Cartografía de una promotora de lectura
Cartografía: arte de trazar mapas geográficos.
Diccionario Larousse
Llegué a la promoción de lectura por azar. O quizás lo hice por vocación: vocación de lenguaje y de palabra, gusto y pasión por la literatura. En ese entonces –me remito a principios de los años ochenta- no se hablaba de promoción de lectura, al menos no en nuestro medio. Hablábamos de literatura y descubríamos asombrados el universo rico y variado de los libros para niños. Eran los años dorados de la Fundación Rafael Pombo. O más que los dorados, era el inicio de un descubrimiento, no sólo para mí sino para muchos de los que allí compartimos trabajo y experiencias. Recuerdo que el azar o el destino –nunca se sabe- puso sus cartas sobre la mesa. Yo andaba buscando trabajo fijo pues me había saturado del medio de la televisión. Viví durante varios años de hacer libretos para este medio, sobre todo para un programa que dirigía Jaime Botero Gómez, quien fue mi maestro en eso de crear escenas dramáticas en espacios interiores y de adaptar novelas inglesas del siglo XIX para estudios cerrados.
Y me refiero a este episodio que, aunque parezca muy personal, lo señalo porque fue un oficio que me sirvió mucho para comprender lo que tiene de escenográfico el acto de promover la lectura y la posibilidad que este escenario tiene de relacionarse con el universo simbólico de la literatura y de la cultura.

Un día, por razones que no vienen al caso, no quise escribir más para los medios masivos. Me había ido por un tiempo de Bogotá y al volver, ya Jaime no estaba y empecé a lidiar con directores déspotas y ególatras y con la tiranía del rating. Preferí cambiar de oficio. Pasé hojas de vida en aquellos lugares donde pensaba que sería rico trabajar y así llegué a la Fundación. Tuve la fortuna de atender la sala infantil con Yolanda Reyes y de compartir talleres y discusiones con Irene Vasco, la Nena Carvajal, Anita Medrano, Alberto Valdivia, Aníbal Moreno, Tatiana Romero, Gloria Bejarano, Vichy Estrada, Rodrigo Trujillo. Los nombro a todos, porque teníamos una sabia y deliciosa manera de aprender y contagiarnos: inventábamos talleres que poníamos a prueba con los compañeros, entre todos aportábamos, disentíamos, nos nutríamos con todos los lenguajes: teatro, plástica, expresión corporal, literatura, música… y estudiábamos cómo funcionaba el pensamiento lateral y divergente, como procedía el pensamiento creativo. Nadie dictaba cátedra ni se volvía pontífice del saber, éramos aprendices con la infinita mirada del asombro a flor de piel. No sé qué dirán ellos de esos tiempos. Por mi parte rescato imágenes valiosas para lo que nos convoca hoy: Yolanda y yo nos volvimos magas inventando visitas guiadas para la sala infantil con rutas y pistas que llevaban a los niños a meterse en los libros; veíamos asombradas como los niños armaban torres altísimas de libros y los tocaban y manoseaban como si nunca en su vida hubieran tenido un bello libro en sus manos; invitábamos a los escritores más prestigiosos de entonces a compartir sus historias con los niños y fuimos víctimas del robo de casi la mitad de la colección por parte de algunos jóvenes lectores, con un método bastante sofisticado a través de las ventanas de la casa. Lo que por supuesto puso en duda todas nuestras convicciones sobre la capacidad redentora del arte.
Convocábamos a los vecinos a visitar la biblioteca y a asistir a los talleres con volantes que metíamos debajo de cada puerta, casa por casa. Usábamos megáfono los domingos para atraer ingenuamente a las familias que preferían comerse un helado en la plaza de Bolívar. Ni un niño asomaba las narices por allí y eso para mi fue una fortuna: tuve la oportunidad de leerme casi completa la colección de la sala infantil. Pasaba el día descubriendo territorios inexplorados: Astrid Lindgren, Gianni Rodari, Roald Dahl, Christine Nöstlinger, Maria Gripe, Eric Kastner, Michael Ende, Tomi Ungerer, Tomie de Paola, Arnold Lobel… todos autores europeos y norteamericanos que conformaban la mayor parte de una colección importada de España en una época en que se editaban muy pocos libros para niños en Colombia.
