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Las palabras entonces sí cuentan, son palabras

En la presentación de su novela «Prohibido salir a la calle»; Madrid, 22 de mayo de 2007.

Prohibido salir a la calle es, más allá de la anécdota, un viaje hacia el río de la infancia, pero sobre todo es un viaje al interior de la lengua, del idioma con el que se fijaron los rasgos de nuestra personalidad. Fue concebida aquí, imaginada aquí, pero ocurrió allá, en el solar nativo, en mi ciudad de origen, el lugar donde queda el paraíso de la infancia, ese paraíso al que deseamos volver y que inevitablemente proyectamos en nuestros afectos. De ese allá, que se vive aquí, trata mi obra. Porque la literatura en ocasiones viene del recuerdo y a medida que pasa el tiempo sientes más necesidad de escribir sobre el pasado; es mayor el deseo de rendir culto a la memoria. A la postre, quienes escribimos lo hacemos luchando contra el olvido.

La escritura, esa forma que adopta la nostalgia, es el destino de los llamados «escritores de la diáspora», palabra que con la que no me identifico en absoluto, pero que en mi caso sirve para dar cabida a los escritores colombianos que vivimos fuera del país, tanto en mesas redondas, como en encuentros donde no tenemos lugar porque ser de aquí y de allá nos condena a ser de ninguna parte. Vivir fuera del hogar nativo te coloca en una situación extraña y a veces incómoda, respecto a los tuyos. Es un error interpretar que quien decide vivir fuera de su país lo hace porque menosprecia el lugar de origen, «su patria». Por lo general es todo lo contrario, te alejas de lo que más amas, porque los seres humanos somos un nudo de contradicciones. Lo mejor es decirlo con las palabras de Borges que resume así la complejidad de los amores y que podría definir la relación con la patria: «no nos une el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto».

Esta novela que trata de allá, pero se escribe aquí, junta dos orillas y al mismo tiempo pone en el centro de mis preocupaciones el lenguaje, las palabras con las que deben ser nombrados los sentimientos, tarea nada fácil cuando se está en una frontera movediza una mezcla de idiomas, de sentimientos. La rabia no se expresa de la misma manera en España que en Colombia, y no es sólo una cuestión léxica. Me refiero a las palabras, al peso que tienen, a lo poderosas que son incluso, y sobre todo, cuando callan u ocultan. Las palabras han sido muy importantes para mí, no sólo como escritora. Como escritora es obvio porque mi herramienta de trabajo es el lenguaje. Ciertas palabras llevan una carga emotiva, dependiendo del contexto: familiar, social, histórico, etc. Como latinoamericana que vive en España, he sentido ese peso al verme forzada a hablar, en ocasiones, con notas a pie de página, porque las palabras arrastran unos significados que se refieren a realidades personales, ajenas en otro país o entorno cultural. Y sinembargo nos entendemos. Por encima de todo existe la voluntad de entender al otro y de hacerse entender, para sobrevivir. Sin esa predisposición sería imposible el diálogo, el avance de los procesos. Durante mis primeros años en España, no hice otra cosa que traducir y traducirme, pero eso también te puede ocurrir en tu país de origen. Muchos creerían que tras 24 años aquí debería hablar como española. Pero aunque me lo propusiera, eso es imposible. Lo que sí me ha ocurrido es que el esfuerzo por comprender ha ampliado mis horizontes mentales, con nuevos significados y acentos. Éste que es un tema cotidiano, no está al margen de mi oficio de escritora.

En el proceso que va de la escritura al libro y del libro al lector, el compromiso o el reto que se me plantea es hacerme entender del lector, ser capaz de emocionarlo. Otro reto es la fidelidad a lo que soy, por encima de las exigencias externas, de los condicionamientos o de los prejuicios que puedan existir, por ejemplo respecto a mi condición de latinoamericana. Hago énfasis en esto porque nuestro acento puede chocar y a la postre, convertirse en un obstáculo a la hora de publicar…ha habido casos… Al margen de estos detalles secundarios, lo importante es que las personas estamos hechas de palabras, que dentro llevamos palabras y que esas palabras son una parte sustancial de nuestro ser. El lenguaje nos constituye, está dentro de nosotros y fuera de nosotros.

Hago énfasis en las palabras porque al escribir esta novela tomé verdadera conciencia de ellas. Nunca antes había sentido el peso de determinadas palabras, de expresiones que habían quedado enterradas, casi olvidadas en mi memoria y que a través del recuerdo me llegaban. Esta es una novela de infancia, que se refiere al mundo encantado en el que un detalle pequeño puede adquirir un carácter fantástico y donde una frase puede quedar gravada con sangre. Las palabras no se quedan jamás en el nivel léxico y semántico, ellas rompen moldes y exigen ser explicadas desde un inmenso territorio que va de lo íntimo a lo familiar, a lo social y a lo cultural, lo que los lingüistas llaman pragmática y que no se puede explicar con sólo recurrir a un diccionario.

