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El filósofo colombiano por excelencia

Este ensayo es una síntesis, realizada por Leonardo García-Jaramillo y autorizada por el autor, de la ponencia que presentó en el XVI Foro Nacional de Filosofía. Universidad del Atlántico, Barranquilla, noviembre 14, 15 y 16 de 2007.

Danilo Cruz-Vélez nació en Filadelfia, Caldas, en 1920. Vivió su infancia en Riosucio, donde hizo sus estudios de primaria. Los cuatro primeros años de bachillerato los realizó en Popayán, donde leía todo lo que llegaba a sus manos en cuanto a literatura y poesía. Allí despertó, siendo un adolescente, a la vida cultural y a los 17 años se trasladó a Manizales donde terminó sus dos últimos años de bachillerato en el Instituto Universitario, los cuales fueron decisivos respecto a su orientación literaria y vocación intelectual: «Yo venía de una región donde ese tipo de vida era casi nula. Mis familiares pertenecían al sector de la ganadería por el lado materno, provenientes de las regiones de Salamina y Filadelfia. Por el lado paterno mi familia había estado en conexión con la minería. Mi abuela paterna era hija de un alemán, Julius Richter, que vino a Colombia en 1948, contratado por una empresa inglesa, a trabajar en las minas de Supía y Marmato».

Ese era el ámbito vital de su niñez, muy alejado de la vida intelectual y dentro de una región y unos conglomerados humanos que no conocían el arte ni la literatura. Por cuenta propia, entonces, leyó La misión de la universidad de José Ortega y Gasset, Juan Cristóbal de Romain Rolland, La montaña mágica de Thomas Mann, así como obras de Eugenio O’Neill y novelas de Panait Istrati; en compañía de su condiscípulo y hoy psiquiatra Guillermo Arcila Arango, leyó La decadencia de Occidente de Oswald Spengler.

Pensamiento y vida

Las lecturas de Cruz-Vélez eran literarias y poéticas. De allí se desprendió su vocación de escritor y llegó a publicar regularmente artículos en La Patria. Manizales, ciudad intermedia, vivía una vida espiritual y artística jamás vista. Rogelio Escobar, profesor del Instituto Universitario, tuvo una librería (Centenario) y dirigió una revista que tuvo mucha audiencia (Pensamiento y vida) la cual se orientó hacia lecturas clásicas de literatura, filosofía y poesía. «Ese profesor, dice Cruz-Vélez, pertenece a mi vida».

A los 19 años llegó a Bogotá para estudiar Derecho en la Universidad Nacional. Entró en contacto con los más destacados escritores, especialmente con los poetas de Piedra y Cielo, quienes por esos años presentaban sus primeras publicaciones. En una de esas tertulias conoció al filósofo Rafael Carrillo. «Fue un encuentro feliz», dijo Carrillo. A Danilo ya lo había sobrecogido la pasión filosófica y desde esa época se entendieron a cabalidad. Inició sus colaboraciones en el diario El Tiempo con artículos literarios y filosóficos.

Del derecho a la filosofía

Mientras estudiaba Derecho, enseñaba literatura en el Colegio Americano. Al terminar sus estudios profesionales renunció a su profesión de jurista y decidió dedicarse por completo a la filosofía. El 20 de marzo de 1946 Carrillo fundó el Instituto de Filosofía y entonces lo invitó a que abandonara las clases del Colegio para que regentara la cátedra de Introducción a la filosofía.

Cruz-Vélez pertenece a ese grupo de escritores y poetas que hicieron parte de la revista Mito: «En Mito comenzaron las cosas», le dijo García Márquez a Pedro Gómez Valderrama. El grupo de Jaime Gaitán-Durán sólo producía literatura, pero otros miembros de su generación estaban trabajando en ciencias sociales y artes plásticas para ponerse al día con la situación cultural de los principales centros productores de arte y conocimiento. Pensemos en lo que ha significado cada una en su área: la obra de Jaime Jaramillo-Uribe en historia, la de Luis Flórez en lingüística, la de Orlando Fals Borda en sociología, la de Alejandro Obregón en pintura, la de Edgar Negret o Eduardo Ramírez Villamizar en pintura y escultura. «Como generación, irrumpe en la vida nacional al finalizar la década de 1940. A ella pertenece Danilo Cruz-Vélez»[[Rubén Sierra Mejía, La época de la crisis. Cali: Universidad del Valle, 1996, pág. 10.]].

