Del sentido de la Otredad. Razón y medida de la esencia humana
Si se quiere evitar el deterioro total de los principios que dan soporte y reconocimiento a la dignidad humana es imprescindible adoptar una directriz ideológica, basada en un concepto claro de lo que significa la Otredad y su papel histórico como determinante de la esencia misma del hombre y de su evolución mental. La sociedad actual, víctima de las tendencias neoliberales, propias del desarrollo desmedido del capitalismo, ha caído en un egocentrismo inmoderado que le impide tener conciencia del valor del otro y de su rol en la realización del ser humano. Estas circunstancias justifican el propósito de las reflexiones que aquí exponemos, tendientes a demostrar que la otredad, además de fenómeno sociológico, corresponde a una visión según la cual se concibe al otro como fuerza decisiva en el devenir del hombre desde todos los ángulos: en lo mental, en lo económico, en lo social, en lo cultural, en su propio ser, fenómenos éstos que, en realidad, no obedecen a la acción limitada del individuo sino a la permanente interacción de unos con otros.
Partiendo de la idea de que el pensamiento individualista no había de ser fiel a los criterios humanistas que lo caracterizaron en el momento de su gestación, por cuanto se convirtió en soporte ideológico propio de una clase social, evocamos las propuestas filosóficas altruistas que se fundamentaron en la consideración del Otro para interpretar y comprender la condición humana. Luego procedemos a hacer la presentación de un concepto claro de otredad, de su función en la proyección humana y de su valor insospechado para nuestra llamada modernidad; sustentamos su función innegable en el proceso de la producción artística, literaria e histórica, y consecuentemente hacemos énfasis en lo que sería, desde su perspectiva, una concepción de la educación, opuesta, por principio, a la educación de corte individualista y utilitarista que se ha venido impartiendo por mucho tiempo en nuestras instituciones educativas.
Nuestra sociedad se ha guiado generalmente por criterios emanados del pensamiento del siglo ilustrado, reconocido como el Individualismo, base de la ideología burguesa liberal, con hondo germen en el Humanismo Renacentista, haciendo abstracción teórica de la función del otro en el desenvolvimiento mismo del hombre. Por estas razones la educación ha llevado a considerar al individuo como la fuente de acción, de pensamiento y de todo desarrollo, ignorando el papel de la interacción de los grupos sociales como generadores de conocimiento y de progreso para la colectividad y para el mundo en todos sus ámbitos vitales.
Esta perspectiva ideológica, surgida del Humanismo y perfeccionada con el Nuevo Humanismo, dado por la Ilustración Europea, ha marcado decididamente el acontecer mental de la llamada cultura occidental. El reconocimiento al valor del hombre y a la dignidad que le asiste como tal se convirtió en legado para la historia de la humanidad y sus repercusiones siguen siendo determinantes en el destino de los pueblos. Pero también es claro que la interpretación de esa visión individualista del mundo, acomodada a intereses de clase, y la equivocada aplicación de la misma en la vida social desvirtuaron la concepción humanista originaria. De este modo habría que decir, sin lugar a duda, que la Revolución Francesa se convirtió para su avenir en un sacrificio malogrado, por el desconocimiento flagrante de los principios de respeto a la dignidad humana que la habían motivado.
Según lo anterior es fácilmente explicable que para los tiempos que estamos viviendo, nos encontremos en una profunda crisis en materia de definición de nuestras ideas y por consiguiente en materia de identidad mental, y que, por lo mismo, el hombre deba encaminar sus esfuerzos hacia un replanteamiento de sus orientaciones ideológicas, no con base en el criterio individualista sino sobre el fundamento de un humanismo renovado, basado en el reconocimiento del otro como razón de su ser. Es algo que nos enseñaron corrientes de pensamiento como el cristianismo, el marxismo, y grandes actores y pensadores de la humanidad: filósofos, escritores, artistas, etc. Ideas que desafortunadamente han sido tergiversadas y convertidas en beneficio de sectores sociales de élite en lo económico o en el manejo del poder, por efecto del dominio del pensamiento liberal. Así, el mensaje cristiano se convirtió en religión y el marxista en partido, quedando desfigurados sus fundamentos ideológicos. Son éstos los que interesa rescatar, porque es claro que ni el individualismo corresponde a una concepción humanista correcta del hombre, ni sus principios, planteados con sabiduría por los filósofos de la Ilustración, fueron objeto de respeto y guarda por parte del mundo burgués.
