Octavio Arbeláez-Tobón: emprendedor de cultura con solvente trayectoria en el mundo – A propósito de los 50 años del Festival Internacional de Teatro de Manizales/ Reportajes de Aleph

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha utilizado su cuerpo para recrearse, ideando gesticulaciones, formas activas de expresión, solo o con otros, o para inventar diálogos con temas ocasionales, en testimonio de la capacidad de inventiva, e incluso con elementos de crítica, es decir, de considerar contextos propicios para aprobar o desaprobar procederes de otros. Todo ello se fue formalizando y dio origen al llamado “Teatro”, en las maneas de comedia, tragedia, u otras identificaciones en la taxonomía de tratadistas e historiadores.
En la Grecia Clásica esas maneras de interpretar la vida, sus aconteceres, ambiciones y frustraciones, con el recurso de los mitos, dio como resultado a autores de la talla de Esquilo, Sófocles y Eurípides, quienes dieron nacimiento a la “Tragedia”, con representaciones de situaciones tremendas, con motivaciones de compasión y terror, maneras de reflejar la condición humana, tan propicia al error y a lo trágico. Y se construyeron espacios apropiados para las representaciones, como el teatro de Epidauro, en el siglo II a.C., con capacidad de 12 mil espectadores, o el teatro de Dioniso en Atenas, para 14 a 17 mil espectadores. Desde entonces el Teatro ha sido una proeza que identifica regiones y países, por medio de giras de agrupaciones y de festivales, nacionales e internacionales.
El teatro griego fue determinante en las expresiones del teatro latino, con Roma en la forma más significativa y, en general, en los pueblos reconocidos como itálicos, cuyas manifestaciones obedecían a improvisaciones populares, en formas líricas y cómicas. De resaltar los “dramas” de Epicarno y los “mimos” de Sofrón. Livio Andrónico en el siglo III a.C. produce obras teatrales a la manera trágica y cómica. Aparecieron los grupos ambulantes de comedias, forma prolongada en el tiempo. Del teatro romano los dos autores que mayor se recuerdan son Plauto y Terencio, dedicados a la comedia, que involucra enredos y engaños de familias. Pero fue el filósofo Séneca quien escribió ocho tragedias que se conservaron, alcanzando niveles de introspección, meditaciones sobre la condición humana.
Historiadores anotan que la construcción de los grandes teatros no se correspondió con la producción de las mejores obras del teatro romano y en general latino, más bien con el atractivo del mimo y la pantomima.
En la Edad Media, que va del siglo V al XV de nuestra era, el teatro estuvo marcado por el clero, los nobles y el régimen feudal, con producciones que asumían representaciones bíblicas y el proceso de Cristo en sus diversas fases. En particular, se destaca en el teatro castellano el “Auto de los Reyes Magos”, de finales del siglo XII, con asidero en la Catedral de Toledo, con el problema que se plantean los Reyes Magos para acertar en la consideración de ser Dios el Niño Jesús. Asimismo, la Edad Media da lugar a la aparición de los juglares, especie de trotamundos que van por diversos sitios con representaciones religiosas y profanas.
Pero luego el gran salto adelante se da con Shakespeare (1564-1616), cuya obra sigue siendo representada e interpretada por siglos, en especie de salto a la Modernidad. Su protagonismo se identifica en el llamado “teatro isabelino”. Historia larga de contar. Pero me basta acudir a Don Antonio Machado, quien en su obra “Juan de Mairena” dedica una página a exclamar que de escoger un poeta en la historia de la cultura se decidiría por Shakespeare, como caso único de superación de todo lo antiguo, con salto adelante, pero además lo identifica y valora por su condición de escéptico, agnóstico, nihilista, de enorme simpatía por lo humano. Machado llega a preguntarse: “¿es Shakespeare inglés o es Inglaterra shakespereana?”.
Colombia no ha sido ajena a ese proceso. Y más cercanamente en Manizales surgió en 1968 un Festival con atractivo internacional, que congregó agrupaciones y personalidades intelectuales y de las letras del primer orden mundial. Es digno de recordar un profesor de Química en el bachillerato, aficionado a las lecturas en terrenos de la literatura y la filosofía, y complementarias con el cine y el teatro, quien tuvo la iniciativa, apoyado por otras personas también de la época, con liderazgo social. Aquel docente fue Carlos-Ariel Betancur, el primer gestor-director, quien tuvo acompañamiento para la idea de Ernesto Gutiérrez-Arango, Emilio Echeverri, Hernando Yepes, Augusto-León Restrepo, Lucía Corrales, Esneda Morales, Óscar Jurado, José-Fernando Corredor, entre otros. Y consigue convocar la primera versión del Festival, con anclaje internacional, gracias a la manera como Carlos-Ariel desplegó nexos por todas partes. Incluso a esa versión trajo a Manizales a Pablo Neruda y a Miguel-Ángel Asturias. Esta primera etapa del Festival Internacional de Teatro de Manizales llega hasta 1973, y entra en un sueño hasta 1983, cuando irrumpe la fase definitiva, con el liderazgo intelectual y de gestión de Octavio Arbeláez-Tobón, consiguiéndose ahora conmemorar, con bombos y platillos, los primeros 50 años de esa proeza. La biografía de Carlos-Ariel Betancur está por escribirse y compartirse, en tanto personalidad emblemática del hacer cultural, con capacidad gestora allende las fronteras, dando aire vital-modernizador a nuestra ciudad, con visión estratégica de mundo.
Antecedente de recordar también es el grupo de teatro de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, en los años fundamentales 1964-1966 (en el rectorado de José-Félix Patiño y su representante en la subsidiaria, Alfonso Carvajal-Escobar), con la dirección del Alumno-Ingeniero Henry Cardona, que llevó a las tablas “Las preciosas ridículas” de Molière y “El Escorial” de Michel de Ghelderode, entre otras.

