Rubén Sierra y la responsabilidad intelectual de un editor
El filósofo y escritor inglés Aldous Huxley (1894-1963) publicó en 1947 un pequeño texto que buscaba preparar su espíritu de lector ante la hipotética catástrofe de perder su biblioteca entera. En Si mi biblioteca ardiera esta nocheHuxley se afana en invocar la compañía de aquellos autores que recuperaría a la mañana siguiente de la catástrofe. Entre los literatos recuerda a Shakespeare y Dante, dos imposibilidades del pensamiento cuya realidad es difícil de aceptar, pero que son “un hecho de la historia y la experiencia” (2015, 196). En cuanto al ensayo, género en el que el autor de Un mundo feliz (1932) también brilló, apunta sin tardanza a recuperar los escritos de Michel de Montaigne (1533-1592), primer ensayista de la historia y, paradójicamente como lo afirma Huxley, al mismo tiempo el mejor de todos en este género. Huxley también señala como columnas del ensayo crítico y el pensamiento en desarrollo a Pascal, Hume, Samuel Johnson, Coleridge, De Quincey, Emerson y Schopenhauer, que como dijo Borges “acaso descifró el universo”.

Aldous Huxley fue también un maestro del ensayo, no solo porque lo cultivó durante toda su vida, sino porque lo estudió y diseccionó para entender su dinámica interna, su alcance y su fuerza. Para Huxley el ensayo es un recurso literario que sirve para “decir casi todo acerca de casi todo” (2015, 33). Aunque, a diferencia de la novela, en el ensayo no se puede dar rienda suelta a la narración, pues casi por definición el ensayo es un texto breve en el que el autor es muy consciente de sus conclusiones provisorias. En el ensayo se expresan tres polos distintos; por lo regular uno a la vez, aunque también un mismo texto puede hacer gala de varios de ellos. El polo de lo autobiográfico y lo personal, el polo de lo concreto, fáctico y objetivo, y el polo de lo universal y abstracto. Así, reconoce Huxley a ensayistas que se valen de la autorreflexión y la anécdota para construir piezas narrativas de gran fuerza espiritual. Los ensayos que explotan el polo de lo personal generalmente logran tender puentes directos entre el autor y el lector, pues con seguridad apelan a las experiencias, los sentimientos y las creencias que nos identifican como integrantes de un tipo particular de comunidad. El polo de lo objetivo y concreto tiene expresión en ensayos que se concentran en lo exterior, en los datos relevantes, lo demostrable. Generalmente, –afirma Huxley– estos son los ensayos que enfrentan temas político-científicos y en donde el autor evita hablar directamente de sí mismo. Por último, encontramos los ensayos de características abstractas que abordan la idea, el concepto y lo universal, mediante la construcción de un lenguaje despojado de “cuerpo” (experiencias inmediatas), pues su objetivo está más cerca al del cálculo, que busca verdades inmóviles, que al de la descripción.
Sin embargo, para Huxley los ensayos más satisfactorios son aquellos en donde el autor es capaz de acoger lo mejor de los tres mundos en su breve disquisición. Para eso, cree el inglés que es necesario ejercer con libertad y sin esfuerzo el pensamiento y la emoción, para que ambos fluyan, en forma de crítica y reflexión, de lo personal a lo comprobable, externo y social, y de allí a la idea abstracta que retorna a la experiencia interior. Por supuesto, Montaigne es para Huxley el maravilloso ejemplo de este tipo de escritura que fluye sin condicionamientos aparentes.
En nuestro medio colombiano encontramos por lo menos un ejemplo claro de esta capacidad ensayística, cuyo autor fue capaz de poner en circulación las ideas más abstractas de la filosofía en la reflexión concreta de nuestras crisis sociales y proyectar, a la vez, en dicha reflexión toda la potencia de su espíritu como pensador y ameno conversador. Me refiero al filósofo, ensayista, profesor universitario, gestor cultural, editor y traductor Rubén Sierra Mejía, quien murió a sus 82 años el pasado 28 de junio de 2020.
