2024: Año del escritor colombiano Arnoldo Palacios
Tres escritores hablan sobre su obra
Entrevistas realizadas por Norberto Vallejo, en el programa “Club de lectura Caracol Radio”
La obra de Arnoldo Palacio es una obra necesaria en una Colombia que tiene que sanar todavía heridas históricas
Jorge Ortiz-Cassiani
Arnoldo Palacios quizás fue uno de los pioneros de la literatura afro en nuestro país al lado de Candelario Obeso, Jorge Artel, Helcías Martán Góngora, Manuel Zapata-Olivella, Roberto Burgos-Cantor, Mary Grueso y Oscar Collazos entre otros; escritores que han aportado a través de sus letras el conocimiento de lo que podríamos llamar la diáspora africana y colombiana.
En este trascender por encontrar escritores que nos hablen de la obra de Arnoldo Palacios, todos los caminos nos conducen al escritor Javier Ortiz-Cassiani, historiador de la Universidad de Cartagena con estudios de posgrado en la Universidad de los Andes y en El Colegio de México, especialista en temas relacionados con la historia, la cultura y la memoria de los pueblos afrodescendientes.

Javier Ortiz-Cassiani
Norberto Vallejo (NV). ¿Quién fue Arnoldo Palacios?
Javier Ortiz-Cassiani (JOC). – Arnoldo Palacios fue un hombre nacido en Cértegui, Chocó; es una población relativamente cerca a Quibdó, de estos pueblos del Atrato, por eso este río va a ser fundamental en su narración en su vida. Se fue a Bogotá muy joven, le tocó vivir el Bogotazo, y ahí en Bogotá terminó su novela cumbre Las estrellas son negras, que es su novela más importante. Luego viajó, a partir de esa novela, que la escribió en 1949; apenas si tendría unos 22, 23 años, y eso le permitió ganarse una beca para irse a Francia en donde realizó su carrera, terminó quedándose a vivir en Francia. Venía a Colombia ocasionalmente y tuvo familia en Francia, se casó con una mujer francesa, tuvo hijos y desarrolló una vida también de colaboraciones en prensa, en revistas, además de otras obras que escribió fuera de Las estrellas son negras.
NV.– Estamos hablando de un escritor que también tuvo una infancia no muy feliz, si tenemos en cuenta las limitaciones que ofrecía la región y sus problemas de movilidad, episodios importantes que influyen en la escritura de su novela.
JOC. – Arnoldo Palacios es un personaje que sorprende, cuando uno ve sus fotografías difícilmente no lo encuentras sonriendo, es un tipo muy alegre, la gente que lo conoció dice que siempre estaba sonriendo, y cuando yo veo una fotografía es así, es una persona que, por supuesto, tuvo una infancia difícil por los problemas de movilidad a los que nos hemos referido; siempre tuvo como una sonrisa, siempre tuvo unas ganas de hacer las cosas, de vivir. Hay una fotografía donde está con Manuel Zapata-Olivella en Bogotá, y se le nota esa alegría, era un hombre muy vital pese a sus problemas de movilidad. Las estrellas son negras, es una novela descarnada, que narra mucho esa miseria en la que Irra, el protagonista de la familia, habla del miasma, el barro, la suciedad, la extrema pobreza, aunque al final termina esperanzadora. Relata con mucha fuerza esa miseria en Quibdó y las aspiraciones que tiene este chico de salir de esa condición, de salir de en lo que está.
En Buscando mi madredediós, que es una compilación de varios de sus textos, cambia ya y no es tan desesperanzador, y se nota a un Arnoldo mucho más alegre, como con más reconciliación con la vida y, por supuesto, denunciando cosas y diciendo cosas, pero el tono es otro.
NV.– Hay una anécdota muy importante sobre la novela Las estrellas son negras en Bogotá, que tiene que ver con su desaparición.
JOC. – El Bogotazo en Colombia es un acontecimiento al que de alguna manera todo el país está ligado. Él estuvo en Bogotá y también estaban sus contemporáneos cuando ocurrió el Bogotazo, y hay toda una serie de testimonios sobre eso. Estaban en Bogotá Manuel Zapata-Olivella, Gabriel García-Márquez y el mismo Arnoldo Palacios, que son de la misma generación. Lo que pasó con Las estrellas son negras es que la terminó de escribir unos días antes de ocurrir el Bogotazo, le puso el punto final. Pero el lugar en donde vivía se quemó en los disturbios y se quemó la novela, y lo que dicen es que en un par de semanas prácticamente la escribió de nuevo. Nunca conocimos la primera versión, pero la que conocimos, que es la que se lee ahora, es una versión maravillosa. No sé si es un mito, si es realidad, pero lo cierto es que, si fue en dos semanas, es una cosa magistral lo que logró hacer este hombre reconstruyendo esa novela o haciéndola de nuevo en ese tiempo tan corto.
NV.– Es algo increíble reescribir esa novela en tan corto tiempo sin perder la esencia de la misma.
