Liderazgo espiritual para reparar la vulneración de la dignidad -Diálogo con Francisco de Roux, s.j.-
La fuerza ética y moral es mucho más contundente en el largo plazo que la fuerza armada (…) / (…) Yo soy de los que piensan que tenemos una obligación humana, una obligación ética por la dignidad del ser humano en Colombia.
Francisco de Roux
NVG – Padre, con su beneplácito, le propongo esta conversación en tejido y dos tramas, la una personal y la otra conceptual. Quiero empezar por el orden personal. Quien lo entrevista, le da primero gracias a Dios, gracias a la vida y gracias a su amable disponibilidad, pues es usted un vigía espiritual y un despertador de conciencia de paz, entre los más importantes en Colombia, y diría yo, en el mundo, ya que Colombia es reconocida, desde el Proceso de Paz y de Reconciliación Nacional iniciado en el 2012, como un laboratorio mundial de paz. Tal es el mensaje que el Premio Nobel de la Paz representa para la nación colombiana. Está en juego la terminación definitiva de un conflicto interno armado con más de medio siglo y la implementación de los Acuerdos firmados el 26 de noviembre de 2016, en Bogotá, por el Gobierno nacional y los jefes de la guerrillerada fariana. Es loable cambiar las balas por votos y luchar en conjunto por una paz estable y duradera. Hagamos votos para que el conflicto y su guerra se conviertan rápidamente en asunto de historiadores, y ya no más en bandera de pelea o estrategia de momento para políticos populistas, estigmatizadores y manipuladores, peligrosamente retóricos y pos verídicos. En ese contexto, usted dijo ayer, 1ro de junio de 2017, en París, durante la conferencia magistral de clausura del seminario anual de la FMSH sobre “Salida de la violencia y radicalización” [1], y en asociación con la Universidad Javeriana de Colombia que: “en Colombia, como en muchos otros países, hay problemas estructurales en lo económico, lo político y lo social, pero el principal problema reside en cierta idiosincrasia, cierta mentalidad y cierta ‘cultura conflictiva’ de los mismos colombianos”. Podría precisar por favor su pensamiento, pues temo que pueda emerger, en la filigrana de esa acepción sobre el drama colombiano, un peligro metafísico, es decir, tocante a cierto esencialismo y posible trascendencia justificativa de la colombianidad, en clave de filosofía negativa.

[1] La Plataforma internacional de investigación sobre el aporte de las ciencias humanas y sociales a la concepción y la evaluación de políticas públicas y reformas integrales necesarias a la “salida de la violencia y a la radicalización” fue creada en la Fondation Maison des Sciences de l’Homme por iniciativa de Michel Wieviorka, después de una comisión organizada por Nelson Vallejo-Gómez a Colombia y un convenio marco firmado entre la FMSH y el CNMH (Centro Nacional de la Memoria Histórica de Colombia), en Bogotá, el 25 de junio de 2015. Cf. http://www.fmsh.fr/fr/recherche/24279 y http://www.fmsh.fr/fr/la-fondation/24448
FdeR: Gracias por la pregunta. Efectivamente, yo no hago un juicio metafísico o un juicio sobre la naturaleza misma de los colombianos. Yo estoy convencido de que los colombianos somos como el resto de los seres humanos en el mundo. Y que, en términos de nuestra constitución cultural, y por supuesto, natural, no nos diferenciamos. Lo que he querido decir es que nosotros tenemos una crisis espiritual muy profunda, que es distinto. Este ser humano colombiano, que comparte con el mundo las angustias, las preguntas, las respuestas y las búsquedas, ha sufrido, además, una ruptura interior muy honda. Quizás por el hecho de padecer una guerra prolongada durante 53 años, que fue dañando todo lo que tocaba. La guerra dañó las instituciones, la guerra dañó a los políticos, la guerra dañó a las comunidades campesinas y a las organizaciones sindicales. La guerra, por supuesto, afectó al ejército y lo dañó; dañó igualmente a la policía. La guerra hizo daño en la academia, la guerra hizo daño en las instituciones religiosas. Y esto, de una forma muy profunda, hasta el punto que llegó a crearse una especie de… acostumbramiento, por así decirlo, “habituamiento”. Se nos hizo un hábito vivir en medio de una de las violencias más duras, sin ser capaces de reaccionar ante ella. El pueblo colombiano vio pasar por televisión, como si fuera un “reality”, sesenta mil desaparecidos, casi veinte mil ejecuciones extrajudiciales, treinta mil secuestros, alrededor de