Lecciones de Orlando Fals-Borda
Entrevistado: Gonzalo Cataño, doctor en Sociología del Derecho. Sociólogo de la Universidad Nacional. Profesor-investigador de la Universidad Externado de Colombia.
Entrevistadora: Leonor Gómez. Profesora de la Facultad de Educación de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.
Leonor Gómez: Profesor Cataño, usted fue escogido por el Simposio Internacional Investigación-Acción y Educación en Contextos de Pobreza: un homenaje a la vida y obra del maestro Orlando Fals Borda, convocado por la Universidad de la Salle en mayo 16-18 de 2007, para presentar la semblanza del profesor Fals, la cual fue sencillamente excepcional. Tuve la oportunidad de asistir al evento y de escuchar la reconstrucción de la trayectoria del profesor desde diferentes ángulos y de disfrutar la integralidad y calidez de su exposición. Es usted ahora invitado especial a participar en un reconocimiento que le hace la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia de Tunja a tan singular investigador y maestro. En primer término, ¿cómo definiría hoy, en pocas palabras, a Fals Borda?
Gonzalo Cataño: En primer lugar, como un gran investigador; en segundo lugar, como un soberbio orientador académico y, finalmente, como un político mediano si no francamente opaco.
Gómez: A Fals se le reconoce como fundador de la sociología moderna en el país. ¿Qué acciones y hechos lo evidencian?
Cataño: No cabe duda de que el fundador de la sociología moderna en el país es Fals Borda. Sabemos que la ciencia de Comte llegó a nuestro país a fines del siglo xix, pero fue él quien le dio un contenido y alcance muy particulares: hizo que la sociología fuera un oficio y una profesión. Fundó la primera Facultad de Sociología en la Universidad Nacional en 1959 y diseñó un currículo moderno para la formación de los sociólogos en nuestro medio. Después de él la disciplina alcanzó una presencia académica ausente en el pasado. Junto a ello hizo que fuera un campo de aplicación para el diseño de programas de desarrollo social y para la orientación de instituciones dirigidas a promover cambios en el mundo rural y urbano, especialmente en el primero, su campo de investigación preferido. Esto significa que tomó en sus manos una disciplina algo etérea y la convirtió en un quehacer del cual podían vivir hombres y mujeres que hubiesen cursado los estudios pertinentes.

La fundación de los demás departamentos de sociología del país siguió, de una u otra manera, el patrón establecido por Fals. No trabajó solo, por supuesto. Contó con la colaboración del inolvidable Camilo Torres, de varios egresados de la antigua Normal Superior con inclinaciones por la investigación –como Virginia Gutiérrez y su esposo Roberto Pineda– de algunos profesores extranjeros, especialmente de Estados Unidos, y de otras personas centradas en la docencia, que dejaron una huella particular, como el profesor Darío Mesa, otro egresado de la Normal Superior, y del historiador y antropólogo Juan Friede. Cabe recordar, además, al jurista Eduardo Umaña Luna, uno de los coautores de La violencia en Colombia, el libro insignia de aquélla época del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional.
Gómez: La sociología rural, una de las pasiones de Fals en la teoría y en la práctica, ¿qué impacto generó en la educación colombiana?
Cataño: Creo que hay un acuerdo en afirmar que los trabajos más significativos de Fals son los de juventud aparecidos durante los años cincuenta. En primer lugar, Campesinos de los Andes, un estudio detallado de la vereda de Saucío perteneciente al municipio de Chocontá. A éste le siguió El hombre y la tierra en Boyacá, para mí su trabajo más notable y por el cual será recordado por los investigadores sociales del país y del extranjero. Pero también sé que muchos lectores prefieren los tomos de la Historia doble de la Costa por su aire de compromiso con los pobres del campo. Como lo sugieren sus títulos, los dos primeros trabajos pertenecen a la sociología rural, y a la mejor de su tiempo, aquella que provenía de los discípulos del ruso-americano Pitirim Sorokin. En ellos combinó varios enfoques y técnicas de investigación que le ayudaron a reconstruir los modos de vida del campesino cundiboyacense. Observó sus costumbres, aplicó encuestas y utilizó las estadísticas de la época, como los censos y las series ofrecidas por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (dane). A esto sumó un enfoque histórico en el que registró el desarrollo de la comunidad estudiada desde la época colonial hasta mediados del siglo xx. Son, en pocas palabras, trabajos históricos y sociológicos con sabor antropológico; estudios que examinan el pasado y el presente de gran interés para los estudiosos del siglo xxcomo para los analistas del pasado nacional. El tercero, el de la Costa, no se sustrae al campo de la sociología rural, pero en asuntos de teoría y método, de conceptos y de acción social y política, se remite a otras corrientes de pensamiento muy cercanas a la tradición socialista.
