Algunas columnas de prensa
De progresista a reaccionario, sin cambiar
El progreso legítimo, hoy, se parece mucho al regreso a algún pasado.
“El Tiempo”, 23 de enero de 2015
Los infortunados eventos de terrorismo en París me sacudieron dos veces. La primera, por ellos mismos, por su absoluta sinrazón, y la segunda, por comentarios en la prensa y en las redes que pretendían disminuir la gravedad de los hechos con explicaciones justificativas. Recordé, entonces, el tiempo en el que yo era tan “progresista” como hoy esos comentaristas.
Adopté, aún en el colegio, algunas premisas contundentes. Una fue el rechazo a la base del pensamiento religioso (no a los religiosos). Es decir, a la presunción de que hay conocimientos revelados y que por tanto son dogmáticamente verdaderos. Esa certeza de verdad ha sido origen de persecuciones y guerras, y me resultaba inaceptable.
Partí de un gran respeto por el ser humano que me llevó a pensar que con su ciencia era capaz de generar nuevo conocimiento para resolver los problemas de la humanidad, y con sus reflexiones filosóficas podía avanzar en sistemas morales cada vez mejores. Es decir, creía que existía el progreso y que un tiempo futuro podría ser mejor.
Creí que la dignidad intrínseca de los seres humanos implica la igualdad entre todos ellos y que eso lleva al respeto por las decisiones de la persona sobre su vida y su cuerpo. Me parecía abominable la discriminación por raza, nación, género u orientación sexual. El derecho individual estaba, para mí, por encima de cualquier interés, aunque fuera colectivo. Todo eso llevaba a la esperanza de un mundo abierto, sin fronteras, equitativo y en permanente mejora ética y material. A pesar de que nunca me afilié a un partido político, me identifiqué con las aspiraciones socialistas de la época y con los países que parecían haberlas adoptado.
Con el tiempo, hubo tropiezos. Los primeros fueron con esos países. Hubo que ‘tragar sapos’, pero finalmente resultó imposible creer que todos los científicos e intelectuales presos y en manicomios realmente eran criminales o estaban locos, que las denuncias de los gulags eran un complot, que los perseguidos por homosexualidad eran criminales, y así tantos otros casos. Las justificaciones se enredaban: que los presos políticos fueron liberados, pero que en realidad no eran presos políticos porque nunca los hubo, y que si eran presos se lo merecían y que no eran políticos, sino opositores del progreso.
Luego llegó el posmodernismo de izquierda, con su relativismo moral. Resultaba entonces que “todo valía” si las circunstancias así lo exigían y que yo era un sicorrígido. Que el dogma religioso se rechazaba o no dependiendo de la geopolítica. Es decir, eran condenables las religiones judeocristianas, pero no aquellas que se oponían a las potencias occidentales. Así empezaron a volverse aceptables la ley del talión, las condenas a muerte de mujeres adúlteras, las ejecuciones por homosexualidad, por ateísmo, por blasfemia o por lo que fuera. La “tolerancia cero” al abuso se ablandó, y el progresista empezó a definir el valor moral de las víctimas según quien fuera el victimario.
El relativismo moral se extendió. La creencia de que el progreso era posible se volvió políticamente incorrecta y las costumbres ancestrales tomaron su lugar predominante. Así, para ser progresista hoy, hay que aceptar la ablación del clítoris o el abandono de los mellizos en el monte. La ciencia y la tecnología dejaron de ser esperanza y se volvieron amenaza. El progreso legítimo, hoy, se parece mucho al regreso a algún pasado.
Yo era, pues, un joven progresista porque creía en la ciencia, en la igualdad, en la dignidad humana, en la independencia intelectual y en el progreso, y rechazaba las verdades reveladas y los dogmas. Hoy he sido notificado de que, pensando exactamente lo mismo, soy viejo y reaccionario.
¿Cuándo se inventaron los abuelos?
Un proceso lento y frágil hasta que llegó a la domesticación de las plantas.
“El Tiempo”, 27 de diciembre de 2015
Cuando estaba en la edad en la que los niños ya se creen jóvenes, se nos ocurrían juegos de todo tipo (a falta de los Xbox, que no existían). Uno era el de imaginar preguntas imposibles para luego desternillarnos de risa con las respuestas. Por ejemplo: ¿quién sabe cuándo se inventaron los abuelos?
