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Moisés Wasserman: científico, académico, librepensador de voz pública / Reportajes de Aleph

Científico, bioquímico Ph.D., académico con todos los galardones y honores de la Universidad Nacional de Colombia, cuyos resultados de investigación han trascendido en lo internacional, con investigación central “la dinámica molecular de plasmodium falciparum, vector causante de la malaria”. Ex presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, ex rector de la Universidad Nacional de Colombia, en dos períodos consecutivos, con significativos logros y distinciones. De recia formación humanista, librepensador, columnista de prensa con autorizada voz pública. Con liderazgo continuado en la formulación de políticas públicas para educación, ciencia, cultura.

Esta entrevista tuvo comienzo en su presencia como conferenciante en la versión 2010 de la “Cátedra abierta – Grandes temas de nuestro tiempo”, desarrollada con motivos afines a los doscientos años de la Independencia, o de las independencias. Y se llevó a cabo para su transmisión en la Radio UN, como en efecto ocurrió. Una vez rescatada la grabación, pasados cinco años, procedí a transcribirla y a desarrollarla, de común acuerdo con el profesor Wasserman. 
                                     

¿Qué sentido tiene para usted celebrar el bicentenario de la Independencia?

Hay que celebrar las cosas celebrables. Es natural en los seres humanos y es conveniente. Y para el caso el Bicentenario es muy celebrable porque se trata de la construcción de la vida republicana, aun cuando puede haber diversas interpretaciones de la Independencia, es un hecho innegable que en América se construyó un mundo diferente, países auténticamente republicanos que generaron sociedades más cercanas a la democracia moderna de Occidente. El mundo sin América estaría muy lejos de lo que es. En particular, Colombia es una gran nación que se conformó en estos doscientos años, lo que amerita la celebración en que estamos.

Por estirpe usted es depositario de una acendrada tradición cultural, científica, artística… Pudiera, por favor, recordarnos a su abuelo ucraniano que llegó a Colombia hace más de ochenta años, a su padre médico, a la mamá bacterióloga, a la tía música… En general recuérdenos ese ambiente familiar en el que se formó.

Gracias por la pregunta. Mis abuelos y mis padres llegaron provenientes de lo que hoy es Ucrania, antes de la segunda guerra mundial. Venían de una sociedad muy compleja, con grandes problemas; siendo familias judías percibieron los riesgos que vendrían y escaparon a tiempo del continente europeo. Como anécdota, mi padre nunca regresó a Europa; decía que él no iba a continentes salvajes. Pertenecían a familias muy poco acomodadas pero muy centradas en la cultura y para ellos la educación era un valor absolutamente central. Nunca se dedicaron a actividades comerciales. Mi abuelo materno, José Lerner, era persona de avanzada, y fue quien más me insistió en que me aplicara a una carrera científica (cuando yo no pensaba en ello) con el argumento de ser la ciencia la filosofía de nuestro tiempo y el futuro de la humanidad. Incluso fue feminista en los años treinta, lo que para hoy no es mucha gracia. Tuvo dos hijas mujeres y a tal grado era feminista que viviendo en Cartagena de Indias mandó a la mayor, mi mamá, Frima, sola a los diecisiete años, por el río Magdalena, a estudiar en la Universidad Nacional en Bogotá; algo extraordinario para la época. Un par de años después mandó también a su segunda hija a estudiar en el Conservatorio Nacional, hoy Conservatorio de la Universidad Nacional. Era una persona avanzada. La familia de mi padre también llegó a Colombia, a Barranquilla. Mis padres no se conocían, se conocieron aquí. Mi padre, Lázaro, llegó a finales de los años veinte, trabajó y ahorrando dinero se fue a Francia donde estudio medicina en los años treinta, y regresó a Colombia poco antes de la guerra. En Colombia se conocieron y formaron familia. Eran muy centrados, como decía, en la educación. Por eso, quizá, la educación es para mí sumamente importante.