El periódico “Textos – Artes y Letras” es importante testimonio en el registro de las personalidades que visitaron Manizales, como directores o conferenciantes, multiplicados en mesas redondas y debates, al amparo de la figura convocante “Festival Latinoamericano de Teatro”, con el intento de nuclear vocería en el llamado “Centro latinoamericano de investigación e información teatral”. En Año 1 No. 1 (febrero 1971) figuran en su Consejo de Redacción: Carlos-Ariel Betancur, Oscar Jurado y José-Fernando Corredor, en el cual se registró la presencia en Manizales, durante diez días hiperactivos, de Jerzy Grotowski. En la introducción a ese valioso testimonio, en primera página se lee: “Continuando su propósito de reunir Manizales a todas aquella personas que en los último tiempos se han dedicado a investigar seria y profundamente sobre nuevos aspectos del teatro, y con el fin de las gentes del continente que concurren al encuentro se enteren y saquen el mayor provecho de sus enseñanzas, el III Festival Latinoamericano de Teatro Universitario invitó al director e investigador polaco Jerzy Grotowski, quien en los actuales momentos figura como una de las cifras más discutidas e importantes de la escena mundial./… Incluimos en esta primera entrega de TEXTOS lo que pudiéramos considerar como la introducción a ese material [referencia a la publicación anunciada de las conferencias del personaje] y que es donde Grotowski explica su concepto del teatro pobreen contraposición al teatro rico”. Otros tiempos.
Esa marca de visión internacional se ha enriquecido en el historial del que devino “Festival Internacional de Teatro de Manizales”, con un digno continuador, en la dirección, de lo gestado en los primeros años, ahondando el camino.
Octavio Arbeláez-Tobón es personalidad de resaltar por tantos motivos. Desde la niñez y juventud tuvo veleidades por las letras y las artes, las que fue haciendo del sabor de su vida en mayor grado durante los estudios universitarios. Fue bachiller precoz y doctor en derecho y ciencias políticas también de corta edad, y con asomo en la docencia calificada y en el ejercicio profesional, casi imberbe. En los años setenta el agite cultural universitario lo tuvo como gestor de actividades variadas. Más tarde asume desempeños en la dirección de la Escuela de Bellas Artes, en la Universidad de Caldas, donde mostró su capacidad gestora al crear el programa académico de Teatro e impulsar la actualización formal del Conservatorio de Música. Y va a dar al equipo de colaboradores cuando se creó el Ministerio de Cultura, del cual llegó a ser director de artes.
En su trayectoria de gestor cultural ha tenido sobresalientes actuaciones, al generar proyectos con realizaciones plenas en diversos países, en variados campos de las artes, en especial el Teatro y la Música. De manera singular creó empresas culturales y se ocupó del mercadeo de las diversas expresiones. Así, fue artífice de la “Red de promotores culturales de Latinoamérica y del Caribe, La Red”, de la “Asociación para el desarrollo de la industria de la música iberoamericana, ADIMI”, de los mercados culturales en El Salvador, Brasil, México, y algunos en Colombia. Y en esa línea pionera de trabajo también se ha ocupado de propiciar intercambios culturales, entre ciudades y países. Ha promovido y ejercido la gerencia, presidencia y participación en sus juntas directivas de empresas y organizaciones de esa naturaleza, a nivel internacional.
Se le ha destacado con reconocimientos internacionales como el Premio ISPA en el 2014, y también en el 2018 con entrega del galardón en Seúl. En la actualidad preside la “Red eurolatinoamericana de de festivales de artes escénicas” y la “Asociación para el desarrollo de la música iberoamericana”, y tiene en sus manos la acertada dirección del “Mercado de la música latinoamericana”, en Medellín (Col.), del “Festival internacional de las artes de Costa Rica”, del “Mercado de las artes performativas del Atlántico Sur, MAPAS” en Tenerife (España), y del “Festival Internacional de Teatro de Manizales”.
Ha escrito y publicado ensayos sobre temas de su ejercicio diario, acogidos en órganos especializados y en las memorias de congresos internacionales, incluso como asesor o consultor del PNUD, o de ciudades como Bogotá y Medellín. Está comprometido con importante editorial para escribir y publicar una especie de Memorias, testimonio de ese singular y altamente calificado y productivo trasunto vital.
Esta edición de la Revista Aleph está especialmente dedicada a él, y en su significativa prestancia con el motivo de los ¡50 años! de haber sido creado el “Festival Internacional de Teatro en Manizales”, del cual ha sido protagónico dirigente desde 1983.
– Bueno sería recordar el ambiente familiar tuyo de origen, la infancia, los estudios de primaria y bachillerato. Inquietudes en esas épocas. Maestros y profesores que recuerde, con huella que le hayan dejado en el espíritu.
Nací en el seno de una familia humilde, mi padre era un empleado público y mi madre ama de casa. Fuimos 7 hermanos que, debido al trabajo de mi padre como empleado del estado habitábamos donde el viento nos moviera, por eso mi infancia es Barranquillera, pero también ligada a la ciudad de Pereira, y a mis barrios manizalitas “Los Agustinos” y “Chipre”.
En ese barrio quedaba el Instituto Manizales (“faro de la juventud” decía su himno), colegio que fue creado por los obreros del municipio de Manizales, y allá me matricularon mis padres, sobre todo por la cercanía a la casa. El “coco” como lo llamábamos funcionaba en una vieja casona situada al lado de la inspección de permanencia de la policía, escenario de cotidiano de escándalos protagonizados por vagos, putas, rateros y una fauna que mirábamos con los ojos de sorpresa de niños/adolescentes que descubrían la sordidez del mundo que nos rodeaba de la mano de los gritos estentóreos de los detenidos y los malos tratos de la policía hacia ellos.
El colegio tenia características liberales; los profesores eran jóvenes, y recuerdo a sus rectores José Fernando Escobar-Escobar y Jaime Echeverry-González, a algunos profesores destacados por su interés genuino en la formación (Fabio Quintero, Fabio Giraldo, Bernardo Orozco, Luis-Eduardo Yepes) pero lo que más recuerdo es a los compañeros de generación: los Bernardos (Jaramillo-Ossa y Jaramillo-Hoyos), destacaban por su militancia política, algunos otros por su interés en la literatura y las artes como Eduardo García-Aguilar (en verdad él estaba tres cursos más adelante), y muchos compañeros que vivían la efervescencia de la época (el gordo Cubides, Fernando Otálvaro, Juan-Carlos Aristizábal, Germán Orozco me vienen a la mente) en lo político y en lo cultural. Yo era un niño cuando terminé la secundaria (15 años) y mi prioridad eran los deportes, el colegio que, curiosamente, no tenía cancha alguna para la práctica de deportes era muy destacado en voleibol, y yo era del equipo del colegio y de la selección Caldas infantil. Asimismo se vivía la fiebre de los concursos de “cultura general” y el equipo del colegio que integrábamos con los Bernardos, Álvaro Gärtner y yo, ganaba en casi todos los que convocaban.
Este periodo de infancia y preadolescencia marcado por la disciplina deportiva, por la mirada política que interrogaba al mundo (participamos activamente en las manifestaciones estudiantiles de los años 70s) y por el afán de conocer me llevaron a la elección de la Facultad de Derecho de la Universidad de Caldas a la que entré siendo muy joven y como una opción ligada a mi interés por el estudio de una carrera humanística.