Pues hace poco encontré la respuesta en escritos de la bio-paleo-antropóloga americana Rachel Caspari. Ella demostró que los abuelos son un invento reciente en la historia humana. Decidió hacer una investigación profunda para definir cuándo sucedió. Empezó con intentos por reconstruir la demografía de poblaciones prehistóricas de especies de Homo y Neandertal; la tarea resultó muy difícil. Generalmente en el registro fósil se recuperan fragmentos de individuos que murieron en épocas distintas. Con esa muestra, el error estadístico no permitía llegar a conclusiones creíbles.
Pero encontró algunos reportes interesantes. Uno de ellos sobre una cueva en Krapina-Croacia, donde unos 70 neandertales, de una población única, vivieron y murieron al tiempo hace unos 130.000 años. Usó los dientes fósiles porque son ideales para determinar la edad. Por un lado van apareciendo a distintas edades; por otro, su desgaste es proporcional a los años de uso. Además con una moderna técnica tomográfica pudo medir la dentina, que resultó concluyente. Así definió que no había adultos que alcanzaran los 30 años, edad mínima para ser abuelo.
Resolvió el problema estadístico que generaban las muestras pequeñas midiendo la proporción de viejos (de 30 años) con respecto a jóvenes. Encontró que esa relación fue constante en las poblaciones de Neandertal y Homo durante más de 600.000 años. Pero las cosas cambiaron dramáticamente en el Paleolítico Superior, en el que encontró poblaciones en las que los mayores de 30 años estaban en una proporción cinco veces mayor que en las épocas anteriores. El aumento de los viejos permitió a esas sociedades la acumulación y transmisión de conocimientos sobre el comportamiento de los animales, el clima y los instrumentos. Ese proceso fue lento y frágil hasta que llegó a la domesticación de las plantas. De ahí en adelante, conocimiento y longevidad crecieron juntos irreversiblemente. Es decir, los abuelos se inventaron hace unos 10.000 años, y fueron un buen invento.
Yo tuve la suerte de conocer a mis cuatro abuelos. Los paternos llegaron a Barranquilla a finales de los años 20. Me contaron que tenían una pequeña posada para los inmigrantes judíos de Europa central y oriental. Cuando los conocí, estaban retirados, pero mi abuela (que me parecía una matrona inmensa) todavía recibía diariamente en el porche de su casa a los antiguos huéspedes que venían a presentarle sus respetos (yo creo recodar filas). Mi abuelo, dicen que había sido guardabosques en su pueblo de Besarabia. Me costaba imaginarlo de botas y a caballo.
Mis abuelos maternos llegaron a Cartagena. Ella no paraba, todo el día luchando contra la entropía del Universo. Él, sabio y brillante, había estudiado cuando niño la Biblia y el Talmud, pero de joven se sumergió por su cuenta en la cultura occidental. Feminista pionero mandó en 1938 a su hija mayor a estudiar Bacteriología a la Universidad Nacional y luego a la segunda a completar estudios de piano en el Conservatorio Nacional. Tuvimos largas charlas sobre el destino de la humanidad. Después de su decepción con la Unión Soviética, su esperanza era la ciencia, y algo me contagió.
Hoy, ya desde el otro campamento, entiendo que el papel de los abuelos ha cambiado desde el Paleolítico. Están para cocinar rico, para las vacaciones, para el cine y a veces para contar historias, como aquella sobre cuándo y cómo se inventaron los abuelos.
¿Quién quiere un BMW?
Al plantear los modelos económicos habría que invitar también a psicólogos y filósofos a opinar. Tal vez así se entendería mejor aquello que hace feliz a la gente.
“El Tiempo”, 5 de marzo de 2015
Hace bastante tiempo, aún de estudiante, un conocido se reía de mí. Decía que no entendía por qué los ‘nerdos’ cuadriculados se quemaban las pestañas para conseguir un B. A., luego un M. Sc. y, finalmente, un Ph. D. si él, hacía tiempo y con menor esfuerzo, tenía un BMW. Mi respuesta fue: ¿Y quién diablos quiere un BMW?
