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Pilar González-Gómez en el arte, la ciencia y el humanismo / Reportajes de Aleph

Exordio

En la naturaleza de nuestras sociedades hay todo tipo de diversidades en la condición humana, y en la historia quedan figuras emblemáticas en los diferentes campos del conocimiento, del arte, de la acción constructiva, dignas de emulación, como por ejemplo en la Grecia clásica, en el Renacimiento, en la Modernidad…. En los tiempos actuales también sobresalen personalidades de considerar, de tener en cuenta, de promover y de asumir como ejemplo en la formación de nuevas generaciones. Y entre ellas no faltan las que no son promovidas ni tenidas en cuenta por los medios de comunicación y por las instituciones estatales y privadas. Son personalidades cuya discreción las hace más ejemplares.


Pilar González-Gómez y su abuelo, el maestro Ricardo Gómez-Campuzano

En la cercanía de Aleph se encuentra Pilar González-Gómez, una mujer hecha y derecha, con el pulso de una dedicación sin tregua al conocimiento y al compartir con sentido de solidaridad humanitaria. Pero con acendro esencial en las artes visuales, desde pequeña. De dinastía española por línea paterna y colombiana por ancestro de la madre. Dibujante y pintora, con la escuela primera de su abuelo, el maestro Ricardo Gómez-Campuzano (1891-1981), de obra insigne quien dejó en Bogotá una casa-museo en su nombre, al cuidado de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y en lecturas tuvo la tutoría del también eminente humanista español del “transtierro”, Don José Prat (1905-1994), cuyo exilio lo cumplió con laboriosidad intelectual en Colombia como profesor de la Universidad Nacional, columnista de prensa y conferenciante cautivador.

Pilar con esas orientaciones se hizo dibujante y pintora de escuela, y al concluir bachillerato asumió la carrera de Psicología en la Universidad de los Andes, de la cual es egresada, sin abandonar las disciplinas del arte y de la lectura. Su padre español, médico, cofundador de la Clínica Santafé en Bogotá, y hermanos también con formación en los campos de la salud. Por aquellas cosas de la violencia, Pilar se siente muy impactada con los asesinatos del ministro Rodrigo Lara-Bonilla y del candidato presidencial Luis-Carlos Galán, por manos de las mafias del narcotráfico, decide irse para España, en 1985, la tierra de sus mayores, con asiento permanente en Madrid, donde prosigue la formación artística y profesional en el campo de la Psicología Clínica.

Conocí a Pilar en 1984 cuando se donó la biblioteca del maestro D. José Prat a la Biblioteca Nacional de Colombia, en mi condición de Director, quien años antes había regresado a España con su esposa. Luego tuve la suerte de visitar Madrid, en compañía del Académico D. Fernando Charry-Lara, de regreso de nuestra participación conjunta en congreso de letras en la Universidad de Bonn, y juntos visitamos al maestro Prat, en su apartamento de La Castellana, donde también residían sus nietas Pilar y Ana-María. Prat era Presidente del Ateneo de Madrid, benemérita Institución en la cual había sido Secretario de Miguel de Unamuno, por entonces Presidente, antes de la guerra civil española. Asimismo fungía de Senador por el PSOE, con todos los reconocimientos y honores. Visitamos con ellos diversos lugares, en especial el Ateneo, con la guía ilustrada y amable de Don José.

Desde entonces conservo cercanía de comunicaciones y pronto fue asumiendo la participación en la Revista Aleph como ilustradora, en especial de carátulas, con retratos de fina ejecución de personajes a los que fuimos dedicando ediciones. En varias oportunidades la hemos visitado, Livia y yo, en Madrid, ocasiones de departir con amplitud también en la compañía de su esposo, Pepe Cánovas, jurista destacado, con escuela institucional formadora de Notarios, e intelectual de abundantes lecturas y escrituras de “pensamientos” en poesía.

En esas ocasiones tuve siempre la intención de grabar con ella una entrevista, pero por diversas circunstancias no fue posible. En tiempos más recientes le propuse que procediéramos a hacerla por escrito; aceptó. Y he aquí el maravilloso resultado. Cada respuesta es un recorrido por su vida desde la infancia, los orígenes familiares, y el despliegue de conocimientos en una perseverante formación integradora en artes, ciencia, humanismo. En esta entrevista se conjugan esos campos con destreza y humildad. Nunca antes había sido entrevistada, y por la naturaleza propia sin ambiciones de notoriedad alguna. Pero Livia y yo aprendimos a conocerla muy de cerca, y a valorar su bella condición humana, erguida en conocimientos, con desempeños calificados en Psicología Clínica, con asistencia a talleres en la plástica y ejercicio continuo en el oficio del Arte.

En esta entrevista está esa personalidad, a lo largo y a lo ancho, con despliegue en el compartir formación y realizaciones. Caso muy singular, casi al final, con la semblanza que hace de quien fuera su esposo, Pepe Cánovas, fallecido de manera inesperada en el 2018. Se termina la entrevista con sus expectativas en el futuro personal, en el contexto de la crisis actual, por la pandemia del Coronavirus-19, con duros efectos en la economía mundial y en cada una de las naciones, con total incertidumbre en lo que pueda ocurrir. Pilar con modestia y sabiduría características alude a sus ámbitos personales-familiares.

Importante destacar la participación que tuvo Pilar en la revista “Síntesis”, entre 1987 y 1992, publicación que fue creada con el liderazgo intelectual de su abuelo, el humanista del “transtierro” D. José Prat. Publicación que realizó ediciones monográficas dedicadas a casi todos los países latinoamericanos, y dos especiales sobre la Unión Europea y Latinoamérica. Ella se ocupó de ilustraciones, diagramaciones y de tareas editoriales, en especial publicó tres entrevistas que hizo con José Prat, Justino de Azcárate y Manuel García-Pelayo, bajo el tema “El pensamiento en el exilio, en el área grancolombiana”, que fueron reunidas en el libro “El pensamiento español contemporáneo y la idea de América”, que contó con José-Luis Abellán y Antonio Monclús de compiladores (Ed. Anthropos, Barcelona 1989). Además, colaboró con el Centro de Documentación de la revista, muy valorado por investigadores en ciencias políticas de Latinoamérica y Europa, con preferencia de Alemania, el cual se entregó a la “Fundación Ortega y Gasset”, en Madrid.

Ella misma escribió una introducción que conservamos en este reportaje, al igual que las notas con las que quiso refrendar apreciaciones, de rigor.


Unas palabras

Al advertir la desorientación propia de quien no ha pasado nunca por la experiencia de una entrevista en directo o por escrito, y dado que mi trayectoria personal y profesional difícilmente podría tener alguna relevancia, Carlos-Enrique Ruiz me envió un cuestionario muy bien delimitado y detallado sobre aquellos temas que estimaba principales. Con sus amplios conocimientos, la gran trayectoria en innumerables entrevistas para Aleph, con su tenacidad y paciencia, consiguió que me pusiese a ejercitar mi memoria y a tomar notas, intentando vencer las dificultades de esta ardua tarea para mí. 

Había redactado casi todo el texto, salvo el de la última pregunta, cuando, a mediados del mes de marzo de este año, se declaró el estado de alarma en Madrid por la pandemia del Coronavirus (COVID-19). Las circunstancias del confinamiento me impidieron continuar, porque el documento se quedó atrapado en el ordenador del consultorio, hasta hace unas semanas. Una vez rescatado, y con la limitación de trabajar con una tableta desde casa, he procurado integrar el texto gracias a la asistencia documental y técnica de mi hermana Ana-María, que desde Escocia me ha ayudado con las correcciones de contenido y forma, organización y edición de las respuestas a la entrevista.

Espero que estos recuerdos de mi historia familiar, con vínculos determinantes entre Colombia y España, y otros detalles de este recorrido vital, cumplan al menos en parte con el objetivo trazado por Carlos-Enrique.  

                          Pilar González-Gómez

 
Carátulas de la Revista Aleph ilustradas por Pilar González-Gómez

La entrevista 

– Pilar, eres tan amable de recordar a tus padres, abuelos y en lo posible bisabuelos, en nombres y actividades. También en las maneras que influyeron en tu personalidad, desde la infancia.

Comienzo este recuerdo con mi madre, Isabel, la segunda de los siete hijos de Ricardo Gómez Campuzano y de Inés Delgado Padilla. Bachiller del Colegio Nuevo Gimnasio en Bogotá, realizó estudios de Técnica de Rayos X en Halifax – Canadá.  Allí ejerció su profesión durante algunos años. De regreso en Bogotá trabajó en el Departamento de Radiología de la Clínica Restrepo, donde conoció a mi padre, Ramón González García, nacido en Albandi – un pueblo de la provincia de Asturias-España, médico radiólogo egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Se casaron en Bogotá en 1954.

Como recuerdo significativo, al hacer el examen final de la carrera, que consistía en tomar radiografías a un paciente voluntario, el profesor descubrió que mi abuela tenía un tumor en la glándula pituitaria, y gracias a este hallazgo pudo ser tratada con éxito en Nueva York.

Con la educación exquisita que nuestra abuela materna inculcó a sus hijos, mi madre se preocupaba de corregirnos los modales, con pocos resultados. Nos hacía mucha gracia cuando nos decía “Qué feo es ver a unos niños pelearse y darse de golpes. El pelear es de la gente vulgar que no sabe dominar sus pasiones, y por eso acude a la fuerza bruta”. Atendía con esmero a los numerosos amigos y conocidos de la familia española, que la apreciaban mucho. La mezcla de influencia norteamericana y bogotana se plasmaba en la forma en que arreglaba la casa en las navidades, en la costumbre de rezar la novena -que no existe en España- cantar los villancicos, y encender con cuidado las luces de bengala cada noche en el jardín. Nos entusiasmaba la posibilidad de asistir cada año a la casa de los abuelos maternos a una novena a la que invitaban a hijos y nietos, en la que no faltaban villancicos, baile y pólvora. El colofón era el lanzamiento de un globo enorme a cargo de nuestra tía Inés, la mayor de los hermanos, estrella de las fiestas familiares.

El contacto con los abuelos maternos fue limitado, por lo que recurro con algunos recuerdos a anécdotas que me ayudan a trazar mejor su semblanza, junto con los contenidos ya publicados sobre su trayectoria.  A los bisabuelos no los llegamos a conocer.  De los maternos solo escuché nombrar a Doña Isabel Padilla de Delgado, abuela de mi madre, según ella “una furia”. El retrato que pintó su yerno Ricardo confirma que era una mujer con mucho carácter, en contraste con la imagen dulce que retrató de su madre, doña María Jesús Campuzano de Gómez.

Desde pequeños, nuestra relación con el abuelo era formal. Nos daba la mano como saludo, y guardaba una distancia que se suavizaba con sus frases humorísticas. Al parecer, como padre, el abuelo era estricto con los jóvenes amigos que invitaban las seis hijas a su casa al tener que superar el interrogatorio que les permitiera la entrada. No debió de ser fácil para nuestro padre ingresar en la familia como yerno de Gómez Campuzano, al no pertenecer a ese grupo elegido de la sociedad bogotana.   Como contrapartida, el nexo español del abuelo era fuerte por parte de su abuela María Josefa Sáiz Nariño, nieta a su vez del General Antonio Nariño, revolucionario de generación criolla, hijo de gallego y santafereña. Orgulloso de ser el guardián de su espada, el abuelo también pintó el cuadro que decoraba el Palacio de Nariño. Recuerda mi hermana Isabel que siendo los nietos muy pequeños, cuando este cuadro estuvo en su casa para restaurarlo, el abuelo nos puso a todos en fila con un pincel a pintar un trocito de cielo.