– También será bueno recordar el período de estudiante en la Universidad, ambiente encontrado, participación en la vida estudiantil y cultural. Trabajo de grado, en tema y dirección. Profesores que recuerda de manera especial por cualidades e impacto en su formación.
Entré a la Universidad de Caldas casi coincidiendo con el último año del Dr. Enrique Mejía-Ruiz y la designación de Guillermo Arcila-Arango como rector, quien le sucedió. Fue una época de gran movida universitaria y de participación muy activa en consejos estudiantiles, pero sobre todo en la vida cultural de la universidad, éramos miembros muy activos del Cine Taller Secuencia (antes “Cine-club Jorge Iván López-Villegas”), cursábamos materias en la facultad de filosofía y letras, participábamos de las actividades de la OIAC (“Oficina Interuniversitaria de Asuntos Culturales”: convenio Universidad de Caldas y Universidad Nacional en Manizales) que entonces dirigía Ángela-María Botero, jugaba voleibol en el equipo de la universidad y en medio de la carrera me casé y tuve dos hijos (mi primer matrimonio duró poco, pero siempre estuve cerca de mis hijos a quienes tuve la feliz oportunidad de tener conmigo siempre).
El Decano del momento era el Dr. Diego Arango-Cardona y su Secretario Académico el Dr. Rodrigo Ramírez, profesores de grata recordación Humberto Vélez-Ramírez, economista, Humberto de la Calle, Héctor Marín-Naranjo, pero lo más importante no fue la escuela jurídica sino la vida universitaria que tuvimos la suerte de vivir.
Los movimientos estudiantiles que se suscitan a raíz de la salida del Dr. Arcila, la llegada del Dr. Kevin Ángel, de Alfonso López-Reina y de Carlos-Iván Buitrago, a la rectoría de la universidad nos hicieron muy activos en esas líneas de acción.
Antes de terminar la carrera fui llamado por el Dr. Humberto de la Calle y por el Dr. Alfonso Delgadillo (rector de la Universidad) para organizar la exhibición de cine, a través de una especie de cinemateca universitaria, y como profesor auxiliar de sociología jurídica en la facultad.
Mi trabajo de grado fue sobre “Teoría del Estado en Hegel”, con el Dr. Humberto de la Calle como director, y los jurados los doctores Rodrigo Vieira y Gilberto Bedoya.
– Primeras lecturas y aficiones que recuerdes de aquellos tiempos.
Desarrollamos una completa adicción al cine, que satisfacíamos con las películas que traía a la ciudad la Alianza Francesa, y los ciclos de cine que programábamos en el Teatro Colombia. Adicionalmente íbamos a los teatros Cumanday, Caldas y Fundadores de manera que, semanalmente, veíamos tres o cuatro películas. Asistíamos al festival de cine de Cartagena, y desde el Cine Club éramos miembros de la Federación Colombiana de Cine Clubes, desde donde el maestro Hernando Salcedo Silva impartía su magisterio. Luis Alberto Álvarez, desde Medellín nos apoyaba mucho (él fue miembro de nuestro cineclub) y allá tuve la ocasión de conocer y frecuentar a Alberto Aguirre y Orlando Mora.
La literatura era la segunda vertiente de mi interés. Un amigo, Rafael Botero, hijo del Dr. Filiberto Botero, generosamente me abrió la puerta de la biblioteca de su padre y pude acceder, en compañía de este buen amigo de manera sistemática, pues así nos lo propusimos a los que considerábamos los autores de referencia para nuestra formación literaria: leímos sistemáticamente a Thomas Mann, Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka, y Rafael conseguía también estudios sobre la obra de los autores que nos hacía releerlos. Fueron años maravillosos de encuentro de las grandes voces literarias, que también fueron acompañadas de la biblioteca de la Facultad de Derecho que poseía una amplia colección de clásicos que pude frecuentar. Luego vino la literatura latinoamericana, especialmente Borges y Cortázar, y todo el boom… En fin, de ahí proviene mi afición por la literatura.
También teníamos grupos de estudio desde donde leímos a Marx, a Freud y a Nietzsche, influenciados por los filósofos franceses de moda en esa época (Althusser, Derrida) y Estanislao Zuleta.
Eran lecturas y discusiones enfebrecidas sobre literatura, cultura y política que nos mantuvieron muy activos intelectualmente. Invitado por Hernando Salazar Patiño, escribía una página semanal de crítica de cine en el “suplemento literario” de “La Patria” que posteriormente dirigí durante dos años (tenía 18 o 19 años).
En paralelo seguía mi actividad deportiva y durante todos mis estudios fui miembro del equipo de voleibol de la universidad con el que viajaba a torneos nacionales en diferentes ciudades.
– ¿Cuáles fueron las aplicaciones y ocupaciones que siguieron al momento de grado en Derecho y Ciencias Políticas.
Terminada mi carrera tuve primero una oficina de abogado independiente en compañía de tres colegas. En esa época frecuentaba al muy querido amigo José Fernando Calle Trujillo, que era juez superior, y a Valentina Marulanda que dirigía la sala de música del Banco de la República, y con ellos teníamos un casi ritual de “tomar el algo” en “La Suiza”, el famoso salón de té en el centro de nuestra ciudad. En el ejercicio del Derecho estuve muy inclinado por el derecho penal, habiendo incluso realizado defensas ante el jurado de casos muy sonados.
Gracias a Eduardo López-Villegas y a Antonio Mejía-Gutiérrez comencé a trabajar como abogado en CRAMSA (hoy Corpocaldas). Frecuentaba la tertulia de la librería Académica y de la librería Palabras. Posteriormente tuvimos oficina de abogados con Augusto-León Restrepo y Pedro-Manuel Lombana.
Todo esto lo combinaba con la cátedra en la facultad de Derecho de la Universidad de Caldas.
Cuando llega a la rectoría el Dr. Álvaro Gutiérrez, me nombra Decano de la Facultad de Artes (25 años de edad) y promuevo la refundación del Festival de Teatro de Manizales en el año 83, con el apoyo de Elvira Escobar de Restrepo y de Juan-Luis Mejía que en la época era subdirector de Colcultura (a este lo conocía a través de Fabio Rincón, gran amigo y compañero de aventuras culturales). En la Facultad creamos el programa de Artes Escénicas, fortalecemos el Conservatorio y creamos el programa de licenciatura en música, creamos el programa de diseño visual y la facultad que era un poco informal se formaliza académicamente y comienza a jugar un papel destacado en la ciudad. Creamos el salón “Arte por la vida” con exposiciones de artes visuales nacionales e internacionales (una gran exposición de minigrabados provenientes del impresor de Dalí), y el germen de la orquesta de cámara de Caldas.
