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Tumbando muros

(Escribe: Guillermo Ríos L.). Sin ninguna formación política, más que mera pero peligrosa militancia de joven en un partido de izquierda, y sin absolutamente ningún interés en ella para una realización personal inmediata, puedo, no obstante, señalar algo como digno de llegar más lejos, esto es, a lo imposible si ha de ser así posible.

La separación de los israelíes de los palestinos con su salida de Gaza tiene connotaciones encontradas en las opiniones tanto dentro de Israel como a nivel internacional. Una de tales vendría siendo el abandono de la economía de los palestinos, principalmente de los de Gaza, a una suerte oscura y, otra, la de que se concreta finalmente el cierre, a la usanza parasitaria y quística frente a soluciones esquivas, por medio de ese muro de kilómetros de acero y concreto con la altura de diez hombres de circo uno sobre otro, de los destinos de los pueblos.

Con todo, la infraestructura de los invernaderos especiales para cultivos hidropónicos asentados en Gaza y que les permitían a los europeos y otros ricos del planeta disfrutar de flores y frutas que sólo se producen allí en su correspondiente estación, y que sinembargo, Israel exportaba desde Gaza durante todo el año, fue comprada por americanos que le giraron al gobierno de Israel el dinero necesario para que esa infraestructura permaneciera dentro de Palestina y sirviera para ser el germen de una economía con un mercado ya existente y todo en el exterior. La medida pretendía que Israel no desmontara o destruyera la compleja y delicada estructura de los invernaderos, pero de todos modos esto fue lo que terminó haciendo la horda de palestinos llena de resentimiento y odio hacia el vecino, completamente enceguecida hacia su propio presente y hacia su propio destino.

Cómo no recordar ahora lo fructuoso que es estar en los orígenes por el súbito velamiento del futuro de las mitologías mesoamericanas, que se ilustra por ejemplo en la crisis de Quetzalcoatl, cuando buscándose en un espejo de piedra no ve rostro alguno. Él, que le había dado el rostro al hombre de maíz para que el tiempo dejara huella y el cambio tuviera su espacio, no encontraba el suyo. Este daño tremendo en su futuro, no obstante, propiciaba un estar en las raíces, más o menos como el árbol que retoña tras serle hurtada su fogosidad por la poda.

Por otro lado, el pensamiento del hombre como ser vil, como lo viera Dostoievski cuando se refería a la condición humana que a todo se acostumbra, y es que, tanto la sorpresa asustada de Quetzalcoatl como el triste cinismo de Dostoievski, ilustran una crisis humana que no se inscribe, por supuesto, sólo en los territorios de Israel y Palestina. Ni la cuestión es de mera economía o de simple política, sino que sabido es que hace falta una Ética, demandada ya desde el Siglo de las Luces, que no conciba al hombre de un modo sólo instrumental y consumista que finalmente lo condena a través del juego del mercado.

El regodeo en la permanencia en las raíces es vil. Una visita a ellas en un arreglo social como un rito es vital, necesario para no perder nuestro pasado frente a tanto futuro posible, pero acostumbrarse y permanecer únicamente en un pasado mítico tan incierto como el mismo futuro o hasta el presente, es vil, en tanto que el cambio, la vida, no se posibilita. Los palestinos parecen no darse cuenta, con tanto odio, con tanta ceguera, de que su renuncia a la construcción de su propio futuro es también su condena y que ésta no siempre viene de afuera, de Israel.

Pero el caso palestino no es el único. Igualmente parásito es el bienestar de que disfrutan ahora los países desarrollados, en tanto lo preceden períodos enteros de historias nacionales bañados en sangre, de explotación de suelos y pueblos y la fundación de colonias en todo lo que hoy es el Tercer Mundo y que hoy llenan a Europa y a los demás países ricos de inmigrantes sin futuro, sin opciones para generar cambios, escapando de la pobreza de sus raíces, en un intento desesperado, y termina estancado, anquilosado en ellas.

Tengo certeza de que nadie renunciará a nada de lo que ahora tiene, nadie está dispuesto: el rico porque no quiere salir de su riqueza y ni siquiera se le pasa por la cabeza la posibilidad de compartirla, de abrir alguna alternativa, y si se le pasa la desecha rápidamente como una mala idea; y el pobre porque se encuentra cercado, enquistado, sin posibilidad más que de revolcarse allí donde se halla.

Por ello, el hecho de que Israel haya realizado un gesto de paz o que hayan sido circunstancias de futuro que obliga cambios lo que forzó su salida de Gaza, es digno de admirar, como ha de serlo Europa cuando le llegue el día de enfrentar el destino que construyó para sí misma y no tenga más alternativa que empezar a devolver el oro de los dedos de los ídolos de pueblos aborígenes, las riquezas de los bosques, las selvas, los desiertos, los mares, los ríos y las minas usurpados todos durante siglos y siglos que aún no concluyen.

Ese día, el de la Verdad, el mismo en el que los países que producen y llenan el mundo de armas de todo tipo, incluido Israel, por supuesto, se dediquen a comprar –para recuperarlos y destruirlos- los arsenales que han esparcido por todos lados como semillas en las manos de un campesino loco, ese día de seguro los parásitos mismos derribarán muros enteros de asentamientos.

