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N O T A S -Los cien años de Edgar Morin; galardón a Teresita Gómez y acerca de Emma Reyes.

Los 100 años de Edgar Morin (por Nelson Vallejo-Gómez).  «El día en que tu naciste, nacieron todas las flores». Las festividades parisinas para festejar el centenario del maestro Morin concluyeron, después del Palacio de los Elíseos y la Alcaldía de París, como se debía, en los jardines del Despacho del Ministerio de Educación Nacional y Juventud de Francia.

El Ministro recordó que el 8 de julio/2021 se festejaron 100 años de nacimiento de Morin y 400 de Jean de la Fontaine, quien decía que dentro de la Educación hay un tesoro guardado.

Evocando la guía que Morin elaboró para la UNESCO en 1999, «Los siete saberes necesarios para la educación del futuro», Jean-Michel Blanquer dijo que ahí está el tesoro.

Al hacer su último discurso de las festividades oficiales en París por su centenario, Morin precisó que ese tesoro está hecho de amor y poesía, sabiduría, comprensión humana y ética de religazón: responsabilidad, solidaridad, fraternidad y dignidad.

El maestro Morin acotó que el combate espiritual contra la crueldad, la indiferencia y la corrupción pasa por la educación de los niños a la complejidad individual, social y bio-humanológica.

Morin recordó que él viene de una familia de emigrantes, judíos sefaradas exiliados en una ciudad cosmopólita (Tesalónica), dentro de un imperio terminal en Medio Oriente, a orillas de la mar Mediterráneo, pero que él nació en París y se adoptó francés, gracias a la Historia de Francia y gracias a Montaigne, La Fontaine, Blaise Pascal, Víctor Hugo, Rimbaud (del «Barco ebrio»), el cine… gracias en suma a la escuela republicana y laica». Me hice una Patria a través de la Escuela pública».

Con cien años y de pié en los jardines bicentenarios del Ministerio, detrás del despacho del Ministro de Educación y Juventud de Francia, al lado de la oficina donde ejerció como asesor del Ministro, Guy de Maupassant, en el siglo XIX, Morin levantó el puño y concluyó su discurso, enérgicamente, diciendo: «¡Es aquí donde empieza el futuro, es aquí donde se debe enseñar la complejidad, las cegueras del conocimiento, la comprensión humana y la identidad terrenal!».

Su esposa, Sabah Abouessalam, nos regocijó con una mano a mano espectacular de Mariachis y de música de Marruecos, como testimonio de religazón cultural propia a un humanista planetaria.

Gracias en ramillete florecido de agradecimientos por siempre, eternamente Morin.

El testimonio de Laura ADLER sobre la vida y obra de Edgar MORIN, en este 8 de julio de 2021, fue muy emotivo:

′′ Primero la madre, tu madre que te dio la vida y que arriesgó la suya para darte esa vida (…) Todavía escribes sobre tu madre para que ella esté en el mismo mundo Solo tú (…)

′′La erosión de la amistad, que es el abandono de cualquier narcisismo como un método de aclaración del mundo y de la vida (…)

′′Escribiste un libro hermoso, AUTOCRITICA (1957), que debería ser el vademécum de todo nuestro mundo intelectual (y yo diría político) para auto-criticarse, abandonar las posturas e ir en el camino (… )′′

Aplausos a granel por el centenario de Edgar Morin, en el Palacio de los Elíseos, 8 de julio de 2021. «En nombre de la República francesa, os declaro reconocimiento y amistad. ¡Feliz cumpleaños!», dijo el Presidente Emmanuel Macron al humanista planetario Edgar Morin. “Usted es un apóstol de la Gaya Ciencia -sabiduría sin sequía, un ser-siglo, un ciudadano-mundo que ha vivido su pensamiento y pensado su vida; en nombre de la República francesa le expresamos reconocimiento y amistad”.

