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El Orinoco de Humboldt (1799) y el actual (2019)

Varios han sido los científicos y viajeros extranjeros que en siglos pasados visitaron nuestro territorio  y dejaron escritas sus impresiones e investigaciones. 

Dos de ellos, de capital importancia para  el “descubrimiento” del Orinoco, del  Vichada y de los Llanos Orientales en general, fueron el jesuita José Gumilla y el sabio Alexander von Humboldt.  El primero nació en Valencia, España, en 1.686 y murió en sus amados Llanos en 1.750. Estudió teología y filosofía en la Universidad Javeriana de Bogotá y luego marchó como explorador y misionero a los Llanos. De sus viajes nos dejó un precioso libro titulado: ”El Orinoco ilustrado y  defendido. Historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes”. El libro es clave para conocer las tribus indígenas que poblaban los Llanos y las riberas del Orinoco. Siempre he calificado el libro como deliciosamente fantasioso, aún así es  un  documento importante para la etnografía, la geografía y la historia. 

No resisto la tentación de contar brevemente dos “historias” que narra Gumilla, una sobre la preparación del curare y otra sobre la elección de los caciques. Sobre el curare y sobre las numerosas tribus del Orinoco nos habla también Humboldt. Los candidatos a jefes debían salir airosos y vivos de tres pruebas: la primera recibir azotes de todos los hombres de la tribu; en esta prueba morían muchos; la segunda ser arrojados desnudos a un  enorme bachaquero (hormiguero); si  el candidato se quejaba al ser mordido por los insectos en partes muy sensibles no servía para ser jefe; solían morir muchos por intoxicación causada por el veneno de miles de picaduras. La tercera prueba era ser metidos desnudos en una cama hecha con ramas de palmera que se mecía sobre una hoguera; si salía  alguien vivo había gran alegría por el nuevo jefe. Por supuesto que muchos morían cocinados.

 

El curare se preparaba de esta manera: se escogía a la india más vieja que seguramente iba a morir por la inhalación de los vapores que pasarían a la sangre por las vías respiratorias. El veneno no actúa por vía digestiva sino sanguínea. Se echaban los rizomas de la planta en una olla con agua y la mujer hervía el líquido. Cuando el agua se evaporaba y quedaba una sustancia pastosa, se llamaba a un guerrero al que se le practicaba una pequeña herida en una pierna de modo que manara sangre. Se acercaba el veneno y si la sangre seguía saliendo es porque el veneno no estaba listo. De nuevo más agua y más cocción. Si la sangre del guerrero se detenía era porque casi estaba listo el tóxico. Nueva cocción y si la sangre se retiraba hacia el interior de la pierna era porque ya estaba listo el poderoso veneno. 

 

Humboldt (1.769 – 1.859) también nos cuenta historias “increíbles” con la diferencia de que el sabio hablaba desde la ciencia y sus relatos son verídicos. En este artículo me propongo hacer una comparación entre lo que Humboldt vivió en el Orinoco y lo que vemos los que ahora hacemos el mismo recorrido, qué tanto han cambiado el río, sus márgenes y sus pobladores en el tiempo trascurrido entre 1.799 y 2.019. 

En 1.799 llegó Humboldt a Cumaná, en compañía de Aimé Bonpland con quien remontaría  el Orinoco hasta el Caño Casiquiare. Desde el primer momento el sabio quedó impresionado con la belleza, riqueza y variedad del Nuevo Mundo y así se lo hizo saber en las  periódicas cartas que escribió a su hermano a Alemania. Una de las primeras sorpresas de los sabios fue conocer el pez eléctrico, la anguila, el “Gymnotus electricus”. Cuenta que los vaqueros para poder aprovechar la carne del pez metían caballos en el río y los hacían revolver las aguas. Los caballos resistían los choques y así lograban que los peces se descargaran. Esto ya no se hace. Otra experiencia notable  que los dos sabios vivieron fue encontrar  a orillas del Orinoco colombiano un hombre llamado Francisco Loyano  cuyas tetillas daban leche y así amamantó durante 5 meses a una criatura. En aquella  época de la remontada del Orinoco, las márgenes estaban completamente cubiertas de bosques. Hoy ya no existen, las márgenes son sabanas. Humboldt admiró las grandes y redondeadas rocas que existen en las orillas y el cauce, marcadas por las sucesivas crecientes del río. Esas piedras siguen ahí y son motivos muy apreciados por los fotógrafos. Para calmar las fiebres  que a Bonpland le produjeron las picaduras de los mosquitos, aprovechaban los hoyos redondeados que  todavía existen en las rocas, llamados moyas. Llenos de agua, allí preparaban limonada. Humboldt dice que las nubes de mosquitos se turnaban para picar; unos  durante el día, otros al caer la tarde y otros en la noche  Para evitar estos últimos que volaban bajo durmieron muchas veces en las copas de los árboles. Los mosquitos existen pero no en las cantidades que sufrieron los sabios. 

 

Bandadas de garzas y corocoras ocultaban la luz del sol en aquella época. Humboldt habla de “bancos de miles de flamencos, espátulas rosadas y garzas tan apretados que parecían no moverse.” Decenas de caimanes se calentaban al sol en las playas al paso de las dos canoas de los sabios y cuando preparaban las hogueras algunos caimanes se quedaban atónitos mirando el fuego.  Humboldt midió un cocodrilo de 6,40 metros. Abundaban los jaguares que incluso los acechaban por las noches. Humboldt habla de dos jaguares que se instalaron  una noche cerca de su hamaca. Por la noche cuando los jaguares se acercaban  los perros aullaban y venían a refugiarse debajo de las hamacas. Manadas de chigüiros y puercos salvajes acompañaban desde las orillas el avance de las embarcaciones. Esta cantidad de animales, que tanto maravillaron a los dos sabios,  ya no se ve. Dice Humboldt que en varios sectores del río los delfines saltaban a ambos lados de la embarcación. Esto solo se aprecia hoy en la desembocadura del río Meta en el Orinoco. 

