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Algunas columnas en el diario colombiano «El Espectador»: «Meridiano 81»

Los tres Livingston

 “El Espectador Dominical”;  julio 5 de 1959

Una Lección Continuada de Bondad Cristiana, de Convivencia Pacífica, y de Orientación Espiritual, Representada Hoy en San Andrés por Thomas B. Livingston, Hijo y Nieto de Pastores .

 

En la parte más alta de la isla, casi en su centro, había un árbol muy grande de tamarindo. Desde su copa se alcanzaba a ver el mar en contorno. Era la época del algodón, esto hace más de un siglo y la isla quizá pareciera el reventar de una ola inmensa. A la sombra de ese árbol se reunían los pobladores de entonces a escuchar a alguien que los atraía; sus palabras, su voz, el ademán tranquilo y cuanto expresaba era tan cordial como la sombra del tamarindo. Todos esperaban la hora de reunirse con satisfacción. A las palabras seguían los himnos y con el canto aprendieron la armonía para vivir reunidos como hermanos, para ser bondadosos y para vivir en paz.

 

La Cotheal Bros, de Nueva York, había iniciado, hacía tiempo, la compra y transporte de algodón que se producía en las islas estableciendo así el tráfico con los Estados Unidos y la formación de hogares de norte-Americanos en el Archipiélago.

En uno de estos viajes de regreso, como otra motica de algodón; debió llevar un marinero a su pequeño hijo. Pasaron los años y aquel niño, ya hombre, llegó ordenado de Pastor, a la isla. Era el mismo a cuya sola presencia era tan grato para las gentes reunirse a escucharlo bajo el tamarindo.

A su interés se debió que se cumpliera un hecho importante en la historia de San Andrés. El establecimiento de la Iglesia Bautista, que fue organizada en principio por la American Baptist Board of Home Missions en 1845. La primera capilla fue armada en May’s Mount, cerca al sitio donde se encuentra la actual Iglesia Bautista, en 1847. Su recuerdo se conserva con veneración. Al lado de la iglesia está su tumba y en sitio preferente de la misma iglesia se encuentra su retrato , con la siguiente leyenda:

Reverendo Philip Beckman Livingston. Nació el 16 de enero de 1814. Murió el 29 de agosto de 1891. Apóstol de los sanandresanos. Un maestro digno y eficiente. Un conductor sin tacha, ejecutivo, fiel. Fundador de la Iglesia Bautista de San Andrés. Pastor por más de 40 años, de 1847 a 1891.”

El apellido Livingston vino al Archipiélago de los Estados Unidos y lo encontramos en aquella nación en gente de prestancia: Livingston ha sido alcalde de Nueva York y fue abogado del gobierno federal en tiempos de Jefferson.

Una circunstancia casual le hace conocer al último pirata: Jean Lafitte, el que no permite que se le llame de esa manera sino corsario. El que dice que su bandera es la de Cartagena. El de los fastuosos remates en Nueva Orleans, producto de las naves españolas, a los que acudían mercaderes de muchas millas a la redonda. El que vendía sus esclavos, pesándolos: a dólar la libra.

El aventurero galante que atendía a sus huéspedes sirviéndoles en bandejas de plata los vinos franceses. El que con ademán de caballero se quitaba el guante para saludar a las damas o se llevaba la mano a la espalda.

Jean Lafitte, el de la truhanada al gobernador, que después de haber visto el aviso que aquel hizo fijar  en las esquinas ofreciendo 500 dólares por su cabeza, lo reemplaza por otro, prometiendo la misma suma a quien le entregue a él, a Jean Lafitte, el propio gobernador en persona.

Pero decíamos que casualmente Livingston conoció a Lafitte. Fue con motivo de haber resultado más listo el gobernador y haber puesto en la cárcel a Jean, que se siente como un tigre enjaulado. Es entonces cuando llama a los abogados más famosos: Livingston y Grymes. Este último declina la Procuraduría de Nueva Orleans para encargarse, con su socio, del caso Lafitte.

Son estos los personajes de Leyenda, de donde provienen muchas de nuestras tradiciones. Pero volvamos a San Andrés.

A la muerte del primer Livingston, en 1891, lo sucedió su hijo, también como pastor, por más de 20 años. A él se debe la actual iglesia Bautista de La Loma, armada en 1897, proveniente de Mobile, Alabama, de donde fue despachada en secciones, como construcción prefabricada, totalmente de madera y que después de más de 60 años se conserva en perfectas condiciones. De su forma primitiva solo se han hecho dos cambios: se suprimió el púlpito y el bautisterio fue colocado en el fondo de la parte central.

