¿Hacia dónde miro?
Todas las mañanas, al leer el diario, me asalta una especie de angustia. ¿Hacia dónde miro? Sus páginas están llenas de información, en muchos casos contradictoria, así venga de las mismas fuentes o de fuentes muy cercanas. Los datos de la economía no me convencen, porque veo lo que ocurre en las ciudades y en el campo. Cada columnista “sienta cátedra” sobre el tema del día y quiere que su “palabra sea la ley” como dice la canción. La violencia está por todas partes, tanto en el ámbito local como nacional como mundial. La destrucción de la naturaleza, el cambio climático, los daños ambientales, los desastres, son noticias de cada día. Para completar, el diario se da el gusto de dedicar una página semanal, sin falta, a las mascotas, y varias páginas al entretenimiento. Ya casi ni los deportes tienen espacio en el material impreso (“Consulte los resultados y toda la información en nuestra página web”, nos indican).
Entonces, ¿Hacia dónde miro? Yo vivo en un mundo diferente, un mundo en el que se busca trabajar en otra forma. Y me gusta ese mundo. Es el mundo de la ciencia, el mundo de la educación, el mundo de las humanidades, de las artes, de la cultura. Es aquella especie de “paraíso” en el que solo tienen cabida las buenas prácticas, y en el que lo que se busca es entender todo lo que nos rodea, bien sea a través de su estudio o a través de sus representaciones artísticas que también son el resultado de su estudio, claro. Es un mundo en el que hay cupo para mucha gente, pero que aún está lejos de tener “cupo completo”.
Yo prefiero mirar hacia ese mundo, y de verdad me gustaría (uso en condicional al que siempre le “saco el cuerpo”) que muchas más personas miraran en esa dirección. Es que yo vivo inmerso en el mundo de la ciencia, no porque yo me considere el “gran” científico, sino porque vivo rodeado de verdaderos GRANDES científicos, así sean pequeños en edad (me refiero a los alumnos de los colegios con los que interactúan los académicos). He tenido la suerte de vivir en este mundo paradisíaco la mayor parte de mi vida. Desde que, siendo muy joven, ingresé como estudiante a la Universidad Nacional de Colombia y tuve la oportunidad de conocer a verdaderos científicos. Y, ojo, que estos no tenían grandes títulos. En la época el “Ph.D.” no se conocía en Colombia. Mis maestros eran autodidactas o contaban con un título profesional. Pero se dedicaban con pasión a lo que hacían. Y me transmitieron esa mística que yo siempre traté de alimentar en mis alumnos.
¡Aprendí tanto de ellos! Pasó el tiempo, y viví una experiencia similar en los Estados Unidos. Amor por el trabajo, dedicación, sacrificio, entrega total. Para mi fortuna, al regresar a Colombia obtuve suficiente apoyo para hacer lo que había aprendido a amar, la “ciencia amable”. Y al mismo tiempo tuve la suerte de contar con unos alumnos excepcionales. Mejores no había. Con ellos disfruté los viajes de campo, pero también su deseo de aprender y, por qué no, de seguir mis pasos que no eran otros que los de mis maestros. Por lo menos tres generaciones con los mismos sueños. Muchos de ellos se fueron a hacer sus contribuciones a la ciencia colombiana y mundial en ciudades diferentes a Bogotá; desde Santa Marta y Barranquilla, pasando por Montería, Quibdó, Bucaramanga, Medellín, Manizales, Palmira, Villavicencio, Neiva, hasta Popayán y Leticia.
Luego la vida me trajo a donde estoy. Vivo rodeado de lo mejor de lo mejor de la ciencia y del humanismo colombianos, con alcance internacional. Hacia ahí es hacia donde quiero mirar. Pero también quiero que muchos, jóvenes y viejos, miren a esa cara de la moneda. Y quiero que el diario que leo cada día también lo haga. Pero no…la ciencia ocupa un lugar esporádico, si queda espacio. Para las mascotas siempre lo hay. ¿Y el medio ambiente? Si queda espacio. ¿Y la educación? Si queda espacio. En general, los medios de comunicación no le encuentran “la gracia” a la ciencia, ni al medio ambiente, ni a la educación. Claro, siempre hay espacio para que los ministros y otros funcionarios del gobierno nos muestren las maravillas que están haciendo, en muchos casos sin evidencia científica. Son medios cuya filosofía dista mucho de la que realmente requiere nuestra sociedad pues están ligados a otro tipo de intereses. Cómo será que hasta tres de los redactores de ciencia de tres de los más importantes diarios del país dejaron sus cargos casi que al unísono.
