La ciudad que vive en mi ventana
Uno de mis pasatiempos favoritos es atisbar por las ventanas. A través de ellas cambia el universo y se hace más pequeño pero a la vez más infinito el cosmos. Son los ojos de la poesía las ventanas.
Pasé mi infancia en los trenes que salían de la estación de la Sabana y gitaneaban tosiendo por valles y montañas y después de un día de descarriladas y movimientos lerdos, llegaban a poblados extraños que yo creía que habían inspirado los relatos de las mil y una noches criollas o constituían una parada antes de comenzar a caminar para llegar alguna vez a la isla del mastodonte Viernes, donde le crecía la barba salitrosa a Robinson Crusoe.
De niño, cuando tenía cuatro años, a través de una de las ventanas de mi casa en Marly mataron a Gaitán y le prendieron fuego a la ciudad. Yo me asomé y oí los gritos y el resplandor del fuego me iluminó la cara pero me ensombreció el recuerdo para siempre.
Bogotá tenía mi edad equivalente. En las paredes corrieron las cortinas, cerraron las mirillas y los habitantes de los muros blancos supieron que la sangre enrojecía y ennegrecía las tapias.
Pensé que la vida iba a ser triste, que la ciudad estaba sentenciada a la tortura de la gota china y aunque era cierto mi presagio, las ventanas se encargaron del equilibrio que llegaba a borbollones de la imaginación.
Bogotá sin ventanas sería como Comala para un ciego extraviado en el mapa de su suerte a oscuras.
Junto a ventanas bogotanas de caserones viejos leí los libros de mi infancia. En mitad de la página corría el velo para ver si por ahí andaban el pequeño paduano de Corazón, Jean Valjean —el hombre que roba un pan en Los miserables—, los pícaros de la isla del tesoro, la ballena blanca, Huckleberry Fynn y toda esa horda adorable de leales amigos que al final se convierten en invisibles barcos de papel y nos navegan el torrente sanguíneo durante el resto de la vida.
Las ventanillas de los trenes fueron mi primer asombro, mi inaugural viento en el rostro, mi bautizo en la lejanía y la imaginación, mi naciente cine, mi primordial amor con las palabras.
Las pastas de los libros fueron puertas y las páginas ventanas para curiosear lo que había sido e iba a ser la vida.
En Bogotá, la muerte se asomaba a las ventanas con su traje de locomotora. Y pitaba carbón y carraspeaba asmática como una yedra jadeante.
Yo me montaba en el vagón que tuviese la vista más cercana al sol. Miraba al horizonte y tarareaba el chaque chaque del ferrocarril.
Me acompañaban las lechuzas diurnas disfrazadas de marcos de madera. Las palabras postigo, bisagra, visillo, tapaluz, persiana, proximidad y ausencia iban asomadas conmigo y por donde quiera que pasáramos Bogotá iba en nosotros porque uno puede irse de su pueblo pero ni las ventanas de la casa ni las ventanillas del tren se le desprenden.
En el trayecto de ida y vuelta había pueblos con nombres que no eran nombres sino conjuros mágicos: Anolaima, Barbosa, Neiva, Natagaima, La Dorada, El Dobio, Girardot, Bosconia, Ambalema, Villavieja, Santa Marta.
Y estampas de palacarboneros y postales vivas de árboles traviesos, que se me quedaron grabadas para siempre y me pueblan no solo en el recuerdo sino en los sueños y aun en las vigilias: mujeres calentanas de apetecibles senos, cantando la venta de guarapo, achiras, alfandoques, moscorrofios, chicha.
Pájaros que en el aire semejaban puntitos de libertad sin límites, fragancias que venían de los alelíes y de los jazmines, música de cascadas y rumores del campo o carcajadas de muchachas muslibidinosas lavando ropa de colores en los ríos, con jabón de tierra y estropajo, acurrucadas, sentadas en las piedras o cobijadas por las sombras de acacias, ocobos y samanes.
Las ventanillas de los trenes siempre comenzaban y concluían en la estación de la Sabana, que era como una catedral babélica: gente con maletas y paquetes, hombres y mujeres que iban y volvían, familias enteras que llegaban para quedarse en la flamante capital cuyo nombre sonaba como suenan los barcos cuando anclan en la noche: ¡Bogotá!
