Itinerarios de lector: un recorrido personal
El sin par borracho Antón cayendo de un tropezón gritó con todo su aliento: ¿quién se cayó? Y en la pared de un convento el eco le contestó: ¡yo!
-Mientes pícaro yo fui y si el casco me rompí lo taparé con pelucas.
¡Lucas!
-¿Me conoces tú tunante? Pues aguárdate un instante conocerás mi navaja.
¡Baja!
-Bajaré con sumo gusto ¿te figuras que me asusto? Al contrario, más me exalto.
¡Alto!
-Alto a mi piensa el bandido que al callarme estoy marchito.
¡Chito!
-¿Qué calle yo miserable?
¡Hable!
Y en ese punto intenso de la escena se trunca el recuerdo de lo que fue la primera pieza de tradición oral que quedó guardada en mi memoria. La voz dulce y profunda de mi padre, y la fascinación que ejercía en mí el poder jugar al eco con un personaje que sólo a través de su palabra yo lograba imaginarme: un verdadero truan, borracho, pendenciero y mal hablado y que tenía además, la valentía de encararse frente a frente con el Eco. Sólo la fuerza creadora del lenguaje y mi asombrada imaginación de niña pueden explicar la riqueza visual de la escena de esta retahíla con regusto a picaresca española: puedo jurar ahora en este ejercicio de la memoria que yo escuchaba el rugido del viento, el retumbar sonoro y profundo del eco, y veía a Antón tropezándose con la pared de ese convento enclavado en un risco montañoso.

Nada de eso pareciera estar ahora en el texto.
Además del sin par borracho Antón, que nunca me cansé de repetir, recuerdo el juego de la pijaraña, el cual involucraba a mi madre y a mis hermanas, todas reunidas alrededor de una mesa y con las manos puestas sobre ésta: alguien –generalmente mi madre- recitaba la retahíla mientras pellizcaba las manos, una por una hasta el final. A medida que se terminaba la retahíla se iban escondiendo las manos. A la última se le otorgaba el derecho de volver a comenzar de nuevo. Pijaraña jugaremos a la araña, con cuál mano, con la cortada…. Estoy segura que estas dos pequeñas piezas de la cantera de la tradición oral española, significaron para mí la puerta de entrada al universo de la literatura. Son mis imágenes primordiales, las que me dieron el regusto por la palabra rimada, por la musicalidad, por el dramatismo de una escena o la fantasía de un gallo con orejas de caballo.
No tengo un recuerdo exacto, nítido o claro de cuando aprendí a leer. Y sé que eso no fue una preocupación especial en mi casa por parte de mis padres, al menos en lo que a mí respecta. Cuando entré al kinder, momento en que comienzan las preocupaciones de los adultos por la alfabetización del niño, no solamente ya leía de corrido, sino que me había devorado muchas revistas. No aprendí a leer ni con el método silábico, ni con el global, ni con el analítico. Ahora que lo pienso mejor creo que lo hice con el método de la tira cómica.
Porque contrario a los cánones establecidos por la promoción de la lectura, mis primeras lecturas, y las que hice durante mucho tiempo fueron simples y comunes revistas de tira cómica de la época. Y aclaro, que para mi pesar conocí a Tintín muy tarde, quizás en los últimos años de la universidad. Papá era un coleccionista devorador de tiras cómicas. Todas las semanas llegaba con un puñado de aventuras del ratón Mickey, Rico Mc. Pato, Pluto, Tribilín, El fantasma, Tarzán, Lorenzo y Pepita. Lejos de cualquier reparo ideológico propio de algunos intelectuales enemigos del capitalismo de Rico Mc Pato, papá se enfrascaba en estas lecturas con la misma seriedad con la que estudiaba un tratado de cálculo estructural. Daba gusto escuchar su risa espontánea e infantil, que despertaba nuestra curiosidad y nuestro deseo de participar de su lectura con la misma intensidad.
Quizás por haber padecido de fiebres altas y frecuentes, mis recuerdos de la primera infancia son muy nebulosos y están más relacionados con la palabra oral. Fueron muchas las convalecencias que pasé escuchando en el tocadiscos de la casa los cuentos de Rafael Pombo, en la voz de Gloria Valencia de Castaño, o cuentos tradicionales y de Las mil y una noche.El que más me gustaba era Alí Babá y los cuarenta ladrones, sobre todo en el momento en que la magia de las palabras Ábrete Sésamo, lograba transgredir la prohibición a la entrada de la cueva donde los ladrones escondían los tesoros robados.
