Marta Traba en las afugias del tiempo
Vida
Marta Traba (1930-1983) es una personalidad singular e histórica en la cultura iberoamericana de todos los tiempos. Ávida de lecturas y de conocimiento desde pequeña. La palabra era de su atracción y de dominio. De conceptos claros y rotundos. Sus pasiones fueron la escritura en narrativa y en crítica de arte. Conferenciante de atractivos por sus maneras de exposición, lúcida y fluida sin falta. Lo que decía en público ya era para su transcripción textual. Viajera incesante. Desde su natal Buenos Aires se empinó por el mundo, con Italia y Francia en sus apegos de formación. En París conoció a su primer esposo, Alberto Zalamea, con quien tuvo dos hijos, Gustavo y Fernando, herederos de su talento, en las artes, las ciencias y el cultivo de la palabra. Por ese vínculo vino a dar a Colombia (1954), donde pronto tuvo acceso a los medios de comunicación, incluida la naciente televisión, y acumuló 17 años de residir en nuestro país. Sus conferencias, entrevistas, artículos, eran provocadores por el despliegue, en ocasiones atrevidos, de valoraciones de artistas visuales y de sus obras. Sinembargo, a ella se debe el descubrimiento y consagración de artistas como Fernando Botero, Alejandro Obregón, Edgar Negret, Enrique Grau, Eduardo Ramírez-Villamizar, Juan-Antonio Roda, Guillermo Wiedemann.

Vivió con intensidad y velocidad, en múltiples labores, con la lectura y la escritura en el centro, como si desde el subconsciente se marcara la fatalidad de morir tan temprano, con apenas 53 años. Su obra es abundante en libros sobre arte, narrativa, columnas de prensa, alocuciones televisivas, clases, conferencias. Vida palpitante, sin mayores holguras para la distracción y el sosiego. Su imagen pública de rigor y drasticidad en los conceptos, se contrastaba con la ternura en la intimidad. Sensible a morir. Con apego a causas ilusas, como desear el cambio de modelo socio-económico en el mundo por la revolución.
Su segundo esposo, de los grandes apegos, fue Ángel Rama (1926-1983), ensayista uruguayo, con quien viajó muchas veces, por compromisos internacionales de él o de ella. Murieron juntos.
Marta Traba tuvo pensamiento forjado en el estudio y en el libre examen de las obras de arte, en contexto de la historia. En alguna ocasión expresó: “La grandeza de un artista reside precisamente en ser ‘el mismo’ a través de las fluctuaciones de una estética, en pertenecer a una época sin sacrificarse a ella; resistencia que no quiere decir arcaísmo o empecinada obcecación en estacionarse dentro de formas superadas, sino ‘existir en sí mismo’ comprometiendo inteligentemente las letras del propio sentimiento en el abecedario de una estética universal.”
Quizá esta apreciación del artista pueda también involucrar su propio destino fluctuante en apreciaciones con el tiempo sobre el arte abstracto, el arte nacionalista, el pop arte y otras familias de expresión plástica. Ella generó apreciaciones incondicionales, y adversarios de pasión. Pero siempre se expuso a la consideración pública en su trabajo de pensar y decir, con narraciones de aprecio literario y conceptual.
En una breve y bella semblanza escrita por Rogelio Salmona la identifica en términos como estos: “[de] una belleza interior inigualable… Su mirada era la mirada de una mujer inteligentísima, franca, leal y hermosa… Todo lo veía como una obra de arte… [Otro aspecto era] la necesidad de divulgar. Era como un río que va dejando ideas, creando impresiones y poniendo en duda… [Marta] era fantástica, hacía dudar… Era pícara, irónica y con gran sentido del humor… Nunca lo que ella dijo era tonto.” Salmona la conoció en detalle y la apreció en sus diversas facetas, con integración en una personalidad singular, audaz en el desarrollo de sus narraciones, con juicios para el debate público.
En una entrevista al preguntársele cómo se describiría en su propia persona, Marta respondió: “Como un ser tímido, con todo el indomable coraje de los tímidos: lleno de ternura y de solidaridad por los oprimidos, de ira hacia los opresores. Y terriblemente necesitada de afecto.” Esa era Marta Traba, plena de coraje, ansiosa de amor, con capacidad de grito por las injusticas, recatada en su ser íntimo, con un espíritu de grandeza incontenible, expresiva y dominante con la palabra ilustrada y reflexiva, de juicios provocadores. Además, fue ejercitante de los deberes de vivir, de comprender y de luchar por causas casi siempre en derrota, como cuando fue expulsada de Colombia al reaccionar con energía en rechazo del allanamiento violento del campus principal de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá.
Creyó en la existencia de un arte latinoamericano y en especial colombiano, pero con la ambición de hallar expresiones plásticas de temperamento, de reacciones singulares frente a la realidad. Llegó a entender que Colombia está en una peligrosa involución. Su enorme capacidad de gestora cultural la llevó a fundar el Museo de Arte Moderno en la Universidad Nacional, en Bogotá, que luego fue a dar a bella edificación de Rogelio Salmona, con sobrevivencia todavía. Y desempeñó, con plenos motores, la dirección de Extensión Cultural en la misma Universidad, en el rectorado magnífico de José-Félix Patiño, con despliegue portentoso de actividades en teatro, en música, en literatura, en conferencias, en las diversas artes, con repercusión en la distintas sedes regionales de la UN. En lo personal, soy un producto de ese período, incluso con el nacimiento de la Revista Aleph, que ella impulsó en su creación y que sigue en mis manos con 212 ediciones y 59 años de existencia. En la edición fundacional, Marta escribió un ensayo sobre el arte colombiano.
Aparte de la obra crítica en arte y literaria, es significativa en número y calidad: Historia natural de la alegría (poesía, 1952), El museo vacío (crítica, 1958), Arte en Colombia (crítica, 1960), La pintura nueva en Latinoamérica (crítica, 1961), Los cuatro monstruos cardinales (1965), Las ceremonias del verano (novela, 1966, 1981), Los laberintos insolados (novela, 1967), Pasó así (cuentos, 1968), La jugada del día sexto (novela, 1969), Dos décadas vulnerables en las artes plásticas latinoamericanas, 1950-1970 (crítica, 1973), Mirar en Caracas (crítica, 1974), Mirar en Bogotá (crítica, 1976), Homérica latina (novela, 1979), Conversación al sur (novela, 1981), Historia abierta del arte colombiano (crítica, 1984), En cualquier lugar (novela, 1984), Museo de arte moderno (crítica, 1984), De la mañana a la noche (cuentos, 1986), Casa sin fin (novela, 1987), Arte de América Latina 1900-1980,…
Poesía
Con veinte años de edad, Marta escribió en París el único poemario de su cosecha, “Historia natural de la alegría”, publicado en 1952 por la prestigiosa Editorial Losada de Buenos Aires, que por casualidad me encontré en una librería de viejo de esa ciudad lectora. Libro que en diversas oportunidades subvaloró, puesto que su derrotero estuvo marcado con preponderancia por la historia y la crítica de arte, con la narrativa (novela y cuento) de su mayor ambición. Pero se trata de un bello libro, en contenido y en forma, con una estructura que recorre aspectos de la naturaleza, la ciudad, los paisajes, el sentido de América, la consideración especial sobre la palabra, la música, los sueños. Es un devaneo pródigo en imágenes, con derroche en el buen manejo del lenguaje e impacto de sentidos, sin ninguna actitud pretenciosa.
