La mirada de Yadir
¡Llegó el pescado fresco de mar y de río! Bagre, cachama, lebranche, sierra…!
Acérquese a nuestro móvil, pescado fresco y barato!
Yadir sacó la cámara, quería fotografiarlo todo, fijar cada imagen con sus ojos nuevos. Unos ojos negros, brillantes, luminosos, que habían agudizado la mirada de tanto andar por la profunda oscuridad de las selvas del Darién.
En su curso de fotografía había aprendido algo muy importante: podía hacerle fotos a todo lo que le gustara. Yadir descubría ahora, a sus diez y seis años, que podía elegir, decidir si quería fotografiar la casa de tablones de madera sobre pilotes, la carretilla llena de plátanos que llevaban sus compañeros para hacer el sancocho comunitario, los techos de zinc de la cantina de la vereda o al viejito canoso desesperado por el calor agobiante de las tres de la tarde, echándose agua en la cabeza de una botella de plástico al lado de la carretera. Sí, todo lo que le gustara, podía fijarlo, detenerlo y volverlo a mirar cuantas veces quisiera.
Tenía registrado lo que había pasado desde que llegaron a la zona veredal de Riosucio. Podía poner en orden sus fotos para mostrar el cambio: primero los cambuches improvisados a orillas del río Curvaradó, luego las carpas verdes camufladas entre los platanales. Después los primeros pilotes para construir las casas del campamento que ahora es un pueblo colorido y alegre, con las paredes llenas de murales. Un pueblo que aún no tiene nombre pues se lo pondrán entre todos, lo elegirán en una asamblea comunitaria. Por ahora, anota los nombres que ya existen: Santa María, Campoalegre, San Andrés, Aguas Vivas, Florida, Caracolí, comunidad de los Zenúes, el Diez.

Quiere mostrar en imágenes la riqueza de esta zona: los platanales verdes punteados de azul por las bolsas plásticas que protegen de las plagas los racimos cargados, los potreros llenos de ganado, los sembrados de cacao, las plantaciones de arroz. Pero también el contraste de colores y luces que hay entre el verde y amarillo de los campos y el barro oscuro de las calles de tierra de Bajirá, las aguas empozadas, el avispero de motos que pululan por la carretera principal o los letreros de los almacenes con nombres religiosos: Restaurante En gracia de Dios, Cafetería El señor de los milagros y otros que no recuerda ahora. Le gustó mucho uno que vio repetido y que le llamó la atención pues en una parte estaba escrito el Baticano con B larga, era el del granero y en otro, en un puesto de comida en el parque central, se leía El Vaticano con v pequeña. Se quedó con la duda de la forma correcta hasta que el profe que les daba español una vez a la semana, le aclaró que era con v pequeña. Le quedó pendiente averiguar qué había detrás de esas dos ves.
El sueño de Yadir es hacer un documental. Por eso su colección de fotos es inagotable. Con su cámara al hombro ha registrado lo que para él ha sido importante desde que dejaron las armas. Tiene grabado un video con la fiesta que hicieron para celebrar el cumpleaños número 53 de las Farc. Fue una superfiesta, una fiesta de la paz, a la que asistieron muchas personas de las veredas y las parcelas cercanas al campamento. No ha dejado de registrar ninguno de los partidos de fútbol que organizan los fines de semana con los parceleros y los jornaleros de la zona. Esos partidos le gustan mucho, pues es cuando puede conocer más gente y hacer amigos.
También grabó la fiesta de la inauguración de la biblioteca móvil en la escuela de Santa María. Allí conoció a Milena, una chica morena de la vereda, un año menor que él y que hace parte del GAB. Yadir no sabía qué era eso del GAB, pero Milena le explicó: es el Grupo de Amigos de la Biblioteca que son los que ayudan a Sandra, una chocoana grande, madura y sabia, que era antes la bibliotecaria de Istmina, donde hizo un trabajo tan bueno que logró que su biblioteca estuviera postulada al Premio Nacional de Bibliotecas Públicas y que ahora es el alma de la biblioteca móvil. Sandra tiene un principio que orienta su trabajo: donde haya comunidad, allí va la biblioteca. Por eso Sandra se mueve por todos los lugares con su bolsa de libros. Y por eso los niños la buscan los días festivos y le tiran mangos en el cuarto donde se aloja, reclamándole que se deje ver y les preste libros.
Milena le mostró un mundo que él no se imaginaba que pudiera existir, el mundo de los libros que se mueven. Eso lo fascinó. Tenía en su imaginario que las bibliotecas eran salones oscuros y aburridos donde hay libros empolvados. Al menos eso es lo que recuerda de su pueblo cuando de niño los llevaban de la escuela a buscar una tarea.
