Guillermo Arcila, psicoanalista freudiano y humanista sin fronteras
Ya ves que no puedo hablarte/ amada mía/ más que con la boca de un niño/ como el grano de trigo/ germinando conversa con la tierra/ embriagada de lluvia/ Y este anonadamiento/ es un sencillo temblor de vida/ en tu seno sin contemplaciones/…”
Guillermo Arcila-Arango (14, en los “Poemas del invierno”, 1978)
El paso del tiempo es implacable. Y lo que ha de quedar, queda. Así se tarde en el rescate de valores sustantivos. Es el caso de Guillermo Arcila-Arango (1919-1998), médico de la Universidad Nacional de Colombia, psiquiatra y psicoanalista en Argentina, freudiano sin escrúpulos. Investigador, lector voraz, ajedrecista, profesor universitario. Rector insigne de la Universidad de Caldas (1974-1976). Formado en la filosofía desde los tiempos de estudiante en el Instituto Universitario de Caldas, en intercambio de libros y de diálogos con su entrañable compañero, Danilo Cruz-Vélez.

Fundador de la Sociedad Psicoanalítica Freudiana de Colombia (SPFC), en varias oportunidades su presidente, y docente del conexo Instituto de Formación Psicoanalítica; institución que publicó (2022) los “Escritos psicoanalíticos, 1962 1994”, de Arcila, en un volumen de 700 páginas, con rescate de 45 juiciosos ensayos, de sus investigaciones, estudios y conferencias.
El singular libro dispone de una buena Presentación de Judith Lastra, miembro de la SPFC, donde sustenta la condición de rigor en la escritura de Arcila. Conocedor a profundidad de la obra de Freud, pero con apreciación crítica, como por ejemplo al apartarse de su concepción del instinto de vida y muerte, y de su teoría estructural. Afín al pensamiento de Baruch Spinoza y en Nietzsche estudió la fantasía infantil del parricidio.
La obra dispone de una minuciosa semblanza, con detalles singulares, de Eugenio Matijasevic, médico y filósofo, sobrino suyo. Hace memoria desde la infancia que tuvo la ocasión de estar cerca de Arcila y ser influido por él en la lectura, los análisis, la discusión, e incluso en el juego de ajedrez. Cuenta con detenimiento la conformación de su selecta biblioteca, conformada por volúmenes de poesía (con Neruda, Machado, Rilke, Goethe, los poetas franceses, etc.), la narrativa (Kazantzakis, Shaw, Mann, Zweig, Camus, Cortázar, Borges, Huxley, todo Conrad, etc.). Sin falta Montaigne, Voltaire, Rousseau, todo Ortega y Gasset; Galileo, Frazer, Levy-Strauss, Darwin, Lorenz, Monod, etc. En su biblioteca también disponía de la obra de Bertrand Russell (toda), Ayer, Spinoza, Heidegger, Nietzsche, Popper, sin faltar Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Locke, Hume, etc. Conservó cercanía con
librerías Atalaya (Manizales), Buchholz (Bogotá), El Ateneo (Buenos Aires). En música gustaba de Mahler, Beethoven, Mozart, Debussy, Bartók, Saint-Saëns, etc. También gustaba de los tangos, milongas, pasillos, bambucos.
Su biblioteca tenía singular dinámica, con libros que revisaba una y otra vez, con cambio de lugar, y préstamo que hacía a cercanos, comenzando por sus dos hijos, para cruzar luego prolongadas conversaciones acerca de sus contenidos. Matijasevic dice: “Guillermo Arcila tenía la formación de un clásico griego o latino, de un humanista renacentista, de un liberal del Siglo de las Luces francés y de un pensador republicano español.”