Gómez: ¿La tesis de doctorado en la Universidad de Florida sobre la tenencia de la tierra, El hombre y la tierra en Boyacá, estuvo precedida por algunas experiencias o intereses sociológicos en nuestro Departamento?
Cataño: El trabajo sobre Boyacá era un eco de las reformas agrarias de aquellos años en América Latina. Esto hace especialmente valiosa su investigación. Había un asunto concreto, la tenencia de la tierra, los minifundios de Boyacá, y la necesidad de transformar esta estructura para alcanzar el bienestar de la población campesina. Aquí la sociología mostraba su fuerza aplicada, su capacidad de examinar un problema y ofrecer respuestas para su eventual solución. Estas eran las primeras aventuras intelectuales de un costeño en los Andes.
Gómez: La llamada “sociología comprometida”, que construye en la década de los sesenta y principios de los setenta, ¿cómo estaría relacionada con sus obras y sus escritos sobre la subversión en Colombia?
Cataño: En su primera época, Fals quería afirmar una sociología científica, objetiva, animada por teorías y datos precisos. Quería superar las posturas impresionistas y especulativas dominantes. A su juicio, los datos le conferían certeza a lo estudiado y las teorías capacidad explicativa a los hechos. Pero a continuación quiso que los investigadores sociales se comprometieran con la realidad que estaban estudiando. Deseaba que eligieran los temas candentes de la sociedad, aquellos que eran objeto de controversia, especialmente los que examinaban al pueblo, a los necesitados, a los grupos menos favorecidos. Tenía especial querencia por los pobres. Le incomodaban las élites. Para la clase dirigente tenía su prosa más incisiva y afilada. Todo esto estaba muy cerca de los enfoques de Camilo Torres, su amigo y colega en la Universidad Nacional que, como sabemos, ofrendó su vida por los humildes.
Gómez: La postura de Fals de considerarse “socialista a la colombiana”, socialista democrático, ¿cómo puede interpretarse?
Cataño: Fals subrayó la necesidad de alcanzar un pensamiento nacional, que él llamaba “auténtico”, colombiano. Luchó por una conciencia nacional, la predicó y la intentó hacer. Esto lo unió al predicado del socialismo a la colombiana. Creo que es uno de los aspectos más frágiles de su pensamiento, no exento de paradojas. El mejor Fals se formó en Estados Unidos con notables profesores de sociología rural en las universidades de Minessota y La Florida. Allí adquirió sus habilidades en los métodos y técnicas de investigación y su destreza teórica para el análisis. Estos recursos metodológicos hacen de la sociología una ciencia universal, como lo son la historia, la psicología y la economía. Puede tener visos nacionales cuando estudia los problemas particulares de una sociedad y se unen a la tradición intelectual de ese país, pero la teoría y las técnicas de investigación las comparte con el cuerpo general de la sociología que es una disciplina que nació y tomó cuerpo en Europa. En pocas palabras, una manifestación más de la cultura Occidental.
La sociología surgió y creció en el Viejo Mundo y de allí se difundió por los países de los continentes americano, asiático, africano y autraliano. La connotación de “nacional” viene del estudio reiterativo de problemas particulares de un pueblo o de una región siguiendo los patrones de la teoría y los procedimientos universales de la ciencia. Y si surgen contribuciones, como ha sucedido en América Latina con la teoría de la dependencia, se integran al desarrollo general de la disciplina. Es en este sentido que podría hablarse de una sociología latinoamericana o colombiana, de la misma manera que hablamos de una sociología alemana, francesa o norteamericana. Todas ellas tienen una coloración especial derivada de sus problemas, pero siguen siendo sociología en el sentido más amplio y general en cuanto se nutren del núcleo central constitutivo de la disciplina.
Gómez: En el largo y continuo recorrido de un trabajo sociológico de reconocimiento nacional e internacional, ¿cómo fue ese compartir, profesor Cataño, con Fals, en su calidad de alumno, amigo, académico e investigador? Con alegría, remembranza y añoranza, el nombre de Fals evoca –al parecer– muchas cosas.