Todavía pienso así. Han pasado años, he conocido miles de personas y ninguna de ellas quisiera ser la más rica del mundo. Tal vez mi grupo no es representativo, pero la aspiración de mis conocidos es la de tener satisfacciones en el trabajo y una vida con significado (por supuesto, una vez satisfechas sus necesidades y las de su familia).
He conocido empresarios millonarios, a los cuales un ingreso adicional los tiene sin cuidado, pero que siguen trabajando duramente por la satisfacción que les produce el éxito de una idea. Vivo en un mundo académico en el que (a pesar de que se quisiera ganar mejor) lo que realmente condiciona el trabajo es el deseo de obtener una respuesta a una pregunta compleja, de entender y ayudar a entender un problema abstruso, de tener buenos resultados en un experimento incierto.
Conozco músicos de orquesta que entran en éxtasis al menos una vez por semana en sus conciertos, maestros que se emocionan con la superación de un alumno, mecánicos a los que el ruido de un motor bien afinado les suena a melodía y jardineros que ven con deleite florecer sus plantas.
Digo esto porque cada vez más parece que los “macroeconomistas” y los ciudadanos del común vivimos en universos paralelos. Ellos, muy preocupados con las inmensas acumulaciones de capital; y, por otro lado, la gente, tratando de ser feliz. No tengo dudas sobre el peligro del crecimiento del poder político en manos de los grandes capitales: hay que evitarlo, y pareciera que la mejor vía es aplicando más y mejor democracia, más impuestos y redistribución a través de proyectos sociales.
Pero creo que al plantear los modelos económicos habría que invitar también a psicólogos y filósofos a opinar. Tal vez así se entendería mejor aquello que hace feliz a la gente. La preocupación debería centrarse en diseñar estrategias para mejorar las posibilidades de bienestar de los pobres, más que en teorizar sobre las acumulaciones, que son cada vez más virtuales, más abstractas, con movimientos de muchos ceros que se fusionan y se fragmentan en algún lugar del ciberespacio, que no tiene nacionalidad, que ni siquiera parece ser de este planeta.
Kahneman recibió el Nobel de Economía no a pesar de ser psicólogo, sino por serlo. Su escuela (y otras) ha mostrado cómo las decisiones de la gente no están regidas por una estricta lógica económica. A la gente del común le importa poco el coeficiente de Gini (que define la desigualdad en la distribución de la riqueza) si siente que donde vive puede realizarse y que hay un futuro grato para sus hijos. Esa gente no lee Forbes ni tienen interés en sus listados de magnates.
Seguro peco de gran ingenuo, pero la afirmación de que la actual concentración de dinero disminuye la movilidad social también me parece contraevidente. Hoy, las grandes riquezas están en manos de hijos de emigrantes como Carlos Slim, de jóvenes de origen humilde como Steve Jobs o Bill Gates, o de mafiosos sinvergüenzas como los rusos que se apropiaron del petróleo tras la caída del régimen soviético.
Creo, en resumen, que los modelos de desarrollo económico deberían centrarse en generar condiciones para que la gente exprese sus potencialidades. Hay que desestimular, con educación y con ejemplos de vida, las ambiciones de acumular. Esas ni siquiera son naturales a la especie humana, que se parece mucho más a la cigarra que a la hormiga.
La economía de la felicidad
Ni el hombre es tan racional ni el mercado, tan ideal. Una economía para la felicidad no puede depender exclusivamente de la acumulación de riqueza.
“El Tiempo”, 1 de octubre de 2015
A raíz de una columna titulada “¿Quién quiere un BMW?”, me invitaron a participar en un conversatorio sobre la economía de la felicidad. Mis sinceros reclamos de ignorancia sobre el tema no tuvieron efecto. Acepté porque era para celebrar los 55 años de Eafit, así que estuve conversando con dos muy buenos economistas colombianos: el decano Juan Felipe Mejía y el profesor Eduardo Lora.
Coincidimos en una posición no ortodoxa, pero que toma fuerza hoy: la economía que ve el éxito en el crecimiento constante del PIB y en el enriquecimiento personal no garantiza la felicidad de la gente. No se trata con eso de predicar la virtud de la pobreza ni de presentar al mercado como una amenaza. Solo se pide cautela ante los pilares asumidos como ciertos por muchas escuelas: el hombre como un Homo aeconomicus y el mercado como mecanismo de ajuste infalible.
