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El filósofo de espaldas al espejo

Somos como dos viajeros  en una sola y misma
parte oscura del mundo. Naturalmente, vemos a
menudo la misma cosa y la describimos; pero,
en función de nuestros diferentes criterios de
apercepción, en muchos sentidos la vemos
de manera diferente.

E. Husserl (Sobre Alexius Meinong.
«Notas personales», 25- 09, 1906)

Citando la máxima del poeta cómico latino Terencio: Duo cum faciunt idem, non est idem («cuando dos hacen lo mismo, no por ello es lo mismo»), Danilo Cruz-Vélez intenta mostrar, en el prólogo de su obra El Mito del rey filósofo, cuál es la frontera que separa el saber filosófico del político: “Ambos -escribe el filósofo manizaleño- tienen a la vista la misma realidad, pero apuntando cada uno a un blanco diferente dentro de ella. Esto es lo que da origen al campo de ambigüedades en que se mueve la confusión de la filosofía con la política. De suerte que si se quiere resolverla, es necesario trazar una línea divisoria entre estos dos campos de la actividad humana. Para ello es indispensable investigar la confusión histórica y sistemáticamente. Nosotros nos vamos a limitar aquí al aspecto histórico de la cuestión (…) Esto nos hará culpables de numerosas exclusiones y omisiones. Pero al concentrar la atención en tres momentos capitales del proceso histórico, [Platón, Marx, Heidegger] la mirada se podrá aguzar para ver con claridad todo lo demás»[[CRUZ VÉLEZ, D. El mito del rey filósofo. Bogotá: Planeta, 1989, p. 13.]].

Siguiendo a Husserl para quien ‘el mejor tributo que se le pueda hacer a un filósofo es examinar críticamente el fruto de sus desvelos’ [Kritikos, de Krinein= discernir, discriminar, y de Krisis= ‘inquirir acerca de los motivos y buscar razones en común’ (Epícteto); ‘poner a prueba y justificar’ (Kant)], pienso que el mejor homenaje que se le puede hacer a un filósofo del talante de Danilo Cruz-Vélez, es decir, a un auténtico filósofo, es dialogar críticamente con su filosofía. Un diálogo hecho de profundas afinidades de pensamiento, porque se ha nutrido de una fuente común (la fenomenología de Husserl) cuya lectura, ciertamente, no ha sido la misma, pero que nos ha llevado a la misma convicción. A la idea de que la filosofía es un difícil aprendizaje de la mirada y una experiencia de desacostumbramiento. La actitud frente al mundo del filósofo comenzante parte, en efecto, de la resolución de «considerar toda evidencia como sospechosa y no avenida», lo que no lo convierte, empero, en ‘filósofo de la sospecha’. Aunque pone en duda las ideas recibidas, no rechaza el valor de las ajenas sino que tan sólo se abstiene de juzgarlas sin previo examen; deja fuera de juego los dogmas, prejuicios y supersticiones que dominan al ‘Yo siervo’ y a su Yo siervo, pero sólo para buscar detrás de la cadena objetiva de las causas (del ‘porque,…entonces’), el ‘si…entonces’ que hace posible el sopesamiento de los motivos y de las razones. Se convierte en ‘espectador desinteresado del mundo’ para sustraerse al dominio del emotivismo y de la sinrazón, pero sólo para tomar la distancia necesaria que nos libra las cosas en perspectiva y hace posible el reconocimiento de las distinciones, de los matices y de los claroscuros.

El filósofo se asemeja más a Penélope que a Ulises, porque no se disfraza de mendigo para poner a prueba la lealtad de la gente de la casa; no necesita, como Diógenes, usar una linterna para buscar al hombre en la oscuridad, porque sabe que los ciegos sólo tienen el corazón endurecido y que mientras éste no deje de latir seguirá siendo el corazón de un hombre y no un corazón de hiena. No asume la máxima de que ‘hay que ser bueno con el bueno y malo con el malo’ porque, como el Sócrates del Critón, no valida aquello de que «si se recibe injusticia se debe responder con la injusticia, como cree la mayoría, puesto que de ningún modo se debe cometer injusticia (…) «devolviendo injusticia por injusticia y daño por daño, violando los acuerdos y los pactos (…) y haciendo daño a los que menos conviene, a (sí) mismos, a (sus) amigos, a la patria y a (las leyes)» (49 b-54c). No piensa, como Critón, que los valores morales son relativos y objeto de negociación, ni admite la doctrina de Trasímaco según la cual la justicia y el derecho sólo pueden estar del lado de los ‘poderosos’, es decir, de quienes pueden reivindicarlos con la sangre y con la espada.