tres mil “falsos positivos”. Nuestro ejército, que es el orgullo de la Nación, cogiendo muchachos inocentes, matándolos en la montaña, y presentándolos como guerrilleros muertos en combate; más de doce mil víctimas gravísimas, minas antipersona; más de dos mil masacres… ¡como si no fuera con nosotros! Lo cual sólo es concebible, repito, no porque seamos una naturaleza distinta, sino porque el impacto mismo de los acontecimientos nos llevó a una fractura muy honda en nuestra propia conciencia. Yo creo que hay una vulneración de nuestra dignidad, que nos toca profundamente a los colombianos y que todavía, hoy en día, nos hace muy difícil salir de la situación en que estamos. Creíamos que había llegado ya el final, cuando se presentó el plebiscito[1]. Y que, con el plebiscito, Colombia iba a mostrar que estaba del otro lado. Pero no fue así, el plebiscito mismo mostró que continuábamos en las rupturas y en las situaciones de dolor tan hondo, en las que todavía el país anda sumergido. Hay que caer en la cuenta de una cosa muy interesante. El conflicto en Colombia no es un conflicto étnico; no es la confrontación entre etnias, que es lo que han vivido, por ejemplo, los africanos. No es un conflicto religioso. Nosotros no tenemos luchas semejantes a las dadas entre musulmanes y católicos, entre cristianos y católicos, se trata de algo mucho más hondo…
NVG: … tampoco es un conflicto entre clases, ¿o se podría pensar que el conflicto interno armado colombiano ha sido un hecho de pre-revolución social, que prepara una revolución general o “alternativas revolucionarias”, a la manera de partidos políticos insurgentes y de corte comunista, como fue el caso en la época de la revolución industrial durante Europa en el siglo XIX y comienzos del siglo XX?
FdeR: Yo creo que todas esas cosas están mezcladas, y en particular, hay un problema de fondo con respecto a las desigualdades en el campo, en relación con las ciudades y los grandes conflictos con respecto a la tierra. Pero yo quisiera llamar la atención e insistiría mucho en la ruptura del ser humano en Colombia. Porque creo que la ruptura está en todas partes; no está solamente en los ricos, sino también en los pobres, en las organizaciones empresariales, como en las campesinas. Me explico, es una ruptura en la condición de humanidad del mismo ser humano. Todos los humanos la compartimos en el mundo, es un problema internacional, pero Colombia es como un límite extremo de esa fractura. Por eso, lo ocurrido durante el conflicto interno armado colombiano es considerado como una de las crisis humanitarias más terribles del planeta.
NVG: Su visión me recuerda lo que Octavio Paz decía de la identidad del ser humano mexicano, en su ensayo “El laberinto de la Soledad”. El Premio Nobel de Literatura acotaba que el mexicano, como todo latinoamericano, de cara a la mundialización, está enfrentado la inmensidad del mundo y la necesidad de resolver en su propio contexto, problemas tan humanos y globales como en cualquier lugar del planeta, sin poder seguir copiando ya más las soluciones exógenas, ni programas colonialistas o imperialistas… Padre, usted dice que frente a la ruptura espiritual en que yace el ser humano y frente a esa vulneración de la dignidad, resultados de la guerra en Colombia, se requiere un llamado de urgencia al “liderazgo espiritual”, y no sólo en Colombia, sino a nivel mundial. Sin embargo, usted acató y saludó, al mismo tiempo, la existencia en Colombia de un “liderazgo político” de quienes han conducido el proceso de diálogos y acuerdos llamados de La Habana, para una salida sostenible y duradera del conflicto interno armado. Pero, huelga subrayar que el liderazgo político más visible, apabullante y arrollador, sobre todo en las redes sociales, utilizando hasta la lógica perversa de “posverdad”, lo encontramos en la ideología de los opositores radicales a la política de paz que ha conducido el presidente Santos. Los opositores a los Acuerdos de paz no reconocen lo que la comunidad internacional ha reconocido y ha alabado hasta con un Premio Nobel. En ese contexto, usted indicó también, en su conferencia, que Colombia necesita más liderazgo político y menos liderazgo religioso. ¿Se refería al peso que jugó, en el NO por el plebiscito, las comunidades evangélicas de origen estadunidense, las que se aliaron al catolicismo radical de un personaje tan controvertido como lo es el ex-procurador Ordóñez, y al partido Centro democrático?
