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Apuntes maestros de Humboldt

La más difundida de las frases que se le atribuyen a Alexander von Humboldt, usadas para describir el comportamiento de las personas que conoció en su travesía por América, es sin duda la que dice: “Los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”.

 

Pero fueron abundantes las impresiones y apuntes como ese, los que hizo Humboldt en su expedición; naturalmente su gran trabajo científico es el que ha brillado, como debía ser. No obstante es grato descubrir la otra faceta de Humboldt, la del analítico, observador, crítico y comunicador de sus vivencias y sorpresas más importantes, como lo haría hoy en día un buen cronista. 

 

El espíritu de este artículo es precisamente el de presentarles el otro Humboldt, ese hombre de comentarios agudos que pocos conocen.  

Adicionalmente, su paso por Colombia tuvo lugar muy pocos años antes de nuestra independencia y en una época en la que las noticias y los cambios políticos se daban más lentamente, así que resulta entonces muy interesante conocer las impresiones de un extranjero tan especial, sobre lo que iba observando a su paso, con los ojos puestos no solo en las cosas que le despertaron mayor interés para la investigación científica, sino también las que registró como sucesos y anécdotas que a su juicio resultaban novedosas, absurdas, curiosas, particulares o sorprendentes. 

 

Algunos de sus apuntes resultan tan útiles e ilustrativos como las lecciones de ciencias naturales que han podido derivarse de sus experimentos y observaciones científicas. Y nada mejor para conocer las impresiones de este gran naturalista, que su propio diario de viaje en el que podemos descubrir ese personaje sumamente curioso y observador, como buen científico, que sabía además combinar agudeza y humor.

 

La más antigua mención de los Diarios de Humboldt la hace Francisco José de Caldas, quien en la correspondencia de esa época escribe desde Quito narrando uno de sus encuentros con Humboldt así: “Después de abrir sus cofres, me mostró el manuscrito de observaciones astronómicas: me hizo notar la que había hallado en Popayán con su famoso cronómetro, y luego me dijo: su padre, sin su consentimiento me ha enseñado un libro manuscrito, en que hallé una observación de la inmersión del primer satélite de Júpiter, calculada; y da la misma longitud que mi cronómetro: lea usted. He visto un elogio en francés que no merezco”.

 

Los Diarios de Humboldt, escritos en francés y alemán, estuvieron archivados en el Observatorio de Berlín sin despertar mayor interés. En 1884 Herman Schumacher estudió esos escritos para realizar un trabajo biográfico sobre Caldas, Mutis y Codazzi, pero fue sólo hasta después de la segunda guerra mundial, más concretamente hasta 1959, cuando se estudiaron con profundidad en la Academia Alemana de Ciencias de Berlín, que pertenecía a la entonces República Democrática Alemana. En el marco de un convenio entre esta Academia y la Academia Colombiana de Ciencias Exactas Físicas y Naturales, gestionado por el profesor Jorge Arias de Greiff, se logró llevar a cabo su traducción al español y el trabajo se publicó en 1982. 

 

Hay que tener en cuenta que en los diarios originales, las observaciones científicas fueron escritas en francés, pero todos los comentarios, apuntes, impresiones y críticas al virreinato fueron escritas, de puño y letra de Humboldt, en Alemán. 

 

Los Diarios de Humboldt son la fuente que he tomado de base para este artículo y como la abundancia de observaciones consignadas allí me impide mencionarlas todas, he seleccionado solo un par para compartir. Ellas son entonces apenas una parte de las correspondientes a una fracción de su recorrido.

 

Empecemos por recordar que Alexander von Humboldt arribó a la actual Colombia, procedente de Cuba, en 1801; más exactamente el 26 de marzo emprendió su expedición como científico a través de nuestro país, iniciando su recorrido desde la costa atlántica. Humboldt llega por el río Magdalena hasta Honda casi tres meses después. Para la época Honda era una pequeña ciudad de 4000 a 5000 habitantes. Una primera anotación sobre la ciudad es la siguiente: 

 

“… la montaña nevada que se ve desde Honda cuando hace buen tiempo, sobretodo a las 6 de la mañana es el páramo del Ruiz en el cual había antiguamente una hacienda de ganado. Las reses se volvieron salvajes, atacan a los hombres y a veces las matan a tiros. Son exageradamente gordas a causa del excelente pasto y no se sabe a ciencia cierta qué cantidad de reses salvajes hay…”. 