La historia de mi familia paterna es bien distinta. Mi padre llegó a Colombia en 1939 con la familia del exilio cuando tenía 14 años. Ingresó en el Colegio San Bartolomé de Bogotá, y con la ayuda de varios compañeros con quienes conservó amistad toda su vida, consiguió adelantar el tiempo perdido por la guerra civil española y por las vicisitudes del viaje. Al finalizar el último curso tuvo que realizar un examen especial de todo el bachillerato, lo que le costó una temporada aquejado de “surménage mental”. Aunque hubiese sido un gran ingeniero por sus habilidades para la mecánica y las construcciones, ingresó en la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de Colombia.  Realizó la Medicatura Rural en Santa Marta, en la época en que la United Fruit Company controlaba aún la explotación bananera. Recordaba esta estancia como una etapa muy grata que le permitió conocer otra parte de la sociedad colombiana, más alegre y fiestera. Siendo un padre estricto con nosotros en ese aspecto, nos confesó alguna vez que disfrutó mucho durante dos días con sus noches del carnaval, al que lo “obligaron” a ir las monjas del hospital.

Al volver a Bogotá, su profesor Dr. Gonzalo Esguerra Gómez le llamó para trabajar con su equipo como radiólogo en la Clínica Marly. Allí ejerció su profesión durante varias décadas con gran dedicación, además de colaborar también en la Clínica Restrepo y en la Clínica Bogotá. Participó en el inicio de la Fundación Santa Fé de Bogotá, junto a compañeros admirados y queridos por todos, como el Dr. José Félix Patiño, hasta su regreso a España en el año 1987. Fue propuesto para presidir la Sociedad Colombiana de Radiología, cargo que no pudo ocupar por ser ciudadano español. No renunció a su nacionalidad, a pesar de ser, en el fondo el más colombiano de toda la familia española. Su amor por esa tierra, sus amigos de juventud, y sus buenos compañeros de profesión le acompañaron con afecto mutuo hasta su jubilación, momento en que decidió regresar a España.

Mi padre heredó la generosidad de su madre. De carácter recto y a la vez entusiasta, nos transmitió el cumplimiento del deber, quizás con algo más de sufrimiento del necesario. Su obsesión por saber matemáticas le llevó a ponernos -a las hijas- clases extraordinarias en vacaciones, para que entráramos preparadas al curso siguiente. Nuestra falta de entusiasmo, con resultados insuficientes para él, nunca le desanimaron a nuestro pesar. Era un enamorado de los grandes inventos tecnológicos, se interesaba por todas las novedades, ya fueran construcciones mecánicas, aparatos de sonido o inventos de bricolaje. Entusiasta de las plantas, en el jardín cultivó distintas clases de rosas y árboles.  Gran viajero y amante de los paisajes de Colombia, casi todos los años nos llevaba de vacaciones en un todoterreno a recorrer muchos lugares, que sin él no hubiésemos conocido. Al norte hasta Riohacha, y al sur hasta Las Lajas en Tulcán. Desde Buenaventura a los Llanos Orientales. Y entremedias, paisajes, colores y aromas inolvidables de la tierra caliente, y la zona cafetera. A esos paseos se apuntaba nuestro abuelo José siempre que podía. Nos amenizaba el viaje con historias del lugar, pues conocía muchos detalles históricos y anécdotas. Le encantaba probar las comidas y dulces típicos de cada región, además de ser un laico y asiduo visitante de las iglesias y monumentos del país.

Quizás por influencia paterna, los cuatro hermanos optamos por carreras y profesiones dentro de las ciencias de la salud. Ramón el mayor, médico como mi padre, se graduó en la Universidad del Rosario, y desde comienzos de los años 80 reside en Connecticut con su esposa y su hija Pilar, que ejerce su profesión como abogada. Se especializó en Radiología en el Hospital de Yale, New Haven.  Estuvo trabajando en Bogotá unos años, durante los cuales fue enviado por el Ministro de Salud a Japón para asesorarle en la compra de los primeros equipos de ultrasonografía y escanografía, ya que era uno de los pocos radiólogos especializados en estas técnicas novedosas a principios de los años 80. Durante su estancia en Bogotá inició el servicio de Ecografía en el Departamento de Radiología de la Clínica Marly. A su regreso a Estados Unidos se reincorporó como radiólogo en la Universidad de Yale y en la Universidad de Quinnipiac. En la actualidad trabaja en la Radiología Ortopédica.

De mis hermanos, entre quienes incluyo a mi cuñado Enrique, puedo resaltar el gran cariño que siempre recibo de ellos, y de cada uno a su manera.  Ramón, el mayor y único en muchos aspectos, siempre despertó mi admiración por su extraordinaria inteligencia, su facilidad asombrosa para los estudios, los deportes, la mecánica…Tan diestro de pequeño para desguazar una a una las piezas de la máquina de escribir de mi abuelo, como lo fue muy pocos años después para construir con mi padre un “Kart” y una motocicleta a partir del motor de una bomba de agua. Ya la construcción del autogiro no les fue autorizada por mi madre. Las hermanas siempre hemos pensado que, al igual que mi padre, Ramón hubiese sido un gran ingeniero.

De inteligencia, curiosidad e inquietud sin límites, Isabel siempre ha tenido clara su gran vocación para la Medicina, con especial interés por la Psiquiatría y el Psicoanálisis. En la actualidad, tengo la suerte de compartir con ella consultorio desde los años 90, y me aprovecho de sus amplios conocimientos. Con   entusiasmo, ingenio, cariño y capacidad de trabajo, Isabel y Enrique siempre nos han brindado ayuda y cuidados a los hermanos, a nuestros padres y abuelos.

Me he sentido siempre muy unida con Ana María, pues hemos compartido mucho tiempo de nuestra primera juventud. Las dos estudiamos en la Universidad de los Andes, y al ser las menores, permanecimos más tiempo en casa de mis padres, cuando los mayores se fueron del país. Ahora estamos un poco más cerca desde que fijó con su marido residencia en Europa, lo que nos permite vernos con mayor frecuencia. Con su gran habilidad y conocimiento de las nuevas tecnologías, Ana María me presta auxilio cada vez que le mando un S.O.S., pero por encima de todo, recibo su constante cariño, apoyo, ánimo y compañía sea cual sea la distancia.

¿Cuándo y por qué aparece en tu vida y en tu familia el humanista del transtierro, D. José Prat?  ¿De qué manera influyó en tu formación? Tengo entendido que fuiste una especie de mano derecha de él en sus labores intelectuales.

La historia de este nexo familiar se inicia en la época en que siendo subsecretario del presidente de la República, José Prat acudía diariamente a su trabajo en el Congreso. Frecuentaba también el Ateneo de Madrid, como secretario durante la presidencia de Unamuno, por los años 20.

Nuestra abuela Ramona, que había salido de Asturias con su hijo para trabajar en Madrid, puso una pensión en la Calle Santa Catalina, muy cerca del Ateneo y del Congreso.  Allí vivían con mi abuelo y su hermano Ignacio, también abogado. Por coincidencias de la vida, el segundo piso donde estaba la pensión de Santa Catalina corresponde hoy en día a la sede de la Presidencia del Ateneo, cuando éste se reformó y amplió.

Contaba mi padre que además de ocuparse de su formación, algunas veces mi abuelo José lo llevaba para presenciar las sesiones en el Parlamento. A ese niño que entonces era mi padre, le impresionaba y enfadaba la forma en que los diputados se atacaban verbalmente entre ellos, y a la salida, iban juntos charlando y riendo a tomar café.

Cuando el éxodo fue inevitable, mi abuelo eligió Colombia, que bajo la presidencia del Dr. Eduardo Santos acogía a los exiliados republicanos. No quería que coincidiera con los países de destino de Negrín y Prieto, gobernantes en conflicto. Viajaron en el barco de línea marítima sueca “Axel Johnson” que les llevó a Puerto Colombia. En el grupo del exilio iban tres generaciones: mi padre con 14 años, su madre y su abuela Benigna “Abuelina”, junto con mi abuelo José, su hermano Ignacio y su padre Daniel. De todos ellos, “Abuelina” y Don Daniel están enterrados en Colombia.

Un trance difícil, muchas pérdidas y la responsabilidad de salir adelante en tierras desconocidas para todos. Comentaba mi abuelo en alguna ocasión, que sufrió de amnesia durante el viaje, y nunca consiguió recuperar algunos detalles. Tras unos meses de espera en la calurosa Barranquilla, viajó a Bogotá en un vuelo de la línea Scadta para obtener la autorización definitiva de residencia en Bogotá, que el Presidente Eduardo Santos facilitó por afinidad con los republicanos españoles. Se instalaron todos en una casa modesta en el barrio San Cristóbal, y allí reiniciaron sus vidas. Con 14 años, mi padre, vendía transistores y más tarde discos de la RCA Victor para colaborar en la economía familiar; Ignacio trabajaba como profesor, primero en Ibagué, y más tarde en Bogotá en el Nuevo Gimnasio, versión femenina del Gimnasio Moderno, donde, por otra de esas coincidencias de la vida, fue profesor de mi madre cuando cursaba bachillerato. Quién le iba a decir a mi madre que viviría en la misma casa del profesor del colegio, cuando se casó con mi padre.

Mi abuelo también dedicó la mayor parte de su tiempo a dar clases de historia y literatura en el Colegio San Bartolomé, en el Colegio Mayor del Rosario, (La Bordadita), en la Escuela Normal Superior, el Colegio Americano y en las Universidades Nacional, Pedagógica y Santo Tomás. Como profesor en el ámbito escolar y universitario, siguió la premisa de no “rajar” a ningún alumno: la peor nota era un 4, y la mejor 4.5 sobre 5. Para quien no interesaba la materia, sacar un 4 podía significar un estímulo, y para el buen estudiante, un 4.5 le motivaba para un 5.

Colaboró en el diario El Tiempo, primero en la sección editorial “Cosas del Día”, y como crítico de teatro y zarzuela.  Vinculado, como gran entusiasta de la lengua, al Instituto Caro y Cuervo, así como a la Academia Colombiana de la Lengua, de la que fue Miembro Correspondiente. Tuvo gran actividad en la Sociedad Española de Beneficencia, creada por el Dr. Antonio Trías, para atender a todos los españoles necesitados, ya fueran exiliados republicanos, o emigrantes franquistas. Por cierto, en nuestra casa se reunían los domingos un grupo de exiliados a jugar al dominó. Recuerdo la sala de juegos llena de humo del tabaco, y el ruido atronador cuando alguno de los jugadores colocaba o “clavaba” las fichas sobre la mesa. Entre los participantes se encontraba Don “Doro”, como llamábamos al padre de Fernando González Pacheco, famoso presentador de televisión. De Don Doro, que trabajaba en el diario El Tiempo, guardo un remoto y afectuoso recuerdo.

En esa casa grande que albergaba a tres generaciones, mantenida con el esfuerzo, los cuidados y el afecto de los mayores, siempre sentí que había algo que no nos permitía acomodarnos bien. Pululaba en el ambiente esa inquietud de quienes no están instalados del todo, que tienen aún la maleta sin deshacer, porque esperan ese día del regreso definitivo a España.

Mi abuelo era consciente de que solo podría volver con la muerte del dictador. Un proceso por su pertenencia a la Masonería en 1931, que se había archivado provisionalmente en 1945 por estar fuera del territorio español, le hacía desistir de este empeño por posibles represalias del régimen1. Tan ansiado regreso en 1976, fue para mis abuelos la culminación y el cumplimento de una esperanza que nunca desfalleció estando en el exilio. Mi abuelo pudo vivir la transición a la democracia, reincorporarse a la política, y participar en el nuevo gobierno socialista como senador.

Vivió con mi abuela Ramona una etapa intensa y feliz en la añorada España. Los dos tuvieron siempre la ayuda y compañía constantes de Isabel, de Enrique, y de Ana María durante el tiempo que ella vivió con ellos antes de irse a California.

Ya en Madrid, siendo bisabuelo, continuó una relación de complicidad muy grande con su bisnieta Ana, hija de Isabel y de Enrique. Con ella, al igual que con sus 4 nietos 20 años antes en Bogotá, hizo su labor en la lectura, el dictado, las conversaciones, los juegos y las fiestas de disfraces, en las que bisnieta y bisabuelo se caracterizaban de maravilla. Él disfrutaba mucho de las obras de teatro que preparaban Ana y sus padres, desde Don Giovanni de Mozart hasta las comedias de Arniches, y en las que ella representaba su personaje con disciplina y seriedad, y con vocación para el teatro.