FdR: Efectivamente, yo hago referencia a la necesidad de un liderazgo espiritual, y al hacerlo, no estoy diciendo que no pueda ser religioso. Lo que sí quiero distinguir es que son dos cosas distintas. Puede darse al interior de las religiones (en el catolicismo, ¡por supuesto!) y al interior de las iglesias cristianas, liderazgo espiritual profundo, pero no se sigue, necesariamente. Porque la crisis, repito, no es una crisis religiosa, no es una crisis de confrontación entre creencias, es una crisis del ser humano mismo, lo que estamos viviendo en Colombia, y que es lo que explica, que hayamos llegado a niveles de violencia tan profundos. Eso es lo que requiere un liderazgo espiritual de fondo. Los liderazgos religiosos en Colombia, infortunadamente, carecieron de esa dimensión espiritual, porque se vieron atrapados en la lucha política, que se tomó la paz en nuestro país. La paz es por definición un valor moral. Y los valores morales, en latín decimos, no consecuitur si pretenditur, que quiere decir: “no se consiguen, si se les busca interesadamente”. Usted no consigue un valor como la verdad, la justicia, la transparencia, si espera a cambio un premio con dinero o votos. Para que realmente un valor moral se posicione, es necesario que, quienes lo promuevan, jueguen con total desinterés, que no esperen nada a cambio, porque lo hacen gratuitamente. Esa es la lucha por la paz que realmente moviliza y conmueve, que puede consolidar la unión de la gente en un país y dar confianza. Pero cuando hay intereses de por medio, cuando lo que usted está buscando son premios o votos o dinero, las cosas se complican. La paz es en sí misma un valor moral por el cual hay que luchar gratuitamente. Pero en política no hay nada gratuito, porque el uno gana, lo que el otro pierde. Y cuando la paz se volvió una bandera política para conseguir votos, que es lo que estamos viviendo en Colombia, las cosas se confunden. En ese escenario es muy importante que aparezcan liderazgos espirituales, que retomen el valor de dignificación humana que hay en la paz, la posibilidad de aceptarnos los unos a los otros, de convivir entre nosotros, juntos, de darnos confianza, de comprender que tenemos puntos de vista distintos; lo cual es exactamente lo normal y lo valioso en una democracia. Pero que no nos vamos a matar, ni no nos vamos a demonizar, ni a señalar los unos a los otros, sino que tenemos el propósito serio de poder avanzar como seres humanos, a través de acciones concretas, en la construcción de un país.