 

En seguida escribe en su diario la siguiente anotación sobre el aire y la apariencia de los habitantes de Honda. Con este comentario los lectores pueden empezar a descubrir su talante y esa característica de su personalidad que antes mencioné:

 

“…Honda está situada en un lugar malsano, en un valle cerrado que concentra los rayos del sol. El aire es aterrador, aunque el termómetro suba menos de lo que se cree. La cercanía del nevado enfría el aire, pero al mismo tiempo lo hace más insalubre… Después de la puesta del sol sopla aquí desde el páramo un aire fresco, penetrante y rico en oxígeno al cual los habitantes de este valle encajonado, lleno de aire viciado no están acostumbrados. De allí los resfríos y fiebres constantes. Los habitantes son también (especialmente la raza blanca y los mestizos) excepcionalmente pálidos, muchas llagas, heridas y cotos, no solo en cantidad desmesurada (seguramente 80 cotos entre 100 personas), sino deformes y grandes como no lo he visto en Valais* ni en Aigle, ni en el Tirol, ni en Salzburgo, ya una bola grande, tirante, colgada hacia adelante o hacia un lado, de 8 a 10 pulgadas de diámetro, ya 2 en agradable simetría, ya una protuberancia en forma de salchicha, o bien una cantidad de nudos en forma de racimos de uvas sobre la bola grande. Algún habitante de Honda debería escribir la historia de la glándula tiroides y de su crecimiento. La deformidad es más desagradable puesto que en la tierra de los cotos un coto es casi un adorno, y de la bolsa del coto cuelgan cadenas y cuadros de santos. Lo que en Wallis es considerado un coto, aquí se diría que < tiene el pescuezo hinchado no es coto >. Así como un tullido se burla del otro, así mismo los habitantes de Honda creen que tienen el coto más pequeño… Sorprendente desde el punto de vista fisiológico es que entre los indios el coto sea raro y casi desconocido, y es más raro entre los negros. ¡Qué disposición tan diferente a ese engrosamiento del sistema glandular! Es curioso que familias enteras cuyas formas de vida no se diferencian en nada, permanezcan libres de coto… Es raro que algunas personas pierdan un bocio crecido por medio de sales completamente puras, mientras que las mismas sales, sulfato de magnesio, no actúan sobre todos los demás, y el bocio es tenido por incurable…” 

[*Wallis en alemán]

 

Y remata Humboldt con este apunte sobre el coto común entre los pobladores: 

 

“Se ha dicho no sin humor, que los habitantes de Honda no se hunden en el agua porque todos tienen una vejiga natatoria exterior”.

 

Luego cierra sus anotaciones sobre los cotudos de Honda de la siguiente manera: 

 

“Así pues, cotos, feas llagas desde Mompós a lo largo del río Magdalena hasta Honda y Mariquita. Con el clima más fresco de Guaduas ya no aparecen más cotos. Aquí como en todas partes se buscan las causas, con muy poca razón, en las aguas, porque contiene cal en cantidades. Cuántas regiones con granito donde abunda el coto; incluso los habitantes de Mariquita toman agua que brota de granito de grano grueso. Yo precipité oxalato de cal en Turbaco, Mompós y Honda, las aguas de estos tres lugares tienen cal aproximadamente en proporción igual a 8:3:1, y en el primero no hay bocio, en el último hay 3 veces más que en Mompós… Como en toda patología es más fácil decir apodícticamente donde no está la causa, que dónde reside…”. 

 

Para Humboldt la ubicación de Honda es incomprensible y se pregunta entonces:

 

“¿Por qué se construyó Honda en el valle cerrado y no en una de las mesas aireadas y hermosas? Así se pregunta uno en América ante cada ciudad, Caracas, Trinidad de Cuba, Habana… Porque la posición de una ciudad es siempre casual, porque los españoles han seguido ciegamente a los indios, y en todas partes se han radicado allí donde los indios ya tenían poblaciones considerables…”.

 

Observador como era Humboldt, no podía pasar por alto un trabajo que atrajo su atención, como fue la búsqueda de oro que realizaban personas que fueron atraídas al lugar por el oro de los indios Hondas. Sobre este tema anotó:

 

“…esta circunstancia ha hecho que se busquen muchas guacas en Honda, una especie de minería que no deja de parecerse a la búsqueda de tesoros de los turcos en Oriente, y que degenera en muchos en una especie de vicio lúdico… Las tumbas indígenas son muy seductoras y la incertidumbre aumenta el entusiasmo. Familias enteras se han arruinado en América por esa locura. Los indios consideran aún hoy día esa búsqueda de guacas como una impía labor. Ellos se burlan de la búsqueda de oro de los europeos que perturba la tranquilidad de los muertos… La búsqueda de oro es una enfermedad europea que linda con el delirio… En un país donde cualquiera podría ganar con poco esfuerzo de 4 a 6 reales* por trabajo manual, los buscadores de oro prefieren esa vida miserable, sin pan, vagabunda, a cualquier otra comodidad…”.