JOC. – Claro, claro, además no estamos hablando de que se trate de la máquina de escribir; no es que se me salvó el disco duro del computador y ahí tengo una copia o se la mandé a un amigo en el correo y entonces ahí tengo una copia, ¿no? Esto es punto final, acabó. Y comenzar otra vez.
NV.– Regresando a la novela, el protagonista se llama Irra ó Israel, que significa “el que lucha con Dios”. Ya con ese nombre y su significado nos está dando a entender lo que será la novela.
JOC. – Sí, es una epopeya, es la lucha de este hombre en esas condiciones. Hay que decir que la primera editorial que la publicó fue Iqueima, por Clemente Airó. A este migrante de la guerra civil española, que terminó en Colombia y que le publicó a mucha gente, y gracias a Manuel Zapata Olivella haciendo la buena estrella de apoyar a alguien que inicia, o que presenta a un escritor y que a partir de allí comienza una carrera importante. Lo hizo con Gabriel García-Márquez presentándolo a Clemente Manuel Zabala y comenzó la carrera periodística de Gabo y lo hizo también con Arnoldo Palacios para que le publicaran Las estrellas son negras en 1949 por la Editorial Iqueima.
Luego vinieron otras publicaciones. La que hizo la Biblioteca Afro del Ministerio de Cultura en el 2010 y que tiene un prólogo de Oscar Collazos, y está la última de Seix Barral de Editorial Planeta que también está con el prólogo de Oscar Collazos.
Las estrellas son negras es una radiografía muy interesante de esa zona del Chocó, del río Atrato como el elemento comunicador y eso es uno de los puntos que más me interesa de esa novela. El Atrato como la conexión entre el Pacífico y el Caribe. Este río fue el que permitió ese intercambio comercial y cultural entre estas dos regiones, porque su recorrido casi que a la inversa no desemboca en el Pacífico, que es el lugar de nacimiento y termina desembocando en el Caribe, y eso hace que se haga primero una navegación de cabotaje por el Caribe, de Cartagena hasta las bocas del Atrato en el Darién para llegar hasta Quibdó y toda esa zona del Chocó.
Entonces, esa novela recrea eso, además de recrear la vida en Quibdó, esas dificultades de las que hablé anteriormente, recrea también ese tránsito.
Ese tránsito lo quiso hacer en algún momento Manuel Zapata-Olivella, que lo resume en “Pasión vagabunda” cuando quiso irse a pie por las orillas del Atrato hasta llegar al Caribe, pero, por supuesto, eso es imposible, hacer este recorrido a pie, por lo que tuvo que desistir de eso.
Arnoldo lo refleja muy bien. El sueño de Israel de embarcarse en un vapor, de llegar a Cartagena, que se considera como la meca de las oportunidades, la posibilidad de los estudios, pero la posibilidad también del dinero, de convertirse en comerciante, de lograr acceder a música, al baile, a asistir a ciertos sitios, mujeres, hay un sueño allí: embarcarse en un vapor y venirse a Cartagena.
Lo interesante es que al final en la novela Irra no logra eso. Cuando intenta subirse al vapor éste ya va arrancando y falla, intenta montar el pie y lo que hace es caer al río Atrato, pero ahí le ocurre una especie de epifanía y es que se reconcilia con el río y se reconcilia con el territorio, se enjuaga la boca, se lava la cara y termina quedándose en ese espacio, es como si ese sueño por irse al final, cuando falla y cae al río, el mismo río del que tanto denigra de alguna forma por la miseria que le toca vivir, allí termina reconciliándose con ese espacio, con ese territorio.
Eso me parece muy interesante, esa especie de metáfora a través de esa epifanía que sufre el protagonista allí, y eso está ahí muy bien reflejado en Las estrellas son negras.
NV.– Esta novela tiene aspectos sociológicos, antropológicos, históricos y es también una novela de denuncia, de resistencia cultural, sobre el tratamiento humillante que se les daba a los negros por parte de los blancos en esa época. Es una forma de decirle al mundo, somos negros, nos resistimos, pero también podemos fantasear o soñar con que dejaremos de ser pobres algún día.
JOC. – Sin duda hay allí además un reflejo, el país mirado desde el Chocó, desde Quibdó. Es bien interesante porque ahí se reproducen también a escala las relaciones centralistas reflejadas en las disputas de partidos. En ciertos escenarios la gente está pendiente de leer el periódico y está atenta a los debates políticos que se realizan en Bogotá y la manera en que esos debates llegan a la región y afectan a la región, pero también las tragedias políticas que ocurren en la región, en la zona, que no se asumen de la misma manera en que se asumen en el resto del país, en el centro del país, las desigualdades, la mamá lavando ropa –con eso se mantiene–, la relación con las hermanas, las dificultades con las hermanas, el hambre, la relación con el río, las playas que forma el río, los días de ir a bañarse al río, la relación con los pescadores del río es decir, es el reflejo desde muchas aristas.