Es entonces pertinente exponer en este momento lo que consideramos sería una visión del mundo basada no en los criterios individualistas sino en el principio de alteridad universal. Esta perspectiva ofrecería una mayor claridad del ser humano y de su evolución con el implacable paso del tiempo. En no pocas ocasiones se nos ha expuesto el concepto de otredad como el reconocimiento del otro, el respeto que se le debe, la admiración de que es objeto por el solo hecho de ser humano, y hasta la compasión y solidaridad que inspiran sus dificultades. Todo esto es válido, pero no suficiente para darnos la verdadera dimensión de lo que corresponde a una concepción clara de la Otredad como explicación profunda de la realidad del hombre y de su papel en el universo. Es por esto que, como fundamento de nuestras reflexiones sobre el tema de la otredad, asumimos este esfuerzo académico proponiendo una noción de lo que es en esencia el concepto sobre el que se sustentan mayormente las tendencias altruistas de la humanidad con una perspectiva más coherente con la realidad del desarrollo mental y social.
La Otredad, más que lo arriba dicho, corresponde en realidad a esa presencia inconsciente pero sentida y a la vez inevitable y sagrada del Otro en la realización de todo ser humano en su esencia profunda; es esa interacción intangible que determina que sea el Otro la verdadera medida del ser mismo del hombre, porque todo humano es y sólo puede ser gracias a esa imprescindible alteridad, a esa imperativa presencia del Otro, sin la cual sencillamente dejaría de ser. Este proceso, aunque inconsciente, se realiza a plenitud en el acto de la comunicación. La realización del hombre en su humanidad plena se cumple en la comunicación con el otro, así sea en el contacto individual como en el colectivo, en el real como en el virtual. En estos diversos tipos de interacción hay también que tener en cuenta que la naturaleza de la relación de alteridad es diversa, según el complejo campo de contactos que se producen entre los hombres. Todas esas relaciones contribuyen a marcar y a matizar el fenómeno de las influencias de diverso orden entre los humanos. Sin embargo, es bien claro que la comunicación verbal en presencia equivale a la mejor interacción con los demás y de ahí que sea la más conveniente en el proceso de formación de los educandos en el ámbito escolar. Más adelante nos detendremos sobre este aspecto.
Ahora bien, en cuanto a lo que se entiende por “visión del otro” hay que señalar que corresponde a un aspecto que lleva a consideraciones de valor sobre las apreciaciones que se tienen de la alteridad en los diversos espacios culturales de la tierra, sobre los mitos y estereotipos que se forman con relación al otro y sobre las influencias de orden cultural que se dan, con sus virtudes, que vale la pena aprovechar, y también con sus vicios, que hay que evitar, en aras de la preservación de la identidad sociocultural en cada país o región de la geografía. Esta temática contribuye profundamente a hacer claridad sobre la naturaleza de la otredad y de su función en el desarrollo cultural y social de los pueblos del orbe, tocando de lleno los aspectos de carácter comparativo en el plano de las fuentes y de las influencias en la producción intelectual y artística. Por razones de nuestro objetivo trazado, sólo hacemos mención de este aspecto para señalar que es de importancia ineludible en el estudio de temas decisivos en las relaciones interculturales de los pueblos y naciones.
En épocas de antaño, cuando no se tenía noción de la existencia de muchos grupos humanos, simplemente eran grupos que no existían para otros ni éstos para aquéllos. Pero desde el momento mismo de sus descubrimientos, la relación de alteridad marcó para unos y otros su esencia misma. Su sola presencia sobre la tierra hizo que tanto los unos como los otros ya no volvieran a ser los mismos de antes.
Estas reflexiones nos permiten proponer que el desenvolvimiento de la humanidad, su desarrollo en lo económico, en lo social, en lo artístico, en lo político, en lo cultural, en lo científico, en todos los aspectos de su existencia, en su esencia misma, sólo pueden tener como fundamento el concurso de ese fenómeno llamado la otredad. No se puede fundamentar todo este mundo de desarrollo en el concepto del individualismo. No se puede por el simple hecho de que por sí solo el individuo es incapaz de cualquier tipo de producción.