El sitio que ocupa esta iglesia es el más alto de la isla. El mismo donde estaba el tamarindo a cuya sombra se congregaron los primeros fieles. Desde la torre se domina toda la isla. Su silueta blanca se destaca como un símbolo y por la noche su luz es como un faro que guía a los isleños.

Dentro de la iglesia, al lado del retrato del primero de los Livingston, está el de su hijo con la siguiente leyenda:

“Reverendo Brockholst Livingston, hijo de San Andrés, predicador eficiente, filántropo cristiano, consagrado pastor de la Iglesia Bautista desde el 28 de junio de 1891 hasta el 8 de agosto de 1911”.

De esto hace casi medio siglo y todavía recuerdan conmovidos los viejos sanandresanos la oración con que fue despedido el pastor: “For he was a good man”. Era un adolescente el que la pronunciaba. Casi un niño entonces. Tenía 22 años. Era su mismo hijo: Thomas Beackman Livingston.

Como el abuelo, viajó a la patria de origen de sus antepasados a estudiar. Washington, Harvard, el doctorado en Filosofía y Letras y en Teología y un apostolado de muchos años escribiendo en revistas y diarios religiosos. “Our Shepherd Lord” fue el primero de sus libros publicados y en muchos otros han sido recogidos sus sermones. “Look to this day” es el último en preparación donde quiere que aparezca todo su pensamiento, un trabajo de 30 años.

Y también como su abuelo, después, de una vida dedicada al estudio, ha regresado a la isla para enseñar. Pero el esfuerzo de tantos años agotó sus ojos ya cansados. Los suple con su palabra fluida, con su sonrisa bondadosa que confirma lo que suele repetir.

“Donde quiera que voy es mi casa porque todo ser es mi hermano”.

Para la isla su regreso ha sido renovar la tradición de un siglo, desde cuando llegó el primero de esta dinastía  de pastores, a congregarlos bajo la sombra del tamarindo, porque es un heredero de su ciencia, y el tercero de la estirpe, que los reúne  también a su lado, a la sombra de sus ojos y a la luz de sus palabras.

La goleta “Persistence”

“El Espectador Dominical”;  agosto 23 de 1959

 

Perseverancia, persistencia, o lo que es lo mismo, firmeza en los propósitos o permanencia en la ejecución de algo, es justamente lo que interpreta el nombre de la última goleta y de quien dirigió su construcción. “Persistence”, que hace ya treinta y un años construyó Mr. Palmeston Coulson, en San Andrés.

Ninguna de las construidas en las islas la aventaja en antigüedad, ni en servicio. Todavía cruza airosa el mar, viajando a Cartagena, cargada de cocos, como hace seis lustros.

Pueden ser cuatro días o una semana lo que emplea en el viaje de ida, de acuerdo con la brisa, y menos en el regreso, porque la favorece la corriente. Fue proyectada como motovelero, pero después de algún tiempo se prescindió de la máquina y viaja a vela, compitiendo con el sistema mecánico, sin merma ninguna de su eficacia.

Tres años emplearon Mr. Palmeston y cinco ayudantes para hacer la nave. En lo que puede llamarse el esqueleto se usó cedro de San Andrés. El resto fue escogido personalmente por Mr. Palmeston en Nicaragua; es el pino tan usado en la isla y sin duda de probada resistencia.

La embarcación se construyó en 1928. Mide 65 pies de eslora, 50 de quilla, 20 de ancho y 9 de profundidad. Tiene capacidad para 51 toneladas. Viaja a una velocidad de 8 a 10 millas, aproximadamente, con una tripulación de 9 hombres. En principio estaba acondicionada para carga y pasajeros. Poco tiempo después se destinó únicamente a carga.

Solo después de 20 años de servicio fue necesario hacerle una reparación completa y luego otras menores. Accidentes graves ha sufrido uno, en alta mar, por filtrar agua, pero pudo trasbordar a tiempo todo lo necesario al motovelero “Silvia”, que vino en su auxilio. Percances menores, algunos, pero nunca ha perdido carga por esta causa y menos tripulantes o pasajeros.

Durante la última guerra mundial, las autoridades marítimas, conforme a lo dispuesto para estos casos, le asignaron el número C.502, con el cual está marcada. En aquella época se cruzó muchas veces en el mar con los submarinos que rondaban a flote, pero no la atacaron.

El costo de fabricación de “Persistence” fue de  U.S. $10.000.00 cuando los dólares se cotizaban a la par con nuestro peso. Tiempos extraordinarios de los cuales solo queda el mismo “Persistence”, que sigue navegando por el sistema primitivo de los vientos, mientras por el espacio cubren la misma ruta, en ciento veinte minutos, los aviones. Son dos épocas, dos sistemas: la que aún persiste, como la misma brisa, y la que quiere superar el viento.