Ahí, testigos encarnados y presentes, cien personas reunidas en la Sala Festiva de la Casa Presidencial francesa, entre las cuales vi yo al ministro de Educación Nacional de Francia y amigo de Morin, Jean-Michel Blanquer, el exministro de Cultura y de Educación, Jack Lang… Y personalidades del mundo cultural y académico, tales como Laura Adler, Alain Touraine, Catherine Bréchignac, Jordi Savall…

El Presidente Macron precisó lo que entendía por “apóstol de la gaya ciencia”: amar comer, amar beber, amar bailar, amar cantar, amar sonreír hasta en la adversidad, amar la autocrítica y no expresar en su vida ni en su obra resentimiento, ni cinismo y yo diría, ni nihilismo. En suma, amar, amar, amar; la lección de vivencia y pensamiento moriniano es un método de re-ligazón de amor, poesía y sabiduría.

Emmanuel Macron destaca que lo más sorprendente de la obra o la cara de Edgar  Morin es que no hay rastro de resentimiento ni amargura ni nihilismo y que hace un siglo que hizo resplandecer a todo el mundo. Felicidad, orgullo e inmensa responsabilidad de tener un ángel de la guarda, un padre espiritual en el corazón de la mirada para combatir la crueldad y la indiferencia, desde finales del siglo pasado.  Gracias Edgar  Morin.

¡Felíz cumpleaños!  Hoy, un 8 de julio, es el día más felíz en la Casa de los Nahum, en París, por el distrito Nueve. Una Rosa para Doña Luna… Salud, Alegría y Acqua Vita para su hijo, mí maestro bien amado, que hoy cumple 100 años! Y sigue con el ojo espiritual tan alerta como el Gran Condor-Chamán de los AlpAndes que lo habita.

Su pensar, jóven y vital, alegre y regenerador, nos ayuda a combatir los monstruos que genera el dogmatismo, el reduccionismo, el estigmatismo, el odio y la venganza, la crueldad y nuestra íntima barbarie.

Centenario de felicitaciones de 100 personas de más de 28 países religadas a Multiversidad Mundo Real Edgar Morin que de manera simbólica unen sus voces en un solo mensaje de paz, amor, fraternidad, solidaridad y alegría para felicitar al padre del Pensamiento Complejo – Edgar Morin por sus 100 años de vida y obra monumental. ¡Vida eterna, gran maestro de generaciones!

Centenario del Decano de Vigías Espírituales Francés y Planetarias. Edgar MORIN siempre estuvo orgulloso como un niño feliz, cuando veía uno de sus artículos publicados en @lemondefr. Incluso en vísperas de su centenario, tuvo que precipitarse en el vendedor de los periódicos, el corazón en chamade, como quién tendría una cita de amor. La vida.

¡Ad Augusta per Angusta!

 

Palabras de la pianista Teresita Gómez, al ser galardonada (Teatro Colón, Bogotá; 26.VII.2021). Quiero dedicarle estas palabras a mi madre quien me dio su color./ No deja de sorprenderme que en pleno siglo XXI hablemos de raza, que en pleno siglo XXI tengamos que usar eufemismos como afrodescendiente para decir simplemente negro. Sí, somos negros a mucho honor y con mucho orgullo. Pero ese orgullo y ese honor lo hemos tenido que ganar con una gran cuota de sufrimiento. He sido privilegiada por la vida pues al haber estado rodeada de seres que sin ser negros, aportaron  a mi vida  y se me abrieron muchas puertas. Claro que tambien se cerraron otras, pero al hacer el balance, me siento agradecida.