El Homo aeconomicus ha sido adoptado para modelar el comportamiento humano. Diferentes definiciones coinciden en que se trata de una persona racional, que decide y actúa con conocimiento para lograr el máximo de beneficio por su esfuerzo. ¿Pero es así? Hay jóvenes que se ponen una camiseta colorida, viajan en un bus 12 horas para llegar a un estadio donde gritan 90 minutos hasta perder la voz, y regresan viajando otras 12 horas. Después afirman que fue el momento más feliz de sus vidas. Díganme si hay acá algo de racionalidad.
El psicólogo y premio nobel de Economía Daniel Kahneman ha mostrado analítica y experimentalmente que las decisiones humanas son con frecuencia irracionales. La gente predice afectivamente, tiende a generalizar a partir de hechos anecdóticos, confunde la asociación o sucesión de hechos con una relación de causa-efecto y tiene una aversión tal a la pérdida que la hace calcular muy mal sus probabilidades de éxito en una empresa.
En su libro Pensando rápido y lento, propone la existencia de dos sistemas de pensamiento (soportados también por la neurofisiología). En el sistema rápido predominan lo emocional y lo intuitivo; en el lento, lo racional. Su discípulo y colega Richard Thaler, profesor de la célebre escuela de la Universidad de Chicago, describe dos estereotipos. Quien decide con el primer sistema es el Humano y quien lo hace con el segundo, el Econo. El Humano es Homero Simpson: simple, impulsivo, emocional, intuitivo y torpe. El Econo es Mr. Spock, de Star Trek: frío, racional, calculador y frecuentemente acertado. Parece que la gente normal es una mezcla en diversas proporciones de Homero Simpson y Mr. Spock, así que el Homo aeconomicus de los clásicos no es real.
Por otro lado, el mercado también tiene problemas. En su forma extrema fue representado por la llamada “mano invisible” de Adam Smith, famoso por su afirmación de que “no es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés”. Con eso planteaba que el mercado genera un equilibrio que finalmente encuentra no solo la mejor solución, sino la más virtuosa.
Mis profesores, cuando explicaban la ley de los gases ideales, nos advertían que había que imaginar que las moléculas eran esferas perfectas que rebotaban con total elasticidad. Pero, en la realidad, ni son esferas ni son elásticas. Lo mismo pasa con el mercado: no es un sistema ideal. Los individuos no se mueven (ni rebotan) libremente, los intereses no están todos en las mismas condiciones de competencia.
Posiblemente la economía se desarrolló así porque sus premisas son plausibles y simplifican el comportamiento del mercado; pero ni el hombre es tan racional ni el mercado, tan ideal. Una economía para la felicidad no puede depender exclusivamente de la acumulación de riqueza.
La democracia universitaria
La Universidad es una institución basada en el mérito. Resulta paradójica la pretensión de que precisamente para escoger a sus líderes se abandone ese criterio.
“El Tiempo”, 30 de abril de 2015
Hay palabras de las que se abusa y con las que se abusa. Quien grita “democracia” se cree virtuoso. Pero las declaraciones grandilocuentes no son suficientes. Por el contrario, son un mal indicador: basta recordar lo que era la República Democrática Alemana, o lo que son hoy la República Democrática del Congo y la República Democrática de Corea. Algunos desprevenidos caen en la trampa. Ese fue el caso cuando, en recientes nombramientos de rectores en algunas universidades públicas, columnistas y editorialistas manifestaron extrañeza porque no se obedecieran las consultas (que si fueran de obligatoria aceptación no serían consultas, sino elecciones).
La democracia es un sistema de gobierno para un Estado y sus mecanismos no son extrapolables a cualquier organización. Ni un conjunto de propiedad horizontal, ni un club social, ni una sociedad anónima se vuelven democracias por el hecho de que sus propietarios voten. Una universidad pública le pertenece a la Nación y le debe responder a toda la sociedad. Al exigir elecciones directas de las directivas se está suponiendo que quienes estudian o trabajan en ella tienen derechos de propiedad superiores a los de cualquier otro ciudadano. Esa posición es una forma de privatización y de politización, disfrazada con un discurso de democracia y de autonomía.