[* El valor del real era así: 8 reales equivalían a un peso y 16 reales a un escudo. Por esta época, 1 Franco equivalía a 2 reales].

 

Antes de partir de Honda hacia Bogotá, Humboldt reservó un breve espacio para uno de esos chismes que también se interesaba en conocer y comentar con sarcasmos: 

 

“En Honda una amable familia, la de Don Pedro Diago y Doña Bárbara (ella es habladora, sin coto y con huellas de antigua belleza). ¡Allí me regalaron un termómetro inglés! ¡En la casa hay un gnomon* errado en 20’!)…”. 

[* Se trata de un instrumento astronómico muy sencillo que puede ser usado como calendario y reloj solar].

 

“Don Louis Rieux no pudo acompañarnos hasta Santa Fe; contrajo una violenta fiebre como consecuencia de la navegación y se quedó gustoso para no dejar sola a su querida, Doña Manuela de Castro, a la que encerró como en un claustro. El compró la hacienda de la Egipcíaca, una plantación de cacao de los jesuitas con 80 negros, una raza esbelta fuerte como el roble, mientras que allí todos los hombres blancos mueren. Así de diferente es la sensibilidad a los estímulos patológicos…”

 

Después de pasar en Honda 8 días, toma el camino hacia Santa Fe el 23 de junio. Sus observaciones sobre este trayecto de viaje inician con un comentario de esos que frecuentemente aparecen en su diario y que tienen su sello de crítico de la forma como se hacían algunas cosas en el virreinato, pero también acompañados de recomendaciones para mejorar el bienestar de las personas que tenían que realizar trabajos en condiciones precarias y expuestas a continuos peligros. Así por ejemplo, sobre la forma absurda de cruzar el Río Magdalena, sin preocuparse por disminuir los riesgos, escribe Humboldt:

 

“… como el paso es bastante peligroso (en los 8 días que estuvimos en Honda se ahogaron allí 6 personas) viajamos corriente arriba, como los virreyes, en una pequeña canoa. Hay que pasar muchos pequeños remolinos, así que uno cambia un peligro grande por varios peligros menores… ¿Por qué, en el paso hacia Santa Fe, no se tiende sobre el raudal una cuerda de orilla a orilla? (el río no tiene 100 varas* de ancho) así no sería de temer que las canoas (amarradas a la cuerda) se fueran corriente abajo. Pues cuando esto sucede, todos se vuelcan al río, y el pasajero no puede hacer nada más que saltar antes al agua y así probar suerte…”

[* Una vara equivale a 83.50 centímetros]

 

Sus impresiones al llegar al Valle de Guaduas son abundantes. He tomado sólo un extracto del diario en el que manifiesta:

 

“…La pequeña ciudad villa está miserablemente construida. El alto convento de los franciscanos le sirve de adorno. Desgraciadamente aquí toda la tierra de los alrededores está en manos de un sólo dueño, nuestro anfitrión Don José de Acosta, que tiene mucha fama de hospitalario y que domina este valle como un rey pues es el Corregidor. Él es capitán de la milicia y materialista. En su tienda se compra Brandy por ½ real. Él es el acompañante de la Virreina en Santa Fé – ¡así de caóticas son las ideas sobre la decencia social en América! – A pesar de esto disfruta en un buen nombre. El hospeda a todos los virreyes entrantes y salientes, quienes se detienen aquí, 8 o 10 días al llegar, para acostumbrarse al clima frío, y de 18 a 20 días al salir, para ordenar sus papeles. Las gentes libres que cultivan azúcar en sus campos pagan tributo hereditario, de manera que él no puede echarlos, pero trata de adelantarles dinero y así sacarles el azúcar a poco precio. Este es mal general en América con el algodón, el cacao, el añil y el azúcar. Así busca un hombre rico y astuto hacerse señor de los que lo rodean. Y cuán poco protegen las leyes al más pobre del más rico, especialmente cuando este mismo (como sucede casi en todas partes) es el administrador de las leyes y de la autoridad real, Teniente, Corregidor.., cuando sólo él tiene acceso a los Virreyes y a los Oidores y se convierte en el único poseedor del comercio tanto grande como pequeño (en peniques). Por lo demás, Acosta no tiene la peor reputación, y abusa de su influencia y de su posición menos que otros…”.