-¿Qué recuerdos conserva del ambiente institucional cuando comenzó estudios de Química, en Bogotá, en la Universidad Nacional de Colombia?

Mi ingreso a la Universidad fue una verdadera explosión, casi una expansión adiabática. Ingresé muy joven, antes de los 17 años. Venía de un colegio pequeño, restringido en amigos, yo era muy buen estudiante. Al llegar a la Universidad no conocía absolutamente a nadie, y entonces la primera componente de la expansión era que no tenía a quien rendir cuentas, ni conformar con las expectativas de nadie, podía hacer cosas incorrectas que no me permitía en el colegio, como escaparme con frecuencia. Por otro lado, viniendo de un ambiente de colegio inquieto, pero reducido, encuentro en la Universidad Nacional cantidad de tendencias políticas, filosóficas, estéticas, todas distintas, lo que era una experiencia maravillosa. Entré a Química pero tuve la suerte de poder tomar cursos muy diversos en arte, en estética, en literatura y en filosofía que me enriquecieron mucho. No hay que pensar que todo tiempo pasado es mejor: hoy también las posibilidades son grandes, tal vez mayores. 

Cuando ingresé a la Universidad, Química era una facultad, y a los dos años con la Reforma Patiño pasó a ser un departamento de la gran Facultad de Ciencias. El decano de Química era Sven Zethelius (1921-1995), una personalidad sumamente fuerte; daba una hora de clase semanal a los primíparos, por obligación que se imponía a sí mismo de estar cerca de los estudiantes que comenzaban carrera. Fueron unas conferencias muy interesantes. Él era una persona profundamente religiosa, del “Opus Dei”; nos hablaba de la evolución a la manera de Teilhard de Chardin (1881-1955), por ejemplo. Nunca tuve cercanía ideológica con él. La mayoría de los estudiantes estábamos distantes de su posición pero lo respetábamos mucho y creo que maduramos y nos enriquecimos tratando de refutarlo. Con posterioridad el decano fue Hans Herkrath (1912-1999), físico, personalidad muy especial, bastante distinta al anterior. Tuvimos  químicos profesores como Luis Montoya-Valenzuela, Bernardo Fajardo-Pinzón (hermano de general de la República, por entonces comandante del ejército), entre otros. Una variedad extraordinaria. En ciencias humanas también. Disfruté mucho dos cursos con el profesor Howard Rochester que era monarquista en ese tiempo de revoluciones -lo que le manifestaba a los estudiantes sin problema alguno-, un gran especialista en literatura inglesa, en especial de Shakespeare. Cursos siempre llenos. Se trataba de los años sesenta, revolucionarios, todos vivíamos bajo la esperanza que se cambiaría el mundo y muy pronto. Ese ambiente universitario era muy rico y diverso. En aquella época en la Universidad Nacional uno escogía el tema de tesis (así se llamaba el trabajo de grado) y buscaba luego al profesor para que se lo dirigiera. Había un grupo que apenas estaba surgiendo en bioquímica, vinculado con la Universidad de Nebraska, con el ingreso del profesor Arturo Gil, muy joven, acabado de llegar con maestría en los Estados Unidos, que trabajaba problemas bioquímicos relacionados con la nutrición se abrió la cátedra de Bioquímica como electiva, y como nuevo campo del conocimiento diferenciado de la Química Orgánica más tradicional. Un compañero y yo decidimos trabajar en unas zonas de Cundinamarca afectadas por problema de bocio que se sospechaba tenía condicionantes nutricionales, uno de ellos la yuca que se consumía. Esa fue nuestra tesis, bien recibida aunque hoy veo lo ingenuos que éramos, estudiantes y profesores.

Cuando usted va al doctorado a la Universidad Hebrea de Jerusalén, ¿qué encuentra?, ¿cuáles eran sus expectativas? y ¿qué impronta le dejó esa experiencia?