También recuerdo que todas las tardes, a las cuatro en punto a la hora de “tomar el algo” como se le decía a la merienda en el Viejo Caldas, nos sentábamos ante una pequeña mesa que había en la cocina de la casa a tomar chocolate con arepa y a escuchar el programa radial sobre Kalimán y Solín, un radio teatro lleno de aventuras insólitas, en el que gracias a los poderes parasicológicos de estos dos superhéroes y su comunicación telepática lograban saldar todos los peligros.
De estos primeros años también tengo un especial afecto por una pequeña enciclopedia que aún conservo: El mundo de los niños de Salvat, la cual estaba dividida en géneros, un tomo estaba dedicado a la poesía y las canciones, otro, a los cuentos populares y de hadas, otro a las historias de aventuras…Sin tener conciencia de ello estaba nutriendo mi imaginación de niña con lo más selecto de la literatura infantil, en una época y en una pequeña y perdida ciudad en la montaña, en la que no se hacía una especial división entre libros para niños y los libros para adultos. Allí leí y releí mis cuentos preferidos: Rapunzel, La Sirenita, El Soldadito de Plomo, Los músicos de Brema, Los siete cabritos y el lobo... También me aprendí poemas que acostumbra a recitar a mis hermanas y que mucho más tarde descubrí que habían sido escritos por autores de la talla de Maria Elena Walsh, Gerardo Diego, Juan Ramón Jimenez, Rafael Alberti…
Vendo nubes de colores:
Las redondas coloradas,
Para endulzar los calores!
La entrada al colegio fue inicialmente un impulso fallido por salir de esa especie de reclusión que termina siendo una continua enfermedad. Y fue fallido porque a los dos meses de estar en kinder, la debilidad y el cansancio producidos por una anemia aguda, me hicieron regresar a la casa, con la promesa por parte de las monjas, de ingresar al año siguiente, una vez recuperada, a primero de primaria: para ese entonces yo ya sabía leer, sumar y restar.
Restablecida gracias a los esmerados cuidados de mi madre, y los espantosos batidos de hígado crudo licuado en jugo de mora, comencé mi escolaridad con el gusto provocado por una larga espera. Quería volver cuanto antes a ese universo que se me presentaba vivo, diverso y prometedor. Recordaba con placer las historias de la madre Elvira, los muñecos en plastilina, las montañas de arena, el vértigo de los columpios, la oración al ángel de la guarda, y lo que fue mi mayor fascinación: los cuadernos. “Ay mi cuaderno, como lo quiero, es el amigo más verdadero, guardo en sus hojas toda mi vida, con él me acuesto y es mi comida”, recuerdo ese gracioso estribillo que era mi preferido en los años de la primaria. Los forraba de una manera especial, les hacía márgenes con lapicero rojo, y copiaba en el cuaderno de tareas –el único que podíamos manejar a nuestro antojo- los cuentos y poemas que encontraba en las antologías de lectura. Estoy convencida de que los cuadernos tienen un papel muy importante en el gusto por la palabra escrita. Es la posibilidad de acceder no sólo a la lectura, sino también a la escritura.
Además de las narraciones de la Historia Sagrada, que acostumbraba la madre Elvira a leernos durante nuestras primeras clases de costura, me pasaba tardes enteras leyendo en el cuarto de la empleada de la casa, Pepita, la anciana Josefina, quien para mis ojos de niña tenía más de cien años. Pepita tenía una abundante colección de revistas con escenas de la vida de los santos de la iglesia católica, quienes en formato de tira cómica color sepia, alcanzaban la gracia divina si lograban aprender a dormir sobre piedras o sobre clavos. De esas místicas aventuras se nutría mi espíritu y mi cuerpo convaleciente.
Mis años de primaria los pasé entre las monjas franciscanas. En ese entonces esta comunidad conservaba aún unas rígidas normas conventuales y un espíritu medieval estoico y riguroso. Pobreza, castidad y obediencia fue el lema que debíamos acoger, manifestado en extraños rituales que podrían estar perfectamente reseñados en un antiguo ejemplar de la Edad Media.
