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Beatriz-Helena Robledo: biógrafa, narradora, poeta y promotora cultural / Reportajes de Aleph

He tenido el hábito desde temprano en la vida de acercarme a personalidades de la ciencia, el arte, el pensamiento, la academia, para indagarlas y conocer los motivos de sus labores y los aspectos de sus obras, con resultados que han sido publicados a la manera de “Reportajes de Aleph” en la Revista. Selecciones de ellos se han reunido, hasta ahora, en dos volúmenes. Su importancia no es más que alcanzar esos testimonios de vida trasegada, fructífera, para mayor conocimiento de los medios universitarios o de lectores en general.

Por esta sección han pasado múltiples voces. Ahora nos encontramos con Beatriz-Helena Robledo (n. Manizales, 1958), escritora hecha en un batallar continuo desde la infancia, con alta formación académica y ejercicio en campos de su vocación: la promoción de la lectura, en las condiciones de tallerista, conferenciante, profesora y escritora. Sus relaciones con niños y jóvenes la ha llevado a modelar sistemas amables para seducirlos por el libro, por la escritura con imaginación y cuidado, con estímulo a la conversación en ambientes de respeto.

Su expediente intelectual es notable. Maestría en Literatura Hispanoamericana, cursada en la Universidad Javeriana de Bogotá, donde ejerció la docencia con preferencia de aplicación a la literatura infantil. Promotora entusiasta de la lectura, en trabajo laborioso y fructífero con la Fundación Rafael Pombo, Fundalectura, Secretaría de Educación de Bogotá, Ministerios de Educación y de Cultura, la división cultural del Banco de la República, Cerlac (Centro regional para el fomento del libro en América Latina y el Caribe), y se ha paseado con alegría por el sistema de bibliotecas públicas en las regiones, conquistando afinidades por la lectura y el libro, con esa capacidad de exposición de tono amable, convincente y sugestivo que la caracteriza. Ha sido ganadora de becas para pasantías de estudio y escritura en los niveles nacional e internacional, en especial en Alemania y México. Jurado en premios de literatura, en Colombia y otros países. Participante en seminarios, conferencias y congresos de literatura en México, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, España, entre otros.

Su obra publicada como resultados de investigación, creación y promoción es notoria, con más de veinte títulos, cuyas carátulas se recogen en esta entrega de Aleph. Y también es autora de cerca de veinticinco reseñas de libros en el “Boletín Cultural y Bibliográfico” del Banco de la República. En especial dispone hasta el momento de tres biografías, un género que la atrapa adelante en la vida de intensa labor, acerca de Rafael Pombo, Policarpa Salavarrieta y María Cano. En sus pesquisas sobre la historia de Colombia se duele de la manera como perdura la violencia, hasta ahora sin remedio, que le lleva a expresar: “Este pareciera un país que ha convertido la violencia en un asunto de identidad nacional”. Su posición ideológica es afín con el pensamiento crítico, sin ataduras a ortodoxias ni fanatismos. En sus enseñanzas promueve el análisis y la comprensión libre, para generar alegría y entusiasmo en la lectura.

La conversación que sostuvimos con ella tiene los diversos matices para comprender su regia personalidad, de talento formado en la continuidad de estudio, lecturas y relaciones con los otros, en especial de niños y jóvenes, de raíces en la tradición familiar y de manera particular en el maravilloso talante de su padre, el ingeniero civil Alfredo Robledo-Isaza, ejercitante pionero en áreas de su profesión,  además de calificado docente universitario, y estimulador de sus hijas con excursiones y conversaciones, entreveradas de recitaciones, en una voz modulada, además de hacerles tomar interés por las formaciones geológicas, los paisajes naturales y los volcanes. Beatriz-Helena es una hechura de ejemplaridades, no sin la lucha ardua por la sobrevivencia, incluso como madre cabeza de hogar, más en sus primeros tiempos en Bogotá, sin desapego a su vocación de lectora, investigadora y escritora.

Esta edición de la Revista Aleph exalta su vida y su obra, como emblemáticas en la intelectualidad colombiana e hispanoamericana, ajena a ser, con sus obras, agente de ventas de las editoriales mercantilistas. Ha sabido conservar independencia y dignidad en las relaciones humanas e institucionales. Entre lo novedoso de este encuentro, está la poesía de su creación que todavía no ha dado a conocer en libro que dispone.

Comienzo por invitarte a recordar tu infancia y la influencia en ella de tu padre, Alfredo Robledo-Isaza, nuestro admirado, recordado y querido profesor en la Escuela de Ingeniería de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales. La promoción de ingenieros civiles a la que pertenezco lo tuvo como el docente estrella, y nuestro grupo fue de los afectos de él.