¿Qué es la poesía? Pregunta de antiguo con respuestas múltiples, siempre subrayando la singularidad frente a otras formas del decir. Por la independencia, por la flexibilidad, por los recursos sin límites en las manera de concebir, de expresar, de establecer conexiones y aún desconexiones. En la poesía se asoman el pensamiento, el espíritu lírico, lo figurativo y testimonial, el hermetismo, lo narrativo en situaciones externas o interiores. Desde Homero la poesía es una forma de transmitir y compartir en libertad lo que se ocurra, en ocasiones con apego a ritmos, al desarrollo con modulaciones que rememoran la música. Otras veces, son planteamientos secos y bruscos que asumen la realidad con percepciones críticas. Difícil, si no imposible, definir la poesía con una frase. Grandes personalidades en el oficio lo han hecho en poemas para especular en forma creativa con intenciones de asirle el sentido. Heráclito y Parménides dejaron reflexiones en poesía, de profundo sentido, conocidas en fragmentos que sobreviven.
Octavio Paz se refirió a la poesía adjudicándole la misión de “sacar a la luz lo que está oculto en los repliegues del tiempo.” Y a su vez tuvo la idea de la poesía ser de un instante, con alusión a su presencia y a la de la muerte, con intercambio incesante entre imágenes y realidades. También aludió a ser la poesía una celebración que podría transformarse en maldición, como en el caso de Dante quien celebra y maldice, pero también le da posibilidad de asomo en la duda que transfigura la afirmación. Borges piensa que la poesía nace ante todo del dolor y el sufrimiento, sin desconocer que la hay de la alegría, pero la estima con mayor eficacia cuando se expresa de manera indirecta con ficciones, metáforas o parábolas, de mayor validez que cuando es mero enunciado crudo de realidades.
La diversidad y amplitud de interpretaciones sobre la poesía es muy grande, de inacabable abarcadura. Eliot, por ejemplo, descarta que ella sea provocada por la emoción, más bien se aleja de esta, como tampoco estima que sea expresión de la personalidad, sino un alejarse de esta. El gran crítico y analista literario, Harold Bloom, descarta la poesía como signos en una página, estimándola como una batalla psíquica hacia la única victoria posible, “el triunfo adivinatorio sobre el olvido”. Kafka a su vez, en una conversación con Gustav Janouch, expresó que la poesía era “la verdad vestida con las palabras de la amistad y del amor.” Y entre nosotros Matilde Espinosa cree que el poeta es siempre subversivo por la libertad que dispone, libertad que le resuelve su emoción para entregarla a los demás.
William Ospina, poeta, ensayista, narrador, tiene la idea de ser la poesía una manera de vivir, mucho más que una manera de escribir, con la identificación de los grandes poemas casi siempre ser ejemplos de cómo vivió un ser humano cada una de sus horas. El filósofo Danilo Cruz-Vélez en su ensayo sobre la obra del poeta Aurelio Arturo, le adjudica a la poesía no ser nominación ni ordenación, sino figuración; lo que no puede ser expresado en conceptos la poesía lo saca a la luz con palabras, a la manera de “la secreta belleza de las cosas”, también al relacionar la lucha, el amor y el odio, sabiéndose mortales, hechos en el tiempo con el lenguaje, en libertad y en asonadas del azar y del destino.
Y nuestro gran poeta de cabecera, Fernando Charry-Lara, tiene la idea de la poesía ser una “aproximación hacia la existencia verdadera y vertiginosa de lo desconocido.”
Como se puede apreciar, la poesía es el todo y la nada, el misterio, lo insondable de las suposiciones, el decir cifrado y descifrado, la palabra que escapa de las rutinas, de lo cotidiano, con refugio en las alusiones, en lo esquivo de la flor, en lo inasible del fluir del tiempo, en la antinomia de vida y muerte. Alegría, tristeza, indiferencia, noción escéptica o apasionada frente a los sucesos y las cosas.
Con este marco de referencias, me aventuro a dar una mirada a la “Historia natural de la alegría” (1952).
La obra está dividida en cuatro partes, en una especie de ciclo del día, entre apreciaciones de la naturaleza en sus manifestaciones y ocurrencias en ella, hasta la llegada de la noche con sus sombras y misterios. Dispone de un prólogo de la misma autora, con escritura poética, en el cual se despierta el día con tendencia curvilínea de la madrugada, entre música y árboles bajo un cielo a la manera de pétalos. Visualiza la ciudad como una playa en los árboles advierte la ilusión de barcos de vidrio. Avizora llegar a la noche con remonte de tres carabelas en mar oscuro, que bordean golfos dispuestos en las nubes. En ese alucinante despertar del día, pareciera que manos invisibles disponen de espadas invictas para sortear la jornada que comienza. Una madeja de luz se ata a las ventanas, y la poeta se inclina hacia el alféizar de la ventana propia, en acecho de la luz para dar nacimiento al poema, al advertir el momento de la irrupción del Sol en especie de alegría.
Viene luego la luz, con su vibración, en comienzo del viaje y se dispone a contar todo lo que ha visto, para percibir en comienzo la música permanente en la naturaleza, entre follajes que expelen alegría. Alegría que evoca relacionada con la luz dispuesta en exaltaciones, raíz propia, también en el aire y en el azul del cielo. Alude al pan nutricio que despierta la ambición por la subsistencia. Pero no todo es alegría. En este comienzo marca la autora su sensibilidad social. Ninguna persona queda por fuera de los compromisos, con la mano derecha signada por el enjuague de las lágrimas y los rostros carcomidos en su mitad por la sombra.
Se trata de una poesía de peregrinaje en las horas de un día, con apresuramiento en observaciones y expresión simbólica que trasciende los lugares y los momentos.
Hilvana relatos con la luz que desciende de la nube en figura de caballo con crin que simula la imagen mitológica de un gallo. Observadora feliz en su tránsito sin despreciar las torres ni los pájaros. Es la ciudad en sus desenvolvimientos, con miradas al cielo en el devaneo de nubes y la observación de lo que ocurre en calles y en las edificaciones. Una justificación da: “… es bueno que los ojos se bañen con el blanco/ para lavar la noche/ que se rezaga en los párpados.” Percibe un blanco en las primeras horas del día, como aliento en la jornada para conseguir que en la noche los párpados contribuyan al descanso.
Irrumpe el Sol con su influencia benigna en las manos por la cabellera a la manera de cobre ardiente, y de pronto una paloma que penetra en la piel en invocación de temprana ternura. Al iniciar su faena el Sol, los obreros acuden a sus labores, fortalecidos por el pan mañanero, en quienes no se oculta una vocación incendiaria de la propia persona, como especie de fatiga que al acumularse desgrana la vida. Comienza a percibir la soledad y vacío del ser humano, quien de convertir su vida y las palabas en un himno, tan solo alcanza a la plegaria. Sinembargo, reclama la posibilidad de percibir en la ritualidad de la vida la actitud altiva forjada en el amor y la alegría.
