El profesor José Granés
A pesar de los esfuerzos de los videntes, leedoras de barajas y de asiento del café, intérpretes de figuras de ramitas de cerezo, el destino humano tiene zonas de inexpugnable reserva y misterio. Qué le depara a cada quien el futuro es una conjetura cuyo territorio sólo muestra vacío, ilusión.Esa realidad resulta un asunto conflictivo en la vivencia amorosa de los enamorados. Nos negamos al riesgo de que el amor es instante puro. La sustancia amorosa es abolición del tiempo y su duración, aparente, es mantenerse en la cuerda floja que jamás se termina de caminar. No se trata de incertidumbre sino de ser capaz de vivir sin plazos ni postergaciones. En este trompo en la uña reside el desconocido poder subversivo de lo amoroso.
Quienes más sospechan de la virtud trastornadora del amor son quienes dominan en las sociedades regidas por monarquías. O los dueños de fortunas. Un severo aparato legal custodia los bienes, proscribe conductas, y hace de la vida una agenda rutinaria y en veces aburrida. Se amarra el azar para mantener la historia o lo que se quiere entender como tal.
No tenía idea de las reflexiones anteriores y me fui a hacer la Universidad en Bogotá con la seguridad de que el mundo del mar estaría allí guardándome la infancia y las ambiciones de aventura de la primera juventud.
La circunstancia fortuita de que mi amigo Eligio García Márquez estudiara Física teórica me llevaba de la Facultad de Derecho a la de Ciencias con alguna frecuencia. Sin ofender a nadie, por ese entonces, las muchachas de ciencias eran bellas y sus rostros reflejaban la intensa tensión de lidiar con lo absoluto. Las de Derecho tenían en el rostro y el cuerpo, con excepciones, el rostro mismo de la ley. Las de Ciencias Humanas mostraban indiscretas el lugar hacia el cual apuntaba su deseo, lo gritaban y se volvían un manifiesto ambulante.
Al salir de Cartagena de Indias había imaginado la vida de un escritor como un espacio de libertad y locura – serán lo mismo¿?- compartido con una mujer de cabellos tan cortos como los de la actriz de Sin aliento, tan delgada como Mónica Vito en El desierto rojo, y con tantos silencios de enigma como Liv Ullman en Persona. En todas, la intensidad del drama que se disponen a vivir.
Las tardes que me encontré con una estudiante de Ciencias hablando de Hesse y de Nietzsche y con el sonajero en su bolso de un tejido de circuitos, aún no sé si los ha conectado, no tuve malicia. De instante en instante hay con ella dos hijos, un buen número de documentales, un libro de poemas, Alicia y Gabriela, y el infinito de discusiones, repelencias y reconciliaciones que mantienen el fragor de la vida, su indómita decisión de no morirse en la costumbre.
Fue ella quien me mostró parte del horizonte de las ciencias. Allí conocí a su maestro de Física Cuántica, José Granés. El profesor pertenecía a ese grupo a quienes unió la lealtad a las búsquedas. Estaban Carlo Federici, Antanas Mockus, Carlos Hernández, Paul Bromberg, Paulo Orozco.
Me asombró de él su fidelidad sin estropicios a su vocación de maestro y de investigador. Era una virtud visible en sus ojos claros y apacibles que resaltaban más desde que se quitó los lentes. Había en su rostro una bondad activa que se convertía en confianza y cuando salía su risa, a borbotones espaciados, quienes la oían quedaban seguros de la celebración.
Siempre que lo escuché quedé convencido de que en esa manera de hacer ciencia había un hilo común con la producción artística. Sin vitrina.
Sin mecenas. Apenas el contento de hacer lo que se quiere hacer y la soberbia satisfacción personal.
Ahora que ha muerto, en un momento que vivía su segunda felicidad, quedan sus libros y su ejemplo. A lo mejor algunos entenderán que gente como él hace posible un país que no acaba de devastarse.