Pero yo vuelvo a mirar hacia nuestra ciencia, y ¿Qué encuentro? Que tenemos una comunidad científica fuerte, reconocida internacionalmente, y a la que la Academia está comprometida a exaltar, ya que es uno de sus principios misionales. En las líneas que siguen voy a construir una “sopa de letras” con la intención de mostrar la riqueza de nuestra ciencia sin pretender ser exhaustivo, ¡Ni más faltaba! La sola Academia cuenta con 260 miembros que cubren las áreas de las ciencias exactas, físicas y naturales, pero también las humanidades, las ciencias de la salud, del medio ambiente e, inclusive, de la economía y la ingeniería.
La “sopa de letras” comienza con unas celdas solares fotovoltaicas flexibles para uso en zonas no interconectadas, y continúa con investigaciones sobre energía de alta tensión y descargas eléctricas, pero se enriquece con los trabajos sobre insectos de importancia como vectores de enfermedades o plagas de cultivos. También hay quien se especializa en física de la superconductividad y el magnetismo, o en monitoreo y modelado de la deforestación, fragmentación de bosques e incendios forestales, o en herpetología y monitoreo de fauna terrestre en áreas sometidas a grandes disturbios debidos a la construcción de centrales hidroeléctricas, y más aún, quien trabaja en el procesamiento de información óptica y sus aplicaciones en nuevos sistemas ópticos para seguridad. No hay descanso para la preparación de la “sopa de letras”, porque hay quien construye la neurociencia en Colombia, y quien se preocupa por el mejoramiento de los cultivos tropicales, o en la lucha contra plagas de esos cultivos, o también quien ha dedicado su vida a trabajar sobre la exposición de agentes mutagénicos en poblaciones humanas, genotoxicidad ambiental y genética forense. Siguiendo con los humanos, hay investigaciones muy importantes sobre lucha contra el cáncer de seno usando plantas nativas, o para producir un tratamiento para la leishmaniasis cutánea. Cierro la “sopa de letras” con trabajos sobre el uso de métodos computacionales de alta precisión basados en los principios fundamentales de la mecánica cuántica, y mencionando que muchos egresados de programas colombianos de posgrado están impactando tanto al mundo académico como al empresarial en el país, o están desarrollando ciencia de vanguardia en diversos países del mundo.
El contenido de la “sopa de letras” solo incluye investigaciones hechas en Colombia por científicos colombianos miembros de la Academia. Pero, además, y como es normal, la Academia se enorgullece de los académicos que hacen parte de la llamada ¨diáspora”: Panamá; San Francisco State University; Harvey Mudd College, Claremont, CA; University of Washington; University of Colorado; Purdue University; Baruch College, New York; Wildlife Conservation Society, New York; Luisiana State University, Baton Rouge; Fort Lauderdale, Florida; Montreal, Canadá: CINVESTAV, México (Física); CINVESTAV, México (Matemáticas); Universidad Nacional Autónoma de México, Baja California; Viena, Austria; Grindelberg, Alemania; Vevey, Suiza; New York University, Emiratos Árabes Unidos.
¿Sorprende, entonces, que en pocas semanas al menos nueve miembros de la Academia hayan recibido reconocimientos a nivel nacional e internacional? Braulio Insuasty, Obra integral en Ciencia, Academia y Avanciencia; Elena Stashenko, 100 científicos más influyentes del mundo, The Analytical Scientist; Moisés Wasserman, colombiano ejemplar, diario El Colombiano; Eduardo Posada, Vida y Obra, Ministerio de Educación; Álvaro Morales Aramburo, una vida dedicada a la investigación, Alcaldía de Medellín-Sapiencia; Guillermo Páramo Rocha, Doctorado Honoris Causa, Universidad Nacional de Colombia; José Daniel Pabón y Oscar Mesa, Medalla al Mérito Universitario, Universidad Nacional de Colombia; Daniel Cadena, “Dejar huella”, Universidad de los Andes.