No ha pasado lo mismo con muchos de nuestos hermanos quienes han sido víctimas de un racismo soterrador a veces, abiertamente otras. La historia ha sido larga y cruel con nuestra gente. Por eso es necesario, hoy más que nunca, que nos unamos y alcemos nuestras voces de las miles de maneras que sabemos hacerlo: a través de la música, la danza, la escritura, la oralidad, la pintura, el teatro, los ritmos ancestrales, la cadencia melancólica y triste con ecos de la diáspora, o mejor, de las múltiples diásporas  que hemos tenido que enfrentar. Éxodos, desplazamientos, desapariciones,… palabras todas que quisiéramos borrar de nuestro vocabulario y cambiarlas por fuerza, unión, oportunidades para todos, vida digna y plena. Me uno a las palabras de la gran Nina Simone: ”Te digo lo que es la libertad para mi: no tener miedo”. / Muchas gracias.

 

Mamá Emma; por Gabriela Arciniegas  [Gabriela S. Arciniegas;  Gabriela III; nieta del maestro Germán Arciniegas, hija de Aurora].Conocí a Emma Reyes cuando vino a Bogotá en 1982 para una exposición. Era la época a mi juicio más hermosa de su carrera. Había traído una serie de verduras, frutas y flores gigantescas llenas de color en pinturas de gran formato. Para ella debió haber sido un acontecimiento: hacía muchos años que no iba a Colombia. Se había ofrecido a pintar un barco a cambio de viajar a Europa hacía unos cuarenta años y de ahí no había regresado a nuestro continente sino en contados viajes cortos. Había dejado un pasado amargo, una infancia de miseria, un hijo muerto en la selva, una hermana cuya alma había sido templada en otras aguas.

La conocí en 1982, cuanto yo tenía unos 6 años y ella unos 60, y nunca volví a verla en persona, pero su espíritu, sus cartas, sus llamadas desde Francia y las anécdotas que se contaban durante la sobremesa en casa de mis abuelos, la hacían un miembro más de la familia.

Alguna vez mi tía materna me confesó que Emma había sido como su madre. Mi abuela fue engendrada en una familia de arrieros paisas que perdieron todo por el vicio del padre por las apuestas; luego el padre murió y la madre se fue consumiendo lentamente a causa de la artritis. Mi abuela era una mujer de una belleza cegadora pero con un temperamento endemoniado. Nacida en 1903, freudianamente podría haberse llamado una mujer histérica. Llena de aprehensiones, presa de ataques de pánico a la vez que caprichosa, intransigente y además, muy temerosa de Dios —énfasis en “temerosa”—, ella misma aceptaba que no había querido tener hijos. No le gustaban los niños. Por su temperamento nervioso, la sacaban de quicio. Mi abuela vivía siempre al borde del precipicio. Por eso, mi madre y mi tía se criaron entre los pellizcos de monjas gringas y europeas y… Emma.

La pintora de los laberintos y de las máscaras, de las flores murales hechas con minuciosos tejidos de témpera con marcador, la mujer que se había ganado la vida como niñera de momias nobles y como chofera de limosinas, que se había vuelto la protectora de artistas jóvenes colombianos como Botero, Morales y Teyé en Francia, había dejado la adusta y primaria educación conventual que había recibido, y el mundo, un gran teatro de lo absurdo como se había abierto para ella, la había moldeado en la música experimental, en el arte conceptual, el surrealismo, en encuentros con escritores de todo el mundo, en el contraste entre ser una socialite y conocer las luchas sociales de los intelectuales latinoamericanos exiliados en Europa.

Emma sacaba a mi mamá y a mi tía, de una casa de un escritor callado y una beata, al cine escandaloso de Fellini y Antonioni, al teatro denso de Ionescu. Improvisaba con ellas sesiones de grabación de música casera al modo de los dadaístas y los precursores del rock industrial. Les hablaba de Frida Kahlo, de los muralistas, de Buñuel. Y les ponía el dedo sobre la boca antes de mandarlas de nuevo a la casa, como el Arcángel Gabriel, para que no le contaran nada a su madre, sobre las aberraciones paganas de que habían sido testigos.

