurecer las medidas contra los extranjeros y a desconocer a los descendientes de colonizados el estatuto de franceses auténticos.

Las grandes figuras literarias francesas del momento eran el gran autor de “La condición humana” André Malraux y el inquieto intelectual Jean Paul Sartre, que evolucionó hacia la izquierda y el marxismo y fue el filósofo de referencia de Francia en los años de antes y después de mayo del 68. Pero fue el humilde argelino periodista de Combat, extranjero en los medios literarios parisinos, el que recibió a los 44 años el Premio Nobel ante la indignación de los admiradores de Sartre y Malraux. Alto, apuesto, con su cigarrillo siempre colgando de los labios, el personaje se volvió leyenda y sex-symbol al subir a los estrados de Estocolmo, pero tres años después la parca se lo llevó a los 47 años al estrellarse el auto en que viajaba con su editor Michel Gallimard contra un árbol en Villeblevin, cerca de Montereau, en el sureste de París, convirtiéndolo en leyenda, al igual que el aviador Saint Exupéry, autor de “El principito”.

“Yo no aprendí la libertad con Marx. La aprendí en la miseria”, dijo Camus para destacar que sus ideas estaban ancladas en la realidad de su pueblo natal Mondovi, el sufrimiento de su madre española analfabeta y la tuberculosis que lo aquejó desde muy joven, y no en la moda intelectual de los círculos parisinos. 

El admiraba desde adolescente a André Malraux y declaró que hubiera preferido que le hubieran dado el Nobel a él. Pero el destino escogió a Camus. En lo que respecta a Sartre, la historia mostró que su entusiasmo final por los totalitarismos de izquierda no fue tan acertado. Y ahora de nuevo las ideas humanistas de Camus, pasadas de moda un tiempo, reviven y vuelven con fuerza en tiempos de guerras y conflictos atroces y discriminaciones mundiales que parecen estar a punto de estallar en todas partes.

El París de Woody Allen

Desde hace décadas los fieles de Woody Allen no nos perdemos ninguna de sus películas, que de manera casi sagrada aparecen cada año antes del verano con su cauda de sorpresas desbordantes de inteligencia, ligereza y humor. Viajes, ciudades, neurosis, sueños, trasvestismos, muerte, sexo, amor, seducción, timidez, tiranía materna, impotencia, son algunos de los temas recurrentes en una obra que exuda por todas partes modernidad, a través de los dramas insignificantes del animal urbano.

Esta vez en Midnigth in Paris, Woody Allen ha dejado atrás el Londres de Match Point y la espléndida Vicky Cristina Barcelona, donde gozamos con Sacarlett Johanson, Javier Bardem y Penélope Cruz a través de las peripecias febricitantes del deseo y la pasión españolas y hace su homenaje al París mitológico y literario de los tiempos de enteguerras y de la belle époque, poblados en el filme por caricaturas de Toulouse Lautrec, Paul Gauguin, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Ernest Hemingway, Cole Porter, Luis Buñuel, Gertrude Stein y Scott Fitzgerald.

París es una jaula de oro y un mito muy bien conservado por las autoridades, celosas de guardar minuciosamente una escenografía que es pulida y reconstruida día a día para satisfacer a los más de 60 millones de turistas que la visitan cada año y hacen de ella una localidad rentable como pocas. El habitante de París vive así en permanencia dentro de un enorme set cinematográfico, por lo que no es extraño cruzarse día a día con la filmación de alguna película con actores vestidos a la usanza de los tiempos de Luis XIV, los años libertinos de Sade, Voltaire y Casanova, los de la Belle Epoque de Proust y Jean Jaurès o los de entreguerras de Josephine Baker, Chagall y Modigliani, sin dejar de lado los graves días de la Resistencia y la Liberación, unos de los temas más recurrentes y traumáticos para los franceses llenos de culpas pronazis.

 Eso sin olvidar toda la deliciosa y copiosa cinematografía ombliguista parisina, donde aparecen los dramas amorosos del joven burgués bohemio del siglo XXI, encarnado en una pléyade de nuevas espléndidas actrices eróticas como Isild le Besco, Marion Cotillard, Cécile de France, Ludivine Sagnier, Virginie Ledoyen, Sarah Forestier, entre otras muchas, a quienes vemos en sus glamorosos e incesantes dramas de alcoba.