El discurso que se fue armando con las palabras de muchos personajes es como un tejido de crochet con puntos y piezas de distintas tonalidades, son las voces y los acentos de los personajes que se me impusieron. Cada uno de ellos habla y a la vez trae el discurso de otros porque los personajes estás hechos de palabras y esta es la razón de que los sienta tan vivos. Fueron ellos los que empezaron a hablar y los que me forzaron a desenterrar palabras que ya no usaba en España, porque cuando las decía aquí me miraban con extrañeza. Esas palabras mías pasaron a un archivo y allí estaban dolorosamente viviendo, esperando la oportunidad de ver la luz, de ser dichas. Por eso fue muy emotiva la escritura de este libro, porque de repente me venía una expresión, una palabra, una sentencia y como la magdalena de Proust, la palabra arrastraba un caudal de sentimientos confusos, un nudo emocional que trataba de deshacer en la escritura para darle forma a la novela.

Escribir es una actividad solitaria e íntima y esta novela lo fue en mayor medida porque me empujó hacia el fondo de la memoria donde fui rescatando objetos, como los restos de un naufragio, juguetes destrozados que antes fueron nuevos y trajeron felicidad, zapatos desgastados que llegaron convocados por un deseo vehemente y firme de lucirlos, personas amadas que nos hicieron daño con sus palabras, poemas, sentencias, paisajes, sensaciones olores, todo un caudal de materias procesadas, recicladas, depuradas, que dejaron su esencia en las palabras.

Por eso la escritura es para mí el acto más íntimo y esta es la razón de que el contacto con los lectores me intimide. Reconozco que es una actitud contradictoria pretender transmitir una emoción y al mismo tiempo temer la respuesta del lector. La primera vez que me presenté a un premio literario pasé un mal rato creyendo que el jurado iba a reírse de mi pretensión de ganar el concurso. Me acosaba la misma sensación de Juan Pablo Castel cuando quería recuperar las cartas enviadas a María. No sabía cómo recuperar esos manuscritos que salían del túnel, y que rebelaran secretos inconfesables. Parecía como si quisiera frenar su destino, por un temor extraño relacionado con mi afición a la escritura, una actividad que empezó siendo clandestina, incluso culpable y egoísta por ser excluyente y exigir renuncias que te sustraían de las obligaciones del mundo. En el fondo estaba traicionando a los míos contraviniendo sus mandatos. Y es que la escritura, hasta cierto punto, nos desnuda ante los otros, nos deja demasiado expuestos. Pero no se puede negar que la obra reclama sus lectores y que el miedo al dictamen de los jueces es un trance que se pasa cuando alguien te dice que ha visto reflejada su infancia en la novela, que fue así como la vivió, tal y como la vivió la protagonista. Y la sorpresa es mayor cuando se trata de alguien que no conoció la Bogotá de finales de los sesenta y principios de los setenta, donde transcurre la vida de la niña de Prohibido salir a la calle.

Con esta novela he aprendido que el aquí el allá, tienen más puntos en común de lo que pudiéramos imaginar. Mi generación nació con la televisión y se fue a la cama con la familia Telerín, aprendió a soñar con las mismas series americanas, que se pasaban en España donde estaban sucediendo cosas muy parecidas. Nuestra infancia se vio de repente rodeada de dibujos animados, de héroes y personajes que se convirtieron en modelos de vida. A la misma hora aquí y allá estábamos con los ojos puestos en la televisión para ver la llegada del primer hombre a la luna. ¿Qué niña no soñó con ser de mayor una espía, con galanes como el agente 007 interpretado por el inglés Roger Moore? Todas las niñas de mi generación vimos pasar a los hippies que nos trajeron el rock, junto con un afán de libertad hasta entonces reprimido. Antes la libertad parecía un asunto político, una idea romántica lejana, pero en aquellos años era algo que atravesaba todos los ámbitos de la vida: la forma de vestir, las costumbres, los rituales sagrados, todo cambió, aquí y allá. Crecimos con estímulos semejantes hasta el punto de que compartimos un imaginario. Esto me ha permitido juntar las dos orillas, conciliar las distintas caras de mi ser de aquí y de allá; sólo espero que el desfase entre mis propósitos y los resultados no sea tan grande en esta novela y esto es algo que sólo lo pueden decir los lectores.

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Edición No. 142