Esta experiencia como lectora me ha permitido corroborar una verdad que le es propia a la literatura: su condición de tejido cultural. Una corriente de influencias se mueve entre los escritores, un tejido intertextual urde las tramas y crea nuevos textos. Un escritor deja huella en otro y éste en otro, cumpliendo con el destino literario. Porque nadie crea de la nada.
Pero el tejido textual no era suficiente. Yo venía del mundo de la literatura y me fue fácil retomar las lecturas. Mi reto fue primero con los niños y luego –cuando me promovieron al área de capacitación- fue con los maestros. Trabajábamos con las escuelas de los barrios aledaños, nos retaba la pobreza, el hacinamiento y la violencia con los niños. Éramos militantes entregados a la causa, como debe ser un promotor de lectura. Y aunque no le dábamos adjetivo a nuestro quehacer, ni hacíamos evidente el compromiso político del promotor, nuestra manera de abordar la formación de lectores, era profundamente política. Nos cuestionamos la función y el alcance de la literatura en la escuela, la necesidad de transformar la pedagogía de la lectura y la escritura. Estudiamos a Freire, a Rodari, a Keneth Goodman, a Donald Graves, leíamos los artículos de Germán Rey sobre el pensamiento creativo; estábamos al tanto de lo que pasaba con el movimiento pedagógico.
A unas cuadras de la Fundación, funcionaba la Asociación Colombiana de Literatura infantil y juvenil: ACLIJ. Allí asistíamos a talleres de capacitación, a conversaciones sobre los libros, a los comités de evaluación. Conocí las sutilezas del arte de la selección, las discusiones sobre la calidad, las corrientes y movimientos de la literatura infantil universal. Para mi Aclij fue el espacio de la reflexión literaria, mientras en la Pombo afinaba las preguntas sobre la pedagogía de la lengua, la enseñanza de la literatura y las relaciones de ésta con las demás artes.
Fue un tiempo de trabajo en equipo, de discusiones grupales, de talleres colectivos. Empezamos a mirar lo que pasaba en el resto del país. Recuerdo un evento que marcó un derrotero: el Taller de Talleres, de allí el nombre de la Asociación que inicié con un par de colegas más adelante. Fue un espacio organizado por la Fundación al que invitamos a varios talleristas de Medellín, de Cali, de Bogotá a mostrar su trabajo y a sustentarlo. Para mi ese encuentro fue fundacional. Es así como me imaginé siempre y sigo pensándolo que debería ser el aprendizaje: entre pares. Ávidos y curiosos, escuchamos al otro quien nos sorprendía. Teníamos a la niñez y a la literatura en el centro de nuestras preguntas.
Después inicié mi camino de promotora literaria. Fue una época en que el mapa de Colombia se volvió a teñir de rojo. Y era literal. El mapa estaba pintado de zonas rojas, donde los combates entre guerrilla y ejército se intensificaban. Allí debíamos ir a llevar a los niños, a los docentes y a las familias la cultura del libro. No sin cierta ingenuidad e idealismo y cierta arrogancia de élite letrada, llevábamos los libros como la medicina a los males en las diferentes regiones. Detrás había una estrategia gubernamental: el estado hacía presencia con armas y libros donde antes había brillado por su ausencia: Acandí, Necoclí, Apartadó, Turbo, Arboletes por el norte; Santander de Quilichao, en Cauca; Paujil en Caquetá, la bota caucana, Montelíbano, Landázuri, Cimitarra, el Magadalena Medio. Descubrí la realidad del país y de su gente en relación estrecha con los libros. En Necoclí, un grupo de maestras se rebeló frente al libro Arturo y Clementina, la tortuga que se liberó de la tiranía de su esposo buscando su propio camino, les pareció demasiado feminista; ellas se sentían bien atendiendo a sus hombres. En Santander de Quilichao El hombrecito de papel de Fernando Alonso transmitió las noticias de los campesinos perseguidos por el ejército tildándolos de guerrilleros; en Landázuri, las mujeres contaban historias de cabezas en costales comparando ese momento con la época de la violencia de los cincuenta. La realidad del país se escribía a partir de la lectura de los libros infantiles.