 

De los tres grandes pueblos que hoy se asientan en las márgenes del Orinoco colombo-venezolano  solo uno existía y Humboldt lo visitó. Se trata de  San Fernando de Atabapo situado en la confluencia de los ríos Atabapo, Guaviare y Orinoco y fue fundado en 1758 y el sabio lo visitó en 1.799. Los otros, Puerto Carreño de Colombia fue fundado en 1.922 y Puerto Ayacucho de Venezuela en 1924.

Humboldt clasificó y describió los guácharos, cuya grasa utilizaban los indios y por ello lo llamaban  “el pájaro de aceite”; el nombre que el sabio le dio fue.”Steatornis caripensis” porque lo conoció en Caripe. 

 

Fueron centenares de especies vegetales y animales las que Humboldt descubrió y clasificó y por ello en la embarcación el máximo cuidado era salvaguardar las muestras de plantas y animales que llevaban y que ocupaban el mayor espacio; incluso los sabios viajaban incómodos.  El sabio recolectó exactamente 60.000 muestras de plantas correspondientes a 6.200 especies. Humboldt fue muy bien atendido por los misioneros a los cuales sin embargo criticaba pues decía que debían respetar las creencias de los indios.  Los misioneros incluso se privaban de la comida para darla a los viajeros y a su comitiva.  Hoy no existen misioneros en esta zona. 

 

A Humboldt se podrían aplicar las elogiosas palabras que Choquehuanca dedicó a Bolívar: ”Con los siglos crecerá vuestra gloria como crecen las sombras cuando el sol  declina”. En  efecto, la figura de Humboldt se agiganta con  el paso de los años y su contribución al avance de  todas las ciencias físicas y naturales cobra cada vez mayor relevancia.  Humboldt fue un  hombre de saber universal, se movía con facilidad por todos los campos de la ciencia desde la botánica y la zoología hasta el vulcanismo y encarnaba  a cabalidad  los postulados que Pascal exigía para el hombre perfecto: “poseer el espíritu de fineza y el espíritu de geometría”. Humboldt era un humanista (espíritu de fineza) y era un científico (espíritu  de geometría). La mirada del sabio era la de un poeta, de un romántico que se exaltaba ante la belleza del paisaje y de sus elementos: selva, llano, río, fauna, atardeceres y amaneceres, firmamento estrellado…y Humboldt al mismo tiempo investigaba los procesos y clasificaba los seres con rigor científico. Fue amigo de Friedrich Schiller y de Johann Wolfgang Goethe. Humboldt es considerado como el padre de la geografía moderna. Recorrió 10.000 kilómetros en las tres etapas de su viaje en América: la primera entre Caracas y Cumaná en Venezuela; la segunda en su remontada por el Orinoco y la tercera en su viaje a la entraña colombiana, del Caribe a Bogotá y a Quito por los Andes. En esta última etapa remontó el río Magdalena, subió a Bogotá a donde llegó el 8 de julio de 1801, fue recibido con honores y conoció y admiró a José Celestino Mutis y en su viaje al sur compartió con Francisco José de Caldas. 

 

De los 5 años que el sabio vivió en América uno lo pasó en Colombia. 

 

En su navegación por el Orinoco atravesó las que Humboldt llamó las Grandes Cataratas que hoy denominamos como Raudales de Atures y Maipures. Los raudales se ubican entre Puerto Ayacucho, Venezuela (ciudad que se encuentra frente a Casuarito, Colombia) y el Parque Nacional Natural Tuparro, ubicado al sur de nuestro departamento del Vichada.  En estos raudales la navegación es complicada y en partes peligrosa por lo que se debe en muchos lugares saltar a tierra y arrastrar las embarcaciones. Eso hacemos hoy y eso hicieron los dos viajeros. El sabio Humboldt quedó particularmente emocionado ante el Raudal de Maipures, corazón hídrico del Parque Tuparro. Es un endiablado y peligroso conjunto de piedras traicioneras, de chorreones y de cascadones en cuyo centro se encuentra una piedra llamada “el balancín” que las poderosas crecientes del río no han podido arrastrar. Humboldt llamó a Maipures la octava maravilla del mundo. 

 

Al llegar a San Fernando de Atabapo los viajeros abandonaron el Orinoco y sus aguas leonadas y entraron a las negras del  Atabapo por el que continuaron hasta llegar al mítico Caño Casiquiare y allí los sabios comprobaron lo que se comentaba, que este caño une las dos grandes cuencas de Suramérica, la del Amazonas y la del Orinoco. San Fernando de Atabapo se haría tristemente célebre un siglo después, cuando allí asentó sus reales el temible coronel José Tomás Funes, poderoso negociante de la época de las caucherías. La Vorágine lo nombra. Fue fusilado en la plaza del pueblo en 1.921. 

Humboldt nos dejó su valioso relato sobre la travesía del Orinoco en su “Viaje a las regiones equinocciales”. En suma ¿cuáles son los cambios principales que ha experimentado el río desde 1.799, año del viaje de los dos sabios, hasta hoy, 2.019? Humboldt y Bonpland notarían con tristeza que la fauna se haya su mínima expresión y que los bosques ribereños han  desaparecido. Hombre universal, poeta y científico, Friedrich Wilhem Heinrich Alexander Freiher von Humboldt lloraría. Quizás su consuelo sería ver  que Colombia ha honrado su trayectoria científica y humanística bautizando a la entidad que estudia la biodiversidad de  nuestra tierra con el nombre de Instituto Humboldt.

 

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Edición No. 190