Medellín: relatos de miedo y esperanza
Con qué abundancia se soñó en todo tiempo, se soñó con una vida mejor que fuera posible! La vida de todos los hombres se halla cruzada por sueños soñados despierto, una parte de ellos es simplemente una fuga banal, también enervante, también presa para impostores, pero otra parte incita, no permite conformarse con lo malo existente, es decir, no permite la renuncia.
Esta otra parte tiene en su núcleo la esperanza y es transmisible.
Ernst Bloch. El principio esperanza
Sinopsis
Es reconocido internacionalmente el papel que ha jugado la cultura en la transformación de la ciudad de Medellín. Las dimensiones educativa y de la cultura ciudadana se consideran hoy, más que programas de gobierno, prácticas ciudadanas y políticas de Estado que deben mantenerse y transformarse de acuerdo a los retos de la ciudad.
Podría afirmarse, que Medellín se percibe hoy como un espacio donde se escenifican transformaciones en los hábitos y modos de vida de sus habitantes, siempre en el horizonte de alcanzar una sociedad intercultural más equitativa, participativa y tolerante. Es también un escenario de riqueza cultural, donde los sectores sociales agrupados en torno a asuntos étnicos, de género, sexuales y económicos convierten la ciudad en un territorio para la expresión y el desarrollo autónomos de sus tradiciones inmateriales y materiales, para la difusión de su memoria oral, visual y escrita, así como para resolver las asimetrías propias de las dinámicas culturales contemporáneas.
Sus políticas han incorporado los temas del patrimonio cultural tangible e intangible y los procesos culturales de los sectores sociales que perciben la cultura como un escenario legítimo para las transformaciones de los aspectos que impiden el despliegue de sus 120 expresiones y hábitos de vida. Es así como ha implementado nuevas líneas de fomento a la práctica y ha generado mecanismos técnicos y conceptuales para la democratización de los recursos públicos.
No obstante lo anterior, el modelo que se construye con fundamento en la visión de Sergio Fajardo, “Del miedo a la esperanza”, sustentado en la educación y la cultura se ve amenazado por algunos factores que serán analizados en este texto, y que ponen de relieve la necesidad de defender los espacios construidos:
• Pese a los logros alcanzados por las últimas administraciones y por instituciones privadas de fomento, aún se requiere consolidar los derechos culturales de los ciudadanos y los deberes de estos con el Estado y con lo público.
• Aunque Medellín se caracteriza por la coexistencia de formas de vida y expresiones culturales diferentes, la relación entre ellas es aún asimétrica, excluyente y discriminatoria, expresada tanto en el ámbito de las relaciones sociales, como en las prácticas de las instancias públicas y privadas de la cultura.
• No obstante los logros alcanzados en cultura democrática, esta se ve amenazada por el “pesimismo democrático”, por el poco reconocimiento y uso de los espacios de concertación para la solución de conflictos y por la restricción de información sobre los mecanismos y canales de participación.
Estos tres factores, sumados al fenómeno del narcotráfico, su capacidad corruptora, y más que telón de fondo, eje transversal de los problemas de la ciudad, se convierten en una serie amenaza para los logros de esa transformación social de la ciudad.
- 1.Contexto. Relato de la ciudad y de sus miedos
Hasta hace dos décadas, podría definirse a Medellín como una ciudad sin matices que rezaba piadosamente en las iglesias, trabajaba sin descanso en las fábricas, almacenes y oficinas, respetaba la autoridad, leía el mismo periódico, escuchaba la misma música, votaba por los mismos políticos conservadores, una ciudad en calma, silenciosa, ideal para conservar tradiciones y privilegios. Pero, de repente, las cosas comenzaron a cambiar. Ya se habían apagado los gritos de los movimientos estudiantiles de la década del setenta que marcaron los primeros rompimientos con la vida rutinaria de la ciudad, cuando irrumpen los nuevos protagonistas de la historia, se trataba de gente que florecía a la sombra del narcotráfico, un negocio tan rentable que en pocos años transformó el mapa de propiedades rurales y urbanas y penetró la forma de pensar en Colombia y particularmente en Medellín, donde tenía su centro de operaciones Pablo Escobar, el más célebre de los nuevos ricos, que demostró que era posible alterar el relato dominante impuesto por quienes tradicionalmente habían tenido el poder económico y político.
Tras su incursión en la política pública de manera abierta, y provocada por el brutal atentado contra el periódico “El espectador” que causaría la muerte de su director, aparece el período denominado “época de las bombas” en que el terror invadió las calles de la ciudad y ante la perspectiva aleatoria del posible estallido de un explosivo que cobrara sus vidas, las gentes se refugiaron en el silencio de sus propios temores.
