NOTAS: De libros y libreros; Reseña de dos libros; Hemos recibido…
El oficio del librero, entre estantes y libros (por: Carmelita Millán, Directora del Instituto Caro y Cuervo). La Asociación Colombiana de Libreros Independientes (ACLI) “es una entidad dedicada a llevar adelante proyectos que ayuden a las librerías independientes a mejorar su influencia cultural y comercial, reivindicando el oficio del librero”, dice su página electrónica. ACLI agrupa a 30 librerías de 10 ciudades, aunque en realidad más de la mitad se encuentra en Bogotá. No es difícil imaginar que hay más librerías independientes tanto en Bogotá como en el resto del país, pero quizá estoy pensando con el deseo y por eso, por precaución, evito escribir “muchas más”.
¿De qué son independientes las librerías independientes? Claramente, no del ánimo de existir y de contar con el sello que, para mí, tienen, estén o no afiliadas a la ACLI: cuentan con libreros(as). Es más, casi todas esas librerías se han originado en la voluntad de alguien que tiene una vocación: desarrollar el oficio sutil de encaminar por entre los estantes, las pilas de libros, las habitaciones, los rincones, los pisos de sus locales, a quienes visitamos sus librerías.
Encaminar con sutileza, con tacto. Conocernos, saber que deambulamos y que, a veces, no nos gusta que nos acompañen porque queremos tener un eureka que nos permita conversar sobre el tesoro el sábado o nos redima del domingo en la tarde. Saber reconocer la necesidad de espacio para la búsqueda y el hallazgo como victoria personal es una virtud que apreciamos muchos. Encaminar con gentileza, con empatía y hasta con inteligencia emocional para detectar al que busca, pero no quiere recibir conferencias sino sugerencias. Quien no desea el lucimiento de quien recomienda, sino el entusiasmo informado —y breve— que permite ojear y hojear.
¿De qué son independientes las librerías independientes? Claramente, no del mercado editorial —si es que eso realmente existe—, porque sus propietarios(as) sabrán de nichos, de géneros, de PVP, de políticas del libro —si es que eso existe—. Las librerías independientes son independientes porque no son franquicias. No responden a identidad de imagen, localización estándar de “productos” en estantes, secciones similares, esa especie de topografía que facilita la vida de los compradores en los supermercados. En algunas librerías independientes parece haber caos, pero, como dijo Saramago, “el caos es un orden aún por descifrar”, y ese reto nos hace ir una y otra vez a intentar lo que parece imposible. Cada librería independiente tiene personalidad. Su espacio se configura de acuerdo con la idiosincrasia y el saber de su dueño y de los saberes acumulados en el oficio y compartidos entre los del oficio. O no se configura, más bien se acomoda a lo que unos cuantos metros cuadrados puedan albergar. Y aun así, en escasez, podemos decirle librería y sentirla como tal, si tiene librero.
Jen Campbell compiló en Cosas raras que se oyen en las librerías, preguntas que desafían la sutileza, gentileza y empatía de quien yo considero un librero ideal. Aquí algunos ejemplos: “Hola, tengo una pregunta: ¿Sabe si Ana Frank escribió una secuela de su Diario?; “¿Dónde está la sección de novelas ficticias?”; “¿Sabe usted si los hermanos Grimm escribieron algún cuento sobre dinosaurios?”; “Busco un regalo para mi nieto. Quiere el cuarto libro de la serie que siempre lee”; “Si mi hija fuera a comprar libros para adolescentes, ¿tendría que mostrarles algún carné? Cumplió trece años este fin de semana: mire, aquí se ve con la torta, cuente las velitas…”.
Cualquiera de los anteriores interrogantes podría desafiar la paciencia de alguien que no sea librero. Porque las librerías independientes tienen tiempo y tempo, a veces sillones y otras, sólo rincones; las creo y considero espacios abiertos a cualquier pregunta, a cualquier lector.
Un librero en una librería independiente no respondería: “No manejamos ese producto” o “No lo tenemos como tal”, expresión que he escuchado con sorpresa frente a la filosofía que oculta. Un librero nos orienta quizá con títulos del mismo autor, busca en qué otra librería puede estar el libro que buscamos, indaga por la distribuidora, nos ofrece traer el ejemplar desde donde esté y lo trae, a veces mientras nos tomamos un café. Lo sé, porque entre librerías independientes pasan esas cosas. (Ref.: “El Espectador”, 04.II.2018; p. 31)
“Las rosas de Damasco y otros relatos” (Reseña; por: María-Dolores Jaramillo). “Las rosas de Damasco” (2017), de Eduardo Escobar, es un libro de relatos recién publicado por Sílaba Editores para la colección de autores antioqueños de la Alcaldía de Medellín (“Letras vivas”; Medellín). Incluye seis textos diversos, y muy significativos. Variaciones provenientes de la exploración de la memoria de sí mismo. De excepcional sinceridad, sabiduría y crudeza.
