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La cátedra

Cuando el primer día de clases departía con un grupo de «primíparos» en la cafetería al frente de la Universidad de los Andes, escuché por parte de un emocionado alumno de tercer semestre de la Facultad de Filosofía, que ya sabía lo que era bueno, «Me inscribí en un seminario con Danilo». Suerte la mía que le presté atención, porque averigüé de qué se trataba y supe que asistir a los seminarios que dictaba el decano era un privilegio. Este fue un dato clave que enriquecería mi vida académica.

Las sesiones con Danilo seguían una cierta liturgia establecida.

El seminario giraba alrededor de uno o más textos y consistía en una lectura guiada, glosada y abierta a la reflexión, a las preguntas, a los comentarios y a las ocurrencias de los participantes.

Al comenzar cada sesión, muy al estilo de las universidades alemanas, designaba a uno de los alumnos para que elaborara el protocolo que se habría de leer a modo de introducción en la siguiente reunión del grupo. Aunque había estudiantes en calidad de asistentes, los únicos que debían redactar al menos un protocolo cada semestre eran los estudiantes registrados oficialmente. Mi primer seminario con Danilo, sobre la Metafísica de Aristóteles, fue como asistente. Desde la primera sesión me di cuenta de cómo el griego antiguo vive en muchas lenguas y con ellos las gentes que lo hablaron, junto con su cultura y sus maneras de ver el mundo. «Respiramos Aristóteles», decía una compañera.

En este seminario entramos a la vez en la metafísica de Heidegger y de la mano de palabras griegas con vocales abiertas, pronunciadas con el énfasis característico del acento paisa que Danilo, hijo de Filadelfia, conservaba intacto. También nos ofreció la explicación heideggeriana del concepto de ousía, palabra de la vida cotidiana que Aristóteles introdujo como parte del equipo de herramientas intelectuales para examinar las cosas, y buscar sentido a lo que tenemos frente a los ojos.

Mientras permanecí en la facultad, del año 65 al 71, participé en todos los seminarios que dirigió y tuve la inmensa fortuna de ser su monitora durante varios semestres.

Para nosotros, sus alumnos, ha sido una oportunidad privilegiada la de tenerlo como nuestro guía. Con un lenguaje riguroso pero llano, sin terminología extravagante y sabihonda, nos ha mostrado el camino del estudio riguroso de los problemas, del abordaje atento y perceptivo de las cosas.

El maestro siempre ejerce una cierta paternidad, tema que discutíamos con mi compañera de estudios universitarios y de bachillerato, María-Mercedes Carranza, que nos dejó demasiado pronto. Decía ella que Danilo no tenía hijos -que supiéramos- pero que era el padre intelectual de muchos.

Efectivamente, se podría hablar de la generación de los seminarios de Danilo. Como maestro ha formado un grupo muy rico y variado de profesionales destacados en diversos campos de la vida nacional: político, educativo, cultural, literario y artístico, periodístico, económico y diplomático. También en el ámbito de la teología. Simplemente a título de ejemplo menciono algunos nombres con la certeza de que dejo por fuera muchos que debiera mencionar: Jaime García Maffla y María-Mercedes Arias, quienes siguen siendo sus amigos cercanos. Fernando Lleras-Manrique, Martha de la Vega , Patricia Lara, Laura Restrepo, María-Candelaria Posada, Conrado Zuluaga, Clemencia Forero, Patricia Uribe, María-Mercedes Carranza, Rosario Casas, Carlos H. Gómez, Jorge Plata, Ricardo Camacho, Xavier Caicedo, Myriam Garzón, Enrique Santos, Guillermo Alberto Arévalo, María-Elvira Samper, Blanca Torres, Nayib Abdala, Jorge Restrepo, Clara Carreño, Inés-Elvira Mayoral y Diana Benninghof. Incluso en los espacios de la ropa femenina, de la estética por las alturas y de la cocina gourmet, con Juana Marulanda, Diana Neira y Ana Gómez. Las actividades diversas en las que se destacan notablemente sus alumnos son una de las respuestas prácticas de este maestro a la pregunta “¿Para qué ha servido la filosofía? A propósito, esta pregunta es el título de uno de sus libros que ciertamente debe leer todo aquél que se la formule.

Ejemplo del enfoque pedagógico de Danilo es el seminario sobre Hegel donde dedicamos una semana solamente al párrafo introductorio de la Fenomenología del espíritu. Acudía siempre a las fuentes griegas y le seguía la pista a la historia de la palabra y a la trayectoria de los conceptos que la palabra había representado en diversos momentos.

En esos años no teníamos computadoras. Escribíamos los protocolos a máquina, con muchas copias con papel carbón, para repartirlas entre varios alumnos que las atesorábamos. Las copias circulaban entre ese grupo de «fijos» y algunos las multiplicaban también escribiendo a máquina una réplica con varias hojas de copia.

Estudiaba las coordenadas en el tiempo y en la historia y nos ofrecía ventanas a la reflexión sobre el sentido que aportaba la presencia de cada filósofo que estudiábamos y de su pensamiento. Con organización, paso a paso, sin prisa pero sin pausa, nos hacía examinar las raíces de las ideas que manejábamos. La claridad era un imperativo.

Sus alumnos quedan listos para estudiar cualquier cosa. Reciben una formación en categorías. Aprenden a pensar, a reflexionar sin preconceptos, con una actitud de apertura hacia las respuestas posibles a las preguntas filosóficas.