Rápidamente lo jurídico dejó lugar a la academia, y a la gestión cultural. En esa época, separación de mi primera esposa y una larga relación con Luisa-Fernanda Giraldo.
– Cuando en 1983 emprendes la especie de refundación del “Festival de Teatro”,es bueno que des una mirada a la primera etapa del Festival,caracterizado por el “teatro universitario”. ¿Cuáles fueron sus características, y las razones de la venida a menos de esas manifestaciones universitarias del teatro?
En 1968 se creó el Festival Internacional de Manizales para grupos de teatro universitario de América Latina y más tarde para grupos experimentales y de nuevas tendencias, en especial de teatro latinoamericano y con presencia de algunos grupos españoles del teatro independiente; en 1.973 vienen grupos de Europa y África.
Siendo justos, en esa época la dimensión teatral era subsumida por la premisa de la política como eje, la palabra urgente, la “revolución a la vuelta de la esquina”, y el mensaje y los contenidos eran la prioridad.
No creo que hubiesen venido a menos, en verdad; creo que el teatro universitario se mantiene con el tiempo, con su visión crítica, incluso creo que hay un retorno muy interesante de los universitarios a esta expresión de las artes, independientemente de las escuelas universitarias de teatro, los estudiantes vuelven a hacer teatro, y se hacen festivales (recientemente asistí a uno muy interesante en Medellín).
– Asimismo vas abriéndote camino por la “gestión cultural” en otros campos. ¿Cómo concibes esa expresión: “gestión cultural” y de qué manera has tenido desarrollos nacionales e internacionales como gestor, con iniciativas propias y en articulación con formas múltiples?
Ha corrido mucho tiempo desde las aproximaciones a la gestión cultural desde diferentes perspectivas. En los años 70s era la “animación socio-cultural”, posteriormente los “técnicos de cultura”, los “productores culturales” de la escuela brasileña, los “gestores culturales” del mundo iberoamericano. Debo confesar que ese encasillamiento hacía la mera “gestión” no me gusta, en la medida en que sólo se dimensiona el trabajo profesional en un plano meramente instrumental, en el hacer, no en el ejercicio intelectual de concebir y planear, inventar diálogos posibles, tender puentes desde la cultura a todos los sectores, en fin, un largo etcétera que trasciende a los “operadores” que perciben las administraciones públicas y en la que nos hemos dejado encasillar.
El gestor cultural crea, innova, redefine, opina, propone, y es desde esa perspectiva en la que prefiero mi quehacer. Sobre la importancia de trabajar con énfasis en las comunicaciones y de las nuevas tecnologías, cómo llegar al público, el trato con los artistas, la distinción entre gestor cultural y el curador artístico, las diferencias entre la gestión en centros públicos y en privados se ha escrito mucho, y, probablemente, se seguirá escribiendo, y muchos siguen limitando esa actividad a la administración de espacios, o a la gerencia de un proyecto, desde nuestro punto de vista, es un trabajo creativo que hace posible que la vida cultural se expanda por el tejido social y logre permear la cotidianidad y los imaginarios de la ciudadanía.
Hemos trabajado en varios países iberoamericanos (Argentina, Brasil, Costa Rica, España, México, Venezuela) y en los demás hemos tenido una presencia en eventos académicos y en espacios de formación. Durante estos últimos 40 años he procurado aprender a interpretar esas voces sutiles que hacen la diferencia, pero que también nos unen en una polifonía propia de nuestro espacio cultural común. La característica que une estos proyectos es que son generados a partir de ideas propias, y de un diálogo permanente con los colegas de muchos países en un proceso de aprendizaje que nos ha llevado a desarrollar modelos y procesos con un sello nuestro.
– Desde que asumiste la Dirección del Festival Internacional de Teatro de Manizales, las diversas versiones han tenido variaciones de interés; ¿cómo ha sido ese proceso y de qué manera fue abriéndose camino el Festivalen el contexto múltiple de países, con aperturas en labores escénicas? ¿Cómo fue esa experiencia de la “creación colectiva” tan de impulso en cierta época?
El Festival de Teatro de Manizales surge, como lo expresé antes, en 1968, al calor del movimiento estudiantil de la época y de la relación de teatro y política. Evento universitario al comienzo y profesional hacia el año 1970. En 1973 por diferentes factores asociados a la política de la época y a la limitación de recursos se suspende.
En 1983 un grupo de ciudadanos y líderes culturales de la ciudad se dieron a la tarea de revivirlo, buscando darle continuidad a un proyecto que marcó el desarrollo del teatro en Iberoamérica. Desde entonces y en esta segunda etapa se han realizado 34 versiones del Festival Latinoamericano de Teatro sin interrupción, que suman 39 ediciones en total ya celebradas del festival de artes escénicas más antiguo de Latinoamérica.
Esta edición aniversario, valida el evento frente a la comunidad internacional: Como homenaje a los 50 años del Festival, y por iniciativa del CELCIT (Centro Latinoamericano de Creación en Investigación Teatral) se declaró el 8 de octubre como el Día Internacional del Teatro Latinoamericano, declaración a la que adhirieron organizaciones artísticas, públicas y privadas, ligadas al teatro de todo el mundo, entre las que se destacan la Federación Internacional de Actores, la REDLAT (Red de productores de Latinoamérica) y REDELAE (Red eurolatinoamericana de Festivales de Artes Escénicas).
Cada año el Festival varía sus ejes curaturiales y temáticos, de acuerdo con las diversas tendencias de la escena internacional. Para la edición 2.018, por ejemplo, nos ocuparemos de las escenas teatrales iberoamericanas, referenciadas a partir de los 50 años de historia del Festival, teniendo como vertiente de programación fundamental:
Grupos históricos: Teatro Ictus de Chile, Teatro El Galpón de Montevideo, La Cuadra de Sevilla (España), Yuyachkani de Perú, Malayerba de Ecuador, La Candelaria de Colombia, Teatro de los Andes de Bolivia, Teatro de la Llanura de Argentina; todos los cuales ejercen su protagonismo en la escena de Iberoamérica entre 45 y 60 años. Se realizarán eventos teóricos alrededor de esos procesos creativos con la dinámica del trabajo de grupos como forma creativa.