Mi padre fue un ser muy especial: amoroso, enamorado de la vida, un excelente conversador y un caminante incansable. A él le debo el amor por la poesía, la palabra, y yo diría que mi amor por la lectura. No era un hombre de letras, sino un ingeniero civil que amaba su profesión, pero saboreaba las palabras de tal manera que contagiaba. Además, tenía una memoria excelente y para mi ingenuidad de niña, lo sabía todo. No había pregunta que uno le hiciera a papá que no supiera responder, pues si no sabía, investigaba, y lo hacía con mucho entusiasmo. El mayor placer era escucharlo cuando recitaba poesía y lo hacía con frecuencia. Yo, por supuesto, quedaba embelesada y entraba como en un encantamiento que luego, ya adulta, comprendí que es lo mismo que se siente cuando uno está arrobado e inmerso en la lectura de una obra literaria, viendo una película o escuchando una pieza de música. Es lo que llamaríamos una experiencia estética. Eso, cuando el tiempo parece detenerse y uno entra en otro universo, donde hay una sensación de placer y libertad que es difícil de sentir en la vida real. O que le ayuda a uno a ver y a sentir la realidad de otra manera, más amplia, más profunda.

A papá también le debo mi amor por la naturaleza. Casi todos los fines de semana papá organizaba caminatas por las montañas de Manizales, unas veces era por los antiguos caminos reales, otras, al nevado del Ruiz, al que conoció, fotografió y filmó con vocación científica. Con mis hermanas recordamos esas caminatas con mucho placer y con sorpresa, pues el fiambre que llevábamos eran unas cuantas frutas que alcanzábamos a echar en la mochila y así aguantábamos  ocho, diez horas de camino. Papá se alimentaba del humo de su cigarrillo (que fue lo que finalmente lo mató) y nosotras de tomates, lulos y moras silvestres y de su palabra entusiasta que nos guiaba, nos contaba historias de la colonización antioqueña, de los arrieros,  y nos daba claves para no cansarnos.

Tengo imágenes nítidas del esfuerzo sobrehumano que hacíamos para llegar a la cima del cráter…avanzábamos cinco pasos y retrocedíamos diez. Y el sueño y la falta de aire se iba apoderando del cuerpo hasta hacernos dormir. Recuerdo sólo una vez haber alcanzado la cima ¡y valió la pena! Esa boca gigante, oscura y misteriosa atraía y daba miedo. Quién se iba a imaginar que años después el monstruo despertaría y echaría fuego, piedras y borbotones de lava.

Otra imagen nítida: la belleza, calma y verdor de la laguna del Otún. La serenidad que da el páramo es algo que renace cada vez que uno vuelve a esas alturas. Lo comprobé hace unos años cuando subí al páramo de Sumapaz. Papá estuvo siempre presente, acompañándome en esa travesía.

A mi madre le debo el valor del silencio. De niña lo sentía, un silencio misterioso, insondable. Siempre me pregunté ¿de qué estará habitado el silencio de mamá?  Esa pregunta se hace presente cada vez que me acerco a la poesía, o cuando intento descifrar alguna imagen que me ronda. Hoy, con los años, el silencio de mamá está lleno de paz. Y esa es una lección que aspiro conservar hasta el último momento.  

Quizá de esa época surge tu afición por la lectura y la escritura.

Creo que de antes. También conté en otro texto como la enfermedad fue una aliada para la lectura. Fue un refugio y una compañía en mi infancia. Esa sensación de protección que siento cuando leo, viene de mi infancia. Es la misma sensación, como si habitara un mundo en donde pueden pasar muchas cosas, terribles algunas, hasta increíbles otras, pero ninguna puede hacerme daño. Si, me afecta, por supuesto, pero no me daña. Como lúcidamente lo decía Rilke: lo que en la vida nos aflige, es lo que nos deleita en un cuadro. Creo que esa combinación entre la lectura silenciosa, el encontrar un espacio íntimo donde refugiarme y la voz acariciadora de mi padre, podrían ser la claves de mi afición por la lectura.

La escritura fue desde muy pequeña una necesidad. Llené muchas libretas con mucha parte de mi infancia y adolescencia pasada por la palabra. Era una necesidad. No sé de dónde viene eso. Creo que uno nace con esas necesidades, otros necesitan estar dibujando todo el tiempo,  o tarareando música, e incluso he conocido niños que bailan todo el tiempo, como si el cuerpo se los pidiera. Estoy cada vez más convencida que somos seres de potencia y que la labor de la educación y del acompañamiento de los adultos a los niños es ayudarles a descubrir y a potenciar esas cualidades. Por eso es tan doloroso que por falta de oportunidades, por injusticia social, por corrupción política, se pierdan para muchos niños y niñas esta posibilidad de ser y pasen a engrosar las filas de los marginales, los desposeídos, los olvidados.