La comunidad universitaria es compleja. Hay quienes consideran a la Universidad un fin en sí, y ven en ella un proyecto de formación, de generación de conocimiento y de creación artística al servicio de los estudiantes y del país. Otros piensan que, aun con funciones educativas importantes, puede ser usada instrumentalmente como un medio para cambiar el régimen político existente. Finalmente, para algunos es solo un lugar de trabajo, y esperan que sea lo más cómodo posible. Seguramente todos cumplen con sus tareas básicas, pero sus prioridades son diferentes.
En una elección es inevitable que se generen compromisos con quienes consiguen votos. Es fácil imaginar cuáles candidatos contarán con apoyos partidistas y cuáles harán ofertas clientelistas. Por eso muy pocas universidades en el mundo eligen sus directivas por votación directa y ninguna de ellas está en las listas de las mejores.
Hay que considerar además que la Universidad es una institución basada en el mérito. Todos los que ingresan a ella –profesores, estudiantes y trabajadores– lo hacen ganando un concurso riguroso. Resulta paradójica la pretensión de que precisamente para escoger a sus líderes se abandone ese criterio.
No quiero decir que la democracia y la participación son imposibles en la Universidad. Por el contrario, existen normalmente en las mejores del mundo, sin que eso implique que hagan elecciones. El modelo se inventó hace años: en una primera etapa se construye un programa de largo término con la participación de los universitarios y de la sociedad. Cuando hay que nombrar rector, se convoca a la comunidad y a la sociedad a proponer candidatos.
Después, un comité de búsqueda, conformado por personas expertas y muy respetadas, define quién, entre los propuestos, tiene las mejores condiciones para llevar a cabo el plan que la Universidad se ha trazado. Posteriormente, los miembros de la comunidad acompañan a la administración con una buena auditoría y participando en la conducción cotidiana de la institución. Ha sido tan exitoso ese modelo que deberíamos adoptarlo acá.
Los reclamos para elegir popularmente a las directivas no contribuyen a la democracia. Por el contrario, dan lugar a presiones políticas indebidas sobre los consejos superiores, vulneran la autonomía universitaria y relegan discusiones académicas, verdaderamente fundamentales, a un lugar secundario.
Autonomía universitaria: por qué sí
Se ha mantenido a lo largo de los siglos porque es garantía para que el conocimiento progrese, sin las trabas de los dogmas y de las urgencias políticas.
“El Tiempo”, 11 de diciembre de 2014
Los visitantes de la antigua Universidad de Heidelberg tienen la oportunidad de conocer su cárcel para estudiantes, hoy un museo. Cerró sus puertas apenas en 1914. El gobierno de Heidelberg había delegado en su universidad el enjuiciamiento de los estudiantes por delitos menores. Podía condenarlos a prisión en su propia cárcel universitaria.
Este es posiblemente el caso más extremo de la autonomía universitaria que, en diversas formas (menos radicales que la de la anécdota), ha estado vigente desde los comienzos de la universidad occidental, hace ya casi mil años. En algunos países es una costumbre que se convirtió en norma, aunque sin soporte formal. En otros adquirió carácter legal; en Colombia tiene rango constitucional.
No se trata de un privilegio de “cuna” ni de un mandato religioso. Es el resultado de una larga historia de ensayo y error en la cual se llegó, consciente o intuitivamente, a la conclusión de que es socialmente muy conveniente. A otras instituciones, como el Banco de la República o las altas cortes, la Constitución también les ha otorgado autonomía porque con eso garantiza su independencia y las libera de injerencias gubernamentales, a veces apresuradas y poco pensadas.
Hoy, la autonomía está recibiendo ataques (incluso de quienes, tratando de defenderla, la desvirtúan). El más reciente se debe a la irresponsabilidad de una institución universitaria que abusó de ella. Pero pretender que la autonomía debe desaparecer porque se abusó de ella es como decir que debe abandonarse la presunción de inocencia porque hay culpables que se aprovechan. La base fundamental de la autonomía es la responsabilidad institucional. No pretende otorgar condiciones de extralegalidad ni de extraterritorialidad.
Una característica de las sociedades que tienen problemas para construir buenas políticas públicas es que normas muy bien pensadas, con fuertes soportes teóricos y con pruebas plenas de conveniencia, son impulsivamente derogadas para remendar un problema coyuntural. La aparente conveniencia de ese remiendo no toma en cuenta el daño profundo y de largo término que produce la desaparición de la buena norma.