El final de este capítulo llamado Pablo Escobar es conocido en todo el mundo y marcó a Medellín como una ciudad de narcotraficantes. La muerte del capo fue divulgada en los medios del mundo entero, el pintor Fernando Botero lo pintó en el momento en que unas balas gordas le atraviesan el cuerpo gordo y derrotado. Ese cuadro está en el Museo de Antioquia, en la sala de pequeño formato. Ya forma parte de las imágenes del recuerdo.
De este período nacieron muchos textos sociológicos y literarios que dan cuenta de la herida profunda que vivió Medellín. Novelas comoLa virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo; Rosario Tijeras, de Jorge Franco Ramos, ambas adaptadas al cine; ensayos periodísticos como No nacimos pa’semillay La Parábola de Pablo, de Alonso Salazar. Además de las películas de Víctor Gaviria, Rodrigo D, La Vendedora de Rosas y Sumas y restas, que documentó estos duros años, y que son algunas de las fuentes de obligatoria consulta a la hora de contar esta historia.
Pero, contrario a lo que se esperaba, la violencia en las calles de Medellín no se detuvo con la muerte de Pablo Escobar. Las bandas organizadas se ofrecieron al mejor postor y de nuevo la ciudad se vio envuelta en una guerra que se parecía mucho a la anterior y, como ésa, amenazaba con prolongarse indefinidamente en el tiempo. Los muchachos fueron reclutados en sus vecindarios por el grupo que primero llegaba con una propuesta. Así, quienes antes jugaban fútbol con el sistema callejero de todos contra todos, ahora se vieron armados y alineados en ejércitos contrarios con órdenes expresas de exterminar al enemigo. Era la continuación del conflicto iniciado en la periferia del país que ahora se trasladaba al centro y tenía lugar en las grandes ciudades.
Durante el reinado de Pablo Escobar se fortalecieron económicamente los grupos armados que entraron en el negocio del narcotráfico. La modalidad de vinculación más frecuente era el de la protección de los cultivos de coca y los laboratorios clandestinos que proliferaron en las selvas. La guerrilla y los paramilitares cobraban por la vigilancia y por la tolerancia, ahora heredaban también la fuerza de trabajo disponible en las calles de la ciudad. Lo que seguía era la lucha por el control de los territorios. Entonces los barrios tomaron color según el grupo que los controlara. La guerra se extendió a otras zonas de la ciudad como un aviso de lo que vendría. Se repitieron las explosiones en las noches. Los secuestros, las desapariciones, la extorsión, las masacres. El miedo de nuevo se apoderó de la gente y otra vez volvimos a encerrarnos en las casas tan pronto empezaba a oscurecer.
Es claro que la violencia del narcotráfico y el conflicto armado no son sólo capítulos para olvidar. Apareció en escena la que hoy se conoce como “resistencia cultural”, aquellas noches de terror produjeron un sentimiento de búsqueda de razones que unieran y convocaran en la dimensión cotidiana de las prácticas culturales. En los barrios cercados por el conflicto sobrevivieron las casas de la cultura, las entidades culturales que agruparon a sus comunidades alrededor de narraciones, presentaciones teatrales, danza, música y mantuvieron viva la esperanza.
La Medellín de ahora es asumida como una ciudad multicultural en la que conviven diferentes concepciones del mundo y no es posible hablar de ella en abstracto, como si se tratara de una invención de los teóricos. Aquí respiran, trabajan, sueñan, más de quinientos mil afrodescendientes que se han ubicado en diferentes lugares de la ciudad y su cultura seguramente enriquecerá las costumbres de sus vecinos. Los jóvenes construyen un nuevo imaginario de ciudad para remplazar al sicario, que rezaba y mataba, por una juventud que, como los demás jóvenes del mundo sueña. Ya no se habla del exilio como la única salida para los jóvenes ni se siente vergüenza cuando llegan visitantes. Los nuevos símbolos de la ciudad y de esta nueva época son sus parques bibliotecas, y la cultura y la educación han liderado este proceso de transformación simbólica.
- 2.Relato de la cultura ciudadana y las políticas públicas
Es reconocido internacionalmente el papel que ha jugado la cultura en la transformación de la ciudad de Medellín. Las dimensiones educativa y de la cultura ciudadana se consideran hoy, más que programas de gobierno, prácticas ciudadanas y políticas de Estado que deben mantenerse y transformarse de acuerdo a los retos de la ciudad.