Con la escritura he hecho un camino quizás mucho más consciente que con la lectura. Al descubrir esa necesidad y esa facilidad, he procurado aprender a escribir. Me explico: la escritura requiere un esfuerzo mayor que la lectura y requiere voluntad y disciplina. Eso es algo que les digo mucho a mis alumnos en los talleres de escritura. No basta la inspiración. Hay que trabajar mucho y concretar los proyectos de escritura, convertirlos en obra para que no se quede uno pensando toda la vida en lo que quisiera escribir. Es fácil que esto pase. También puedo decir que me ha tocado robarme el tiempo para la escritura. Es difícil tener uno todas las condiciones para dedicarse únicamente a escribir o al menos la mayor parte del tiempo, pues necesitamos producir para vivir.  Para alcanzar ese estado en que uno pueda vivir solo de lo que escribe, se necesita mucho tiempo y mucho trabajo. También puede suceder que uno decida apostarle a escribir para comer, lo que no me parece un buen negocio, pues no sólo se tergiversa la obra, sino que se traiciona uno a uno mismo. Por supuesto que sería feliz viviendo de lo que escribo, pero no haré nada que afecte mis decisiones más íntimas frente a lo que escribo para agradar a quien paga. Por eso para mí la escritura, sobre todo la literaria, ha sido como una relación de amante: tiempo a hurtadillas, con pasión, con entrega total al saber que es un tiempo robado. Las otras escrituras más racionales: ensayos, artículos, reseñas, etc. son parte de mi oficio.

¿Qué recuerdos tienes de tus estudios de primaria y bachillerato, en las modalidades que seguiste y en quienes de sus docentes tuviste impacto de recordar?

Ya en un texto traje a cuento a Nubia, la profesora de Castellano, hoy Español y Literatura. A Nubia le debo el haber aprendido a argumentar. A expresarnos con fundamento, como decía ella. Sólo ahora puedo descifrar un poco más a Nubia y ella (no sé si lo sabía) aplicaba un rezago del método de Lecciones de cosas, unos manuales que enseñaban lógica y razonamiento en la pedagogía de finales del siglo XIX con el que se enseñaba las asignaturas en las escuelas. Uno tenía que descubrir y luego exponer todo acerca, por ejemplo, de un lápiz. ¿De qué estaba hecho? ¿Cómo había sido fabricado? ¿Para qué servía? Describir sus múltiples usos y posibilidades, hasta en qué se podía transformar un lápiz en el mundo imaginario, en fin, era una mezcla de investigación, oratoria, imaginación y capacidad de argumentar. Siempre que recuerdo esas escenas me resulta fascinante el “método Nubia”.  Otro profesor que marcó mucho mi camino literario fue Gustavo Valencia, me dio literatura en algún año de secundaria. El profe Gustavo se deleitaba hablando sobre el Quijote y leyéndonos apartes con sabor, generosidad y vocación de maestro. El profe Gustavo podría estar en el mismo escenario que el profesor Puerros, el que nos trae a colación Daniel Pennac en Como una novela. El que les entregaba la literatura en “generosas copas desbordantes”. 

– … ¿Y en tus estudios universitarios?

Empecé a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, pero sólo alcancé a hacer un semestre. Eran tiempos de huelgas fuertes y cerraron la universidad. Yo quería irme a Bogotá pero mis padres se oponían (había regresado muy rebelde –para ellos- de una estancia en Estados Unidos, durante un año, como estudiante de intercambio).  La solución que encontré fue ponerme a trabajar para ahorrar. Manejé una máquina de tejidos semi-automática que tenía mi hermana mayor y su esposo y durante ese tiempo no sólo ahorré, sino que leí mucha literatura latinoamericana con un novio que tuve. Programaba la máquina y esta hacía todo solita, mientras nosotros leíamos. Sólo había que parar de leer cuando la máquina se trababa. Ahora me doy cuenta que lo que hicimos fue un curso intensivo sobre el llamado boom de la literatura latinoamericana: García Márquez, Vargas LLosa, José Donoso,  Julio Cortázar, Carlos Fuentes, en fin, fue un año saboreando los textos de estos grandes y descubriendo todo un continente a través de la literatura. En esos momentos  leíamos, conversábamos y nos sentíamos habitantes del lenguaje con una fascinación que sólo la juventud y el amor pueden otorgar.   

También tengo un recuerdo muy grato y nítido de los talleres literarios en la universidad de Los Andes. Queríamos ser escritores y compartíamos los textos no sin cierto temor y pudor, expuestos a los comentarios y las críticas de los compañeros. Pero quizás lo más grato en esos mismos años de los Andes eran las lecturas de poesía que hacíamos con los amigos, bebiendo cerveza y saboreando los ritmos, la musicalidad, las imágenes de Cernuda, Miguel Hernández, Neruda, Benedetti, Antonio Machado,  en fin, eran los poetas obligados de entonces.