Esta magna obra de Arcila tiene ensayos tan singulares como el intitulado “Inconsciente” (1976), en el cual establece con argumentos la hipótesis científica psicoanalítica del inconsciente, surgida en clínica con el tratamiento de la neurosis. Tiene ensayo sobre “Machismo y feminismo”, con el esclarecimiento de representaciones mentales del inconsciente con influencia en la vida consciente de esa relación. En conferencia de él que tuvimos en la Biblioteca Nacional (1984), trató las relaciones entre Heidegger y Freud, en términos de la cotidianidad y el psicoanálisis. Otras singularidades en sus estudios está el examen del pensamiento filosófico en Freud. Igual al adentrarse en el método y la regla fundamental del psicoanálisis.
El libro incorpora el texto de la conferencia que Arcila hizo en la UN-Manizales, justo el día de los 300 años de la muerte de Baruch Spinoza, el 21de febrero de 1977. Conferencia sin texto a la mano, con solvencia de información y de palabra. Se transcribió y se publicó en la Revista Aleph No.159 (octubre/diciembre, 2011), en monográfico que dedicamos al filósofoneerlandés. En ese texto Arcila expone las contribuciones de Spinoza al pensamiento occidental, las cuales dice deben ser sometidas a análisis, por ejemplo al considerar que su pensamiento es continuidad del pensamiento de Descartes; y su aporte del panteísmo, en su famosa frase Deus sive Natura, es decir, Dios o Naturaleza, con abandono de la concepción tradicional de Dios para asumir la comprensión de la Naturaleza en su totalidad. Recuerda la expresión de Hegel: Spinoza no había rebajado a Dios a la categoría de materia, sino que había elevado la materia a la categoría de divinidad.
En esa conferencia Arcila expone que Spinoza lleva el pensamiento hasta las últimas consecuencias, con todos los riesgos que implicaba para la época la identidad que concebía entre Dios y la Naturaleza, con la convicción de anticipar el pensamiento de los científicos de los siglos XIX y XX, con el abandono de la idea de Dios en la actividad científica. Propone que esa visión del panteísmo en Spinoza debería mejor llamarse pannaturalismo, por la igualdad que se represente entre Dios y la Naturaleza. Asimismo, expone las concepciones determinista y de causalidad en el pensamiento de Spinoza. Encuentra afinidades del pensamiento psicoanalítico de Freud con el pensamiento spinozista, en la afirmación que todos los fenómenos psicológicos están determinados por otros fenómenos psicológicos. En cuanto a la concepción de libertad en Spinoza, identifica en sus palabras: “ser libre es determinarse por causas inmediatas que están dentro de la propia organización de cada uno.”
Hay un ensayo de Arcila dedicado a examinar la regla psicoanalítica fundamental (“Puntualización sobre la regla psicoanalítica fundamental”, 1980) como base de la práctica psicoanalítica, en retorno al problema de la técnica analítica, es decir, el vencimiento de la resistencia. Pero ¿cuál es esa regla? Se trata de conseguir por parte del analista que el paciente no rehúse la comunicación de ninguna idea, por insignificante o absurda que sea, sin ceder a las propias objeciones críticas, las cuales suelen producirse. Arcila complementa esta comprensión al expresar: “la regla fundamental habría de completarse diciendo: comunicarlo todo, a pesar de que yo (el analista) lo considere insignificante, insensato, ajeno al tema o desagradable en alguna forma.” La exposición analítica conlleva las referencias a Freud en sus casos de tratamiento de pacientes, lo que incluye el asomo de intuiciones en el analista expuestas al paciente en los conflictos con la regla, con la condición del respeto a las resistencias del paciente. Se trata de una cuidadosa lección a quienes se forman en la disciplina del psicoanálisis.
Judith Lastra, en la juiciosa Presentación, recuerda las tres cosas que lo hacían sentir orgulloso: ser ateo, ser psicoanalista y ser freudiano. Y Matijasevic recuerda los cinco cimientos de la Universidad que Arcila solía mencionar: 1. Los orígenes medievales como comunidad de docentes y dicentes; 2. La reforma universitaria de Wilhelm von Humboldt, como educación libre y humanista; 3. El grito de Córdoba (1918), con libertad de la tutela religiosa y política; 4. La “Misión de la Universidad” de Ortega y Gasset por la formación integral, más allá del especialismo y el cientifismo, para evitar que el científico “fuese sólo un bárbaro que sabe mucho de una cosa”, y 5. El libre examen. Cuestiones vigentes en estos tiempos que corren.