Cataño: Mi generación, la que estudió sociología en la mitad de la década de los sesenta en la Universidad Nacional, lleva, sin duda, la impronta de Fals. Su nombre representaba en aquel momento la avanzada de la sociología. Nos enseñó a leer a los sociólogos, a investigar, a escribir y a difundir las bondades de la investigación en el salón de clases. Para el Fals de aquella época, sociólogo que no investigara era algo así como un “metafísico”. A su juicio, la investigación era lo que legitimaba el estatus científico de la disciplina. Sin ella la sociología sería sólo una cátedra universitaria dedicada a examinar teorías y tradiciones de pensamiento, una labor más cercana a la filosofía y a las humanidades muy lejos de las demandas de la ciencia. Fals fue quien hizo posible entre nosotros el predicado de que la sociología podría ser una ciencia, y lo reveló con sus propios trabajos. A diferencia de la mayoría de nuestros profesores, muy dados a hacerle propaganda a la investigación pero a dejarla en manos de los estudiantes, él mostró que lo predicado en el salón de clase sólo tenía una feliz realización en el trabajo de campo.
Gómez: Situación que usted reafirma en uno de sus últimos artículos:
Al lado de estas labores organizativas, Fals no se olvidó de sus trabajos académicos. Sabía bien que profesor y departamento de ciencias sociales que no haga investigación carecen de legitimidad para exigírsela a sus estudiantes. Junto a sus tareas administrativas emprendió investigaciones sobre la violencia, la educación, la modernización y la acción comunal, trabajos que difundió en la colección Monografías Sociológicas, el órgano oficial de la Facultad[1].
Gómez: ¿Qué caracterizaba en él la relación docente-estudiante?
Cataño: Fals era un profesor muy entregado a sus estudiantes. Leía con atención sus trabajos, los criticaba y los mejores los citaba en sus propias investigaciones. Tenía un especial sentido de comunidad científica; sabía que una investigación, por limitada que fuera, ofrecía algún dato o enfoque de interés para el desarrollo de la disciplina. Este colegaje y sentido de colaboración lo había aprendido en Estados Unidos, donde profesores y alumnos graduados se funden en un solo cuerpo para el adelanto de la ciencia.
Fals también orientaba a sus alumnos en la esfera ocupacional. A los más dedicados los recomendaba en el mercado de trabajo y a los más consagrados los promovía para que avanzaran en sus estudios de posgrado. Era un maestro poco usual en el medio universitario. Veía en sus alumnos al futuro colega que mañana sería su compañero de labores.
Gómez: Sabemos que se retiró de manera temprana de la docencia universitaria, a comienzos de la década de los setenta, y que se dedicó por completo a la investigación. ¿Podría considerarse esta etapa como la de mayor plenitud de su vida?
Cataño: La faceta más recordada de Fals es su lucha por la investigación-acción, una postura metodológica nada fácil de resumir. Posee muchos matices y tonalidades. Una respuesta sumaria, esquemática, debería –a mi modo de ver– decir lo siguiente. En primer lugar, investigar en ciencias sociales consiste en la reunión y análisis de datos. En segundo lugar, esto solo se logra con la colaboración del objeto de estudio. En tercer lugar, la investigación debe tratar un problema acuciante de la comunidad o grupo objeto de estudio. En cuarto lugar, la llamamos acción, un vocablo muy atractivo, porque estudia una situación con la finalidad de superarla. En este proceso puede intervenir el investigador, pero su papel es siempre secundario. Puede sugerir, “concientizar”, pero quien decide es la comunidad, las personas que sienten y llevan a cuestas una dificultad.
La investigación-acción es entonces una variante de la investigación aplicada, que compromete al investigador y al objeto de estudio. Es un instrumento de conocimiento dirigido a orientar las decisiones del grupo. En este proceso se recupera uno de los aspectos más fértiles de la sociología, su utilidad, muy descuidado por los sociólogos de bufete, aquellos calificados de torre de marfil por los críticos más acerados. Recordemos aquí las palabras de un célebre texto de metodología de la época: “La investigación realizada con la mente puesta en su inmediata aplicación requiere, a lo largo de todo el proceso investigativo, un esfuerzo de colaboración entre investigadores sociales y aquellos que van a utilizar sus hallazgos”[2].