Luego me pasé a la Javeriana, donde terminé la carrera e hice posteriormente la maestría. Allí era distinto, pues combinaba el trabajo con el estudio y se terminó ese tiempo delicioso de la bohemia irresponsable y maravillosa.CSinembargo, disfruté mucho estudiando literatura. Se que si tuviera que empezar de nuevo, volvería a escoger estudiar literatura. Es un espacio que me acoge, me arropa, me hace sentir segura. Me gustaba mucho la clase de análisis de textos (una manera de aprender cómo estaban hechas las obras, dónde las costuras invisibles). Recuerdo además profesores maravillosos como Javier González (QPD) quien me dio dos clases magistrales:  un monográfico de Cesar Vallejo y una cátedra de Poesía Latinoamericana de vanguardia. Tuve la fortuna también de recibir clases con dos poetas que admiro: Giovanni Quessep y Jaime García Maffla. Con Cristo Figueroa aprendimos barroco y con Luz Mary Giraldo la nueva novela histórica.

En tu vocación literaria hay un aspecto central: la literatura para los niños… ¿Cómo ha sido tu desarrollo en ese campo?

Llegué a la literatura para niños un poco por azar y otro por destino, creo yo. Viví durante mucho tiempo de hacer libretos para televisión y me cansé sobre todo del medio. Aunque se ahora que ese oficio de libretista me dejó muchos aprendizajes, sobre todo para la escritura literaria, y me gustaba, lo que no me gustó fue el medio de la televisión: algo frívolo, muchos egos, y personajes un poco extraños. Buscando trabajo apliqué en dos instituciones: la Casa de Poesía Silva y la Fundación Rafael Pombo. Y fue el azar o el destino -nunca se sabrá- quien decidió mi camino. Siempre me he preguntado, ¿qué hubiera sido de mi si hubiera trasegado por el universo poético de la Casa Silva? Más como un ejercicio literario que como un lamento.

Agradezco haberme encontrado así tan de frente con la literatura para niños, pues en la Pombo experimenté los múltiples caminos de ese acercamiento: un acervo variado y de mucha calidad (en esa época eran libros importados pues aun no se editaban libros para niños en el país), y la suerte de leerme la biblioteca completa, pues debía atender los domingos cuando la gente prefería llevar a sus niños a hacer deporte o salir al parque. También fortalecí allí mi vocación docente al ocuparme de los programas de formación de maestros; luego vinieron otras instituciones como Aclij (Asociación para el libro infantil y juvenil) y más adelante Fundalectura, donde pude aplicar a la literatura para niños lo aprendido en la carrera de letras en la universidad. Me acerqué entonces al delicioso trabajo de evaluar y seleccionar libros y a los estudios críticos.

¿En qué momento te vinculas a la docencia y cuál tu experiencia?

Bueno, yo creo que la docencia la llevo en la sangre. Mi abuelo fue maestro de escuela, en la época en que era un trabajo digno y valorado; mi padre fue un excelente profesor universitario y fue además maestro de sus hijas (nos explicaba con pasión la física, la trigonometría, las matemáticas). Recuerdo que me hacía mis pesitos dando clases a mis primos cuando tenían que “habilitar”, como se decía en ese entonces a la recuperación de asignaturas. Luego cuando me fui a Bogotá, mi primer trabajo fue como maestra de kínder y luego de segundo de primaria. Y toda la vida he vivido de dar clases ya sea en la educación no formal (a través de talleres) o ya en la Universidad. Es una vocación. 

Hay otro campo de tus destacadas aplicaciones: la promoción de la lectura; cuéntanos por favor también esas experiencias.

Creo que esa es una pasión que se volvió oficio, por fortuna. Como leer me ha parecido siempre algo tan maravilloso, tan especial, eso de habitar la literatura es una manera de encantar la realidad (que por cierto es a veces bastante dura), entonces me he dedicado a antojar a otros de este placer. Y la vida ha sido muy generosa conmigo, pues he podido vivir de este arte-oficio. La promoción de la lectura me ha permitido combinar varias pasiones: la lectura, la docencia (pues la mediación en una labor pedagógica), el conocimiento literario que me dio mi formación universitaria, y los viajes. Porque curiosamente la promoción de la lectura está unidad a un devenir que la hace una labor muy grata y muy fluida. La promoción de lectura, los viajes y el territorio están imbricados, sobre todo, en la manera como muchos ejercemos este oficio: más que la docencia institucional, la promoción está más cerca de la acción cultural, y por qué no, de un accionar político que contribuye a transformar a las personas y a las comunidades. Pero aquí no hay doctrina. De lo que se trata es precisamente de lo contrario: que la gente aprenda a no “tragar entero”, a leer disfrutando, conversando, y formando un pensamiento propio y crítico, tan necesario en estos tiempos de fake news, y demás mentiras cibernéticas.

Has hecho pasantías de estudio y escritura en otros países, por favor nos compartes esas experiencias.