Como escritor Arcila se ocupó en especial del ensayo científico y del filosófico, en grata imbricación. Pero también tuvo asomo con la escritura feliz de poesía. Su primer atisbo lo tuvo en el bello escrito en las solapas de “Azul definitivo” (Ed. Imprenta Departamental, Manizales 1965), el primer poemario de Dominga Palacios (Emma Gutiérrez, quien fuera su esposa), una obra de ruptura, en la vanguardia. Allí dijo:
“… El vocabulario esquiva delicadamente los lugares frecuentes por la poesía. Esta depuración en el manejo verbal da la impresión de un rebuscamiento voluntario. La expresión poética inevitable llega a ser momentáneamente amarrada y constreñida por medio de un giro del verso de tono intelectual, humorístico o frívolo, pero la fuerza del sentimiento contenido es tal que rompe el férreo encarcelamiento y se escapa en un verso que nos sacude profundamente./ El hecho de que la poesía no se despliegue como un abanico pero aparezca así refrenada nos da la impresión, como lectores, de haber perdido piso poético. Sinembargo, estamos ciertamente lejos de la prosa. Perplejos, respirando una atmósfera enrarecida e incalificable, vemos saltar en una flor o un llanto o un hastío, la otra cara de Dominga Palacios: el pudor de la poesía./… El mundo de Dominga Palacios no es de monstruos malignos e ideales o ángeles en combate, sino el contacto dolido y amoroso con lo que vive y muere sin público en el propio corazón. Por eso, Azul definitivo escapa intencionalmente a lugar y época.”
Ocurre que luego me entrega personalmente una carta manuscrita (Aleph-25, 1978; p. 8), con casete de una selección de poemas suyos en la propia voz, los cuales transcribo y se publican dieciséis numerados, al amparo del título “Poemas del invierno” (Revista Aleph No. 25, 1978; pp. 9-14). En el mensaje me dijo: “Te envío una selección de pequeños juegos verbales de mi colección Poemas del invierno. Son una nota discordante dentro de mi actividad intelectual, como otras más, pero aprovecho la escasa circulación de Aleph en el gran público para mantener así la seguridad de una vaga clandestinidad poética.” Y en mis tiempos del rectorado en la Universidad de Caldas publicamos en libro esos poemas, con el mismo título (Poemas del invierno; Centro Editorial, Universidad de Caldas, Manizales 2021), en el cual escribí como prólogo lo siguiente:
“Este poemario recoge una de las varias facetas de Guillermo Arcila-Arango (1919 – 1998), médico, psicoanalista, profesor, humanista integral e íntegro, cuya eminencia intelectual debiera brillar hoy en los claustros como paradigma de vida universitaria.
“Como alumno que fui en la carrera de ingeniería civil (1962-67), se me aceptó en simultaneidad como oyente libre en el programa de Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas, donde pude avanzar en lecturas y comprensiones en la compañía grata de profesores y amigos que siempre recordaré. Allí fui alumno, por ejemplo, del doctor Guillermo Arcila-Arango, en la cátedra de Psicología, que recibíamos en antigua sede de la Alianza Colombo-Francesa de Manizales, por la calle 25, abajito de donde él tenía su consultorio haciendo esquina con la carrera céntrica, la 23. También regentaba la cátedra de Psiquiatría en la anterior Facultad de Medicina.