Algo de la permanencia de esta goleta impasible sobre el mar, tiene su constructor, Mr. Palmeston, quien el próximo 12 de septiembre cumplirá 74 años. Sin embargo Mr. Palmeston, de 6 pies de altura, sigue erguido, como un mástil.

No menos de cincuenta y quizá unas 100 casas ha dirigido Mr. Palmeston en las islas. Son todas aquellas construcciones que siguen el estilo inglés, común en algunos lugares del sur de los Estados Unidos y que han sido, a su vez, características del Archipiélago. Su silueta graciosa, el aspecto especial que les da ser totalmente de madera y los colores claros con que solían pintarlas, ponían una nota alegre en el conjunto pintoresco de las islas.

Muchas otras embarcaciones construyó, también Mr. Palmeston, cuarenta o más botes que fueron vendidos para diversos lugares, como Colón, y todavía están sirviendo. “Deliverance”, la más grande (62 toneladas) hecha en 1947 y que zozobró frente a la costa de la Guajira, ocho años después, se recuerda como par de “Persistence”.

Mr. Palmeston nació en San Andrés. Su padre era de Nicaragua y su madre sanandresana. Desde muy pequeño, unos tres años, fue llevado a Nicaragua donde se educó en la escuela de San Juan y allí nació su afición por las construcciones, para lo cual contó con las indicaciones de su padre que era un experto. Muy joven, a los diez y seis años, viajó a Colón, a Honduras y muchos otros sitios vecinos de Centro América donde su afición fue adquiriendo solidez con el trabajo en diferentes talleres de armadores de barcos. Vino luego a San Andrés, donde contrajo matrimonio en 1910, cuando tenía 25 años, y desde entonces se radicó en la isla.

Su experiencia inicial fue en contratos de construcciones oficiales. Entre muchas, la casa para el Intendente es obra suya. Más tarde obró por cuenta propia y comenzó la construcción de embarcaciones.

Por la época en que fue botada al agua “Persistence”, la producción y comercio de cocos llegaban a los niveles más altos. Las casas americanas sostenía un comercio constante y era común ver en la bahía embarcaciones de bandera americana, de cuatro a cinco árboles, para seiscientas toneladas y más, que llevaban hasta un millón de cocos. El precio de estos por millar, fluctuaba entre U.S. $20 a 25, pero operaba entonces el sistema de trueque, de modo que la harina, el arroz y demás comestibles, que traían esas embarcaciones, eran cambiados por cocos, que se daban en pago.

Los capitanes que vinieron en un principio, por cuenta de Franklin Baker Company y otros, como Mr. Henry J. Bradley (quien murió en San Andrés en 1933 a los 88 años), Mr. Fred Right, Mr. Pason y Mr. Mattoson, fueron, puede decirse, maestros para el comercio de cocos que los isleños desconocían en la forma establecida desde entonces.

En los cayos “Cotton Cay” y “Rocky Cay”, Mr. Mattoson y Mr. Right tenían depósitos para los cocos, que eran transportados hasta allí, en botes, desde los diferentes lugares de la isla, ya que entonces no había carretera y los caminos podían llamarse de herradura porque el único medio de transporte por tierra era el caballo.

Las compras las hacían por medio de diversas agencias, pudiéramos llamarla, distribuidas por toda la isla. Allí se adquirían los cocos y se reunían las cantidades que luego llevaban los botes a los depósitos de los cayos, donde cargaban las embarcaciones mayores, para el exterior.

Circulaba entonces el oro americano y eran por consecuencia los buenos tiempos. Pero vinieron circunstancias que cambiaron aquella próspera situación. La plaga que por poco acaba con los cocoteros y que fue combatida por Mr. James Zetek, con los famosos “beetles”, de lo cual ya hablamos en el Meridiano 81, y el gravamen para la exportación.

Venido a menos el comercio con los Estados Unidos, comenzó el mercado a desplazarse hacia el continente y fueron las goletas como “Persistence”, el medio para llevar los cocos a Cartagena, pero como las cosechas eran escasas, durante aquel tiempo fue preciso transportar otros frutos, naranjas, mangos, yucas, y completar el cupo con cerdos y gallinas.

Mucha gente quedó sin trabajo y el recurso fueron obras oficiales, como la construcción del colegio Bolivariano, en la primera estribación del camino hacia La Loma. Había que subir los materiales al hombro, con un sol canicular que los hacía más pesados y, lo peor, con jornales mínimos, en moneda colombiana, que después de la costumbre de recibir fácilmente dólares, parecían todavía peores. Fue entonces cuando aquel sitio, por causa de la obra y el pago, se llamó “Slave Hill” (Colina de los Esclavos).