Al referirse a los derechos del hombre, el pensamiento liberal quiere relevar la importancia del individuo dentro de la sociedad, pero no hace hincapié en que, al hablar de libertad, de igualdad y de solidaridad, estos aspectos sólo adquieren valor en las relaciones que determinan la vida dentro de los grupos sociales. Sólo se puede ser libre, solidario o igual con relación a otros, lo que da claridad a la importancia que le asiste a la alteridad como criterio de vida.
Entonces, está bien que se promulguen los derechos del individuo y además que se le respeten, pero muy a sabiendas de que ese individuo debe su esencia y su existencia a los demás y se hace acreedor a esos derechos, gracias a la presencia de sus semejantes y a su interacción con ellos. En consecuencia, no se le puede considerar como la fuente de acción y de pensamiento porque no lo es por sí solo. La fuente de todo progreso, de toda generación de pensamiento, radica en la relación de otredad y de acción del ser humano con sus semejantes.
Para una mejor sustentación del fenómeno, tomemos como ilustración un ejemplo sencillo que nos encamina ya por los senderos de la literatura y nos hace comprender, además, hasta qué punto nuestra mente está determinada por criterios individualistas que se apartan en buena parte de la realidad de las cosas y que se deben rectificar. –- Si queremos inquirir por la fuente productora de una obra maestra de la literatura, se nos da como respuesta el nombre del escritor considerado como su autor. Y una vez recibida la información quedamos satisfechos, sin advertir que la producción de un texto literario de ninguna manera puede originarse sólo en la mente de un individuo. El artista, como tal, da forma a una obra (y en esto él debe ser plenamente libre, sin ataduras mentales de ningún orden) y de este modo se convierte, no en creador, sino en intérprete de unas estructuras ideológicas que dan coherencia a un grupo social en cuyo seno se generan las inquietudes mentales que a su vez se convierten en la estructura profunda del mensaje del texto literario. Este mensaje, tratándose de una obra de ficción, corresponde a lo que se denomina modelizante secundario del lenguaje, es decir, a su valor connotativo. Aunque es de suponer que el valor semántico de ese lenguaje corresponda a las estructuras mentales del escritor, curiosamente ese segundo significado del lenguaje, esto es el mensaje en sí, en algunos casos no corresponde cabalmente a los criterios ideológicos del escritor, pero sí e inevitablemente a los de un grupo social. Fue lo que ocurrió con la obra de Balzac en el siglo XIX en Francia. La Comédie humaine de Balzac resultó ser antimonárquica, una sátira a la clase noble, cuando su autor tenía cierto gusto por el régimen monárquico, por la aristocracia francesa. Esto demuestra que las estructuras profundas de la obra, o valor semántico de sus contenidos, no son producto neto de las ideas individuales del escritor, sino que provienen de los esquemas mentales que dan coherencia a determinado grupo social. Entonces cuando se quiera indagar por el creador de la obra Père Goriot, podremos asegurar que Balzac la habrá escrito, pero nunca sería válido asegurar que haya sido por sí solo su productor. Hay que señalar, por otra parte, que Balzac, como individuo, fuera del contexto en que vivió, de ninguna manera habría podido escribir Père Goriot. Habría escrito cualquier otra obra como artista que era. De la misma forma podemos referirnos a toda producción literaria representativa con alcance y fortuna de obra maestra.
La obra literaria como producción artística es entonces un ejemplo claro de que no es el individuo la base de su producción, sino que es el producto de esa relación mental constante que da solidez a la existencia de un grupo humano[1].
De manera similar hay que hacer alusión a la producción de los relatos históricos. Éstos, se estudian generalmente en las instituciones académicas como un producto puramente intelectual atribuido a un individuo, el historiador, ignorando el proceso productivo de su creación al que no son ajenas las condiciones económicas, sociales e ideológicas que condicionan la vida de la sociedad. El profesor Enrique Florescano es muy puntual en este aspecto al opinar que se desvirtúa el valor de la obra histórica cuando el historiador mismo atribuye el fruto de la búsqueda a su capacidad individual, a su ingenio, y la presenta haciendo abstracción de todo el componente social que interviene en el proceso de producción del texto histórico[2].
