¿Y ahora qué?
En medio del mastodóntico festejo,
Un fósil pequeñín me guiñó el ojo.
-Ánimo, triste mundo – chilló en seguida,
Que la extinción es más bien divertida.
Ogden Nash, El Carnaval de los animales
Hace tiempos escuché a unos jóvenes decir que el planeta estaría mucho mejor si no hubiera humanos. Fumaban lo que fumaban, se tomaban su traguito, y lo decían tan frescos. Se imaginaban viendo algún día en un noticiero el desmoronamiento progresivo de nuestras huellas, tal como aparece en Nat Geo (¿o es en Discovery?) – “Cinco años sin humanos… Diez años sin humanos… Veinte años sin humanos…” – y exclamando: “¡Uy, ¡qué chévere! ¡El mundo se quedó sin nosotros!”
Mentiras. Los mismos niños ahora tiemblan cuando ven en la pantalla ciudades donde se pasean descaradamente osos, monos, pavos reales… aquí mismo, en Chapinero Alto, zorros y zarigüeyas… La verdad es que somos una raza plañidera, quejumbrosa y apegada a su existencia.
Los dinosaurios no hicieron cara de nada cuando les cayó la pedrada celeste. Mírenlos en Discovery (¿o es en Nat Geo?). Sólo una carita de sorpresa y medio corren. Nunca, en ningún documental, se les ve una expresión de tragedia. Tengo una amonita del tamaño de una chirimoya cuñando la puerta. Está irremediablemente tiesa, lo mismo que todos los parientes, amigos y simples conocidos que tuvo en la Belle Époque del cretáceo. Y ella, ni se mosquea. En cambio, nosotros inventamos novelas, películas, series enteras para refregarnos la condición de especie amenazada. Nos vestimos de astronautas en nuestro propio planeta. Hablamos en tono lúgubre del “enemigo invisible”.
Pero es que ahí está el detalle (uno de ellos). ¡El intruso maligno que ahora se está metiendo con nosotros es chiquirriquitico! Es uno de los microbios más enanos que existen. ¿Por qué nos tiene que joder la vida este sute de la naturaleza? Estamos acostumbrados, desde la infancia – cuando nos desvelaban con cuentos de hadas para que durmiéramos -, a que el chiquito siempre gana. Pero esto… Esto ya se pasa.
Algún sabio que no he podido encontrar ni en Firefox ni en Google dijo una vez que nunca se le debe declarar la guerra a un enemigo pequeño. Es obvio. Si lo derrotas, eres un salvaje sin alma. Si te derrota, eres un payaso. Y si no lo ves, ¿qué eres?
Cada uno de estos pequeños y monstruosos prodigios es una impecable ciudad amurallada, inexpugnable, perfecta. Ni el más bravo de los guerreros de antaño – ni siquiera Gengis Kan – tuvo jamás que arrasar un número tan infinito y extraordinario de ciudades amuralladas por arriba, por debajo, por los lados… ¡y él las veía! Tan buenos asesinos que somos los seres humanos… ¡y aquí nos tienen!
Nos queda la ciencia. La ciencia es santidad, los científicos se unen, olvidando cualquier ambición mezquina, trabajan de luna a luna, comparten, edifican, destruyen, equilibran, como sólo ellos pueden hacerlo. Mientras esperamos su épica victoria, sólo podemos agarrarnos de la palabra que rima con su sabiduría: resiliencia.
Es una palabra que antes poco se usaba, tal vez por lo aparatosa para pronunciar, pero no es nada mala, especialmente si se piensa que los ejemplos más perfectos de resiliencia que hay en el mundo son otros “patojitos” que parecen de cuento.
Johan August Ephraim Goeze, un zoólogo cuyo nombre es 23 veces más largo que cualquiera de ellos, los descubrió en el siglo dieciocho. Los llamó “osos de agua”. Con una lupa, se pueden ver en una gota de rocío, en el manto líquido de un copo de musgo. Los más grandes miden un milímetro. Ositos. A las hembras, las podríamos llamar Úrsula, como la Señora Buendía. Longevos como ella, tal vez un poco más. Han sobrevivido a cinco extinciones. No a seis, porque el planeta no ha tenido seis. Suben hasta la estratosfera con la humedad que se evapora, vuelven a caer con la lluvia y siguen caminando por el suelo mojado con pasitos de oso gordo y tranquilo. Si caen en mal sitio, se enrollan, se convierten en un grano duro y esperan. Su confinamiento es más largo que los nuestros. Pueden ser cuarenta siglos de cuarentena, pero ¿qué les importa? Al final, su entorno cambia, porque tiene que cambiar, entonces estiran sus gordas patitas terminadas en garra, se desenrollan, y otra vez a caminar, despacio, despacio, a ver qué afán tienen, ninguno.
Los han llevado al espacio. Si hay vida en el más allá sideral, es probable que tampoco sea muy corpulenta, y que se comunicará de preferencia con ellos:
-¿Cuál es la especie dominante en su planeta?
-Nosotros.
-¿Y los gigantes vestidos de blanco que los acompañan?
-Ellos son nuestros conductores y mecánicos.
Se presentan a los extraterrestres como una raza benévola con sus inferiores, que les deja plena libertad, que no los importuna con su presencia y que respeta los derechos humanos.
El nombre oficial de estos plácidos viajeros es tardígrado. Me parecieron tan fascinantes, que los busqué en internet. ¡Cual no sería mi sorpresa al encontrarme con anuncios de peluches rosados, cremas, azules y color de miel! Los japoneses han descubierto su encanto y los están comercializando en forma de muñecos felpudos, acariciables, con los que un niño pequeño puede acostarse a dormir y volar en sueños. Y soñar que sobrevive y sobrevive y sobrevive… No está mal. Tenían que ser los japoneses.
Tal vez, cuando termine esta pandemia, la criaturita –gigantesca, si la vemos en términos de tardígrado– llegue a nuestras jugueterías. Entonces podemos mirarla a los ojos -les pusieron dos pepitas negras que no tenía– y decirle, con un guiño de los nuestros, la palabra que ella ni siquiera sabe que existe. Una palabra lenta, lenta de pronunciar: resiliencia.
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“Querido Carlos-Enrique: Esto que te mando no es para publicar, sino para que se diviertan un poco. Es que en el taller de Cristina Maya –la Tertulia de La Soledad– al cual pertenezco, se sugirió que escribiéramos algo sobre la pandemia. Cristina escribió dos poemas bellísimos, que compartió en Facebook. Otros escribieron otras cositas, cada uno en su estilo, pero con la conciencia de que esto es serio. Yo resolví recurrir al humor negro, porque, si no nos reímos, nos suicida este sinvergüenza bicho peludo. Y como no he tenido la oportunidad de compartir mi profundísimo, filosofiquísimo y eruditísimo ensayo con nadie más, se los mando para que se rían./ Un abrazo,/ Gabriela-Mercedes (Bogotá, 18.VIII.2020)” [Gabrielita II, hija del Maestro D. Germán Ariniegas y de Sra. Gabriela Vieira (Gabriela I)]