Podría afirmarse, que Medellín se percibe hoy como un espacio donde se escenifican transformaciones en los hábitos y modos de vida de sus habitantes, siempre en el horizonte de alcanzar una sociedad intercultural más equitativa, participativa y tolerante. Es también un escenario de riqueza cultural, donde los sectores sociales agrupados en torno a asuntos étnicos, de género, sexuales y económicos convierten la ciudad en un territorio para la expresión y el desarrollo autónomos de sus tradiciones inmateriales y materiales, para la difusión de su memoria oral, visual y escrita, así como para resolver las asimetrías propias de las dinámicas culturales contemporáneas.
Sus políticas han incorporado los temas del patrimonio cultural tangible e intangible y los procesos culturales de los sectores sociales que perciben la cultura como un escenario legítimo para las transformaciones de los aspectos que impiden el despliegue de sus expresiones y hábitos de vida. Es así como ha implementado nuevas líneas de fomento a la práctica y ha generado mecanismos técnicos y conceptuales para la democratización de los recursos públicos.
No obstante, tal y como lo señalábamos anteriormente, las expresiones de violencia y sus secuelas de miedo social, ocupan un lugar central en la vida de la ciudad en los últimos 30 años, aunque con manifestaciones distintas dependiendo del momento histórico. Aunque es claro que es un fenómeno fruto de muchas causas y que su comprensión debe darse desde diversas dimensiones, aparecen reflexiones en torno a las diversas formas que adquiere el conflicto, primero es planteado como parte del proceso de poblamiento y crecimiento de la ciudad, es decir, como parte de la historia misma, de las dinámicas de asentamiento de campesinos desplazados por la violencia de sus lugares de orígenes y que ocuparon zonas que hasta hoy siguen siendo irregulares, informales y en algunos casos ilegales, lugares en que se reproducen el conflicto, la pobreza, la marginación, la inequidad y la exclusión de los beneficios del estar en la ciudad.
Otra perspectiva plantea que las manifestaciones de violencia en la ciudad están vinculadas al narcotráfico, que ha corrompido a actores fundamentales de la sociedad, influyendo en la configuración de una moral laxa, que pervierte con la promesa de dinero fácil a una generación de jóvenes, que sin mejores oportunidades, ni mayores expectativas, encuentra en las actividades ilícitas una alternativa de futuro, que perpetúa el círculo de estigmatización y exclusión.
Debe también señalarse que se ha vivido una forma de violencia dirigida contra el sector cultural , y líderes sociales y comunitarios, que pese a todo continúan tratando de construir alternativas y modelos de sociedad incluyentes . A esto se suma la percepción latente de la existencia de una tensión entre lo que sucede en el día a día en los barrios, en los que permanecen vigentes muchos de los problemas que desencadenaron los hechos notorios relatados.
Es en este contexto en el que aparece el discurso de la “cultura ciudadana” que, desde la perspectiva de Antanas Mockus, exalcalde de Bogotá e inspirador de la incorporación de este discurso a la política pública de las ciudades colombianas, es el conjunto de costumbres, acciones y reglas mínimas compartidas que generan sentido de pertenencia, facilitan la convivencia urbana y conducen al respeto del patrimonio común y al reconocimiento de los derechos y deberes ciudadanos. Su propósito es desencadenar y coordinar acciones públicas y privadas que inciden directamente sobre la manera como los ciudadanos perciben, reconocen y usan los entornos sociales y urbanos y cómo se relacionan entre ellos en cada entorno.
Pertenecer a una ciudad es reconocer contextos y en cada contexto respetar las reglas correspondientes. Apropiarse de la ciudad es aprender a usarla valorando y respetando su ordenamiento y su carácter de patrimonio común.
La adopción de este discurso y las dinámicas de participación ciudadana en la planeación del desarrollo cultural de la ciudad generaron la innovación en el discurso mockusiano, y la significativa participación en los presupuestos públicos que hasta hace unos años eran residuales.