Esta incursión en los libros para niños y en su relación con la formación de lectores no se daba solamente en Bogotá. El Banco de la República había abierto un espacio en todas las sucursales de sus áreas culturales para la exploración de la literatura infantil. Aclij realizaba talleres de formación de maestros en varias ciudades del país en los espacios que abría el Banco de la República. Me había retirado de la Pombo y me uní al grupo de talleristas que viajaba por el país ofreciendo estos talleres que recuerdo- eran modulares- y estaban centrados en los géneros literarios: taller de cuento, de poesía, de tira cómica. Hacerlos nos obligaba a estudiar y a consultar el centro de documentación que la asociación tenía en su sede con materiales que la misma Silvia Castrillón había traído de sus viajes a Francia y a Canadá. Buscábamos con ansiedad los referentes universales que nos pudieran nutrir, a falta de un espacio académico.
Luego -de nuevo por azar o por destino- al principio de los noventa, terminé dirigiendo la Fundación Rafael Pombo de Manizales. Esta entidad se había fundado con el mismo espíritu de la de Bogotá, y centraba su trabajo en la literatura para niños y su relación con el pensamiento creativo. Allí también se conformó un grupo de jóvenes inquietos por la literatura y las artes que marcaron un camino: Sigifredo Ciro, Maria Helena Díaz, Maria Elena Rincón, Gloria Helena Londoño, Liliana Valencia. Logramos convertir la fundación en un referente de trabajo con los niños y los libros, involucramos a otras instituciones interesadas en la formación de lectores como la biblioteca de la caja de compensación de Manizales y el instituto de Bienestar familiar en su trabajo con las madres comunitarias. Hacíamos talleres con la imprenta de Jairo Ojeda, que años después Irene Vasco incorporó a su proyecto La imprenta manual. Sin saberlo, estábamos haciendo parte de un movimiento que se gestaba en el país alrededor de lo que luego se llamó la promoción de la lectura.
Posteriormente regresé a Bogotá y me vinculé con Fundalectura, la cual había surgido de la fusión de Aclij con los editores y papeleros del país. Fundalectura significó la oportunidad de consolidar mi trabajo en las áreas que venía desarrollando: por un lado, la evaluación de materiales de lectura. Allí llegaba la oferta editorial de libros para niños y jóvenes –como aún sigue llegando- y en un comité interno leíamos y seleccionábamos los libros para los boletines de recomendados. Este ejercicio contribuyó a ampliar mi conocimiento sobre los libros infantiles, pero también a afinar mi criterio y estoy segura, que el de todos los que allí leíamos y discutíamos; por otro lado, coordiné los programas de formación con los docentes y bibliotecarios alrededor de temas y problemas sobre la ilustración, la literatura, la biblioteca pública, la escuela y finalmente, me abrió las puertas al ejercicio de la crítica literaria, la cual había iniciado varios años antes a través de las reseñas que escribía para el boletín cultural y bibliográfico del Banco de la República. En este caso, la crítica se centraba en los libros para niños y las revistas Hojas de lectura y la RELALIJ, revista de literatura infantil y juvenil latinoamericana, eran espacios privilegiados no solo para escribir, sino para conocer lo que estaba pasando en América Latina al respecto. Fundalectura, como miembro de la IBBY que es, lideraba en ese entonces la unión de los Ibbys latinoamericanos, lo que significaban encuentros anuales con representantes de todos los países de América Latina. Esto significó conocer, escuchar y leer a personas claves como Ana María Machado, Graciela Montes, Marina Colasanti, Ligia Bojunga Nunez. Significó leer sobre Monteiro Lobato, Maria Helena Walsh, Aquiles Nazoa.
También significó indagar sobre la propia historia literaria. De allí el inicio de mis investigaciones sobre la literatura infantil colombiana. Conocer sobre el desarrollo de la literatura en los demás países de América, me impulsó a investigar sobre lo que había pasado en Colombia durante varias décadas. Se dio la necesidad de profundizar en el tema, por lo cual decidí hacer la maestría en literatura hispanoamericana. Era una oportunidad para ampliar la investigación y darle un marco teórico y un enfoque historiográfico. Menciono este episodio, que aunque igualmente personal como los otros, me aclaró aún más la convicción de que la promoción de la lectura no debe estar desligada del conocimiento literario y del proceso que va desde la creación de las obras hasta su recepción. Algunos hablan de una cadena y otros del equilibrio de un hábitat. Cualquiera de las dos concepciones apuntan a comprender la promoción de la lectura como parte de un tejido que va desde la creación, pasando por la divulgación, luego la mediación hasta llegar el último eslabón que es el lector y todo esto inscrito en una época, en un contexto histórico. Un promotor o un mediador de lectura no puede sustraerse de esta cadena de relaciones.