Cuando uno va hacia el trabajo se cruza en las calles con personajes vestidos de Molière, Voltaire o Casanova o con resistentes de sombrero Stetson, mientras en las calles Mouffetard o Montorgueil los camarógrafos tratan de captar las tiendas típicas, los bistrots y los mercados al aire libre llenos de faisanes, gallos, conejos y jabalíes colgantes, quesos, vinos, ancas de rana, ostras y otros productos de mar, acompañados de todo tipo de exquisiteces culinarias sin fin provenientes de las regiones locales europeas o de los países exóticos del ultramar.

París es la asifixiante avenida de los Campos Elíseos con sus tiendas de lujo y el consumismo desbordado,  la rue Saint Honoré o la Avenue Montaigne con almacenes de las grandes marcas de moda, Versace, Cardin, Yves Saint Laurent, Dior, Jean Paul Gaultier, pero también es el París de los barrios populares de sueño con las imágenes típicas de edificios con chimeneas entre la bruma, o las calles empinadas de Belleville, Pigalle y Montmartre, desde donde se divisa la ciudad cruzada por el mítico río Sena de los suicidas y sus juguetes imprescindibles, que son la Torre Eiffel y la supermaquillada Notre Dame.

 Y para  Owen Wilson, que interpreta a un guionista de Hollywood que escribe una novela, París es la ciudad del amor, la lluvia, el perfume, el deseo, el beso furtivo junto a un puente y el sexo representado por esas chicas hermosas en sus sencillas blusas y jeans ceñidos, como se ve en el emblemático personaje de la sexy Gabrielle (Léa Seydoux), ante quien cae rendido bajo la lluvia el héroe literario de esta película. Y es también la contradicción entre el artista y el burgués, el bohemio y el puritano, el dinero y el vino. La literatura contra la realidad.

En Midnigth in París, Woody Allen nos sirve la sopa del trajinado mito parisino y el héroe intoxicado de lecturas y sueños de otras épocas viajará en el túnel del tiempo hacia el pasado embellecido por el paso del tiempo. Hablará con Hemingway y Dalí, se enamorará de una amante de Picasso y al final cambiará el proyecto de boda con su insoportable novia y sus detestables suegros por la supuesta vida bohemia y natural de un escritor enamorado, que opta por el sueño. Una historia cursi como las de Woody Allen, que sinembargo nos reconcilia con el set cinematográfico donde vivimos y sufrimos.

 Cuando apareció hace cuatro décadas, Woody Allen, con su figura insignificante, escuálido, narizón y gafufo, se convirtió en el héroe de feos, tímidos y fracasados del mundo que luchan para sobrevivir en un mundo de competencia despiadada donde la publicidad incita a todos a ser millonarios, modelos, vedettes o estrellas de cine.

¿Cómo vivir la vida si el individuo es por el contrario el más insignificante, el menos erótico, el más indeciso, enclenque, enano y narizón hasta la ridiculez, un solitario onanista entre rascacielos, sistemáticamente humillado y marginado en el trabajo y la vida social y traicionado por amores que se aburren con él? Woody Allen ha realizado una obra que es una larga psicoterapia urbana de cuatro décadas, centrado en las destrucción de los arquetipos y los mitos, las insatisfacciones de la pareja, la imposibilidad de la vida familiar, las mentiras y autotraiciones recurrentes del ser en urbes que exigen éxito.

 Con Bananas (1971),  Play it Again, Sam (1972), Todo lo que usted quería saber sobre sexo y no se atrevió a preguntar (1972), Annie Hall (1977), Interiores (1978), Manhattan (1979), Stardust Memories (1980), La Rosa púrpura de El Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1987) y muchas más, Woddy Allen se convirtió en psicoterapeuta familiar de sus admiradores.

 Pero en esta última caricatura de París se vuelve más ligero, menos neurótico, hace un guiño a los escritores, personajes que en vida sufren como Ernest Hemingway, Malcolm Lowry y Francis Scott Fitzgerald, pero que la leyenda engrandece. Woody Allen, que vino por primera vez a la ciudad en 1965 y desde entonces la visita con frecuencia, afirmó en el reciente festival de Cannes que esta película es su visión subjetiva de un París bajo la lluvia y un diálogo con algunos de los directores como Jean Renoir, François Truffaut y Jean Luc Godard, lo que ha logrado con creces. París, con Woody Allen, ha vuelto a ser de nuevo una fiesta.

 

 

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Edición No. 173