Como historiador casi siempre estoy tratando de ubicar en los contextos en un escenario histórico, en un escenario en el espacio y el tiempo para entender un poco esa relación de ese espacio con otras realidades que están ocurriendo en otros territorios y mirar cómo se asumen allí, es una novela que tiene muchas posibilidades de lectura por la riqueza de lo que trae.
Incluso literariamente hay unos guiños a la literatura universal. Casi todo ocurre en un tiempo muy corto, prácticamente toda la novela ocurre en un día. Ese relato, así vertiginoso, está ocurriendo en un día, todo eso que le está pasando a él, sus pensamientos, ocurren en un solo día y, por ejemplo, hay una escena donde él piensa en coger un hacha, asesinar a alguien para obtener cierto dinero, –que recuerda esa escena de Dostoyevski– a una usurera que se guarda el dinero y que es una agiotista y egoísta mientras él está en la miseria. Es una novela que está dialogando con la literatura universal, reflejando una realidad de un espacio muy particular, pero que no es una curiosidad, no, no es solo una curiosidad de un territorio muy específico, sino que termina siendo una cosa con visos universales.
El libro lo escribe en Colombia, él se va a Francia. De hecho, se gana la beca después de que publica el libro, lo escribe entre Chocó y Bogotá, lo termina en Bogotá y en 1949 lo publica, y unos meses después está viajando a Cartagena de Indias para tomar un barco de bandera polaca. Lo recibe Gabriel García-Márquez, quien ya había empezado a trabajar en El Universal, porque se había venido en 1948 huyéndole al Bogotazo por recomendación también de Manuel Zapata-Olivella. Entonces hay unas triangulaciones muy interesantes que conectan la vida de estos escritores y que luego se convirtieron en lo que se convirtieron en términos literarios.
NV.– ¿Habría alguna influencia del momento histórico en el que la obra de Arnoldo Palacios se desarrolló? Porque estamos hablando de la época, por ejemplo, de Pedro Nel Ospina, de Miguel Abadía Méndez, de Alfonso López Pumarejo, de Eduardo Santos, una época política muy beligerante.
JOC. – Totalmente, es decir, es una novela totalmente contextualizada y dialogante con una realidad política, una realidad social y política de Colombia.
Es el momento en el que está una figura, por ejemplo, como Diego Luis Córdoba, incursionando en la política y convirtiéndose en el referente que fue.
Arnoldo Palacios tiene un perfil que escribió sobre Diego Luis Córdoba en la revista “Sábado”, que era una revista de corte liberal, fundada por Mendoza, el papá de Plinio Apuleyo Mendoza junto con Abelardo Forero Benavides; era una revista de corte liberal muy en la línea del López Pumarejo, y allí publicaron hablando de la gente afro Manuel Zapata Olivella, Natanael Díaz y Arnoldo Palacios como los más destacados, y él escribió allí un perfil sobre Diego Luis Córdoba y Las estrella son negras que, como lo decía, refleja todo ese panorama político y las disputas entre liberales y conservadores. Entonces estamos hablando de alguien que en esta novela y en muchos de los textos que escribió tiene toda la influencia de la situación política que está viviendo el país y el lugar de los afro descendientes del pacífico colombiano en ese escenario. Excepto Zapata Olivella, esos escritores son del pacífico y todos migran a Bogotá buscando oportunidades y allí es donde de, alguna manera, despegan sus carreras como escritores, en un escenario político bastante difícil, conflictivo y no van a ser ajenos a eso, siempre van a estar ligados a esa coyuntura.
NV.– No fue muy extensa la obra de Arnold Palacios, pero esa larga estancia en Francia ¿qué le hizo desarrollar a él, de qué se nutrió literariamente hablando?
JOC. – Arnoldo Palacios tiene tres obras fundamentales: Las estrellas son negras, que es su obra cumbre; tiene una compilación de textos que se llama Buscando mi madredediós, y tiene una obra que se llama La selva y la lluvia, no tan exitosa. Es en París en donde desarrolló una carrera periodística muy fuerte. Carmen Millán, la exdirectora del Instituto Caro Cuervo, que es estudiosa de la obra de Arnoldo Palacios y de los intelectuales afro me pasó hace un tiempo, prácticamente la compilación de sus textos escritos desde París, que son reseñas de arte, de literatura, del mundo científico incluso, es decir, desarrolló una carrera periodística muy interesante que en Colombia es poco conocida porque apenas estamos descubriendo Las estrellas son negras, es decir, leyendo o re–leyendo, pero hay otra obra por allí ensayística periodística que está más en revistas, que está suelta, que está en la revista “Sábado” que como lo había dicho no se conoce.
Esa estancia en París le sirvió mucho para desarrollar esa faceta de periodista y de difusor de una serie de dinámicas y de eventos culturales.
NV.– Que en Colombia no podría haber desarrollado…
JOC. – Sí, bueno, sí… Algunos lo hicieron desde Colombia, habría que decir; tampoco podemos ser tan tajantes en eso. Manuel Zapata-Olivella escribió una obra periodística fundamental en la revista “Cromos”, la desarrolló desde Colombia y seguramente el escenario hubiera sido más difícil, pero Francia le permitió otras cosas, las condiciones también que vivió allá eran otras, pero yo creería que un hombre como Arnoldo Palacios, en el escenario que se movía, quizás también hubiera podido escribir parte de su obra desde Colombia.