Recuerdo que al subir y bajar del bus debíamos hacerlo con guantes azules oscuros de lana y blancos de algodón para las celebraciones de gala. En el asiento al lado de la puerta de atrás, siempre estaba allí (nunca recuerdo haber visto ese espacio vacío) una monja con el cerrado y oscuro hábito de la franciscanas.
-Alabado sea Jesucristo, madre.
Debía repetir cuatro veces al día, todos los días, durante muchos años.
-Siempre alabado, niña. Respondía la hermana. El viaje hasta el colegio se hacía en perfecto silencio.
Aunque la lectura de libros diferentes a los textos escolares no estaba prohibida, si parecía haber un implícito control riguroso, pues a la biblioteca no podíamos entrar libremente. Lo hacíamos en fila, pocas veces y siempre para hacer una tarea o enseñarnos cómo funcionaba el fichero.
Mirado desde ahora, comprendo que todos esos años de mi infancia hasta la pubertad fueron muy pobres en el descubrimiento de nuevas lecturas. No me daba cuenta de esa carencia, pues mantenía siempre conmigo un libro de cabecera, que además para mí era sagrado: El nuevo testamento.
El antiguo testamento parecía ser considerado por las monjas, peligroso para que las niñas lo leyeran solas. Conocíamos la Biblia a través de adaptaciones de la historia sagrada en versión escolar e infantil. Todas las noches antes de acostarme a dormir, me arrodillaba ante la cama a rezar y leía un pasaje del libro de los apóstoles.
Con mucha sutileza y en medio de la tranquilidad de un ambiente medieval, fui ganada poco a poco, a través de los libros para formar parte de las elegidas de los predios del Señor. Como era una alumna juiciosa, callada y ejemplar, las monjas comenzaron a pasarme libros sobre la vocación religiosa y poemas de los místicos de la iglesia. En esos tempranos años de mi formación cuasi-conventual conocí a Sor Juana y a Santa Teresa.
No podría explicar conscientemente qué fue, de todo lo que bebí en esos primeros años, lo que despertó en mí esa fascinación por la palabra escrita. Lo que sí tengo claro es que los textos escolares representaron una pequeña y variada biblioteca. Los leía como si fueran libros de lectura recreativa, adelantándome así a los programas establecidos. Se despertó en mí una verdadera pasión por el estudio. Conversando con mis hijas recientemente descubrí que yo era en ese entonces lo que hoy llaman los muchachos una verdadera y aburrida nerd.
Pero quizás haciendo justicia a los recuerdos de infancia, la persona que dejó una huella permanente en mi gusto por el lenguaje fue mi padre. Era un hombre afectuoso con el don de la locuacidad y el placer por la conversación y la palabra. Me parece verlo muchas tardes y noches leyendo en voz alta o recitando los poemas de Jorge Robledo Ortiz o de Juan de Dios Peza. Uno de mis preferidos era Fusiles y muñecas, un poema muy largo, del que solo recuerdo las dos primeras estrofas:
Juan y Margot, dos ángeles hermanos
Que embellecen mi hogar con sus cariños,
Se entretienen con juegos tan humanos
Que parecen personas desde niños.
Mientras Juan, de tres años es soldado
Y monta en una caña endeble y hueca,
Besa Margot con labios de granado
Los labios de cartón de su muñeca…
Aunque papá no era un hombre de letras propiamente hablando, sí era un apasionado lector y un amante de la poesía. Ingeniero, profesor universitario, acomodado en su tiempo y su espacio, con gustos románticos y sentimentales, me legó el placer del texto. Eso es todo. No hubo cursos, ni guías de lectura, ni ejercicios de comprensión. No hubo grandes bibliotecas.
Comencé la secundaria en un nuevo colegio, el de las hermanas del Sagrado Corazón, y aunque seguía siendo un colegio femenino de monjas, significó para mi descubrimiento como lectora, una apertura frente al rígido ambiente conventual de las franciscanas.
Allí tenían mucha importancia las semanas culturales y los centros literarios. La literatura circulaba más allá de la clase de español. Preparábamos con mucho profesionalismo y seriedad verdaderos montajes teatrales, dirigidos por un profesional de las tablas, contratado especialmente para la ocasión. Recuerdo que el montaje de una obra de Bertold Brecht generó controversia entre las directivas y los padres de familia por su contenido revolucionario. Eran los ecos del festival de teatro de Manizales que alcanzaban a filtrarse en la clásica educación de las niñas de la burguesía provinciana.
