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El vendedor de espantapájaros

Desde el día que mi padre salió a vender espantapájaros por la vereda, Aurora se acostumbró a esperarlo todas las noches a la vera del camino. Ahí se quedaba hasta la madrugada, aguantando frío y tragando luciérnagas, tantas que ya no parecía ser la que era sino un alma fosforescente, tan llena de luz por dentro que ya se le notaban los huesos.

Al verla en tal estado y a punto de perder el seso, le prometí salir a buscar a mi padre. Seguramente a Aurora lo que más le gustaba eran los pájaros por- que me dio una jaula y sin ninguna consideración me dijo:

–Dile a tu padre que me devuelva el corazón.

–¿Cómo voy a saber quién es mi padre si nunca lo he visto en la casa?

–Se parece a ti; ya debe tener canas.

Me fui preguntándolo por donde pasaba, llegué a distintos lugares, saludé a muchos que dijeron llamarse como mi padre, pero ninguno quiso meter su corazón en la jaula porque ya estaban comprometidos y tenían muchas bocas que alimentar.

A la orilla de un río de aguas torrentosas, un anciano que parecía una araña de tres patas, sin otro oficio que el de guiar a los ciegos y orientar a los jóvenes con consejos de templanza y amor, quiso saber para dónde iba tan solo. Le conté mi desgracia. El anciano quedó hondamente conmovido con el relato de mi orfandad, mucho más cuando le conté de la soledad de mi madre y de los espantapájaros que la perseguían a todas partes como un recuerdo ingrato.

–Yo era muy chico cuando se fue de la casa, ni siquiera lo conozco –le dije sin darle ninguna importancia al suceso.

–Es mejor que te devuelvas a acompañar a tu madre, antes de que sea tarde –me dijo como tratando de advertirme encarecidamente de los peligros a los que estaba expuesto un muchacho como yo, buscan- do a un hombre que tal vez ni siquiera era mi padre.

Miré hacia la otra orilla del río y vi a unas mu- chachas con un caballo. Era tanta su belleza que ni siquiera parecían muchachas sino otra parte del paisaje –digo, es un decir–. No resistí la tentación de saber si eran de verdad y me tiré al río para verlas más de cerca. Comencé a nadar a brazo partido contra lo más terrible de la corriente, desorientado como un pez de extrañas aguas.

–¡Muchacho, te vas a perder! –me gritaba el anciano como si yo fuera su hijo perdido y encontrado de nuevo. No le hice caso y seguí nadando. Al llegar a la orilla opuesta, a punto de ahogarme, la muchacha más bella me preguntó para dónde iba.

–Voy a buscar a mi padre

–No pierdas el tiempo. Todos los hombres viven hablando del amor para no acordarse de la soledad que llevan por dentro.

(Todo lo que ella decía era para creerlo, tanto que yo hubiese querido ser muy rico para irme con ella lejos de este mundo y quedarme a vivir por allá por el resto de la vida y para siempre).

–Cómo te llamas para que sepas tanto? –le pregunté.

–Fadia –dijo, quiso decir, no dijo, y fue como si me estuviera hablando a través del agua.

–Mi padre no sabía nada del amor, tampoco de la muerte. Por eso dejó hijos regados por todas partes, para que un día se acordaran de él y le llevaran flores al cementerio, pero ni siquiera yo me parezco a su sombra.

Mi sorpresa fue más grande cuando Fadia se subió al caballo y comenzó correr, desbocada y descoca- da por la sabana, haciendo olas con su pelo al viento. Cuando ella ya no fue más que un puntico en la distancia, las demás muchachas comenzaron a gritarle que se devolviera porque la podían matar. Imaginé las zarpas del sargento Carrasco desgarrando la piel de Fadia, delicada y suavecita como la nada.

Al declinar la tarde, unas mujeres que venían de llorar un muerto, vestidas de luto y preñadas de lástima, al ver mi orfandad dibujada en el rostro estuvieron

a punto de tirarme entre las zarzas de la desolación y perderse entre las sombras.

–Tu padre fue el que nos enseñó a amar y nos dejó viudas para siempre –me reclamaron en coro.

–Seguramente era otro señor parecido a mi padre. Mi padre nunca tuvo un verdadero amor ni tiempo para perderlo como más le gustaba –les dije y desaparecí de su presencia dejando un reguero de ausencias.