NV.– Cuando uno lee Las estrellas son negras, Colombia es Chocó, es el río Atrato, que es donde se desarrolla prácticamente la novela y, como bien usted lo dice, la obra transcurre en un solo día a través de un viaje en canoa movida por su protagonista Irra.
JOC. – Ese río Atrato es como una especie de tópico, así como es el patio en la obra de Rojas Herazo. El río es un tópico para Arnoldo Palacios. la vida, el universo de esa novela está allí alrededor del río y la movilidad en el río y en las calles de Quibdó que terminan confluyendo todas de alguna forma en el río. Esa es la columna vertebral de la novela y la dinámica que se genera a través del río, porque el río no es claramente ese espacio donde cruza allí por el Chocó, sino que es ese espacio, el espacio que conecta a esa región con las aspiraciones, con las esperanzas, lo que puede llegar o la posibilidad de salir de allí a través del río.
NV.– El título de la novela Las estrellas son negras dice más de lo que se cree, porque si hacemos una lectura –como dirían los expertos en semiología– es como algo simbólico, ya que uno puede especular independientemente del argumento.
JOC. – Es verdad, porque no necesariamente la novela explica el título. Las estrellas, que son un elemento muy asociado en términos metafóricos al brillo, a la esperanza, al firmamento, a lo que se quiere, a lo importante, a lo ideal. De alguna forma lo que está diciendo es de la vida de la gente negra, una vida supremamente difícil.
NV.– Yo agregaría, independientemente de esta lectura que usted le hace, que también tiene su contenido –no sé si exagero– un contenido racial; por lo general uno asocia las estrellas con el color blanco.
JOC.- Sí, claro, porque no se asocia la luz con lo negro, se asocia con las sombras, que es lo negativo, pero Arnoldo de alguna forma lo que está diciendo es que es la esperanza de que la gente negra nazca también bajo el signo de la buena estrella de la que se habla, que también la gente negra, puede alcanzar la buena estrella, pese a que normalmente su vida los ha llevado a que asuman como si nacieran con mala estrella sabiendo que esa mala estrella no es producto de una condición natural sino de unas condiciones creadas por toda esta estructura de discriminación.
NV.– Profesor Javier Ortiz-Cassiani quiero manifestarle que a mí no me gusta esa palabra de afrodescendiente, afrocolombiano. ¿Por qué no decir simplemente negro, luego nosotros qué somos?
JOC. – Eso son varias cosas, esto hay que explicarlo bien. Lo primero que habría que decir es que la palabra negro es una construcción desde el poder, es un invento, una construcción del poder de los territorios que tienen o el derecho de llegar a un territorio y esclavizar a los otros.
Se inventa la idea de negro; la gente en África nunca decía yo soy negro y que está haciendo como negro, es desde afuera que se construye el término negro, luego el término negro es un término que encierra una connotación colonial, imperial.
Cuando la gente se resiste a decir negro es una manera de no seguirle el juego al discurso imperialista, al discurso que construye esa noción para discriminar, para inferiorizar, incluso para justificar la diferencia y esclavizar a partir de esa diferencia.
Por eso se usa la palabra afro, afrodescendiente para hablar de los que descienden no de los negros sino de la gente que nació en África y que fue transportada de esos territorios.
Ahora, la palabra negro también ha sufrido un proceso de resignificación, es un término peyorativo, pero es un término que también se puede cargar con el tiempo de nuevo significado y eso es lo que ha sucedido. Por ejemplo, cuando en los Estados Unidos se dice, “black es beautiful”, “negro es hermoso”, es una manera de reivindicar la palabra y quitarle toda la connotación negativa para mostrar la connotación positiva.
Aquí, una de las organizaciones más importantes de Colombia se llama PCN, Proceso de comunidades negras, en donde la misma vicepresidenta, Francia Márquez, ha hecho parte del PCN, o Carlos Rosero o Alfonso Cassiani, gente con mucha capacidad, mucho conocimiento sobre la historia afro, la historia negra que, por supuesto, llaman a su organización proceso de comunidades negras, no tienen problemas en usar la palabra negro.
Entonces, indistintamente, hay gente a la que no le gusta usar esa palabra negro, hay otros que sí. Yo no tengo ningún problema, solo me fijo en qué escenario digo qué cosa, porque tampoco quiero llegar a un escenario y ofender a alguien que considera que la palabra negro no se debe seguir usando.