Me acerqué a la universidad con bastante temor. Me gradué en Colombia en el año 1969. Estuve casi tres años muy alejado de la vida académica, porque viví ese tiempo en una comunidad socialista (un kibutz), en la cual trabajaba ordeñando vacas. Regresé a la universidad en otro idioma y uno muy difícil. La sensación primera fue la de sentir esa especie de complejo   de inferioridad, al ingresar a universidad de país desarrollado. Para mi sorpresa yo llevé mis notas y programas traducidos, pero cuando vieron mi trabajo de grado decidieron que ingresara directamente al doctorado, sin necesidad de pasar por la maestría. Cuando llegué a Jerusalén mi interés era la bioquímica y con ese trabajo tuve el acceso directo. Pero mi investigación allá fue completamente distinta. Trabajé con membranas celulares, fusión de membranas, en un ambiente académico y una estructura organizativa como la que se tiene hoy en nuestra Universidad Nacional, de grupos de investigación consolidados, con líneas de investigación propia, establecidas y financiadas por proyectos bien estructurados. 

Situación diferente a la que describí antes cuando era estudiante del pregrado, puesto que la investigación era casi inexistente, anecdótica.

En Israel los kibutzim han sido receptores de personalidades académicas y de escritores, como en el caso de Amos Oz. ¿En qué circunstancias decide usted incorporarse a un kibutz?

En ese momento todos queríamos cambiar el mundo, era la sensación que teníamos. Los socialistas parecían hacer ese cambio. Mi bagaje cultural y mi familia me llevaron a asumir esa experiencia en una comunidad socialista y judía. Desde entonces hasta el presente esos lugares han cambiado mucho, aunque conservan en su esencia la condición. En aquel entonces eran en realidad una comuna socialista. Para mi fue una experiencia muy importante, maduré y me di cuenta de que al ser humano no lo forman exclusivamente las ideas. Se pueden tener seres humanos buenos con malas ideas, así también como seres humanos malos con buenas ideas. A los tres años de estar en ese lugar me di cuenta que esa no era la solución que yo pensaba para el mundo, y me decidí por continuar la vida académica.

En Israel me sorprendió conocer los kibutzim cada uno con instituciones culturales y teatros para actividades de primer orden, en especial la música…

Sí, esas organizaciones fueron creadas en especial por intelectuales, personas que de manera consciente pretendían construir una sociedad diferente, y era normal estar uno ordeñando vacas o recolectando naranjas y encontrarse con pintores, músicos, escritores…

-Es tan amable de hablar un poco sobre su tesis doctoral…

Como dije, mi interés estaba en las membranas biológicas. Nos propusimos en el grupo desarrollar un sistema que por medio de fusión de membranas se pudieran transferir moléculas de una célula a otra, transferencia de información genética, pero también de proteínas. Fue en realidad un trabajo pionero. Todavía es una línea de investigación muy interesante que con medios diversos se ha convertido en un instrumento de primera línea en la Bioquímica y la Biología Molecular para investigación básica y para múltiples aplicaciones.

-¿En sus estudios posdoctorales en Nueva York siguió con ese tema?

No. Tuve la idea de no poder reproducir el laboratorio donde realicé mi tesis doctoral, entonces tuve que buscar temas diferentes, ampliar el rango buscando otras cosas. En esa ocasión trabajé con un virus de simios que causa cáncer en algunos animales de experimentación. Son temas distintos, pero cada vez más las ciencias biológicas tienen una plataforma común, en la cual se encuentra todo. A pesar de ser distintos los temas, no eran extraños. Trabajé mucho más con el proceso de duplicación del material genético en la célula.

¿En qué momento se ocupa usted de esos bichitos, en especial los transmisores de la malaria?