Después de una noche en insomnio, recrea su panteísmo, en relación con la poética de Hesíodo en su Teogonía y hace memoria de las pampas argentinas, en los contrastes de agua y tierra, ira y cordillera. Y transcurren en la memoria indigencias secretas, miedos a la manera de la actitud de los roedores, con deseos de liberarse de la congoja. Encuentra en los árboles la manifestación de un Dios verde y la evocación de la deidad de la infancia, sintiéndose cubierta de hojas con la ambición de ser anidada por los pájaros en especie de palmera en disfrute. Llegan los pájaros, calandrias, ondinas, alondras, mirlos, arrendajos, currucas, colibríes, gorriones,… y animan la mañana, con la alegría de sus cantos. El ambiente es de luz, especie de anuncio del buen día. A la vez, ante el panorama, concibe que la soledad aludida resulta ser falsa. El paisaje reanima. Pero no deja de advertir la lentitud e indiferencia del ser humano, dejando pasar con indiferencia la voz de la alegría, manifiesta en el hilo palpitante de la luz, con clamor en el pulso de la ciudad.
Aparece el pan en la mañana, elaborado por personas trajeadas en lino para hacer el producto con las semillas de la espiga, producto de la tierra, de la lluvia y de las caricias del viento entre los árboles, con su configuración por la mano amorosa y el fuego. En la mesa de pino se dispone el pan para ser troceado a la manera del apio o la cebolla, con el gozo en la boca de los comensales.
En otro momento es el agua, con lluvia en modo de cabellera atada a la mano de los dioses, haciendo espejuelos de la superficie en la tierra, de características increíbles, especie de cielos invertidos. Convoca a las personas al disfrute del acontecimiento para que las pupilas participen en el asombro que es la lluvia en las hojas de las primeras horas.
A propósito del agua, evoca las albercas, los patios caliginosos, la biblia verde de las higueras, su disposición geométrica en los sembrados. También alude a las vírgenes de Efeso dispuestas en la madrugada a lavar su piel con el rocío. Confiesa alegría al celebrar las nupcias de la luz y del agua.
Mira quizá desde un balcón y observa lo que se presenta al término de las gradas fantasmales del sueño, con umbral que tejen las manos del deseo, en el comienzo de la calle. Reconoce lo agrio del olor humano, los zaguanes entreabiertos. Después de meditar con símbolos esos comienzos del día en las calles, entre sueños y delirios de amanecida, los rumores del agua en los pisos, y palpa en la madrugada su corazón vacío que le hace avivar en el rostro las expresiones de espanto y dulzura.
En esa mirada a la calle expresa: “Y nace la materia impura, el chirrido/ áspero de los metales enmohecidos,/ el contorno gris de las cosas muertas/ y abandonadas en las bocas negras de los portales,/ la fila llagada de mendigos/ apilados contra la última sombra,/ y los ojos de terror de los perros/perdidos.”
Es la realidad que se ve palpitar por la ciudad en sus calles, en medio del verde en las arboledas a los lados de las calzadas y de los semáforos con su mirada de alerta. En cada transeúnte encuentra la oportunidad de alegría con espíritu de sonoridad que acompaña los pasos. Es la mañana que deambula en la forma de la ciudad, tejida en calles y avenidas para el transcurrir ruidoso de los automotores y el caminar esperanzado de las personas.
Pero también en la ciudad las calles cruzan puentes y se encuentran con otras, al tender la mano para los encuentros en alianza de cooperación y desenvolvimiento. Puentes que asoman al disiparse las nieblas matutinas. Marta considera que fue la mano lírica de dios la que surcó las ciudades con cintas de agua, con el fin de los puentes celebrarlas con sus variadas estructuras. Los apreció en el aire en especie de gacelas dormidas, e incluso derrumbados sobre los cauces. Y de manera figurada observa que los ríos corren hacia los puentes “desterrando del hondo cauce sus collares de luces rojas y amarillas,/ sus herbarios infantiles de grande hojas negras,/ irreconciliables palmas de castaño,/ pequeñas lanzas plateadas, tersas, verdes, de la vanguardia de álamos.” A través de los ríos van navegantes en embarcaciones que se deslizan en silencio como “planos dibujos de niño”.
En su ciudad de amor, París, se recrea con los puentes para la alegría diaria, con sus arcos de dimensiones precisas, con brazos frágiles. Observa bajo los puentes a las personas desasidas de amparo, en sus andrajos, curtidos de angustia o de sangrante amor, en ocasiones acompañados de perros también tristes y sin orientación alguna. Y en sus miradas parecen tirar al agua “sus consignas sombrías de la noche acabada.” Y se pregunta:
¿Qué sería de la ciudad
y sus racimos negros, sus uvas disgregadas,
sin este dibujo alegre,
cúpula de agua, ojo de cielo,
sin este recurso del amor
para el interminable padecimiento
[de las mil calles sombrías?
Su poesía es provocadora y vertiginosa, con sucesión indefinida de metáforas, figuras literarias de honda creación sin caer en el lirismo meloso. Hay un ritmo sostenido, sin desprecio por la vida y los lugares, aunque detecta la desigualdad y se duele de condiciones humanas sumidas en la indigencia.
El paisaje lo observa en colores de mora y grillo, también con música en los campanarios de aquellas catedrales que imagina, desde los puentes, desvanecidas en el agua. Y en esa mañana de observaciones citadinas siente el gozo, el paisaje, el fulgor del gozo e imagina el día coronado con capiteles de elocuencia manifiesta. La ternura se apodera de ella con esas observaciones de profunda y creativa reflexión, en poema que deslumbra en el asombro de la conjunción río-puente-ciudad.
Recuerda que en su Argentina no hay ciudades cruzadas por ríos, por cuanto estos se arriman a ellas con desafío de la materia, en incidencia de especie de “lengua de estrellas” cuando se inicia “el rito augusto de la noche”. Desde las colinas sembradas de olivos y pinos aprecia los ríos con los efectos fantasmales del crepúsculo. Y al llegar la noche las luces en los faroles simulan un “titilar de párpados”. Vuelve a considerar su nueva ciudad, París, abrazada por el ángel del agua, convertido el río en un cinturón de nácar. Y “La ciudad cae en el agua y renace lavada,/ lista para un cuento de maravilla.”
El mediodía asoma en su arquitectura imponente y las gentes se mueven por las calles como onda en la opulencia de esa hora. Se pregunta: “¿Habéis visto a los viejos/ hilando sueños en la rueda de oro,/ asombrados por el nacimiento de las pequeñas cosas?” Se responde haberlos visto apretados con gatos en comunidad misteriosa. Observa las pequeñas mariposas blancas que merodean por el Sena, también los muros acicalados por la luz. Los niños con su “regocijo amarillo” se movilizan en competencia con los perros y los pájaros. Manifiesta amarlos por su condición de tranquilidad y regocijo. Califica el mediodía de sol como separación de la mañana y la tarde por las razones categóricas de la luz, que a la vez aleja a la persona de la tristeza y del desconsuelo.
Vuelve al fuero de las ciudades, pero ahora aquellas con colinas, en contraste con las ciudades asentadas en valles. Colinas que observa pobladas de pinos apuntando al cielo con lanzas negras. Asciende a ellas y siente el temblor del alma en su camino a la soledad. Desde la altura observa la ciudad aplanada. Percibe un gozo sensual, con pálpito del corazón en resonancia de los hallazgos sonoros que la circundan. Observa torres, cúpulas, árboles en un mantel de dioses y los contrastes de la tejas como en juego de prodigio. Alaba la ciudad en el contraste de morada del hombre, a la vez opresora y en armonía, donde se dan el amor y el crimen. Manifiesta, a pesar, la razón en la ternura que la posee, con inquietud por lo que pueda ser la certeza de la existencia. Siente correr el tiempo con la historia en los agudos contrastes, pero irrumpe el arte desde la antigüedad, manifiesto en palabras que ondean desde las torres en cintas bordadas por aquellas. Ambición de una jubilosa expresión de eternidad.