Con la cultura ciudadana como política pública, y la participación en la planificación del desarrollo cultural local, se re-significó la relación cultura y desarrollo local, así es señalado en el primer borrador del plan de desarrollo cultural 2010-2020 “La cultura contribuye al logro de la convivencia a partir de la participación, en el ámbito de lo público, desde la pluralidad. Pero además, en el caso de Medellín ha sido un propósito de la ciudadanía y de las últimas administraciones públicas, en dos sentidos: El primero es la plataforma espacial que lo permite, con la recuperación y generación de espacios públicos y la construcción de grandes equipamientos e infraestructuras que permiten el desarrollo de proyectos personales, colectivos y comunitarios, y en la medida en que se abren espacios para la circulación de información, permiten la creación y el favorecimiento del diálogo. Y si bien aún falta el camino se ha emprendido, la ruta está trazada. El segundo, es el fortalecimiento de la ciudadanía para la deliberación y participación activa, y la construcción de proyectos colectivos, generando y fortaleciendo lo público como un lugar producto del encuentro con el otro.”
“En este sentido hay dos asuntos importantes a tener en cuenta: el camino trazado para el fortalecimiento de lo público como centro de la ciudadanía y su aporte fundamental a la convivencia y la promoción del intercambio, el diálogo y el encuentro en la diferencia; en tal sentido, las diversidades se asumen como constitutivas de lo social –histórico y anudan las capacidades de responder a nuevos desafíos, al contener opciones y lógicas adaptativas.”
La dimensión participativa cobra relevancia, llevándola no sólo a los procesos de planificación sino de presencia en la toma de decisiones frente a los presupuestos.
Adicionalmente en el proceso urbano de la ciudad los equipamientos publicos derivados de la “arquitectura social” se tornan en prioridad de la administración liderado por el arquitecto Alejandro Echeverri, que hace hincapíe en“ tener un impacto positivo en la ciudad y mejorar la calidad de vida, sobre todo en los barrios pobres, a través de la arquitectura y el urbanismo” lo que derivó en un proceso constructivo , de sostenibilidad cultural de los edificios públicos y de apropiación comunitaria permitiendo que las transformaciones que tuvo la ciudad se convirtieran en un foco de interés y punto de referencia, “poniendo en valor al lugar que se le da en la cultura al hecho de ciudad, a la idea de lo público y a la creciente relación que se ha generado entre lo técnico, entendido con sentido extenso como lo disciplinar, y lo político, entendido en sentido amplio como construcción de sociedad civil.” (Medellín medio ambiente y sociedad; Echeverri y otros autores), por su parte Fajardo, señalaba que la consigna fue “lo más bello para los más humildes, de modo que el orgullo de lo público nos irradie a todos. La belleza de la arquitectura es esencial: donde antes hubo muerte, temor, desencuentro, hoy tenemos los edificios más imponentes, de la mejor calidad para que todos podamos encontrarnos alrededor de la cultura, la educación y la convivencia pacífica. Así mandamos un mensaje político sobre la dignidad del espacio para toda la ciudadanía sin excepción, lo que supone un reconocimiento, reafirma la autoestima y crea sentido de pertenencia. Nuestros edificios, parques y paseos peatonales son hermosos y modernos. Acá o en cualquier ciudad del planeta”.
Para el alcalde Alonso Salazar se trata de “activar la fuerza de la estética como motor de cambio social y cultural”.
- 3.Relato de la esperanza
En sentido primario, el hombre que aspira a algo vive hacia el futuro; el pasado sólo viene después; y el auténtico presente casi todavía no existe en absoluto. El futuro contiene lo temido o lo esperado; según la intención humana, es decir, sin frustración, sólo contiene lo que es esperanza.
Ernst Bloch.El principio esperanza
Cuando fue interrogado sobre las fórmulas para la construcción de la Medellín de hoy, Sergio Fajardo respondió: “La fórmula es fácil de enunciar: disminuir la violencia y convertir toda disminución, inmediatamente, en oportunidades sociales. Así de simple. En otras palabras, como es nuestro caso en Medellín: cuando hemos vivido en condiciones de violencia prolongada, si logramos enfrentarla y disminuirla, llegamos con las intervenciones sociales, mostramos cómo la destrucción que trae la violencia se transforma en oportunidades, entonces la ciudad cambia”. Bajo este esquema, logramos reducir sensiblemente la probabilidad de que alguien busque en la ilegalidad sociales toman más fuerza, y así sucesivamente…” (publicado en el libro “Medellín del miedo a la esperanza”; Sergio Fajardo y otros), desde luego el eje de esas intervenciones sociales eran la cultura y la educación.
Se evidenció como una primera aproximación para la construcción del discurso público de la cultura, el reconocimiento a la diversidad, pensado como el lugar para poner en diálogo las diferencias, En el caso de Medellín, la diversidad y las asimetrías no habían sido analizadas y evidenciadas suficientemente. En la ciudad, lo distinto tiene una estrecha relación con las inequidades, vinculadas a las condiciones de pobreza, violencia y desplazamiento en que vive un porcentaje importante de la población quienes, ubicados en ciertas zonas de la ciudad, bien sea por razones culturales, familiares o económicas, han contribuido a gestar una realidad marcada por la marginación y la exclusión territorial.