Grupos consolidados alrededor de la historia del Festival, generacionalmente correspondería a directores teatrales vigentes y que se ubican en una franja etaria de 50 años: Teatro Petra de Colombia, Cornamusa de México, Cia Luna Lunera de Brasil, Kikin teatro de Bolivia, Sergio Blanco (Uruguay), Cia Viaje inmóvil (Chile), La cochera (Argentina), Teatro Matacandelas (Colombia).
La nueva generación: Nuevos directores/dramaturgos consolidados en la escena internacional: Gabriel Calderón (Uruguay); David Gaitán (México); Jorge Hugo Marin (Colombia); Johan Velandia (Colombia).
– En simultaneidad con la dirección del Festival has cumplido múltiples compromisos nacionales e internacionales, en tareas de gerencia cultural; ¿eres tan amable de contarnos un poco de esa experiencia tan enriquecedora en lo personal y de enorme alcance social?
He tenido la feliz ocasión de trabajar en varios proyectos en otras ciudades de Colombia, y en otros países. Como curador de artes escénicas y musicales, tuvimos la experiencia de Barranquilla nueva danza, en asocio con la coreógrafa y poeta Mónica Gontovnik; he participado del equipo de curadores del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, en el Festival Medellín vive la música, en el Bomm de Bogotá, en el mercado de música latinoamericana Circulart, entre otros.
Internacionalmente he trabajado con el Festival de Cádiz, el Festival Internacional de las Artes de Costa Rica, el Festival de Teatro de Caracas, el mercado de artes performativas de Tenerife, el mercado cultural de Salvador, Bahía, Brasil, en el fórum cultural mundial de Sao Paulo, Brasil.
Ya desde la dirección y gestión de proyectos, he trabajado en procesos de creación de modelos de mercados para la circulación de la producción artística latinoamericana, así he trabajado en Salvador, Bahia, en el Mercado Cultural Latinoamericano; en Escena 70 del Teatro San Martin de Buenos Aires, en MAPAS, en Tenerife, en México Puerta de las Américas, en VIA en Bogotá, en todos como director, o en el equipo de directores de los denominados Foro cultural mundial de Sao Paulo y Rio, o el Congreso Iberoamericano de Cultura de Medellín. También hemos asesorado a muchos festivales, mercados, eventos culturales en toda Iberoamérica.
– Tengo entendido que cuando Juan-Luis Mejía fue Director del Instituto Colombiano de Cultura, desempeñaste una de las direcciones. ¿Cómo fue esa experiencia?
En verdad no tuve la ocasión de trabajar con Juan-Luis en su etapa de Colcultura, fui su asesor cuando él fue Ministro de Cultura.
Esto ocurrió posteriormente a mi desempeño como Director Nacional de Artes del que en ese momento era el recién creado Ministerio de Cultura; fuimos, en ese sentido, parte del equipo “fundador” del ministerio que encabezó Ramiro Osorio.
El papel desempeñado, y hacer parte de un equipo que instaló en el relato de la administración pública un ministerio que todo el sector reclamaba, fue una linda oportunidad de generar un proceso que hoy, más de veinte años mas tarde, vive y se transforma adaptándose a las circunstancias de los tiempos que corren.
– ¿Cómo aprecias el impacto cultural del Festival Internacional de Teatroen la vida cultural y social de Manizales, también en la región y el país? ¿Ha habido entendimiento y saludable emulación con el Festival Internacional de Bogotá? ¿Y cuál es tu apreciación sobre el proceso hacia una paz estable y duradera en Colombia?
El Festival es parte de la ciudad, vivimos el aquí y el ahora de nuestros procesos, y un espacio como el Festival de Teatro de Manizales no es ajeno a ellos. Para mi, en este periodo los temas centrales están transversalizados por la paz, y nuestra ciudad ha asumido actitudes valientes frente a todos los procesos vividos. Tenemos claro que la construcción social de la paz es más resultado del desarrollo de una cultura del debate creativo y la convivencia que un mero acto de la paz como estrategia política. Las fórmulas retóricas, manifestadas a través de campañas ligadas a mensajes de coyuntura electoral, recogen formas de pensar esa paz que pueden ocultar diversas manifestaciones de sufrimiento ampliado y de despotismo que se hacen claras en la vida de las personas, pero alcanzan solo fugazmente alguna representación o reconocimiento político. Tras los silencios, o las negativas de un país como el nuestro, se observan dolores de muchas décadas de ausencia de elementales formas de relacionarse con un mundo que niegan justicia y equidad.
Por ello la paz no se pude imponer como acto de alguna razón de poder nacional o internacional, Se puede lograr, antes que nada, por un cambio en la cultura y valores de los actores implicados de manera directa e indirecta. Nacerá desde las perspectivas de las nuevas promesas, que nos lleven a salir de la oscuridad de la violencia y la muerte. Esto implica cambios en los esquemas de pensamiento, en las gramáticas de reflexión y en las relaciones con todos “los otros” Sin superar las miradas que atrapan al pasado la paz podría ser solo una larga tregua.
Esta suerte de transformación, no solo ética sino también cultural, se hace necesaria para que sea profunda, consolidar una mínima confianza en los procesos y voluntad de todos para ir salvando los escollos que aparecen, y esto se hace posible, también, a través de esa noción de “ciudadanía cultural” que generan el festival y sus procesos.
– ¿De qué manera concibes la actualidad del teatro clásico frente a corrientes de interpretación más contemporáneas?
Los valores del teatro clásico siguen estando vigentes tras más de dos milenos de vida. Los textos contra la guerra, los cantos por la paz o el amor son algunos de los temas universales que se abordan en la dramaturgia de todos los tiempos.
Otro tanto ocurre con el teatro del siglo de oro español, o el teatro isabelino, o el teatro clásico francés, los nombres de Lope de Vega, Shakespeare o Moliere no pierden vigencia con el tiempo, y más bien son retomados constantemente tanto desde las adaptaciones y re-visiones que hacen actuales estos universales creativos, como desde las puestas en escena.
Pero no todo está dicho. El teatro del siglo XXI ya no intenta retratar la realidad sino ser, en sí misma, una realidad alternativa. La austeridad de elementos escenográficos es compensada con diferentes estímulos auditivos y visuales. Las nuevas voces cuentan historias contemporáneas con ingenio, estilo y pasión.
