Recuerdos del «Festival Internacional de Teatro de Manizales»
Como el dinosaurio de Monterroso, el Festival de Teatro de Manizales siempre ha estado ahí. Nos ha acompañado desde la pubertad en el colegio, la adolescencia en la universidad, la juventud en la profesión médica, la adultez en la docencia. Ahora que ha cumplido su primer medio siglo de vida él está joven y rozagante, mientras nosotros, un poco mayores, oteamos ya el horizonte de la vejez y de la vida cumplida. Es la diferencia entre los ciclos de los ideales colectivos y la simple existencia de un individuo. Pero le debemos al Festival «La educación sentimental» de varias generaciones, pues como mostró bien Carlos Monsiváis en su libro Aires de Familia,ésta se debe más a las películas y obras de teatro que disfrutamos en la mocedad y no tanto a lo que leímos o vivimos.
Los títeres de La libélula dorada, los mimos que recorrían las calles de la avenida Santander en el desfile inaugural; la plaza de Bolívar esos viernes por la noche de Festival convertida en escenario de un carnaval del Medievo; el bar Kien abarrotado de actrices, directores, poetas, estudiantes cantando Nueva Trova Cubana; los idiomas diversos que escuchamos, por primera vez, entre vinos y cervezas: el croata, el ruso, el vasco. El preferido Galpón de Bellas Artes, repleto siempre, impregnado del dulzor de la bohemia y las feromonas. El festival ha sido un compañero indeleble de nuestros recuerdos: la novia venezolana o canadiense que nos duraba la semana, el poeta italiano que le regaló a Orlando Sierra un poemario de Ungaretti firmado por Ítalo Calvino y que él arrojó, embriagado de ron y ludicidad, a las aguas de la quebrada Olivares esa misma madrugada. Liliana Herrera, con su memoria prodigiosa, recitando extasiada los aforismos de Cioran en la casa de Chipre de la poeta Gilma de los Ríos, mientras José Vélez-Sáenz miraba en silencio el plenilunio entre las montañas.
Los instantes vitales son múltiples y todos ellos han surgido gracias al Festival de Teatro. Por supuesto, también están las claves intelectuales y artísticas que nos abrieron a nuevos mundos y autores: Grotowski, Beckett, el teatro Negro, el teatro Griego. La invitación a escritores de gran prestigio y debo recordar acá el regreso de Mario Vargas-Llosa al Festival del año 1999, cuando con Octavio Escobar tuvimos el honor de presentarlo y dialogar con él. En esa ocasión dijo algo que ha sido corroborado en el reciente libro de Conversaciones en Princenton(2017) con Rubén Gallo. Contó que cuando vino al Festival del año 1971 «se hizo un acto en la universidad y cuando subí a la tribuna, además de recibir insultos feroces, se me acercó un señor que me dijo: ‘Usted no va a salir vivo de aquí; si usted me autoriza, yo saco a su mujer del auditorio, porque a usted lo matan’ ”. Obvio que no le pasó nada y en su retorno a Manizales se le brindó un desagravio espontáneo y generoso, por cientos de personas que llenaron los salones del Fondo Cultural Cafetero y recibió Vargas-Llosa un abrumador reconocimiento a su obra literaria, en un cerrado aplauso que duró más de diez minutos seguidos.
El Festival también nos ha dejado mitos y leyendas. Menciono dos que han circulado y tienen una legión de creyentes. La primera es la que afirma que el famoso personaje Alejandra de Sobre héroes y tumbasde Sábato, surgió en el escritor al conocer a Gilma de los Ríos en el Festival del año 1969. Claro que esto es imposible, porque la novela había sido publicada en 1961. Pero lo que si es cierto es que Sábato se intoxicó con unos mariscos, fue hospitalizado y al ser visitado por un amigo y su esposa refiere Egidio García Márquez que: «En medio del delirio y la fiebre, Sábato no vio a la mujer de su amigo. Vio a Alejandra, su inolvidable personaje».
La segunda leyenda corresponde al primer Festival, en 1968, cuando fue invitado el poeta Pablo Neruda. Se dice que al tercer día, en compañía de Iván Cocherín, él amaneció en un bailadero de Arenales denominado Tico-Tico, abrazado a las bailarinas de milonga y tango, que eran las mismas coperas del sitio, borracho y eufórico. Pero fue allí donde escribió su único poema a Manizales, una oda a la cantina, a las damiselas de la noche y al aguardiente. No obstante, el texto nunca fue publicado en el periódico local, ni figura en las antologías literarias sobre Manizales.
Como refiere el japonés Zeami existe un teatro para los ojos, otro para el oído y otro para el espíritu. El Festival de Teatro de Manizales nos ha nutrido, con creces, estas tres dimensiones en sus cincuenta años de existencia y varias más.