(Escribe: Guillermo Ríos L.). Sin ninguna formación política, más que mera pero peligrosa militancia de joven en un partido de izquierda, y sin absolutamente ningún interés en ella para una realización personal inmediata, puedo, no obstante, señalar algo como digno de llegar más lejos, esto es, a lo imposible si ha de ser así posible.

La separación de los israelíes de los palestinos con su salida de Gaza tiene connotaciones encontradas en las opiniones tanto dentro de Israel como a nivel internacional. Una de tales vendría siendo el abandono de la economía de los palestinos, principalmente de los de Gaza, a una suerte oscura y, otra, la de que se concreta finalmente el cierre, a la usanza parasitaria y quística frente a soluciones esquivas, por medio de ese muro de kilómetros de acero y concreto con la altura de diez hombres de circo uno sobre otro, de los destinos de los pueblos.

Con todo, la infraestructura de los invernaderos especiales para cultivos hidropónicos asentados en Gaza y que les permitían a los europeos y otros ricos del planeta disfrutar de flores y frutas que sólo se producen allí en su correspondiente estación, y que sinembargo, Israel exportaba desde Gaza durante todo el año, fue comprada por americanos que le giraron al gobierno de Israel el dinero necesario para que esa infraestructura permaneciera dentro de Palestina y sirviera para ser el germen de una economía con un mercado ya existente y todo en el exterior. La medida pretendía que Israel no desmontara o destruyera la compleja y delicada estructura de los invernaderos, pero de todos modos esto fue lo que terminó haciendo la horda de palestinos llena de resentimiento y odio hacia el vecino, completamente enceguecida hacia su propio presente y hacia su propio destino.

Cómo no recordar ahora lo fructuoso que es estar en los orígenes por el súbito velamiento del futuro de las mitologías mesoamericanas, que se ilustra por ejemplo en la crisis de Quetzalcoatl, cuando buscándose en un espejo de piedra no ve rostro alguno. Él, que le había dado el rostro al hombre de maíz para que el tiempo dejara huella y el cambio tuviera su espacio, no encontraba el suyo. Este daño tremendo en su futuro, no obstante, propiciaba un estar en las raíces, más o menos como el árbol que retoña tras serle hurtada su fogosidad por la poda.

Por otro lado, el pensamiento del hombre como ser vil, como lo viera Dostoievski cuando se refería a la condición humana que a todo se acostumbra, y es que, tanto la sorpresa asustada de Quetzalcoatl como el triste cinismo de Dostoievski, ilustran una crisis humana que no se inscribe, por supuesto, sólo en los territorios de Israel y Palestina. Ni la cuestión es de mera economía o de simple política, sino que sabido es que hace falta una Ética, demandada ya desde el Siglo de las Luces, que no conciba al hombre de un modo sólo instrumental y consumista que finalmente lo condena a través del juego del mercado.

El regodeo en la permanencia en las raíces es vil. Una visita a ellas en un arreglo social como un rito es vital, necesario para no perder nuestro pasado frente a tanto futuro posible, pero acostumbrarse y permanecer únicamente en un pasado mítico tan incierto como el mismo futuro o hasta el presente, es vil, en tanto que el cambio, la vida, no se posibilita. Los palestinos parecen no darse cuenta, con tanto odio, con tanta ceguera, de que su renuncia a la construcción de su propio futuro es también su condena y que ésta no siempre viene de afuera, de Israel.

Pero el caso palestino no es el único. Igualmente parásito es el bienestar de que disfrutan ahora los países desarrollados, en tanto lo preceden períodos enteros de historias nacionales bañados en sangre, de explotación de suelos y pueblos y la fundación de colonias en todo lo que hoy es el Tercer Mundo y que hoy llenan a Europa y a los demás países ricos de inmigrantes sin futuro, sin opciones para generar cambios, escapando de la pobreza de sus raíces, en un intento desesperado, y termina estancado, anquilosado en ellas.

Tengo certeza de que nadie renunciará a nada de lo que ahora tiene, nadie está dispuesto: el rico porque no quiere salir de su riqueza y ni siquiera se le pasa por la cabeza la posibilidad de compartirla, de abrir alguna alternativa, y si se le pasa la desecha rápidamente como una mala idea; y el pobre porque se encuentra cercado, enquistado, sin posibilidad más que de revolcarse allí donde se halla.

Por ello, el hecho de que Israel haya realizado un gesto de paz o que hayan sido circunstancias de futuro que obliga cambios lo que forzó su salida de Gaza, es digno de admirar, como ha de serlo Europa cuando le llegue el día de enfrentar el destino que construyó para sí misma y no tenga más alternativa que empezar a devolver el oro de los dedos de los ídolos de pueblos aborígenes, las riquezas de los bosques, las selvas, los desiertos, los mares, los ríos y las minas usurpados todos durante siglos y siglos que aún no concluyen.

Ese día, el de la Verdad, el mismo en el que los países que producen y llenan el mundo de armas de todo tipo, incluido Israel, por supuesto, se dediquen a comprar –para recuperarlos y destruirlos- los arsenales que han esparcido por todos lados como semillas en las manos de un campesino loco, ese día de seguro los parásitos mismos derribarán muros enteros de asentamientos.

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