El filósofo no se indigna ante las cosas que no dependen de su voluntad, del ejercicio del entendimiento y de la práctica de su razón, a semejanza del digno y dulce Epícteto (quien debió su nombre infamante de ‘el vendido’, a su aún más infame condición de esclavo); no se rebela contra quienes le han arrebatado su libertad negativa, sino contra la existencia de la esclavitud; frente a aquéllos sólo se guía por «el criterio de la dignidad personal» (…), puesto que «no ha nacido para compartir con sus semejantes el oprobio y el infortunio, sino para contribuir a hacer su felicidad» (Coloquios, I, 2; III, 24). Indiferente “a las cosas que no están en su poder”, el filósofo adopta una actitud de fervorosa actividad frente a las circunstancias sobre las que puede realmente actuar y que le es dable contribuir a modificar; “no es filósofo de un día” ni existen para él más obstáculos y trabas que las que se pone a sí mismo en el camino; “el filósofo no tiene enemigos, porque nadie puede obligarlo a hacer lo que no quiere» y porque “en su propia casa, tiene siempre abiertas de par en par las puertas del perdón” (Manual). Que los otros abran también las suyas, aunque -como afirma Giordano Bruno – «es menester tiempo para abrir las ventanas, mientras que en un momento entra el sol» (Los Heroicos Furores, Diálogo IV). Pero los ojos del filósofo no son solares y por eso mismo no mercadea ni trafica con la esperanza. Es filósofo, precisamente, porque cree en el hombre y en la redignificación del hombre.

El filósofo es un político y un crítico de su mundo político. La suya no es, ciertamente, la Realpolitik de los políticos de profesión, sino la vocación poli-ética de quienes aguzan críticamente la mirada ante las cosas que pueden ocurrir o frente a las que ya están ocurriendo y se filtran inadvertidas. La filosofía se hace política, me decía en una ocasión Guillermo Hoyos, desde el momento en que el rostro del otro deja de ser silueta y el mío deja de ser máscara. Pero el filósofo sólo hace ‘filosofía política’ cuando se pone de espaldas al espejo. Qué gran filósofo y fenomenólogo político es el Maestro y coterráneo Danilo Cruz-Vélez. Filósofo detrás del espejo, porque ha sabido ser fiel a nuestra bella región caldense, sin caer en el peligroso chovinismo de los regionalismos exacerbados que sólo saben ver del mundo la imagen autocomplaciente de sí mismos que les proyecta su propio reflejo; con qué habilidad, movilidad y tino ha sabido siempre escapar a las peligrosas tentaciones de la autocomplacencia, la autofascinación y los autoengaños de Narciso que padecen tantos de nuestros sofistas. Con cuánta generosidad ha sabido abrir el corazón de los iniciados en fenomenología, para ayudarles a cultivar la llama viviente de la vocación, sin allanarles, por tanto, el camino. ¿No ha hecho asimismo suyas estas palabras de Husserl? : «Renunciar a mis indagaciones, dejar inacabado lo que me propongo explorar, sería como renunciar a mí mismo y eso no puedo hacerlo (…). La unidad y la belleza sólo me es dable contemplarlas en los otros, pero es sólo en la soledad de mi trabajo, en su resolución y en el valor para llevarlo a cabo, que un día podré encontrar mi seguridad más íntima. Es ateniéndose sólo a sus frutos que los otros podrán reconocerla (…) La vida, empero, me es suficientemente penosa. La serenidad del goce sensible de la vida se me ha vuelto ajena y debe permanecer ajena. La tranquilidad no me faltará: ¡el cielo sereno sobre mí si avanzo con coraje y resolución como el caballero de Durero¡ Y que Dios sea conmigo como con él, aunque seamos todos pecadores» (4. 11. 1907).

