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Poema en prosa

Uno de los poemas más bellos que leí es “El durmiente del valle”, de Juan Nicolás-Arturo Rimbaud. 

El durmiente del valle habla de un soldado muerto sobre un montón de berros en la ribera de un arroyo que, dice el poeta, la luz besa. Pero el poeta nos retrasa la visión de su muerte. El poema en realidad nos habla primero como engañosamente de la belleza del entorno y de un muchacho dulce, reclinado en medio del  paisaje ideal, y solo al final, un verso nos revela sin énfasis, que tiene una herida en el costado derecho. “Naturaleza, mécelo con calor: tiene frío”, dice. 

El poema de cuando en cuando me vuelve a la memoria. Y siempre me parece que en el cuerpo de la poesía del hijo de la señora Cuiff, feroz y desgarrada, es una joya rara, por su claridad  caritativa. Estos días volví a recordarlo por una asociación miserable. Diré cómo. 

Las brumas industriales del cielo del crepúsculo bogotano reflejaban el incendio tranquilo de las luces de la ciudad adormeciéndose en la bruma. Llovía mansamente. Y contra el parpadeo opaco de los semáforos, en un desgarramiento de la nube venenosa de ceniza, un puñado de estrellas vencía la fealdad urbana con un fulgor suficiente para poner un poco de felicidad en mi  alma. 

Junto al portal de la casa inglesa, echados contra la alta puerta amarilla de vidrios esmerilados, cicatrizando el muro con insolencia, vi un montón de trapos revueltos. Lo que había sido una chaqueta de montañista, dos zapatos de distintos colores, sin los cordones, arruinados hace años, y unos calzones anchos, negros, de rayas de payaso, inmóviles, indiferentes a la belleza de la noche incipiente, descansaban con las bocas abiertas de los desgarrones, después de haber asistido a un montón de fiestas con otro dueño. Y de repente se movieron y vi que dentro había un hombre, quizás muerto,  quizás muriendo, o quizás burlándose de todo, de la indigencia del cielo y de la crueldad del hambre. 

Los tobillos hervían de larvas, como tesoros vivos, como si esa agonía de desecho de hombre hubiera llegado a ser el hombre más rico del mundo, un día. La mano derecha metida bajo el pantalón tenía la muñeca cortada y la cicatriz parecía una galleta oscura ganada de alguna riña, mientras la otra servía de  almohada a una maraña de pelos que semejaba  un nido de pájaros sin pájaros. La cosa tenía la camisa abierta, sin botones. Y el pecho hirsuto, enmazorcado de virulencias. Me acerqué con cautela. Quizás estaba muerto, por el hedor que despedía. Pero estaba sonriendo, con los ojos entrecerrados. Y yo me pregunté qué cosas tan dulces estaría soñando, en cuáles paraísos, para que esbozara una sonrisa tan hermosa con los dientes podridos, rotos, desde la realidad de su mugre fantástica. 

Y me alejé corriendo, pues tuve miedo de envidiarlo, con todos los miserables privilegios de mis servidumbres razonables. 

 

 

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Edición No. 176