Esta obra de Marta, su primer y único libro de poemas, no es posible ubicarla en escuela alguna. Ella misma es escuela, con novedad incesante en las expresiones, en las figuras alusivas y metafóricas, en el sostenido ritmo de creación. Dominio del lenguaje que luego hizo explícito en sus obras narrativas y en los ensayos, conferencias, en programas de radio y televisión y en columnas de prensa con crítica analítica del arte, en su historia y sus representaciones de los artistas visuales. Estudiosa consagrada, siempre activa y desafiante en los temas, sin consideración de ser aplaudida. Formación amplia y profunda, con derroche de actividad académica y pública, consumiendo vertiginosa su propio tiempo.
En la tarde se sorprende por el trabajo de araña, con nubes bajas que envuelven las cosas al configurar la palidez de una cortina en altares del Renacimiento. Medita sobre la sujeción a un dios con demasiada guerra, sin la necesidad del espíritu estar sujeto a él, y de esa manera liberar las necesidades del amor, incluso con rechazo a las provocaciones del paisaje. Rechaza esas intimidaciones que provocan el llanto por el sojuzgamiento del cuerpo contra la alegría. Llega la hora del crepúsculo, con la necesidad de reconocer las hojas y los pájaros, ya que en ellos se manifiesta el lenguaje natural de la creación. Y a esa hora amada ningún problema podrá asumirse y menos resolverse. Se trata del movimiento del día en lo esencial. “Revive, arde la ciudad/ azafranada por el Sol en fuga./ El alma sigue su viaje.” El crepúsculo resulta ser la manifestación solemne del Sol en su despedida del día.
Intercala una meditación poética sobre América que de entrada estima como un “buque fantasma”. Tiene una visión crítica. La describe en su inmensidad de contrastes en montañas y llanuras, selvas y ciudades sumidas en la miseria. Llega a decir: “Tierra América, tu imagen verdadera/ es siempre la de una niña violada…” Da cuenta de esas gentes en abundancia sometidas a los rigores inclementes de las minas y de las explotaciones agrícolas. También complementa: “Tierra América, niña escarnecida/ y espantada como una yegua/ que se castiga a latigazos.” Y se pregunta “¿Qué hacer por ti,…?” Se plantea que no todo está perdido. Luego retorna a lo más creativo de su poesía, con una detallada pregunta: “¿Qué gorrión perdido remueve la cama de hojas/ para continuar su diálogo con la tierra húmeda/ y desvía el sueño hacia un pequeño dibujo dórico de columnas que,/ allá abajo,/ enroscan en el aire liviano su voluta azulada?”
Quizá se trata de una visión esperanzadora en el destino de América, a partir de la recuperación de la naturaleza en un diálogo continuo con esta, para conocer sus problemas, los ocasionados por el hombre y poder aunar esfuerzos para mejor ventura para todos. Y ese aire liviano de la voluta azul podrá significar justo una perspectiva venturosa.
La ciudad siempre es un retorno, un volver a estimar sus logros monumentales y reconocer las carencias, las debilidades y sus desafueros de olvido y miseria. Las calles son redescubiertas, al igual que las edificaciones singulares como las catedrales, los museos, las del servicio público y donde vive la gente. Cúpulas, vitrales y las paredes de piedra atraen las miradas, al igual que los detalles de las columnas, las curvaturas enhiestas en el sol de la tarde. Todo parece avivar un sentido antiguo de melancolía. De pronto piensa en una ciudad de amar que se despliega con alas, para el gozo con el corazón encendido, en disposición plena de lo más y lo de menos. La ciudad le parece en diálogo eterno con lo inmóvil de las cosas, deleitada en sus propios y elevados pensamientos. Las calles, al encontrarlas de nuevo, le parecen haber sido extraviadas. Se le aparecen los túneles, las vírgenes azules, las fuentes redondas, los arcos en su apoteosis, los tejados en suaves declives y las plazas distantes en la forma de castillos de hojas. Redondea este reencuentro, así: “La memoria se ajusta a la belleza/ y retoma la flor, siempre la rosa/ con su tallo espectral, su arma sutil.”
La ciudad es una conquista de la vida, para la armonía y las confrontaciones, en el buen deseo del bien. En ella el arte se posesiona con la arquitectura y las expresiones de la plástica y la música. El silencio mismo, en ocasiones, hace más patente lo bello, en las condiciones del amor y la ternura, con los visos apropiados de los jardines, y la rosa que esplende siempre en el centro de la atención.
La ciudad se habita y se disfruta, pero el centro de la vida es la casa, en medio de los días sucesivos, incontenibles, ajenos quizá a los signos y a los recuerdos. Al abrirse las puertas de la casa, es una nueva recreación, la conquista de la privacidad con el reconocimiento de las paredes en sus imperfecciones, el olor de contrastes. Las manos dispuestas al tacto en las barandas y en los espejos desdibujados por el polvo. Voluntad amorosa de componer los detalles y regresar los espacios a un ambiente galano, sin desmesura. Es el ámbito para el más seguro amor. Pero también hay que pensar que luego la casa será motivo de desalojo, cuando se toma un nuevo rumbo en la vida y los destinos orientan hacia otros lugares. En esa forma de meditación, Marta concluye al expresar: “Y llegará un día,/ cuando toda memoria del dolor se desvanezca,/ en que el amor consagrará sólo canteras de luz, sólo castillo.”
La autora, enseguida, dedica un poema a pensar la palabra, de la cual fue dechado toda su vida en búsqueda incesante y en encuentros de fortaleza, por los análisis, por la creatividad y por la valentía al decir en público sus apreciaciones sobre el arte, las letras, la sociedad. La palabra designa, enuncia, explica, controvierte; es portadora de enseñanzas, canto, descripciones de amor y odio, de consolidación fraterna. Y, aún, convocante del silencio. Tanto misterio en la palabra que Marta llega a decir: “El que nombra/ tiene lengua de dios”. Nombrar es asignar existencia a las cosas, es descubrir procesos de creación, es permitir que la vida y el mundo coexistan en la palabra. Su reflexión se empina en las metáforas e hila delgado en busca de sentidos simbólicos. Estremece cuando dice: “¡Qué marea de sol,/ qué gran revelación de sílabas sonoras,/ qué apoyo frágil-alto para el alma/ cuando el amor señala la palabra/ con su vara de estrella!” Y a continuación se hace una pregunta: “Pero, ¿cómo encauzar el caos de palabras,/ organizar el mar,/ atar un viento de polen,/ bautizar con sal el agua de ternura/ cada grano de tierra indivisible?”
La palabra como revelación y como amor, pero con el llamado a encauzarla, proeza mayor como intentar darle un orden distinto al mar, por fuera del mandato de la propia naturaleza, al igual que mirar maneras de darle alguna organización a lo que porta el viento en la primavera. La palabra se enfrenta al misterio, a lo indivisible, a lo universal, incluso a lo inhumano.