La lectura de El puesto del hombre en el cosmos, de Max Scheler, significó su más profunda y auténtica experiencia filosófica durante los primeros años de actividad intelectual, porque constituyó el momento de su instalación en la filosofía. La lectura de dicha obra le planteó un problema filosófico, el de la esencia del hombre.

Carrillo y la decisión por la filosofía

La amistad con Carrillo comenzó cuando Cruz-Vélez recién llegó a Bogotá y gracias a Carlos-Ariel Gutiérrez, colaborador de La Patria. Carrillo, aseguró Cruz, «figuraba como el filósofo por antonomasia de la nueva generación. Él era uno de los varios jóvenes meditadores en los que había hecho presa el poder de seducción de Ortega y Gasset. Había absorbido con pasión las obras de Ortega y las traducciones que éste venía publicando en la editorial Revista de Occidente, de libros básicos de filósofos alemanes, así como las de la colección de Ideas del siglo XX, de Espasa Calpe, que también dirigía Ortega. En el otoño de mi llegada a esta ciudad, Carrillo había iniciado, con un artículo sobre «El puesto del hombre en el cosmos» de Scheler, una sección en El Siglo, que llamó «Los lunes de El Siglo». En esa sección siguió publicando regularmente, hasta 1944, artículos de divulgación y agitación filosófica. Los diálogos con Carrillo en los cafés Martignon y Lucerna, y la lectura semanal de sus «Lunes…», fueron para mí una ayuda enorme en los primeros pasos hacia una decisión firme por la filosofía»[[Ibídem, pág. 72.]].

Cruz-Vélez elogió a Carrillo cuando, en 1947, la Biblioteca Filosófica de la Universidad Nacional publicó su Ambiente axiológico de la teoría pura del derecho, así: «Nuestro ambiente filosófico le debe mucho a su labor. Él fue uno de los primeros que entregaron su vida a la filosofía, y su ejemplo ha sido decisivo para que muchos jóvenes realizaran la misma entrega. Antes sólo había aficionados que cultivaban la filosofía al margen de otras actividades. Carrillo, en cambio, ha considerado esta disciplina como una tarea de su vida y su vida misma la ha vivido en función de la filosofía»[[Danilo Cruz-Vélez, Revista Universidad Nacional de Colombia, No. 9, agosto de 1947.]].

Cruz-Vélez tenía 28 años cuando apareció su primera investigación, titulada Nueva imagen del hombre y la cultura (1948), la cual fue recibida con mucho entusiasmo por sus amigos filósofos, literatos y poetas. Fue su primera obra y la que lo llevó a entregarse por completo a la filosofía.

Encuentro con Heidegger

Después de un magisterio profesoral ejercido con éxito, Cruz-Vélez viajó a Alemania, el 31 de diciembre de 1951, para estudiar con Martin Heidegger, quien después de su experiencia como rector nazi volvió a la docencia universitaria en Friburgo. Esa exteriorización de su conciencia, ese viaje, esa experiencia en Alemania, fue sumamente importante para su formación definitiva como filósofo. Encontró a una Alemania destruida donde no había casi comida ni ropa, y los estudiantes andaban con botas de soldados; los baños de las universidades no servían, y los estudiantes debían sentarse en el suelo a escuchar las lecciones porque no había asientos. Pero reinaban la seriedad y el rigor. La puntualidad de los profesores y estudiantes era extrema cuando realizaban un seminario sobre un texto griego o alemán. De esta forma se dio cuenta de lo que es institucional en la cultura.