Ahora sabe que las bibliotecas son otra cosa. En el campamento están organizando la Biblioteca Popular, hay muchos libros pero algunos son difíciles para él. Le gustó mucho un libro sobre leyendas africanas, lo ha leído varias veces pues le recuerda las historias que le contaba su bisabuela en la choza a orillas del Atrato. No sabe muy bien por qué pero ese libro le ha ayudado a hacer mejores fotos. Es como si le hubiera puesto color a unas imágenes borrosas que tenía en su memoria, como algo muy antiguo que Yadir no sabe explicar con palabras.
Al lado de Milena y de la profe Sandra ha entendido que los libros deben moverse y buscar a los lectores. Por eso quiere registrar todo lo que hace la biblioteca móvil. Empezó acompañando a Milena y al grupo de amigos a los diferentes programas que hacen en las veredas. Tiene muy buenas fotos del Embarque literario. Los jueves y viernes, cuando hay embarque de plátanos en los camiones, llegan los amigos de la biblioteca con libros para leerles a los trabajadores durante el descanso. Otro programa que le gusta mucho es el Biblioplaya. Van a las veredas que tienen río y se hacen lecturas en la orilla. Con estas fotos de los niños y niñas leyendo en la playa aprendió a manejar los filtros para matizar los colores y las sombras.
La prueba mayor de filmar y hacer fotos en la oscuridad fue con el programa Libros a la cantina. Con el lema “Bebámonos mejor los libros”, la biblioteca móvil va una vez a la semana a las cantinas de la vereda a leer y a ofrecer libros. Al principio los miraban raro, cuenta Milena, creían que estaban vendiendo libros. Ahora ya les gusta que vayan y algunos se ponen a leer y a conversar, hacen una tertulia con aguardiente y cerveza. Para Sandra es también una manera de divulgar los servicios de la biblioteca.
Milena también está recién llegada a la zona, aunque lleva más tiempo que Yadir. Vino de Medellín con su familia hace tres años. Aunque ella no es de allí, sino de un pueblo de Córdoba, de donde es toda su familia. Su tío hace parte de los primeros pobladores que llegaron y fundaron Santa María hace diez y siete años, cuando estas tierras las regalaban. Se escuchan rumores de historias oscuras que los mayores no quieren recordar y los jóvenes como Yadir y Milena prefieren no indagar. Para ellos la vida empieza ahora.
El papá de Milena hace parte de la Asociación de Productores Agrícolas de Belén de Bajirá. Entre todos han ido transformando la vereda. Hicieron acueducto, caserío, escuela, tanque de agua. Viven hoy 450 familias que cultivan plátano y quieren montar una peladora de plátano. Milena ha sufrido mucho por la guerra. Desde que se acuerda, le ha tocado salir huyendo de varios lugares con su familia. Gracias a su mamá que es maestra, aunque sin escuela, no se ha atrasado tanto en los estudios, y gracias a su pasión por leer. Milena le cuenta a Yadir que allí hay muchas tensiones por la tierra. ¡Los adultos siempre peleando por la bendita tierra! Eso ya lo tiene claro Milena a pesar de sus tempranos quince años. Quizás por haber tenido que madurar a la fuerza es que se ha entendido tan bien con Yadir. Ambos se volvieron grandes siendo muy niños.
Milena quiere estudiar periodismo. Yadir sabe ya que tomar buenas fotografías no es suficiente para hacer documentales. Eso lo entendió después de verse todas las películas que hay en el servidor de la biblioteca móvil. Con Milena se sientan a ver una y otra vez los documentales que más les han impactado. Sabe que tiene que aprender a escuchar, a poner mucho cuidado a lo que las personas hablan, pero también cómo se mueven, sus gestos, su mirada. Sabe también que hay que hacer muchas entrevistas y muchas fotos, grabar muchos videos para luego elegir lo que sirve para la historia que quiere contar. De allí sale el guión. Allí vieron el documental sobre Bojayá. Fue muy duro porque allí murieron varios de sus parientes. Pero Yadir sabe que Bojayá no puede quedar en el olvido, eso no puede volver a suceder.
En el campamento algunos voluntarios han ido a enseñarles. No sólo al equipo de prensa, también han ido profes a enseñar a leer y a escribir, otros a pintar. Ahora hay un proyecto para enseñar gastronomía y así apoyar a los jóvenes que quieren montar un negocio de comida. A Yadir le ha tocado cocinar en el comedor comunitario, pero a él no le gusta. Lo hace como todos los otros oficios que se reparten entre los habitantes del campamento, pues se mantiene aún la disciplina que tenían cuando estaban en las filas. Aunque un poco más flexible, y bueno, más tranquilo. En las tardes ya puede volver a colgarse su cámara y seguir haciendo click a todo lo que le sorprende y le gusta y ahora con Milena, a buscar historias en las veredas.