Si en el paisaje teatral de las últimas décadas, la serie de fenómenos que problematizan las formas tradicionales del drama y de su teatro, justifican el empleo de un nuevo paradigma del denominado teatro posdramático, la palabra indica aquí la delimitación negativa común de las técnicas de interpretación muy variadas del teatro posdramático en comparación con las del teatro dramático. Esos trabajos teatrales son igualmente paradigmáticos porque son generalmente reconocidos como testimonios auténticos de su época y desarrollan una fuerza de innovación, ejemplos como Robert Wilson, Heiner Müller, Peter Brook, Robert Lepage, Eugenio Barba, etc., dan fe de la vigencia de estos nuevos paradigmas.
– ¿En tus estudios, lecturas y de avisado espectador del teatro en el mundo, cómo aprecias las tendencias que se dan? Importante que aludas a creadores, grupos y directores…
Hay un contexto esencial en como se mueven las tendencias escénicas en el mundo: el teatro dramático que se plantea como un doble de la realidad, como dependiente de otra cosa externa a sí mismo (la vida que llamamos real, los vínculos sociales, el comportamiento humano) y, de este modo, estructura la organización y la percepción que la sociedad tiene de sí y, por consiguiente, del teatro. Por lo tanto, en la medida en que la escena dramática imita, duplica, crea la realidad. Frente a esta surge lo que Lehmann denomina en su libro (imponiendo el término) de “teatro posdramático” como noción clave para el estudio de las manifestaciones teatrales contemporáneas inventariando las formas escénicas de vanguardia de principios del siglo XX y su evolución estética hacia un tipo de creación artística que se desarrolló con más fuerza durante los años 80s y 90s.
El concepto posdramático es elegido por el autor por su analogía con la estética del posmodernismo, movimiento estético que se difundió en las diferentes esferas artísticas a partir de los 60s. El tiempo se transforma así en una experiencia directa, compartida entre el público y los actores, al mismo tiempo que se convierte en objeto de experimentación teatral. Lehmann señala los diferentes casos de las nuevas dramaturgias del tiempo que comienzan a aparecer, como lo son las experiencias del teatro de la lentitud (en los trabajos de Robert Wilson) o del teatro de la repetición (en las piezas de Tadeusz Kantor).
En Latinoamérica es cada vez más extendido, en trabajos como los de Lola Arias en Argentina, o Lagartijas tiradas al sol de México, Miguel Rubio en Perú, Rafael Spregelbur (Argentina), en Colombia Mapa teatro, la recordada Maria Teresa Hincapié etc.
Sigo con fervor a Wajdi Mouawad, James Thierrée, y en Latinoamérica a Gabriel Calderón, Fabio Rubiano o jóvenes talentosísimos como David Gaitán, Jorge-Hugo Marín o Johan Velandia.
– Quizá en los años más recientes de tu vida profesional en la Cultura, la gestión en el teatro no sea la que más ocupe tu tiempo. ¿Eres tan amable de identificarnos ese panorama en tu importante trabajo intelectual, artístico y de gerencia cultural?
Las distancias han desaparecido, cada vez más personas se mueven por el mundo sin cesar, se hacen más negocios que nunca antes, tenemos relaciones a distancia, nos comunicamos e interconectamos todo el tiempo, pareciera que la vida nos conduce a desprendernos de un territorio específico.
Lo que en principio suena como la lógica consecuencia de un mundo interconectado y globalizado, tiene otras caras, la de la movilidad , que ha permitido que circulen ideas y que la diversidad creativa de la humanidad se asome en otros espejos y encuentre puentes que unen lo que antes era una especie de espejo trizado que se recompone en imágenes que une a los creadores y a los que trabajamos en el mundo de la cultura y las artes según otros criterios distintos de los meramente georeferenciales, apareciendo afinidades estéticas, generacionales, en un universo creativo dinámico. En este marco es en el que me muevo por el mundo, con cinco o seis proyectos simultáneos en diversos países, con equipos diversos, que hablan en varios idiomas, pero sobre todo que conjugan el lenguaje de las artes como una forma de hacer el mundo más amable.
Por otra parte mantengo mi actividad relacionada con la academia, dicto cursos sobre gestión cultural, mercados culturales, etc., en diversos países, publico en revistas y medios especializados, trabajo en redes internacionales de artes escénicas y música, y vivo en permanente actividad creativa relacionada con mis propuestas y proyectos para los sectores de las artes escénicas y musicales.
– Creo que dispones de propia empresa cultural, con raigambre nacional e internacional. ¿Cómo surgió y de qué manera ha sido su desarrollo?
La organización que creamos hace ya 27 años, ha tenido como eje conceptual generar una cultura empresarial para las artes.
El proceso de transformación económica que hemos experimentado desde la década de los ochenta hasta el siglo XXI, como resultado de la aplicación de los principios del libre mercado, ha producido profundos cambios en las estructuras económicas, políticas, sociales, tecnológicas, jurídicas y culturales. Desde el punto de vista cultural, nuestros países han debido hacer frente a una serie de desafíos que los ha ido obligando a replantear los procesos de reorganización de sus escenarios culturales
Este nuevo contexto, caracterizado por la globalización de la economía, de las comunicaciones y de la cultura, está orientado hacia la creación de la sociedad de la información y el conocimiento en la que las industrias culturales juegan un rol fundamental. Como bien lo indica Martin Hopenhayn, es lo que hace que este sector se esté convirtiendo «en el sector estratégico de la competitividad, el empleo, la construcción de consensos, el modo de hacer política y la circulación de la información y los conocimientos»
Desde nuestra empresa fuimos pioneros en ese camino hacia la identificación de un sector vivo y vibrante que protagoniza la filiación cultura/emprendimiento/innovación/creación, de la que participan activamente los países iberoamericanos, con muchos de los cuales tenemos convenios vigentes, que cuentan con unidades especializadas y una política de internacionalización de su oferta de bienes y servicios culturales, en todos los sectores, desde los de las industrias culturales “tradicionales” (libro, cine, artes visuales, y audiovisual) hasta los campos de las artes escénicas y musicales, las artes digitales y ese largo etcétera que abarca la creatividad del sector.
Nosotros generamos un proceso que derivó en la irrupción de la forma Mercado en los procesos de circulación de bienes y servicios asociados al teatro la música y la danza, con interesantes ejemplos, que fueron pioneros en el continente, denotando una avanzada mentalidad en propuestas de intercambio y gestión de modelos avanzados para un sector necesitado de innovar sus formas de distribución, con lo que se percibe un terreno abonado para la presencia de un mercado internacional que genere nuevos espacios para la integración sur/sur, y, desde este ámbito territorial generar plataformas para el mundo.