Para nuestro abuelo no hubo enemigos, ni resentimientos. Desde nuestra infancia nunca le escuchamos hablar con amargura de persona alguna, en los más de 30 años compartiendo su sabiduría y arte de vivir, sabiendo disfrutar con los demás, comprender y aceptar las diferencias. A través del diálogo con el adversario, con respeto y tolerancia, hacía digno incluso al ser más simple y vil, y aunque a veces sus esfuerzos fuesen en vano, no desistía de intentar convencer con la razón y la palabra.

Por los nexos del exilio con mi profesión, y por la historia del país, incluyo en este recuerdo a unos amigos muy cercanos a la familia, en los primeros años que vivieron en Colombia.  En primero de mi carrera estudiamos un texto sobre la historia de la Psicología en Colombia escrito por nuestro profesor Rubén Ardila2, que contaba este hecho histórico: Mercedes Rodrigo Bellido, pionera de la Psicología aplicada en España. Se diplomó en la Universidad de Ginebra en 1923, donde conoció a Don Agustín Nieto Caballero, entonces Rector de la Universidad Nacional, quien años más tarde le ayudaría a su llegada a Bogotá. Por su participación en la Segunda República, tuvo que exiliarse con su hermana María, gran compositora y música, y con José García Madrid, prestigioso psiquiatra egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Durante sus estudios de Medicina, nuestro padre colaboró también como ayudante de Mercedes Rodrigo, en la Sección de Psicotecnia. Su trabajo en la estandarización de las pruebas psicométricas a la población colombiana se aplicó luego a otras instituciones. Creó el Instituto de Psicología Aplicada en la Universidad Nacional en 1947, de donde egresaron los primeros psicólogos del país.

El Partido Conservador y la Iglesia Católica eran contrarios a la presencia de la mujer en la Universidad, a la acogida de exiliados españoles, y en especial, a que el Ministerio estableciera pruebas oficiales de admisión como requisito para ingresar a la Universidad pública. Así, tras el Bogotazo, y bajo la presidencia de Laureano Gómez, Mercedes Rodrigo fue acusada de comunista, y expulsada del país en 1950. El Instituto fue cerrado, y las pruebas de admisión solo se reanudaron veinte años más tarde. La Federación Colombiana de Psicología reconoció a Mercedes Rodrigo por su gran aporte a esta profesión.

– ¿Cómo se dio tu salto de Colombia a España?

Como dicen León y Rebeca Grinberg3, “cada migración, su “porqué” y su “cómo” se inscribe en la historia de cada familia y de cada individuo”.  Parecía algo ya marcado para mí y para mi familia que todos sus miembros dejaran Colombia y se dispersaran. Los mayores se habían ido a España, primero Ignacio en el año 1975, y un año más tarde nuestros abuelos Ramona y José. Ana María viajó unos años más tarde, vivió con mis abuelos, los acompañó y ayudó, como también lo hicieron Isabel y Enrique durante la enfermedad de mi abuela, quien falleció en 1984.

Por entonces yo ya había hablado con mis padres sobre mi intención de irme de Colombia. Creo que un factor que aceleró mi decisión fue la situación política del país, y la manera en que el ambiente de creciente violencia fue impregnando las instituciones públicas ante la impotencia de la sociedad. Me afectó la muerte del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla un año antes de mi partida a España en 1985. Ya en Madrid, la toma del Palacio de Justicia en noviembre con la muerte de los magistrados, y el asesinato de Luis Carlos Galán, a quien había escuchado en una conferencia en la Universidad de los Andes unos años antes, ratificaron mi falta de voluntad de regresar a Colombia. El país en el que tuvimos la suerte de tener una vida grata durante la infancia y adolescencia, ya no era el mismo. Al poco tiempo, mis padres también decidieron dejar Colombia, y ya no quedó razón de peso suficiente para volver. El desarraigo propio que transmite el “transtierro”, ante la expectativa de un regreso a la propia tierra, se había transmitido con fuerza. De hecho, nunca pertenecimos del todo a la familia materna, ni en las relaciones familiares ni en las costumbres cotidianas. El peso de la familia española nos había marcado de forma tal, que en Colombia no éramos del todo colombianos. Y aunque en España tampoco somos españoles, cuando llegué a Madrid para quedarme, recuerdo ir en el autobús por el centro y pensar; “Por fin he vuelto”. Enseguida me di cuenta de que esa frase no era mía. Era de nuestros abuelos españoles.

Cuando Ana María se fue a California en 1987, yo me quedé con mi abuelo. Nos reuníamos con la familia los fines de semana, y le acompañaba en sus viajes para dar alguna conferencia, por compromisos políticos, o por asuntos del Ateneo. Solo hicimos un viaje largo a Buenos Aires, con mi aprensión, pero con el entusiasmo de él a sus 85 años, para recibir un reconocimiento del Gobierno argentino, por su labor en el Senado en favor de las relaciones con Iberoamérica.

El día que lo hospitalizaron, había estado en un homenaje a Cervantes, y en el teatro. Cómo decía él. “Yo soy como la bicicleta, si me paro, me caigo”. Murió en 1994.

– ¿Qué otros miembros de la familia de D. José Prat conociste y qué memoria tienes de ellos?

Ignacio, su hermano, con su enorme y nerviosa bondad, sus conocimientos infinitos de historia, teatro, geografía y literatura, se preocupaba de que fuéramos al colegio bien preparados. Hoy en día, dice mi hermana Isabel, sería la versión humana de la Enciclopedia Google. El “Colegio Pepe”, se abría muy temprano en casa a las 5 a.m., antes de irnos al colegio. Ignacio corregía a nuestro abuelo con un “¡No inventes, Pepe, no inventes!” cuando éste se equivocaba en una fecha u otro detalle, por enriquecer la lección que nos tomaba cada día a los 4 hermanos.

Ignacio era la mano derecha de su hermano, colaborando con los artículos del periódico, las clases del colegio y la universidad, y con frecuencia discutiendo de temas de historia, filosofía o literatura. También se encargaba de la contabilidad de la Lavandería Eureka, la empresa creada y administrada por toda la familia, que llegó a tener unos 60 empleados, ayudando mucho a la economía de un grupo familiar extenso.

Cuando por las obligaciones, Ignacio no podía ayudarle a pasar a máquina los artículos para el periódico, mi abuelo nos llamaba a alguno de los niños para dictarnos un capítulo del libro que estaba escribiendo, “La Cultura del Renacimiento en España”, o alguna poesía que inventaba, mientras tomaba un descanso. Aprendimos así a utilizar la máquina de escribir.

Con Ignacio y nuestro abuelo tuvimos dos sabios en casa, un tanto distintos en su carácter y estilo. Los dos eran hermanos, compañeros, amigos. José era muy sociable, en contraste con Ignacio, siempre pendiente de él, como su “compañero silencioso”. Pero cuando discutían, se oía en toda la casa, y no era raro escuchar a Ignacio gritar a su hermano “¡Insensato!”. Experto en teatro, Ignacio conocía de memoria gran cantidad de obras, y le gustaba mucho actuar. Creo recordar que participó en varias representaciones de la Casa de España en Bogotá, con el Dr. Carlos Zozaya entre otros compañeros españoles.

Mientras vivió en Colombia, Ignacio soñaba con el regreso a España. Recitaba de memoria cada una de las estaciones del Metro de Madrid. Fue el primero en volver tras el exilio, y consiguió recuperar su plaza de funcionario en el Ministerio de Exteriores. Pero la España de su añoranza ya no era la misma. Murió en Madrid en 1978.

Mientras Ignacio leía, mi abuelo jugaba con nosotros al escondite, y hacía concursos de lectura, en los que participábamos a regañadientes. Pero él, con su imbatible y paciente insistencia, siempre lo conseguía.  El premio era una o dos “panelitas” y “frunas” que compraba en la tienda de dulces, cuando íbamos con él después de la lectura a pasear por el barrio de La Soledad. En unas vacaciones en que estábamos aburridos, Isabel, que debía tener siete u ocho años, le propuso que nos empleara en su enorme biblioteca para clasificar los libros. Ella inventó una nomenclatura que escribía en rótulos. Colocábamos los libros en el orden de temas que a nosotras se nos ocurría, para desesperación de Ignacio: ¿¿Pero dónde me habéis puesto mis libros de geografía?? Pagaba a sus empleadas, que teníamos entre tres y ocho años, con “cheques” que invertíamos en el “Banco Pepe”, tras firmar los documentos necesarios.

Cuando regresaron a España, sí fue necesaria una laboriosa clasificación de los libros de su biblioteca, ya que donó una parte a la Biblioteca Nacional, justo en la época en que Carlos-Enrique Ruiz ocupaba el puesto de Director de la misma. Otra parte de los libros se destinó a la Escuela de Teatro en Bogotá, y los títulos sobre Colombia se entregaron a una Biblioteca de Albacete, su lugar de nacimiento. Allí figuran entre otros muchos, “Una política liberal para Colombia” de Eduardo Santos editada en 1937, y las obras de Caballero Calderón, con dedicatorias manuscritas de los autores.

Con la mezcla de cercanía y la autoridad que solo él sabía proporcionarnos en cada momento, sin que nos diéramos cuenta conseguía atrapar nuestro interés por la lectura, la escritura, los libros, en esos pequeños grandes trabajos que nos confiaba.

Don Daniel, el padre, era también natural de Albacete, además de maestro nacional y pedagogo, fue músico, tocaba el piano y la flauta. En Albacete trabajó como director de la banda municipal. También compuso música para zarzuelas, música litúrgica, pasodobles y marchas. Lector incansable al parecer, mi padre le recordaba en Bogotá leyendo tan absorto, que, al tener la extraña conducta de arrancarse las pestañas, le lloraban los ojos. Desafortunadamente no lo llegué a conocer. Murió en 1942 en Bogotá.

Mi abuela Ramona, mujer fuerte y generosa, tan pronto podía paralizarnos con una mirada, como llenarnos de amor y cuidados, seguridad y consuelo cuando nos sentíamos mal. Nos daba las medicinas caseras para curarnos las gripas y dolores de estómago, nos cantaba y enseñaba las canciones asturianas, y las historias propias de la tradición oral española. Cosía para nosotras vestidos bonitos. Preparaba el menú diario para todos, pues era una gran cocinera. Fue el centro de la economía y administración domésticas, pero también se encargó de que el personal de la Lavandería Eureka tuviera siempre café y pan antes de empezar a trabajar, y de que los empleados tuviesen cubiertas sus necesidades básicas.

Mi familia vivió con intensidad, trabajando con ahínco, y en actividad constante. Mi abuela marcó las vidas de los mayores y de los nietos de manera especial, por su valentía y su carácter, que combinaba capacidad de organización y a la vez gran ternura y contención como abuela.
 

¿Cómo te inicias en el dibujo y en la pintura?  ¿Qué escuelas y qué maestros has tenido más cerca en el estudio y en el ejercicio del Arte? Aparte de tus obras en dibujo y pintura desarrolladas con generosidad para la Revista Aleph y para libros de su Director, cuáles han sido tus realizaciones en esos campos. Tengo entendido de trabajo tuyo incluso en murales.

Conservo un recuerdo nítido de ir de visita a la casa de los abuelos maternos. De ver al abuelo Gómez Campuzano mirando fijamente el lienzo con los ojos entrecerrados y su cigarrillo en la boca, la paleta de colores ordenados de manera precisa, decidiendo cada trazo, mientras el olor a trementina y óleo impregnaban el estudio. Supongo que tantas sensaciones particulares han dejado huella en mi infancia.

Además, la casa donde vivíamos en el barrio de La Soledad tenía cuatro plantas para poder albergar a una familia numerosa. Las paredes amplias lucían obras del abuelo, algunas de dimensiones que no hubiesen cabido en una casa normal, como el cuadro de las “Barcas de Cartagena”, el “Autorretrato”, “Maternidad de Inés e Isabel”, o “Paisaje de la sabana”. Estuvieron allí colgadas hasta la partida de mis padres a España. Fue entonces cuando mi madre llevó estas obras a mi abuela Inés, para que se las guardara. Conservamos varios paisajes y retratos de mi madre, de nosotros y de nuestros abuelos españoles, que nos acompañan donde vamos.