En las clases de Español nos preparaban para las celebraciones de la semana cultural. Recuerdo con especial cariño a la profesora Nubia, quien nos ponía a inventar cuentos y poemas con palabras escritas en cartones, nos leía en voz alta los cuentos, relatos y poemas de las antologías de lectura, y nos ponía a improvisar verdaderas piezas de oratoria con un objeto en la mano: debíamos hablar durante cinco o diez minutos sobre un lápiz, una aguja, o cualquier otro objeto insignificante. La profesora Nubia no era una mujer con grandes conocimientos literarios, pero tenía una virtud: hacía de las clases de español un juego con el lenguaje, un ejercicio permanente de creación.
Paradójicamente la clase de costura cobra mucha importancia en mi itinerario como lectora: odiaba coser, tejer y bordar. Era especialmente torpe con las manos, y mamá era quien tenía que terminar siempre de carrera para que no me pusieran mala nota, las sábanas, los escarpines, los sweteres, que en nuestra preparación como buenas amas de casa debíamos aprender. Evitando evidenciar mi torpeza me pedía leer en voz alta para mis compañeras. Llegué a encontrarle tanto gusto y sabor a la lectura en voz alta que me convertí en la lectora de oficio en las clases de costura: en este mágico espacio descubrí el placer de la novela por entregas: Mujercitas, Viaje al centro de la tierra, Ivanhoe, Corazón, biografías de personajes ilustres…
A la par de estas lecturas de mayor calidad, debo hacer un reconocimiento a la llamada sub-literatura. Leía a escondidas con mórbida pasión, camufladas entre los libros escolares, las novelas de Corín Tellado que traían las revistas Vanidadesque mi madre compraba eventualmente. Las protagonistas estaban lejos de la revolución femenina: Allí las muchachas eran maltratadas por sus novios o celadas por sus hermanos, pero al final, terminaban encontrando su príncipe azul.
Aunque leídos ahora muchos de esos textos suenan cursis y sentimentales, rescataría para cualquier actividad de promoción de lectura estos espacios, no tanto para reforzarlos o promoverlos, pero sí para tenerlos en cuenta y validarlos en el itinerario de un lector. Hace poco con una revista Vanidades en la mano, no pude resistir la tentación de volver a sentir la misma pasión que sentía en la adolescencia: me encontré que las protagonistas habían evolucionado sensiblemente, hoy en día eran unas mujeres ejecutivas, con mucha habilidad para resolver los conflictos con sus amantes.
El camino del lector dura toda la vida. Y quizás no se trate solamente de sembrar el gusto por la palabra escrita. Lo que resulta más mágico y esencial es el encuentro con cada texto. El descubrir un día que el camino de los libros es infinito y tiene la magnitud del descubrimiento de mundos insospechados. Eso fue lo que sentí cuando una amiga, compañera del colegio, a quien también le gustaba la lectura tanto como a mí, me llamó y me dijo que podíamos ir a la biblioteca de su tío, que recientemente había muerto, a escoger los libros que quisiéramos. La tía María no sabía qué hacer con todos esos libros. Yo nunca había visto una biblioteca tan grande y tan selecta. En la biblioteca de papá había muchos libros documentales sobre el universo. Muchas enciclopedias y novelas tipo Best Sellers, del tipo La madona de las siete lunas, Que el cielo la juzgue, El hombre del traje gris, nada que pueda caber en un listado de libros recomendados.
Allí en esa biblioteca, que me encontré por el azar o el destino, descubrí a los grandes escritores. Desde ese momento sentí que la literatura podía ser una pasión. Las obras completas de Goethe en preciosas ediciones de Aguilar en papel de arroz y forradas en cuero, Schiller, Miguel de Montaigne, García Lorca, Shakespeare, Stendhal, esos fueron algunos de los libros escogidos por mi, un poco al azar, limitada por mi ignorancia frente a un legado literario tan inmenso. No sé realmente qué pude haber entendido de esos libros, pero lo qué si puedo afirmar, como lo sugiere Borges, es que por primera vez descubrí lo que era la voz de un autor. Siempre me he arrepentido de no haberme llevado más libros. El tío de mi amiga, además de humanista, era arquitecto, por primera vez en esa biblioteca conocí los libros de arte.