Sierra Mejía practicó con superioridad el ensayo. Se sentía tan cómodo en el texto crítico breve y de mediana extensión que su pensamiento fluía naturalmente por ámbitos tan diversos como la filosofía, la economía, la política, la historia, la ciencia, la arquitectura y el arte. En su labor como académico prefería el ensayo, pues, como afirmaba, es “una experiencia de lectura en donde uno no busca concluir nada”. Este ejercicio de permanente lector y pensador riguroso que no está por la conclusión, sino por la conversación entre ideas, fue una de las características más relevantes del desempeño académico de Sierra Mejía y que, tal vez, lo describen mejor en su polifacético trabajo intelectual. Su preocupación constante por hacer del trabajo filosófico un factor de incidencia en la opinión pública lo llevó a buscar en el ensayo un instrumento de reflexión y construcción cultural. Como maestro del ensayo se interesó porque otros intelectuales, provenientes de disciplinas diversas, también lograran fluir hacia la reflexión de lo concreto, lo personal y lo universal.
Ensayos para comprender a un país
Por cerca de veinte años Sierra Mejía convocó, coordinó y guio a un grupo de académicos de distintas disciplinas para trabajar en la conversación crítica y la reflexión fluida con la finalidad de entregar al país un compendio de ensayos que nos permiten apreciar la evolución intelectual de nuestra nación, con miradas diferentes, múltiples lecturas y conclusiones siempre provisionales. Bajo su coordinación el Seminario de Pensamiento Colombiano se convirtió en el espacio propicio para que la reflexión abstracta encontrará “cuerpo” en la historia de nuestro país y a partir de allí se abordarán cuestiones no solo de orden académico sino, más aún, de interés público, con tratamientos diversos y diferentes perspectivas en sus correspondientes análisis. El ejercicio de la conversación para provocar ideas fue para Sierra Mejía el método de desarrollo del Seminario y gracias a tal actitud emergieron seis volúmenes de ensayos[1] producidos por el grupo de académicos que expresan, sobre temas comunes, visiones distintas de nuestro país. En su labor como editor de los ensayos del Seminario, Sierra Mejía logró mantener la conversación entre los diferentes autores de cada volumen y, más allá de esto, alcanzó un diálogo acerca de la realidad del país con un público más amplio en ámbitos políticos y sociales con intereses distintos a los meramente académicos.
En paralelo y complementariamente con el trabajo de coordinador y editor en el Seminario de Pensamiento Colombiano, Rubén Sierra Mejía impulsó la realización de dos coloquios en torno a la filosofía y la crisis colombiana en los primeros años del presente siglo. Con la organización de estos coloquios Sierra Mejía y Alfredo Gómez-Müller buscaron incentivar a un grupo de filósofos para que reflexionaran sobre las distintas dimensiones de la crisis nacional. Uno de los motivos que impulsaron gran parte del trabajo académico de Sierra Mejía era precisamente el de hacer que la filosofía colombiana aportara a la reflexión de nuestros propios problemas como país. No necesariamente que aportara soluciones, pero que si pensara los problemas y, sin apasionamientos o posiciones previamente tomadas, arrojara luz a los supuestos, estructuras y alcances de tales problemas. Como era natural en su ejercicio intelectual, Sierra Mejía compendió y editó los ensayos presentados en los coloquios sobre la crisis del país en dos volúmenes, denominados La filosofía y la crisis colombiana (2002) y La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas (2008).
Como se ve, su labor como editor fue intrínseca a su ejercicio intelectual, pues en cada trabajo Sierra Mejía intentó construir sobre las bases firmes de la conversación ilustrada (entre autores y siempre con el lector), puentes de comunicación con la sociedad. Sus ensayos y los ensayos editados por él buscaban conformar, a la vez, conocimiento y sana opinión pública. A esta faceta de editor de Rubén Sierra Mejía es a la que quiero dedicar este pequeño escrito, intentando resaltar su pasión por la conversación, la lectura y el ensayo como fuentes indiscutibles de su visión editorial.
La vocación de Rubén Sierra Mejía por el trabajo editorial se despertó en su juventud cuando con sus compañeros lectores compuso un libro que reunía a poetas nacidos en Salamina. El libro de 1955 se tituló Salamina: ciudad poesía. Posteriormente, junto con otro compañero lector, Javier Londoño, creó un periodo semanal de opinión y cultura que dieron en llamar Voces Nuevas. De esta forma Sierra Mejía se introdujo en el trabajo editorial que va más allá de la mera composición de libros y que busca, en esencia, hacer conocer a un circulo más amplio temas culturales y de opinión. Divulgación que por lo regular requiere de un curador, un editor que se esfuerce por entablar conversaciones dinámicas con el lector.