A veces la vida es la que decide muchas cosas por uno. Uno abre una ruta pero la vida le da muchas vueltas. Estando en Nueva York ya había decidido, con mi esposa, que regresaba a Colombia, y salió por aquella época un artículo muy interesante en la revista “Nature” de un científico todavía muy activo que se llama Barry Bloom que trabajaba en el hospital Albert Einstein de Nueva York, titulado “Los juegos que juegan los parásitos”. Era un artículo científico pero tratando de popularizar el tema que no era tan conocido, en el cual mostraba cómo los parásitos han generado evolutivamente distintos mecanismos de evasión de los sistemas de defensa del hospedero (el sistema inmune), para poderse establecer y para multiplicarse. Mencionaba el autor varios casos distintos. Y al regresar a Colombia decidí que mi tema serían los parásitos tropicales, como problema que además era muy relevante en la salud pública.

Visité al profesor Bloom y en la charla con él mencionó no tanto el Plasmodium sino el Tripanosoma cruzi que es el parásito que produce el mal de Chagas, muy corriente en América Latina. Para la época había grupos fuertes trabajando en Brasil y en Argentina. Cuando regresé a Colombia tuve la idea de trabajar en parásitos tropicales, y tenía en mente el Tripanosoma cruzi. Pero cuando llegué había que buscar trabajo. Desde Estados Unidos escribí a muchos lugares y la única institución que me respondió fue la Universidad del Valle, pero mi familia estaba en Bogotá, por lo cual había que intentar primero en la Capital. Busqué Institutos en el directorio telefónico, y fui a hablar a algunos de ellos: el instituto de cancerología, el instituto agropecuario, el instituto nacional de salud, en todos donde había bioquímicos. Y tuve la gran suerte de que el instituto nacional de salud se interesara. Me vinculé entonces de tiempo completo en ese instituto y de medio tiempo en la Universidad Nacional.

En ese momento había un grupo muy fuerte en el instituto nacional de salud estudiando malaria, desde el punto de vista inmunológico, que era diferente a mi interés. Ese grupo de todas formas me acogió generosamente y me vinculé a él con proyectos más orientados a la bioquímica, A los seis meses renunció el director del departamento de bioquímica, y como yo era el único bioquímico en varios kilómetros a la redonda me ofrecieron esa dirección, y desde ahí establecí una línea de trabajo fuerte en Plasmodium.

De acuerdo con  esas aplicaciones que tuvo, cómo aprecia los trabajos de Manuel-Elkin Patarroyo para producir vacunas sintéticas, en especial para combatir la malaria?

Yo he tenido una posición muy distante a la de Patarroyo, en un principio tuvimos acercamiento, y miré algunos de sus trabajos, pero pronto tuve unas críticas lo que nos distanció, hasta el día de hoy. Consideré que estaba equivocado en algunos de sus acercamientos, lo que no es malo, pero lo que si es malo es imponer conclusiones que no se justificaban con los resultados. Esa fue mi divergencia más grande. Pasados los años, se confirmó mi apreciación. Confío que él seguirá trabajando y que consiga algo mejor, pero históricamente no hemos estado de acuerdo.

Hay un debate internacional sobre el futuro del libro impreso en papel; ¿cómo avizora usted el futuro del libro y de las bibliotecas?

Citaría una anécdota famosa de Mark Twain. Un  periódico publicó la noticia de que se había muerto, y él mandó una carta diciendo que “la noticia de su muerte era un poco exagerada”. Valedera la consideración para el libro. No creo que el libro desaparezca, lo que cambia es el formato. El libro que usamos tiene un diseño extraordinariamente bueno, con grandes mejoras en la historia de la humanidad. No creo, entonces, en su muerte. Los libros digitales también son muy buenos. Confieso que en el cuarto del hotel tengo un kindle, lo compré hace poco y tengo en él 62 libros, con un peso de menos de una libra; son libros de referencia, una colección básica que puedo cargar conmigo y puedo hacer consultas; de otra manera no es posible cargar en una maleta esa cantidad de libros. El kindle mío tiene una capacidad de albergar 3.500 libros. Más aún, es un buen popularizador. Con facilidades como aquellos libros que no tienen derechos de autor los puede conseguir uno prácticamente gratis. No es el fin del libro, por el contrario, es un fortalecimiento grande del mismo. De esa manera puede uno cargarse una biblioteca debajo del brazo. Las bibliotecas seguirán existiendo, y habrá más contenidos virtuales, que son prácticos, económicos, buenos, y cada vez habrá más contenidos dinámicos, de interacción. Habrá libros vivos, la Universidad ya experimenta en ellos, son libros que se visitan y se discuten, alrededor de un tema. Algo así como facebook. El libro de esa manera conversa y se va desarrollando, sin desplazar al otro libro, pero lo complementa. No soy partidario del dicho que una imagen vale más que mil palabras. Es un absurdo. La palabra tiene un valor enorme; cuesta mucho trabajo remplazarlas por imágenes. La palabra es mucho más fuerte. 