Las más recientes: Munich, Alemania y Monterrey, México. Son experiencias diferentes pero con cosas en común. En Munich estuve investigando en la Jugendbibliothek, que alberga la colección más completa de libros para niños y jóvenes que hay en el mundo en diferentes idiomas. Poderme concentrar sólo en eso fue un regalo, sobre todo en una época en que aún tenía las hijas en casa, más el trabajo, los oficios domésticos, etc, todo lo que una mujer sola y madre,  por lo general debe atender. Esta pasantía me permitió ocuparme de mi misma y de la investigación durante varios meses. Me sumergí en la literatura para niños y me quería devorar todo lo que allí encontré. Y en Monterrey estuve trabajando en un proyecto comunitario,  Esferas culturales, liderado por Conarte y fue también una experiencia muy enriquecedora, sobre todo porque el reto era “bajar” a la realidad una propuesta metodológica que habíamos construido con un equipo de asesores, con unos postulados filosóficos que suenan muy bonito en el papel. La realidad siempre supera la fantasía y ese fue el mayor reto. Pero hay cosas en común en las dos experiencias: una fue el poder estar más cerca de mí misma, con espacios de soledad muy valiosos. Otra, fue irme caminando todos los días por senderos llenos de naturaleza, agua, hojas, flores durante una hora para llegar al lugar. En Munich, era un castillo medieval en medio de lagos y bosque donde está la biblioteca y en Monterrey, era el Centro de las Artes en el parque Fundidora. En ambos lugares estuve en el mejor de los mundos, parecía como  un paréntesis, unos puntos suspensivos en medio de la vorágine de la vida diaria. Fueron tiempos de introspección, de mucha lectura, de silencio.

¿Cuál fue el primer libro que publicaste, y los motivos?

Bueno, la verdad nunca tuve afán de publicar. Escribía por necesidad y gusto. Sinembargo, cuando me propusieron escribir un cuento para una antología de piratas y corsarios, lo hice y para mi sorpresa, fue incluido en la antología. Aún recuerdo esa sensación extraña entre fascinación y vanidad al ver mi nombre impreso. Después fui comprendiendo el sentido profundo que tiene el publicar, más allá del ego, y es, por un lado la posibilidad de concretar los proyectos de escritura, hacerlos obra; y por otro, la comunicación que esto genera. Sinembargo, creo que no es sano el afán por publicar. Eso también se los digo mucho a los alumnos en los talleres de escritura. El compromiso es con la obra y con uno mismo, no con el deseo de ser reconocido. No se si me explico, hay un peligro en querer publicar  a toda costa y ese afán es muy común en los jóvenes cuando empiezan a escribir.

Con la biografía que haces de Pombo llegas a la fascinación por ese tipo de investigaciones y de escrituras, lo que confirmas con las que dedicas a María Cano y a La Pola. ¿Cómo fue ese proceso?

La vida es a veces curiosa y extraña. Lejos de imaginarme que yo iba a escribir biografía, y más lejos aún, de que me fueran a gustar tanto. Fui lectora de biografías en momentos difíciles, como cuando tuve que guardar cama por varios meses durante el embarazo de mi hija menor, y me sostuve leyendo biografías. La vida de otros me daba fuerza. Pero eso no lo supe en ese entonces. Es algo que he ido descubriendo a medida que he escrito las biografías. Es un género muy exigente, por eso me lo tomo con calma. Sobre todo porque uno está moviendo las energías no sólo del biografiado (a), sino de otros y de toda una época. Eso es lo que me apasiona del género, que te conecta con un todo, con el mundo, pero a través de los sentimientos y la vida de un ser humano. En mi caso no he elegido conscientemente los personajes. Ellos me han elegido a mí. E intento descifrar esa paradoja.

De quién realmente me enamoré fue de Pombo. Seguir su vida a través de su obra fue una experiencia muy rica. Excelente traductor y un conocedor del lenguaje como pocos. Una personalidad un poco nerviosa pero fascinante. Como ser humano fue íntegro, genuino,  con un alto sentido de la amistad. Me involucré tanto en su vida que me dio mucho trabajo escribir el capítulo sobre su muerte. No quería desprenderme de él.

Luego por un reto llegó María. No sabía mucho de ella pues no he sido militante, tampoco historiadora. María me mostró otra cara de la historia, algo más real, más duro, Después de María prometí no volver a meterme con la política. No a ese nivel, es un mundo feo, oscuro y sórdido. A diferencia de los jardines floridos de Pombo.

Con Policarpa fue diferente. Quizás es una biografía ingenua, pero la escribí para muchos lectores, para los lectores de una ciudad de diez millones de habitantes. Eso fue un reto. Se trataba de contar su vida en poco espacio y hacerlo de manera amena pues era para la colección de Libro al Viento que circula gratuitamente en Bogotá. Y así lo hice en una biografía corta, que se lee fácil, pero que costó reunir las piezas y armar el rompecabezas. Hay por lo general poca documentación sobre la vida de las mujeres y más aún en esa época.

El sustrato fundamental de esas biografías es la historia de Colombia, en lo cual das muestras de conocimiento sustantivo. ¿Qué etapas o momentos de nuestra historia tienes más presentes, y por qué?