* * *

El diálogo con el pensamiento de Danilo Cruz-Vélez es para mí casi un encuentro entre amigos, aunque nunca he tenido el privilegio de abrazarlo personalmente -a pesar de nuestro amigo común Daniel Herrera Restrepo, a quien en tantas ocasiones le he solicitado su intermediación para propiciar un encuentro que nunca ha podido realizarse. Hablo de ‘amistad’ en el sentido más profundo de la philía griega, bellamente descrita por Aristóteles en el libro VIII de la Ética a Nicómaco: «‘Dos marchando juntos’, pues con amigos los hombres están más capacitados para pensar y actuar» (1155 a -15). Una amistad que ‘se acrecienta con el trato’ de algunos de sus textos en muy diferentes épocas de mi vida: Filosofía sin supuestos (obra publicada en Buenos Aires en 1970 y reeditada por la Editorial Universidad de Caldas en 2001), El mito del Rey filósofo y La época de la crisis, a partir de sus conversaciones con Rubén Sierra. La lectura de Filosofía sin supuestos fue también uno de mis primeros acercamientos a la fenomenología y hoy es el único libro, de un autor diferente a Husserl, que recomiendo a mis estudiantes cuando empiezan a incursionar por el difícil camino de una filosofía cuyo acceso está ciertamente lleno de tropiezos y de entresijos, pero de la que nadie logra salir indemne.

El libro de Danilo Cruz-Vélez tiene, en efecto, el mérito inapreciable de no ser un texto de comentarista. Es un análisis juicioso y sistemático del método fenomenológico que, sin traicionar a Husserl, recrea su pensamiento de la única forma que nos es dable comprender a un filósofo, es decir, caminando con él como si el camino fuera un sendero de campo en el que realmente paseáramos de la mano del filósofo trastabillando en ocasiones, pero sin dejarnos amedrentar por el cansancio ni por los amagos de tormenta. Por tanto, Filosofía sin supuestos no es un libro para quienes pretenden entrar en filosofía alzados en hombros, sino un libro para los verdaderos viajeros (para quienes no leen pasando el tiempo ni hacen de la filosofía una lectura de pasatiempo, pero han aprendido de la vida que ‘la mejor lectura es la que se hace caminando y en voz alta; la que se hace pisoteando el fango y con los pies asentados y muy bien puestos en la tierra’ como escribí hace poco en un libro que estoy a punto de terminar[[<*>»Fenomenología de la paz. La hermenéutica de la corporeidad como superación de las violencias de indiferencia y como redignificación del hombre».]]). Filosofía sin supuestos exige el tipo de lectura crítica que preconiza Proust en la que el mundo se nos revela como una concha que sólo nos es dable abrir con los recursos del ‘desarrollo íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestro corazón’. Es un libro de mapas que nos ayuda a entrever los tesoros de la casa de Zelanda y a mirarla por la cerradura, al modo de un guía que nos conduce hasta la puerta y enseguida desaparece llevándose las llaves en el bolsillo. Filosofía sin supuestos se asemeja a las historias que se relatan de viva voz y que han sido realmente ‘experienciadas’ por quien nos las cuenta; a las historias que vivifican la imaginación incitándonos al viaje. Es el libro que yo hubiera deseado haber escrito y del que he podido extraer una maravillosa lección de vida: la idea de que no ha de confundirse la complejidad de la estructura del texto filosófico, que es inherente al examen minucioso de los problemas y a la exigencia de hacer las distinciones en filigrana, con el delirio de las sofisticaciones retóricas de quienes se valen de la escritura críptica, para que sólo puedan deletrearla los iniciados y los elegidos.

Si el texto filosófico no es comprensible, no es un texto de filosofía. Gracias Danilo Cruz-Vélez por haberme dado esa bella e inolvidable lección pedagógica, que es por eso mismo una actitud de aprendizaje político de la vida.

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Edición No. 143