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El libre pensamiento

Este libro*reúne algunas de las columnas que he venido escribiendo semanalmente para el periódico “El Tiempo”. Me han preguntado de dónde ha salido la inquietud y el talento (si lo hay) para escribirlas. La pregunta no es trivial. Soy químico, con doctorado en bioquímica, posdoctorado en microbiología y me he dedicado toda la vida a la investigación y la docencia en esos campos. La escritura ha sido pues parte de mi actividad profesional. Pero ha sido una escritura muy diferente a la presentada acá. Artículos científicos, tesis, e informes. Todos muy técnicos, la inmensa mayoría en inglés, llenos de referencias a trabajos relacionados, en un idioma técnico ininteligible para los no iniciados, repletos de tablas y gráficas que si bien hacen mucho más claro el mensaje, interrumpen, en el texto, cualquier estructura semejante a un relato. Es decir, he escrito mucho profesionalmente, pero una escritura que tiene poco que ver con una columna periodística para el público general.

La extrañeza por esta actividad periodística de quienes conocen mi trabajo profesional deriva, al menos en parte, de un estereotipo equivocado sobre los científicos. La gente a veces imagina que estamos metidos en el laboratorio y ni nos interesa, ni tenemos el tiempo de mirar el mundo que se ve desde la ventana. No es cierto en muchos casos. Gran parte de quienes trabajan en ciencia tienen permanentemente la preocupación del impacto que va a tener su trabajo en la sociedad. Los que educan estudiantes desde el pregrado hasta el doctorado, necesariamente tienen que tener una fuerte preocupación por su influencia en su formación y en su vida. A pesar de que trabaje en las ciencias naturales, un investigador y profesor consciente no puede dejar de ser también un investigador social y en cierta forma un humanista. Conozco pocos que no sean buenos y dedicados lectores.



*Introducción en la obra “Cómo tener siempre la razón y otras columnas sobre ciencia y sociedad”, de Moisés Wasserman L.  Ed. Fondo de Cultura Económica, FCE (colección Tierra Firme), Bogotá 2018.  ISBN: 978-958-8249-42-1

El problema de falta de tiempo es real, y seguramente es una de las causas para que no haya más científicos escribiendo novelas, ensayos y columnas. Yo lo intenté esporádicamente durante mi vida profesional, cuando sucedía algo que me parecía importante o urgente que la gente supiera y que pasaba totalmente desapercibido en la prensa general. Hice algunas contribuciones al excelente fascículo semanal que eran las Lecturas Dominicales de El Tiempo. Entre ellas recuerdo como ejemplos la celebración por el cincuentenario de la doble hélice de ADN, en la que traté de explicar por qué la descripción química de una molécula era una extraordinaria revolución científica. Escribí una nota necrológica por Salvador Luria explicando el significado de su trabajo pionero en microbiología y genética. En otra ocasión analicé la sociedad compleja de los “topos desnudos”, mamíferos que se comportan socialmente en forma parecida a las hormigas. Describí unas moléculas maravillosas, los “buckmunsterfullerenos”, cuando se dio el premio nobel por su descubrimiento y por la elucidación de su estructura (que por cierto se le debe a un químico y a un arquitecto – el nombre es en honor al arquitecto). En alguna ocasión traté de explicar, usando la evolución, la necesidad de un sistema nacional de ciencia diverso y libre. Un artículo de ese tipo sobre las vacunas y los “anti-vaxxers”, publicado en la revista El Malpensante, mereció (muy sorpresivamente para mí) un premio Simón Bolívar al periodismo analítico.

Durante el tiempo en el que desarrollé mi actividad profesional, asumí ocasionalmente responsabilidades de dirección y de liderazgo. Una primera fue la dirección general del Instituto Nacional de Salud, y otra la rectoría de la Universidad Nacional de Colombia. En las dos ocasiones me encontré en medio de debates sociales y políticos que involucraban a la institución que dirigía y a sus funciones sociales. La participación en esos debates era importante, más aún, era un deber. La forma que encontré más apropiada fue la de la columna periodística. Con ella podía aportar ideas y llegar a un público interesado más amplio que al que se llegaba en reuniones cerradas, a las que usualmente asistían quienes estaban de antemano de acuerdo con uno.

Es decir, en todas las ocasiones que acabo de describir, me tocó pasar de la escritura técnica y de un idioma rigurosamente preciso, a veces casi un dialecto de gremio para un grupo de colegas expertos, a una sencilla y clara para cualquier lector y que ojalá fuera lo suficientemente interesante como para mantenerlo leyendo hasta el final de la columna.

Algunas cosas conservé, que son posiblemente una deformación profesional, pero que yo me hago la ilusión de poder llamarlo estilo. Espero haber trasladado a este campo el principio del ahorro de palabras. Una idea debe expresarse con el mínimo de palabras que la hagan clara y sin ambigüedades. (Eso lo dijo Einstein hace tiempo, “todo debe simplificarse cuanto sea posible, pero no más que eso”). No fue difícil viniendo de donde vengo disminuir los adjetivos al máximo, y tratar de limitar las conclusiones y los juicios a aquellos permitidos por las reglas de la lógica y derivados de hechos demostrables. Además he tratado de mantenerme fiel a algunos principios. Uno es que si dan la oportunidad de expresarse hay que decir algo, no simplemente hilar palabras. Otro, que analizar y controvertir ideas es una tarea tan importante que no se debe perder esfuerzos insultando a quien las propone.

Las lecturas que he hecho a lo largo de la vida y las que hago hoy en libros generales, así como en revistas científicas, me sugieren temas que pueden ser interesantes, que pueden dar luz sobre un problema actual, o a veces, sobre un problema eterno pero siempre inquietante. La lectura del periódico me da algo de visión de actualidad. La lectura de los mensajes en las redes sociales me deja ver las percepciones de la gente. Trato de no dejarme envenenar. Espero mantenerme crítico ante lo que me parezca falso o incorrecto, sin dejarme seducir por la cómoda aprobación que acompaña a quien repite lo popularmente aceptado, aunque no sea cierto.

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Edición No. 187