NVG: En efecto, es importante que el tema de la paz figure en acuerdos, convenios y reglas, pero que no se burocratice, ni se convierta en bandera política. Usted dijo, en la conferencia de ayer, que le dolía mucho una expresión que circula en los medios políticos de derecha en Colombia: “Hay que hacer trizas esos Acuerdos”. Pero usted sabe que hay en Colombia, y en particular en Antioquia, un carácter brabucón y envalentonado que enceguece las pasiones, en vez de iluminar las conciencias, es decir, que el debate político carece de mayor urbanidad y discreción, carece de responsabilidad frente a las consecuencias simbólicas y reales del uso público de ciertas palabras. Los medios de comunicación, con su tecnología instantánea y en bucle repetitivo, no ayudan cuando ponen a circular frases fuera de contexto y sin recalcar la mediación necesaria del espíritu crítico. Y ni qué decir del carácter morboso y “pantallero” en la población inculta y hasta en la culta; y del éxito de telenovelas sobre droga, corrupción, crimen y violencia, donde personajes nefastos, como Pablo Escobar, se les presenta hasta casi heroicamente. Y la marca picaresca, “malicia indígena” como decían los españoles durante la Colonia, alimenta asimismo la justificación de la trampa, el vapuleo y la corrupción, la mentira, el narcotráfico y los bienes materiales mal habidos. En ese contexto tan decadente, tan pobre en ideas buenas, generosas y desinteresadas, y tan rico en pasiones tristes, perversas e interesadas, ¿no le parece que se requiere una postura clásica y serena, totalmente republicana e ilustrada, que invite a consolidar más las instituciones, en particular el estatuto de la oposición y la reforma de la ley electoral? Así, los partidos políticos podrían presentar sus propuestas de gobierno, con estudios serios de impacto, teniendo en cuenta la historia, el contexto y la responsabilidad de políticas públicas a largo plazo, haciendo o deshaciendo leyes, lo que es lo propio de un gobierno elegido democráticamente, pero en pos únicamente del bien del país. ¿Qué piensa usted de la necesidad de reformar rápidamente la ley electoral y que, en el marco de los Acuerdos de Paz, las ex-FARC creen su propio partido político y entren a debatir, de igual a igual con cualesquier otro partido, sin hacer que dichos acuerdos o el tema de la Paz sean una bandera de intereses partidistas o un pretexto publicitario?
FdR: Estoy muy de acuerdo con lo que usted está planteando y quiero justamente subrayar que un planteamiento así, como el que usted hace, subordina la política a la ética, y pone en primer lugar la grandeza del ser humano y la grandeza del Bien común, por encima de los juegos, tanto de la política como de las comunicaciones y de las propagandas. Justamente, no se trata de abolir la política; la política es absolutamente necesaria en la construcción de una Nación, es el camino de los hombres y las mujeres que asumen la responsabilidad de jugarse todo por el Bien común, por el Bien público. Y eso hay que protegerlo. Y por eso son tan importantes los partidos, pero tienen que estar subordinados a los ideales que usted acaba de marcar, la totalidad de los cuales han de estar referidos a que, primero, todos estamos luchando por la dignidad humana, y por garantizarles a todos por igual las condiciones de la dignidad. En ese sentido, un estatuto de partidos y un estatuto político, que claramente nos permitan jugar con transparencia y participar en esta lucha de confrontación de ideas, de manera limpia, transparente, es una reforma integral absolutamente necesaria en Colombia…
NVG: Sin embargo, usted sabe que en esa pelea por la estructura jurídica de la Constitución y sus reformas necesarias para adaptar el país político al país real y viceversa, para regenerar el Contrato social republicano de la nación multicultural y multiétnica de Colombia, hay dos campos opuestos y radicales. Digamos esquemáticamente por un lado el campo de los llamados progresistas y reformistas, y por otro lado el campo de los revolucionarios. En éste último, encontramos aquellos que consideran que la Carta Magna de 1991 debe replantearse de manera radical por medio de una Constituyente, lo que pondría entre paréntesis las estructuras actuales y crearía vacíos jurídicos muy peligrosos con respecto a los contratos y leyes en curso, sean éstos de políticas públicas o de relación público-privada, sin contar el vacío en que quedarían las instituciones públicas y los acuerdos firmados precedentemente, en el marco de la Constitución de la República. ¿Qué piensa usted de ese combate de ideas, “que es más fuerte que el combate entre los hombres”, como diría Arthur Rimbaud, entre los progresistas reformadores y los revolucionarios? ¿Cree usted que ese tipo de combates sea todavía pertinente en una sociedad tan compleja, con 48 millones de personas, que cambiar de Carta Magna, como de camisa, sea un planteamiento serio, responsable y consecuente con la evolución histórica de una nación y la organización política de un Estado moderno? ¿O es preferible hacer progreso y reforma paso a paso, contienda a contienda, programa político contra programa político, de manera concreta y pragmática, compleja y no ideológica, responsable y no populista poniendo en círculo virtuoso la relación centro-periferia, nación, región y comuna?
