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El siglo venezolano se reconoce en sus poetas

De ser posible, recostaría mi cuerpo de centuria feneciente en algún lugar desde donde pueda ver sin que me vean, y me dedicaría a leer definitivamente los poetas venezolanos que he visto crecer y en cuyos poemas hoy día mejor me reconozco.

Todavía no sé si, como los otros siglos dijeron, la hora verdadera es fatalmente la última; pronto lo voy a saber. Al igual que mis antepasados, tampoco he tenido motivo suficiente para desconocer las felicidades y los infortunios de todas las horas por las que he transcurrido.

Quizás yo también todo se lo deba, como los poetas, al placer y el terror que les deparan los sentidos, y al abismo que como a ellos me es dado contemplar.

1.

La vertebración del estilo en Salustio González Rincones (1886-1933) insistió hasta la complacencia insolidaria en trazar líneas de acercamiento entre puntos dispersos que pudieran tomarse por irreconciliables.

El sentenciado por la dura patria del mundo a no salir de sí sino para encerrarse en las cuatro paredes transparentes del poema, fue José Antonio Ramos Sucre (1890-1930).

La única mujer, es imposible conocerla fuera del poema (el suyo, el de los otros que parecen serles dedicados); pero ella, Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1962), es la misma que vivió para decir la primera gran palabra de su estirpe.

Fernando Paz Castillo (1893-1981) es el creyente de la palabra que venera, el fiel a la voz sosegada de su plegaria y su tributo. En él sería justo alabar los ojos, la mano y los oídos que atribuyó a su Creador.

2.

De aquí en adelante, el vigor de la poesía creció hacia todas partes desde el pecho, la espalda y los costados.

Hizo suya la crudeza del sí mismo con el Luis Fernando Álvarez (1900-1952), poeta de la imaginación y del vivir tal como los conocemos y fingimos ignorar.

Rebasó los bordes del planeta en José Ramón Heredia (1900-1987), de allí que al leer su legado se escuche la fábula del maravillado cosmos al que rindió tributo.

Se trenzó como enredadera de impulsos visionarios, entre dos mundos acercados por sus deslumbrantes secretos campesinos, en Vicente Gerbasi (1913-1992): el mestizaje encantado de su poema es más visible desde el lado itálico.

En Juan Liscano (1915) se atrevió a un nomadismo obsesivo que abarca desde la ansiedad americanista, pasando por el conjuro erótico, hasta la meditación inscrita en el registro de mito que caracteriza a la mejor edad de su poesía.

A través de Luz Machado (1916-1999), recorrió territorios como el gran río, la selva y el encierro claroscuro de la casa, hasta centrar su palabra en la confrontación del prójimo y el reclamo amoroso hacia el mundo.

En Ana Enriqueta Terán (1919) acogió no tanto poéticas diferentes como hablas ancestrales del poetizar castellano, y dio lugar a temperamentos poemáticos que también rinden culto al ardor en el texto donde ellos se desvelan.

Es Juan Sánchez Peláez (1922-2003) quien desde más cerca de una poética del sueño vuelve a hacerse cargo de la libertad íntima: el nuevo arbitrio de su imaginería lo ha conducido desde el golpe de centella hasta la meditación alucinada.

Con Ida Gramcko (1926-1993) traspasó límites que a las poéticas les complace demarcar con un decir torrencial y preciso, barroco y clásico, hispánico y germánico, capaz de incorporar y desbordar sin cese los extremos donde encuentra sustento.

3.

Cuando de mi tiempo ya sólo quedaba la mitad, el crecimiento de las formas venezolanas de la poesía se transformó en inusitada proliferación.

La intensidad sensible fue el signo de la parábola poetizada por Arnaldo Acosta Bello (1927-1996); pero también el decurso entre la concisión herida e hiriente de su primer libro y la sensualidad incisiva de la mayor parte de su obra.

Uno de los extremos del poetizar que se habían mantenido virtuales, vino a ocuparlo Rafael José Muñoz (1928-1982): allí los límites traspasados no sólo correspondían a las poéticas, también lo eran del poema y de la lengua misma.

Rafael Cadenas (1930) prescinde de los encumbramientos que toman o desafían al lenguaje como materia primordial: su fraseo abierto es más bien una requisitoria frente al material deleznable con que el viviente construye su morada.

En Juan Calzadilla (1931) la alianza de un inicial clasicismo hispánico y una posterior corrosión inmoralista, le ha permitido alcanzar la unidad compacta de subversión meditativa y reflexivo humor que habita en la ágil prosa de su poema.

Al disolver distancias entre significado y expresión, Alfredo Silva Estrada (1933) inscribe la radicalidad de otro extremo: en él instaura un poetizar que no usa la palabra, sino que la constituye en una nueva legitimidad que sólo el poema exige y permite.

El poema de Guillermo Sucre (1933) se lee en el despliegue de sus líneas siempre abiertas, reacias a un comienzo, un orden y un final, y cuyo sentido transcurre por el mundo de afuera según este mismo principio de indeterminación.

El tránsito de Ramón Palomares (1935) hacia la poesía lo caracteriza este cambio de sentido: en vez de ir de su idioma a la poesía en procura de embellecimiento, revela la poesía del idioma que acogió su nacimiento a la vida en la palabra.

El idioma es también la virtualidad mediadora entre Eugenio Montejo (1938) y la poesía. El sosegado temple que singulariza lo que de la poesía ha recibido y lo que a ella le ha ofrendado su decir, es del tenor de un alfabeto del mundo.

Con Luis Alberto Crespo (1941) tanto la vida como el poema son posibles y se justifican sólo por lo que les falta: el poema más suyo es donde esto se revela, y como tal es palabra de lo desasistido estricto y de la plenitud con que lo dice.

Pero así como mi tiempo se agota, así también el espacio disponible para este atrevimiento y este alivio. Al ya cercanísimo siglo venidero encomiendo la voz de los poetas Alejandro Oliveros, Hanni Ossot, Antonio Urdaneta y Armando Rojas Guardia, y de los que surgieron después.

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Edición No. 139