Filosofía sin supuestos (1970)

Cruz-Vélez estudió durante nueve años en Alemania. Ya conocía bastante bien la lengua alemana y podía seguir las lecciones. Vivió un momento importante en la filosofía del siglo XX al escuchar directamente a Heidegger. Antes del viaje realizó lecturas sobre su obra, tales como Tendencias actuales de la filosofía alemana de Gurvitch (quien le dedicó un breve capítulo a Ser y tiempo) y, en 1933, la traducción de Xavier Zubiri a ¿Qué es la metafísica? Ya había leído La filosofía de Heidegger de A. de Waehlens, quien tenía una información más amplia sobre el pensamiento de Heidegger, pues tuvo en cuenta no sólo Ser y tiempo, sino también La esencia del fundamento, La esencia de la verdad y El origen de la obra de arte. Aunque todas aquellas lecturas sobre Heidegger fueron muy superficiales, despertaron su interés por ir a estudiar directamente con él, actividad que acometió con unos condiscípulos alemanes y un norteamericano, quienes trabajaron durante varios años en la obra Ser y tiempo, página por página, línea por línea. El problema del ser del hombre planteado por Scheler despertó un interés apasionado en Cruz-Vélez, lo que lo impulsó posteriormente hacia el pensamiento de Heidegger, buscando la posibilidad de encontrar ideas claras y distintas sobre la pregunta del ser del hombre. Cruz-Vélez dedicó 7 años al estudio del pensamiento de Husserl y Heidegger. De Husserl estudió las obras inéditas que venía publicando el Archivo Husserl de Lovaina. Durante estos años a lo que dedicó más tiempo fue al estudio de Ser y tiempo y fue notoria en él su influencia.

Durante sus años de estudio en Alemania, Cruz-Vélez fue realizando unas notas que más tarde se transformarían en Filosofía sin supuestos: «Recuerdo haber visto una revista donde apareció el ensayo de Husserl La filosofía como ciencia estricta, en que se exige el radicalismo, la eliminación de supuestos y en la que había una anotación de Heidegger que decía: ‘Cojámosle la palabra a Husserl'». Heidegger llevó el radicalismo hasta sus últimas consecuencias y tuvo que despedirse de Husserl porque descubrió los supuestos con que operaba, particularmente el de la metafísica de la subjetividad y el cartesianismo. Y el eje es ese tema. En cada uno de los capítulos muestra el punto en que Heidegger se separa de Husserl en la concepción de la filosofía, en la concepción del hombre. Ese fue el origen del libro[[Rubén Sierra Mejía, op. cit., pág. 50.]]. Husserl es el primero que se propone la tarea de construir una filosofía sin supuestos, combatiendo los conceptos oscuros, los problemas aparentes, las palabras en el aire, las hipótesis arbitrarias, las construcciones sistemáticas sin respaldo de las cosas mismas, las creencias naturales, las opiniones incontrolables.

Para Cruz-Vélez, Husserl tuvo una gran limitación porque veía los supuestos solamente del lado de la tendencia objetivista del hombre, y restaba importancia a los supuestos del lado del sujeto. “Él vivía dentro de la metafísica de la subjetividad, y mal podía destruir el suelo de su propia morada. Por esto recibe sin tematizarlos los conceptos centrales de dicha metafísica y los emplea como conceptos operativos. Heidegger, por su parte, animado del espíritu radical de Husserl, lleva la crítica de los supuestos al campo del subjetivismo e intenta una superación de la metafísica de la subjetividad, ampliando así el campo de la destrucción de los supuestos”[[Danilo Cruz-Vélez, Filosofía sin supuestos. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1970, pág. 8.]].

Cruz-Vélez concibe la filosofía como un perpetuo recomenzar sin dar nada por supuesto, sin dar supuestas creencias, los prejuicios, los resultados de las ciencias, la estructura subyacente en el lenguaje corriente, las ideologías y hasta las concepciones del mundo. La filosofía consiste en una serie, nunca acabada y siempre recomenzable, de aproximaciones en el curso de las cuales se siguen caminos que tienen que ser luego abandonados. Ello ocurre tanto en el curso del pensamiento del filósofo como en el de la propia historia de la filosofía.

En el fondo de Filosofía sin supuestos plantea el problema de la esencia de la filosofía. Lo que le interesa saber a Cruz-Vélez es qué es la filosofía, cuál es el tema de la filosofía en relación con los otros tipos de saber. Ese es uno de los grandes temas de la filosofía y siempre lo ha sido. En los sistemas filosóficos de Platón y Aristóteles se anida ese problema. Sigue siendo un tema insistente en toda la historia de la filosofía. La filosofía tiene que conquistar su horizonte, el cual no le está dado como les está dado a las ciencias particulares.