FdR: Mire, yo no soy un constitucionalista y mis estudios nunca fueron en derecho. Me gusta mucho la Constitución del 91, me ha parecido, repito, sin ser constitucionalista…
NVG: …gusta mucho, en cierto, mientras se le aplique, porque hay muchos puntos de esa constitución que no se han implementado…
FdR: … por una parte no se han aplicado y en segundo lugar se le han hecho una serie de reformas que ojalá no hubiesen sido hechas, a mi juicio. Y estoy convencido de que dentro de las normas constitucionales, dentro del encuadre constitucional que tenemos, si lo hemos de aplicar, como usted dice, podemos incorporar todas estas transformaciones que el país necesita, para que podamos realmente tener, como la Constitución lo propone, un Estado de democracia, pluralista, inclusiva y de contenido social profundo…
NVG: … y de justicia social…
FdR: … ¡y de justicia social!…
NVG: … con responsabilidad y solidaridad… a todos los niveles de la sociedad…
FdR: … ¡por supuesto que sí! No sé si en el futuro, a largo plazo, no sé si en unas décadas haya que hacer una reforma constitucional profunda, si Colombia ha de enfrentar asuntos gravísimos, pero no lo veo en este momento. Pero lo que sí creo es que lo que tenemos que hacer es aplicar esa Constitución a fondo. Y estoy convencido de que los acuerdos de La Habana, yo los conozco con mucho detalle, lejos de alejarse de la Constitución del 91, ahondan esa Constitución, la profundizan, la hacen más sostenible, le dan una perspectiva de largo plazo, mucho más robusta…
NVG: … y además la interpelan para que se lleve adelante reformas integrales de verdad…
FdR: … ¡de acuerdo!
NVG: … porque, hasta el momento, el Congreso colombiano ha privilegiado de manera escandalosa las reformas en relación a lobistas, como en el caso del Congreso americano, es decir, en beneficio de intereses particulares, entonces es por eso que el proyecto social de Estado Nación, frente al bien público (salud, educación, servicios públicos), está en crisis. Y no consuela que también sea el caso en muchos otros países. Pero hay un punto que me importa mucho y es la dimensión de vigía espiritual y de ética, que usted ejerce. Quisiera escucharle sobre la Ley de víctimas y el abuso que está ocurriendo con la burocratización y el comportamiento de ciertos picaros, que se reclaman de dicha Ley para obtener beneficios con padrenuestros ajenos, por decirlo en términos coloquiales. Hago la pregunta, teniendo en cuenta que usted tiene una postura mental en clave humanista. Contra viento y marea, usted me recuerda la ética socrática, en la cual es mejor ser víctima que victimario, es decir, que es preferible sufrir la maldad que ser maldadoso. Acoto que lo inspira también la vivencia ética de Jesús: usted prefiere, frente a la indignidad y la humillación de una bofetada en plena cara de lo humano en cada ser, poner la otra mejilla, en vez de desfundar una espada. Sin embargo, ¿no teme usted que, en el proceso político, se use y abuse de la paz y de las víctimas para validar tierras mal habidas, limpiar reputaciones y hacerse pasar por cordero, cuando se es, en realidad, un lobo?
FdR: Mire, esas últimas cosas que usted acaba de presentar: la utilización de una máscara de víctima para poder vencer la justicia y conseguir prebendas sobre derechos que no se tienen, pues es parte de la condición humana. Eso pasa en todas partes en el mundo. Y eso ocurrirá siempre, mientras existamos seres humanos. Eso es una primera cosa y a mi juicio no me parece el problema más profundo. Esas son engaños, esas son trampas, esas son utilizaciones tristes del dolor de otros, que hacen quienes no han sufrido realmente la violencia, para poder conseguir satisfacciones y validar bienes mal habidos. Eso es, absolutamente, ¡injusticia! Y eso tiene que ser perseguido por la justicia hasta el fondo. Pero hay otro problema que usted plantea y que me parece más de fondo. Se trata de escuchar a las víctimas en Colombia. Ellas dicen: “no nos llamen víctimas, llámennos sobrevivientes”; sobrevivientes de este drama tan espantoso que hemos vivido todos. Me parece muy delicado cuando las víctimas se humillan y se vuelven pordioseros, y toman una actitud de: “a nosotros nos tienen que dar todo, porque a nosotros nos hicieron sufrir todo”. Y toman una actitud pasiva