Los amigos de juventud tuvieron mucho que ver en mi amor por la literatura y en el descubrimiento de nuevas obras: recuerdo a un poeta loco y hermoso, quien hizo las veces de mecenas literario, quien se ponía sin darse cuenta las medias impares de diferentes colores: era Guillermo, sobrino del poeta León de Greiff. Él fue quien me presentó a Herman Hesse. Por fortuna no tuve que leer Zaratustra o el Lobo estepario para el colegio sino que lo hice con mi amigo Guillermo. También leía a Camus, a Sartre a Walt Whitman…
A otro amigo, con quien entablé un verdadero romance literario, le debo mi conocimiento y disfrute de la literatura latinoamericana: con él leíamos en voz alta, y nos turnábamos para leer: La tía Julia y el escribidor y Pantaleón y las visitadoras, de Vargos Llosa, Cien años de soledad de García Márquez, El astillero de Onetti, Coronación de José Donoso.
Y allí se desbaratan todos los itinerarios posibles. La lectura necesariamente está imbricada con la vida. Aquí se rompen de nuevo los parámetros del canon de la promoción de la lectura: ¿qué misteriosos caminos recorre un ser durante su vida? Asimismo son sus lecturas.
Estoy cada vez más convencida de que los auténticos lectores se hacen en la vida. Lo demás son las técnicas de la lectura que por demás resultan muy necesarias en los tiempos que corren. Es importante cada vez más aprender a manejar la información, ser hábiles en el manejo de la multiplicidad de signos que nos demandan constantemente: la imagen, la tecnología, la informática y para esto están los cursos y los talleres de lectura.
Reconstruir nuestra historia como lectores resulta algo más que un ejercicio consciente de la memoria. Surge un sentido más profundo en este rescate de las situaciones, los textos, las personas que marcaron nuestro destino en ese lento caminar que es adentrarse en el universo de la palabra. Tejer esa historia es un acto de reconocimiento que va más allá de un inventario de libros, o una suma de anécdotas. Lo que uno descubre con este simple ejercicio trasciende lo personal y nos permite generar una reflexión que tiene que ver con ese misterioso acto que resulta ser la lectura. Pero no la lectura como técnica ni como habilidad. Tampoco se trata de la lectura como proceso del pensamiento. Todo eso es importante y necesario en un mundo atiborrado de signos que reclaman ser descifrados.
Un itinerario lector tiene que ver con los vínculos más profundos de nuestro ser, con las relaciones afectivas que marcaron el sentido que le vamos dando a la vida. Es sorprendente descubrir cómo este esfuerzo por rehacer los infinitos caminos del lector, se convierte en una toma de conciencia de nuestro ser ético y estético, en un reconocimiento de nuestros gustos, nuestras visiones de mundo; de nuestro contexto personal y social.
Nutrirse de la experiencia personal como lector tiene sentido entonces en la medida que pueda generar una reflexión acerca de ese deber ser del lector. Hoy en día cuando la promoción de la lectura se volvió un asunto de actualidad, las historias personales de los lectores cobran validez frente a los cánones establecidos. Porque en todas la disciplinas, hasta en las más recientes y más intangibles, se van creando cánones, quizás inconscientemente, que comienzan a regir un discurso y en el caso de la lectura, un proceder pedagógico.
Un itinerario de lector generalmente comienza por la infancia. Porque es lo más seguro que en algún momento de esa etapa se sembró el gusto y la necesidad de leer. Y en ese intento de retomar la historia, surge la necesidad y el deseo de rescatar rincones, lugares olvidados, quizás hasta olores y sensaciones, la imagen y las voces de personas amadas, todo lo que jugó un papel importante en ese descubrimiento.
Porque quizás a estas alturas del paseo surjan más preguntas y dudas que afirmaciones categóricas. Será posible seguir hablando de formación de lectores? Es que acaso un lector se forma como si se formara una voluntad o un carácter, o se moldeara una personalidad? Ante la experiencia de cada individuo frente a la lectura, dudo cada vez más que podamos delimitar unas constantes propias de esa categoría, que frente al discurso de la promoción de la lectura actual pareciera una categoría ontológica. ¿Qué es un lector? ¿Cómo se hace un lector? Será posible que procediendo como se procede en la cocina o en las matemáticas, podamos decir que a= a un buen libro, + B= a un mediador que nos lo presente, + C= un momento oportuno, tengamos como resultado una L de lector?