Yo uso la palabra negro o uso la palabra afrodescendiente, no tengo ningún problema con eso, pero hay que saber, digamos, cuál es el contexto y en qué lógica nacen las palabras, porque algunos se resisten y otros en cambio consideran que no hay ningún problema en usar la palabra negro. El ejemplo que siempre pongo: La palabra cimarrón es una palabra que en realidad animaliza a un ser humano, porque cimarrón es el ganado mostrenco, era el ganado que se escapaba de la condición doméstica; cuando se escapaba se le decía “se volvió cimarrón”; cuando los esclavizados negros se fugaban, les decían cimarrones, esa era una manera de animalizarlos. Pero luego, la palabra cimarrón se convierte en un símbolo de la libertad, de la rebeldía, es decir, se resignifica la palabra, al punto de que el proceso que fundó Juan de Dios Mosquera, uno de los activistas afro más importante del país, se llama cimarrón, el movimiento Cimarrón, y en Palenque de San Basilio, si tú le dices a un Palenque de Cimarrón, es el mayor alago que le estás haciendo, porque le recuerdas una historia de libertad y de dignidad, pero la palabra cimarrón en un principio tenía una connotación negativa.
Te digo todo esto precisamente para que se entienda un poco cuál es la lógica del uso de las palabras, porque algunos se resisten a ciertas palabras.
NV.– Me quedó muy claro. Si yo viviera en África seguramente nunca sabría que era negro.
JOC. – Exactamente, así es. Es un nombre que te llega de afuera, y si usted es negro, incluso en el mismo Chocó, mucha gente en un espacio en donde siempre hay gente negra se dan cuenta de que son negros cuando salen de ahí, que les hacen saber que son negros, pero ya no están, digamos, actuando con esas lógicas, porque son seres humanos allí en un escenario, no tienen esa construcción porque es normalmente de afuera.
NV.– Precisamente Adichie, una escritora nigeriana, afirmó estas palabras: “Descubrí que era negra al llegar a Estados Unidos”.
JOC – Claro, por supuesto, y le pasó incluso a uno de los intelectuales más importantes de los estudios culturales decoloniales, Stuart Hall, que era de Jamaica, que vivía en una posición cómoda de una familia cómoda en Jamaica, se da cuenta de que es negro cuando viaja a la metrópolis, cuando viaja a Inglaterra, Londres, descubre que es negro en el país, acá era un privilegiado que tenía toda la condición, y nunca se sintió discriminado, ni sintió que era un negro en términos negativos.
Álvaro Castillo-Granada
Hay que leer Arnoldo Palacios, hay que seguir escuchándolo, porque cuando uno lee cualquiera de sus libros escucha al hombre negro, al hombre que fue esclavo, al hombre que fue explotado, aún hoy es la voz que nos acompaña a todos.
Norberto Vallejo (NV.) – Hablar del librovejero es referirse a Álvaro Castillo-Granada, un personaje conocido en el mundo cultural, no solo como escritor sino como el librero, él es precisamente el que está al frente de San Librario libros, un hombre que ha escrito en revistas como “Pie de página”, “Malpensante”, la revista “Número” entre otras; además de ser trotamundos amante de la literatura cubana.
Gracias a su trabajo como editor conocemos la faceta periodística de Arnoldo Palacios con la publicación del libro Cuando yo empezaba.
NV.– ¿Cómo llega a sus manos la novela Las estrellas son negras de Arnoldo Palacios?
Álvaro Castillo-Granada(ACG). – La primera edición de Las estrellas son negras llegó a mis manos en un momento de mi vida en que yo estaba desempleado, la encontré en una mesa de libros y la reconocí, y no podía creer que acababa de encontrar ese libro que tiene una dedicatoria del año 49, año en el que el libro salió, y lo bonito es que conocí a don Arnoldo. Tuve la fortuna de ser su amigo personal y su editor. Cuando lo conocí, en el año 98 en Bogotá, le llevé el libro para que me lo firmara y él me dijo muy emocionado que me lo cambiaba por 20 ejemplares de la nueva edición del Ministerio de Cultura; Yo dije que no, que le daba mi palabra de que si lo volvía a conseguir se lo enviaría a París y, efectivamente, al cabo de los años lo conseguí y se lo envié.
Ese libro don Arnoldo me lo dedicó cinco veces, siempre que venía nos veíamos y yo hacía que me lo firmara, tengo cinco dedicatorias que son como una especie de historia de la amistad y también una historia del paso del tiempo sobre don Arnoldo y sobre mí.
NV.– Retrocedamos en el tiempo; ¿qué pasó en el Centro Granahorrar? una anécdota digna de contar.
ACG. – Yo trabajé durante 10 años en el Centro Granahorrar en dos librerías que hubo allí, la primera “Enviado especial libros”, que era de Gloria Moreno y German Castro Caycedo. Allí empecé a trabajar en el oficio de librero y la segunda, que estuvo ubicada en el mismo lugar, que se llamaba “Norma Ramos libros”, cuya propietaria era una brasilera, una diplomática de nombre Norma Ramos. Tuve la fortuna de permanecer allí en esos dos espacios, que ya no son lo mismo, durante 10 años. Ahí empecé mi oficio del librero.
NV.– ¿Qué representa Las estrellas son negras para la literatura colombiana?