El canto que le dedica a la Música es sublime, con profunda identidad a lo que ella significa y es. La palpa en la confrontación de la nada y la belleza, sujeta a leyes divinas, con capacidad de supervisar la lujuria y la continencia del alma, a la vez con capacidad de procrear y regular el silencio. Se recrea con la música de órgano en las catedrales que hace estremecer con delirio los vitrales de expresión gótica. La música ocupa todos los espacios, desde los más bajos a los más sublimes, con revelación “del agua, del ocio y del espejo.” Hace también la música de mortaja y golpea las lágrimas de los deudos, para dar consuelo animar el latido del corazón y de la esperanza, sin dejar de abatirse en las manos “como una lluvia amarilla.” Asimismo concluye esta bella exaltación de la música con estos ritmos de profunda elocuencia espiritual: “Oh tú la de los bronces, la de los vientos, la de las cuerdas,/ oh tú la más nocturna y la esposa de la luz,/ oh tú la plañidera y la tela del gozo,/ oh tú la inasible, la abatida, la fluvial, la infinita.”
En la música encuentra el sosiego y la exaltación, el regocijo y el consuelo, la inmersión en la luz provocadora de la imaginación y de las palabras para el silencio, con prolongación al infinito. La música como algo de no poderse definir a cabalidad, pero que es la expresión de todo, desde la nada, con los matices prolíficos, de competencia con el mundo y de manera de abordar lo sublime, lo inasible en la belleza de la subjetividad; es lo más grandioso en la expresión humana.
Este poemario asombroso incursiona después en las grandes casas del hombre, con recuento de mármoles, espejos, columnas, piedra; el sueño de las lámparas, los tapices y los espejos; el sueño de las estatuas y del mar. Se trata de una conjunción de miradas por los castillos, las catedrales, los palacios, con entornos de miseria en gentes abatidas por el hambre, y los perros ansiosos por comer y vivir. La evocación de la piedra es un monumento de la palabra, en muros, en columnas, con color de paloma, materia madre, geometría de la luz, claustro, silencio de la luz y de las voces de los hombres. Las columnas de piedra a su vez representan la voluntad de la poesía con sus capiteles hechos para el disfrute con vocación de eternidad. Castillos y catedrales en piedra, con piel de acariciar para sentir una “lujuria casta”. Y los mármoles como expresión suprema de la piedra, con orgía de venas linfáticas como en Carrara, y azules del Renacimiento.
En esa inspirada reflexión sobre la piedra, a mitad de camino expresa: “La materia se enfría,/ no se resigna a ser silencio eterno/ y los muros eternos rechazan/ al que medita en su pequeño traje,/ y claman por golillas,/ por espuma de orlas y por capas de luces/ bajando de las mitras/ como colas doradas de cometas.” Desde el magma nace la piedra y al enfriarse se torna en multiplicadas formas, con expresiones para la dureza y el canto, en la compañía de clavichémbalos y cítaras. Y en el río la piedra entretiene la danza, en un deambular curtido por el azar.
Lámparas en lugares de privilegio armonizan con los mármoles y los bronces, prolongación del recuerdo. Y ahora ellas son “un recuerdo más áureo que la luz.” Están los bosques con la magnificencia del verde, con esa “fronda mágica” donde las pequeñas hojas hacen un bordado con las vecinas. Dice: “Un amor que es la paz, la siesta verde,/ lo preside todo.”
Las estatuas le representan “la fuerza de la luz”, en su forma de paisaje, hilanderas del espacio, con belleza desnuda. El estoico Marco Aurelio, por ejemplo, en el bronce desafía la eternidad. En aquellas los rostros son inflexibles, indagan por el tiempo. Los pájaros revolotean sobre ellas, con memoria y proclama en lenguaje de amor y ternura, así el verano sea cuestión lejana. Ansiedad de equilibrio en las almas.
De pronto el mar irrumpe con vientos, arenas y caracolas en brazos de sirena. Sus olas forman escudos y látigos de espuma. En las playas la lujuria tiende manos con encendida ansiedad y la caricia se hace felpa, frente a las aguas azarosas. La poeta recuerda mares que asedian los continentes, con intimidación a las embarcaciones de los pescadores y a los barcos en cruce de aventura. Pero el mar todo se organiza en “un prodigioso campamento de estrellas.” Y lo califica de “padre de cóleras, maestro de silencios”, para preguntarse: “¿Quién que conviva con aves y peces/ necesitaría más tumulto/ para descubrir la belleza?”
Aparece la fiesta en los contrastes de unos en la dicha bullanguera y otros, las mujeres y los hombres, apenas con el pan amargo. De por medio está el descubrimiento del amor como otro lugar de colonizar por conquista incruenta. La esperanza se torna en una llama amarilla en la ciudad de paja. Es una manera de volver a la infancia, mientras el Sol en el crepúsculo se expresa con sus afiladas luces.
Llega la noche, los pájaros se acuestan en los árboles y en la soledad de los muros, por las grietas de la ciudad. Murciélagos y gatos irrumpen por sus lugares de cuidado y asedio. Hay la transición de penumbra con los matices evolutivos de colores, para dar lugar al florecimiento de las estrellas. Al entrar la noche se suceden las cosas habituales y las sorpresas repentinas. Aquellas muchas que en los patios tendidas sobre bancos de piedra, disponen de pupilas húmedas con mirada a los tejados y sus caras resultan enjuagadas por los reflejos de la Luna. Recuerda el mundo de los niños, muy a pesar del sembrado de pinos en los zaguanes y aquellos que al amanecer derraman al aire sus plegarias. Las cocinas toman la forma de los revoltijos, con invasión de sombras, pero las manos de alquimista transforma todo en la discriminación de los objetos, en un mundo sin razón espacial de orden establecido. Desde los fogones se alza la llama y entra en lo nocturno el miedo. No faltan quienes gozan y padecen el vino con los duendes de la noche. Y en la parte de atrás de los bares, avanzada la noche, se cuentan las monedas. Aparecen voces turbias, mujeres en seducción, entre confusas voces. Ojos en tristeza se desencajan. Las estrellas distraen los acontecimientos, en diálogos sin final, pero de estremecimiento en voces que palpitan y se apagan. La noche es un tejido de llamas.
Termina con estas consideraciones de la noche: “El adolescente de las barracas pecaminosas,/ la muchacha dormida en los patios,/ el que calla, traspasado de amor, en medio del mar,/ beben el filtro innominable,/ colonizan, fundan una estación de oro/ en la tierra violeta de la noche.”
Marta Traba con este poemario deslumbrante en paseo de imaginación metafórica, desbordante en el decir, con propiedad y fluidez, se muestra comprometida con el paso del tiempo entre ciudades de historia congelada en monumentos y en piedra, con los contrastes de la vida humana.
Esta mujer se devoró la vida de manera apresurada, seducida por el pensamiento y la palabra, afilando conceptos, invocando con voz pública el sentido del arte, lo apropiado de la modernidad y de la abstracción plástica. Los dioses del Olimpo la tendrán consagrada a traducir la memoria del tiempo.
Detalles
En la obra ensayística de Marta Traba hay uno muy singular, el prólogo que escribió para la colección de cuentos de Hernando Téllez (1908-1966), publicada en 1969 por la Editorial Universitaria de Santiago de Chile, en el cual ejerce su mirada profundamente crítica por la cultura en Colombia. Comienza por juzgar a la “Generación del Centenario” (Tomás Rueda-Vargas, Miguel Rasch-Isla, José-Eustasio Rivera, Eduardo Castillo), cuya mentalidad la califica de representar cierta mentalidad colombiana caracterizada por la falta de objetividad, la desmesura y vacío en la información, sin capacidad de libre examen en el contexto internacional. Con el complemento de ser el “centenarismo” expresión de mera formalidad, con los rituales ceremoniosos de las familias, de parecer cultos, de presumir de “gente decente”, parte del “enrarecimiento provinciano”, con predominio de la prosopopeya, la monserga literaria. Identificación que contrasta con lo que debe ser y es una verdadera cultura como estímulo de una cosmovisión y del análisis juicioso con capacidad crítica de las fuentes reales de la cultura.