Esa combinación de tecnologías nuevas con el viejo y reconocido formato de libro, estoy seguro, lo que va a producir es fortalezas.

Pero hay una dinámica de acceder muy fácil a consultas por medios digitales, con equipo de mejor resolución en pantalla que el libro en papel. Incluso para subrayar y tomar notas, con la respectiva referencia bibliográfica de manera automática. Imagino llegar una persona a biblioteca con tema de investigación, y en ella le cargan toda la información disponible en equipo portátil…

Está el caso de las revistas científicas. Hace muy poco uno iba a la biblioteca a ojear para ver qué de novedades encontraba, lo cual hoy en día ya no se hace, se acude a los medios digitales. La Universidad tiene una base de datos muy buena. Lo que va ocurriendo es una trasposición. 

Hay que considerar que el libro digital no es tan distinto al libro físico. Lo importante es el libro, lo que se escribe. El libro digital no sustituye la escritura. Además hay que reconocer que alternando con la pantalla el papel produce mucho placer.

                                                                 Dibujo de Pilar González-Gómez

Cuento una anécdota: dos nietecitos míos, el menor le pregunta al mayor sobre una tarea que tiene que hacer para el colegio, y el mayor le dice vamos donde el abuelo para que nos ayude. Me plantean el tema, me pongo de pie y voy a buscar unos libros físicos. Los dos dicen al unísono: no abuelo, busquemos por internet…

Conseguir la información ya no es el problema, el problema está en discriminarla, lo que nos plantea un problema a nosotros los educadores: tenemos que educar para que nuestros estudiantes sean muy críticos respecto a la información. La información es excesiva y ahí está el problema de saber acceder a la fundamental, con criterio selectivo. El problema hoy es en la avalancha de información distinguir aquello que es riguroso y bien fundamentado de lo que es superficial y falaz, distinguir lo relevante de lo fútil.

¿Cuáles considera que sean las contribuciones más importante de la ciencia en Colombia, en doscientos años de vida republicana?

La ciencia es un proceso, y la nuestra es modesta sin ser posible señalar grandes hitos. Tenemos un proceso que ha llevado a la institucionalización de esa actividad, actividad legítima e importante para el desarrollo de la sociedad. En mi conferencia hago recuento de algunos momentos que permiten, para concluir que de esa manera la ciencia se convierte en una componente de la cultura, y del desarrollo de la nación. Aportes hay cantidades, posiblemente ninguno de ellos glorioso, pero son aportes que han generado soluciones, que han generado conocimiento sobre nuestra realidad, que nos han permitido entendernos mejor como sociedad, como país, como medio físico y que nos permiten responder mucho mejor a los retos.

En ese proceso han jugado un buen papel las escasas migraciones de personalidades europeas a Colombia… casos de alemanes, ingleses,… y en especial de republicanos españoles ingresados con los auspicios del presidente Eduardo Santos…

En mi conferencia, como decía, me ocupo de algunos momentos. Por ejemplo la famosa “Expedición de Boussingault” (1822-1831), con el peruano Mariano Rivero (director de la Misión), que fue contratada por Francisco Antonio Zea, “Enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Colombia en Europa”, comisionado por el gobierno de Francisco de Paula  Santander, incorporando cinco cientiíficos enviados para crear escuela, porque esa era la tarea, crear cátedra, y alrededor de la cátedra tenían que construir museos, un gabinete de química, y otras cosas, pero sobre todo preparar gente con capacidad de abordad problemas y de buscar respuestas en forma índependiente y original.