“La clase nuestra comenzaba a las cinco en punto de la tarde como en el poema de Lorca. Él entraba al aula con un halo de respetabilidad que generaba su figura: estatura alta, pelo entrecano al desgaire, nariz acentuada y su infaltable cigarrillo entre los labios. Hablaba como iluminado entre volutas de humo, sentado en silla escolar mirando hacia una pared, pero con intervalos breves e intensos de cierre de ojos con lo que significaba la meditación profunda, sin dejar el hilo de la palabra. Todos en silencio le escuchábamos con la admiración que producía el saber que demostraba en sus disertaciones, sin papel en mano. Un tic, el infaltable ¿no ?, se deslizaba en su discurso al momento de mirar a los alumnos. Y continuaba por una hora sostenida y la audiencia, casi sin respirar, tomábamos notas de continuo.
“El destino lo llevó al rectorado de la Universidad de Caldas a mediados de los setentas por designio presidencial, período de dirección que también compartimos desde la Universidad Nacional en Manizales. Era tal su visión de Universidad que conjuntamente creamos la “Oficina interuniversitaria de asuntos culturales”, identificada con la sigla OIAC, con suma de precarios recursos financieros de ambas instituciones pero con realización multiplicadora muy importante, gracias a un ambiente dinámico que se despertó en el campus, también compartido, animado en lo fundamental por los estudiantes y entre éstos, con el mayor dinamismo, por el “Cine-club Jorge-Iván López” (los muchachos del recordado Teatro Nickel Odeón) y por los compromisos de vida diaria en la prestación del servicio con idea magnánime de Cultura.
“Acontecimientos que habrá que examinar con cabeza fría interrumpieron abruptamente la gestión rectoral de Arcila-Arango, la que no dudo en calificar de las más comprometidas y lúcidas en la historia universitaria de la región y del país, guiada con sabiduría filosófica, sin banderas ideológicas o partidarias. Pasados los años, no sin timidez, debido al silencio desobligante que ha rodeado su paso por la dirección del Alma Mater, el Consejo Superior decidió identificar con su nombre la biblioteca de la Escuela de Medicina, ya que en vida no se tuvo el valor civil de reconocerlo.
“Dialogante fue de los clásicos griegos y latinos, y en especial se ocupó de la reflexión sobre las obras de Freud, Heidegger y en la vida diaria de Baruch Spinoza, autor sobre el cual llevó un seminario inigualado en la Escuela de Filosofía. El librepensamiento era la razón de ser de su discurrir intelectual y de su acción. Con injusticia pasional lo vapulearon, desde la derecha y desde la izquierda, pero el tiempo lo ha ido rescatando de ese ostracismo tan frecuente con el que, en ambientes parroquiales, se estigmatizan la independencia y la reciedumbre. Recordar en estos momentos a tan esclarecido profesor y eximio pensador, es atreverme a romper la cortina de humo que con injusticia se tendió entre él y la propia comunidad.
“Es tiempo de recuperar, para publicarla en varios volúmenes, su obra escrita que permanece inédita en cuadernos y libretas, o la publicada en revistas especializadas de filosofía y psicoanálisis [Lo cual ya ocurrió con el libro, en comento, “Guillermo Arcila-Arango – Escritos psicoanalíticos 1962-1994; SPFC, Bogotá 2022”].”
De George Steiner se publicó en 2012 un libro, “La poesía del pensamiento – Del helenismo a Celan”, donde se ocupa de establecer las relaciones entre poesía y filosofía, desde los comienzos de estar articulada al canto en el lenguaje simbólico para expresar ideas que iban surgiendo, con las debidas metáforas. Estudia los nexos entre la argumentación filosófica y la expresión literaria, desde los presocráticos, con paso por el desprecio de Platón por la poesía, pero en lo consistente de siempre la estructura del pensamiento haber sido determinada por la poesía.