Ese marco de referencia le da pie para valorar la condición singular de Téllez quien a su vez aludió a los autores de crítica literaria como disimuladores de los defectos con exaltación desmedida de las escasas cualidades. Lo ubica como un solitario en el panorama de reinante mediocridad, ocupado de analizar con rigor las obras literarias, que lo lleva a ejercerse “en un escepticismo integral, que asumía en él toda la agudeza y la irrefrenable risa del volteriano.” Destaca a Téllez como hombre culto al lado de Jorge Zalamea, de singular viveza intelectual. Encuentra en Téllez también afinidad en lo fundamental con las letras europeas, pero en el caso latinoamericano se confiesa cercano a figuras como Alfonso Reyes y Baldomero Sanín-Cano. En carta de Marta a J.G. Cobo-Borda, fechada en 1974 en Caracas, califica a Hernando Téllez como “mi imponderable maestro”.
Cuando Marta entra a considerar en especial ese conjunto de cuentos de Téllez los juzga de prudencia estilística, con método de singular economía en la expresión, sin caer en la literatura de pasiones, con moderación en el manejo de las emociones. Hace un parangón con Rulfo, a quien califica de “escritor cáustico comprometido”, en tanto Téllez es un “escritor cáustico volteriano”. Además identifica a los personajes de Rulfo sufridos por el autor, en cambio los personajes de Téllez son descritos por este. Téllez describe situaciones monstruosas de manera desaprensiva, como hechos externos sin tomar partido en ellas, sin calificarlos, al dejar que el lector reaccione, con equilibrio entre la forma y el contenido. A su vez, Rulfo asume los padecimientos de sus personajes que van en busca de la tierra imaginaria prometida, con denuncia de la sociedad causante de los horrores.
En medio de la discreción formal que reconoce en los cuentos de Téllez no deja de considerar su actitud contraria a las estructuras establecidas.
Marta Traba, en consideraciones de arte, no tuvo problema en variar mirada cuando pasados los años volvía atrás y examinaba de nuevo las obras. Por ejemplo, al comienzo de su labor crítica fue dura con los muralistas mexicanos y sus afines, como en el caso colombiano el “Grupo Bachué”. Pero en su libro póstumo sobre arte latinoamaricano, calificó al muralismo como “el más importante movimiento de plástica continental a comienzos del siglo [XX], y el único capaz de puntualizar la necesidad de un arte distinto a la pintura de caballete, para cumplir un papel social de primera importancia en las nuevas sociedades latinoamericanas.”
Marta, en su actividad febril, llegó a dictar cursos y conferencias en catorce universidades de Estados Unidos, por el año de 1979, hasta que les niegan la visa en 1983 a ella y a su esposo Ángel Rama, justo el año de la muerte accidental de los dos. De nuevo el exilio, puesto que el anterior fue cuando la Universidad Nacional de Colombia fue brutalmente allanada en Bogotá, con reacción instintiva y pasional de ella. Al recordar ella esas situaciones, le dijo a un reportero en México: “Toda mi vida no ha sido sino más que una serie de saltos acrobáticos en el vacío. Mis increíbles peleas son siempre con el que puede pulverizarme.”
En una entrevista en “El Espectador” (mayo de 1969) le preguntaron por el sentido de la felicidad y si en realidad ella era feliz. Respondió, con la inteligencia a flor de palabra que le caracterizó: “Soy una de las personas más felices que he conocido… la verdad es que para mí vivir, asumir la vida, resolverla a mi manera, equivocarme, acertar, es un motivo constante de felicidad. Me gusta vivir, me gustan las cosas y las situaciones, me gusta la gente… La vida es una cosa estupenda, [por eso] pretendo que todos tengan la posibilidad de vivir y de comprender qué maravilla les está pasando, y por eso detesto a todos los decapitadores de esa posibilidad, vengan de donde vinieren.”
En cuestión de liderazgo cultural, hay un ejemplo singular de hacer memoria, cuando Marta Traba fue directora de Cultura en la Universidad Nacional de Colombia, nombrada por el rector José-Félix Patiño, con desempeños de inteligencia, y actividad febril. Experiencia que ella sistematizó en ponencia presentada en México en 1972, en la “2ª Conferencia Latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria”, con elementos dignos de considerarse para revisar lo que se hace en esos campos para intentar comprender las predilecciones de los jóvenes.
Marta Traba desarrolla, con soberbia capacidad de análisis y recursos teóricos de admirar, su tesis al considerar que las formas tradicionales de comunicación cultural están en plena quiebra entre los estudiantes, como receptores. Para ella lo más importante es aceptar que se dan nuevos patrones de belleza, estilo y gusto, en virtud de las cambiantes circunstancias y épocas, con desafíos para asumir a plenitud el pluralismo y diseñar actividades concordantes con esa situación. Asimismo, es necesario también aceptar que los jóvenes disponen de apreciación diferente con métodos distintos.
Identifica que se da entre los estudiantes una preferencia por lo sensorial, por encima de lo racional, con disolución de estructuras culturales tradicionales. Con penetrante sentido dice que esa situación se da por cambio de atención ante un estímulo cultural, pero sin que sea fundamental en la actitud.
Hay un detalle muy especial de no omitir. Se trata de la “conversación de emergencia” de Gustavo Zalamea (1951-2011) con Marta Traba, su mamá, en un tú a tú, ambos de singular formación intelectual con capacidad de conceptos elaborados y de rigor. Comienza por indagarle por la obra de Dennis Oppenheim expuesta en la Bienal de Venecia, lo que lleva a Marta a plantear cómo esas figuras mediocres llegan a tener inesperada vida, en virtud del sentido del humor. A su vez Gustavo las apreció como “una mezcla de irrisión, decoro, ternura y crueldad”, lo que lo lleva a preguntarse por lo que habrá de quedar en lo reconocido como belleza, orden, claridad y precisión en el arte moderno. Marta al respecto dice continuar creyendo en estos aspectos, con la Arquitectura adelante. Al referirse ambos al arte contemporáneo, ella insiste en que no es posible la calidad en el arte con la idea de la democracia política.
Marta se maravilla con la historia del arte y alude al libro respectivo de Ernst Gombrich quien creyó, en una primera edición, en el descreimiento del público sobre el arte moderno, pero quince años después observa lo avasallante del mismo, con la irrupción del arte contemporáneo en el occidente industrializado. Al ser indagada sobre Latinoamérica, ella advierte que en esta región existen obras de fuerte personalidad identificadas con las culturas locales, pero cuestiona el tema de la identidad puesto que se presta para confusiones con el localismo y el folclorismo frente a lo expresivo de lo individual. Lo que lleva a Gustavo a plantear la relación que podrá haber entre la creación individual y un proyecto de creación colectiva, en virtud de experiencias en el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia. Ante las experiencias en el Museo que Gustavo refiere, Marta alude al papel del curador que a pesar de la tradición conservadora es quien puede dar coherencia e importancia a una exposición. Ella rescata la noción de calidad, entendiéndola como “el manejo sensible e inteligente de la materia y el espacio”, sin improvisación alguna.