El ejercicio de inspección y vigilancia es también una norma de rango constitucional, en cabeza del Presidente. El Gobierno tiene la facultad y la obligación de asegurar a los estudiantes una educación de calidad. Pero las dos normas constitucionales deben aplicarse equilibradamente. El Gobierno debe vigilar que la universidad cumpla con el programa institucional que ella misma asumió autónomamente, y con el cual se comprometió. No debe imponerle un programa que le es extraño.
La universidad (la verdadera, la digna de autonomía) es un ámbito académico en el que se genera, acumula y transfiere el conocimiento. Esto sucede en una comunidad con disciplinas múltiples y con diversas posiciones e ideas, a veces contradictorias y en permanente debate. Así disminuye el riesgo de errores y minimiza el imperio de las modas intelectuales y políticas, que años después se reconocerán equivocadas. La autonomía es un mecanismo que asegura pertinencia a largo término.
Las universidades de más prestigio en el mundo son autónomas. El siglo XX nos mostró, en sus sociedades más autoritarias, lo nefasta que puede ser la pérdida de esa autonomía. Quien la entiende de verdad sabe que se ha mantenido a lo largo de los siglos porque es garantía para que el conocimiento progrese, sin las trabas de los dogmas y de las urgencias políticas. Hace un tiempo resumía esta argumentación diciendo que la autonomía es el reconocimiento de la sociedad, al hecho históricamente comprobado de que las universidades se equivocan menos que los gobiernos.
Educación superior: ¿política o ley?
“El Tiempo”, 20 de febrero de 2014
Uno de los primeros anuncios del actual gobierno fue el de una reforma a fondo de la educación superior en reemplazo de la obsoleta Ley 30 de 1992. El Presidente y la Ministra manifestaron su expectativa por una rápida aprobación. Muchos no coincidimos con ellos porque la propuesta tenía falencias y porque pensábamos que necesitaba mucho más discusión. Ahora, ya terminando el Gobierno, se plantea que, en lugar de una nueva ley, el Cesu (Consejo de Educación Superior) va a coordinar esfuerzos para proponer una “política de Estado”. Como con la zorra de Esopo, las uvas de la ley están verdes.
Las políticas de Estado, entre nosotros, son animales míticos. La Constitución exige un plan de desarrollo cada cuatro años, y en nuestra cultura, en tanto más cambien respecto al anterior, mejor. No tengo noticias de una verdadera política de Estado en el campo de la educación ni en el de la ciencia. Lo más cercano fue la recomendación de la Misión de Sabios adoptada en un documento Conpes al final de 1994. Sobra decir que ese Conpes no pegó. Estudios prospectivos, visiones de futuro y planes sectoriales son desconocidos y sus metas son inmediatamente modificadas con cada cambio de gobierno, incluso cuando los gobernantes son muy cercanos (como sucedía al principio del actual).
Las políticas son meros discursos, amables sugerencias. Ni siquiera en relaciones internacionales y en seguridad nacional mantenemos políticas de largo término. Así que, señora Ministra y señores del Cesu, no nos engañemos: las políticas de Estado en Colombia son hechos extraños a la cultura y desestimulados por la Constitución.
Algunas voces dicen que una nueva ley no es necesaria. En verdad, cuando uno esta contento con lo que hay, es mejor quedarse quieto. Pero muchos pensamos que hay problemas no resueltos que el país debe abordar.
Para comenzar, hay algunos principios por establecer. Por ejemplo, si la educación superior es un derecho, un servicio o un privilegio. El Estado no puede asegurarle a cada ciudadano que va a ser doctor o profesional, pero sí el derecho a una oportunidad igualitaria de acceso.
Hay que resolver un posible conflicto entre la inspección y vigilancia, que están en cabeza del Presidente, y la autonomía, también constitucional, característica de toda universidad digna de ese nombre. El sistema para aseguramiento de calidad que tenemos hace agua. Mientras que los procesos de acreditación de alta calidad han sido bien llevados, los de aseguramiento de requisitos mínimos no tanto.
No da espera el rediseño de sistemas de financiamiento sostenibles a largo término tanto para las instituciones públicas como para las privadas. La tipología institucional es un relajo. La sociedad ganará cuando las instituciones correspondan a su nombre y a su nivel.