Podríamos decir algo más sobre este asunto tan manoseado de la investigación-acción. El investigador aflora el tema, el problema del grupo, lo aclara con las personas más conscientes, aquéllas que tienen mayor conocimiento de los apuros de la comunidad. Organiza la información y a continuación la revierte a los miembros con influencia en la colectividad. Al definir la situación, al dar a conocer las condiciones de vida, comienzan a surgir los eventuales caminos para superarla. Aquí es cuando surge la acción, la movilización para conseguir los objetivos deseados, asunto que conecta la vida comunitaria con la política. Hay que recordar que las regiones y poblaciones de escala reducida no son entidades aisladas. Pertenecen a una sociedad mayor, a la nación-Estado con un sistema jurídico que rige la conducta del conjunto de los asociados. Esto significa que la “subversión” de alguna de sus partes se las tendrá que ver con el aparato de gobierno, con el organismo que monopoliza el uso de la violencia mediante instituciones como la policía, el ejército y los tribunales. En este terreno la ciencia tiene poco que hacer. Dice cómo son las cosas, pero no cómo deberían ser. Esto último pertenece a la esfera de los valores, al mundo de las elecciones atadas a los intereses materiales y espirituales; a los deseos, inclinaciones y apetencias de los miembros de un grupo. Lo que la ciencia sí puede decir es qué eventuales riesgos y consecuencias tendría la elección de una u otra vía para alcanzar lo anhelado.
Gómez: Para la educación colombiana y en general para el país, ¿qué representó y seguirá representando el nombre de Fals?
Cataño: No creo que haya duda de que Fals es el sociólogo colombiano más notable del siglo xx. Cuando él comenzó su labor en los años cincuenta, el sociólogo más prestigioso era el antioqueño Luis López de Mesa, pero diez años después pocos lo recordaban. López de Mesa se desdibujó rápidamente y hoy apenas lo leen los historiadores del pensamiento social. Su enfoque perdió fuerza para el estudio de los problemas sociales. Su sociología era especulativa, intuicionista, romántica, ajena a los datos rigurosos y a la investigación de archivo. Fals, sabemos, era todo lo contrario, y sus mejores trabajos no han perdido valor formativo y energía para orientar al investigador de nuestros días.
Nos deja un legado adicional. Su ejemplo muestra que cuando se adquiere una buena formación, en el país o en el extranjero, y nos familiarizamos con lo mejor de la tradición sociológica, se está en condiciones de hacer contribuciones en el plano nacional o internacional. Fals copó esta aspiración con realizaciones de alto nivel. Al lado de nombres como el escritor Jorge Isaacs, el pintor Fernando Botero y nuestro premio Nobel de literatura, representa la mejor cara del país en el exterior.
Gómez: Como comentario adicional, profesor Cataño, usted tuvo el privilegio de ser alumno de Fals. De mi generación, junto a colegas de Tunja y de Bogotá, tuvimos otra de igual fortuna: el ser alumnos de ese alumno en el antiguo programa de maestría en Investigación Socioeducativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Con frecuencia evocamos a sus dilectos y bien preferidos amigos de la ciencia como Durkheim y Weber ¿Cómo veía Fals a estas grandes figuras?
Cataño: Fals tuvo escaso interés por el estudio pausado de los padres fundadores. Aludía a los clásicos para nutrir sus investigaciones, pero nunca se detuvo en ellos para explorar su pensamiento o dedicar un tiempo prudencial al examen de alguno de sus libros. Su relación con Marx, Durkheim o Weber fue siempre fugaz e instrumental. Usó algunos de sus conceptos y de sus perspectivas teóricas para cubrir exigencias del trabajo de campo o para apoyar una discusión –como la de la sociología libre de valores que tanto criticó–, pero no fue más allá del empleo circunstancial y de ocasión. No le atraía la teoría como área particular y específica de estudio. Esto lo dejaba para los sistematizadores y los historiadores de las ideas, de donde tomaba, a veces, sus instrumentos conceptuales.
Gómez: ¿Cómo describir entonces su aprendizaje con él?
Cataño: Aprendí de Fals la importancia de tener un contacto directo con la investigación empírica. Me gradué como sociólogo con una tesis sobre educación y movilidad social. Allí analicé una encuesta sobre el origen social de los estudiantes de la Universidad Nacional y años después me fui, siguiendo sus huellas, a Boyacá para estudiar las escuelas rurales. Fue una gran experiencia de campo. Entrevisté maestros y maestras, observé escuelas, estudié los métodos pedagógicos, hablé con los niños y con los campesinos, los padres de familia. Este fue uno de los aprendizajes más fructíferos en mi carrera inicial de sociólogo. En medio de estas tareas desarrollé mi interés por la teoría social, tanto la europea y norteamericana como la latinoamericana, por pobre y limitada que esta fuera. Cuando regresé a las actividades docentes en la Universidad Pedagógica Nacional me interesé por el legado de Émile Durkheim, el fundador de la sociología de la educación. Y ¡claro! por la obra de Max Weber, autor que abordó los más diversos campos de la indagación social con una sutileza analítica todavía no superada.