Donde mi abuela se escandalizaba, donde el consejo de una madre típica colombiana de principios de siglo era rezar por todo y pedir perdón por respirar y por tener un cuerpo, ahí estaba Emma, caminando con el siglo, abrazando la sensualidad, Emma, quien después de haber jugado con basura en vez de muñecas y haber cruzado el Atlántico con unas monedas en el bolsillo, la única cosa que se tomaba en serio era su arte.

Con su pelo larguísimo, sus ojos grandes y curiosos, su inmarcesible acento paisa, su —cultivada— mala ortografía, su florido frañol (¿o espancés?), la perenne nostalgia que debía sentir por la exhuberancia del trópico y que quedaba inevitablemente impresa en su pintura, agregaban una nota de refinada frescura en las vidas de dos niñas que de otro modo hubieran tenido las vidas de dos monjas de clausura del siglo XVIII.

Mis abuelos, que Quemuenchatocha los tenga en su gloria, debido a la reticencia de mi abuela frente a la maternidad, se casaron a los veinte años como todos entonces, pero no fueron padres sino hasta los treinta. Y en 1930, un colombiano promedio de esa edad ya estaba casi lanzándose de candidato para ser abuelo. Emma, hay que decirlo, no era más joven que mis abuelos. Sería a lo sumo unos diez años menor. Como sus orígenes para ella misma eran tan nebulosos, su fecha exacta de nacimiento es un misterio. Cuando murió a comienzos de los 2000 tendría unos ochenta años. Sin embargo, tuvo que haber vivido la revolución de mayo del ‘68 con toda la fuerza y la vitalidad de su eterna juventud interior.

Emma tenía una forma peculiar de ver la vida. Se había levantado literalmente de la nada. La forma como habla, en Memoria por correspondencia, de esa “señora María” que no es otra que su madre biológica, una prostituta sin ningún instinto maternal y con toda la pulsión vital atada al eros. El destino que siguió el anónimo bebé, que no era otro que su hermanito, podría haber sido el de ella. Su sobrevivencia sólo puede entenderse como una terquedad del ADN, de esa misma pulsión vital de su madre, pasada a ella por los misterios del ADN, canalizada y transmutada gracias a las monjas en un cariño por el bordado y madurado en el alambique de esa alma obstinada hasta materializarse en un amor por la habilidad salvadora del arte. Quizá por eso atraía las situaciones más absurdas a su cotidianidad. La más absurda de todas fue morir siendo una desconocida en Colombia, ser rechazada su historia por varios editoriales mientras vivía, ser publicada de forma póstuma y cobrar la fama que tiene hoy cuando ya no puede disfrutarla, cuando no podemos interpelarla sobre las inquietudes que nos quedan. Más irónico es que los artistas a quienes ella ayudó a ubicarse en Europa, a hacer contactos con galerías, con art dealers, a ganar la fama que tienen hoy jamás hablaron de ella.

Lo que más lamento es haberla conocido a través de terceros. Haber sido tan joven cuando ella murió. En el puñado de veces que me pasaron el teléfono para hablar con ella, había tantas cosas que me hubiera gustado preguntarle, y sólo permanecíamos en silencio, de lado a lado del Atlántico. Bueno, no todo era silencio, seguro. Quizá me hizo preguntas tontas de cómo estás, cómo va el estudio y qué has hecho, y luego quizá me diría algo de su salud ya tan quebrada, pero no recuerdo eso. Me quedo con ese silencio tenso, expectante y a la vez tan lleno de sapiencia.

Seguro gran parte de la sustancia que soy yo viene de ella. Muchos de los consejos que a mí misma me daban en casa, partían con un: “Emma decía…”, o un: “una vez con Emma…”. Seguramente debo mi propia vida a sus palabras, a su consejo, y no exagero. Fui gestada en un entorno hostil, pero imagino a Emma poniendo el tono de sensatez en la situación, equilibrando las cargas, llamando al orden.