Gustavo toca el tema del aura y de la utopía como “proyecto de construcción, imposible y maravilloso”, quizá como una forma de retornar a lo sagrado, para provocar una reflexión en el hilo del diálogo. Marta dice que la llamada aura ya no está solo en el objeto y sino que se ha esfumado, con más lugar en lo conceptual. Agrega que lo más importante es que el arte disponga de un absoluto fundida en lo sutil, y ve como el tiempo va decantando la validez de las obras, con actualidad de algunas y sumergiendo en la sombra a otras. Zalamea refiere la relación entre arte y política, con las confusiones propias en los salones nacionales de arte que se han cumplido, con la distinción clara entre la obra política caracterizada por la gritería y la obviedad, y aquellas obras clásicas que se actualizan con el tiempo por haber penetrado al fondo del sentido de la libertad. Marta aprovecha para traer a la memoria una especie de espectáculo social del arte en obras de Jannis Kounellis, Joseph Kosuth y Joseph Beuys, con sentido filosófico e ideológico.
Este diálogo al que aludo está fechado a dieciséis años de la muerte de Marta, lo que supone una recreación de Gustavo al traer a la actualidad de ese momento asuntos polémicos de los festivales nacionales, con referencias en contextos más amplios en la historia del arte. (cf. Gustavo Zalamea. Mínimas huellas luminosas. Ed. Universidad Nacional de Colombia, colecciónsincondición, Facultad de Artes,Bogotá 2011; pp. 7-27)
Narrativa
La obra narrativa de Marta Traba era de su afinidad más íntima, a la cual quiso dedicarse de manera mayor, pero su formación en los estudios de las artes plásticas no la dejaba abandonar ese campo, con examen permanente de obras, exposiciones, autores y mirada en la perspectiva de la historia de la cultura. Sinembargo, fue reconocida y premiada con sus novelas y sus cuentos. Con su primera novela, “Las ceremonias del verano”, ganó el Premio Casa de las Américas, en Cuba, en 1966, bajo la presidencia de Alejo Carpentier en el jurado, con los otros miembros: Manuel Rojas, Juan García Ponce y Mario Benedetti. Autora de siete novelas y de dos libros de cuentos. En la presentación de la novela Benedetti dijo: «Las ceremonias del verano son, en definitiva, cuatro constancias de amor, cuatro estallidos de lucidez. En las parcelas de nadie, que permanecen intocadas entre uno y otro capítulo, se abren abismos, se adivina el roer del tiempo, paga su altísimo peaje la libertad.”
Nada fácil descubrir influencias en la escritura de Marta, salvo la imposición de una realidad problemática en Colombia y Latinoamérica. Lectora voraz, como lo hemos advertido, tuvo autores preferentes: Francis Fitzgerald, Sherwood Anderson, John Dos Passos, Flannery O’Connor, Sherwood Anderson,… Elena Poniatowska, Griselda Gambaro, Inés Arredondo,… Herbert Marcuse, Lévy-Strauss, Franz Fanon, Ernst Bloch, Walter Benjamin, Theodor Adorno, Clement Greenberg, Fredric Jameson,… En una entrevista al nombrar escritores latinoamericanos de sus preferencias mencionó en especial tres: Juan García Ponce, José-María Arguedas y Ángel Rama, expresando que son los que más admiraba como escritores y como seres humanos. Fecunda en pensamiento, narrativa, ensayo.
En su narrativa se ocupa de la violencia en las ciudades y el campo, en los efectos crueles de las dictaduras del Cono Sur, en la pobreza desmadrada que sume en la indigencia a multitudes por doquier en América Latina. Irrumpen en personajes la militancia política, la clandestinidad, la represión, la muerte violenta, los fracasos, el doloroso exilio, la sobrevivencia de algunos a pesar de los tormentos. Conversaciones entre mujeres, por ejemplo, que hablan de torturas y desapariciones, finalmente atrapadas por la policía. Rescata valores de la solidaridad, la franqueza, la compasión, la lástima, el reconocimiento de las desgracias en los otros. Puso en evidencia el dolor de las madres de la “Plaza de Mayo”, con escrituras de profundo estremecimiento y denuncia, que motivaran sentido de cólera y de repudio ante las injusticias, la tortura y las muertes violentas. No dejan de aparecer, en esa singular narrativa, las ilusiones, los desquicios de imaginación, con diálogos de suposiciones con los que se intenta superar los recuerdos del pasado doloroso y trágico. Sin dejar de asomarse la vida de parias, de quienes fueron protagonistas en la tortura y huyeron sin rumbo, con el castigo en peso de la conciencia. También se hace manifiesto lo inútil de ciertos devaneos en las políticas de extrema, la frustración, el desconcierto, aún el desconsuelo.
La última novela, inédita a la muerte de Marta, de nombre “En cualquier lugar”, fue analizada con detalle por su amigo J.G. Cobo-Borda, quien concluye el estudio con las siguientes palabras: “La sobria poesía, por ejemplo, de esta novela póstuma de Marta Traba, con la cual ella cierra su periplo creativo reconciliándose, a través de la comprensión y la ira, con el país en el cual nació… Un país donde idolatría por la fuerza no sea la única respuesta a su frágil inseguridad. Ni el dogmatismo el único paliativo a su dolor. Un país no utópico sino por fin real. Ese país, América Latina, que Marta Traba siempre tuvo como obsesión central de su importante tarea, tanto crítica como creativa.”
Julio Ortega (ensayista y crítico peruano, con residencia y vida académica en Estados Unidos) en estudio sobre la literatura latinoamericana en los 80 del siglo pasado, dijo algo valedero en la escritura de Marta: “… retornan las palabras elementales, el cuerpo como centro, el amor como reafirmación, la muerte como ámbito, y el texto como primer espacio liberado para la comunicación genuina.”
A su vez, Isabel Aráoz en un estudio del 2017 sobre las ciudades en dos novelas de Marta Traba, “Las ceremonias del verano y “Conversación al sur”, termina con la siguiente apreciación global: “La escritura de Marta Traba puede ser leída a través de un extenso inventario de estos lugares incandescentes, eróticos, voluptuosos, deseantes; o bien, tenebrosos, violentos, vigilantes y opresores. La urbe del goce y del amor se convierte en trampa, cárcel, matadero. Ciudad y caminante comparten el mismo destino.” Es la misión propuesta por la narradora al asumir la realidad latinoamericana, con ciudades emblemáticas donde todo pudo haber pasado y todo puede pasar. Es el destino en impronta de preocupación, de inquietud con soslayos y de olvidos deseados, con memoria inquebrantable.
Marta Traba fue una personalidad de asombro, en todas sus actuaciones, públicas y privadas, portadora de un espíritu para la búsqueda afanosa de la verdad, por la belleza, la justicia, la libertad y la ternura. Y se gastó la vida en trance de creación al servicio del enriquecimiento de la Cultura, en virtud de la palabra laboriosa y transparente.