El historiador realiza un trabajo de observación y de reconocimiento de otros seres humanos y su papel debe estar ceñido a los principios de aceptación y de respeto por los demás. Al respecto el profesor Florescano señala en su libro:
“…estudiar el pasado supone una apertura a otros seres humanos. Nos obliga a … familiarizarnos con condiciones de vida diferentes a las propias. … el oficio de historiador exige una curiosidad hacia el conocimiento del otro, una disposición para el asombro, una apertura a lo diferente y una práctica de la tolerancia.”[3]
La producción de carácter histórico, igual que todo tipo de producción intelectual es fruto de la interacción de los grupos sociales especialmente en lo ideológico y el historiador se mueve dentro de ese ambiente mental para interpretarlo y darle forma a la transmisión de esa justa visión de los acontecimientos. Por otra parte, como lectores no hemos de limitarnos a la recepción de los acontecimientos relatados, sino que éstos deben ser objeto de permanente análisis sobre la base de la evolución y de la variación de las orientaciones mentales que rigen los grupos humanos con el curso del tiempo.
Estos ejemplos sustentan cómo en el éxito de cualquier empresa, hay que admitir que es el concurso de los grupos humanos el que conduce a buen término el cumplimiento de todo proyecto de gran magnitud. Como resultado de la visión individualista del mundo muchas de las grandes obras de ingeniería que se producen en el mundo, por ejemplo, son atribuidas a individuos, generalmente en ejercicio del poder político, cuando esos individuos, mandatarios de alto rango, seguramente no habrán podido contribuir con el más mínimo trazo de las obras en mención. Con sobrada razón, no pueden ser atribuidas a ningún tipo de individualidad en estos casos. No son en efecto el fruto exclusivo de la habilidad de su arquitecto y menos de la del gobernante que quizá las haya autorizado. Son el fruto de una compleja red en la que se entreveran los grupos humanos de toda la escala social. No de otra forma se habrían producido.
Ahora bien, arriba hemos hecho alusión al mandamiento de Cristo y al pensamiento Marxista como corrientes que han tenido en cuenta el valor del próximo en la vida de la humanidad. Por ello conviene hacer claridad en la importancia de la otredad como ideología. El cristianismo primitivo desarrolló su actividad social bajo el mandamiento de Jesús el Nazareno, el mandamiento del Amor, el mandamiento de la solidaridad humana, con miras a una sociedad justa, equitativa y armoniosa. Era obviamente una propuesta con matices muy “socialistas” que no convenía a los intereses del Imperio Romano y que contradecía las jerarquías y los dogmas que soportaban al judaísmo, pero que siguió siendo difundido, predicado y puesto en práctica por los seguidores del Maestro. Así el mandamiento se mantuvo sólido hasta el momento en que la Iglesia cobró poder económico y político en la Edad Media, cuando los primeros Carolingios en Francia le otorgaron el Vaticano como Estado independiente y autónomo. — Desde entonces la Iglesia sigue “predicando” el mandamiento de Cristo… —
Otra perspectiva nos ofrece el pensamiento marxista. Si éste fue desvirtuado en provecho de intereses también mezquinos, hay que reconocer que en el campo intelectual ha tenido una gran fortuna, en la medida en que ha servido como fundamento a la explicación de los fenómenos mentales y artísticos, sobre la base del reconocimiento del grupo social, y por ende sobre la base del valor del otro. La visión de Marx corresponde a un análisis del desarrollo histórico y a una propuesta revolucionaria en el sentido de proponer también para la humanidad una sociedad equitativa, justa y armoniosa, en la que los aspectos mentales llegaran a ocupar su interés, por encima de los afanes materiales y económicos. Al respecto Erich Fromm señala que:
“El fin de Marx era la emancipación espiritual del hombre, su liberación de las cadenas del determinismo económico, su restitución a su totalidad humana, el encuentro de una unidad y armonía con sus semejantes y con la naturaleza.”[4]
Más adelante Fromm, haciendo referencia a la conciencia humana, cita a Marx en estos términos: “La afirmación clave es ésta: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.””[5]. La propuesta socialista de Marx concibe el respeto y la valoración del individuo, como elemento interactivo dentro de la estructura social, reconociendo de esta forma la función esencial del otro. Función que se ejerce desde la relación entre individuos o entre grupos sociales.