En Arcila hay un contraste marcado entre sus ensayos y la poesía. En los primeros es el rigor del razonamiento, los argumentos, la fidelidad a la concepción fundacional del psicoanálisis freudiano. En la poesía despliega sentimiento con acción metafórica, incluso trasluce el amor de compañía inevitable, el apego y el desapego, la soledad, la nostalgia, la moderada alegría, la idea de frustración, la despedida en lo luctuoso del florero, la inquietud de ser con permanencia de imágenes, el fuego sin luz, los tortuosos senderos, el caminar ondulante envuelto en la niebla o entre nubes, el disoluto sueño de la eternidad, “… / Venus es un astro luminoso/ y gélido/ como una sortija en las ramas/ de los eucaliptus/…” He aquí el poema “5” (Aleph-25, 1978; p.10):
En la cumbre de la soledad
no hay más que frailejones
y sábanas blancas
que envuelven limpiamente
un cuerpo
sin más pensamiento
que el de las alturas
vacías e infatigables
sin oxígeno
sin respiración
sin aliento
mudamente azul
En 1978 Guillermo Arcila reunió sus “Poemas del invierno – Selección”, 31 en tipografía de máquina de escribir, y seis más intercalados en manuscritos autógrafos, para un total de 37; e hizo unos ejemplares en fotocopia para algunas personas de su cercanía. En ese volumen puso una Nota Preliminar: “…/ Cabe destacar la facilidad de su producción real y la rapidez de la entrega a algunos lectores; y la tendencia, ya en el material del mismo, a la organización (o desorganización) onírica de las representaciones para volatilizar el dolor de un pensamiento meramente discursivo./ Obviamente, el título general (“Poemas del Invierno”) y la aparición iterativa de ciertas imágenes nos indican también que fue escrito en un mes de abril lluvioso, bajo la presión dañina de una fecha quizá arbitraria./…”
Hacia septiembre de 1998, un mes antes de la muerte de Arcila, su sobrino Eugenio Matijasevic-Arcila, el más cercano en encuentros, tuvo con él una aplazada reunión donde se habló del sufrimiento y de la muerte, como algo premonitorio. Eugenio escribió luego un apreciado texto con el título: “Una memoria – A manera de semblanza”, intercalado con citas de Jorge Manrique, Antonio Machado e Hipócrates. En él se refiere a la preocupación intelectual y profesional en su oficio de psicoanalista sobre el sufrimiento, que consideró como hilo conductor de la vida de Guillermo. En ese diálogo dio la impresión de no tener mucho tiempo, al considerar no tener temor de morir y haber hecho todo lo que quiso hacer, con una vida cumplida, pero seguía con sus trabajos “de llenar de sentido y de proyectos las vidas de otros mientras la suya, sin que ninguno de los dos lo supiera,… se acercaba a su fin.”
Más adelante, en ese texto, Matijasevic se refiere a los “Poemas del invierno”, y dice: “Estos poemas tampoco son… una transcripción en vivo y en directo de figuraciones oníricas en pleno invierno. Más que todo son una traslación
hacia el mundo exterior de las vivencias interiores de una persona que sabía muy bien, incluso cuando afirmaba lo contrario, que las fechas no son arbitrarias, puesto que nada es arbitrario y que tampoco las imágenes oníricas son arbitrarias, sino portadoras de un profundo sentido que resulta necesario develar si queremos ganar la libertad interior.” Al terminar, considera que esos poemas hacen parte de su vida misma, una vida dedicada a la medicina, al psicoanálisis y a la filosofía. Y les da sentido al estimar que hacen parte de su continua indagación sobre el sufrimiento humano y en lucha contra él.
En el poema 26 de la selección del propio autor, dice:
Nadie cree que el pasado
está ya pasado
Nadie cree que el futuro
está ya cumplido
Los recuerdos y las esperanzas9
nos devoran
en dimensiones ficticias
hacia estaciones sin pido
convirtiendo en instante puro
la plenitud alargada del mediodía
Y los párpados caen livianamente
sobre nuestros ojos
para abrir la ventana de los sueños
y nuestros músculos son por fin
lana escarmenada
Se trata de Guillermo Arcila-Arango, una personalidad de la ciencia, la filosofía, las letras, el humanismo. De ejercicio académico, para el diálogo, con capacidad de escuchar y construir desarrollos constructivos en la conversación. ¡Honor a su memoria y a su obra!

Guillermo Arcila-Arango