de reclamos continuos. Y pierden lo que realmente le es más grande: su capacidad de ser los grandes transformadores de Colombia; los que por su dolor y por la hondura y el abismo al que fueron sometidos, cuando les destruyeron su familia, les rompieron sus hogares, les mataron a sus seres más queridos, han comprendido las honduras del ser humano, y desde ahí pueden levantarse para decir: “los colombianos no somos solamente esto; somos también capaces de volver a construir este país; tenemos la responsabilidad de construirlo”. Es entonces ahí, cuando la víctima se convierte en protagonista, cuando no suelta su propia dignidad y cuando justamente se levanta sobre su sufrimiento para mostrar la grandeza del ser humano. Eso nos lo mostró la gente en La Habana. Y eso, yo lo he conocido en muchas personas en Colombia, las que crearon espacios humanitarios, las que no se dejaron mover de los territorios donde estaban, las que han luchado con denuedo por sus derechos. Con respecto a la posición de Jesús, hay que tener en cuenta que es siempre una posición de dignificación del ser humano, es la dignidad humana lo que realmente le interesa. Lejos de ser una actitud de humillación personal y de abandono de la dignidad humana, lo que hace es mostrarle al otro, al que lo agrede, que está dispuesto a seguir luchando sin agresión ni paso al costado. Ese mensaje lo captaron Gandhi y Martin Luther King; los que descubrieron ahí la no violencia activa; los que siguen de frente ante los violentos armados, sin amedrentarse, y aunque son golpeados, ponen el pecho ético, y siguen hasta el otro lado del camino, sin ceder en sus propósitos, aunque los maten; porque están convencidos de que esa fuerza moral, así reciba muchas persecuciones, es en el largo plazo mucho más contundente que la fuerza armada. Pero he ahí una manera muy distinta de actuar ante la posición humillante del que se victimiza a sí mismo o para conseguir prebendas o para negar su propia grandeza humana.
NVG: Padre, le agradezco su generosidad mental y espiritual por encontrar razones para seguir creyendo y rendijas estrechas en este tejemaneje tan complejo y salidas al conflicto interno armado en Colombia. Al terminar su conferencia en la FMSH de Paris, usted hizo un llamado muy bonito y positivo a todos los compatriotas que estamos en el extranjero, pidiendo que ayudemos, cada cual en su espacio personal y profesional, a tejer la madeja del hilo de un liderazgo espiritual por Colombia, que sea como el hilo conductor de ética para todos los otros liderazgos, en lo social, lo político, lo económico, lo cultural…
FdR: ¡Efectivamente! Yo estoy convencido de que, quienes de Colombia están hoy en día en el extranjero, y tienen amigos y organizaciones extranjeras en las cuales están actuando, gracias justamente a su tiempo largo, ya en Europa y otros continentes, están en la posibilidad de acercarse al país con una mirada más generosa, más libre, más transparente porque no están atrapados en la cotidianidad en la que nos vemos forzados los que vivimos en medio del conflicto. Y nos pueden aportar esa visión honda, profunda, de largo plazo, que a nosotros muchas veces se nos escapa. Y que es justamente la visión “de l’ésprit”, como se dice en francés. Recuerdo, entre otras, la Revista de mis amigos Jesuitas, aquí en Francia, que tenía ese nombre, que llamaba: ÉSPRIT, haciendo alusión a la profundidad del espíritu humano. Yo estoy convencido, por eso, de que desde aquí nos pueden ayudar a invitar a tener una mirada mucho más profunda de lo que está pasando en el país. Y sobre todo, ayudar a conseguirnos expresiones y alianzas, que desde aquí, nos hablen a los colombianos. Creo que el mensaje de ustedes, desde acá, en París, por ejemplo, tiene un impacto muy hondo, en Colombia, porque puede tener realidades mucho más objetivas. Y yo esperaría que intelectuales como usted nos ayuden a vincular intelectuales a nivel internacional, sindicatos y organizaciones que ayuden a estructurar la sociedad civil, que nos ayuden a movilizar a los científicos, a los líderes religiosos, para que propongan una palabra iluminada por el análisis global, que ayude a nosotros los colombianos a vislumbrar lo local y lo mejor de nosotros mismos, a construir paz y convivencia en esa tierra tan querida.