“Crónica de un amor loco”, cuenta la historia mágica de un breve y azaroso encuentro y encantamiento amoroso. “La mentira de Ana”, recorre la bella y dramática historia del primer amor adolescente, muy bien correspondido. Pero perseguido por una sociedad retrógrada , y destruido con la falsa acusación de estupro (El código penal define el estupro como un acto sexual con engaño; aquí se trata de unos amores adolescentes consentidos), separación y carcelazo. “Lucía y Lucas” es la historia de un juvenil, y muy duro, primer fracaso matrimonial. “La grieta” nos introduce al mundo religioso; narra la noticia del suicidio impensable, y sin aclarar, del padre Raimundo Limonta, director espiritual del seminario de Yarumal, y las reacciones conmocionadas de un discípulo. “Aguas subterráneas” propone una mirada en espejo sobre las miserias y fracasos de la vida de escritor… Y habla de las trampas de la literatura, devoradora y adictiva, convertida en onanismo…Y “Las rosas de Damasco”, el texto principal, el de mayor capacidad sugestiva, podría decirse que pertenece al ámbito de lo real maravilloso: recrea una bella invención poética y visionaria, mezcla de delirio, alucinación y misterio.
El libro aparece después de una labor prolífica y madura, de más de veinte libros, que incluyen poesía, novela, correspondencia, memorias, crónicas, confesiones , manifiestos y extensos ensayos. Es el primero de relatos poéticos, marcado por una larga experiencia de reflexión y comprensión. En algunos casos, acude a la reescritura de fragmentos propios, engavetados, que se organizan en nuevas formas y distintas versiones, y se enmarcan en renovados acordes. Y propone también otros textos, completamente nuevos para el lector. Son seis registros autobiográficos, de historias íntimas, con distintas relaciones, diferentes asociaciones, nuevas impresiones, detalles inéditos, y diferentes sonoridades que va construyendo la escritura.
El tema mayor es tal vez el amor. La brevedad, los fracasos, y sus impactos. Recorre todas las etapas y modalidades: desde el espejismo del amor, el idealismo que lo conduce y alimenta, la candidez que requiere, el encantamiento pasajero que produce , la sujeción y magnetismo imposibles de vencer, las esperanzas y milagros que desata…hasta los malestares y recriminaciones que anuncian la cruda y dura demolición. Eduardo Escobar habla de las «catástrofes del amor». El desmoronamiento del matrimonio. Los desgarramientos y grietas. Los desencuentros progresivos. Su corta duración. Hasta el zarpazo de la inevitable infidelidad.
En este juego de reflexiones y exploraciones de la propia vida y del lenguaje, se registran momentos de gran intensidad y dolor. Se entrelazan la ficción y la realidad, y episodios de embriaguez estética, junto a un importante sentido crítico. La escritura se afirma en sus múltiples poderes. Se destacan el humor, la ironía y la imaginación. La gran precisión. La abundancia verbal. La diversidad tonal. Hábiles juegos narrativos. Ambientes bien dibujados y delimitados. Una prosa musical, rumorosa y rítmica. Y muchos fragmentos lúcidos y poéticos, entre otros estremecedores.
“Las rosas de Damasco y otros relatos” ilumina los conflictos y contradicciones de la naturaleza humana con agudeza y sarcasmo. Es un trabajo de gran cuidado y perfección formal que afortunadamente nos habla de cosas distintas de la coca, el toreo y las masacres. Invito a leerlo y a compartir su jugoso humor negro.
“Y fue un día” (Reseña; por: Jairo Ruiz-Mejía). “El arte no sólo es una prueba de nuestra humanidad: somos humanos gracias al arte”, expresó con sabiduría Jorge Volpi.
En treinta y seis capítulos (trescientas ochenta y seis páginas) Guillermo Botero, nacido en Pácora en 1917, narra, desde su apacible senectud, los recuerdos de sus andanzas en la primera mitad de su vida. En un lenguaje escueto, enuncia su verdad con la sabiduría de quien ha vivido la vida con entrega desmesurada a su razón de ser: el arte. Arte mayor de la escultura, del dibujo, de la talla en madera, pero sobre todo de la búsqueda de la quintaesencia de la materia, del metal, de la aleación. Ya de mozuelo, mostró su recio carácter: le dio por comer una mezcla de cagajón de caballo con arena menuda, de lo cual se salvó de morirse, pero quizá fortaleció su pasión por el oficio de toda su vida: alquimista de la forma y del volumen.