Durante muchos años la pregunta por la formación de lectores estuvo en el país más centrada en la escuela que en otro lugar. Y más que hablar de promoción de lectura, la reflexión se centraba en cómo transformar la pedagogía de la lectura y la escritura y en cómo convertir a la escuela en una escuela lectora, empezando por la formación lectora de los mismos docentes. Marcaron el pensamiento de esa época Maria Eugenia Dubois, Delia Lerner, Ana Teberosky, Emilia Ferreiro. Algunas de las colecciones de libros más allá de textos escolares que se habían entregado desde el nivel central y con amplia cobertura habían sido pensadas para la escuela.
El plan de lectura Es Rico leer, plan de gobierno concebido y ejecutado por Fundalectura fue diseñado en espacios por fuera de la institución escolar, precisamente con el fin de incidir en la transformación lectora de las comunidades. De allí que se instalaron puestos de lectura en lugares de la comunidad y en las bibliotecas públicas. Este hecho era un cambio en la concepción de la promoción de la lectura, no sólo porque ensanchaba el horizonte de posibilidades sino porque se consideraba la promoción de lectura dirigida a los adultos.
Estando en Fundalectura volví a tener la oportunidad de viajar por el país. Era necesario evaluar este plan. Era el año de 1994. Durante un viaje a San José del Guaviare anoto en mi diario:
“La cadencia rítmica de las ciclas al pasar genera un aire de tranquilo sosiego que no tiene nada que ver con las historias del campo sobre los muchachos, los enfrentamientos continuos entre las guerrilla y el ejército, los bombardeos a los cuales la gente ya se ha acostumbrado. San José parece un nido abandonado en la selva, pero protegido en su interior. Ver pasar a las adolescente charlando al ritmo de un pedaleo lento, no tiene relación con el acto cruel y violento que sucedió el año pasado cuando los muchachos fueron emboscados por el ejército. Venían caminando por una trocha y fueron bombardeados. Cientos de ellos murieron, fue terrible, cuenta la inspectora de planeación. Antes los muchachos ni siquiera terminaban el colegio. Si perdían el año se iban para el monte. Ahora prefieren irse a raspar coca. Se hacen diez, quince mil pesos diarios. Incluso las niñas se enamoraban y se iban. Ya no es tanto. Ahora los atrae más la coca. En Miraflores, por ejemplo Ah! Miraflores. Hay algo mágico y alucinante en Miraflores. Su calle principal es el aeropuerto. Vi la fotografía en el instituto de cultura. Al lado y lado de una pista tres hileras de casas. Esa fotografía fue animada por diversos comentarios que lo hacen a uno querer ir a Miraflores, pero ir allí es muy costoso. El sólo viaje cuesta más de 30.000 pesos. Sólo se puede ir en avión. La entrada por el río significa mínimo una vuelta de tres días. Allí todo vale mucho dinero. Perfumes finos, ropa importada, restaurantes donde le preparan lo que pida, vida de bonanza, espejismos que brillan y deslumbran. Allí tenemos un bachillerato agrícola. Se imagina qué les vamos a enseñar a cultivar si tendrían que competir con el cultivo de la coca, afirma el Secretario de educación departamental. Le pregunto, ud. Cree que deberían legalizarla? La verdad es que aquí el consumo está condenado. Usted por aquí no encuentra viciosos. La gente la cultiva y trabaja en ello porque si cultivara otra cosa se moriría de hambre. Lo hacen para vivir. Ah! Miraflores, no tiene nada que ver con San José, no tiene nada que ver con nada. Todo allí es como un juego, un juego de verdad. Son otras proporciones. En el día se ve poca gente afuera, pero en la noche… es pura vida nocturna. En Miraflores quedó una caja viajera en la estación de bomberos. Qué será de esa caja, qué será de esos libros!”