NVG: Padre, durante el proceso preparatorio al plebiscito probatorio de los Acuerdos de La Habana y con respecto al debate público y ciudadano, yo hice análisis desde la objetividad exterior de la que usted habla, y sin embargo mi palabra me fue negada con el argumento de que “hace muchos años no vivo en Colombia, que no he sufrido la guerra en carne propia, que ni siquiera pago impuestos en dicho país”; se me descalificaba e impedía tener un mensaje sobre Colombia y la situación colombiana, como si un ser humano pensante no tuviera derecho a la abstracción y a la extra territorialidad mental, así tuviera un conocimiento profundo de la historia, de la cultura y de la idiosincrasia del país. ¿Qué opinión le merece a usted ese tipo de argumentación?
FdR: Me parece que eso es lo que se llama “ataques ad hominem”, que tratan de tocar a la persona, pero que para nada argumentan; son propios de momentos de exacerbación y de campañas políticas, y a los cuales no hay que hacerles caso. Lo que importa son las ideas y los argumentos. Uno no debe dejarse enganchar en ese tipo de argumentación, que hoy en día circula por todas partes, aprovechando la exacerbación de los ánimos, los maniqueísmos, las estigmatizaciones. Entre otras, quisiera volver a un punto que a mí me ha preocupado mucho, usted lo tocó. Se trata del eslogan o consigna que lanzó en su momento la convención del Centro Democrático, en medio del entusiasmo partidario y la exacerbación de pasiones, según el cual “hay que hacer trizas los Acuerdos de paz de La Habana”. Y me preocupa mucho, porque recuerdo haber vivido en el Magdalena Medio la forma cómo los grupos paramilitares tomaban y aplicaban a ciegas las consignas. ¿Cuál es el peligro gravísimo? Yo estoy seguro, o mejor dicho le apuesto a la buena fe de que quienes dicen esas cosas, no están mandando a matar nadie, pero los grupos paramilitares sí, actúan distinto y toman ese tipo de mensajes, hablan con los políticos en terreno, me refiero a los políticos en los territorios que son de frontera, donde la presencia del Estado es muy precaria, y “hacen el negocio”, es decir, obligar a que la gente vote para “hacer trizas los Acuerdos”, y vehicular ese voto de tal manera que favorezca a los políticos, y a cambio, se les garantiza que puedan continuar en negocios de mafia en esos territorios. Y para conseguir que la gente vote para “hacer trizas la paz”, se procede con presiones de muerte, que es lo que hemos conocido en diferentes regiones del país.
NVG: Padre, una última pregunta: ¿el proceso político del posconflicto en Colombia se debe considerar como una política de estado global, que debe involucrar todo el país y todas las capas sociales, o se le debe considerar como un programa de gobierno propio al desarrollo y presencia del Estado en los territorios donde se ha llevado a cabo el conflicto interno armado? Y en ese sentido, ¿cree usted pertinente la posición de elites citadinas o de los que “no han vivido la guerra”, que viven su cotidianidad como si sus retos y desafíos fueran de otro tipo, en particular con respecto a la economía global, la revolución digital y la transición ecológica, y no se creen interpelados por la justicia social y el pensar global y complejo de lo que debería ser un contrato social con justicia social, responsable y solidario, en la era del posconflicto?