Corrían los tiempos del Siglo XIX, y ya estaba bien fundamentada la posición de la clase burguesa en el proyecto económico que sustentaba sus perspectivas mentales. Era fácil observar que su visión economicista conducía a una negación de sus primeros orígenes revolucionarios y a una explotación de la masa trabajadora en pro del progreso privado y utilitarista de su grupo. Surge entonces un nuevo sector social, el explotado, que al mismo tiempo corresponde a una clase con fuerza mental coherente, por ser el grupo portador del conocimiento en el manejo de la producción industrial. Se trataba del proletariado en el mundo. Marx así lo comprendió y lo concibió como la promesa de cambio para la sociedad del futuro. Tenía claro que la clave de mejoramiento social estaba en la acción del grupo. Ya no se trataba de sublimar el rol del individuo sino el concurso de unos con otros en la construcción del progreso. Era entonces evidente que los fundamentos del Humanismo, los criterios de la Ilustración, la Revolución Francesa y la consolidación de la clase burguesa, el pensamiento individualista mismo, todo correspondía paradójicamente a un fenómeno, no de individualismo sino de interacción social, en el que el individuo no podía ser más que una pieza del engranaje, y que todo tenía fundamento en la interacción constante con el otro. La visión del proletariado como nueva clase social capaz de conducir a los países a la conformación de sociedades más justas, más ecuánimes fue efectivamente lo que dio impulso al humanismo marxista, humanismo que a todas luces proviene de toda esta larga experiencia humana, interpretada sabiamente por el filósofo y generadora de las teorías socialistas.
La idea fue válida, mientras no se hizo del marxismo un dogma en el terreno político. Fue válida hasta el momento en que se reinstauró, bajo el estalinismo, el culto al individuo, algo completamente contradictorio al pensamiento marxista, en el que expresamente se reprobaba tal actitud. Ideológicamente se desdibujó el proyecto del pensador alemán; se malinterpretaron sus principios teóricos y se irrespetó el valor de ciertos sectores sociales; se desconoció al otro y con ello los fundamentos humanistas del pensamiento marxista.
Desafortunadamente los resultados finales de las dos grandes guerras no estimulaban en nada el buen entendimiento de las naciones por las profundas heridas ocasionadas, por la aparición del primer dominio bélico sobre la tierra luego de la Segunda Guerra, y con él, el primer terrorismo mundial, el atómico, que con su poder mortífero se permitió ver al otro, no como objeto de reconocimiento sino como eventual objeto de destrucción. No menos deplorables en ese sentido fueron los hechos que caracterizaron al casi medio siglo de extensión por el mundo de la llamada Guerra Fría, y últimamente el fenómeno del terrorismo generalizado de parte y parte por desavenencias que no lo justifican y por intereses mezquinos desprovistos de todo sentido humanista. Estos fenómenos han dividido al mundo; han fomentado el individualismo, la intolerancia y la violencia, justamente por desconocer en el otro la razón de la dignidad y la grandeza humanas. Y sin embargo, aún en la violencia y en ese individualismo exacerbado es el otro el detonante esencial.
Las conclusiones marxistas, como hemos anotado, han tenido aplicación en prácticas de orden intelectual, cuando, al hacer el estudio sociológico de la producción mental y artística, se tiene en cuenta el papel del grupo social, cualquiera que sea, como verdadera fuente de creación. Es el caso de las teorías sociológicas de Lucien Goldmann, propuestas en su Estructuralismo Genético y que, sobre el fundamento marxista, plantean una visión crítica para el análisis de la producción intelectual y artística de alta calidad[6]. Por otra parte, hay que reconocer que también la Teoría de la Recepción Literaria, propuesta por la escuela de Constance, tiene en cuenta, como clave para la existencia, vida y fortuna de la Literatura, la visión de dos: el escritor y el lector. Donde falte uno se extingue necesariamente la existencia del otro, porque la obra no puede ser. La vida de la obra literaria depende necesariamente de la acción complementaria de los dos.[7] Esta visión analítica, perfectamente válida, no obvia, a nuestro modo de ver, el componente social, inspirador de las estructuras semánticas de los textos artísticos, planteado por el Estructuralismo Genético goldmaniano.
Los textos literarios de importancia, como testimonios que son de la vida mental e íntima de la humanidad, son susceptibles de diversas formas de estudio igualmente bajo variadas perspectivas de alteridad. Además, en el mundo de escritores filosóficos es fácil hallar el sentimiento de otredad como fundamento de sus obras, pero éstos son temas muy variados y de inagotables posibilidades analíticas. No es el caso abordar aquí, ni siquiera a manera de ejemplo, ninguno de esos tópicos por ser materia de estudio muy específico.