Estos viajes me ubicaron en un lugar distinto frente a la promoción de la lectura. El hecho de estar evaluando me ponía en otra perspectiva diferente a la que se tiene cuando se imparte un taller o cuando se trabaja desde la institucionalidad. Aquí el contacto era directo con la gente e indagaba por el sentido que tenían los libros para ellos y los usos que hacían de estas colecciones. De igual manera comprendí que la promoción de la lectura va mucho más allá de sí misma. A través de las actividades de animación y a través de los talleres me iba involucrando cada vez más con los seres humanos con los que trabajaba. Conocía sus deseos, sus sueños, sus frustraciones a nivel individual, pero también el completo tejido de relaciones sociales, la falta de oportunidades, el abuso en las relaciones de poder. Vuelvo a mi diario y leo:
“Hoy fuimos a La Carpa. Hicimos el viaje en voladora por el río. Después del desayuno me fui al Instituto de Cultura para saber a qué horas salíamos. No tenía la certeza si habían concretado el viaje por río. Era mi deseo más sincero. El padre y la promotora de jóvenes me lo habían recomendado. El Raudal. Llevé una buena cámara para hacerle fotos a las rocas que hay en el Raudal. Ciertamente, rocas de todas las formas y tamaños labradas por el río cuando crece la corriente. El río en verano no es peligroso, pero las voladoras se enredan en las ramas o las raíces y existe el peligro de que se golpee el motor con una roca. Varias veces fue necesario parar y empujar la lancha. Encontramos una caja viajera utilizada más que todo por los adultos. Adultos lectores disfrutando de la literatura. La caja era atendida por un comerciante quien prestaba los libros. Le pregunté cómo la promocionaba. Con las amistades. Eso hice cuando llegó la caja. Amigos, llegaron buenos libros. En ese mundo agreste de la Carpa donde la gente trabaja en el monte o en el río sorprende encontrar tan buenos lectores. ¿por qué esa sorpresa? Lo usual es que en el campo se lea poco. Aquí los lectores no eran maestros. Eran campesinos quienes después de un duro día de trabajo, disfrutan de un tiempo tranquilo, leyendo un buen libro. En Guaviare siente uno a Colombia, gente de todas partes del país colonizó esta región. Hace 20 años era una región virgen. El espejismo del comercio, la coca y las tierras baldías atrajo familias enteras del resto del país: boyacenses, antioqueños, cundinamarqueses, quindianos, caldenses… El país reunido aclimatado según sus posibilidades. Esto es duro por aquí. Violencia. Faltan líderes cívicos. Hay gamonales, eso sí. Los políticos logran reunir a la gente pero a base de promesas. Yo conocí a un politiquero local, ya murió, quien compraba cuadernos para regalarle a los niños y a su mamá la tenía pasando hambre. Yo le daba mercado a la señora, cuenta el párroco, mientras en la contraportada del cuaderno decía: Cuaderno donado por fulano de tal… Esto ha cambiado mucho debido a la coca. La coca, la guerrilla y el ejército, esos tres factores juntos forman violencia y la violencia es ignorancia.”
A diferencia de la Carpa, en otros lugares la colección se había perdido o estaba aún sin usar. Comprendí entonces que una selección excelente de materiales de lectura no era suficiente para formar lectores. Se necesitaban dos ingredientes adicionales: el conocimiento de las poblaciones con las que se quiere trabajar para hacer una selección que –sin sacrificar la calidad- esté más cerca de los intereses y sobre todo de los niveles lectores de las comunidades. De igual manera, la necesidad de facilitar esa disponibilidad de materiales. Es decir transformar esa disponibilidad en acceso, como bien lo explica Judith Kalman.