 

Estando en Guaduas, Humboldt tiene oportunidad de comparar la producción de azúcar que observó en Cuba con la producción artesanal de la panela que se realizaba en Guaduas:

 

“… en el valle de Guaduas los habitantes no pueden utilizar la miel para hacer brandy como en Cuba…Qué distinto sería si la isla Cuba produjera sólo 1/6 de los 3 millones de arrobas en pequeñas haciendas de gente libre. Una plantación de café de 60.000 árboles produce un excedente de 25.000 piastras* y es trabajada por 40 esclavos. Y cien familias podrían vivir holgadamente de este ingreso que ahora despilfarra una sola. Qué diferente sería la población y el cultivo de la isla Cuba. Pero la costumbre vence y la gente está convencida en forma apodíctica que la felicidad de una isla de las Indias Occidentales reside en la cantidad de esclavos y del azúcar que produce, no en la cantidad de brazos libres activos, no en la mayor cantidad de felicidad doméstica de muchos. Veinticuatro valles, como el pequeño valle de las Guaduas, producen tanta azúcar como toda la isla de Cuba, y ahora compárense la provisión de instrumentos metálicos comprados a los ingleses (cilindros, pailas de cobre, tachos, pailas, clarificadoras, muros de piedra, trenes, técnicas bailicas) de las haciendas de esclavos, frente a la poca provisión de utensilios de esos pobres cultivadores de azúcar nativos”.

[* la piastra era la moneda antecesora del peso: una piastra equivalía a 10 reales o a 5 francos]

 

Sobre su permanencia en Guaduas menciona Humboldt que:

 

“Estuvimos en Guaduas más tiempo de lo que quería porque el pobre Bonpland tuvo exactamente el mismo acceso de fiebre con vómito que hace un año y un día nos detuvo en San Thomé de la Nueva Guayana durante todo un año. Era, según aseguraban, la época más caliente del año, y el termómetro se mantenía en 15 – 16° desde las 4 hasta las 8 de la mañana, el resto del día y comienzos de la noche en 18°, a lo más 18°…”

 

Humboldt tampoco ahorra duras críticas a los españoles encargados de la administración en el virreinato; eso se evidencia en la mayoría de sus anotaciones sobre gobierno, orden, planeación, gestión y gasto. 

 

“El desconocimiento de la Geografía es en Madrid tan grande que en Lima conservan una Cédula Real, que ordenaba que en Guanacavelica debían embarcar mercurio desde allí hasta el mar, para ahorrar el costo de las bestias de carga; en Quito se conserva una Cédula Real, ordenando que los canónigos fueran llamados a Santa Fe para ser juzgados; estos viajaban hasta Popayán y desde allí objetaban que no podían continuar a causa de su edad… Venía la respuesta, de que se les disculpara y permitiera ir a Cartagena en vez de Santa Fe, como si la primera estuviera más cerca que la última”.

 

Sobre el tratamiento, uso, costos y necesidad de la madera en la región, menciona también críticamente que:

 

“Los estratos de hulla, que alguna vez serán de gran importancia en una región en la que los bosques son asolados furiosamente (incendiados) y no se piensa en cultivo forestal, no son estimados ahora en absoluto por el pueblo. A pesar de que hay madera, bosques, en exceso, el transporte y el jornal de los taladores son aquí tan altos que, en general, la madera no es tan barata como se puede pensar en Europa. En la minería de Mariquita se quejan mucho de la carpintería cara (además la madera es muy difícil de astillar, muy nudosa, se destrozan muchos instrumentos). A causa de la carestía de la madera, en Villeta se ha intentado, para la fundición de cobre, fundir con hulla. Se asegura que es imposible porque se tiene un fuelle muy débil y la hulla no deja suficientes espacios intermedios… Si alguna vez esta región prosperara se tendrían muchas razones para utilizar la hulla. Y en qué cantidad la ha repartido la naturaleza aquí. Entre la Palma y Guaduas, en la quebrada de la Carbonera, hay un estrato de hulla tan extenso y descubierto que forma toda una elevada montaña. Otros extensos estratos asimismo de más de 4 y 5 toesas* están en San José, cerca a Guaduas; muchos en la jurisdicción de Vélez y de Villa de Leiva. Allí se podría fundir plomo con hulla como en Tarnovitz, pues no lejos de Vélez, en San José de Pare, está el Cerro de Alcohol donde hay ricos filones de galena (el pueblo llama alcohol a la galena). En Santa Fé, donde ya se sufre por la falta de madera, (falta de madera, lo repito, no a causa de falta de bosques, pues toda Suramérica es un bosque; sino a causa de lo caro del jornal de la mano de obra; por la falta de vías, porque se han situado grandes poblaciones en ásperas cumbres montañosas de vegetación pobre!); en Santa Fe aumenta paulatinamente la utilización de la hulla…”. 