En el programa El abuelo con su cuento encanta, ya se han recogido la historia de la fundación de Santa María y leyendas de la Laguna de la Colimocha, una caimana que no tiene cola. También por allí pasa El libro viajero que ya lleva más de tres meses viajando y recogiendo tradiciones populares. Le hicieron una portada bonita con las madres de la comunidad. Ahí hay muchos secretos de cómo curarse de la picadura de serpientes o como hacer café de maíz.
Milena le ha enseñado a Yadir a escuchar poesía. En la biblioteca móvil hay una bonita colección de libros de poesía. En las noches de luna, cuando no amenaza un diluvio universal como los que suelen caer en estas tierras, se sientan bajo un árbol de mango en el parque central o en la vereda a leer poesía. Milena lee y él escucha. Milena se sabe varios poemas de Miguel Ángel Caicedo, el poeta más querido por el pueblo chocoano, poemas que le ha enseñado la profe Sandra: Cuando vas para Atrato abajo/ pregunta por tu sombrero/allá lo dejé empeñao/por un beso que me dieron. Otros poemas los han descubierto juntos a la sombra de la luna. Hay uno de un poeta cartagenero, Luis Carlos López, que hacía fotografía con las palabras y que es el preferido de Yadir, sobre todo porque al oírlo con los ojos cerrados puede ver las imágenes que se van formando sólo con los sonidos. Esa magia se la enseñó Milena.
Llueve de un modo
diagonal. El río
anaranjado. Y todo el caserío
toma el color del yodo sobre la piel.
Ni un vuelo
mancha el fondo amarillo
de la mañana
singular. Y el cielo
como le gusta al grillo
y a la rana.
En la biblioteca popular del campamento están haciendo un museo verde oliva. Yadir ha fotografiado cada uno de los objetos y elementos que hay allí y que antes le pertenecían: botas pantaneras y de marchar, uniformes, morrales, tiendas de campaña, cantimploras, chalecos antibalas, prendas que Yadir quisiera mostrar en su documental como algo que quedó atrás, que ahora le es ajeno. Prefiere andar en camiseta y bluyines con su cámara al hombro y su pelo que ya le empieza a crecer.
Milena lo invitó al Ladrillatón. Nunca había oído esa palabra ni se imaginó qué quería decir. Lo primero que le pasó por la cabeza fue un batallón de ladrillos, por aquello de llatón-batallón, solo porque las pesadillas de la guerra aun lo persiguen. Pero se alegró al saber de qué se trataba. Era un convite para construir la sede de la biblioteca de la vereda. Unos ya habían donado dinero, otros ladrillos y otros ofrecieron la mano de obra. Ya tienen tres lotes posibles, una tarea que gestionó el consejo comunitario. Está seguro de que la biblioteca de Santa María será muy distinta. Se imaginó a esos niños lectores atendiendo en la nueva sede. Los mismos que él ha fotografiado en las mesas de la móvil, imbuidos en un libro de imágenes lleno de colores y con una sonrisa en los labios. O explorando el portal Maguaré en las tabletas. Ese portal que él no había imaginado siquiera que existiera. Quieren tener uno en el servidor del campamento pues en toda esa zona es muy mala la señal de internet.
Yadir se alegra por esos niños que no están creciendo en medio de las balas y que en vez de marchar juegan. Ha hecho una serie de fotos de juegos, quizás con nostalgia y un poco de tristeza, pues él tuvo que dejar ese mundo muy pequeño. Tiene fotos de niños jugando al bate, con tapitas, bolitas, al trompo y hasta a la cantina. También ha grabado los ensayos de danza del grupo que se está formando en la biblioteca. Ensayan mapalé y cumbia, sin profesor, pues en estas tierras lejanas los profes son escasos, contrario a lo que le cuenta Milena que pasa en Medellín. Aquí los niños aprenden pasos de baile en los programas que tiene el servidor de la biblioteca móvil. Allí hacen lo mismo que hacen él y Milena con las películas, pero con los bailes. Estudian los pasos, los ritmos, el vestuario, la coreografía.
Milena hace parte del grupo de danza. Por eso Yadir sabe en detalle lo que pasa. Le contó a Milena que en el campamento hay un grupo de teatro y que están preparando el Festival Internacional de Teatro Selva Adentro al que están invitados, ella y los demás niños del grupo de danza.
Ahora que empiezan a capacitarlos para aprender a moverse en la vida civil, Yadir tiene claro que lo que quiere es hacer documentales. Contar con imágenes las historias de su tierra. Porque Chocó está lleno de ricas historias escondidas y como le dijo Milena: aquí la realidad está hecha de muchas capas y su misión va a ser descubrirlas a punta de imágenes. No quiere que llegue el día en que ella se vaya a la ciudad a estudiar periodismo. Mientras tanto ha decidido hacerse una selfie juntos en el campamento, con su mural preferido de fondo: “Ser colombiano y no ser revolucionario también es una contradicción hasta biológica”.