Durante más de quince años hice talleres de promoción de lectura con las áreas culturales del Banco de la República. Esto significó continuar construyendo un conocimiento sobre la situación de la lectura y la escritura en las bibliotecas, en las escuelas, en los hogares. Conocer sobre las dificultades y retos que se les presentaban a los mediadores en el día a día: la falta de oportunidades y condiciones para actualizar sus saberes; la realidad violenta del país que generaba deserciones, temores, y una especie de desesperanza frente al futuro de esos niños a los que ellos enseñaban. Pude constatar de viva voz los problemas que los estudios y las investigaciones estaban señalando: las rivalidades entre profesores y bibliotecarios frente a la responsabilidad en la formación de lectores; la falta de tiempos reales para los maestros dedicados a su propia formación como lectores; la dificultad para acceder a materiales de lectura. Donde llegaba, al final de los talleres todos me pedían los libros para fotocopiarlos. Y a pesar de la consideración que le tengo a la ley de derecho de autor, no podía negarme. Era su única posibilidad y estaba segura que usarían ese material hasta gastarlo. La inestabilidad de los bibliotecarios públicos; rostros nuevos cada vez que regresaba a un lugar y esa sensación de estar empezando de cero como el mito de Sísifo. Hoy después de veinte años el problema sigue vigente. Reviso mis notas y leo:
“La principal dificultad con la que se enfrentan los bibliotecarios es la politiquería. Están expuestos a ser removidos cada vez que hay cambio de alcalde. Si el bibliotecario no es del mismo grupo político o es destituido o es presionado a obrar como quiere el alcalde. Y ellos aceptan temerosos de perder el contrato o el puesto y con una baja autoestima profesional.”
La inexistencia de bibliotecas y bibliotecarios escolares, en fin, problemas todos que el país no ha terminado de resolver, y quizás algunos se han ahondado más.
Luego con la asociación de Taller de Talleres, el trabajo directo con la gente se hizo más intenso: proyecto con escuelas en los barrios más desfavorecidos de la ciudad; formación de promotores de lectura y de bibliotecarios a lo largo y ancho del país; orientaciones a los padres de familia, en fin, se amplió la línea de proyectos de promoción de lectura con diferentes poblaciones y se generó un grupo de estudio en el que leíamos los clásicos de la literatura infantil y juvenil y discutíamos sobre sus temáticas y calidades.
El trabajo con la asociación me permitió algo que sigo considerando hoy en día muy valioso y es la posibilidad de pasar de la acción a una reflexión sistemática que permita la construcción de conocimiento y sobre todo que permita comprender el por qué de lo que hacemos. Varios proyectos de investigación fueron posibles con la asociación y estos proyectos me enseñaron la riqueza de un trabajo interdisciplinario, sobre todo para la promoción de la lectura donde se entrelazan campos diferentes de acuerdo con las poblaciones con las que trabajamos y de acuerdo también con los propósitos que nos convoquen.
El proyecto de lectura y medios audiovisuales con niños y jóvenes desvinculados del conflicto armado me puso en otro lugar. Fue una experiencia que me permitió trabajar de manera muy cercana con estos jóvenes y me desbarató todos los esquemas que ya tenía armados frente a la formación de lectores y la promoción de la lectura. Cada semana íbamos a las casas donde estaban recluidos a trabajar con ellos. Recurro de nuevo a las notas del diario:
“Al llegar a Agarta veo caras nuevas, casi todos jóvenes a quienes no conocía y que por información de Jairo supe que se habían vinculado en los últimos dos meses. José Luis estaba en el kiosko con la trabajadora social. Después de conversar un rato y ponerme en contexto acerca de la situación actual del programa y de los muchachos hicimos una sesión de taller. Presenté los contenidos del ciclo de identidad. Expuse los dos temas claves de trabajo: lectura de imágenes y construcción de personajes. Observamos y leímos El globito rojo, Zoom y Teatro de media noche. En la tarde nos reunimos con los jóvenes, trabajamos en el espacio del comedor acostados en cojines. Como todos eran nuevos comenzamos por presentarnos. Luego jugamos a las adivinanzas. Esto los entusiasmó muchísimo y realmente estuvimos más de una hora en el reto de adivinar. Les gusta sentirse retados. Leonel tomó la vocería y con un libro en la mano lanzó adivinanza tras adivinanza. La merienda llegó en medio del juego. Era un pan dulce y masato. Más se demoró en llegar que ellos en devorarla. Sólo quedó mi pan en el plato pues yo estaba lanzando nuevas adivinanzas. ¡apostemos el pan de la profe! Listo, dije. Pero vamos a acordar las reglas de juego. Voy a escoger una adivinanza bien difícil, damos un minuto para responder y el que acierte se lleva el pan. –¿Y si responden dos profe? Parten el pan entre dos. ¿Y si tres?, pues entre tres. ¿Y si todos profe? Pues parten el pan entre todos. Listo.