[* la toesa es una antigua medida de longitud de origen francés. 1 toesa es equivalente a 1,946 metros]

 

Y Humboldt continúa el camino y se acerca a la Sabana de Bogotá para arribar a Santa Fe. Sus comentarios sobre las particularidades que encontró al arribar a Santa Fe son también numerosos, pero quiero saltar el orden cronológico de esta etapa del viaje para extraer algunas anotaciones que me parecen imperdibles; especialmente las que tienen que ver con los caminos y formas de transporte de la época, así como las que contienen sus fuertes críticas a España en la atención de las tierras americanas. Empecemos por descubrir algunas referencias a otros lugares:

 

“Calor, lo más caliente, Neiva, desacreditada en Nueva Granada, ¡allí nunca puede levantarse a volar el genio!”.

 

“La raza humana allí muy grande, habitantes colosales, es por eso que las ciencias nunca florecerán en Mompós”.

 

“Los indios son los únicos geógrafos de las Indias. A fuerza de correr y abrir caminos se forman claras sobre la situación y aún sobre la distancia de los lugares”.

 

La despreocupación de los españoles por las mediciones y el descuido los refleja Humboldt en este apunte:

 

“… cuántas dificultades para formarse una idea sobre el nombre y la situación de lugares en donde los indios han sido exterminados o embrutecidos por el comercio con los españoles. Estos desconfían de cualquier mapa impreso y, cualquier persona, sin tener ni idea, se pone a hacer mapas. Todo lo que he visto y lo que se guarda misteriosamente en las Secretarías y Obispados es mil veces peor que los mapas de D’Anville y de Bonne. Cuando en estos los errores son de 7 a 8 leguas*, los mapas manuscritos tienen de 20 a 30 leguas de error”.

[* la legua es una antigua unidad de longitud, definida como la distancia que una persona, a pie, puede alcanzar en una hora. Por ejemplo, la legua castellana se fijó originalmente en 5.000 varas castellanas, es decir, 4,19 km.]

 

“Quién lo creyera… Desde hace un siglo o mejor, desde la conquista y puesto que los conquistadores vinieron por Vélez, se ha creído que el camino de Cartagena a Santa Fe, por Honda, es demasiado largo y que el más corto sería desde la boca del Opón a Vélez. El hecho es que Santa Fe está a 36’ de arco al sur de Honda, que esta capital está casi alineada, norte-sur, con Garrapatas y que al ir por Honda, además de los inmensos riesgos de la navegación, se va 20 leguas demasiado al occidente. En un país en donde nadie se toma el trabajo de formarse ideas claras sobre nada, se comienza a abrir el camino por el Opón sin elaborar otro diferente de un plano en el que se coloca Honda al sur-sureste de la boca del Opón y Santa Fe a 10 leguas al norte de Honda, porque sin esto seria inconcebible considerar más corto el nuevo camino. Y este plano, inserto en los Autos, es la base de este trabajo tan dispendioso como lento; y esto es un país en donde si se pregunta en Santa Fe de qué lado queda Honda, cualquier niño señala al norte o la boca del monte, el Roble… ¿Quién lo creyera? A medida que los indios se educan, y que menos los hay, se tiene más dificultad en saber el nombre de los lugares al levantar un plano. En México las más altas montañas no tienen nombre”.

 

Sobre la manera como se les trata a los indios dice Humboldt: 

 

“Se olvidó cuán grande es el odio entre una y otra tribu indígena y cuán útil son las solitarias viviendas en parajes áridos y despoblados… Qué puede estimular a la sociabilidad en un país en donde las circunstancias estatales ordenan sacrificarlo todo y no conceden ninguna, pero ningún beneficio. Cuando el 14 de septiembre (día de mi cumpleaños) alcanzamos la altura de Icononzo al otro lado del puente, vimos allí más casas destrozadas de las que pudo reunir en Pandi la acción del buen párroco”.