En los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, Sierra Mejía renunció a su trabajo como profesor de la Universidad Nacional, por desavenencias con el rector Luis Duque Gómez. Fue en esa época cuando empezó a dictar clases en diversas universidades de Bogotá como los Andes, el Externado, la Libre, la Distrital y la Gran Colombia. Uno de sus trabajos entre clases tenía que ver con la corrección de textos en la Editorial Antares de propiedad del poeta Jorge Gaitán Durán (1924-1962), el mismo que junto con Hernando Valencia Goelkel (1928-2004) fundara la revista Mito en 1955. Con seguridad, la labor de corrector de estilo que desempeñó Sierra Mejía por aquella época le entregó otra perspectiva del trabajo con el lenguaje y las ideas. Todo corrector de textos se enfrenta a la dificultad de respetar y cuidar por encima de cualquier cosa las ideas del autor, mientras, al mismo tiempo, busca “mejorar” el texto en su comprensión desde el conocimiento de la gramática y el estilo; siempre con la mínima intervención. Estoy seguro de que Sierra Mejía era consciente de la dificultad, así como sé que lo exasperaba la intervención exagerada de los textos que algunos correctores podían llegar a hacer. En alguna ocasión conversamos de eso, cuando lo encontré en el Departamento de Filosofía de la Nacional desesperado porque, según sus palabras, todo un libro de 400 páginas, que en el momento estaba editando, había sido “echado a perder por un corrector irresponsable”. En aquel momento concluimos que los que hemos desempeñado la labor de corrección de textos sabemos que es una tarea difícil, pero eso no exime a nadie del imperdonable pecado de la sobre-corrección.
Rubén Sierra Mejía llevó a cabo una labor indispensable para la filosofía colombiana. Por cerca de una década, entre finales de los 70 y finales de los 80, reconstruyó la historia del pensamiento filosófico en nuestro país que transcurrió durante el siglo XX. Esto le permitió a la filosofía profesional colombiana identificar su grado de madurez (mejor, de inmadurez) y su ubicación dentro de un contexto más amplio de corrientes y escuelas de las que somos deudores. En su artículo “Temas y corrientes de la filosofía colombiana en el siglo XX”, publicado en el número 194 de la revista Eco, de diciembre de 1977, Sierra Mejía resalta la corriente neotomista dominante en los últimos años del siglo XIX y primeras décadas del XX, que dio sustento filosófico a la visión conservadora que delineó nuestra nación a partir de intelectuales tan influyentes como Miguel Antonio Caro (1843-1909) y monseñor Rafael María Carrasquilla (1857-1930). La corriente moderna de la filosofía llegó al país solo hasta los años 40 del siglo XX con los trabajos académicos de filósofos, provenientes del Derecho, como Luis Eduardo Nieto Arteta, Rafael Carrillo (primer director del Instituto de Filosofía de la Universidad Nacional) y Danilo Cruz Vélez, maestro y gran amigo de Rubén Sierra Mejía. Estos autores rompen con la tradición neotimista de la época conservadora y se acercan al desarrollo fenomenológico de la filosofía alemana de principios del siglo XX, expuesta por Max Scheler (1874-1928). Sierra Mejía señala que en las décadas siguientes se amplió el estudio de la filosofía alemana acogiendo autores como Husserl, Heidegger, Nietzsche o Marx. Los filósofos colombianos que asumieron esta tarea son considerados por Sierra Mejía como la primera generación de filósofos modernos del país. A pesar de ello, y del incremento de publicaciones colombianas sobre temas filosóficos, para Rubén Sierra Mejía la filosofía en Colombia seguía en un estado preliminar de su desarrollo, pues aún concentraba sus esfuerzos en la mera divulgación de las escuelas extranjeras o la labor de análisis de los problemas propios y originales de aquellas corrientes filosóficas. Aunque al final de su artículo Rubén Sierra Mejía menciona los primeros esfuerzos de la academia colombiana en la divulgación de la filosofía analítica, debe reconocerse en el mismo profesor Sierra a uno de sus principales introductores en el país. En este sentido, Rubén Sierra Mejía hace parte importante de la segunda generación de filósofos modernos colombianos. Generación, que como llegó a decir Sierra, se encargó de iniciar el “despegue de la filosofía colombiana” a finales de los años 80.