“La hermana de mi tía que no es mi tía, ¿quién es? Ensayaron miles de respuestas: la prima, la hermana, la abuela. Volví a leerla y volví a contabilizar. A la tercera vez uno de los muchos dijo: mi madre. Acertado, te has ganado el pan Bravo! Y empujé los aplausos. Profe queremos un cuento. Leí el cuento que empieza cuando la rana, la mosca… Luego pregunté quién había oído hablar de Picasso. Ellos lo transformaron en Picacho. Les conté sobre Picasso, quién era y cómo algunas veces rayaba el papel y de allí sacaba figuras diferentes. Pusimos música. Por solicitud de ellos escuchamos un vallenato y a su ritmo empezaron a rayar las hojas. Luego con colores empezaron a encontrar figuras. Leonel hizo letras, Angela había rayado la hoja con trazos muy seguidos y esto le dificultó encontrar imágenes figurativas. Juan Fernando se entusiasmó mucho pues encontró varios animales. Alberto Amado fue uno de los que más figuras encontró… y así cada uno se sorprendía a medida que veía un pescado, un muñeco, un árbol, una casa…
“Al día siguiente continuamos el taller con una relajación. Ellos me piden música, yo les digo que esta vez vamos a relajarnos siguiendo mi voz. Aceptan y se disponen a relajarse. El sentido de la relajación se orienta a un viaje interior y de reconocimiento de sí mismos, pronunciando en silencio su nombre, aceptándose y reconociéndose. Hacia el final de la relajación leo el cuento El pájaro del alma, el cual habla de la identidad. Al regresar de la relajación algunos recordaron el cuento y pudieron reconstruirlo. Luego hicimos lectura de imagen con los libros Chigüiro, Al otro lado del árbol y Teatro de media noche.
“Después trabajamos las siluetas tamaño natural para luego hacer creación de personajes. Esto les entusiasma. Se apoyan: uno dibuja al otro y viceversa. Algunos muchachos, los más inseguros quizás, dicen que no quieren. Sin embargo, poco a poco se van animando. Apoyo el trabajo de cada uno orientándolos en la construcción del personaje: quién es, cómo se llama, qué hace, dónde vive, con quién vive, cómo es su manera de ser. Ponemos varios materiales a su disposición: témperas, marcadores, crayones, colores, lanas, papeles de colores. Andrés dibuja un carateca, Alberto Amado pregunta si puede hacer un uniforme camuflado, le digo que claro, que si eso es lo que quiere, qué colores necesita. Pide verde, negro y amarillo. Supongo que va a pintar a un guerrillero, pero dibuja un soldado. Se concentra tanto que dura toda la tarde vistiendo a su personaje. Leonel se va solo a un cuarto y crea a Juan, un señor de veinticinco años quien trabaja en un taller de motos. A Juan le gusta la mecánica. Arnold trabaja con Lina desde el comienzo. Entre los dos construyen el personaje de una secretaria, alegre, buena persona, quien vive con su esposo y sus hijos y quien pasa los días sentada en un computador. Juan Esteban empieza a hacer el personaje de un nadador. Le pinta su pantaloneta de baño. Prepara el color para la piel, pero no le sale el rosado que esperaba sino un morado que asocia con la muerte. Decide ahogar al nadador. Juan Esteban venía de las AUC. Se habían empezado a formar los ejércitos paramilitares.”
Este trabajo me enseñó el valor que tiene la literatura para la construcción y reconstrucción del sí mismo. Y como bien lo afirma Louise Rosenblatt: “la literatura trata la gama total de elecciones, aspiraciones y valores con los cuales el individuo debe tratar su propia filosofía personal… La literatura proporciona un vivir a través de … no solamente un conocer sobre…” (Rosenblatt: 2002, pag. 65)
Paralelo a este proyecto, trabajo en uno que en nuestra cartografía se ubica simbólica y realmente al otro lado del río. Palabra-memoria-vida es un proyecto de lectura con población forzada al desplazamiento por los grupos armados. Allí el trabajo es intergeneracional: jóvenes, adultos y adultos mayores participan del proyecto. Conozco el otro lado de la moneda. La relación con una psicóloga que posibilita la catarsis del dolor es esencial. Participo con el trabajo de escritura colectiva. Partimos de los cuentos maravillosos para llegar –después de un largo proceso- a una narrativa construida colectivamente como si fuera un mito. Escribimos entre todos Los héroes del camino. Para llegar a él leímos muchos textos durante más de seis meses en sesiones cada tres meses de trabajo con la memoria y la reconstrucción de una historia que aún hoy no se acaba de escribir.