Habrá que abordar una discusión, que va a ser muy interesante, sobre el gobierno de las universidades y la construcción autónoma de proyectos institucionales. La diversidad debe ser promovida simultáneamente con exigencias de responsabilidad social.
En la Ley 30 están ausentes posgrados e investigación, que hoy son pilares del desarrollo económico y social de las naciones. No hay definición sobre la comunicación de la universidad con la sociedad y sobre su papel en el desarrollo regional. La internacionalización, la movilidad, el uso de tecnologías virtuales y remotas no están ni pensadas ni reglamentadas.
Lo anterior es una muestra mínima para sustentar lo necesario que será abrir nuevamente esta discusión y llevar las conclusiones a una ley. Esta es la única vía que tenemos para que las decisiones se cumplan y trasciendan los términos e intereses de los gobiernos.
¿Hay comunicación entre la moral y la ciencia?
La ciencia y la moral son ámbitos muy diferentes, pero hay entre ellas vasos comunicantes que permiten usar el conocimiento para construir no solo un mundo más productivo, sino uno mucho mejor.
“El Tiempo”, 30 de octubre de 2014
Richard Feynman, uno de los físicos más importantes del siglo XX, contaba que un sacerdote budista le dijo en Hawái que todo hombre, al nacer, recibe la llave del paraíso. Lo malo es que esa llave abre también las puertas del infierno. Le toca a él decidir cómo usarla; y si llegara a botarla para no caer en el infierno, se estaría resignando a no entrar nunca en el paraíso. Con esa parábola señalaba el hecho de que el conocimiento es neutral. Puede ser usado para bien o para mal, y la obligación de todos es usarlo bien.
Del lado de la filosofía se ha pensado mucho en esa separación de ámbitos. Hume, Sidgwick y muy especialmente Moore describieron la que llamaron “falacia naturalista”, que consiste en pretender definir “lo que debe ser” a partir de “lo que es”. “Lo que es” pertenece al ámbito de la ciencia, “lo que debe ser” es del ámbito de la ética y la moral.
Esa separación es válida en los dos sentidos. No se puede decir que un comportamiento sea moral porque es natural (la viruela sería moral y sus erradicadores, inmorales), ni se puede decir que una teoría científica sea verdadera porque esté de acuerdo con una determinada visión ética.
Sinembargo, existen indicios de que la frontera no es infranqueable y de que la ciencia, de todas formas, impacta los códigos de comportamiento. Es indudable que la moral ha evolucionado, incluso en aquellos sistemas que se basan en libros sagrados, aceptados como palabra de Dios. La Biblia, por ejemplo, reconoce la existencia de la esclavitud. Fue de avanzada hace 5.000 años porque disponía que ella no durara más de siete. Pero hoy en día, esos siete años serían un horror en cualquier sociedad.
Imaginemos a un médico del siglo XVII que debe tratar a un paciente con fiebre y congestión. Muy probablemente le recetaría una sangría, y recibiría por eso el agradecimiento de la familia y el respeto de la sociedad. Esa acción hoy llevaría al médico a la cárcel. Los dos estudiaron medicina, los dos juraron el mismo texto escrito por Hipócrates hace 2.400 años. La única diferencia entre ellos es el conocimiento; y es él el que define hoy a la sangría como no ética.
¿Cómo, entonces, participa la ciencia en la evolución de la moral? Una vía (posiblemente no la única) es a través de las explicaciones de las normas. Los humanos siempre tratamos de explicar nuestros comportamientos, y si bien las normas morales no pueden ser rebatidas directamente por un hecho científico, las explicaciones sí lo pueden ser; ellas son el objeto de la ciencia. Con los años, aquellas normas con una explicación mala son reemplazadas por otras mejor justificadas.
Si, por ejemplo, debemos resolver el dilema entre si todos somos iguales o si hay unos “más iguales” que otros, la nueva genética mostrará que la variabilidad entre individuos es mayor que entre razas y que las diferencias entre los humanos son insignificantes. Si una norma sostiene, como justa, la discriminación de los homosexuales por “anormales”, la ciencia evidenciará que la “normalidad” es un asunto de frecuencia, no de moral.