Su trabajo descriptivo sobre el desarrollo de la filosofía en nuestro país se complementó con el capítulo “La filosofía en Colombia” (1989), publicado en el quijotesco proyecto de la Nueva Historia de Colombia que dirigió el historiador Álvaro Tirado Mejía. También, por aquella época, Sierra publicó en el Boletín cultural y bibliográfico del Banco de la República el texto “Un decenio de producción filosófica: 1977-1987”, que corrige y complementa la última parte de su texto inicial aparecido en la revista Eco. Además, como intelectual que siempre hizo gala de una importante visión editorial para construir puentes entre la comunidad académica y la sociedad, Rubén Sierra Mejía editó en 1985, bajo la colección de Procultura: Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, el libro La filosofía en Colombia. Siglo XX. Este volumen, cuidadosamente seleccionado por Sierra, compendia los ensayos fundamentales de los protagonistas del escenario filosófico moderno del país como: Rafael Carrillo, Cayetano Betancur, Luis Nieto Arteta, Jaime Vélez Sáenz, Danilo Cruz Vélez, Rafael Gutiérrez Girardot, Daniel Herrera Restrepo, Francisco Posada, Estanislao Zuleta y Guillermo Hoyos Vázquez.
Con los años, las lecturas y los viajes Rubén Sierra Mejía se embarcó en proyectos editoriales de mayor envergadura intelectual. En 1989 realizó la introducción al pensamiento del ensayista boyacense Carlos Arturo Torres (1867-1911), que concluyó con la edición, por parte de Sierra Mejía, de las Obras completas en 2001. Para Sierra el ensayista colombiano del siglo XIX logró desnudar las ideologías colectivas que en los años de la Regeneración imposibilitaron los necesarios cambios para delinear un país con independencia intelectual.
Otra empresa de dimensiones aún mayores que Sierra Mejía asumió, fue la edición de las Obras completas (2015) en cinco volúmenes de su maestro Danilo Cruz Vélez. Los textos del también filósofo caldense, que suman cerca de 2000 páginas, fueron pacientemente revisados, organizados, comentados y prologados por Rubén Sierra Mejía. La edición de la obra completa de Danilo Cruz Vélez inicia con su libro más celebrado: Filosofía sin supuestos, que para Sierra es la obra más original de Cruz Vélez y la que le dio su mayor reconocimiento en América Latina. Sierra Mejía resaltará, durante el transcurso de los cinco volúmenes de las obras completas, la claridad y precisión del estilo de Cruz Vélez que permite al lector seguir los argumentos del filósofo sin tropiezo alguno. Debo confesar que en especial la edición de las obras completas de Danilo Cruz Vélez a cargo de Rubén Sierra Mejía, bajo los sellos de las universidades Nacional de Colombia, de Caldas y de los Andes, ha influido en mi propio trabajo como editor del último lustro.
En su papel como editor académico es indispensable resaltar el trabajo de gestor, curador y revisor de la Biblioteca Bicentenario (2010) de la Universidad Nacional. Una colección editorial compuesta por diez volúmenes bellamente editados que celebran el bicentenario de la Independencia de nuestro país. En esta colección Rubén Sierra Mejía despliega todo su conocimiento sobre las fuentes históricas del pensamiento colombiano y acude a su capacidad como editor para seleccionar los textos y estudios preliminares que presentan las ideas que delinearon el destino democrático de Colombia. La colección Biblioteca Bicentenario dirigida por Rubén Sierra Mejía rescata textos centrales de José Celestino Mutis, José Félix de Restrepo, Antonio Nariño, Camilo Torres, Vicente Azuero, Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, José Joaquín Olmedo y Luis Vargas Tejada, entre otros protagonistas en la conformación de nuestra República.
La gestión cultural en la publicación de revistas académicas
Aunque fue en los ensayos y en la conformación de volúmenes de conversación entre autores en donde mejor se desplegó la labor del editor y filósofo, no fue allí el único espacio de desarrollo editorial en el que las inquietudes intelectuales de Sierra Mejía encontraron expresión. Como gestor cultural Sierra Mejía fue director de la Biblioteca Nacional de Colombia entre los años 1988 y 1991. Allí concentró su labor en darle un perfil de majo patrimonial a la Biblioteca, organizando colecciones y fondos de valor histórico de intelectuales de gran importancia para el país. Por aquella época Rubén Sierra Mejía logró darle vida al Archivo de la palabra, que reúne en cerca de 2000 casetes y 1600 discos (digitalizados en 4000 archivos) la memoria sonora de la actividad cultural de la Biblioteca desde 1950. En el Archivo de la palabra se encuentran conferencias, charlas, presentaciones, lecturas de textos de un número amplio de escritores, poetas y filósofos entre los que podemos contar a Germán Arciniegas, Aurelio Arturo, Pedro Gómez Valderrama, Fernando Charry Lara, Jaime Jaramillo Uribe, Álvaro Mutis, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa o Jorge Guillén.