Donde quiera que esté, suelo auscultar a Bogotá desde las ventanas.
Una vez en Atenas subí la cumbre de la Colina del Likavitos; desde las ventanas vetustas de un fatigado funicular divisé muy lejos a Bogotá, cuando aún había ingenuos y arribistas que la creían la Atenas suramericana. Pero sucedió que desde allí Bogotá era un punto tan remoto y luminoso como cuando ascendemos a una de nuestras colinas y suponemos que miramos a Amaltea o a Alkaíd en una noche plateada por la luna llena.
Comprendí entonces que Bogotá ventanea en mis delirios, que vive conmigo y vive en mí y que la amo como podría amar a una gaviota muerta de frío en el monte Erebus.
Cuando vivía en el centro bogotano y las calles eran paraísos en lugar de infiernos, pasaba días y noches en las ventanas de mi casa universal observando el espectáculo de los cerros y nunca fui capaz de desentrañar el enigma de Monserrate y Guadalupe, que no se sabe si fueron levantadas para iniciados en las mitologías cristianas o si la iglesia y la inmensa virgen de hormigón nacieron de la tierra, pues resulta imposible imaginar a la ciudad sin sus dos grandes montes tutelares, con sus miradores de cemento a cuestas.
Una vez que se incendió el edificio de Avianca, el más alto de la ciudad, fui el primero en llegar en un helicóptero a la terraza donde centenares de angustiados hombres y mujeres rogaban que los sacáramos de allí, que les salváramos la vida.
Yo hice algo insólito pero a la vez imperativo: bajé al piso más alto, puse un pañuelo mojado sobre mi rostro y penetré entre el humo buscando una ventana desde donde divisé a mi ciudad hormigueante e impertérrita como dicen que son los corazones de los estoraques.
Luego subí de nuevo a la terraza y desde allí le conté al mundo que una ciudad me habita.
Bogotá crepitaba.
El incendio persiste y yo soy aquel que busca una ventana.
(Escribe: Ignacio Ramírez). Uno de mis pasatiempos favoritos es atisbar por las ventanas. A través de ellas cambia el universo y se hace más pequeño pero a la vez más infinito el cosmos. Son los ojos de la poesía las ventanas.
Pasé mi infancia en los trenes que salían de la estación de la Sabana y gitaneaban tosiendo por valles y montañas y después de un día de descarriladas y movimientos lerdos, llegaban a poblados extraños que yo creía que habían inspirado los relatos de las mil y una noches criollas o constituían una parada antes de comenzar a caminar para llegar alguna vez a la isla del mastodonte Viernes, donde le crecía la barba salitrosa a Robinson Crusoe.
De niño, cuando tenía cuatro años, a través de una de las ventanas de mi casa en Marly mataron a Gaitán y le prendieron fuego a la ciudad. Yo me asomé y oí los gritos y el resplandor del fuego me iluminó la cara pero me ensombreció el recuerdo para siempre.
Bogotá tenía mi edad equivalente. En las paredes corrieron las cortinas, cerraron las mirillas y los habitantes de los muros blancos supieron que la sangre enrojecía y ennegrecía las tapias.
Pensé que la vida iba a ser triste, que la ciudad estaba sentenciada a la tortura de la gota china y aunque era cierto mi presagio, las ventanas se encargaron del equilibrio que llegaba a borbollones de la imaginación.
Bogotá sin ventanas sería como Comala para un ciego extraviado en el mapa de su suerte a oscuras.
Junto a ventanas bogotanas de caserones viejos leí los libros de mi infancia. En mitad de la página corría el velo para ver si por ahí andaban el pequeño paduano de Corazón, Jean Valjean —el hombre que roba un pan en Los miserables—, los pícaros de la isla del tesoro, la ballena blanca, Huckleberry Fynn y toda esa horda adorable de leales amigos que al final se convierten en invisibles barcos de papel y nos navegan el torrente sanguíneo durante el resto de la vida.