(Escribe: Roberto Burgos-Cantor). A pesar de los esfuerzos de los videntes, leedoras de barajas y de asiento del café, intérpretes de figuras de ramitas de cerezo, el destino humano tiene zonas de inexpugnable reserva y misterio. Qué le depara a cada quien el futuro es una conjetura cuyo territorio sólo muestra vacío, ilusión.Esa realidad resulta un asunto conflictivo en la vivencia amorosa de los enamorados. Nos negamos al riesgo de que el amor es instante puro. La sustancia amorosa es abolición del tiempo y su duración, aparente, es mantenerse en la cuerda floja que jamás se termina de caminar. No se trata de incertidumbre sino de ser capaz de vivir sin plazos ni postergaciones. En este trompo en la uña reside el desconocido poder subversivo de lo amoroso.
Quienes más sospechan de la virtud trastornadora del amor son quienes dominan en las sociedades regidas por monarquías. O los dueños de fortunas. Un severo aparato legal custodia los bienes, proscribe conductas, y hace de la vida una agenda rutinaria y en veces aburrida. Se amarra el azar para mantener la historia o lo que se quiere entender como tal.
No tenía idea de las reflexiones anteriores y me fui a hacer la Universidad en Bogotá con la seguridad de que el mundo del mar estaría allí guardándome la infancia y las ambiciones de aventura de la primera juventud.
La circunstancia fortuita de que mi amigo Eligio García Márquez estudiara Física teórica me llevaba de la Facultad de Derecho a la de Ciencias con alguna frecuencia. Sin ofender a nadie, por ese entonces, las muchachas de ciencias eran bellas y sus rostros reflejaban la intensa tensión de lidiar con lo absoluto. Las de Derecho tenían en el rostro y el cuerpo, con excepciones, el rostro mismo de la ley. Las de Ciencias Humanas mostraban indiscretas el lugar hacia el cual apuntaba su deseo, lo gritaban y se volvían un manifiesto ambulante.
Al salir de Cartagena de Indias había imaginado la vida de un escritor como un espacio de libertad y locura – serán lo mismo¿?- compartido con una mujer de cabellos tan cortos como los de la actriz de Sin aliento, tan delgada como Mónica Vito en El desierto rojo, y con tantos silencios de enigma como Liv Ullman en Persona. En todas, la intensidad del drama que se disponen a vivir.
Las tardes que me encontré con una estudiante de Ciencias hablando de Hesse y de Nietzsche y con el sonajero en su bolso de un tejido de circuitos, aún no sé si los ha conectado, no tuve malicia. De instante en instante hay con ella dos hijos, un buen número de documentales, un libro de poemas, Alicia y Gabriela, y el infinito de discusiones, repelencias y reconciliaciones que mantienen el fragor de la vida, su indómita decisión de no morirse en la costumbre.
Fue ella quien me mostró parte del horizonte de las ciencias. Allí conocí a su maestro de Física Cuántica, José Granés. El profesor pertenecía a ese grupo a quienes unió la lealtad a las búsquedas. Estaban Carlo Federici, Antanas Mockus, Carlos Hernández, Paul Bromberg, Paulo Orozco.
Me asombró de él su fidelidad sin estropicios a su vocación de maestro y de investigador. Era una virtud visible en sus ojos claros y apacibles que resaltaban más desde que se quitó los lentes. Había en su rostro una bondad activa que se convertía en confianza y cuando salía su risa, a borbotones espaciados, quienes la oían quedaban seguros de la celebración.
Siempre que lo escuché quedé convencido de que en esa manera de hacer ciencia había un hilo común con la producción artística. Sin vitrina.
Sin mecenas. Apenas el contento de hacer lo que se quiere hacer y la soberbia satisfacción personal.
Ahora que ha muerto, en un momento que vivía su segunda felicidad, quedan sus libros y su ejemplo. A lo mejor algunos entenderán que gente como él hace posible un país que no acaba de devastarse.