Entre las aficiones de mi padre, la de la fotografía ocupaba un lugar especial. Durante varios años iba algunos sábados soleados con su trípode, para fotografiar las obras que el abuelo iba terminando, y las que él quería ver en diapositivas. Cuando mis padres invitaban a los abuelos a tomar el té, como gustaban con sándwiches y galletas, seguía la sesión de diapositivas que el abuelo disfrutaba mucho.

Mis padres y hermanos hemos tenido una afición relacionada con el arte, cada uno en su estilo. A mi padre le gustaba observar los cuadros del abuelo, para aprender a mezclar los colores, y en especial las construcciones arquitectónicas. Mi madre siempre tuvo una gran disposición.  Hacía magníficos dibujos de anatomía en tinta china, ayudaba a mi padre cuando tenía que ilustrar algunos trabajos, y a nosotros con los dibujos de ciencias y geografía. Pero nunca se prodigó, como tampoco lo hizo mi abuela Inés, de quien sólo hemos podido ver dos o tres preciosos apuntes en acuarela.

En el colegio se daba bastante importancia a las materias de artes plásticas y había exposiciones. Durante las clases de dibujo en el bachillerato aprendí a hacer retratos. Al final de una de las clases, el profesor describió las distintas formas en las que los alumnos hacíamos los bocetos. En ese momento fui consciente de la influencia del abuelo, porque él dibujaba con trazos cortos. Durante la adolescencia me atreví con algunos lienzos y acrílicos, haciendo retratos en blanco y negro, y descubrí los lápices blandos de grafito. Me parecía un milagro conseguir efectos especiales de luz y sombra con los que empezaron a salir dibujos surrealistas. Al abuelo no le gustaron nada los resultados, pero decía que la imaginación, que él consideraba no tener, era importante. Quizás su gran oficio y maestría en la copia al natural, además de generar mucho trabajo, impedía indagar más allá del estilo figurativo. La periodista Margarita Vidal le preguntó en una entrevista al respecto de las críticas que le hacían por pintar cuadros “bonitos”. El abuelo contestó: “Qué sabe el chulo de alpiste?” Al cabo del tiempo pienso que cada cual busca en la vida lo que le produce satisfacción, hasta donde las circunstancias y prioridades le permiten. Quizás se trate de mantener la inquietud de acercarse al menos a ese objetivo buscado, al tiempo que se disfruta durante el trayecto.

Mi curiosidad estaba entonces más orientada hacia el surrealismo, el impresionismo y el arte abstracto, que me fascinaron al leer una colección preciosa de libritos sobre historia del arte, regalo de mis padres. Era una forma de expresión artística distinta a la conocida.

En la Universidad de los Andes me presenté a un concurso con dos dibujos que desaparecieron de la exposición. Me hizo ilusión pensar que a alguien le habían gustado. Durante mi estancia en New Haven-Connecticut en 1980, hice un par de cursos. Uno de los dibujos de aquella época estuvo expuesto en el Departamento de Pediatría en el Hospital de Yale. Más tarde cuando vine a Madrid, estuve en el taller del pintor Ramón Cascado, con quien aprendí distintas técnicas, y dos años después hice grabado con Teresa Muñiz. Pude conocer de ellos algo más del oficio, profundizar en el concepto del arte, mirar más allá de lo que se percibe, y una actitud ante el mundo. Escuché decir a una famosa galerista de Madrid que la inteligencia del arte es especial, porque no es dogmática y es más emocional, no hay imposiciones, lo que a ella le facilitaba el trabajo. Mas allá de la impronta que indudablemente dejó el abuelo en mí, tanto Teresa como Ramón, dos pintores tan diferentes en su estilo, han sido maestros cercanos, generosos con sus discípulos, y buenos amigos. Cuando tengo la alegría de verlos agradezco esos momentos, porque transmiten la serenidad de espíritu que permite que el pensamiento fluya, sin los atascos con los que nos topamos a diario. 

Durante algún tiempo fui a dibujar en el Círculo de Bellas Artes, donde viví un ambiente especial, en el que estudiantes y pintores más experimentados acudían a los talleres con artistas de renombre. A lo largo de esos años participé en algunos concursos y exposiciones en Madrid.

La residencia de mayores “El Retorno” al norte de Madrid se construyó a finales de los años ochenta para recibir a los “Niños de la Guerra”, la mayoría de ellos procedentes de Rusia y Latinoamérica, enviados por sus familias para que pudieran pasar la guerra fuera de España. Muchos regresaron con la transición democrática. Allí tuve la oportunidad de pintar un mural alusivo a los distintos destinos del exilio español. La residencia estuvo abierta varios años, pero con el cambio de gobierno de la Comunidad de Madrid, fue cerrada. Hoy es un edificio abandonado en un paraje muy bonito, con muy buenas perspectivas para ser remplazada por una urbanización de lujo.

Para la revista “Síntesis”, me hice cargo de las ilustraciones y diagramación de los distintos números, así como de las portadas de algunas publicaciones de la Asociación para Estudios sobre Temas Iberoamericanos (AIETI), donde trabajé desde 1985 hasta 1992.

A lo largo de estos años he tenido el honor y satisfacción de colaborar en varios números de la Revista Aleph, lo que me ha dado una de las mayores satisfacciones en todos los aspectos, en especial, por poder disfrutar de la grata lectura de artículos de tan alta calidad.


¿Qué museos has frecuentado, y las obras que te sobrecogen en ellos?  Razones

En Madrid es innumerable la cantidad de exposiciones que se ofrecen cada día en galerías y museos. En el Prado he tenido oportunidad de admirar de cerca obras de grandes pintores como Velázquez, precursor del impresionismo; Goya, en especial sus “Caprichos”; Fray Angélico por la magia del Renacimiento que desprenden sus frescos; Bosco, satírico en la riqueza de sus alegorías; Brueghel el Viejo y Caravaggio en sus retratos de claroscuro. Tengo siempre la esperanza de poder acudir con mi maestro Ramón Cascado para que me guíe por sus salas, tan frecuentadas por él.


Pilar González-Gómez, en pintura de Ricardo Gómez-Campuzano (1968)

 

El Museo Thyssen Bornemisza es uno de mis preferidos, por agrupar una de las colecciones más selectas de los pintores impresionistas, con Cézanne a la cabeza, así como la colección de artistas de la época del expresionismo alemán.

Cuando visito el Museo Sorolla, me siento en la casa del abuelo, porque él mandó construir la suya en Bogotá, siguiendo la misma estructura y distribución. La escalera de madera, la luz que penetra desde el techo, el color oscuro de las paredes para dar contraste a luz de los cuadros, los muebles y el estilo pictórico. No falta el jardín rodeando la casa con árboles y plantas, que dan un aire romántico al entorno.

En Bilbao, el Museo de Bellas Artes recoge obras de grandes artistas vascos. Del Museo Guggenheim me gusta mucho la arquitectura del edificio, que armoniza con el cielo gris de la ciudad; y le acompaña “Maman”, la araña gigante de Louise Bourgeois, muy psicoanalítica, por cierto.

Otro de los museos que me han impresionado más es el de Arte Abstracto de Cuenca, por su originalidad en los temas y en las técnicas. Cuando lo visité por primera vez sentí se abría un mundo por descubrir. Alberga obras de artistas como Zóbel, Palazuelo, Canogar, Millares, Saura, Feito, Torner, Muñoz, Chillida, dentro de una ciudad de casas colgadas de cuento, que vale la pena recorrer más de una vez.

Ya fuera de España, para mí Roma es inolvidable. Es arte en cada rincón de la ciudad. La visité en una época de fascinación por la escultura. Disfruté de obras imponentes desde la Roma antigua inspirada en la tradición estética griega, con esculturas maravillosas de Miguel Ángel y Bernini… Y en la Florencia de Leonardo, recorriendo la ciudad con sus puentes, la Catedral original de Santa María del Fiore, la famosa Cúpula de Brunelleschi, y la Puerta del Paraíso del Baptisterio de Ghiberti.   Recuerdo que estando en un congreso en Ámsterdam nos invitaron a un coctel que se celebró en una de las salas del Rijksmuseum. Entre la emoción y el temor ante el privilegio de estar en un espacio tan valioso, rodeados de obras de magníficos pintores. En ese viaje disfruté admirando la pintura de Rembrandt, genio del claroscuro y retratista fascinante.

 

– En el momento actual de tu vida, ¿cómo aprecias el movimiento cultural e intelectual de España en particular, con referencia a otros países de Europa?  Y ¿cómo observas el acontecer de Latinoamérica en especial de nuestra común Colombia?

No sigo de cerca los movimientos culturales en España como lo hacía hace 30 años. Entonces notaba ebullición en el arte, la música del momento, el cine y el teatro de calidad desigual.  En los años 80 había un ambiente de alegría y optimismo, dentro de la precariedad económica y social en que estaba el país en los primeros años de democracia, que en algunos aspectos seguía con retraso el ritmo de otros países. Con el ingreso en la Unión Europea, España dio un salto muy rápido hacia la modernidad, y los cambios se evidenciaron en ámbitos como la salud y el trabajo, con una mejora notable en lo que se conoce como “Estado de Bienestar”.  España, y en particular Madrid, siempre ha tenido una especial vida en la calle.  Los teatros, los auditorios y las salas de arte tienen concurrencia de público de todos los lugares. Fue una época feliz en la que viví con intensidad el mundo del teatro por la gran afición de mi abuelo, y por la posibilidad de disfrutar viendo tanto arte en museos y exposiciones. Hoy en día se siguen celebrando eventos relevantes como “Arco” -la Feria Internacional de Arte contemporáneo más grande a nivel internacional- a la que acudía cada año; la Feria del Libro de Madrid, en el parque del Retiro, una de las más clásicas desde 1933, una “fiesta” obligada, y la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión en el Paseo de Recoletos y en la Cuesta de Moyano, a la espera todos los años de la visita de Livia González y Carlos-Enrique Ruiz. Los festivales de teatro de Almagro, con su precioso Corral de Comedias entre otros espacios históricos, conocido a nivel internacional, que vale la pena visitar; el Festival de Teatro Clásico, con el escenario incomparable del Teatro Romano de Mérida. En cuanto a la música, siempre hay numeroso público en conciertos de música clásica. El auge de grandes eventos multitudinarios de música popular llena salas, estadios y plazas públicas.

Mi profesora de arte Teresa Muñiz, amante y escritora de poesía, me llama cuando hay algún evento, como fue la presentación del libro “Queda la palabra Yo”, Antología de poetas colombianas actuales, celebrada en el Instituto Cervantes. Hoy en día las expresiones artísticas en muchos ámbitos se hacen más en las calles. Para mí son demasiados estímulos en una urbe ya sobrecargada de “prisas de llegar a no sé dónde….”,  como comienza un pensamiento poético de mi querido Pepe Cánovas.

Cuando tengo la oportunidad, también visito algunas muestras de arte digital en pintura y fotografía. Estas técnicas se me dan mal, pero veo con admiración cómo se forman los artistas noveles a través de la observación de los procesos empleados en la creación de una obra por otros artistas. En este y en otros campos como las ciencias, las nuevas tecnologías han dado pasos de gigante. Recuerdo por los años setenta, cuando mi padre pensaba insistentemente en que se debería poder grabar a los mejores profesores, para que todos los alumnos se beneficiaran de ese aprendizaje. También se imaginaba las técnicas que hoy permiten hacer un máster y aprender todas las artes por internet.

En cuanto a la vida cultural en Europa, hemos sido privilegiados al haber podido viajar en la juventud, cuando no existían las aglomeraciones actuales. Este es un tiempo ideal para realizar las visitas virtuales a los museos, lo que las tecnologías ahora sí nos permiten, para admirar los detalles sin sufrir pisotones, o no poder acceder a una obra por exceso de visitantes. Creo que, si hay oportunidad, mis futuros viajes serán para recorrer los espacios urbanos, la arquitectura, ver los monumentos, y los espacios naturales. Me parece que la globalización de la cultura como acceso al conocimiento, es un avance magnífico. No creo que todo el mundo tenga que ocupar determinados espacios, museos y monumentos cuando no se sabe guardar el respeto y consideración debidos, requisito que debería exigirse a todos los visitantes. Y si estuviera en mi poder, el famoso que se ha hecho un “selfi” para convocar multitudes, estaría prohibido en los museos y galerías. Cuando nuestro abuelo José Prat lamentaba la “plebeyización” de la sociedad, no lo hacía en términos de discriminación social o económica, sino en este sentido que no distingue el bolsillo, pero sí apela al civismo, a la educación básica, al deber de convivencia y respeto por los demás. Esto me hace recordar que viajando por Colombia a lugares recónditos como La Cocha en Nariño o por El Patía en Cauca, las personas más sencillas y humildes tenían una educación exquisita. Como dicen que dijo Chesterton a Fernando de los Ríos: “Qué cultos son estos analfabetos”.