Una observación obvia: los medios de comunicación prefieren exaltar a científicos colombianos que residen y trabajan en el exterior. No tengo nada contra ellos pues, a algún nivel, engrandecen a Colombia. Pero sus logros son posibles en buena medida por la situación más o menos privilegiada en que se encuentran, trabajando en ecosistemas científicos ampliamente favorables. Uno de los objetivos de este escrito es ofrecer a quien lo requiera, un “menú” de opciones locales, nacionales, autóctonas, para profundizar.
Vuelvo a mirar a los medios de comunicación y es muy poco lo que encuentro sobre estos y otros asuntos de la mayor trascendencia para el país. La Misión Internacional de Sabios 2019, convocada por el gobierno nacional a instancias de la Academia, produjo a finales de 2019 y durante 2020 varios volúmenes con conclusiones y recomendaciones bajo el título “Colombia hacia una sociedad del conocimiento”, que deberían convertirse en una hoja de ruta para Colombia durante los próximos 25 o 30 años. Allí se trataron en detalle elementos tan centrales al presente y el futuro de nuestra nacionalidad como las ciencias básicas y del espacio, las ciencias de la vida y de la salud, biotecnología, bioeconomía y medio ambiente, tecnologías convergentes e industrias 4.0, océanos y recursos hidrobiológicos, ciencias sociales y desarrollo humano con equidad, industrias culturales y creativas (después denominado arte, cultura y conocimiento), y energía sostenible. Son propuestas que todos los colombianos deberíamos interiorizar. No obstante, la sociedad poco se ha interesado en conocerlas, y los medios prácticamente las han ignorado. El mismo gobierno ha creado otras misiones como la de internacionalización, que se apartan casi por completo de lo descrito por la Misión. Es nuestro deber insistir en que eso cambie.
¿Hacia dónde miro? Concluyo argumentando que es mucho el espacio que falta por ganar y ocupar en la mente de los compatriotas sobre la importancia de la ciencia para el desarrollo del país. Se habla de un mundo cada vez más complejo, y la ciencia está ahí para ayudar a su comprensión. En la época actual no se pude ni se debe separar la ciencia, o mejor, las ciencias naturales, de las ciencias sociales, Las unas no tienen mucho sentido sin las otras. Aunque en este escrito me he centrado en las ciencias naturales, con menciones dispersas a las humanidades y las ciencias sociales, las artes, etc., estoy convencido de sus estrechas interacciones. La Academia así lo entiende también y muchas de sus actividades se mueven en ese contexto. La Misión Internacional de Sabios 2019 ofrece un derrotero claro para que este vínculo se haga cada vez más fuerte.
Al respecto de la educación, afortunadamente, la Academia la incluye como uno de sus ejes misionales, al punto de que la comprobación de que el candidato ha formado nuevas generaciones de investigadores a lo largo de su carrera se ha convertido en un requisito para ser admitido a la institución. Así mismo, la Academia está comprometida con el mejoramiento de la educación en ciencias naturales y matemáticas en la escuela básica y media. Uno de los aspectos más estimulantes del trabajo en este ámbito, es el gran interés que los niños de los colegios demuestran por estos asuntos. También, vale la pena resaltar la dedicación con que los maestros de los niveles básico y medio asisten y participan en los cursos de STEM y en las conferencias y talleres generales que se organizan periódicamente.
¿Hacia dónde miro? En Colombia si hay científicos; en Colombia si se hace ciencia en medio de la incomprensión gubernamental y de los vergonzosos presupuestos y las dificultades burocráticas. Las universidades y los centros de investigación deben ser felicitados por los enormes esfuerzos que realizan para fortalecer la investigación interna, con recursos propios.
Creo que seguiré deleitándome con la riqueza y diversidad intelectual y personal de quienes me rodean como miembros de la Academia, pero sin olvidar la inmensa responsabilidad de trabajar sin descanso por lo que ahora se conoce como la apropiación social de la ciencia o apropiación social del conocimiento. Solo así, ojalá en un momento muy lejano, también podré mirar a los medios de comunicación y a la sociedad en general con mirada agradecida por un cambio de mentalidad que ponga a la ciencia en el lugar que le corresponde y que normalmente ocupa en otros países.