Siempre he creído que los clásicos tienen un gran valor formativo. Un pensador clásico nos ayuda a escribir, a redactar frases complejas y abarcadoras. Los padres fundadores iluminan nuestros trabajos de investigación; son imaginativos, recursivos y creadores; nos protegen de las explicaciones fáciles, fugaces y de ocasión. De la misma forma que un pedagogo que tome en serio su disciplina no puede ahorrarse la lectura, por aburrida, pesada y tediosa que ella sea del Emilio de Rousseau, un sociólogo honrado no puede saltarse el estudio de libros como El suicidio, La división social del trabajo o secciones enteras de Economía y sociedad.
Gómez: ¿Como esposos, Fals y María Cristina Salazar, una investigadora reconocida, desarrollaron un trabajo profesional compartido?
Cataño: El matrimonio Fals-Salazar no hizo investigaciones conjuntas. Se apoyaron pero cada uno desarrolló y publicó sus trabajos en forma independiente. Ella emprendió investigaciones puntuales sobre el cultivo del tabaco y sobre el niño trabajador, la mayoría de estas últimas aparecidas en la Revista Colombiana de Educación cuando yo era miembro de su cuerpo de redacción. A diferencia de Fals, que miraba la sociedad como un todo, los textos de María Cristina examinaban la situación de grupos relativamente pequeños para derivar de allí políticas de desarrollo y de bienestar social de alcance medio.
Pasando a su relación más personal, como esposos, por cerca de treinta años, es claro que se ayudaron mutuamente. Hubo tensiones sin duda. Se unieron, se separaron y se volvieron a unir. María Cristina, descendiente de la familia Camacho Roldán, era una mujer adinerada y, cuando murió, Fals –un hombre de clase media que siempre vivió de un sueldo–, heredó la pensión de su esposa y alcanzó cierta holgura durante sus últimos años. Viajaron por Europa y Norteamérica. Ambos eran bilingües (inglés y español) y creyentes en su juventud. Fals era protestante y ella una monja seglar, pero con los años y la militancia política se fueron enfriando sus adhesiones confesionales. Uno y otra habían hecho los estudios universitarios, desde el bachelor hasta el PhD, en universidades de habla inglesa. Sus nombres eran muy conocidos en los medios intelectuales, y continuamente recibían invitaciones para participar en simposios y congresos internacionales. Los unió, además, una común actitud crítica frente a la política nacional. Eran de izquierda, ¡y del ala más radical!
Gómez: Gracias profesor Cataño. Este es sólo el comienzo de un aporte al conocimiento de la vida de este singular maestro. Ahora recuerdo que en algún momento usted manifestó que fue una de las mentes más fecundas de las ciencias sociales latinoamericanas. No quiero, sin embargo, terminar esta entrevista sin compartir con los lectores unas líneas escritas por Fals en el acto de su jubilación y despedida de la Universidad Pedagógica Nacional. En el discurso de evocación, “Un alumno de los años sesenta”, Fals apuntó:
[El rescate de la Asociación Colombiana de Sociología] es lo que más recuerdo y lo que más agradezco de la gestión como sociólogo de Gonzalo Cataño; de ese alumno angelical que tuve en los años sesenta y que sigue, sin cansarse, leyendo libros, criticando autores, rescatando tradiciones de pensamiento todavía actuales y, en fin, cultivando su pensamiento para enriquecernos a todos[3].
Gómez: Y, para finalizar, ahora sí, me vienen a la mente unas líneas suyas sobre Fals proferidas en otras circunstancias y en otros escenarios:
El gran tema de Fals fueron los campesinos. Ellos constituyeron el amor de su vida. El mundo urbano le fue ajeno; vivió en la ciudad, pero nunca la estudió. Su gran apego fueron los moradores de veredas, poblados y aldeas, y al final de sus días observó con nostalgia cómo este universo de solidaridades ancestrales se desvanecía ante la violencia y el desarrollo impetuoso de las ciudades[4].
Notas
[1] Gonzalo Cataño, “Orlando Fals Borda, sociólogo del compromiso”. Revista de Economía Institucional, n.º 19, Bogotá, 2008, pp. 79-98.
[2] Claire Selltiz, Marie Jahoda, Morton Deutsch y Stuart W. Cook, Métodos de investigación en las relaciones sociales, Madrid, Rialp, 1965, p. 7.
[3] Orlando Fals Borda, “Un alumno de los años sesenta”, Revista Colombiana de Educación, n.º 49, Bogotá, diciembre de 2005, pp. 203-205.
[4] Gonzalo Cataño, “Despedida de Fals Borda”, Revista Nueva Época, n.º 31, Bogotá, octubre de 2008, pp. 271-274.