La filosofía, dice Danilo, tiene que acotar su campo de trabajo con mucha claridad, porque se tiende a confundir con muchas otras cosas. Entre los griegos existió la tendencia a que la filosofía se convirtiera en teología. Cuando Aristóteles se plantea en la Metafísica el problema de la esencia de la filosofía, la determina como filosofía primera, como sapiencia, y finalmente como teología. En la Edad Media, cuando se identificó la filosofía con la teología, ésta continuó rondando a la filosofía, lo mismo sucedió con el idealismo alemán. Cuando las ciencias particulares se desarrollan extraordinariamente propugnan por una especie de absolutismo. En un momento en el que la psicología se desarrolló mucho invadió todas las formas del saber y entonces todo el saber, y por lo tanto la filosofía, se convirtió en psicología. Con el sociologismo pasó algo semejante. La filosofía siempre está amenazada por pretendientes bastardos que hay que expulsar. El saber sobre los fundamentos últimos no puede reposar en conceptos meramente operativos.

El mito del rey filósofo (1989)

Esta obra hace parte de la reflexión sobre la ética. El texto se encuentra dividido en tres partes: en la primera parte estudia la filosofía de Platón desde el punto de vista histórico. Analiza la diferencia entre Vita activa y Vita contemplativa, con el fin de aclarar, asimismo, la diferencia que existe entre filosofía y política. Para ello se vale de la autobiografía de Platón, basada en los textos de La República y la Carta VII. Es en estos textos donde Platón expone la confusión más antigua que hay entre la filosofía y la política: «Esta aparece allí con tanta claridad y penetración y puede servir de punto de referencia ejemplar para comprender las otras figuras»[[Danilo Cruz-Vélez, El mito del rey filósofo. pág. 9.]]. En esta primera parte nos expone, con un lenguaje sencillo, claro y preciso, lo que Platón entendía por retórica, justicia, tiranía, metafísica y meta-política. También nos plantea el problema filosófico-político de la utilización del lenguaje, que nos conduce a la famosa controversia filológica contenida en el diálogo Gorgias. Asimismo, se refiere a la reflexión de Platón sobre la justicia, al preguntarse: ¿Cuál es la justicia en el Estado ideal? Cruz nos ofrece de nuevo ese estudio suyo sobre el Libro VII de La República de Platón[[El cual fue publicado en la Revista de poesía Golpe de Dados. No. XXXII, mayo- junio, 1970.]]. Allí argumenta contundentemente contra la institucionalización de la filosofía, utilizando argumentos de Kant, Nietzsche y Schopenhauer: «Así como los filósofos han seguido cayendo en la trampa de la política, la institucionalización de la filosofía ha seguido progresando hasta nuestros días, cuando se ha convertido en una burocratización total y letal»[[Danilo Cruz-Vélez, El mito del rey filósofo. pág. 138.]]. O, utilizando al Kant de La paz perpetua, sostiene: «No hay que esperar a que los reyes se hagan filósofos ni que los filósofos se conviertan en reyes, porque la posesión del poder echa a perder inevitablemente al recto uso de la razón»[[Ibídem, pág. 137.]]. Cruz plantea que Platón se desencanta totalmente de la política al no lograr la realización de su sueño del rey filósofo. Platón viaja tres veces a Sicilia, con el fin de ser consecuente con lo que pensaba: aplicar su filosofía a la praxis, pero al no conseguirlo tras en tercer fracaso, se dedicó a la Vita contemplativa y a la academia.