 

Uno de los temas que aborda con insistencia Humboldt es el que tiene que ver con la modalidad de transporte mediante el uso inhumano de los cargueros a través de unos caminos en pésimo estado. Aquí un ejemplo: 

 

“Ibagué es una mísera aldea en la que probablemente el número de habitantes apenas alcanza a 1000 personas. Es muy extraño que desde la destrucción esta ciudad nunca se haya podido reponer. El clima es excelente, más suave que el de Fusagasugá; la avanzada edad de sus habitantes da testimonio de la salubridad del aire; el suelo es magnífico y produce cuanto se cultive (productos de clima frío y cálido); el valle es eternamente agradable y hermoso… La culpa es posiblemente la gran capacidad de absorción y desproporcionada magnitud de la capital, Santa Fe, y quizá la cercanía del mismo Quindío. Lo que debiera ser fuente de bienestar se convierte en fuente de miseria. Comerciantes que dispongan de más de 10.000 P. no hay en Ibagué; todo el comercio viene directamente de Cartagena, Mompós y Santa Fe, y la totalidad de la gente común está habituada a la vagabundería de la montaña. El Quindío tiene aquí la misma influencia que el caudal del Magdalena. Es casi imposible imaginar una vida más mísera y sin dinero que la de los bogas (remeros) y los cargueros. Alternando los más altos calores con el frío del páramo, expuestos a la humedad de tremendas lluvias tempestuosas, rebajados a verdaderos animales de carga, frecuentemente con la espalda herida, con el riesgo de ser abandonados en la montaña, solos y sin ayuda cuando se enferman de desfallecimiento.. todo esto no pesa más que el goce de satisfacer la tendencia hacia una vida libre, sin obligaciones, salvaje como la del jabalí. Tan fuerte es el ansia del hombre social de retornar al rudo estado natural. De ahí, el gusto de las clases cultas por la caza y por los viajes a los bosques y a los ríos… Los padres llevan a la montaña a los muchachos de 8 a 9 años cargados con 15 libras. Con la edad, la carga aumenta; no se abandona una profesión a la cual se ha acostumbrado tan temprana edad. Un hombre mayor carga por los Andes 5 a 7 arrobas en 7 a 8 días y, con frecuencia, cuando el camino está muy malo, en 15 días. Se le paga al carguero 10 a 12 reales por arroba y, como el regreso tarda 4 a 5 días, el carguero gana escasamente en un mes 10 – 12 pesos, de los cuales, normalmente, ya ha gastado la mitad antes de emprender el viaje. En un país donde hay tantos animales de carga (bueyes y mulas) y donde el trabajo humano es tan escaso, el gobierno debería intentar reducir este oficio de cargueros, para darle un enfoque más provechoso para la sociedad a la energía humana”. 

 

Pero después de esta exposición que sustenta la necesidad de cambios en el transporte y el mejoramiento en las condiciones laborales o la abolición de los cargueros, a continuación menciona uno de los aspectos por los que aún hoy padecemos los colombianos cada vez que se quiere llevar a cabo un cambio:

 

“Este cambio es posible poniendo, abriendo mejores caminos, ya que los hombres pueden trepar, llevando carga, altura que los animales no pueden escalar. Pero no; la Audiencia ha hecho hasta ahora lo contrario. Se debía haber mejorado el camino de Boca de Nares, por el Peñol, hacia Medellín y haberlo hecho transitable por mulas durante cualquier época del año; pero no; la Audiencia ha escuchado las quejas de los cargueros con respecto a que su ganancia disminuirá y, en consecuencia, ha prohibido mejorar el camino”.

 

¿No es genial prohibir mejorar el camino? Es evidente que en 1801 ya Humboldt observó cómo se contraponen las quejas y los paros de transporte a los cambios propuestos. Pero es increíble que como solución, satisfactoria para quienes protestan, se haya impedido mejorar un camino. Luego agrega Humboldt:

 

“Es injusto que la jurisdicción de Ibagué que, de por sí es tan pobre, tenga que hacer sola el camino (aunque Buenaventura comprobó a través de las actas —documentos— que es una obligación vieja de aquella jurisdicción el mejorar el camino de tiempo en tiempo, y que esta obligación se cumplió mejor en los primeros 50 años después de la Conquista). El interés es que toda la región comercie con el Chocó, Popayán, Quito y todas las provincias al occidente de los Andes. Por eso es de alguna forma excusable que el concejo (cabildo en Ibagué) se oponga siempre que se trate de mejoramiento del camino. Temen que de nuevo se vuelva a realizar sólo a costa de los habitantes y ve, no sin razón, la ruina de la ganadería que pasa a segundo plano por el mejoramiento. Que el gobierno adelante el dinero y lo recupere de nuevo a través de impuestos, (los cuales se pagarán tan voluntariamente como los del dique de Fontibón) y entonces la mejor parte de los habitantes de Ibagué con seguridad no se va a oponer. Desde el virrey Flórez, inclusive bajo el gobierno del activo Ezpeleta, no se volvió a pensar en el camino por los Andes y, de hecho, el mejoramiento casi no es de esperarse cuando se es tan indiferente como con el camino a la capital y el de Honda a Santa Fe”. 