– ¿Cómo aprecias la vida cultural de Manizales, y de Colombia? ¿Qué características puedes describir en lo positivo y en lo deficitario, como especie de mirada para reconducir camino?
La vida cultural de nuestra ciudad está íntimamente relacionada con la prioridad que se puede dar en cada administración a un sector cada vez más carente de recursos.
Siempre he relacionado la calidad de vida con la oferta de ocio y entretenimiento relacionado con la cultura, y, desde luego, con la generación de un tejido cultural que permita que la ciudadanía participe activamente en la dimensión cotidiana de la construcción de la vida en común. Una ciudadanía culturalmente activa podría generar procesos que piensen en la cultura que no es -como se suele pensar desde una vertiente romántica-, el lugar de la dulzura y del goce estético, más bien se ha reconfigurado como un plano y una voz de luchas por nuevos y mejores proyectos de vida colectivos, sin un formato rígido ni un planteamiento cerrado. Pero por ello un lugar de conflictos programáticos, teóricos y políticos. La cultura más instrumental, ensamblada al servicio de un discurso centrado en el espectáculo, se colisiona con la cultura democrática por espacios y tiempos de libertad y creatividad.
La creación estética contemporánea, particularmente las artes escénicas y musicales, y las artes ligadas a los mundos juveniles, étnicos y de género, la de aquellos espacios que desde las disidencias intentan hacerse observables y presentes nos dan cuenta de que algo suena en el fondo de las estructuras sociales contemporáneas. Se les puede ver y escuchar en los nuevos movimientos estudiantiles y en la de los ciudadanos por una economía solidaria y puesta al servicio del desarrollo humano. Es este el reto: asomarnos a estos sonidos del tiempo mundial actual, que no es solo el de la revolución de la economía, sino el de un modelo de cambios significativos generados a partir de modelos colaborativos, del trabajo en red, de mirarnos en los otros.
– ¿Estuviste vinculado a la creación del programa académico Gestión Cultural y Comunicativaen la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, y si has tenido alguna participación en su desarrollo?
No en realidad, no estuve vinculado a ese proceso, el profesor Fabio Rincón fue quién lo impulsó y de alguna manera me invitó a ser partícipe de esa iniciativa, pero mis limitaciones de tiempo me impedían brindar ese apoyo. Fui profesor de algunas materias, pero no puedo asumir ese compromiso en mis circunstancias actuales.
– Cómo creador que eres del programa de Teatro, en tu tiempo de director o decano de Bellas Artes, en la Universidad de Caldas, ¿cuál ha sido ese desenvolvimiento, tanto en el impacto con la creación de obras y la formación de grupos?
Fui decano de la Facultad de Artes durante cinco años, y en ese periodo se crearon tanto la muy exitosa carrera de Diseño Visual, como la de Pedagogía musical, y la que entonces era una escuela de artes escénicas que evolucionó hacia el actual Departamento de Artes Escénicas de la Universidad de Caldas.
Se puede ver la imbricación de la carrera con el surgimiento y renovación de la escena local a partir de nuevos grupos y nuevos gestos teatrales. Creo que ha sido importante para la ciudad y la región esa evolución del trabajo formativo de la universidad.
– ¿Cómo está la relación de los grupos de teatro independientes existentes en Manizales con el Festival Internacional de Teatro? ¿Ha habido influencias de destacar?
En cada edición el festival siempre tuvo presente una importante participación de la escena manizaleña.
Debemos mencionar que en los últimos cinco años casi todas las agrupaciones existentes han participado del festival y se han nutrido de sus espacios formativos.
También hemos creado plataformas como “eje escena” para promover la circulación de los grupos manizaleños y caldenses hacia los circuitos de distribución nacionales e internacionales.
Hemos apoyado coproducciones que han tenido repercusión internacional y participado en varios festivales dentro y fuera del país.
– En este año 2018 se cumplen los primeros 50 años del Festival de Teatro, ¿puedes, por favor, darnos una visión histórica de su acontecer y cómo avizoras su futuro en guiones que podrás formular con visión estratégica?
En el año 1968 se creó en la ciudad de Manizales, el evento escénico más antiguo de Latinoamérica: El Festival Internacional de Teatro. Nació como un espacio de encuentro para los grupos de teatro universitarios de la región y para los más reconocidos intelectuales de la época, en medio de un creciente ambiente estudiantil y cultural. Aprovechando el teatro más moderno de América Latina: El Fundadores, el mismo lugar que hoy continúa siendo el escenario central del Festival y gracias al interés de una serie de personalidades de la ciudad, que estaban interesados en darle un carácter cultural y artístico, se puso en marcha por primera vez un encuentro de teatro en el país.
Al mismo tiempo, que Manizales avanzaba en la consolidación de una idea de ciudad para la cultura, el mundo entero andaba en medio de un contexto motivado por los coletazos revolucionarios del 68. Si bien es cierto que estos coletazos llegaban tarde y con poco eco a ciudades intermedias como Manizales, sirvieron para que el universo teatral latinoamericano que logró convocar el Festival, fuera amplio, diverso y rico. El Festival irrumpió entonces con fuerza y vitalidad, convocando grupos y personas del mundo de la cultura y la intelectualidad. Pronto el Festival fue apoyado por el Gobierno Nacional, en cabeza de Carlos Lleras Restrepo, por la ASCUN y por la Universidad de Caldas. Así con el apoyo del sector público y privado, de instituciones como la Cámara de Comercio, el ICFES, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Universidad de Caldas, entre otros, se creó la Corporación Civil «Festival Latinoamericano de Teatro Universitario», con el fin de realizar el evento.
En el año 1968, entre el 4 y el 12 de octubre se celebró por primera vez el Festival con el objetivo de “promover el desarrollo de la actividad teatral como medio de expresión estética de la juventud del continente y como instrumento de integración cultural latinoamericana”. En este Festival participaron 8 universidades de Latinoamérica, además de intelectuales, poetas y escritores, como Pablo Neruda y Miguel-Ángel Asturias.
Después de un periodo de receso, motivado por el cierre del Festival, en 1984 nace un nuevo festival y comienzan los cambios. Muchos coinciden incluso en que el Festival del 84 no le adeuda nada al de 1968. Lo primero que ocurre es que el Festival abandona su carácter «universitario», para pasar a tener un carácter profesional; al mismo tiempo se hace una reestructuración de la organización, que le permite ser visto como un escenario vital desde Europa, al que se empiezan a vincular personajes de ese continente. Pronto se convierte en un Festival Internacional de mayores proporciones.