Al frente de esa construcción hubo, sin embargo, una voluntad para realizarla y por consecuencia la firmeza, la persistencia en el propósito para su ejecución. Esa permanencia en los fines estaba encarnada en un solo nombre: Mr. Palmeston, a quien había sido encomendada la obra, y la terminó.

Puede decirse que Mr. Palmeston no ha dejado de trabajar como “Persistence”. Solo desde hace pocos días su salud se ha resentido y lo ha obligado a estar en su casa. Allí, como de costumbre, lee la biblia.

Pero acabamos de verlo nuevamente. Ha sido en la iglesia, durante las ceremonias con motivo de la muerte del Capitán Alexander Davies, diestro como pocos en el manejo de las velas, que acaba de irse, a los 79 años. Mr. Palmeston, erguido como un mástil, despidió a su compañero, para el viaje, llamándolo “mi hermano”. Sobre aquella roca el dolor golpeó como una ola, y por el rostro, lo mismo que en la roca, rodó el pesar, como la espuma.

Cómo se hace una casa

En San Andrés se construye de arriba para abajo

 

“El Espectador Dominical”;  septiembre 27 de 1959

¿Quién construyó la primera casa en San Andrés? No lo sabemos ni es cosa indispensable para la idea general que deseamos dar sobre las habitaciones de tipo isleño, que van desapareciendo.

Las pequeñas casas, vista la isla desde el mar, que le daban hasta hace poco un aspecto de “pesebre”, como suele llamarse en el continente la representación, eran en realidad pequeñitas. 20 pies por 14 podía considerarse el estándar. En la planta baja, sala y recámara. En el segundo piso, que se formaba aprovechando la inclinación del tejado y al cual se subía por una escalerita de madera, el espacio destinado para los pequeños, con una división. De un lado, las niñas y del otro, los niños.

Separadamente la cocina, el “fire side” (estufa) lo componía un cajón con tierra sobre el cual se prendía fuego, con leña, carbón o corteza de coco, que es un excelente combustible.

Antes de continuar debemos advertir que nos estamos refiriendo a las construcciones típicas del conjunto y no a las casas mucho más cómodas, que también las había, pero en menor escala.

Se usaba también para cocinar el hornillo “furnace”, un aparato de hierro, semejante a una copa, de un pie de diámetro, aproximadamente, para carbón de palo y que todavía lo emplean para calentar las planchas, también de hierro, ya que en San Andrés no hay fuerza eléctrica sino de 7 a 12 de la noche, cuando la planta funciona, lo que no es muy frecuente, porque es contemporánea de las goletas.

El espacio de la casa se ampliaba con un corredor en la parte delantera, de unos 4 pies y otro atrás, de unos 7.

Para hacer la casa había que comenzar encargando la madera a Mr. Mattoson, Mr Right o cualquiera otro de los capitanes de las naves americanas dedicadas al comercio de cocos. Como generalmente no se disponía de todo el dinero, llegaba solamente la cantidad de pies indispensable. Esta madera se colocaba en el sitio conseguido y a esperar nuevamente. Eso del lote también tenía su característica especial porque casi siempre la casa se levantaba en tierra de un amigo que gustosamente prestaba el lugar, de acuerdo con la costumbre.

Así, poco a poco se alistaban las casas hasta cuando llegaba el momento de poder armar la casa. Por eso algunas demoraban casi años, otras, semanas. Todo dependía de las posibilidades

La distribución consistía en las habitaciones de las cuales ya hablamos. El piso, por regla general, de madera, pero también se daba el caso de usar “white lime”. Una cal que se obtenía al quemar piedra caliza, que se encuentra en el mar, haciendo montones cubiertos con retal de madera, que servía de combustible, en forma semejante al sistema para hacer carbón de palo. Este producto remplazaba el cemento, para pisos y revestimientos y fue usado, entre otras construcciones en la base de la Iglesia Bautista de La Loma.

La casa se cubría con “shingle”, teja de madera durable y fresca, que evitaba no solamente el ruido de la lluvia, sino principalmente el calor que produce la metálica.

El costo de construcción de una casita como la que se ha descrito, ascendía entonces a unos novecientos dólares. Un carpintero ganaba dos, y un ayudante, cincuenta centavos. El trabajo a jornal se hacía descansadamente, había gente disponible. La principal ocupación de entonces consistía en recolectar cada cual sus cocos para venderlos a los exportadores. El afán de lucro era cosa desconocida, porque todos eran dueños de cocoteros, recibían buen pago por las cosechas y así su vida era independiente y tranquila.