De Colombia hoy, sólo puedo decir que cuando nos encomendamos a los dioses del Olimpo cada vez que ocurre una tragedia en el país, y la comentamos con Carlos-Enrique Ruiz, nunca falta esperanza de que consiga finalmente llevar a buen término este complejo Proceso de Paz, del que se han dado los primeros y trascendentales pasos, con el Presidente Santos y Humberto de La Calle, quien lideró con éxito el Equipo Negociador del Gobierno. No dejo de confiar en que, a pesar de las fuertes mareas, Colombia saldrá adelante. En España se sigue con interés el proceso.

Se conoce menos de lo que me gustaría sobre la riqueza cultural y gran actividad de Colombia en ese ámbito. Ahora empieza a moverse más en la literatura, y en el arte. Se da una buena cobertura del “Hay Festival” de Cartagena de Indias, el Festival de Cine y La Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Desde una mirada un poco más prosaica y tal vez anticuada, las telenovelas colombianas, aquí llamadas de forma despectiva “culebrones”, son de alguna manera las grandes pioneras de las series actuales, de gran éxito mundial. Las telenovelas, además de darnos grandes lecciones sobre la vida misma, son fuente privilegiada para conocer maravillosos lugares y riquezas naturales de los países latinoamericanos.  Hay que reconocer que México aprovecha mejor que Colombia estos espacios, para promover el turismo y hacer una buena publicidad de sus paisajes y sus productos.

 

En qué momento y por qué razones decides estudiar Psicología? ¿Cómo recuerdas el ambiente de universidad que te tocó, y los profesores que más influyeron en el proceso de tu formación?

Al iniciar el curso de 4º de bachillerato en el Colegio Helvetia, el profesor encargado nos reunió para informarnos sobre un cambio muy importante en el programa a partir del curso al que entraba yo: cada uno tendría que elegir entre bachillerato de Letras o de Ciencias, y nos daban dos horas para pensarlo. Recuerdo el tremendo conflicto en el que me encontraba. Aunque me inclinaba por Letras, mis amigos de siempre se decantaban por las Ciencias. Los “buenos estudiantes” elegían Ciencias y los “vagos” iban a Letras. Suponía que volver a casa a decirle a mi padre que había elegido Letras, para satisfacción de mi abuelo, hubiese sido para él una herida difícil de curar. Mi carácter, en contraste con el de nuestro padre, me hubiese impedido defender mi posición, y yo misma ignoraba por completo hacia dónde guiar mis pasos cuando terminara 6º de bachillerato. Y así ocurrió cuando llegó la hora de elegir carrera. Siendo Bellas Artes la que me hubiese gustado cursar, sabía que tendría demasiados elementos en contra, pues para mi padre era una profesión demasiado bohemia. Con dos hermanos mayores estudiantes exitosos de Medicina, el contraste era grande y difícil de sostener.

Me decanté por la Psicología, más afín al deseo paterno. Los primeros años de carrera en la Facultad de Artes y Ciencias, en la Universidad de los Andes a la que pertenecía el Departamento de Psicología, fueron áridos con varias materias de matemáticas. Me sorprendió aprobarlas con facilidad, tras haberlas sufrido en el colegio con notas muy mediocres. Sí recuerdo que me costó mucho esfuerzo aprobar la estadística.

En cambio, amenizaron las materias complementarias. Daba gusto escuchar a Abelardo Forero Benavides contándonos la Historia Contemporánea con anécdotas sobre la reina Victoria y las Guerras Mundiales; disfruté de las clases de iniciación al alemán con Fräulein Stoffel, y en especial, los campeonatos de ping-pong. Pertenecí durante una temporada al coro de los Andes, hasta que la directora, Amalia Samper, me invitó a irme (dejarlo) porque no se alcanzaba a oír mi voz.

La materia de Psicofarmacología con el Dr. Gerardo González, también profesor de las Universidades Nacional y del Rosario, fue memorable. Era una persona singular, con sentido del humor, a quien había que prestar mucha atención, en especial a sus chistes, porque ahí estaba alguna respuesta del examen. Recuerdo también al Dr. Alberto Ferguson, un buen profesor de Psicoanálisis. La llegada de otros profesores en el área de Psicología Clínica, mi elección en los tres últimos años, cambió la formación conductista de aprendizaje programado, con sesiones interminables de investigación con animales, por libros y artículos que nos abrieron el panorama a otras escuelas. Fue una época de transición hacia orientaciones más “humanistas” en psicoterapia.

Al final de la carrera, con la que fue mi compañera de tesis durante dos años, María-Cecilia Larrañaga, presentamos una propuesta para la creación de un centro de asistencia psicológica para alumnos, profesores y personal de la Universidad. No era una tesis convencional, y tuvo al principio bastante oposición dentro del departamento, por no considerar viable iniciar un servicio de estas características para toda la universidad. El rector Ramón de Zubiría intervino para hacerlo posible, ya que los datos justificaban su existencia. Nos ofrecimos a continuarlo a pesar de habernos graduado, pero no hizo falta, porque otros compañeros continuaron con el proyecto, y el centro se hizo realidad al año siguiente.

 

¿De qué manera comienzas a ejercer tu profesión de Psicología Clínica, y cuál su desarrollo?

En el último año de carrera en 1979, hice las prácticas en Psicología Clínica en el Hospital Infantil Lorencita Villegas de Santos de Bogotá. Atendíamos consultas externas de los niños y sus familias. Y en él Área de Hospitalización, junto el Dr. Ricardo Di Domenico, estudiante de Medicina de la Universidad del Rosario que rotaba entonces en Pediatría, desarrollamos un programa de títeres para el manejo psicológico del dolor en niños quemados. Se trataba de ayudarles en los procedimientos de los baños y las curaciones, en los cuales la medicación no era suficiente para aliviar el dolor. Fue una experiencia de la que siempre estaré agradecida al Director del Hospital, Dr. Hernando Castro, por permitirnos probar esta técnica en el Pabellón de Quemados con buenos resultados para los niños, sometidos todos los días a las temidas curaciones.

Al tiempo de esas prácticas, la Dra. Silvia Murillo Castaño me dio la oportunidad de aprender en su consultorio de Psicología Infantil las técnicas de evaluación, diagnóstico y tratamiento en problemas de aprendizaje y emocionales.  En el año 1982, trabajé durante tres años como psicóloga con los pacientes hospitalizados en la Clínica Infantil Colsubsidio de Bogotá, tras una breve estancia en prácticas con niños en el Hospital de Yale, New Haven. En Colsubsidio me hice cargo de las interconsultas con los niños hospitalizados, y del diseño y aplicación del programa de vídeo y juegos de preparación psicológica para cirugías. En esta clínica, el “hospitalismo” que descubrió René Spitz ocurría al revés: los niños no querían volver a sus casas porque tenían TV con películas, las enfermeras y las cocineras amorosas les llevaban comidas y onces, tenían recreación, juegos, libros, y los padres recibían también atención especial.

Cuando se incorporó otra compañera al departamento en el turno de tarde, abrí un consultorio privado para evaluación y terapia con niños.

En el año 1985 fijé mi residencia en Madrid, pensando en principio en hacer el doctorado. Las circunstancias, en gran parte deseos personales, me llevaron a dedicar tiempo al dibujo y la pintura. Mis maestros excepcionales y generosos, con quienes guardo entrañable amistad, marcaron mis pasos durante esos años en que dividía mi jornada entre la pintura y la actividad de documentación en AIETI, que ya mencioné, donde pasé varios años muy gratos. Durante una etapa de trabajo en una empresa como Psicóloga de Selección y Formación, emprendí mi Máster en Terapia Cognitivo Conductual a distancia. Y a partir de 1995 abrimos con mi hermana Isabel el consultorio de Psicoanálisis y Psicoterapia. Durante estos años hasta el final de la primera década del 2000 completé estudios de Psicoanálisis en la Escuela de Psicoanálisis de Niños y Adolescentes de Madrid, preparación que me ayuda mucho para la comprensión y realización de mi trabajo con los pacientes. 

El interés por el dibujo y la pintura siempre ocupan un lugar muy importante en mi vida, y probablemente me asisten en mi trabajo como psicóloga de una forma que no sabría cómo explicar.

 

– ¿Cómo aprecias o valoras la obra de Sigmund Freud, y de sus discípulos, incluso de algunos de ellos contradictores, como en el caso de Jung? 

Freud ha dejado una obra extraordinaria, con amplia repercusión en muchos ámbitos, en especial durante el siglo XX.  Sabía que su Teoría Psicoanalítica abordaba asuntos considerados tabú, por lo que despertaría gran polémica y generaría mucha oposición, incluso entre sus seguidores.   De todos ellos dejó abierto el campo para ampliación o revisión.  Freud mismo reconoció su dificultad o incapacidad para estudiar en profundidad temas como el de la mujer. Pero es indudable el inmenso aporte del Psicoanálisis a la comprensión psicológica, tanto de los procesos humanos normales como patológicos. Está presente en las técnicas actuales de psicoterapia y otros enfoques psicológicos, así como en los campos de Neurociencias y de Psiquiatría, porque también la teoría y la aplicación del Psicoanálisis ha evolucionado con los tiempos.

Otro valor de Freud en el campo de la Psicología Social y la Antropología está plasmado en sus interpretaciones psicoanalíticas sobre el arte, la mitología, las religiones, el liderazgo social -como analiza Steiner en las obras freudianas “El malestar en la cultura” y “Más allá del principio del placer”-. El amor y la muerte, los “dioses” que gobiernan y entran en conflicto dentro de nuestro ser, son fuerzas con las que tenemos que lidiar en la vida cotidiana, en el trabajo terapéutico, y en la vida en colectividad.

Freud basó el fin del análisis, no solo en hacer consciente lo inconsciente, sino en hacerse cargo, cada persona, de lo que le corresponde. La responsabilidad personal por nuestros actos, como fenómeno social, cobra gran significación en la guerra y el holocausto judío. Lo analiza en “Psicología de las masas y análisis del yo”, obra que estudia en profundidad la obediencia ciega a un líder, que resume bien Hannah Arendt con su frase “La banalidad del mal”.

A Jung, uno de los discípulos y compañeros a quien Freud estimaba, no lo he estudiado con profundidad. Su apoyo absoluto a los principales planteamientos

teóricos del psicoanálisis le llevó a asumir el cargo de Presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional en Suiza durante cuatro años. Más tarde, sus discrepancias en aspectos científicos y personales lo llevarían a renunciar.

En cuanto a la concepción Junguiana de los Arquetipos o Inconsciente Colectivo Universal como la marca de especie compartida por todos, Jung daba valor trascendental a las religiones.  Steiner equipara este concepto al del “pecado original” de la religión católica.

Freud remite los contenidos arcaicos al Inconsciente Individual, incluyendo las influencias de las relaciones previas, y no los considera un Inconsciente Colectivo Universal.

Su aportación en “Tótem y Tabú” a la importancia clave de la figura del Padre, representante de la Ley, la función paterna, para Jung no era significativa. Un desacuerdo fundamental, que señala Steiner, se dio en lo que cada uno consideró la tarea principal de Psicoanálisis: mientras Freud se proponía eliminar las “ilusiones infantiles” de la religión, Jung presentaba la religión y las creencias como el elemento fundamental que el Psicoanálisis debería recuperar, con su dosis necesaria de “santidad animal…propósito de la religión clásica”.   Este desencuentro se añadió a diferencias importantes en cuanto la teoría y la terapia psicoanalíticas, y se tornó en enemistad, en la que pudo influir la posición antisemita de Jung.

