Dos elegías formales
A los judíos en Europa
Conociendo los muertos y cómo se dispone de algunos:
domados bajo escombros, agua, en tumbas de arena,
en apretadas cenizas que no ceden sus maltratados cuerpos
y vínculos a quienes la suerte de la guerra salva
sin la ley: aferramos apenas la canción.
La arrogante aceptación de la que mana
está mezclada con su sangre, hace florecer jóvenes
raíces en las cenizas. El erial revive,
engaña con áspero dulzor. Aún debajo
de la piel viva respira la piedra, en torno los fuegos sólo retozan,
fiero corazón que es el del helado cerebro para dirigir
al juicio -estudiado reflejo, contenido respiro-
desde el mejor de los mundos, en el día fijado,
este mundo se devana desde las manos de Jehová.
2
Por todo lo que debe ser soportado, su larga muerte
documentada y archivada, tenemos demasiados
testigos (nuestro mundo es testigo de prueba).
El océano titila, ruge, en su ancho foso.
Aquí, anualmente, los pujantes hombres de la tierras medias permanecen
para calentarse; hombres, llenos de vida,
mujeres que esperan vida. Disminuyen
sus engrosados cuerpos, se asientan en arena dispersa.
¿Será bueno recordarles, sobre una breve pantalla,
lo que han presenciado y no visto?
(¿Muertes de la ciudad que persistentemente muere…?)
Colocar piedras asegura algún sacrificio.
Los hombres capaces conferencian, llevan su peso.
(¿En qué puerta comienza o se detiene el sacrificio?).