El alemán que teníamos que estudiar los estudiantes de filosofía en los Andes era también instrumento importante para la reflexión filosófica y para entender y comprender el pensamiento de aquellos filósofos que se sirvieron de ese idioma para expresar sus ideas. Sembró en nosotros el interés por el estudio de los idiomas y nos alentó a que prefiriéramos leer con dificultad el original a leer una mala traducción. Por otra parte, influyó siempre en la decisión de mantener una formación intensiva en latín y griego. Explicaba que no había sido fácil la decisión curricular de reservar para cada idioma ocho semestres y tres horas a la semana, pues en los Andes se hace mucho énfasis en la formación matemática de los estudiantes. Había logrado convencer a los dirigentes académicos de la Universidad de que el aprendizaje de estos idiomas y del alemán tenía un efecto equivalente.

Pero Danilo no se limitaba a la filosofía. Hacía excursos e incursiones por los lares de la poesía española, de las diversas generaciones de poetas y ensayistas españoles. Le interesaba también la filosofía de América Latina. Me sugirió que hiciera mi tesis sobre la antropología filosófica del filósofo argentino Francisco Romero y me ayudó a comunicarme con Adolfo Carpio, también argentino, a quien me recomendó especialmente y con quien sostuve correspondencia escrita que me proporcionó mucha información y orientación sobre el pensamiento de Romero.

Danilo ocasionalmente rifaba entre sus alumnos libros de su biblioteca personal. Aunque en sus seminarios nunca exigió fechas ni datos específicos sobre autores o movimientos filosóficos, en esas raras ocasiones adjudicaba el libro al que respondiera bien la pregunta por un dato concreto. Me gané la «Metafísica de las Costumbres», de Kant al responder bien la pregunta por el año de su muerte.

Su sentido del humor, sobrio y sano, junto con su alegría tranquila y la paz interna que expresaba, hacían su presencia siempre agradable. Nunca estridente, nunca sarcástico, en sus interacciones docentes ha marcado a sus discípulos con su ejemplo de respeto total hacia el interlocutor: no somos personas capaces de rotular a otros con adjetivos sin ofrecer una explicación que respalde nuestras afirmaciones. De la misma manera, no aceptamos ser objeto de críticas infundadas. Aunque sabemos que la expresión del pensamiento riguroso es con frecuencia mal entendida, tenemos una buena percepción de la superficialidad que caracteriza a la mediocridad y procuramos exigirnos rigor.

Danilo ha sido una persona sencilla, sin complicaciones; un conversador agradable, siempre interesado en los asuntos personales de sus alumnos, sin ser entrometido en modo alguno.

Admiraba la solidaridad y la fomentaba, sin hacer alharaca ni ser un predicador.

Como decano practicaba una política de puertas abiertas. Su oficina estaba comunicada con el salón de clases que era al mismo tiempo la secretaría académica de la facultad, donde Carmencita Peñarredonda de Sánchez tenía su despacho y asistía a todos los seminarios. Ella mantenía el archivo de los protocolos, sobre los cuales al final de cada semestre los monitores elaboraban un índice muy detallado. Siempre había un examen final de semestre, que era oral y se ceñía a estos índices.

Los monitores elaborábamos este instrumento pedagógico, con el cual se integraban en una unidad todos los temas que se habían estudiado y se ponía cada uno de ellos en su sitio, en su nivel de importancia. La evaluación de los alumnos no era sobre los conocimientos o los datos aprendidos, sino sobre comprensión de los temas y sobre capacidad de análisis, de reflexión y de comunicación efectiva. Al examen podíamos llevar todo el material de apoyo que quisiéramos, los índices, entre otras cosas, llenos de anotaciones al margen y entre líneas. Lo que importaba era que ejerciéramos discernimiento Le interesaba saber si entendíamos el proceso de pensamiento del autor que se estudiaba y si había una comprensión acerca de cual era el sentido de cierto planteamiento o de determinada corriente de pensamiento. También, si había una apropiación de los temas, manejo adecuado del lenguaje y alguna postura frente a los mismos.

Después de dejar la Universidad me encontré con mucha frecuencia a Danilo en las calles, caminando, siempre apoyado en un paraguas, así hubiera sol… Hace sus propias diligencias bancarias, por el sector del barrio el Retiro de Bogotá donde tenía, hasta donde sé, un apartamento en las Torres de San José. Siempre, siempre, se detiene y saluda con la misma actitud afable y atenta.

Cuando lo visitábamos en su reducida oficina en aquella época donde todavía se fumaba en recintos cerrados, aunque él no lo hacía, nunca protestó porque lo hiciéramos; tenía ceniceros para las visitas. Eso sí, con algún comentario acerca del impulso tanático, nos hacía reflexionar sobre lo que estábamos haciendo. Ese era su estilo. Decía lo que tenía que decir, pero siempre dentro de un marco de elegancia intelectual. Nos parecía que llevaba una vida monacal.

«¿Se ha puesto a pensar que…?» era una expresión que utilizaba para introducir un imperativo de reflexión. Recuerdo una ocasión muy especial, cuando fui a visitarlo a la casa de Teusaquillo donde tenía en arriendo unas habitaciones privadas. Era la casa de doña Carlota Masur, una señora alemana que había vivido muchos años en Colombia. Una casa grande, soleada y bonita, de estilo inglés. Una tarde, lo visité para entregarle personalmente la participación de mi matrimonio. Me recibió afectuosamente, me ofreció asiento en su sala privada y una copa de vino. Conversamos rico y creo recordar que me mostró un manuscrito de Heidegger. Esta parte me la puedo haber inventado. Sí recuerdo con claridad que me dijo: «¿Se ha puesto a pensar que eso del matrimonio es juntar dos centros de libertad?»

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Edición No. 143