Hasta aquí, una capa de la cartografía armada en un tejido entre la historia personal y tres momentos de la violencia de nuestro país en los que se incorporan nuevos actores y esta historia documentada a través de la experiencia de la promoción de la lectura. Podría haber dibujado el mapa desde otras convenciones. Por ejemplo desde las trayectorias lectoras de los mediadores; o desde las variaciones geográficas. Así como una cartografía de lugares se elabora con mapas hidrográficos, mapas de relieves, mapas políticos, mapas culturales, así la cartografía de la promoción de lectura está por construirse. Ojalá entre todos los que consideramos la lectura como un derecho y trabajamos para contribuir a que este derecho se garantice, construyamos los mapas que apoyen la transformación de esta práctica en un campo de conocimiento.
Dos últimas reflexiones para cerrar, que considero útiles para el tema que nos reúne. Estoy convencida que un promotor de lectura debe sobre todo amar su condición. Este es un trabajo que sólo se puede hacer bien desde un compromiso de vida. Es un trabajo que compromete a fondo la condición humana. Los mejores promotores de lectura que he conocido aman su trabajo, son unos apasionados del tema. La promoción de la lectura está lejos de ser una técnica o un oficio que se adquiera a través de cursos de capacitación. Es cierto que un promotor de lectura debe conocer muy bien los materiales con los que trabaja, pero también es cierto que se las ha de ver con grupos diversos insertos en dinámicas sociales y políticas complejas, y debe tener los recursos internos suficientes para afrontar estas situaciones.
Hoy empieza en el país la implementación de un oficio a través del SENA que es el de promotor de lectura. Empiezan a multiplicarse los diplomados sobre promoción de lectura. Esto quiere decir que vamos hacia una certificación de competencias laborales y una profesionalización de un oficio que no es del todo un oficio. No tengo la suficiente claridad para opinar sobre este fenómeno que seguramente es una necesidad y por eso surge como una propuesta. Pero si creo que es necesario que abramos espacios de reflexión sobre esta práctica, quizás a través de laboratorios que permitan observar que va pasando con estas implementaciones. Es sin duda un tema para un observatorio de lectura.
Otro aprendizaje que está relacionado con lo anterior: una condición sine quanon para un promotor de lectura, es más, para cualquier mediador, es su reconocimiento como lector. Y no me refiero ni al manejo de un canon específico ni a un asunto de discriminación elitista. Estoy convencida que todos como seres humanos tenemos la capacidad de leer y que dependiendo de un sinnúmero de condiciones desarrollamos más o menos esta capacidad. Sin embargo, un promotor de lectura debe iniciar por reconocerse como lector para así poder incidir voluntariamente en su propia trayectoria lectora y transformarse cada vez en un mejor lector. Y un mejor lector no es el que más libros consuma. Conozco consumidores de libros un tanto indigestados con exceso de lecturas. Me refiero a lectores con capacidad crítica para cuestionar los textos, con capacidad para interpelarlos y orientar a las poblaciones con las que realiza la promoción para que ellos a su vez dialoguen y conversen con los libros. De esta manera permitimos que la lectura y la lectura atraviesen los proyectos: ya sean pedagógicos, sociales, culturales, y hasta los proyectos productivos, por qué no.
Y como bien lo dice Michel Petit: “Somos seres de lenguaje en caza perpetua de expresiones afortunadas”.
Bogotá, noviembre 24 de 2009
Bibliografía
Kalman, Judith. Saber lo que es la letra. Una experiencia de lectoescritura con mujeres de Mixquic. Siglo XXI editores: México, 2004
Rosenblatt, Louise M. La literatura como exploración. Fondo de Cultura Económica: México, 2002.
Petit, Michéle. El arte de la lectura en tiempos de crisis. Océano: México, 2009