Añado preguntas que estaban en el cuestionario original pero que no abordamos en aquel entonces:

– ¿Por qué razón la Universidad Nacional no reconoce su origen, su fundación, en la Universidad Central establecida en 1826 por Francisco de Paula Santander?, aun cuando usted en su discurso de los 140 años de la UN (19 de septiembre 2007), trata de distinguir lo que fue la Universidad Central de la universidad creada por los Radicales en 1867.

No sé. Creo que nuestra historia muchas veces se ha visto deformada por sesgos ideológicos y hace injusticias. Realmente los orígenes de la Universidad Nacional están en la Central creada por Santander. Los radicales la cerraron, y ellos mismos (Santos Acosta) la volvieron a abrir. Es cierto que como Nacional tenía un carácter más abierto a las regiones que como Central, pero sin duda el antecedente de Santander es muy importante y no sería difícil trazar un hilo conductor entre las dos instituciones. En Ecuador y en Venezuela se conserva el nombre de Central y una historia que va a ese origen.

– ¿En los procesos de reforma que ha tenido la UN, en su historia, cuáles identifica como los de la mayor trascendencia?

La UN ha tenido varias reformas y, al menos las que han sucedido en los últimos cincuenta años son muy cercanas. José-Félix Patiño fue muy exitoso fusionando las microfacultades en unas grandes centradas  facultades alrededor de las disciplinas más generales. Quiso abrir todos (o la mayoría) los cursos pero encontró dificultades. La filosofía general de formar más en el pensamiento y en el trabajo propio que en la memoria, y más en disciplinas que en profesiones es una aspiración constante a la cual nos hemos acercado y alejado varias veces. Generalmente hay una fuerza de reforma que empuja en una dirección y otra de la costumbre y menor esfuerzo que apunta en la otra. Antanas Mockus hizo una reforma con la misma idea pero fue, después de su rectoría, revertida por pequeños y sucesivos cambios hacia el pasado.

El esfuerzo más grande de mi rectoría se hizo en la misma dirección de  las reformas anteriores. Se logró reformar todos los programas, introducir  el sistema de créditos y de equivalencias y un altísimo componente electivo. Hay voces sinembargo que buscan regresar a modelos más cómodos para algunos profesores y más fáciles de administrar, con menos incertidumbre en la planeación.

Pero así avanzamos, a veces más lentamente de lo que quisiéramos, en dirección a una educación libre y abierta, en la que el estudiante juega un papel primordial construyendo su propio proyecto educativo.

– En entrevista que usted concedió a la revista Semana, en abril de 2006, planteó el tema de la democracia en la UN, en términos de ella llegar a ser una “fuerte democracia representativa”; ¿sería tan amable de explicar esa idea, a la luz de su experiencia en el Rectorado?

Como puede suceder a veces en una prensa urgida en tiempo y espacio las ideas salen con poca elaboración. Me refería en esos momentos a una tendencia grande que hay (y que está soportada en la Constitución del 91) de apoyar lo que se llama democracia participativa por encima de la representativa. Pero lo que señalaba es que ella se ha desarrollado muy poco y que a veces se confunde en la Universidad llegando a producir algo que está en verdad muy alejado de la democracia. Ponía como ejemplo de ello a las “asambleas multiestamentarias” que se defienden como instrumento de participación, pero que terminan siendo foros en los cuáles participa mucha gente (pero todos piensan lo mismo), que habla con mucho volumen y que espanta o intimida a quienes tienen una opinión distinta y hablan mesuradamente. Las decisiones se toman sin identificar a los presentes, sin definir un quórum y sin contar los votos, como se dice “por aplauso”. Resulta así que lo que se defiende como democracia participativa es un instrumento del autoritarismo.