 

– Respecto a Freud interesante considerar el análisis que hace George Steiner en su libro “Nostalgia del absoluto” al ocuparse en cinco conferencias pronunciadas en la radio de Canadá, en especial en la intitulada “Viajes al interior”. Todas ellas en el marco de considerar como especie de “mesías seculares” tanto a Freud como a Marx y a Levi-Strauss. Con una última intervención sobre el tema de la Ciencia, en el sentido de considerar si la verdad tiene futuro.

Admiro a Steiner como filósofo brillante y crítico literario. He leído algunas de sus obras, pero no me considero en capacidad de opinar con autoridad sobre sus planteamientos, por lo que estas son humildes apreciaciones personales. Sus tesis en “Nostalgia del Absoluto” tienen especial significación en nuestra época, en que el motor de la Humanidad funciona con esa necesidad de encontrar algo que nos dé una sensación de certeza, más allá de lo inmediato. Quisiéramos tener el régimen perfecto, que nos procure seguridad; la riqueza y la justicia, la religión y las ciencias perfectas que nos salven y garanticen la inmortalidad. Estas ideas cobran mayor sentido de acuerdo con el momento histórico y social. La época y la cultura marcan en muchos aspectos lo que se considera la “normalidad” y la “patología”. En este sentido, me pregunto por la premisa que expone George Steiner para rebatir su estatuto científico, de que “el psicoanálisis casi inventa sus necesarios pacientes”. He estudiado a Freud desde su condición de gran neurólogo. En sus investigaciones en el campo de la psicología siempre tuvo presentes las redes neuronales y las funciones de distintas áreas cerebrales. Me parecía que, de no abandonar su trabajo en este campo, seguramente hubiese tenido también un lugar de honor. Durante su práctica como médico especialista observó a pacientes, en su mayoría mujeres, con parálisis y otras afecciones cuyos síntomas obedecían aparentemente a causa neurológica, pero no respondían a tratamientos convencionales. Intentando entender el origen, aplicó métodos novedosos y constató, con sus colegas, que los pacientes mejoraban. Siendo un extraordinario científico, tuvo la valentía de adentrase por tierras movedizas de la Psicología, con una Teoría Psicoanalítica que no dejó indiferente a nadie en aquella época. Hablamos de la sociedad vienesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, topando claro, con el tabú del sexo, y con la religión. Aun así, Freud fue siempre respetuoso de las creencias de sus pacientes, conocedor de la necesidad de las mismas para algunos de ellos.

Desde el siglo pasado son innumerables los escritos de distintas orientaciones dedicados a cuestionar al Psicoanálisis en sus principios teóricos, y a atacar los tratamientos psicoanalíticos. Freud sostenía la difícil posición entre la medicina y la filosofía4.

En pleno desarrollo de la Teoría y de sus conceptos principales, la medicina lo consideraba un sistema especulativo y la filosofía lo juzgaba inaceptable, según sus propias premisas. Pero como le dijo a su compañero Fliess en 18915, él no estaba en absoluto «dispuesto a mantener lo psicológico en suspenso sin una base orgánica». Pero daría primacía a la dimensión psicológica del funcionamiento mental, la interacción mente-cuerpo: la primacía no significaba el monopolio. Y en 1930, teniendo en cuenta esta posición, el Dr. Alfons Paquet le otorgó el Premio Goethe por “su aporte a la ciencia y al conocimiento del Hombre”. Le daba un lugar en la universalidad del espíritu, junto a Goethe y Leonardo Da Vinci. “Con el método estricto de las Ciencias de la Naturaleza, y al mismo tiempo interpretando con osadía los símiles acuñados por sus creadores literarios, Sigmund Freud ha abierto el acceso a las fuerzas impulsoras del alma, y así hizo posible reconocer la emergencia y construcción de formas culturales y de curar algunas de sus dolencias. El Psicoanálisis no solo conmovió y enriqueció la ciencia médica, sino también el mundo mental del artista y del sacerdote, del historiador y del educador6”.

Pilar con su abuelo, el humanista José Prat, en caminata por “El Retiro”

Si nos situamos en la actualidad, el último y voluminoso “Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales”DSM-5, de amplia aplicación en el campo de la psiquiatría y la psicología, adapta a categorías delimitadas y pormenorizadas todos los trastornos mentales, asegurándose de eliminar de su terminología cualquier referencia psicoanalítica. Esta categorización “cuantitativa” del psiquismo puede dar impresión de seguridad sobre el rigor científico. El Manual también está consiguiendo que ya casi todos encajemos en un diagnóstico de trastorno mental, a través de la “patologización” de cualquier situación vital, en niños y adultos, por ejemplo, muchos casos de hiperactividad o de duelo7. Esto conlleva un aumento de tratamientos médicos y farmacológicos innecesarios, ignoro si guiados por factores distintos al estrictamente de salud. Me pregunto si en este caso podríamos considerar también, como dice el Profesor Steiner con respecto al Psicoanálisis, que el DSM inventa sus necesarios pacientes.

Tengo la impresión de que la consideración del Psicoanálisis como “pseudo-ciencia” afectaría también a la práctica de la Psiquiatría y la Psicología Clínica, teniendo en cuenta importantes bases propuestas por el Psicoanálisis sobre las que se apoyan muchas teorías y la labor psicoterapéutica actuales. Ni el Psicoanálisis ni siquiera las terapias cognitivo-conductuales pueden adaptarse por completo al modelo de una Ciencia Exacta. Ya Freud advirtió en “Análisis Profano”8, que “plantear una cuestión de Física o Química haría callar a los no expertos en estas materias. Pero una afirmación sobre Psicología suscitaría todo tipo de juicios a favor o en contra, al considerar que no hacen falta conocimientos especiales. Tener una vida anímica parece suponer que todos somos psicólogos y podemos opinar como expertos.”

En cuanto a la idea que propone George Steiner, de que el Psicoanálisis es una pos-teología con estructura mitológica, personalmente me ha atraído siempre el “recurso” de Freud de utilizar los mitos griegos de Edipo y Narciso para explicar fenómenos de la maduración en la evolución intrapsíquica e intersubjetiva.  Aclara dos etapas fundamentales del desarrollo individual y social de los seres humanos, ampliamente plasmadas en las Tragedias Griegas, y de ahí en adelante en la Literatura Universal, reflejo de nuestra condición biológica, psíquica y social. Y nos ayuda a comprender las repercusiones que sobre esa condición han supuesto los grandes cambios tecnológicos, científicos, socioeconómicos y culturales de las últimas décadas en los seres humanos.

A propósito de la Teología, me llamó siempre la atención la presencia relevante de la comunidad Jesuita en Colombia y en España, tanto en el área de Psiquiatría de la Facultad de Medicina, como la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana en Bogotá; y en la Universidad de Comillas, hoy en día con gran prestigio en los estudios de Psicoanálisis y Psicoterapia Psicoanalítica, por supuesto adaptados por excelentes profesionales médicos y psicólogos a los tiempos y sociedades modernas.

Como reflexión sobre la verdad y nuestra tarea en el siglo XXI, se nos presentan grandes obstáculos en el trabajo terapéutico en los actuales “tiempos líquidos” llamados así por Bauman, que obedecen por una parte a la infantilizaciónde una parte importante de la sociedad. En esta, la inflamación de la omnipotencia, del narcisismo, se agudiza en las redes sociales, que mantienen en esa burbuja protegida la ilusión de que todo es posible, donde el tiempo no existe. La renuncia básica nos remite a la idea de la muerte, innombrable.  Como bien nos ilustra en este y otros temas el Dr. Orlando Mejía Rivera9, La Ciencia y la Tecnología pueden “parar” el tiempo, con las cirugías y otros tratamientos para una eterna juventud, e incluso existe la expectativa de volver a la vida por la criogenización. La inteligencia artificial permite diseñar robots que lleguen a tener emociones como los seres humanos. En este sentido no sabemos bajo qué premisas se van a programar estos cerebros, qué valores y qué verdades serán las válidas. Y, como vaticinaba Stephen Hawking, si pueden llegar a destruir al género humano.

Constatamos cómo se ha difuminado la llamada Función Paterna por el Psicoanálisis, representante de la Ley, que nos advierte que no podemos hacer y tener todo. La pérdida del valor de la palabra y del sentido de la verdad se hacen evidentes hoy, empezando por nuestros políticos. A juzgar por los que tenemos hoy en día, podríamos decir que los elegimos a pesar de saber que nos mienten.

La base de nuestro trabajo con los pacientes es la búsqueda de la verdad y la asunción de responsabilidad sobre aquello que decimos y hacemos. El instrumento de trabajo es la palabra y su sentido. Si cabe un concepto y el contrario en el mismo espacio, estamos generando confusión. Los mensajes contradictorios tienen a la larga efecto psicotizante. A nivel social fomentan el borreguismo, la obediencia dócil a un líder que manipula emociones, en ausencia de razón y responsabilidad de quienes le siguen.  Con este panorama, el trabajo dirigido a que cada persona piense y decida como individuo, y a la vez miembro activo de la sociedad, supone hoy una ardua labor que espero se pueda llevar adelante.

 

En tu hábito de buena lectora, cómo ha sido el proceso de abordar libros. ¿Cuál el recuerdo de tus primeras lecturas?  ¿Qué libros y qué autores te han marcado en la vida, por la naturaleza de las obras o por las personalidades de los autores?

Los libros han estado presentes, por suerte, desde que nacimos. Hace algunos años recibí un mensaje de correo electrónico, en el que se podía saber a través de una combinación de números de las fechas de nacimiento, qué identidad habíamos tenido en otras vidas. Esto me intrigó, y haciendo los debidos cálculos, coincidimos Pepe Cánovas, mi marido, y yo en que habíamos sido bibliotecarios del siglo XI en Oriente Medio. No sé si se ajuste en el caso de Pepe, pero haciendo cuentas, durante mi vida me he encargado de hacer la donación, previa selección , de varias bibliotecas: la de la casa de La Soledad de nuestro abuelo, la de los libros de  Medicina de mi padre que se llevó a la Clínica Infantil Colsubsidio, la de nuestro abuelo de Madrid, que tras su muerte se donó en parte a la Universidad Complutense, y otra parte documental a la Fundación Largo Caballero en Madrid. 

La de Pepe Cánovas, tras el cambio de domicilio, se donó a una librería del centro de Madrid, y la última de sus libros sobre judaísmo y el Holocausto que él valoraba mucho, donada al Centro Sefarad, hace un año y medio.

Desde la infancia recuerdo leer muchos libros de cuentos infantiles con ilustraciones, de colorearlos si había oportunidad, como “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne; los “Cuentos del Norte”, con temas y personajes extraños, algunos con finales desconcertantes, más al estilo de las fábulas. Me aficioné a estas últimas, cuando, con 8 o 9 años tuve que guardar reposo durante unas vacaciones por una hepatitis.  Mi padre me leía algunas tardes. Me encantaba escucharle leer “El cuervo y el zorro” de La Fontaine. Aún resuena su voz vocalizando muy bien las palabras, con su acento español que nunca le abandonó. Las fábulas me han servido como magnífico material en el trabajo terapéutico. “Alicia en el país de las maravillas” y “El pájaro azul” fueron regalos preciados. Teníamos un libro de pasta amarilla dura, del cual no recuerdo el título, que relataba con muchas ilustraciones historias de personajes de distintas épocas, como Atila, Escipión el Africano, Lawrence de Arabia, Maximiliano de México, María Antonieta, y otros muchos personajes con los que me familiarizaba antes de estudiar historia. Por influencia del colegio, tuve que leer obras de autores franceses en el bachillerato, como Zola, Balzac, Flaubert, Saint Exupery, Voltaire, quizás con menos provecho por ser obligada la lectura en francés, lo que dificultaba terminar a tiempo. Aprendí y disfruté más los poemas de Verlaine, Apollinaire, Prévert, Constant, Valéry. También recuerdo aprender el ingenioso poema “A Cyrano de Bergerac” de Edmundo Rostand. 