Las ventanillas de los trenes fueron mi primer asombro, mi inaugural viento en el rostro, mi bautizo en la lejanía y la imaginación, mi naciente cine, mi primordial amor con las palabras.
Las pastas de los libros fueron puertas y las páginas ventanas para curiosear lo que había sido e iba a ser la vida.
En Bogotá, la muerte se asomaba a las ventanas con su traje de locomotora. Y pitaba carbón y carraspeaba asmática como una yedra jadeante.
Yo me montaba en el vagón que tuviese la vista más cercana al sol. Miraba al horizonte y tarareaba el chaque chaque del ferrocarril.
Me acompañaban las lechuzas diurnas disfrazadas de marcos de madera. Las palabras postigo, bisagra, visillo, tapaluz, persiana, proximidad y ausencia iban asomadas conmigo y por donde quiera que pasáramos Bogotá iba en nosotros porque uno puede irse de su pueblo pero ni las ventanas de la casa ni las ventanillas del tren se le desprenden.
En el trayecto de ida y vuelta había pueblos con nombres que no eran nombres sino conjuros mágicos: Anolaima, Barbosa, Neiva, Natagaima, La Dorada, El Dobio, Girardot, Bosconia, Ambalema, Villavieja, Santa Marta.
Y estampas de palacarboneros y postales vivas de árboles traviesos, que se me quedaron grabadas para siempre y me pueblan no solo en el recuerdo sino en los sueños y aun en las vigilias: mujeres calentanas de apetecibles senos, cantando la venta de guarapo, achiras, alfandoques, moscorrofios, chicha.
Pájaros que en el aire semejaban puntitos de libertad sin límites, fragancias que venían de los alelíes y de los jazmines, música de cascadas y rumores del campo o carcajadas de muchachas muslibidinosas lavando ropa de colores en los ríos, con jabón de tierra y estropajo, acurrucadas, sentadas en las piedras o cobijadas por las sombras de acacias, ocobos y samanes.
Las ventanillas de los trenes siempre comenzaban y concluían en la estación de la Sabana, que era como una catedral babélica: gente con maletas y paquetes, hombres y mujeres que iban y volvían, familias enteras que llegaban para quedarse en la flamante capital cuyo nombre sonaba como suenan los barcos cuando anclan en la noche: ¡Bogotá!
Donde quiera que esté, suelo auscultar a Bogotá desde las ventanas.
Una vez en Atenas subí la cumbre de la Colina del Likavitos; desde las ventanas vetustas de un fatigado funicular divisé muy lejos a Bogotá, cuando aún había ingenuos y arribistas que la creían la Atenas suramericana. Pero sucedió que desde allí Bogotá era un punto tan remoto y luminoso como cuando ascendemos a una de nuestras colinas y suponemos que miramos a Amaltea o a Alkaíd en una noche plateada por la luna llena.
Comprendí entonces que Bogotá ventanea en mis delirios, que vive conmigo y vive en mí y que la amo como podría amar a una gaviota muerta de frío en el monte Erebus.
Cuando vivía en el centro bogotano y las calles eran paraísos en lugar de infiernos, pasaba días y noches en las ventanas de mi casa universal observando el espectáculo de los cerros y nunca fui capaz de desentrañar el enigma de Monserrate y Guadalupe, que no se sabe si fueron levantadas para iniciados en las mitologías cristianas o si la iglesia y la inmensa virgen de hormigón nacieron de la tierra, pues resulta imposible imaginar a la ciudad sin sus dos grandes montes tutelares, con sus miradores de cemento a cuestas.
Una vez que se incendió el edificio de Avianca, el más alto de la ciudad, fui el primero en llegar en un helicóptero a la terraza donde centenares de angustiados hombres y mujeres rogaban que los sacáramos de allí, que les salváramos la vida.
Yo hice algo insólito pero a la vez imperativo: bajé al piso más alto, puse un pañuelo mojado sobre mi rostro y penetré entre el humo buscando una ventana desde donde divisé a mi ciudad hormigueante e impertérrita como dicen que son los corazones de los estoraques.
Luego subí de nuevo a la terraza y desde allí le conté al mundo que una ciudad me habita.
Bogotá crepitaba.
El incendio persiste y yo soy aquel que busca una ventana.