-En su disertación ante el Congreso de la República, el 5 de octubre de 2006, cuando se presentó el “Proyecto ARCA”, como posibilidad de generar un trabajo conjunto Academia – Congreso, usted hizo énfasis en la importancia de la ciencia y la tecnología, con innovación y competitividad, para el país, soportada por la Educación Superior, lo cual hizo con sólida y sugestiva argumentación. ¿Qué resultados ha habido de esa iniciativa tan excelentemente sustentada?

Tristemente muy pocos. La argumentación, muy resumidamente iba en el sentido de que los países ricos no investigan porque son ricos, sino que son ricos porque investigan. Señalaba que el talento está uniformemente repartido en la especie humana y que florece donde se abona. Es decir, que el apoyo del Estado con presupuestos y programas de fomento no es trivial y no se puede esperar tener éxito sin inversión donde otras naciones invierten mucho.

La verdad es que eso no ha mejorado sino lo contrario. Sigue el indicador de inversión en 0,2% del PIB, y los recursos de regalías que fueron una gran esperanza, han sido gastados ineficientemente, a veces de manera incorecta.

– En otro artículo suyo, de octubre 12 de 2008, también en “El Tiempo”, usted alude a la teoría de juegos para aseverar que en una sociedad compleja el altruismo es una estrategia exitosa. ¿Cómo aprecia hoy el altruismo en la vida diaria de la Universidad, en estos tiempos de pragmatismo y desmedido utilitarismo económico?

Sí, los optimistas seguimos pensando que el altruismo es una estrategia exitosa. Lo difícil es convencer a los pesimistas. Creo de todas formas que a largo término se impone, y nuestra especie sin duda ha venido cambiando sus sistemas morales hacia unos mejores, por más igualitarios, más tolerantes, más respetuosos con la autonomía individual. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, producto de la razón y la filosofía, es un hito que supera a las morales religiosas y tribales. Por supuesto, el progreso moral no es una línea recta sino una curva con oscilaciones. De todas formas, la pendiente de esa curva es positiva.

Y una pregunta para terminar, circunscrita al actual momento de Colombia:

-Tengo entendido que usted ha venido participando en grupo, con otras tres o cuatro personalidades nacionales de los sectores político, empresarial y académico, ocupado de examinar aspectos de los procesos de diálogo que se siguen para alguna vez alcanzar la paz en Colombia. ¿Cómo ha sido esa experiencia y qué apreciación se tiene sobre el camino duro seguido y por seguir, con esperanza?

En realidad es una actividad con gran nivel de informalidad. Varias personas conformaron un grupo que convoca a discutir con calma el proceso de paz que vivimos. Personas de muy distintos matices políticos, muchos que no participamos activamente en política partidista. El común denominador es, diría yo, un optimismo preocupado. La idea es discutir con respeto los argumentos y tratar de refutar y convencer, más que derrotar y aplastar al contrario. Pensamos que hay muchos colombianos que dudan del camino de la paz y no es porque sean malvados. Confiamos y esperamos que se llegue a la paz si se aprueba con el medio refrendatorio que se acuerde, pero esperaríamos que no quedara en la sociedad la semilla para nuevos conflictos. La mejor forma de que eso suceda es, repito, el diálogo   tranquilo y respetuoso.

                                          Moisés Wasserman en boceto, elaborado por Pilar González-Gómez

 

Los diálogos con el profesor Wasserman siempre son deseados y fructíferos. Su muy amplia formación intelectual, aunada a su condición de sosiego espiritual y laboriosidad intensa, le permite ejercer su ejemplar condición pedagógica, de interlocutor respetuoso de las ideas, con capacidad de sereno debate para construir de manera racional espacios saludables de vida académica y social, con la ciencia, el arte y el humanismo integrados en la formación de los ciudadanos.

 

 

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Edición No. 176