El tema de la alteridad, como fundamento de criterios mentales, no ha sido objeto de toda la atención que merece, esencialmente en el medio educativo. Éste es el terreno propicio para dar a las nuevas generaciones una perspectiva diferente de las concepciones individualistas que dan soporte al pensamiento neoliberal, deshumanizante, generador evidente de la crisis que afronta la sociedad en materia de respeto y de tolerancia con relación a los demás.
Si la comunicación es el medio por excelencia que permite la realización del hombre con los demás, sería natural que los procesos educativos tuvieran este principio como fundamento de su acción pedagógica. Pero no es así, los intereses de la empresa capitalista desconocen de plano esta verdad y desvían la tarea educativa hacia fines puramente economicistas y deshumanizantes. El concepto de educación que emite Savater en su libro El valor de educar, donde la concibe como “la vinculación intersubjetiva del individuo con otras conciencias”[8], no tiene cabida en el concepto utilitarista que de la educación tiene de la sociedad capitalista acorde con su afán productivo – consumista.
Surge la inquietud de que la educación actual, estando como está, sólo al servicio del progreso material, como dice Estanislao Zuleta, no corresponde a los verdaderos propósitos formativos que debería tener. Zuleta considera:
“…. la educación como la producción de una mercancía que denominamos fuerza de trabajo calificada que tiene una demanda en el mercado” … “La educación se ocupa de preparar a los estudiantes para intervenir en las distintas formas de trabajo productivo en los diversos sectores de la economía” … “Lo importante no es que piense o que no piense (el empleado) sino que haya logrado manejar determinadas habilidades”.[9]
Los educandos de hoy se están preparando para un oficio, pero no para ser personas de honor, que puedan encontrar su propia identidad en la presencia de su semejante. La educación no está dando ni formación ni conocimiento amplio. Está formando con frecuencia robots, que saben casi todo de una cosa e ignoran casi todo de todas las demás. Conviene aquí también tener en cuenta que, con las ventajas que pueda tener la educación a distancia, poco será lo que podrá aportar al beneficio de una verdadera formación humanista y humana, en la medida en que está concebida sin una perspectiva en la que la comunicación juegue el papel de fondo en la construcción de valores mentales del ser humano. Desde esa óptica los sistemas instructivos no representan un paso significativo hacia la valoración del otro y consecuentemente tampoco hacia el conocimiento y reconocimiento de sí mismo.
Por otra parte, la adopción de modelos educativos importados a principios de la década de los años setenta, que nos trajo el sistema de créditos, ha sido un desacierto del que estamos pagando severas consecuencias, por cuanto, además de hacer de la educación un verdadero mercado, desdibujando en ella su grandeza, ha roto en buena medida la comunicación dentro de la colectividad de educandos, privándolos del derecho a realizarse en la discusión e intercambio de opiniones, con lo que se ha desfavorecido la producción en el orden intelectual y el buen desarrollo del conocimiento, y se ha desarticulado el movimiento pensante, crítico y creativo de ideas, con repercusiones negativas para la educación posterior. Es decir que se ha truncado en gran parte la buena marcha del país, porque un país sin un movimiento crítico estructurado mental y moralmente es un país enfermo de muerte[10]. Las consecuencias están muy a la vista, no pueden ser más elocuentes. Las explicaciones salen sobrando.
La visión que se tiene de la educación en la actualidad desde las altas esferas del Estado mismo está lejos de corresponder a un proyecto de formación del hombre con principios que le permitan un comportamiento coherente, respetuoso y solidario con sus semejantes; está lejos de una formación humanista de alta calidad, porque lo que importa es que el educando (el que tenga la suerte de serlo) adquiera un conocimiento para funcionar en la maquinaria productiva acorde con los principios utilitaristas y consumistas del régimen capitalista.
Aunque en el mundo en el que nos desenvolvemos hay que admitir que no se puede escapar a la llamada globalización (poco estimulante ella para las culturas ancestrales de los pueblos, ni para una formación de alto contenido humanista), se puede, de todos modos, aspirar a lograr un mejoramiento en la calidad de la educación nacional, o al menos intentarlo, en aras de la construcción de un pueblo honrado, honesto y con algún sentido de dignidad ante el mundo futuro. De poco sirve el poder económico del gran capital si las gentes de la nación hacen mal uso de él. Al fin y al cabo, hay que admitir que la riqueza de un país está en la grandeza de sus ciudadanos, en su riqueza mental y en su sana convivencia. Donde faltan estos elementos la sociedad está en absoluta decadencia y sus riquezas materiales sólo le servirán para ahondar su pobreza.