Me fascinó por primera vez la clase de Historia Universal al escuchar “La Odisea”, relatada a su manera por un compañero de clase que tenía que leerla como trabajo final, y nos iba dosificando los capítulos. Esto facilitó más tarde la lectura obligatoria de los clásicos griegos, que por influencia de mi abuelo conseguí leer, ya que tenía toda la colección.  Debo reconocer que fue uno de los temas que más me gustaron de la literatura.

En bachillerato también me facilitó la lectura el “El Quijote”, escuchar las historias amenas que inventaban otros compañeros de clase hablando en castellano antiguo. Cuando faltaba tiempo, acudía a uno de los cientos de libros de consulta de la biblioteca de mi abuelo, para leer el argumento y los personajes. Los clásicos españoles como “La vida es sueño”, “Fuenteovejuna”, “La Celestina”, y “El Diablo

Cojuelo”…, los pude disfrutar luego con mi abuelo en España, cuando íbamos al teatro, una de sus pasiones, junto con la zarzuela. Asimismo, tuve la oportunidad de ver con él obras como “Sueño de una Noche de Verano”, y “Hamlet”. Más que leer a Shakespeare, lo descubrí desde el gallinero del teatro Colón, con algunos compañeros de la universidad.

De juventud me impresionó “La Vorágine”, que releí hace unos años en Madrid. Descubrí también la magia de la literatura en la que se muestran los personajes en conflictos internos, como en “Crimen y castigo”, “El jugador” y “El idiota” de Dostoievski, “El Túnel” de Sábato, “El buen salvaje” de Eduardo Caballero Calderón. En aquella época me atrajo Nietzsche, y García Márquez con “El coronel no tiene quien le escriba”, que a pesar de la dureza, me pareció magnífica. Sus otras novelas como las crónicas periodísticas de García Márquez las descubrí mucho más tarde.

Me encantó la poesía de León de Greiff, todo un personaje, que mis abuelos y padres también admiraban. En el colegio nos fomentaron el gusto por la poesía castellana con Guillermo Valencia, Diego Fallon, Neruda, Marroquín, Fray Luis de León, y Santa Teresa de Jesús.

Desde hace años elijo, como lo hace la mayoría de la gente, los libros de acuerdo al momento que estoy viviendo: Humberto Eco e Italo Calvino en viajes por tierras de Cataluña. En los paseos con Pepe por el interior de España me acuerdo que nos acompañaron Fernando Fernán Gómez, Tabuchi, Philipe Claudel, Stefan Zweig, Joseph Roth. En el tiempo de Madrid, Kafka y Camus. Los “libros de viajes” Kaplan y Reverte a tierras remotas, incluida Colombia, en las estancias más largas en el campo murciano, para compensar los colores y la sequía de aquellas tierras. García Márquez y Mutis fueron los autores que mejor acompañaron viajes memorables a Costa Rica con mis hermanos Ana María, Isabel, Enrique y Ana sobrina y ahijada, viajera desde su primer mes de nacida.  Entre las páginas de “Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero”, y “Doce cuentos peregrinos”, recolectábamos hojas y flores de esa hermosa tierra para secar. Y en tiempos de trabajo, las biografías de psicoanalistas como Freud, Mélanie Klein, o Donald Winnicott.

En los últimos años he tenido la suerte de recibir una colección cuidadosamente seleccionada de libros magníficos que me han enviado Livia González y Carlos-Enrique Ruiz.  Me ayudan a no perder el contacto con la historia y el presente de la querida y añorada Colombia, desde la valiosa perspectiva de profesores y especialistas de talla universal. Cuento entre ellos con textos de Darío Valencia Restrepo, William Ospina, Jorge Orlando Melo, Orlando Mejía Rivera, Octavio Escobar Giraldo, Carlos-Enrique Ruiz, Marta Cecilia Betancur, Carlos Alberto Ospina, Carlos Gaviria, Héctor Abad Faciolince, y muchos otros.  Disfruto de las sugerencias de lecturas para información y documentación, entre las que destacan las columnas periodísticas de Carlos-Enrique Ruiz en “La Patria” y las del Dr. Wasserman en “El Tiempo”, con su fino sentido del humor. La ilusión de cada trimestre es recibir la revista Aleph con artículos de tantos colaboradores excelsos.

Echando el tiempo atrás, vuelvo a recordar la visita de dos maestros de la poesía, como Carlos-Enrique Ruiz y Fernando Charry-Lara, en el despacho de nuestro abuelo, estando Ana María aún en Madrid, y llevándolos en un pequeño tour por la ciudad, con visitas al Ateneo y al Senado.

 

– ¿Cómo recuerdas a Pepe Cánovas (1935-2018), en tu relación personal y en la formación y trayectoria profesional de él; además como lector y como escritor de una forma muy especial de poesía, con el gusto por declamarla? Interesante que testimonies con una semblanza de él.

Aparece en este recuerdo como testimonio de otro encuentro memorable en “Casa Domingo” en la calle Alcalá, cenando juntos Livia, Carlos-Enrique, Pepe y yo. No nos habíamos casado aún. De esto hace más de veinte años. Algún tiempo después, en otra visita a Madrid disfrutamos los cuatro una velada en “Lhardy”, uno de los restaurantes más clásicos de Madrid.

Cuando nos conocimos, lo que más le llamaba la atención a Pepe era mi manera de hablar. Me pedía que repitiera palabras que sólo había escuchado cuando era pequeño en Murcia, o que ya no se usan en el resto de España. Con el tiempo se dio cuenta de la cantidad de términos y expresiones que se conservan en Hispanoamérica, y la importancia que se le da al idioma en Colombia. Lo dijo un día en el auto cuando salíamos a pasear, y no debía estar muy contento con su tierra: “Lo único que ha hecho bien España es el idioma, la lengua que hablamos aquí y en América es nuestra identidad».

Muy orgulloso de haber nacido en el Puerto de Mazarrón, que no en Murcia, le gustaba cuando en invierno mirábamos llegar al Puerto los barcos pesqueros rodeados de gaviotas que los acompañaban en el trayecto de vuelta. Pero su inquietud le llevaba a salir a recorrer las calles y recovecos, porque siempre fue un urbanita, y el campo y la playa le cansaban pronto. Enemigo de los aeropuertos por su carácter nervioso, desistimos de viajes aéreos y nos dedicábamos algunos días de vacaciones a visitar ciudades de España por carretera, realizando tramos cortos. Como copiloto, pues no conducía, hacía de disquiyoy como llamaba a los “Disk jockey”; se encargaba de poner la música, casi siempre de jazz, su gran debilidad; de recitarme poemas, y de marcar las pausas para bajar a descansar en el trayecto.


Pepe Cánovas, en retrato de Pilar González-Gómez

Disciplinado en su ejercicio físico diario, cuando dejó de ir al gimnasio cada día después de 30 años ininterrumpidos, Madrid era su ciudad. Le gustaba recorrerla a pie por las mañanas y por las tardes, haciendo algunos trayectos en transporte público, que conocía bien. Los fines de semana, salíamos con el auto, para conocer los alrededores, o repasar algunos de sus barrios preferidos. Durante los paseos, charlábamos mucho, me contaba anécdotas, o comentaba sobre los barrios y los edificios que íbamos viendo. Sabía qué apartamentos estaban en venta, y los que estaban tardando en alquilarse, pues le había quedado esa costumbre de fijarse en esos detalles de la ciudad en que no reparamos los demás, después de trabajar más de veinte años en una empresa constructora e inmobiliaria. Creo que trabajó a gusto durante 23 años como jefe de la Asesoría Jurídica de la empresa, responsabilidad que le dieron muy pronto por sus conocimientos.

Tras dejar la empresa, porque, nos contaba, al cambiar de director y de horarios le quitaron la siesta, se dedicó de forma exclusiva a su labor como preparador de notarios. Fue para él su experiencia más satisfactoria, en la que obtuvo el reconocimiento de sus alumnos y del Ministerio de Justicia. Más que un preparador, Pepe cuidaba de sus alumnos como si fuese su entrenador y consejero. Se ocupaba de que estuvieran bien en todos los ámbitos de su vida, ya que sabía que de esas condiciones dependía en gran parte que pudieran aguantar esta carrera de resistencia, que duraba en promedio 6 años, en una etapa muy importante de su juventud. Comentábamos, porque él lo sufrió, lo absurdo que es pasar tanto tiempo encerrado en un cuarto aprendiendo de memoria el Código Civil, requisito previo para pasar a resolver el Dictamen, la prueba real de conocimientos. Era un problema complejo del Derecho, para el que se daban varias horas y libertad de usar todos los textos, pues se trataba de poner en práctica todo lo que se sabía en ese campo, sin necesidad de recitar o “cantar” los temas.

Durante las sesiones en que venían a “cantar”, decía que no prestaba atención, pero más de una vez me comentaba de su alumno estrella “hoy lo he pillado en dos errores, y no me explico cómo”. Sabía tan bien todos los temas, que su cerebro podía dormitar en atención flotante hasta que la alarma sonaba automáticamente. Cuando tenía que llamarme al celular, su regla mnemotécnica para acordarse de los nueve números eran tres artículos del Código Civil: “Donaciones, sustituciones fideicomisarias, tutela”. Era divertido ver la cara del vendedor de la librería, cuando pedía el número del móvil al reservar un libro, y Pepe se lo daba de esa manera.

Por lo que conocí de sus recuerdos, fue un gran estudiante, pero con altibajos en su estado de ánimo. Durante esa época vivió en pensiones en Valencia y en Madrid, algunas ocasiones, con un par de amigos también opositores. Debían de ser bastante particulares, porque los propietarios terminaban echándoles.

Para Pepe Cánovas la mayor felicidad era ir a las librerías a comprar libros, y a la tienda de música para llevarse todos los discos de jazz que le llamaban la atención ese día, aunque más de una vez repetía. Los sábados revisaba los suplementos literarios de la prensa, las novedades, y las anotaba en un papelito que iba siempre arrugado en su bolsillo. Pero no se olvidaba, y así iba creciendo la biblioteca, que se renovó un par de veces porque a Pepe le gustaba comprar y leer libros sin preocuparse por el espacio. Como señalé antes, al cambiarnos de barrio, el dueño de una librería del centro vino a llevarse con todo gusto la biblioteca, aunque rescaté algunos para mi lectura posterior.

Entre los autores que siempre elegía estaba de fondo el pensamiento de Kafka, Nietzsche y Zweig. Y siempre tuvo en su mesa de noche a Cioran, las novelas maravillosas de Joseph Roth y “El hombre sin atributos” de Musil, que no conseguía terminar. Le gustaba mucho leer los cuentos de Dickens y de Poe, y entre los americanos elegía a Faulkner, Cheever, Capote, Miller, Gore Vidal.  Tuvo afición por biografías y memorias, en especial de políticos y de intelectuales judíos; y me regalaba novelas de Irene Nemirovsky y Sándor Marai.

Le atraían también las obras de los autores rusos como Chejov, Tolstoi y Gorki. A Shakespeare y a Cervantes que me confesaba, los iba a reservar para más adelante. En contraste, los libros de poemas con autores como Neruda, Gabriela Mistral, Guillén, toda la Generación del 27, estaban rotos de tanto leerlos. Tenía siempre para lectura de entretenimiento a Simenon, Agatha Christie, Mankell, o Donna León.  Le gustaron muchos autores latinoamericanos entre otros García Márquez, Bolaños, Julio Ramón Ribeyro. Le interesaba Latinoamérica en el plano sociopolítico, y le generaba inquietud la situación de la seguridad y los problemas de guerrillas y narcotráfico, como es el caso de México, del que buscaba conocer y entender la complejidad de la violencia que azota al país.