ACG.– Las estrellas son negras es un libro fundamental de la literatura colombiana, y más allá del testimonio de época, del testimonio social que lleva explícito, la novela es un libro supremamente bien escrito, un libro muy moderno, que tiene una audacia en su escritura al traer la oralidad chocoana al lenguaje escrito, de tal manera y con tal gracia y sabiduría que cualquiera lo lee y lo entiende y lo va sintiendo, uno va sintiendo cómo el libro le va hablando, como hablan los chocoanos de esa región de este departamento del país.
Esa oralidad de la novela es fascinante, esa denuncia y esa ambigüedad que tiene todo el tiempo, que es una de las virtudes de la gran literatura. No hay que olvidar que don Arnoldo fue alumno y lector de Máximo Gorky y de estos grandes autores, realistas europeos de la primera mitad del siglo XX; entonces es una novela fundamental para entender el país y también una novela importante como técnica de escritura y como apuesta estética en la literatura colombiana.
NV.– Y una forma, quizás pionera, de visibilizar esa región y las inclemencias a la que está sometida y a las que sigue sometida.
ACG. – Claro, es que lo pavoroso y lo terrible del libro es que uno lo lee hoy y muchas de las cosas que denuncia, que muestra, siguen pasando y siguen estando ahí. No solamente es una novela, sino un testimonio desgarrado de una realidad social pavorosa que sucede en nuestro país aún, sucedió y sigue sucediendo.
NV.– Afortunadamente Arnoldo Palacios abrió esa ventana para que otros escritores siguieran ese mismo tono de denuncia.
ACG. – Exactamente; la obra de don Arnoldo surge en el mismo momento en que está surgiendo la obra de Manuel Zapata Olivella, son como vidas paralelas, testimonios paralelos de esa región y de esa realidad del país. Hay una entrevista muy interesante que le hizo Zapata Olivella años antes de la publicación de Las estrellas son negras, que salió en el año 49 antes de que don Arnoldo regresara a Francia, en la que también se ve como una cierta complicidad, y después obviamente vinieron otros escritores como Rogerio Velásquez y el más contemporáneo como Oscar Collazos, quien tenía una teoría muy interesante, que decía que no había que limitarse solamente a esa región geográfica, sino que, gracias a la existencia del Canal de Panamá, el Caribe continuaba bajando por el pacífico, es decir, pasaba por el Chocó, el Cauca, hasta llegar al Valle.
NV.– ¿Cómo era Arnoldo Palacios, a quien usted conoció personalmente?
ACG. – El don Arnoldo que yo conocí era una persona muy amable, muy generosa, muy risueña. Le gustaba contar historias, hacer preguntas. Siempre tenía una historia en la punta de la lengua, le sacaba chiste a todo, tenía mucha gracia. Generalmente yo me veía con él por las mañanas y desayunábamos como desayunaba él en su infancia en el Chocó, con tajadas de plátano con queso, y era oírlo hablar, hablar y hablar, y como había vivido en tantos sitios, había conocido tanta gente, era un placer realmente oírlo hablar, o sea, gran parte de su obra será inédita porque no fue escrita, fue contada, era un hombre de verdad muy generoso y recuerdo especialmente el día en que yo le mostré unos artículos que había fotocopiado, unos artículos que había publicado en el Semanario Sábado de Plinio Apuleyo Mendoza Neira. Se los mostré, pero él no recordaba y me dijo: –ah, cuando yo empezaba– Estaba fascinado con ellos, yo le regalé fotocopias de eso y a raíz de ello fue que se nos ocurrió hacer su libro Cuando yo empezaba del que hice la investigación y la recopilación de los textos publicados antes de irse él a Francia, entre el 46 y el 49. Después hice una segunda edición de ese libro, aumentada con los textos que escribió en Colombia para el Caro y Cuervo cuando hizo un breve regreso en el año 68 y el año 71, repito: era un hombre muy generoso, gracioso amable, modesto, por eso le encantaba contar y escuchar cuentos.
NV.– Es increíble que Las estrellas son negras tuviera más éxito en Francia que en Colombia.
ACG. – Recordemos que lo más interesante es que el original se había perdido en los incendios del 9 de abril en el Bogotazo, y que lo reconstruyó de memoria a los pocos días, gracias a la generosidad de varias personas, entre ellas la poeta Matilde Espinosa de Pérez. Él publica su novela en el año 49 en la Editorial Iqueima; se la publica el editor español Clemente Airó y él se va a Francia en el año 49, y la primera edición fue de 300 ejemplares; se lleva algunos de ellos, deja el libro acá y comienza a hacerse famoso gracias al boca–boca, comienza a ser leído por mucha gente, a ser comentado, y el libro va creciendo en fama y popularidad. Sinembargo no hay una segunda edición hasta el año 1975-76 en la Colección Populibro. Es un libro que siguió vigente y sigue vigente gracias al boca–boca, el lector que se lo pasa del uno al otro. Publicó después una novela en los años 50 en Moscú, La Selva y la Lluvia, que hace unos años fue reeditado aquí en Colombia por la Editorial Intermedio. Creo que los lectores fueron encontrando a lo largo del tiempo la valía, la importancia del libro, y fueron comentándolo, leyéndolo de uno a otro, la gente se lo prestaba, lo copiaba, el libro comenzaba a circular por todas partes y ya la tercera edición vuelve a aparecer en el 98, cuando se le rinde el homenaje a don Arnoldo, a Héctor Rojas Herazo, a Elisa Mujica y Darío Achury Valenzuela por el Ministerio de Cultura. Es la tercera edición de Las estrellas son negras.