 

Comparación entre ambos caminos. 

 

“Quien no conoce el lugar tiene que considerar más difícil mejorar el camino de Quindío sobre un páramo, rodeado por montañas nevadas, sobre la cordillera más grande del mundo (la Cordillera real de los Andes), que el camino del valle del Magdalena a la sabana de Bogotá. Desde que pasé la cordillera soy de opinión opuesta. El camino de Quindío es, en su punto más alto, sólo es 360 t. más elevado que la boca del monte en el camino de Honda a Santa Fe. La cordillera tiene cuestas más suaves en el Quindio que en aquel camino; el granito del Quindío es más adecuado para la mejoría del camino que el esquisto arcilloso de Villeta…

En el camino de Buga a Popayán, al norte de Río Palo, vimos con estremecimiento la localidad de García, donde habita la asesina Lemus, una mujer de la distinguida familia Arboleda de Popayán quien asesinó, con su primer marido y con dos negros, a un enemigo, europeo de nombre Crespo, en Popayán, a quien odiaban. La audiencia de Quito los condenó a todos a la horca, pero la sentencia se aplicó solamente a los esclavos, cuyas cabezas se ven en Popayán en las rejas. La poderosa familia escondió a la señora, la colgaron en efigie; y tiene la frescura, creyendo que todo está olvidado, de volverse a casar y de vivir abiertamente a dos días de viaje del lugar donde cometió el crimen. Cuando el obispo de Popayán concedió dispensa para el nuevo matrimonio, gritó con razón que existen hombres tan dementes que se casan con una asesina. Pero como la iglesia pidió silencio y exigió el sacramento del matrimonio, el obispo tuvo que permitir la boda. Tan grande es la influencia de algunas pocas familias en los países distantes, para las cuales no es imposible embellecer el delito”.

 

“Muchas veces no se entiende cómo se abren paso las mulas y torpes bueyes. La profundidad de esas angosturas es de 20-30 pies, en las que con frecuencia se vadean serpenteadas vueltas”.

 

“Pero en un país donde no se razona, diariamente se repite que el camino del Quindío es sumamente saludable, que allí se sanan los enfermos… Se habla de las fuerzas maravillosas del agua, de las aguas delgadas, de la mayor pureza del aire… Lo que uno dice, durante cien años lo repi­ten todos, ¡especialmente si el primero fue un monje! Aparte de la circunstancial que el camino sobre los Andes está abierto por lugares que mantienen una altura media entre Guaduas y Santa Fe de 800 – 900 toesas sobre el nivel del mar, de tal manera que se goza de agradable temperatura media, no se ve en qué se basa la idea de la salubridad”.

 

“Dado lo afeminado de los americanos, el que no quiere caminar a pie se deja cargar, lo cual constituye una vergüenza para hombres blancos (porque pasar los Andes sobre mulas ahora es casi imposible). Se dice montar sobre gente, como sobre caballos; andar en carguero, como andar en bestia. Entre los indios, ya antes de la conquista, era usual que personas distinguidas se dejaran cargar sobre los hombros de varios, en una especie de litera o silla portátil. El sistema actual es descubrimiento español y fruto de la comodidad, así como también de la necesidad en un país donde es imposible montar a caballo”.

 