Las biografías que he escrito hasta ahora me han llevado a estudiar la historia de Colombia en diferentes épocas, empezando por aquella que nos dio origen como nación. Y hay algo que me sorprende en todo ese devenir, desde entonces hasta la actualidad y es la violencia. Este pareciera un país que ha convertido la violencia en un asunto de identidad nacional. Hay escenas en esa historia que son hiperbólicas, actos de crueldad, de sevicia que son difíciles de imaginar, como la cabeza de José Antonio Galán puesta en una jaula en los caminos de Guaduas para escarmiento de los rebeldes; o el cerco a Cartagena en la época de Murillo y el dejar morir de hambre literalmente a un pueblo entero; y eso que yo no me he metido a fondo aún con la violencia de los años cincuenta. De igual manera las guerras intestinas también han sido una constante. Cuando investigué para escribir la biografía de Pombo,  tuve que hacer una lista para ubicar cada una de las nueve revoluciones que hubo desde la independencia a la Guerra de los mil días y estudiar las razones de cada una de esas guerras absurdas. Otro período que me parece que ayuda a entender mucho de lo que somos hoy es el de los años veinte, treinta, del siglo pasado, pues es cuando el país intenta abrirse al mundo, entrar a lo modernidad, pero no lo logra. Demasiado conservador, demasiados intereses personales. Para mí fue revelador que nos hubieran ocultado en las clases de historia (cuando las había en los colegios) al menos la existencia del Partido Socialista Revolucionario, del cual fue co-fundadora María Cano. Toda esa represión por parte de la hegemonía conservadora que logró derrotar un movimiento, que permeó todo el país a lo largo y ancho, en una época en que las comunicaciones no eran como ahora. Algo tenía de sintomático ese despertar de la gente, ese comprometerse con una lucha social y política que sólo reclamaba por un poco más de equidad y menos explotación e injusticia. En Colombia se ha estigmatizado a la izquierda de una manera casi religiosa y fanática, como si se apareciera el demonio mismo. Hay todavía mucho pensamiento mítico, mucha dificultad para razonar de manera informada. También tengo muy presente cómo esa  división de la izquierda que ha perdurado y no ha permitido consolidarse como una opción fuerte, viene desde los inicios. Fue un acto fallido el acto fundacional de la creación del Partido Comunista, pues sobre los revolucionarios románticos y genuinos, se impusieron los burócratas venidos de Moscú que recitaban doctrina y las consecuencias de ese acto fallido se han sentido hasta ahora.

En la escritura de relatos y cuentos para niños igualmente tienes esa marcada vocación que quizá es la impronta de tu infancia… Compártenos ese proceso, por favor.

Mira que no tiene que ver con mi infancia, no de manera directa al menos. Considero que tener la propia infancia como referente al escribir para los niños de hoy entraña un peligro y es el de caer en la nostalgia. Y los niños carecen de nostalgia. Al menos los niños sanos. Lo que he escrito para niños ha sido inspirado más, o por lecturas de autores que admiro y disfruto, o por el conocimiento y el disfrute que me da estar cerca de los niños. Es una literatura difícil de escribir, aunque se crea lo contrario. ¿Cómo superar los estereotipos que tenemos de la infancia? ¿Cómo comprometerse con el arte literario y no con su destinatario a la hora de crear? Pues este arte conlleva muchas dificultades. Como adultos tenemos una mentalidad colonizadora de la infancia que a veces nos domina y si o si, queremos dejar lecciones y legitimar nuestra verdad frente a ellos. No es fácil renunciar a todo esto. En la escritura de literatura para niños se juegan muchas cosas, no sólo el manejo acertado de los recursos literarios, sino la capacidad de comunicarse con los lectores potenciales, de interpretarlos en la historia que uno cuenta, si estamos frente a la narrativa o en las imágenes que uno crea, si estamos frente a la poesía.

Como le pasa a muchos escritores para niños, mis hijas fueron inspiración cuando eran pequeñas. Para acompañarlas a dormir inventaba historias disparatadas y divertidas que ellas me pedían y así retaban mi imaginación.

Tienes publicada una antología sobre poesía para niños. ¿En qué autores encuentras lecciones o actitudes pedagógicas para motivar a los infantes por la lectura y el conocimiento? Razones.