Si yo tuviera la oportunidad de hablar con ella ahora, siendo las dos adultas y hablando el mismo idioma, mi torpeza social seguro haría que se repitiera ese silencio, esa incapacidad. Pero si pudiera hablarle, le agradecería por haber entrado en nuestras vidas. Era bonito pensarla como una tía, como una tía que no solucionaba todo biblia en mano, que antes de juzgar, sondeaba, nadaba en nuestras almas y comprendía, ante todo comprendía.

Los objetos que tengo de ella, un pajarito de cristal que me dio en esa visita en 1982 (un regalo muy adulto para una niña pequeña, pensarían algunos, pero yo siempre fui una enamorada de los prismas y de los colores de la luz), un cuadro diminuto que me envió por correo, sin conocerme ella y sin conocerme yo aún (en colores café y amarillo que nunca me gustaron, pero ahora pienso que era un mensaje cifrado y que quería decirme que yo, como ella, debía ser una luchadora), la copia de una foto que le mandé a los 16 años con el acuso recibo de un cuadro que nos mandó (es tanta la gratitud que le tengo, que habiendo conversado con ella tan poco, me di el lujo de salir en la foto haciendo un bizco y sacando la lengua), las cartas que le mandó a mi madre con su escritura tan distintiva y sus historias, que incluso siendo de dolor, de operaciones, de médicos al final de su vida, eran tan graciosas, y un puñado de sus máscaras, me los he traído hasta Chile. Y el más preciado de todos: un estudio fotográfico que le hizo a mi madre de joven cuando ella vivía en París. Cuando veo esas fotos, me hablan de una niña que aún no sabía del dolor, pero más aún, la pose, el ángulo, el juego de luces y sombras, deconstruyen las dimensiones de la realidad de los objetos y los seres y la vuelven una composición abstracta de líneas, curvas, texturas y tonos de gris. 

Complemento de Gabriela-Mercedes Arciniegas  [Gabriela II; hija del maestro Germán Arciniegas].  Bello el artículo anterior; eres una gran escritora. Desgraciadamente, las historias de familia se van diluyendo, convirtiendo en leyenda. En literatura. Por eso, lo que voy a decir no es para dañar el texto, pero no puedo callar. Emma fue supremamente importante en mi vida. Ahora pienso que ni siquiera fue como una mamá -uno a los padres, por más que los adore, les hace muy pocas confidencias-. Tal vez fue como una tía o una hermana preferida. Sí nos llevaba a mi hermana Aurora y a mí a ver películas de vanguardia, que después callábamos. Ionesco lo vimos en familia. Tampoco eran tan atrasaditos mis padres, eran intelectuales. Mi mamá era muy tierna, pero hipersensible. Con el tiempo fue volviéndose más irascible. Lo sabía, y siempre pedía perdón. Sufría de fuertes ataques de ansiedad, una herencia materna, que yo llamo «el miedito». Hacía esculturas preciosas, amaba la poesía y la música, y hubiera sido feliz dedicándose al arte y a recorrer mundo con una mochila. No le tocó eso. Su familia no fue de arrieros, fue de tumbaselvas. Los Llano abrieron medio Cauca. Luego los hombres se jugaron las fincas en París, aunque no alcanzaron a arruinarse, sólo a no ser latifundistas. Mi abuelo Valentín Vieira era conservador y organizado. Mi abuelita Gabriela Llano tocaba piano y cantaba ópera, hasta que una artritis dolorosa acabó con todo eso. Murió cuando yo nací. Yo nací en medio de la tristeza, pero fui amada. Mi mamá fue una mujer valiente, que se sobrepuso a su carácter depresivo y estuvo siempre «al pie del cañón» apoyando a mi papá. Lo convenció de que no se metiera en la política, sino que se dedicara a escribir, que él era escritor por encima de todo. Sí, ella lloraba mucho. Y quejaba. Pero seguía adelante. En este momento, yo la admiro. Las vidas de los demás son demasiado complejas. Creo que nunca en la vida nos vamos a comprender unos a otros. Querernos, sí, pero comprendernos, jamás.

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Edición No. 198