La gestión cultural de Sierra también lo llevó por los caminos de la dirección de revistas académicas y culturales. Así, el filósofo asumió en 1976 la dirección editorial y académica de la revista Ideas y Valores, publicación gestionada por el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia y que se constituyó, desde los años de su fundación en 1951, en el espacio para la presentación de los avances filosóficos de la comunidad intelectual del país, consolidando, a la vez, un estrecho lazo de relación con el trabajo filosófico generado en Hispanoamérica y el mundo. Como lo dijo Rubén Sierra Mejía “Ideas y Valores no sería entonces, y no lo ha sido nunca, una revista propiamente “universitaria”” (Sierra, 1987, 3). La dirección del profesor Sierra Mejía, ejercida por diez años y a lo largo de 24 números (entre el número 46 y hasta el número 70), buscó ofrecer a la comunidad filosófica del país una mayor diversidad de textos colindantes a la disciplina que permitiera –en palabras de Sierra Mejía– “desdibujar” las fronteras, ya bien difíciles de precisar, de la filosofía misma. Nuevamente, se expresa en esta actitud de Sierra Mejía su pasión por la conversación entre ideas, entre autores y disciplinas que buscó ampliar siempre desde la dirección de Ideas y Valores.
Como editor considero de gran relevancia e importancia para la investigación filosófica del país una de las últimas actividades que llevó acabo Sierra Mejía en la dirección de la revista de filosofía, a saber, la publicación de un Índice general que relaciona los artículos y autores desde el número 1 de 1951 hasta el número 70 de 1986. Este Índice general publicado en los primeros meses de 1987 y que fue consolidado bajo la coordinación de Sierra Mejía y con el trabajo cuidadoso de los estudiantes Manuel Amaya, María Isabel Otero y Martha Vidal, le permitió a los investigadores del país y de fuera de él disponer de un instrumento especializado para la recuperación de artículos filosóficos de referencia publicados durante casi cuarenta años en la revista Ideas y Valores.
A mediados de los años 80 del siglo pasado el historiador Marco Palacios, rector por aquel entonces de la Universidad Nacional, le propuso a Rubén Sierra Mejía que asumiera el proyecto de revivir, bajo su dirección, la Revista de la Universidad Nacional, que había sido fundada en 1944 por Gerardo Molina con el título de Revista trimestral de cultura moderna, y que por los avatares políticos a los que estaba expuesta la Universidad, como institución del Estado, había perdido su continuidad en varias ocasiones. Para Sierra Mejía este fue uno de sus mayores retos como editor e intelectual, pues se enfrentaba a la complejidad de retomar un proyecto académico y científico de gran envergadura, pero con características culturales y divulgativas que le daban una mayor complejidad. En una época donde la especialización excluyente de las disciplinas era la norma, Sierra Mejía intentó hacer de la Revista un espacio de transgresión de las fronteras del saber, mediante la publicación de textos científicos y culturales con un lenguaje abierto a públicos diversos. Entendía Sierra que como editor debía enfrentarse más que a un problema temático, a un problema del lenguaje, pues tenía que resolver la cuestión de ¿cómo explorar las posibilidades del lenguaje común para comunicar el conocimiento de la Universidad? Esta tarea, a pesar de ser intuitivamente utópica, fue lograda por Rubén Sierra Mejía al acercarse, con los artículos de la Revista, a la claridad estilística en la exposición de la penetración de los temas científicos que constituían en buena medida el contenido de la publicación. Sierra Mejía dirigió la Revista de la Universidad Nacional desde 1985 y hasta 1987, años en los que no solo transformó el lenguaje de la Revista, sino también su presentación gráfica y estructura general. Nuevamente hoy en la Universidad Nacional, después de 30 años de silencio, hemos retomado la publicación de la Revista Universidad Nacional de Colombia. Ahora, bajo la dirección del profesor Álvaro Tirado Mejía y mi coordinación editorial esperamos superar los mismos restos que con tanta capacidad asumió Rubén Sierra Mejía en su época de director.