Nos cuenta el artista que, en medio de la cultura antioqueña -donde obedecer era el pan de vida y trabajar en el campo, el destino marcado- decide irse a forjar su propio camino, cortando de un tajo la esperanza patriarcal. Inicia así, en Medellín, la búsqueda incesante por encontrar en los materiales con que trabaja, el “florecimiento de su propia alma”. Talla la madera con el entusiasmo de un aprendiz y la habilidad de un artista. Regresa luego a Manizales y se vincula a la Escuela de Bellas Artes de la ciudad como alumno fundador. Dibuja, corrige, crea, borra, talla, enseña; estimula su creatividad y perfecciona su técnica del dibujo de la figura humana, con modelos en vivo, en los solos cueros, por primera vez en la ciudad, generando un escándalo arzobispal a principios del siglo XX. Cumplidos veinticinco años se embarca para Chile como becario de la Secretaría de Educación del departamento de Caldas a estudiar arte. Con emoción, mucho de nostalgia, incluso con ternura, pero sobre todo con absoluta convicción de haber vivido a plenitud, narra sus estadías en Ecuador, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil.
“Nunca te agaches para pedir. Conquístalo y conquístalo con razón, con fuerza y con grandeza”. Es lo que nos dice el artista en este bello libro, expresando con temple su lucha por conquistar el dominio de la técnica, del trazo, de la composición, de la expresión artística original, que lo obsesionó por siempre. Su encendida terquedad por aprender lo condujo al perfeccionamiento de la talla en madera, al manejo de la escultura en piedra, al dominio en la técnica de la cerámica -en Uruguay lo llaman el padre de la cerámica- al modelado en lámina de zinc y cobre; monta sus propios hornos para modelar el metal, fabrica sus propias herramientas y, ya en plena madurez artística, encuentra el desvelo por los grandes murales en madera con colores; incluso se volvió ducho en las artes culinarias a las que valoraba con gran estima y valía. Expone sus obras en Brasil, gana premios en Montevideo, comparte con intelectuales y artistas latinoamericanos como Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Nicolás Guillén, Atahualpa Yupanqui, Alipio Jaramillo, Emma Reyes, con quien, bajo una “verdadera inconsciencia”, en palabras suyas, contrae nupcias por lo civil.
Quizá el lenguaje sea apenas una pálida expresión de las pasiones, de lo sentimientos y de las acciones humanas, pero en el caso de Guillermo Botero, su libro, se convirtió en el complemento perfecto a su arte escultórico. Nos cuenta con sensibilidad de artista las experiencias cotidianas que estructuran su carácter, sus noches de amor y de vino que profundiza el conocimiento de sus congéneres, su trabajo continuo por el dominio de la línea, de la forma, de la materia. Complementa este bello escrito una serie de dibujos, que de seguro fueron propuestas algunos, para tallas futuras, o simplemente, la expresión gráfica de su creatividad y su visión del mundo. Es hora de volver los ojos a nuestro artista de marca mayor, recién cumplidos los cien años de su nacimiento. Este libro, editado por la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales (1997), es una gran oportunidad para conocer de cerca a quien afirmó: “Un día te convencerás de que lo que tu conquistas es lo tuyo y es lo que la naturaleza te concede”.
Hemos recibido… De Efraim Osorio-López su libro “312 dichos, sentencias y refranes de La Celestina” (Edición del autor, Manizales 2016). Curiosa y meticulosa obra, a partir de estudio minucioso de la obra de Fernando de Rojas, con interpretaciones claras y didácticas, en ocasiones con alusión a otros autores, en especial a Cervantes. De José Jaramillo-Mejía su obra: “Las trochas de la memoria – Historias de la segunda colonización antioqueña”. De Juan-Manuel Cuartas R.: “Voces de la filosofía en Colombia” (Ed. Universidad EAFIT, Medellín 2017). De Fabio Rodríguez-Amaya (profesor en la Universidad de Bérgamo), el libro: “Cantigas – Poesía reunida 1974-2017” de Mario Camelo (colombiano, nacido en Leticia en 1952), elaborado por la sección de Iberística de la Universidad de Bérgamo (2017), con F.R.A. como editor. De Eduardo Escobar: “Las rosas de Damasco y otros relatos” (Ed. Sílaba, colección “Letras vivas de Medellín”, Alcaldía de Medellín, 2017). De Jorge-Emilio Sierra M.: “Huellas de la Academia” (Edición del autor, Bogotá 2017).
Del Rectorado de la Universidad Nacional de Colombia: doce volúmenes de la “Colección del Sesquicentenario [de la refundación] UN” (Ed. UN, Bogotá 2017), maravillosa obra de especial significado histórico, con los siguientes títulos generales: “Universidad, Cultura y Estado” (dos tomos); “Ciencias de la vida” (dos tomos); “Naturaleza en observación”; “Economía, lenguaje, trabajo y sociedad” (tres tomos); “Universidad y territorio” (dos tomos); “Patrimonio de la Nación”; “Patrimonio inmueble”.