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¡Revista Aleph, 50 Años!

¡Aleph Llegó! Y como nuestros antepasados, llegó en silencio para quedarse.

Muchas décadas atrás en nuestras islas el lugar para recordar el pasado era religiosamente durante las nueve noches de un lamentable velorio. Llegaban los  asistentes que se congregaban generalmente en los alrededores de la casa del difunto.  Saludando y  en voz baja se acomodaban en sillas, bancas, cajas o piedras.  Impresionaba el silencio  entre los  asistentes, ninguno se atrevía a iniciar una conversación  en espera  de escuchar el relato de la ocasión.    Y de pronto: Una voz  de hombre o mujer sin preámbulo alguno decía.. “Mi abuela o abuelo decía”.. y  por horas se turnaban en relatar historias  y sucesos  tristes del pasado de las islas.  Versiones en ocasiones muy distintas de los mismos sucesos.

Este comentario lo escuché varias veces y me impresionó en ese entonces (mediados del siglo XX) y más ahora.

Decían.. En las islas hubo una vez silencio.. a nuestros antepasados que llegaron como esclavos para sembrar y cosechar el algodón no los cautivó la belleza del mar, por razones obvias, sino, el silencio constante de la inmensidad a su alrededor en comparación a las selvas dejadas atrás. Sumaba el silencio entre ellos al desconocer los dialectos de las distintas regiones de donde habían sido  secuestrados.

Ellos  repitieron por  décadas y con nostalgia de que, hubo una época en que las islas conocieron el silencio. Los animales y la vegetación vivían con libertad para crecer y multiplicarse. Los árboles de cedro, crecían hasta la altura deseada, los cangrejos construían trincheras con dos y tres salidas. Las iguanas y los caimanes de Providencia  se arrastraban sin temor por las montañas, abundaban los pájaros y más en la época  de las brisas, y sus cantos llenaban los vacíos que dejaban las olas del mar. Y todos los insectos salían en las noches de Luna llena para contemplar el beso del mar con la Luna. 

Y en las noches negras, salían fantasmas de las tumbas regadas por las playas corriendo en silencio desesperadas en busca de sus naves para volver a sus tierras de origen. El mar bañaba las playas y los acantilados y como los peces hasta la espuma  de las olas rodaban calladas. La lluvia y la brisa llegaban a veces fuertes y sonoros, pero la espesa vegetación amortiguaba el rumor.

Pero, un día se inventó el caracol como corneta para avisar al esclavo el inicio del día de trabajo y el final, y también, para prevenir sobre velas enemigas en el horizonte, desgracias entre la población, incendios, presenciar castigos por huidas, y despedida de personas no gratas. Y se esfumó el silencio.

 

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Edición No. 177