Algo muy singular eran los “trasteos”, o mejor, el traslado de una casa. Este caso se presentaba cuando el dueño quería utilizar su terreno. Convenido fraternalmente con el de la casa, este último hacía los preparativos que consistían en avisarles a sus vecinos y amigos, que eran todos. Acordado el día, se preparaba la fiesta, porque no otra cosa era aquello. Antes que todo, buena provisión de cocina, que tenía como base el indispensable “pig” (lechón) y algo estimulante, como los productos de Escocia. Sobre estos dos puntos de partida todo se desarrollaba con inusitada alegría y rapidez. Había especialistas en cada cosa: uno desarmaba, el otro se echaba al hombro, entre varios levantaban lo más pesado. En el sitio donde iba armarse nuevamente la casa, alguien indicaba el lugar para cada pieza y así, antes de que oscureciera, porque el trabajo había comenzado temprano, ya todo estaba listo y la fiesta concluía en la misma residencia, pero sobre otro terreno, y como es claro, otras botellas, esas sí, de lo mismo.

En San Andrés, decía alguien, construyen primero el segundo piso y después el primero. Y es cierto, sin que tenga nada de particular, si se observan las fotografías de esta nota.

Cuando la familia aumenta, pues naturalmente hay que hacer lo propio con el espacio, pero como el isleño es muy respetuoso de los derechos ajenos, no hay que molestar nuevamente al dueño del terreno para solicitarle más, sino multiplicar el espacio en el mismo sitio. ¿Cómo? Muy sencillo. Con “gatos”, de los usados para cambiar las llantas de los camiones, levantándolos, se hace idéntica operación, pero con la casa y se van colocando trozos de madera y de palma de coco, cruzados, hasta la altura conveniente. Luego se ponen las “formaletas”, para hacer las columnas, se llenan de cemento y ya está. Lo que sigue es quitar los troncos y encerrar el espacio, debajo de la casa, colocando puertas y ventanas. Ha quedado hecho el primer piso después del segundo.

La operación anterior no interrumpe para nada los quehaceres domésticos, que siguen lo mismo. La hermanita mayor se distrae asomando a la ventana al pequeño, para que mire cómo los troncos hacen que la ventana suba y vean ambos más cosas que antes. La mamá usa a ratos la máquina de coser, porque a la niña ya le queda corto el vestido. Ha crecido mucho. Le da su vuelta a la cocina y sube al cuarto de los niños, que siempre está como de locos. Sin embargo tiene tiempo de asomarse a ver cómo irán a sentirse ahora por allá tan arriba y luego baja porque la ropa extendida al sol, ya debe de estar seca. El marido, entre tanto, cuida de que los troncos se ajusten debidamente, para evitar de pronto algo peor que un terremoto.

Y ya que hablamos de los “gatos”, es oportuno decir que los camiones han simplificado mucho todas las operaciones, que antes resultaban más dispendiosas, porque se hacían a mano.

Un “trasteo” ahora, de una casa pequeña, por ejemplo, es cosa de minutos, con la ayuda de los troncos y el camión. Se levanta la casa. Se coloca en la calle sobre los troncos para que ruede fácilmente y el camión la arrastra.

De esa manera trasladó su “Barber Shop”, de seis pies en cuadro, Mr. Fred. Cualquier día, del sitio muy central donde atendía a su numerosa clientela, porque le fue solicitado para hacer un nuevo local de esos rectangulares de cemento que le están quitando el aspecto pintoresco a San Andrés, Mr. Fred, como si se tratara de un vehículo, hizo un recorrido con su establecimiento, de cuadra y media.

Nada, dentro, fue movido. La revista sin cubierta, que todos hojean pero no pueden leer ya, que no tiene fecha ni se sabe a derechas de qué trata porque la emplean generalmente como abanico y está borrada, llegó al otro lado, igual. El radio, que no funciona, porque es eléctrico y la energía en la isla es casi siempre la indispensable para prender la lámpara de petróleo. Las sillas giratorias, los espejos, las mesas, ese mundo de útiles que hay siempre encima, todo, quedó en su puesto mientras el local pasaba de un lugar al otro.

Fue tan rápido y completo el cambio, que según dicen, Mr. Fred, puntual y exacto en el cumplimiento de su deber, al día siguiente del traslado, quizá por fuerza de la costumbre, llegó matemáticamente al mismo sitio de siempre; sacó la llave y .. nada! Su “Barber Shop”, ya no estaba ahí.

 

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Edición No. 177