«En el pasado (hace 20 – 30 años) era desacostumbrado y vergonzoso que hombres blancos trabajaran de silleros, es decir de cargadores de silla. Ahora se ha perdido ese prejuicio. Aquí se establece una diferencia, lo mismo que en los caballos, entre silleros que tienen un paso firme, seguro y cómodo. Algunos caminan tan incómodamente que uno se golpea terriblemente en la silla. Las sillas son muy bien ideadas, de cañas de bambú con espaldar contra el que está inclinado el asiento a 60° a fin de que el transportado pueda arrimarse contra la espalda del sillero. Sin esa posición, la cargada se vuelve muy pesada. Para las piernas hay un estribo de piolas suspendido en la silla. Las personas pesadas llevan consigo sus propias sillas de madera, las que muchas veces tienen una especie de techo contra el sol. Sí, en el camino de Honda a Santa Fe he encontrado enfermos a los que se les cargaba a espaldas en una especie de cajón o jaula de mico, totalmente cubierta. La silla está sujeta a la espalda del sillero mediante correa de corteza cruzada, la que pasan por el hombro. Una segunda correa cruzada, descansa sobre la frente y sirve para mantener el equilibrio. El sillero camina infinitamente recto y erguido, mientras que el cargado, atrás, recostado, presenta una miserable y desamparada figura. Para subir y bajar se utilizan piedras, pedazos de roca. Si el carguero quiere liberarse totalmente de la silla, se recuesta muy extendido, con la espalda en el suelo y se desliza de ese modo de la correa de corteza cruzada. Yo sabía de antemano que en el Quindío no utilizaría ni mulas ni silleros. Cuando los silleros cerraron su contrato (y así lo hacen siempre), buscaron sus sillas y probaron nuestro peso. Son increíblemente hábiles para de antemano y al ojo determinar el peso. Esa prueba en el cuarto fue la única vez en la que me hice cargar. Cuando me bajé le rogué al sillero que me dé la silla y se deje cargar él. El hombre abrió los ojos y seguramente pensó que yo estaba loco. Atendió a mi pedido. El tipo no era pesado. Le llevé fácilmente en mis brazos, pero con él en la silla no pude caminar 3 pasos. Uno se siente extrañamente halado de uno a otro lado. Cambié al gran sillero por un muchacho de 15 años y en ese momento tuve clara idea de la comodidad en la cual se piensa al ajustar las correas en cruz. En realidad no se puede idear nada más práctico para distribuir el peso muy uniformemente. Es muy muy raro que los cargueros se caigan y por adelantado aconsejan, en el caso de que resbalen, no saltar porque el salto es peligroso; muchas veces no se logra y se le da al sillero un impulso que vuelve doblemente peligrosa la caída”.

 

“Para demostrar que al carguero se lo trata exactamente como a un animal, menciono que en el Quindío y en la montaña de Nóvita es muy común que cuando el carguero enferma por el peso de la carga, el cargado abandona a aquél, desamparado, y prosigue el viaje a pie, con el resto del equipaje. En El Moral encontramos una caravana de caballeros andrajosos y con las piernas desnudas que (como todo pueblo afeminado) se quejaba del camino paramuno casi con lágrimas. Se les había enfermado un carguero que estaba reponiéndose de las viruelas; ellos lo habían dejado en el bosque y se jactaban de su caridad cristiana (como ellos decían) porque le habían dejado suficiente comida. Ellos opinaban que entre tanto seguramente moriría, y en caso de que recuperase sus faenas, poco a poco se arrastraría a su casa. Los cargueros contaban histo­rias vergonzosas de la inhumanidad de los viajeros. ¿El Estado no debería imponer terribles penas contra esos crímenes? A mi, de conformidad con mis sentimientos, me fue imposible cabalgar sobre gente, y me he preguntado si en una república la cargada no debería limitarse, por medio de leyes, a enfermos y desamparados o mujeres… Se me obje­tará que los cargueros son personas libres” 

 

Humboldt estuvo tan impresionado y conmovido por la situación de los cargueros, pero al mismo tiempo tan sorprendido por la absurda decisión de mantener este medio de transporte, que vuelve a recalcar con el siguiente apunte, similar a uno anterior:

 

“El mejor remedio sería mejorar el camino. Pero no. Cuando se sugirió hacer viable el camino para mulas, desde Boca del Nare por San Carlos y Medellín, a Antioquia, los cargueros se quejaron y la Audiencia, muy lejos de favorecer el proyecto, prohibió la apertura y decidió en contra de una juventud robusta, que en un país inocuo puede utilizar sus fuerzas en algo más útil que rebajarse arbitrariamente al papel de animales de carga”.

 

Una inevitable e indiscutible conclusión de lo narrado por Humboldt sobre nuestros antiguos caminos y sobre la actitud de los cargueros y las decisiones de la Audiencia es que la visión, los problemas y las soluciones relacionadas con nuestra infraestructura vial y con los medios de transporte de carga y de pasajeros no han cambiado mucho. Seguimos privilegiando, como hace 200 años, obsoletos mecanismos que se imponen con algo de presión sobre nuestros gobernantes. Se impone y se ha impuesto principalmente el interés particular sobre gobiernos que han preferido evitar un pequeño costo político, que imponer una solución técnica.  

 

Finalmente, espero que estos textos poco conocidos, con las impresiones del naturalista sobre la situación de nuestro país ad portas de su independencia ilustren las condiciones que han podido llevar a la organización y apoyo a un ejército libertador.

 

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Edición No. 190