FdR: El proceso de paz en Colombia es único y ejemplar. Creo que así lo ha visto la comunidad internacional, que ha apoyado tanto la salida del conflicto interno armado colombiano. Porque se trata de un proceso que nos tiene que llevar a cambios muy profundos, dentro de nuestra institucionalidad, pero con reformas integrales profundas para que Colombia supere las exclusiones. ¡No!, no solamente en las regiones donde se dio la violencia, ¡sino también en el país total! Retos y desafíos residen en la manera como tenemos que superar las exclusiones, tenemos que superar la inequidad, tenemos que superar la corrupción, tenemos que superar la impunidad a todos los niveles en el país, y parar la guerra era la condición básica. Se tenía que sacar las armas de la política para que el país enfrente en el campo de la democracia las reformas y los cambios de fondo que no se han hecho en medio siglo, porque atribuíamos a la guerra la imposibilidad de avanzar en un país en donde cupiéramos todos. Estamos en presencia de un punto de quiebre muy importante que vive Colombia. Hay fuerzas que consideran que fue una desgracia haber negociado con las FARC, incluso se va hasta decir que “se le entregó las instituciones a los terroristas”, y al mismo tiempo se avanza para decir: “afortunadamente, esto terminará muy pronto con este gobierno”…
NVG: … eso lo dicen los que no consideran el proceso como un dato histórico y una política de Estado que compromete a toda la comunidad nacional frente a la comunidad internacional, como una política intergeneracional, y que siguen utilizando el tema del conflicto con las FARC como un simple problema de orden público y de delito común…
FdR: … ¡exactamente! Pero también piensan al mismo tiempo que esta es la “noche oscura”, la que se seguirá precipitando, porque cada vez el actual presidente de la República tendrá menos reconocimiento y margen de acción. Y que “ellos vendrán” como jinetes justicieros para retomar el poder y volcar el país al pasado de la “seguridad democrática”, con “planes Colombia” a punto de bala. Pero yo siento que también emerge otra Colombia, con sus argumentos para el fin del conflicto interno armado, que políticamente piensa que el país ha entrado en un proceso de cambio estructural profundo, que el acabar con una guerra de medio siglo significa la toma de conciencia de una gran novedad. Las dinámicasí están en marcha y Colombia no volverá al pasado, porque la esperanza está en movimiento. La nueva construcción que se viene, como “política duradera de Estado”, utilizando su expresión, es de fondo. Nos tomará quince o veinte años, pero Colombia será algo diferente y esperanzador. Las dos posiciones crean una bipolaridad en la campaña política que se abre para las elecciones presidenciales del 2018. Yo soy de los que piensan que tenemos una obligación humana, una obligación ética por la dignidad del ser humano en Colombia. Pienso que tenemos que jugarlo todo para que esta transformación profunda se consolide en nosotros, y en un país donde nos aceptemos todos y donde todos quepamos con igual dignidad, independientemente de las ideas, del origen étnico y social, de las confesiones religiosas. Pienso, y eso espero, que estamos construyendo democráticamente el sueño de un país en paz, que todos llevamos en nosotros, y que la comunidad internacional nos ha reconocido.
París, 2 de junio de 2017
[1] El Padre de Roux hace referencia al mecanismo de refrendación por el que optó el gobierno de Santos para convocar al pueblo colombiano, el 2 de octubre de 2016, y pedir apoyo popular a los acuerdos firmados en primera instancia con las FARC, un mes antes en Cartagena. El presidente Santos buscó en esa figura constitucional una forma de reconocimiento democrático directo, en lugar de tratar tan delicado tema en el seno de la representación democrática nacional. Huelga recordar que si al salir de la segunda guerra mundial los responsables políticos de Francia y Alemania hubiesen convocado a un plebiscito para preguntarle al pueblo si unían el carbón y el acero en una política económica común, franceses y alemanes, pero sobretodo los franceses, la mayoría hubiera respondido no, pues los sufrimientos y horrores de la guerra seguían vivos en los recuerdos personales de la gente. En Colombia con una participación de únicamente 37,4 % de la población inscrita, el resultado final del plebiscito fue de 50,21 % por el NO y 49,79 % por el SÍ. Es de anotar que el debate público por el sí y por el no, degeneró en bipolaridad entre los amigos-enemigos del binomio Santos-Uribe, y que la oposición radical al gobierno, conducida por el expresidente Álvaro Uribe, basó su campaña por el no en una lógica desestabilizadora y en el uso de argumentos pos verídicos, generando el pánico y la duda dentro de la población, en particular, haciendo referencia al imaginario satanizado del comunismo estaliniano del siglo pasado y al fracaso relativo de la revolución bolivariana, denominada “castro chavismo” en Venezuela. En efecto, basada en suscitar la indignación y el rechazo por redes sociales, el Centro democrático buscó, en la campaña por el NO a los Acuerdos, “que la gente fuera a votar verraca”. Cf. https://www.larepublica.co/asuntos-legales/actualidad/el-no-ha-sido-la-campana-mas-barata-y-mas-efectiva-de-la-historia-2427891