Me ocupo ahora de considerar dos cuentos de Marta, para valorar esa capacidad en destreza de narradora. El primero, “El canto de los pájaros” (cf.: Revista “Ideas y Valores” No. 27-29, pp. 211-214; Ed. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá 1967), con un argumento sencillo se ocupa de dilucidar lo ocurrido en una noche en finca de café. Los mayores están en alboroto, con voces y carreras, y dos hermanitos deciden escapar hacia los cafetales para observar lo que ocurre. El más pequeño se siente con temor, puesto que siempre ha sido obligado permanecer en casa cuando la noche comienza y a dormir temprano. Pero no deja de apreciar el favor de la aventura. Se adentran por los cafetales con sombrío de árboles y de pronto perciben un cuerpo inmóvil tendido en el suelo. Con temor se acercan y logran percibir que ha sido acuchillado con puñal por la espalda, puñal de cacha deslumbrante. El más pequeño azorado indaga por el silencio de la noche, y el mayor le dice que los pájaros duermen. De pronto se sienten rodeados por gente que llega, con linternas a la mano y el ambiente se ilumina. En cierto momento, el agonizante que tenía dispuesta la mirada al cielo trasluce una sonrisa e inclina al lado la cabeza, es la muerte total. Las lámparas rodean a la víctima y es tal la iluminación que los pájaros comienzan a revolotear y cantar. El menor se confunde y pregunta. Al disponer de la respuesta de su hermano de los pájaros se despertaron por sentir que amanecía. Deciden regresar a casa, en medio del trinar ensordecedor, y el mayor piensa que es el momento de rescatar la cauchera (honda) que le escondió su padre, para asumir la revancha.
Es un cuento breve que muestra lo descarnado de la violencia en los campos, con exquisita narración, sin sobresaltos ni enigmas. La confusión de los adultos en vela y los niños sobrecogidos por el acontecimiento.
El segundo cuento, “Parque Lezama” (s.f., hace parte de 36 cuentos inéditos que dejó ordenados para publicación. En: “Marta Traba en facsímil”; Ed. UN, colección “Apuntes Maestros”, Bogotá 2014; pp. 24-41). Se trata de una alucinante narración autobiográfica de cuando niña iba a visitar ese parque, ubicado en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, con las proezas creativas de la soledad y luego de grupo de niños conducidos por sus padres motivados a las aventuras, en predios un tanto desconsoladores por el tradicional abandono de ese lugar. Jardines venidos a menos, bancos en deterioro donde parejas hacen el amor, senderos de travesura. La niña en su comienzo cruza lugares del parque y se aproxima a un talud que lo bordea y en medio del pánico trata de bordearlo para conseguir salir ilesa de allí, con el acentuado palpitar del corazón. Los árboles generan especie de otoño permanente en el lugar, con “murmullo de humedad”. Luego con los padres los niños acceden al museo de los héroes, y al acercarse a alguna vitrina tratan de descifrar algún documento de letras deterioradas, con pergaminos descompuesto. A los héroes los ven de bucles afeminados, al igual que sus escrituras. “La historia era una farsa, una tierna y cómica farsa donde los generales ensortijados escribían.”
De pronto logran identificar a un tal “Céspedes”, que fue especie de acólito del general San Martín, personaje aburrido y aburridor en la vida real. La protagonista dice haber salido de ese encuentro en el museo, igual que todos los niños, con escepticismo sobre esos héroes y agradecidos por las mentiras de la historia. Luego los padres salían por el atajo de atrás para acercarse a un kiosko y comprar el diario de la tarde, con el titular horrendo “Sobre la pista del descuartizador de Boedo”, como todos los pasquines del amarillismo. También recrea los momentos en los cuales los niños juegan en las tardes al escoger entre dos posibilidades: arcángeles y héroes, con escogencia de la mayoría por el primero. Entonces corretean y asumen el atormentar a las parejas en los bancos decrépitos, con gritos, con amasijos de hojas, con risas y hasta con odio, al estimar que no era aceptable deslucir el parque con esas “revolcadas impuras”. No faltaba quien de las víctimas correteara a los chicos, acorralando a alguno y los otros arcángeles librando batalla para liberar a la víctima. Se relata de igual modo la salida del parque con deslizamiento por talud vertical entre gritos de espanto y de júbilo, con la aventura de escoger rutas sorteando riesgos. Intercala una reflexión: “Sé que cada vez que algo termina es como si se abriera el alma con un bisturí y se descubriera en ese mismo momentos cómo es de carnal, de física, el alma.” Considera que el alma es la víscera con mayor probabilidad de ser atacada, por cuanto el resto del cuerpo es más bien espíritu. Simula lo que ocurriría con intervención de bisturí, al revelar lo vulnerable que es el alma. Pero con sonrisa llega a decir que se vaya al carajo el alma. Hay episodio de una niña que en esos trasuntos se le rompe la cariátide, con cuerpo estropeado, la mitad del cuerpo afectada y sosteniendo su mundo con una mano, la buena. Recorre con la vista los árboles para darse ánimo y disponer de tiempo para avanzar.
La autora recuerda que ha tenido dos parques Lezama en su memoria, el real y el de las pesadillas. En estas se asoma al talud vertical y siempre en los sueños da el paso adelante; al caer terminaba la angustia, con deseo de permanecer en la caída. Describe el sueño con sentido poético. Y avanza para terminar expresando con lamento que la ciudad no tiene parques, puesto que los que simulan ser tales con muladares con hacinamiento de los desperdicios. Destaca a un alemán, jugador de tenis en las madrugadas, empecinado en la clasificación botánica de las plantas, con la “inocencia” de creer que es posible captar la esencia del mundo con el conocimiento científico. Con su sentido social y humano, señala lo atroz que es encontrar por las montañas a gentes desprotegidas, marginales, en casuchas de tugurio, con niños hambrientos, sin posibilidades de nada, en medios fanáticos. En esta consideración dice que da lo mismo Jerusalén o Bogotá, remotas ambas, con asesinatos y violaciones por los caminos. Termina el cuento con la escena dominguera de familias que van al parque para hacerse su asado, entre peladeros, con el solo recorrido del carro al fogón y viceversa. Y los niños en desespero se enfrentan a piedra. La tarde sucia y viscosa termina con rapidez, con regreso a casa donde los mayores cortan árboles para alimentar las chimeneas, en busca de calor.
De esa manera Marta concluye declarando que así se ha instalado con omnipotencia el Parque de Lezama en su memoria.
Su hijo, Fernando Zalamea, eminente profesor-investigador de la Universidad Nacional de Colombia, fue el editor de un bello y singular libro: “Marta Traba en facsímil” (2014) y en el postfacio escribió: “El acceso al día a día de Marta Traba nos muestra una figura compleja, repleta de cariño y fuerza, de dolor y desaliento. Su magnífico relato inédito Parque Lezama, exhibe todos los temores y terrores escondidos en una infancia cruel y maravillosa a la vez.”
Este cuento combina la técnica de la crónica-relato con la incorporación de episodios de imaginación y sentido crítico de una realidad que siempre la acompañó en su conducta intelectual.
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Marta Traba tuvo reconocimiento y aprecio por Belisario Betancur, quien como presidente la invitó a ella y su esposo, Ángel Rama, para participar en Bogotá en el “Primer encuentro de la cultura hispanoamericana”. En viaje para ese cumplimiento el avión donde venían se estrelló, por falla humana, en proximidad al aeropuerto de Barajas, en Madrid, el 27 de noviembre de 1983, ocasionando la muerte de ambos. Por gestión del presidente Betancur, Marta había recibido la nacionalidad colombiana el 3 de enero de 1983.