NV.– De alguna forma se ha hecho justicia a la obra de Arnoldo Palacios declarando este año como el año de él.
ACG. – La mayor justicia que ha tenido la obra de don Arnoldo, en mi opinión, es que ha sido leída y seguida por muchos lectores y ha permanecido en boca de todos gracias a esto. De 300 ejemplares que comenzaron a circular y de mano en mano, el libro fue agarrando y encontrando lectores, y que exista este año como el año Arnoldo Palacios, ahora que se cumplen los cien años de su nacimiento, me parece importante, me parece fundamental y un acto de justicia para con este escritor trascendental de la literatura colombiana, no solamente de la literatura Afro sino de la literatura colombiana de todos y para todos, porque don Arnoldo creía en algo muy importante de lo que él hablaba, que lo ideal era llegar a ser el hombre universal, el hombre que estaba más allá de la raza, de la nacionalidad, de las fronteras y de las ideologías. Él creía mucho en eso también.
NV.– Álvaro, muchas gracias
Carmen Millán
ExDirectora del Instituto Caro y Cuervo
Norberto Vallejo (NV) –¿Qué significa para el país la obra de Arnoldo Palacios?
Carmen Millán (CM.). –Yo no sé para el país; ya debería significar mucho, porque su obra nos representa. Dígame usted hoy en día cuando se cayó un pedazo de la carretera y murieron tantas personas y si no nos volvemos hacia nombres como el de Arnoldo Palacios y pensamos a qué hora va a ser la hora del Chocó, porque eso siempre él lo dijo, a qué hora va a tocar y él fue una persona que, a pesar de haber sufrido del polio cuando era niño, nunca dejó de investigar, nunca dejó de pasar por esos ríos, nunca dejó de dar testimonio de la riqueza cultural de ese departamento.
NV.– Y prueba de ello es esta novela de Las estrellas son negras que nos habla de ese sufrimiento y de esa supervivencia de la comunidad negra por surgir ante la injusticia, porque podemos hablar de que esta novela puede ser una novela de denuncia.
CM.- Es una categoría que probablemente a él no le gustaría. Yo no sé, siempre que lo oigo –porque hay mucho material de él con su voz grabada–, una voz muy poderosa, a pesar de que él era una persona relativamente bajita, pues tenía una voz muy bella, muy poderosa y se puede escuchar (como todo ahora está a un clic, el Centro Virtual Jorge Isaac de la Universidad del Valle tiene varias grabaciones muy bonitas que se pueden oír de viva voz, que es tan importante escuchar a los escritores y a las mujeres que escriben de viva voz, y también hay un documental que hizo Telepacífico llamado “El hombre Universal”, que también se puede recuperar en dicho Centro –que también tiene la obra completa de Manuel Zapata Olivella, que se editó en el año dedicado a él, valga la cuña). Entonces yo sí creo que vale la pena escucharlo y siempre lo cito de una revista literaria que se llama “Azularte”: “Yo quise y he querido siempre hablar sobre el hombre, sus problemas, sus sueños, su vida íntima, su fuerza, su vigor, su esperanza, sus luchas, porque creo también que el escritor debe estar comprometido con todo lo que le ataña cuando lo rodea, especialmente como hombre”. Claro, él todavía no había entrado en el lenguaje de género deseado que tenemos ahora, y si esto lo leen algunas personas más radicales lo cancelarían, ¡digo yo!
NV.– Usted es una mujer investigadora ciento por ciento y el legado que dejó en el Instituto Caro y Cuervo es invaluable, y aprovechando que este año está dedicado al escritor Arnoldo Palacios es una buena oportunidad para que los lectores investiguen sobre este personaje tan trascendental de las letras colombianas, de las letras afro, que visiten las exposiciones, que asistan a los conversatorios ya que es un año en el que seguramente se reeditará su obra.
CM.– Solo es hacer un clic en la Biblioteca afrocolombiana que está completamente digitalizada y disponible en la Biblioteca Luis Ángel Arango, uno puede recuperar en su casa y en su teléfono todos los autores y autoras y Arnoldo Palacios está ahí, de manera que no hay excusas. Y por el otro lado, yo diría que nuestro querido librero –o librovejero como le gusta que lo llamen– hizo un trabajo muy importante, que fue recopilar todo lo que hizo Arnoldo Palacios, un trabajo de activismo cultural, ya que estuvo escribiendo e investigando como un trabajo académico, haciendo reportes de su trabajo que eran comisionados por el Instituto Caro y Cuervo, y él se iba por los ríos buscando la huella con mucho cuidado, el remanente que queda de los cantos de alabados y los cantos tradicionales del Chocó, del romancero español del siglo de oro, cosas absolutamente maravillosas y que está publicado por “Isla de libros”.