Lejos la poesía de actitudes pedagógicas o de pastillas de autoayuda para motivar a los niños por la lectura y el conocimiento. Lo primero que aprendí de los niños sobre la poesía es que ese es su territorio natural y no es justo ni grato meterse allí y reglamentar. La poesía para los niños es juego, en el sentido más serio y esencial del término. Es su espacio de libertad, de creación, de posibilidad de desarrollar su capacidad metafórica. Necesitamos nutrir a los niños de metáforas. Me viene a la mente los planteamientos de Edgar Morin al referirse a un mundo que se encuentra en estado de hiper-prosa y la necesidad que tenemos de nutrir lo simbólico, lo poético, lo mágico. O esa manera tan estética de María Zambrano de cuestionar nuestra pobreza actual: “Una de las más tristes indigencias del tiempo actual es la de las metáforas vivas y actuantes; esas que se imprimen en el ánimo de las gentes y moldean su vida” (cf. Zambrano, M., 1950. Hacia un saber sobre el alma. Buenos Aires: Losada 2005)

Creo que el compromiso es más estético que pedagógico. Y lo que si es cierto es que a los niños hay que iniciarlos en la poesía, educar su oído y su sensibilidad y una buena manera de empezar es con la poesía de tradición oral: nanas, retahílas, trabalenguas, adivinanzas, rondas, juegos de palabras. Es la puerta de entrada a la poesía. Hay una educación estética en los niños que infortunadamente hemos descuidado mucho, en aras de enseñar nociones, conceptos, preceptos morales, etc. Y en ese afán pedagógico y a veces moralista, descuidamos la educación de la sensibilidad.

Visto así, hay autores muy cercanos al imaginario y la sensibilidad de los niños: la argentina María Elena Walsh, por ejemplo, quien revolucionó la poesía para niños en América Latina y quien introdujo el humor, el absurdo, el sinsentido; el mismo Pombo quien sigue gustando  a los niños de hoy a pesar de la distancia en el tiempo; Gabriela Mistral tiene unas rondas preciosas. Federico García Lorca es una exquisitez, lo disfrutan sobre todo niños ya iniciados en la poesía. Para apreciar el ritmo y la percusión, el cubano Nicolás Guillén.

Y hablando de poesía, esta es todavía una faceta secreta tuya como escritora. Cuéntanos sobre esa modalidad y compártenos, de ser posible, algunos poemas para publicar en esta edición de Aleph-195 que te dedicamos, y en particular uno en manuscrito autógrafo para la página 1 de esa entrega.

Creo que hay que ser honestos. Me encantaría ser una buena poeta pero no lo soy. Quizás porque es un género que hay que cultivar con obsesión de artesano, además de un talento que creo no tener. Porque la poesía tiene mucho de oficio y yo he trasegado más por el ensayo y la narrativa. Tengo un libro de poemas inédito que titulé Del amor a la palabra. A medida que pasan los años, se vuelve más adolescente. Por eso no me gustaría que viera la luz. Comparto algunos poemas, no sin cierto pudor, lo confieso:

 

Epílogo

 

Henos aquí, alertas

en apariencia domesticadas

escuchando el rumor del viento

helado que nos recuerda

quienes somos.

Siempre listas a dar el zarpazo

o el abrazo

o a empezar de nuevo

si fuere necesario

a prescindir de las palabras

puro instinto.

Las lobas acechan y saben…

 

Fugitiva

 

Heme aquí deslizándome

entre las notas del piano

como una fugitiva

a punto de caer.

 

No sé quién eres realmente

y ya nos abrazamos

como viejos amantes.

 

Eres muchos en uno

y yo creía conocerte,

hasta que te vi doblar

la cuchara metálica

con la fuerza de tu mirada.

 

Luego tu imagen

se multiplicaría en el espejo

de tantas maneras

que tuve miedo.

 

Heme aquí escondida

debajo de una nota del piano

clara y precisa como el sol,

tal vez así te diluyas

para entregarme tu cuerpo

real y certero.

 

 

Oráculo

  

Llueve sobre la mar

agua sobre agua.

La imagen de la abundancia.

El sonido estridente de las olas,

el pulso rítmico de la lluvia,

el silbido del viento.

Un concierto húmedo me envuelve

y yo aquí en la arena

con ganas de ti.

¡Oh suave rumor!

 

¿Qué poetas has sentido más cerca por su obra, en distintos niveles históricos y geográficos?

Depende de la época de la vida. En mi juventud leí y amé a Miguel Hernández, a Antonio Machado y a Lorca. Más adelante descubrí a Hölderlin y me quedé allí muchos años. Me daban paz sus poemas a la naturaleza y su genuina conexión con el universo. En otro momento me detuve en la cubana Dulce María Loínaz quien le canta al agua de manera magistral. En tiempos más recientes retomé a Pessoa que había estudiado en la universidad, quien me acompañó por años, pues es inagotable. Es que son muchos poetas en uno y ese juego de sus heterónimos es alucinante y además, divertido.  Por lo general acostumbro a quedarme con un poeta durante un tiempo, tengo sus libros en la mesa de noche y los leo y releo hasta que siento que ya es hora de separarnos. Hace unos años estuve leyendo mucho a Fabio Morábito, me gusta de él su manera de poetizar los espacios, las calles, los rincones; lo mismo que su manera de crear una poética de lo cotidiano. Bueno, podría seguir, pero creo que no terminaría… soy una amante lectora de poesía y procuro nutrirme de ella.   

De tu experiencia en la Subdirección de la Biblioteca Nacional de Colombia, ¿qué lecciones te quedaron?