“Ello resulta singularmente significativo porque el acceso desigual a los beneficios generados en la ciudad disminuye la fuerza de las interacciones, limita la expansión del diálogo y reduce las posibilidades de alcanzar un desarrollo incluyente. Por tanto, reconocer las diferencias desde este lugar, implica no sólo visibilizar a los otrosen condiciones de vulnerabilidad, sino también reforzar las acciones encaminadas a que todos puedan participar en igualdad de condiciones en los diferentes circuitos, flujos e interacciones interculturales.” (borrador del “Plan de Desarrollo Cultural 2010-2020”)
En segunda instancia, se buscó un “lugar en el mundo”. “La ciudad no puede dejar de lado una serie de flujos a partir de los cuales hoy se relaciona con el resto del mundo, y que la enfrenta a situaciones a las que debe dar respuesta.” (Ibidem) Así, pese a que Medellín no es una ciudad protagonista en el escenario del poder y del desarrollo internacional, sí está directamente impactada por las tensiones propias de las urbes en la contemporaneidad, donde cada una de ellas se debate entre la autonomía relativa adquirida que les permite alguna posibilidad de decisión sobre su vocación y futuro, pero que a la vez las vuelve centros de atracción con capacidad limitada para responder a la demanda de sus viejos y nuevos habitantes, una población en aumento permanente, con características cada vez más diversa y con mayor conciencia de sus derechos. Esta conexión e inserción en el sistema global impele a una mayor aceptación e integración de lo diverso y de los procesos de interculturalidad; pero a la vez exige un replanteamiento de lo que es propio y local en un escenario mundializado.
Finalmente se relievan las intervenciones del espacio físico que se implementan bajo el supuesto de que, al mejorar las condiciones materiales y la infraestructura de la ciudad, se generan sinergias que impactan de manera positiva otras dimensiones del desarrollo. Pero estas intervenciones físicas requieren de una adecuada contextualización y de la participación de sus usuarios y habitantes.
No obstante el reclamo ciudadano plasmado en el mencionado plan de desarrollo cultural es significativo “Nuestra ciudad requiere ampliar los espacios públicos y semipúblicos que contribuyen al mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes y la consolidación de un desarrollo equitativo, singularmente en aquellos barrios que han permanecido excluidos de los procesos de modernización.” (Ib.)
La continuidad de las políticas públicas formuladas para el ámbito territorial de Medellín se ven amenazadas por las circunstancias políticas que vive el país, de ahí que esos logros deban ser consolidados por una ciudadanía culturalmente activa que pueda poner en cuestión y defender los espacios conquistados.
Por eso señalamos que, es necesario tener presentes como algunos de los referentes importantes para un discurso crítico de continuidad del proceso, algunos tópicos dignos de revisión:
• Pese a los logros alcanzados por las últimas administraciones y por instituciones privadas de fomento, aún se requiere consolidar los derechos culturales de los ciudadanos y los deberes de estos con el Estado y con lo público.
• Aunque Medellín se caracteriza por la coexistencia de formas de vida y expresiones culturales diferentes, la relación entre ellas es aún asimétrica, excluyente y discriminatoria, expresada tanto en el ámbito de las relaciones sociales, como en las prácticas de las instancias públicas y privadas de la cultura.
• No obstante los logros alcanzados en cultura democrática, esta se ve amenazada por el “pesimismo democrático”, por el poco reconocimiento y uso de los espacios de concertación para la solución de conflictos y por la restricción de información sobre los mecanismos y canales de participación.
Es en la cultura, como señala Bloch, donde hay un excedente que puede permitir, en una sociedad transformada, una herencia que es preciso recoger: «El problema de la ideología entra justamente en el campo del problema de la herencia cultural, del problema de cómo es posible que, también después de la desaparición de sus fundamentos sociales, obras de la superestructura se reproduzcan progresivamente en la conciencia cultural» (Bloch; op. cit.) No es sólo en la fase ascendente de una sociedad cuando nos encontramos con productos culturales que trascienden períodos de gestión política, sino también cuando nos encontramos con productos en los que se pone de relieve ese excedente en el arte, en la ciencia, en la filosofía, que derivan en espacios políticos capaces de construir esa esperanza de la que se habla en la Medellín de estos días.