Heidegger y la destrucción del mito del rey filósofo

Cruz aborda el caso Heidegger, dada la enorme importancia de este pensador en la historia de la filosofía contemporánea. Heidegger aceptó durante seis meses la rectoría de la Universidad de Friburgo cuando Alemania se hallaba bajo la dictadura de Hitler. También aceptó la afiliación al Partido Nacionalsocialista, antes de tomar posesión de la rectoría, acto que tuvo un carácter político, pues allí se «desplegaron libremente las banderas de combate de Hitler y las camisas pardas dieron a la escena un nuevo carácter»[[Ibídem, pág. 235.]]. Asimismo, colaboró en el proceso de politización de la universidad alemana y en el cumplimiento de órdenes que irían contra la dignidad académica. «Al comienzo de las lecciones, los estudiantes saludaban poniéndose de pie y levantando el brazo derecho. Los profesores, por su parte, saludaban desde la cátedra en la misma forma. (…) y el hecho de que Heidegger pagara regularmente sus cuotas al Partido nazi en 1945″[[Ibídem.]].

Esta aventura política de Heidegger, dice Cruz, se puede ver en dos direcciones: «La primera puede ser considerada como una nueva caída de la filosofía en la trampa que le armó Platón. En la otra dirección, en cambio, puede ser considerada como una destrucción de dicho ideal y del mito del rey filósofo, esto es, como una destrucción de la trampa»[[Ibídem, págs. 256-257.]].

La justicia es para Platón el objetivo final y se logra siguiendo la senda de los que, estando condenados a la caverna, salen de ella y emprenden el camino largo que sigue el filósofo. En Heidegger, en cambio, la justicia deja de ser su objetivo principal, porque el Estado y el orden social descansan en un hombre: «El führer mismo, y sólo él, es hoy y en el futuro la realidad alemana y su ley»[[Ibídem, pág. 257.]]. Lo justo, entonces, es lo que el führer quiere y ordena. Por encima de la justicia está su poder absoluto. Pero, ¿dónde está la filosofía aquí? Es ahogada por el poder, es negada totalmente, desaparece del panorama, con lo cual el mito del rey filósofo se aniquila.

En la obra de Cruz-Vélez se anida un pesimismo profundo y un rechazo absoluto por la participación del filósofo en la política. Pero hace caer al lector de su obra en una duda: la de no negar esa participación del filósofo en la política en todos los casos. Para argumentarlo recurre a un testimonio que lo conmovió profundamente, y que en el fondo no se atrevería a rechazar, a saber, el caso del filósofo español Eugenio Imaz quien, exiliado en México a causa de la guerra civil, había perdido el mundo intelectual que había ayudado a construir. Y para explicar su participación en política, contra sus convicciones como filósofo, dijo lo siguiente: «Vengo a decir la verdad que llevo dentro, la verdad que nuestra guerra nos metió en las entrañas y no en la cabeza, y una verdad que le metieron, no que él se haya fabricado. ¿Puede haber algo más absurdo con pretensiones de intelectual? Pues este absurdo es el que vengo a defender: que la verdad no está en el cielo, poblado de intuiciones, sino en la Tierra, en esta tierra que piso junto a mi y que esta verdad hay gentes que me la quieren arrebatar. Y que entonces no es contemplando como gano la verdad, sino combatiendo»[[Rubén Sierra Mejía, op. cit. p. 151.]].

Entonces, ¿cual es la función del filósofo en la sociedad? ¿Cuál es la tarea que debe cumplir en el medio donde habita? Cruz plantea que el intelectual siempre se ha rebelado a pesar de los tiranos, de las torturas, persecuciones, aniquilaciones y exilios, es de una terquedad asombrosa que lo ha mantenido vivo. ¿Qué importa que no tenga lectores? ¿Qué importa que su producto no tenga consumo? ¿Qué importa que no tenga poder social? Y ahí sigue a veces en la soledad propia del trabajo intelectual. Entonces, su función tiene que ser crítica de los aspectos negativos de la técnica. Los filósofos tienen que convertirse en unos «guardianes solícitos en torno al ser fáctico del hombre». El filósofo debe ser un vigilante. Esa función de vigilante que le atribuía Platón a los guardianes de la polis. Pero ahora no es de la polis, sino de la morada del hombre. Esa crítica debe enfilarse no a lograr poder político para que sus ideas se conviertan en una realidad social, sino a mantener vivas las preguntas por el ethos, por el ser de la historia, por el ser de la comunidad, del Estado, de la ley, que debe regir la coexistencia de los hombres en él. Es decir, mantener viva la pregunta por el fundamento último de todo esto.

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Edición No. 143