Aprendí mucho, pero es duro. El mundo burocrático me pega duro. Además, en el sector público todo es muy difícil, los técnicos y contratistas sueñan y proyectan, mientras los jurídicos y los administrativos ponen trabas. (Aunque debe haber excepciones, son pocas).  Es como una enfermedad. Y eso lo viví en varias instancias públicas. Sinembargo, mi paso por la Biblioteca Nacional yo lo equiparo a un doctorado. Haber hecho parte del equipo que sacó la Ley de Bibliotecas Públicas, me llena de orgullo y aprendí que aunque muchas leyes en este país son un saludo a la bandera, ésta ha tenido repercusiones muy positivas en el sistema bibliotecario público, como por ejemplo, darle otro nivel y otro reconocimiento al bibliotecario público, o haber fortalecido la infraestructura cultural en los municipios. También aprendí allí, que lo poco que uno logra hacer tiene mucho impacto en territorio y eso anima.

Aventurándonos a un cierto mañana, ¿qué proyectos tienes entre manos y qué ambiciones personales?

Quizás con los años las ambiciones se van moderando. Al menos eso me pasa. Yo solo quiero estar tranquila y aprender a disfrutar un paisaje, sentir la pureza del aire mañanero, o  la presencia milenaria de un samán. No sé, es difícil expresarlo. A medida que pasan los años y más aún en estos tiempos difíciles y extraños que vivimos, siento que alcanzar la sencillez es un ideal. Menos es más. Y es una lucha constante pues cuando uno lo intenta se da cuenta de que hay aún muchas dependencias, muchos vicios del consumo, mucho barroco que enreda y dificulta el camino hacia el estoicismo. Y ahí es cuando comprendo que quizás las monjas dejaron una impronta más fuerte de la que jamás imaginé.

Con relación a mis oficios varios, aspiro poder pasar los años que me quedan escribiendo. Sólo eso. Luchando con el lenguaje para poder terminar una novela o una biografía. Sinembargo, aun tengo que resolver la existencia material y eso demora los sueños, pero no renuncio. He aprendido que mientras se consigue uno el pan, puede ir abriendo caminos más personales, más íntimos, más auténticos. Nunca renunciar a ello, pues es la fuente de la vitalidad.

La Cultura es un tema muy global, en contenidos y en aperturas mundiales. Circunscribiéndonos a la literatura y las artes, ¿cómo aprecias el momento actual de Colombia, y de Latinoamérica?

Difícil evaluar el momento actual, sobre todo por esta contingencia tan extraña que nos ha tocado vivir. A nivel de políticas públicas creo que hace falta más apoyo a los artistas y a los escritores, una apuesta más comprometida con el arte. Pero esta pobreza resulta comprensible cuando asistimos a un nivel tan exagerado de corrupción en la política y en lo público. La cultura no deja de ser un intangible que no da votos. Creo más en la gente, en lo que están haciendo los artistas en sus esfuerzos personales y colectivos. Hay mucha creatividad circulando y ahora con la pandemia uno se sorprende de la capacidad de muchos artistas para crear propuestas nuevas. Creo que a nivel literario estamos pasando por un tiempo de gestación –pues esta pandemia nos ha sacudido hasta la conciencia- y sus frutos se verán más adelante. Hay mucho interés de dejar huella, de dejar memoria de este tiempo tan singular. También veo movimiento en la música, en el teatro, en la fotografía. Somos testigos y actores principales de un giro en la historia de la humanidad. Ni idea hacia dónde, unos son optimistas, otros no tanto, pero que esto nos marcará, no lo dudo. Seguramente los depredadores  de todas las especies  se volverán más dañinos y más caníbales, pero de igual manera los seres creativos pondrán toda su fuerza, su ingenio y su talento para dejar una estela vital de la cual puedan sostenerse las generaciones venideras. Puedo citar proyectos en pandemia que me parecen geniales: Dimensión Reconocida, foto-libro del manizaleño Carlos Pineda con escritos de varias autoras mujeres, un hermosos recorrido por una Manizales vacía, testigo del confinamiento; o a nivel latinoamericano Casas de Ópera, del Teatro Colón de Buenos Aires, un derroche de creatividad y excelencia para lograr montar óperas en los que el escenario era la casa de cada uno; músicos, directora, actores, cantantes.  O Jardin-lac: lectura, arte y conversación en (y para) el espacio público. Un espacio para compartir creado a partir de la metáfora de un jardín, donde cabe toda la diversidad. Y así, podría uno hacer un inventario de  tantas iniciativas que se gestan en medio de la desgracia. A pesar de las malas noticias, de las predicciones apocalípticas que circulan, tengo una íntima confianza en la fuerza revitalizadora del arte y en que hay miles de maneras de resistir hasta que pase la tormenta.

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Aquí está Beatriz-Helena Robledo en su personalidad y su obra en marcha, con lo exquisito de sus actitudes, patrimonio vital y permanente.

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Edición No. 195