En un mundo que aspiramos a que sea cada vez más racional, las explicaciones que podamos darles a las normas serán de la mayor importancia, y, por tanto, deberán desaparecer discriminaciones de raza, género, identidad sexual, identidad nacional y otras. Es de esperar que costumbres ancestrales aberrantes, que subsisten en muchas sociedades, dejen de existir por la refutación científica de los argumentos que pretenden explicarlas.
La ciencia y la moral son ámbitos muy diferentes en verdad, pero hay entre ellas vasos comunicantes que permiten usar el conocimiento para construir no solo un mundo más productivo, sino uno mucho mejor.
Tenza
La carretera no comunica, aísla
“El Tiempo”, 22 de diciembre de 2013
Tenza es un pueblito boyacense poco visitado. Queda en medio del valle de su nombre. No estoy seguro por qué lo llaman valle. Imagino que los geógrafos debieron decidir entre valle estrecho o cañón amplio. Se entra por Machetá, en Cundinamarca (obligatorio probar las arepas a la laja), y se llega serpenteando a Guateque, en Boyacá, la tierra del presidente Enrique Olaya Herrera. A muy pocos kilómetros está Sutatenza, donde nació en 1947 la red de escuelas radiofónicas de Radio Sutatenza, un avance profético de la educación a distancia, que hoy está tan de moda, al menos en los discursos.
Más adelante se llega a Tenza y –para quien no la conoce– a una sorpresa. Un pueblo colonial campesino, de casas blancas, muchas aún construidas en tapia pisada y en bareque, con puertas y ventanas verdes y tejas de barro cocido, en medio de un paisaje de montañas apiladas y cielo muy azul. Fue fundada casi un año antes que Bogotá, pero no debe de tener más de seis mil habitantes. Su parque central es uno de los más hermosos de Boyacá, lo que equivale a decir de Colombia.
El Bolívar no está en el centro del parque. Vigila desde la esquina noroccidental a un obelisco central, en el que están grabados en piedra algo más de 50 nombres de héroes de la campaña libertadora. Fue una revelación descubrir que los héroes míticos de quienes nos hablaron en las clases de historia tenían los mismos nombres y apellidos del tendero, del carpintero, del electricista y de la maestra. Muchos años después leí en Bogotá, en el monumento a los Héroes Caídos en Combate, la frase: ‘Los nombres de estos valientes los conoce Dios’. Una excusa débil por no conocerlos nosotros; los tenzanos sí los conocen.
Diagonal a la plaza hay una viga en el andén, donde se sientan los vecinos a conversar y ver pasar. En una época se sentaban los clientes de la tienda de María de los Ángeles Ávila, quien fue fusilada en ese mismo lugar el año de 1817 por auxiliar a los patriotas de Casanare. Más adelante, otra placa señala el lugar en el que la familia Buitrago Roa le ofreció un baile de gala al Libertador.
Estuve visitando este pueblo ocasionalmente por cerca de 30 años, alojándome en un agradable hotel construido por la Corporación Nacional de Turismo y mantenido con tesón. Ahora decidí ponerme serio y pasar allá temporadas largas y frecuentes. Por serio me tocó también cambiar mi pequeño carro urbano por un campero, porque el acceso a Tenza es singularmente difícil. Es un caso clásico en el que las carreteras, testimonio de abandono, no comunican, sino que aíslan.
Con todo, el mayor atractivo es la gente. Un pueblo de artesanos (que tejen hermosos canastos) y campesinos. El interés por el estudio es sorprendente y los ejemplos de tenzanos exitosos son innumerables. El colegio público, dirigido por religiosas, debe de estar haciendo las cosas bien: se encuentra uno con la señora que va a vender una parcela para que su hija estudie filología, la administradora de la droguería con dos hijas ingenieras y una veterinaria, el artesano con un hijo psicólogo, el cerrajero con dos hijos químicos, la secretaria del colegio con hija médica y más. Muchos de esos jóvenes se van; hay pocos horizontes profesionales para ellos en el pueblo. Algunos se quedan o vuelven; el alcalde es ingeniero de petróleos y tiene un secretario de cultura muy joven que es abogado e historiador. En la calle se puede conversar con quien fue párroco de la UPTC, dedicado en su jubilación a estudios de historia.
En Tenza predomina el grupo de los esforzados sobre el de los indignados. Tal vez cuando en la gran ciudad nos pase la moda imperante, vuelvan a ser apreciados, como allá, la modestia, la tranquilidad y el respeto al otro.