Serían las diez de la noche cuando llegué a un pueblo de paso. No había ni una tienda abierta donde me vendieran un bocado, ni un tizón en la fragua, ni una señal que dijera dónde quedaba la Estación del Nordeste o quién vivía en el cementerio. Seguramente a la gente le daba miedo salir de noche y preferían acostarse temprano y dejar todo en manos de la des- gracia. Después de merodear por las calles en las que no había más que silencio, tropecé con un hombre, más parecido a un esqueleto que a una persona. Al verme con la jaula al hombro me preguntó:

–¿Para dónde vas, hombrecito?

–Voy para El Cruce de los Vientos –le respondí con temor.

–Yo también voy para allá –dijo, y empezó a caminar como si tuviera afán de ir a cumplir una cita. Un relámpago estremeció la noche y fue como si la oscuridad se hubiera tragado el mundo. Para no que- darme solo en ese pueblo bruno, seguí al hombre por un camino pedregoso. El cielo era cada vez más negro, asaeteado insistentemente por el resplandor de los relámpagos lejanos. “–Ojalá no se nos venga el aguacero”, –pensé y fue como si el hombre me oyera pensar porque me respondió con la misma emoción del que ha visto llover toda su vida:

–Va a llover.

En medio del camino parecíamos dos sombras haciéndole compañía a una misma soledad. Cuando le pregunté si no iríamos a perdernos, el viento se puso a brincar entre las ramas, haciendo más tenebrosa la oscuridad. Un rayo cayó en el camino y el resplandor alumbró a dos mujeres arrodilladas al pie de un cristo de piedra.

–No las mire para que no sepan quién es usted –me dijo el hombre, se agarró la gorra para que no se la tumbara el viento que nos venía persiguiendo y empezó a caminar más rápido. Se me ocurrió pensar que quería abandonarme a mitad de camino. Nada se lo impedía. Al fin de cuentas lo único que nos unía era que íbamos para el mismo lugar. Con solo pensar que me pudiera perder, era para mí no ser, no estar aquí, un ausente, caminando de la inocencia a la furia, de la furia al cansancio, del cansancio al reposo.

Después de mucho andar por entre hondonadas y terroneras, entre barrizales y arroyuelos, pastizales y sembrados maíz, llegamos a una casona abandona- da, olorosa a salitre en la que no parecía habitar nadie más que el silencio. El hombre empujó la puerta y fue directo a la cocina a prender el fogón. Se agachó

y se puso a soplar las cenizas con entusiasmo. Una llamita chisporroteó con lástima y poco a poco fue creciendo la llama, desbaratando la oscuridad que nos envolvía. Faltó poco para que la lluvia comenzara a golpear la ventana, rogando que la dejáramos entrar para calentarse un poquito.

Después de un rato bien largo en el que tuve tiempo de oír pasar el viento, el crepitar de la candela, los ruidos de la noche, el hombre tendió unos costales para que me acostara en un rincón donde no estorbara. Pasaron varios minutos sin que sucediera nada, tal vez porque era de noche y todos debía estar durmiendo. Por todas partes se colaba el viento. Y, además, el resplandor de los relámpagos que rasgaban el firmamento a cada rato, el aleteo de los espantapájaros en la penumbra, el chisporroteo de los leños del fogón… Sorpresivamente el hombre volteó el rostro y me preguntó:

–¿A quién andas buscando, hijo?

–A mi padre. Una mañana salió de la casa a ven- der espantapájaros y nunca más volvió –le conté.

–Ya era hora que alguien se acordara del pobre viejo –dijo el hombre y supe que de tanto andar se había perdido. Deseé que no se fuera a pasar el resto de la noche contándome sus desgracias porque yo bastantes tenía.

Amaneció antes de que cantaran los gallos. La lluvia había lavado la tristeza de la noche anterior y todo

parecía de otro color, pero el hombre no estaba. Lo busqué por todos los rincones de la casa, en el gallinero, en las alcobas, en el zarzo. Sólo encontré un almanaque del siglo pasado, un par de espantapájaros y el esqueleto reseco de un hombre sentado frente a las cenizas de un fogón apagado.

Dejé todo como si yo no hubiera venido y empecé a desandar el camino antes de que me cogiera la no- che. Mi madre, al verme regresar con la jaula vacía, quiso saber qué había pasado.

–El amor lo mató –le dije.

En vez de llorar su ausencia, se quedó mirándome como si le hubiera quitado la risa para siempre.

 

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Edición No. 192