No podemos terminar estas reflexiones sin señalar de manera sucinta que la otredad, caracterizada como verdadera ideología, es el fundamento de toda democracia. Esto quiere decir, según inquietudes de Estanislao Zuleta, que el respeto del otro no significa sumisión ni simple aceptación, ni imposición de ninguna naturaleza sino, por el contrario, confrontación de ideas con fines a un convenio saludable en un intento por el acercamiento a la razón por la vía de la discusión inteligente. La razón no está en lo que uno propone, sino que corresponde al resultado del debate. Lo válido está en la resultante del acto de la comunicación que, como ya se ha dicho, permite la plena realización del ser humano y da origen a relaciones de carácter auténticamente democrático.
Democracia, dice Zuleta “…es la disposición a cambiar, disposición a la reflexión autocrítica, disposición a oír al otro.”[11]
Hay que ver, en conclusión, en el concepto de otredad, una concepción ideológica que permite estructurar respuestas claras sobre la esencia y evolución del ser humano en su paso por la vida y sobre la huella que va dejando en todos los campos de su actividad mental, cultural y material. No es la visión individualista la que pueda proporcionar una concepción real del hombre; es la perspectiva generada en la óptica de la otredad y en la función del grupo social la que puede originar estructuras mentales sólidas que permitan interpretar al ser humano en su desarrollo, con una apreciación de su condición en el curso de la historia. Es desde esa óptica además que, mediante una clara conciencia de la imperativa necesidad del otro en la realización de sí, se puede lograr una convivencia armoniosa en la sociedad y un verdadero encuentro con nosotros mismos, con nuestra identidad y nuestro ser. No quisiéramos estar irrumpiendo en los dominios de las utopías.
Bibliografía
BRUNEL p. & CHEVRE. Précis de Littérature Comparée. Paris: PUF. 1989.
FLORESCANO, Enrique. La historia y el historiador. Segunda reimpresión, México: Fondo de Cultura Económica. 2000.
FROMM, Erich. Marx y su concepto del hombre. 18ª reimpresión, México: Fondo de Cultura Económica. 2004.
GOLDMANN, Lucien. Pour une Sociologie du Roman. Paris. Idées Gallimard. 1973.
—————————– Structures mentales et création culturelle. Editions Anthropos, Col. 10/18,1970.
JAUSS, Hans Robert. Pour une Esthétique de la Réception. Paris, Gallimard. 1978.
SAVATER, Fernando. El valor de educar. Barcelona, Ariel. 1997.
ZULETA, Estanislao. Educación y democracia. Novena Edición, Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2009.
Memorias del Primer Coloquio sobre Docencia de Lenguas y Literatura. Manizales: Centro Editorial Universidad de Caldas, 2001.
[1] Ideas tomadas de los planteamientos teóricos del Estructuralismo Genético de Lucien Goldmann expuestas en sus libros: Pour une Sociologie du Roman. yStructures mentales et création culturelle.
[2] FLORESCANO, Enrique. La historia y el historiador. México: Fondo de Cultura Económica, 1997. pp. 45 – 48.
[3] Ibid. p. 68
[4] FROMM, Eric. Marx y su concepto del hombre. México: FCE, 1962. p. 15.
[5] Ibid. p. 31.
[6] GOLDMANN, Lucien. Structures mentales et création culturelle. Editions Anthropos, Col. 10/18,1970.
[7] JAUSS, Hans Robert. Pour une esthétique de la reception. Paris: Gallimard, 1978.
[8] SAVATER, Fernando. El valor de educar. Barcelona, Ariel. 1997. p. 31.
[9] ZULETA, Estanislao. Educación y democracia. Medellín: Hombre nuevo Editores, 2009. p. 25.
[10] Tomado de la conferencia inaugural dada por el autor en el marco del Primer Coloquio sobre Docencia de Lenguas y Literatura, publicada en: “Memorias del Coloquio…” Manizales: Universidad de Caldas. 2001.
[11] ZULETA, Estanislao. Op. cit. p. 80