Hay que resaltar el trabajo académico de reportar desde París para las revistas de noticias culturales del Caro y Cuervo, ya que la vida intelectual en esa ciudad, que por muchos años fue como la Arcadia de los escritores y escritoras en el mundo de la literatura. Esos viajes de él a investigar en el Chocó y transmitir de la manera más bella posible la enorme riqueza de la cultura musical de lo que llaman ahora oralitura del Choco, que nos anunciaban los remanentes de los romances españoles del siglo de oro conservados allá.
NV.– ¿Esa estancia en Francia del escritor Arnoldo Palacios, de alguna manera influenció en toda su obra?
CM.– No, yo diría que fue una cosa maravillosa, es decir privilegiada en el sentido de poder escribir sobre todas esas cosas que bullían no solo en su cabeza sino también en su archivo, porque él era una persona absolutamente organizada en apuntes, en notas, en recortes, que seguramente son parte de la exposición y que ojalá los lectores puedan ir a verla, porque un hijo de él se ha encargado mucho de ese archivo y vale la pena conocer, es la organización intelectual de una persona común.
NV.– Se habla de que el escritor Arnoldo Palacios sabía varios idiomas.
CM.- Claro que sí, varios, varios muchos, pero hay anécdotas divinas, por ejemplo, hay una obra de él que sólo se había publicado en Rusia, o sea en ruso y entonces él, estando en Varsovia, le regaló una copia a Germán Arciniegas La selva y la Lluvia, y gracias a ese regalo esa obra se conservó. Arciniegas se la recibió con su carcajada que recuerda a Arnolddo Palacios y resulta que a no ser por ese regalo esa obra no hubiera podido conocerse en Colombia, aunque finalmente la traducción se llevó a cabo.
NV.– ¿Podríamos decir que la obra de Arnoldo Palacios, de lo que conocemos, es extensa o, al contrario, nos dejó solo unos cuantos libros?
CM.– El escritor Walter Benjamín habla de una constelación y Arnoldo Palacios es una estrella de esa constelación intelectual. Y hay una cosa que a uno siempre le angustia en cuanto a extensión y número de libros. Hay una cosa que es la extensión y otra cosa que es la riqueza, una riqueza que se extiende por los siglos. En el caso de Arnoldo Palacio sus novelas son una hermosura, pero yo sí invito a las crónicas a la recuperación. Por ejemplo, con él aprendí La leyenda de la yerbabuena; me pareció lindísimo que una leyenda de la yerbabuena tenga que ver con la buena suerte, que quien ve flores de la yerbabuena la noche del 31 de diciembre se vuelve rico, le llega la buena suerte.
NV. – Este no deja de ser el momento adecuado para hacer un llamado a las autoridades culturales de nuestro país para que la obra de Arnoldo Palacios se lleve a los colegios, porque esto hace parte de nuestra cultura, de conocer nuestras raíces.
CM.- Sí, hay mucho material para conocer a Arnoldo Palacios. Hay tesis doctorales sobre el escritor, hay mucho conocimiento que debería circular de manera libre para que la gente pueda informarse.
NV.- ¿Cómo redescubrir al escritor Arnoldo Palacios?
CM.- Todo está a un clic. En la Biblioteca Afrocolombiana está toda la información para que conozcan la constelación con los mejores prólogos y aparato crítico; en la Biblioteca Luis Ángel Arango en su repositorio virtual; ahí está Arnoldo Palacios, ahí estan sus amigos, están los poetas´, ahí estan todos. Y está a un clic en YouTube, simplemente escriban Centro Virtual Jorge Isaac Universidad del Valle y encuentran todo el material que necesitan para comenzar la aventura de ir por los ríos del Chocó y conocer ese mundo que él vio, un mundo que fue desapareciendo, esos ríos que él conoció que hoy están todos contaminados por el material tóxico que usa la minería y encontrar los residuos de unas hablas que tenían lo más bello del castellano de la época de Cervantes.
NV.- ¿En qué anda Carmen Millán? ¿Qué es de su vida?
CM.- La vida es bella y yo estoy en ella. Estoy preparando un texto sobre la Historia de Colombia, algo fácil de digerir, no muy académico, como algo que está encriptado, sino algo a lo que la gente tenga acceso. Y a propósito del centenario de la novela La vorágine estoy trabajando mucho en la biblioteca de José Eustasio Rivera tratando de actualizar su biografía, investigando sobre unos escritos biográficos tempranos realizados por un intelectual chileno, profesor en Estados Unidos, que pudo entrevistar a personas alrededor de José Eustasio Rivera y que encontramos en la Universidad Javeriana y en la biblioteca de la Universidad de Caldas, de Manizales.