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El ensayista

Miguel Gomes

La presencia de Rafael Gutiérrez-Girardot en el ámbito de la crítica literaria hispanoamericana ha sido insoslayable por varios decenios. La razón, con todo, no debería reducirse a un conjunto de ideas eficaces que han iluminado diversos campos argumentativos (desde la gestación de la figura del intelectual durante el siglo XIX hasta las circunstancias sociales y mentales que posibilitaron la aparición del modernismo; desde la amplia cuestión de la facilidad con que nuestra cultura sacraliza a ciertos individuos hasta el análisis minucioso de textos como La vorágine), sino que también habría de verificarse en la creación de una “voz” mediante la cual ese pensamiento acerca de las letras delata fidelidad profunda y respetuosa a la revelación estética. Me refiero a lo que Gutiérrez-Girardot mismo destacaba en Alfonso Reyes para contrastarlo con otros críticos o teóricos menos convincentes: “su conocimiento [literario] es la sustancia de su praxis literaria”. Esa conjunción de saber y voluntad de expresión es lo que hace de su labor, además de intelectualmente memorable, fidedigna: podemos creer en el crítico incluso si alguna vez no concordásemos con él; podemos creer porque poco antes de la comprensión percibimos en sus escritos el entusiasmo y la celebración de la lectura, un goce que se extiende al acto de escribir.

La continuidad y la coherencia interna de la obra ensayística de Gutiérrez-Girardot podría sopesarse desde muchos ángulos y momentos de su carrera. En estas páginas me gustaría concentrarme en uno solo de sus títulos para así corroborar con el detenimiento debido en qué consiste el “arte” con que se gesta esta personalisíma escritura. Por su representatividad intelectual y por los vínculos que existen entre el tema y los hábitos expresivos de Gutiérrez-Girardot mismo, elijo Nietzsche y la filología clásica, ensayo aparecido originalmente en 1966, y acompañado en su reedición por un escrito inédito, “La poesía de Nietzsche” y por la traducción que hizo Gutiérrez-Girardot de “Homero y la filología clásica”, lección inaugural pronunciada por el filósofo alemán en el Aula del Museo de la Augustinergasse de Basilea (1869)1. Ante la sensibilidad periodística que rezuma incluso la crítica universitaria reciente, ansiosa de “estar al día”, en este trabajo hallamos una reconcentrada exploración de temas no supeditados a las modas. De la pacatería universitaria o académica, que únicamente admite las disputas con aquello que no ponga en riesgo los contratos o los ascensos, lo distingue por igual un ánimo de polemista que no duda en recurrir a una “elocuencia del martillo” de abolengo nietzscheano.

Precisamente en esa confabulación de un objeto de estudio y una práctica que surge de lecciones aprendidas en él radica uno de los atractivos de este volumen; atractivo al alcance de quienes se acerquen a sus páginas dispuestos a aprovechar la oportunidad que ellas ofrecen: la de hacer una lectura dual en la cual se concrete tanto el género no literario de la monografía filosófica como el plenamente artístico del ensayo. Si por una parte encontramos un examen concienzudo de la discusión de Nietzsche con la filología clásica, enfrentamiento que desembocará aparentemente en un simple divorcio pero que consiste, más bien, como arguye Gutiérrez Girardot, en la fundamentación de una trayectoria futura, por otra, el reconocimiento de la génesis “letrada” del filósofo, su condición inicial de “amante de las palabras”, podría explicar el talante creador de sus libros y los libros de quienes distingamos como sus seguidores. Este es el caso, ni más ni menos, de Nietzsche y la filología clásica / La poesía de Nietzsche.

La raigambre al menos parcialmente nietzscheana de la prosa de Gutiérrez-Girardot empieza a advertirse en la elaboración continua de un semipersonaje caracterizado por un tono. Aunque la especificidad narrativa de un Zaratustra no se manifieste aquí, la cristalización de un “estilo” y su persistencia basta para recategorizar al ensayista como entidad discursiva. Pienso en lo que la nota de solapa de esta edición denomina “estilo mordaz sustentado en el rigor filosófico”: gracias a ambos, es decir, a la mordacidad y al rigor encarna un hablante que Gutiérrez-Girardot ha ido construyendo durante años. Uno de los hábitos más rápidamente identificables de ese sujeto consiste en una especie de conceptismo analítico en el que una sola imagen asombrosa lograda por asociaciones a primera vista incongruentes sintetiza lo que a otros comentaristas les tomaría varios párrafos de lucubraciones. Así, la teoría literaria actual se describe como “filosóficamente anémica” (p. 129); La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper está lleno de “leves, pero influyentes suspiros filosóficos” (p. 130); y ciertas interpretaciones estatales de Marx pueden considerarse su “versión esclava y burocrática” (p. 131). Pasajes enteros de este volumen se estructuran gracias a esos chispazos donde la escritura es frecuentada por lo aparentemente imposible desde un punto de vista crítico conservador -aludo a la alianza que en la pluma de Gutiérrez Girardot se establece entre la intuición, la caricatura y la capacidad para obtener una consolidación apotegmática del juicio:

No es improbable que tanto el nuevo lingüista como su hijo natural, el nuevo “-ista” (postestructuralista, deconstruccionista, etc.) reflejen y correspondan a una versión peculiar de la democracia de post-guerra que garantiza la igualdad de todos bajo la condición de que nadie piense, excepto los beneficiarios del poder, que confunden semipensar con agarrar -manejo de las garras- y se vacunan contra todo peligro del pensamiento con reformas educativas para la imbecilización de todos, con lo cual ocultan de modo sutilmente tecnofílico que su vanidosa codicia tiene el valor defensivo que cabe resumir en la letra de un bolero: “Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando” […]. Gracias -o por desgracia- a esa “globalización” subdemocrática, un análisis “lingüístico” o “-ísmico” de obras de Goethe y de Isabel Allende llegará a la conclusión de que no hay diferencia entre el autor del Fausto y la “pastichizante” Isabel Allende, esto es, entre una literatura sustancial, por así decir, y una literatura de bidet. (p. 135)

Ese humor pensante, si bien emparentado con la libertad de iniciativa mental que Uvo Hölscher llama “fantasía crítica” (p. 141), no deja de estar más próximo a “lo eterno bufonesco” y las tres nociones que Nietzsche decidió inscribir en la “obertura en rimas alemanas” que precede a La ciencia feliz (1882): “Burla, astucia y venganza” -asunto en el cual, por cierto, se detiene Gutiérrez-Girardot (p. 151ss). Esa libertad “danzante” de la inteligencia, tal como se observa en los escritos nietzscheanos, ha sido cultivada en numerosas ocasiones por el ensayista colombiano. Y, en esto, constatamos su inserción en una familia hispanoamericana a la que pertenecen -cada uno con su idiosincrasia- Manuel González-Prada, Rufino Blanco-Fombona, Paul Groussac y cierto Borges, sobre todo el juvenil. La energía y el desparpajo en el ataque a la vez que el diestro empleo de la lengua, clásico en su serenidad pero vanguardista en sus osadías, caracterizan a esos nombres e indudablemente acompañan libro tras libro a Gutiérrez-Girardot. Un vistazo a los escritos anteriores de éste nos depara la posibilidad y el gusto de compendiar una breve antología de su conceptismo analítico, abigarrada y fascinante como un retablo del Bosco en el que se describiera la “locura” del universo contemporáneo de las ideas: aquí “el nirvánico tribunal izquierdo-chauvino-telúrico” que acusaba a Reyes de poco mexicano y escapista; allá “el marxismo vulgar de Blanco Aguinaga, Iris Zavala o F. Perus”; más allá “las fórmulas matematicoides de la semiótica” y, también, la gran orgía gremial de “la derridada y lacancan”, junto con los “retazos del mitómano izquierdo-derechista George Sorel, del que se nutrieron tanto el ‘socialista temprano’ Mussolini como José Carlos Mariátegui, quien se identificó de modo entusiasta con la idea del ‘mito social’ de Sorel”. Por supuesto, no podemos olvidar las “ternuras materno-lácteas” de Gabriela Mistral ni al “narciso telúrico” Pablo Neruda.

Justicieras desmitificaciones como ésas -para Gutiérrez-Girardot la crítica no puede ser un “substituto de religión”-, aparte del valor estético intrínseco de su ingenio, constituyen un instrumental apto para quien reconoce entre sus labores la de ser un “opositor”, un “combatiente” -palabras con que en otro de sus libros, Temas y problemas de una historia social de la literatura hispano-americana (Bogotá: Cave Canem, 1989), el ensayista retrataba la aparición y los primeros intentos de definición del escritor políticamente responsable en el escenario continental moderno. En efecto, en piezas posteriores, como su prólogo a una imprescindible -aunque lamentablemente poco difundida- antología (Historia, sociedad, cultura y praxis política en José-Luis Romero, Alicante: Generalitat Valenciana, 1995), Gutiérrez-Girardot esboza una genealogía en la que no nos costaría a sus lectores situarlo a él mismo:

[José Luis Romero actualiza al intelectual] que como Andrés Bello o Juan María Gutiérrez, como José Enrique Rodó o José Martí, como Manuel González Prada o Pedro Henríquez Ureña […], como Alfonso Reyes o Mariano Picón Salas, entre tantísimos más, entienden su tarea como construcción de su mundo propio, como fermento y enriquecimiento a la vez del futuro y del presente, como forma de participación intensa en lo que, gracias a ellos, cabe llamar con un nombre hoy desprestigiado por todos los fascismos, no la “patria”, sino la “magna patria”. (p. 16)

No nos extrañe que un libro en principio especializado como Nietzsche y la filología clásica depare reflexiones acerca del poco criterio con que las universidades contemporáneas manejan la teoría literaria o sobre los peligros “subdemocratizadores” de la globalización, incluida la canonización de la “literatura de bidet”: ese vertiginoso cambio de foco -del interés del joven Nietzsche por la filología (pp. 17-56) o los vínculos entre sus convicciones parafilológicas y la dialéctica hegeliana (p. 91-123) a lo que un poeta del siglo XX llamaría “los vicios del mundo moderno”- señala, justamente, la presencia de un Gutiérrez-Girardot conceptuable como intelectual latinoamericano deseoso de “construir un mundo propio”. Tal misión puede llevarse a cabo recurriendo a la discusión abierta de cuestiones políticas, pero también a la elipsis que supone la reinterpretación del pasado filosófico con el fin de reintegrarlo activamente en el presente. No olvidemos que en la cultura hispánica ha cabido a Nietzsche, como lo indica el ensayista, “la dudosa suerte de ser concebido como justificador e inspirador de una bohemia y pseudo-romántica indisciplina intelectual o como ídolo de sentimentales leyendas y cultos” (p. 12). A esas tergiversaciones, en el fondo, se opone, contra ellas combate este libro. Y, queramos o no verlo como reactivación de un estímulo nietzscheano, lo ha hecho de dos maneras fundamentales: aportando puntualidad al pensamiento e inventiva a la escritura.

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Edición No. 134