Uno de los temas que más le apasionaban era la historia crítica de las religiones, el cristianismo, el islam, el judaísmo y las sectas. Su enorme interés por leer todo lo que cayera en sus manos sobre las religiones tenía el sentido de búsqueda de esa fe que él envidiaba de los creyentes que asistían a la iglesia sin ninguna duda en sus consciencias. Seguro hubiese apreciado leer la obra “La Muerte y sus símbolos” del Dr. Orlando Mejía Rivera. “Somos muertos a término”, decía Pepe, mientras trataba con insistencia y con la ayuda de la poesía, de encontrar un sentido de la vida y de la muerte. La lectura de Salvador Pániker le acompañaba en esta búsqueda, con la obsesión de que alguna vez se aprobara la ley de eutanasia en España. Pero a diferencia de Pániker, que era creyente, Pepe era como el Sr. Crick del que hablaba el autor en su libro “Variaciones 95”: “El señor Crick es un reduccionista feroz que ha dicho que la creencia en la existencia de Dios se debe a unas peligrosas moléculas mutantes que él denomina teotoxinas10.

Y desde otras perspectivas de la vida y la muerte, se interesó por el inconsciente con Schopenhauer, Freud y Erich Fromm.

William Styron en “Esa visible oscuridad: memoria de la locura” era el texto que mejor le ayudaba a Pepe a entender y a describir lo que él mismo sentía en los períodos de “llamada al interior”, como el denominaba a eso que sufría desde su juventud. Se interesó por Althusser y Céline, en ese intento por entender razones de ciertos actos inexplicables.  Con tantos temas y autores que le atraían, la avidez ante la novedad no le hacía un lector reposado. Era más bien un sabueso buscando pistas y claves, que marcaba doblando las páginas. Quizás muchas de esas claves le servían para sus pensamientos poéticos. Y a mí me guían ahora para conocer mejor cómo era su sentir y sus inquietudes vitales.

Gracias a él he conocido muchos de los autores antes citados que se suman a otros de la talla de Edward Said, Ben-Ami, Steiner, además de la colección de libros sobre el judaísmo y del Holocausto, que le resultaba cada vez más atroz e incomprensible. Tenía para ello entre autores de cabecera a Primo Levy, Isaac Bashevis Singer, Amos Oz, y a Víctor Kemplerer, entre otros grandes escritores.

Pepe tenía una manera particular de estar en el mundo. De él aprendí a apreciar esas rutinas casi rituales que a él le daban seguridad, verle disfrutar más de los días en que amanecía como un sol, tarareando alguna melodía del jazz, escribir un pensamiento poético recién elaborado, oírle volver feliz de su paseo y contarme lo que había hablado con una persona desconocida en un paso de peatones, o su conversación con el camarero del restaurante.

Se interesaba por la gente en general, y salvo alguna que otra excepción, siempre obtenía respuestas y fomentaba el interés y curiosidad de los interlocutores. Antiguos alumnos, amigos y conocidos lo abordaban con todo cariño en la calle. Aunque en los últimos tiempos me confesaba con tristeza que no se acordaba de muchos de ellos, disfrutaba escuchándoles recordarle historias conjuntas.

Leyendo la nota que escribe José Zuleta Ortiz sobre su padre, recordé que esa costumbre de Estanislao Zuleta de enrollar papelitos, también la tenía Pepe como recurso para concentrarse o tranquilizarse. Los llevaba en los bolsillos de chaqueta y pantalón, y en la guantera del coche.

Cuando recitaba lo hacía con toda su emoción, vocalizando las “eses” que siempre temía comerse por ser murciano, y en esos momentos de inspiración poética, no sentía ninguna timidez. Y de la mañana a la noche había siempre algún momento para escribir sus pensamientos poéticos y recitar sus poemas, cuando estaba en casa y también en la calle, en el banco, o en el restaurante, si encontraba alguna persona entusiasta que le escuchara.

Para Pepe, que nunca se prodigó en salidas con sus hermanos y amigos comunes, tuvimos la alegría de disfrutar una cena con el Maestro Charry Lara y su hija. De la misma forma Carlos-Enrique y Livia siempre estuvieron muy presentes en estos encuentros afortunados, que forman parte de las constantes muestras de amistad y generosidad, apoyo y ayuda que he recibido a lo largo de tantos años.  Es una fortuna que sean testigos cercanos de nuestra historia, y en forma simbólica nuestros sabios acompañantes en todos estos años que se han hecho tan cortos para mí.

 

– A la altura de tu vida actual, ¿qué perspectivas te planteas en lo personal como ambiciones o etapas en tu desarrollo artístico profesional, e incluso en el sentido de un cierto acomodo espiritual- vital?

A la altura de mi vida actual las ambiciones, proyectos artísticos y profesionales atraviesan una etapa algo mustia, aunque me gustaría pensarla como estado de “barbecho”.

Tras la pérdida reciente de seres muy cercanos, y con la realidad mundial que estamos viviendo, las expectativas parecen restringirse para quien no vaya en los primeros vagones del tren. Noto cada día más, que mi pensamiento, mi estilo y ritmo de vida se quedaron en modo “analógico”, que voy más lenta de lo que exige el momento para sentirme pertenecer completamente a este mundo. Sin ser un “animal social”, pues no suelo reunirme o andar en grupos, necesito la presencia física de las personas. Preferiría en muchos casos hablar por teléfono y oír una voz al otro lado de la línea, en lugar de la rápida y efectiva comunicación de las redes sociales, con la comodidad e inmediatez con que llegan los mensajes.

En proceso de escribir la respuesta a esta última pregunta estamos en plena pandemia de Coronavirus.  La realidad se ha tornado extraña, de ciencia ficción. Supongo que la mayoría de la gente vivimos por vez primera una epidemia. En estas condiciones, nuestras vidas, los planes y proyectos suspendidos de manera indefinida, nos obligan a replantearnos nuestro pasado, presente y futuro desde otras perspectivas. Esta crisis nos ha permitido mostrar otra cara de la Humanidad.  En estos momentos de riesgo para tantas vidas, muchas personas utilizan los recursos personales que quizás no conocían de sí mismos, y descubren nuevas facetas en las que pueden darle un sentido distinto a su existencia. Tal vez los grandes conflictos internacionales, las guerras que provocan ruina física y moral en tantos ámbitos, sacan de nosotros lo más oscuro, y también la enorme capacidad de altruismo que supone vivir en colectividad. Es un reto en esta era del individualismo feroz. Los dioses del Olimpo nos ponen de nuevo a prueba. De nuestra capacidad y calidad de reacción depende la supervivencia de una buena parte de la población mundial.

Si consigo pasar esta difícil prueba en la que estamos todos, y pensando en que después de esta crisis de enorme envergadura, las cosas pueden retomarse manteniendo la actividad anterior a estos meses de confinamiento, considero que el ejercicio de mi profesión en psicoterapia ha sido y sigue siendo una base gratificante en la mayoría de los aspectos. Me ha permitido seguir adelante en estos últimos años difíciles en el plano personal.

Me anima siempre la posibilidad de retomar la práctica del dibujo y la pintura, alimento espiritual, aunque no deje de hacerlo al estilo “dominguero”, por dosis, para no excederme. Como si fuese adicción, me abstrae del espacio y del tiempo, pues de dejarme llevar me haría irresponsable del mundo que me rodea, lo que es por el momento incompatible con mi trabajo.

Quiero encontrar el momento para revisar la última producción de pensamientos poéticos de Pepe, para lo que debo reunir los papeles sueltos, cuadernos e incluso aquellos poemas que escribió en la pared, de los que me queda una foto del móvil. Agradezco a la tecnología haber podido captar y rescatar estos gestos de inmediatez que genera la inspiración. Y con Agustín Sánchez Antequera, el editor de sus libros anteriores, hemos pensado en organizar en su nombre un pequeño encuentro quizás de poesía joven, proyecto que aún está sin especificar.

Los viajes que no he hecho acaso se queden en planes difusos, aunque tengo la esperanza de que se dé alguno inusitado en el que me sienta capaz de disfrutar sin la compañía de Pepe.

Tras más de dos meses aislada, vivo con ilusión el momento de volver a ver a mi familia repartida en Madrid -incluidos mis tres sobrinietecitos-, en Ayr (Escocia) y en Guilford (Connecticut). Y de un pronto un feliz reencuentro con amigos entrañables de Manizales, como Livia y Carlos-Enrique Ruiz.

 

Epílogo

En la entrevista Pilar hace referencia del mural que realizó en 1991, algo así de 4×4 mts., en la “Residencia El Retorno”, una casa-albergue creada en 1988 por iniciativa del maestro D. José Prat, para acoger a los españoles del exilio que regresaban a la patria, cargados de años, como especie de hogar transitorio. Proyecto que tuvo existencia, con apoyo gubernamental y tutoría de la “Fundación Gumiel”, pero que alcanzó a prestar servicios hasta el 2012, por carencia de recursos. Esa obra significativa fue descubierta con las siguientes palabras del Maestro Prat: “El mural que hoy inauguramos recoge con originalidad y fantasía creadora la significación de esta Casa de los que retornan a la tierra materna al cabo de los años y de hechos de próspera o adversa fortuna.    

“La pintora Pilar González-Gómez pertenece al eterno movimiento juvenil que busca nuevas formas de expresión de los valores de la belleza, del bien y de la verdad. Quizá corresponde a Goya haber iniciado nuevos caminos en la pintura en los que aparecen a lo largo del siglo y medio, el impresionismo, el cubismo, el expresionismo, y tantas otras tendencias muy significativas en la evolución del arte y de la cultura.

Este mural recoge la ambición de la pintura contemporánea de trascender los límites tradicionales de las Bellas Artes y de su contenido humano. Tiempo y espacio, realidad y fantasía, forma y abstracción, color y armonía, dispersión y síntesis, aparecen en el color y dibujo de este mural, con un sentido muy claro de expresión de los que los hombres y mujeres que vivirán aquí después de estar transterrados de España en América o en otros lugares del mundo. Desde una pirámide maya hasta la Puerta de Alcalá; desde la capilla-misiones a las almenas de las torres guardadoras de ciudades son temas aquí sugeridos, en torno de dos barcos que en el centro del mural señalan el doble camino de ida y de retorno. La vieja imagen de la vida como nave del mar, embravecido o tranquilo, que está en una estrofa inmortal de Fray Luis de León, es el tema central de esta obra. El pasado y el porvenir forma el círculo completo de la historia y el peso de los años no impide la mirada ilusionada hacia el porvenir.”

José Prat estuvo vinculado a esta Revista, con escritos suyos y con un amplio Reportaje que le hicimos en el encuentro que tuvimos con él en 1986. Como se expresa en la entrevista, Pilar le debe a él un cúmulo de orientaciones en lecturas, y de enseñanzas del saber en diálogos que alimentaron su condición espiritual e intelectual, además de haberle apoyado en labores de escritura mecanográfica y en la documentación de soporte.


Pilar González-Gómez con Livia y Carlos-Enrique (Madrid, 2018)

 

Referencias

1 Molina Carrión, F.: ¿Abuelo, por qué te marchas al exilio? Historia del exilio intelectual en Castilla-La Mancha. El caso de José Prat. Publicación presentada por la Federación Foros por la Memoria. I Congreso de Víctimas del Franquismo Memoria, Madrid, 14 de abril 2012.

2 Ardila, R.: La Psicología en Colombia: desarrollo histórico. México, Editorial Trillas, 1973.

3 Grinberg L. & Grinberg, R.: Psicoanálisis de la migración y del exilio. Madrid, Alianza Editorial, 1982.

4 Freud, S.: Obras completas. La histeria. Un caso de curación hipnótica. Traducción directa del alemán por Luis López-Ballesteros y de Torres. Madrid, Biblioteca Nueva, 1922-1934.

5 Freud, S.: Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Nueva edición completa. Buenos Aires & Madrid: Amorrortu Editores, 2008.

6 Gay, P.: Una vida de nuestro tiempo. Buenos Aires, Ed. Paidós,1989.

7 Muñoz, L. & Jaramillo, L.E.:  DSM-5: ¿CAMBIOS SIGNIFICATIVOS? Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Vol. 35, Nº 125 (2015).

8 Freud, S.: Obras Completas. Análisis Profano. Traducción directa del alemán por Luis López-Ballesteros y Torres. Madrid, Biblioteca Nueva, 1928

9Mejía Rivera, O.: La muerte y sus símbolos. Muerte, tecnocracia y posmodernidad. 4ªedicion, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, 2018.

10Paniker, S.: Variaciones 95.  Random House Mondadori, S.A. Barcelona, 2002.

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Edición No. 194