Desde 1984, y luego de una ausencia de 10 años, el Festival se ha venido realizando con una regularidad permanente. Para su desarrollo se seleccionan grupos profesionales y compañías independientes que buscan en la experimentación un lenguaje renovador para el teatro a nivel mundial. De forma paralela realiza talleres, foros y seminarios con creadores, gestores e investigadores; plataforma de diálogos que hace del encuentro manizaleño un festival necesario para la cultura teatral mundial.
Más de 1.500 compañías de 40 países han pasado por Manizales y conforman la gran tradición teatral de este festival, pionero de algunos importantes festivales que hoy se realizan en toda América. Una tradición que ha sido reconocida por diversas organizaciones en el continente, con premios como el Chamán de México; el Ollanty, del Centro Latinoamericano de Investigación Teatral con sede en Venezuela; el Atahualpa de Cioppo, del Festival Iberoamericano de Cádiz, España; el García Lorca de Granada, España; el Premio de Turismo de El Colombiano, la distinción «Cruz de Boyacá», de Colombia, y la declaratoria de Patrimonio Cultural de la Nación.
Tratándose de un festival de talla internacional, que se ha convertido casi una marca de ciudad, que permite generar diferentes procesos sociales, económicos y culturales a su alrededor, se esperaría que cuente con el respaldo necesario desde la política pública cultural de la ciudad y con un ecosistema propio, para garantizar su realización. Dicho de otro modo, no tiene justificación que una ciudad que cuenta con un festival internacional en el que participan anualmente alrededor de 50 compañías de teatro de diferentes lugares del mundo, solo tenga un teatro (en condiciones obsoletas), no cuente con escenarios alternativos, mucho menos con una política pública cultural orientada al fortalecimiento y desarrollo del sector.
Puede decirse entonces, que pese a la importancia que ha tenido el Festival para la ciudad, esta no ha sabido aprovechar tal situación así como la trayectoria del mismo, para desarrollar el sector. Es decir, la ciudad podría aprovechar potenciando el modelo de gestión propuesto por las directivas, el reconocimiento con que cuenta el Festival y su consolidación dentro de las artes escénicas, para desarrollar diferentes eslabones de la cadena productiva de las artes escénicas, lo que sin duda permitiría dinamizar el sector, generar empleos.. Manizales podría, por ejemplo, convertirse en una ciudad cluster de formación en técnologias del espectáculo y consolidarse como ciudad del teatro a nivel nacional y latinoamericano .
En síntesis, para garantizar la supervivencia del Festival es necesario y urgente desarrollar un proyecto de ciudad, una estrategia de innovación, con un compromiso ciudadano, que entienda que el Festival no solo requiere de un excelente contenido, sino también de una ciudad que pueda albergarlo y generar las condiciones mínimas para su desarrollo.
Para el Festival como organización no resulta viable y posible en el tiempo, resolver las diferentes necesidades de infraestructura; es necesario contar con escenarios, hoteles, espacios, respaldo académico, etc.
La formación, apuntalada por el departamento de artes escénicas de la Universidad de Caldas, el SENA, y las diferentes instituciones de formación, deberán ser piezas claves en la renovación de este proyecto; del mismo modo las casas de cultura de los barrios, los diferentes espacios de circulación, que pueden ser adaptados para el festival, y en general, todo el ecosistema que se requiere para que un festival de carácter internacional pueda existir en una ciudad intermedia.
A nivel internacional sobran los ejemplos de ciudades que sin ser capitales han logrado convertirse en «capitales» de las artes: Avignon, en Francia o San Sebastián, en España, sirven de ejemplos.
– Importante también que te aventures en una reflexión sobre las relaciones del teatro con la música, la literatura propiamente dicha, y diversas formas de pensamiento…
La cultura ha sido siempre el verdadero espacio para la reflexión de la sociedad. El teatro, la literatura, música, artes plásticas o filosofía, han dado más respuestas de contracultura o de cultura de estado que las propias respuestas político-sociales. Y las artes escénicas y musicales buscan esas respuestas y siempre estarán formulando preguntas.
Por eso nosotros hemos propuesto mirar y reflexionar, como testigos de nuestro tiempo, desde Colombia sobre sus conflictos y los acuerdos y su reflexión a partir de las artes escénicas y musicales como una manera importante y a la vez difícil de abordar este delicado asunto.
Hemos dicho muchas palabras, que han hecho daño, pero el sector cultural en general, y el de las artes en particular debe ser una luz para salir de este complejo momento, estar presentes como sujetos, preguntando, opinando, creando y dando apoyo ético a la paz.
“Pasemos del conflicto armado al conflicto hablado” decía el dramaturgo Fabio Rubiano, y eso es lo que proponemos, que el diálogo y el debate político actúen con unos mínimos de acción común en perspectiva y logren efectos materiales para mejorar las vidas de las personas en libertad, de forma más gradual que espectacular, haciendo, tal vez, un país un poco mejor, dispuesto a creer en esos colectivos más ricos en singularidades y opciones que serán más diversas.
La política, la economía, la guerra generaron formas excluyentes de concebir la cultura, se han construido negando lo alternativo y diferente, de aquí que, como señala Patricio Rivas en sus “Cuatro tesis en las relaciones sociales entre cultura y paz”: El gobierno de lo diverso se configura como un aspecto central para pensar y actuar de otra forma…Algo suena en el fondo, tal vez sea música…
– Tu formación en el cine tuvo un papel importante; ¿alguna vez te propusiste escribir guiones, o incluso escribir teatro?
En verdad hice guiones, una mala película, algunos cuentos cortos, textos inconclusos, y siempre ese dejar algo para después, para cuando “haya tiempo” que es la excusa más recurrente de los que, en el fondo, no tenemos ese talento creativo necesario, ni la disciplina para hacerlo.
Escribo ensayos sobre cultura, gestión, etc. Y siempre está ese libro pendiente sobre mis experiencias de gestión (ya tengo compromiso con el editor).
– ¿Qué esperas de tu vida en un futuro, en los años venideros de labor personal y de gestión múltiple?
Nada distinto a lo que hago ahora, tal vez abrazar más a los que quiero, construir recuerdos, imaginar mas mundos y proyectos de intercambio, consolidar plataformas para los artistas y su sostenibilidad, en fin…. Hacer lo posible porque la vida siga, y que la música suene, que el telón suba y baje para los escenarios tan nuestros, y seguir ahí, tras bambalinas, sonriendo, con la complicidad de quien cree que estamos haciendo lo posible desde estas artes hermosas y arcaicas para contarle al mundo que aún estamos ahí.