La experiencia adquirida en la dirección de las revistas Ideas y Valores y Universidad Nacional le permitió a Sierra Mejía asumir 1992 con más naturalidad la dirección de la revista Gaceta de Colcultura. En esta oportunidad el filósofo colombiano se concentró en hacer de la Revista un espacio de presentación de los desarrollos culturales del país, a través de la apertura de sus páginas a artistas plásticos, escritores y poetas de todas las regiones. Además de generar un espacio para la reflexión no solamente estética, sino también política y social del contexto. Bajo este mismo precepto Rubén Sierra Mejía, durante su dirección que transcurrió entre 1992 a 1996, fomentó la publicación atenta de escritos procedentes del exterior en donde se estudiaba nuestra situación histórica, sociológica, política y cultural. Como lo mencionó Sierra Mejía en uno de los apartes de su libro Ensayos impopulares (2002) “expiar el ojo que nos espía era en realidad uno de los propósitos de Gaceta” (97).
A Rubén Sierra Mejía le debemos mucho como país. Le debemos su esfuerzo por que la filosofía colombiana iniciara su despegue (aunque todavía no podemos decir que nos encontramos en pleno vuelo). Le debemos el haber incentivado una visión de conjunto, a partir de la conversación, para pensar nuestra crisis y aportar luz desde lo interdisciplinar. Debemos a Sierra los múltiples intentos de sacar a los filósofos profesionales del cómodo habitáculo de la torre de marfil, con sus siempre interesantes y exigentes seminarios, coloquios y charlas. Le debemos su cultura editorial, que aunque tal vez no formó escuela (a diferencia de lo que si pasó en el ámbito filosófico), si nos dio a muchos un ejemplo de rigurosidad, claridad y libertad para buscar que todo ensayo, todo libro, toda publicación se convierta en una amplia y consiente conversación.
No puedo terminar este muy superficial recuerdo de la diversa actividad intelectual de Rubén Sierra Mejía sin mencionar la generosidad heredada de Sandra y Carolina Sierra, hijas del maestro, quienes donaron a la Universidad Nacional los más de 7000 volúmenes que componen la biblioteca personal de Rubén Sierra Mejía. Una biblioteca que expresa en toda su amplitud y profundidad la vida de uno de los más importantes intelectuales de nuestro país. Apasionado por la conversación, por el ensayo y por los libros. Sierra Mejía, en uno de los varios homenajes que recibió, llegó a mencionar que “El libro ha sido para mi como la azada lo es para el labriego y la garlopa y el martillo para el carpintero. Es decir, algo que define nuestro ser en el mundo y una prolongación de la naturaleza humana.”
Bibliografía
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- Maya, J. & Sierra, R. (1955).Salamina: Ciudad Poesía.
- Huxley, A. (2015).Si mi biblioteca ardiera esta noche: Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas. Barcelona: Edhasa.
- Huxley, A. (2020).Un mundo feliz. Barcelona: Debolsillo.
- Sierra, R. (1977). Temas y corrientes de la filosofía colombiana en el siglo XX. En Eco, (194): 113-145.
- Sierra, R. (1985). La filosofía en Colombia. Siglo XX. Bogotá: Procultura.
- Sierra, R. (1987). Presentación Índice General. En Ideas y Valores, separata: 3-5.
- Sierra, R. (1988). Un decenio de producción filosófica: 1977-1987. En Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco de la República, 25 (15): 51-57.
- Sierra, R. (1989).Carlos Arturo Torres. Bogotá: Procultura
- Sierra, R. (1989). La filosofía en Colombia. En Nueva Historia de Colombia, IV Educación, ciencias, la mujer, vida diaria. Bogotá: Planeta: 211-219.
- Sierra, R. (2002). Ensayos impopulares. Manizales: Universidad de Caldas.
- Sierra, R. y Müller, A. (2002). La filosofía y la crisis colombiana. Bogotá: Universidad Nacional, Sociedad Colombiana de Filosofía, Taurus.
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- Sierra, R.(2006). El Radicalismo colombiano del siglo XIX. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
- Sierra, R. (2008). La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
- Sierra, R.(2009). República Liberal: sociedad y cultura. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
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- Sierra, R. (en prensa).El Frente Nacional: política y cultura. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
- Torres, C. A.(2001). Obras. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.
[1] La producción ensayística del Seminario de Pensamiento Colombiano impulsada, organizada y editada por Rubén Sierra Mejía se reúne en los siguientes seis volúmenes publicados en la Universidad Nacional de Colombia: Miguel Antonio Caro y la cultura de su época (2002); El radicalismo colombiano del siglo XIX (2006); República liberal: sociedad y cultura (2009); La restauración conservadora 1946-1957 (2012); La hegemonía conservadora (2018); El Frente Nacional: política y cultura (en prensa).